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Oct - 26 - 2017

China: se consolida el liderazgo para el salto a una gran potencia mundial

Por Ale Kur

Esta semana se llevó adelante el XIX Congreso del Partido Comunista de China. Se trata de un acontecimiento de importancia ya que el PCCh es el núcleo del régimen que domina en la segunda economía más grande del mundo (y que, contra lo que su nombre y liturgia indican, no tiene ni una pizca de comunista).

Efectivamente, el contenido del Congreso estuvo muy relacionado con la proyección cada vez mayor de China como gran potencia capitalista en el mundo. En su centro se encontró la figura de Xi Jinping: jefe de Estado, Secretario general del Partido y líder de la Comisión Militar Central. En su discurso de tres horas y media, delineó las bases del llamado “Pensamiento sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era”: se trata del proyecto de la billonaria burocracia-burguesía china para conseguir que el país pegue un gran salto entre las naciones. Para esto se plantean varias etapas: hacia 2035 se tiene que alcanzar un “país socialista moderno”, con ingresos medios y un fuerte rol en la innovación, para ser hacia 2050 un “país poderoso” con influencia mundial. Parte importante de ese esfuerzo es continuar la modernización de las Fuerzas Armadas. En el terreno económico, seguirá teniendo gran importancia el rol del mercado como motor del crecimiento, manteniendo la tendencia a la apertura a la globalización capitalista.

Las mayores novedades del Congreso son en el terreno político, aunque sin modificar la esencia del régimen. Lo nuevo es que la figura del propio Xi será elevada todavía más, concentrando fuertemente el poder en sus manos. No sólo acumula una serie de puestos clave: ahora su nombre y su ideología fue inscripta en la constitución del PCCh, un privilegio que sólo comparte con Mao Tse Tung (el gran dirigente de la Revolución China que llevó al partido al poder) y con Deng Xiaoping, el líder que implementó las reformas de apertura capitalista que enriquecieron a la clase dominante del país. Y a diferencia de este último, Xi Jinping lo consiguió en vida.

Este salto en calidad del “culto a la personalidad” es acompañado por la hegemonía en todos los medios dirigentes del partido de los “hombres de confianza” del mandatario. Esto tiene un significado profundo: el PCCh le otorga a Xi la totalidad del poder con el objetivo de que se convierta en el “gran timonel” de la transición de China a una gran potencia mundial. De esta manera, se busca fortalecer y estabilizar al sistema poniendo a su figura por encima de todas las divisiones de camarilla y faccionales propias de los regímenes burocráticos y de partido único. Con un “comando único”, se espera que el conjunto de la clase dominante responda a una misma voluntad y a un mismo proyecto. Por otro lado, el líder del PCCh viene también aumentando el prestigio del partido (y a la vez eliminando a sus opositores dentro del mismo) mediante una masiva “campaña anti-corrupción”, una auténtica purga que llevó a la cárcel a decenas de miles de funcionarios durante los últimos años.

China, un imperialismo en construcción

La economía china viene creciendo hace ya décadas a tasas altísimas, colocándola en el segundo lugar del podio mundial, sólo por debajo de Estados Unidos. Su producción industrial ya rivaliza, y posiblemente supere en cuanto a volumen, a la de los propios EEUU. Su rol en el comercio mundial viene también en aumento, así como la importancia de sus inversiones en el exterior. China fue el país más beneficiado por la globalización neoliberal: gracias a su enorme población, a la infraestructura conquistada (en el periodo previo) mediante la economía planificada, a la apertura económica capitalista con un fuerte rol de orientación del Estado, a los bajísimos salarios de los obreros (sostenidos en un régimen fuertemente represivo), China consiguió inundar de mercancías el mundo entero, convirtiéndose en una factoría global.

Así, pasó de ser un país enormemente agrario y atrasado en la década de los 40, dominado por imperialismos extranjeros y fragmentado en una serie de poderes locales, a ser una nación fuertemente industrializada, mayormente urbana, con una creciente clase media, con una burguesía-burocracia billonaria y con niveles cada vez mayores de consumo. Este ascenso vino ligado también a un creciente involucramiento de China en el exterior: a través de la inversión de las empresas chinas en otros países, del comercio y el sistema crediticio, va ocupando cada vez más el rol de un “imperialismo en construcción”.

Este es, por ejemplo, el objetivo del proyecto conocido como “Franja y Ruta” (o “nueva ruta de la seda”), mediante el cual el Estado chino invierte enormes cantidades de dinero en el desarrollo de infraestructura en países de Asia, África y Europa para lograr una mucho mejor interconexión económica (tanto por vía terrestre como marítima).  Un proyecto así viene de la mano también con una modernización de las Fuerzas Armadas, en la que China viene invirtiendo grandes sumas. La protección de los intereses geopolíticos chinos en el exterior lleva también a la construcción de nuevas bases militares, como la que instaló en Djibouti (en el cuerno de África), y al desarrollo de todo un cinturón de protección militar alrededor del mar de China meridional. En cuanto a la influencia geopolítica, China logró embolsarse a gran parte de los gobiernos de los países vecinos, y sigue sumando nuevos aliados, como es el caso de Pakistán.

Sin embargo, todavía resta un largo trecho por recorrer para que China llegue a ser un Imperialismo avanzado en toda la regla. El PBI per Cápita chino no sólo es muchísimo menor al de EEUU, sino al de cualquier país medianamente desarrollado. Esto está relacionado a que la economía china, si bien tiene un fuerte desarrollo “extensivo” (involucrando enormes cantidades de mano de obra en la producción fabril), todavía emplea relativamente poco capital en tecnología: el nivel de automatización está muy debajo de la media mundial. Lo mismo se aplica al tipo y calidad de los productos: si bien viene aumentando la complejidad y nivel tecnológico de lo producido en relación a las décadas anteriores, todavía no alcanza los estándares de las potencias más avanzadas. Lo mismo que vale para la economía vale también para las Fuerzas Armadas: China cuenta con cientos de millones de soldados y reservistas, pero su equipamiento todavía está muy por detrás del de EEUU y Europa. Es por esto que el PCCh plantea los objetivos de modernización en un largo plazo histórico, y no se plantea de manera inmediata alcanzar a las grandes potencias sino seguir generando las condiciones para poder hacerlo en un futuro.

Por otro lado, las condiciones de vida en China todavía están muy por detrás de los países occidentales. Persiste todavía una fuerte población rural, aunque los últimos años quedó por primera vez en minoría frente a la población urbana. Existe una enorme clase obrera migrante que trabaja larguísimas jornadas laborales por sueldos muy bajos (aunque se encuentran en aumento, con una capacidad adquisitiva que tiende a crecer), que se hacina en ciudades superpobladas con muy malas condiciones. Los niveles de pobreza siguen siendo muy altos, aunque existe una tendencia a la movilidad social, con una creciente “clase media” con pautas de vida y de consumo cada vez más similares a las de Occidente. La desigualdad social es gigantesca, con una clase dominante capitalista-burocrática que concentra una riqueza descomunal en sus manos (además de las palancas del poder a través del PCCh).

Por otro lado, China es todavía muy atrasada en un aspecto de enorme importancia: la generación de energía, donde recurre todavía en gran medida al carbón. Esto genera enormes cantidades de contaminación ambiental y tiene un efecto nefasto en cuanto a su contribución al calentamiento global (por emisión de gases de efecto invernadero). China es el país que más gases de este tipo emite en el mundo (superando inclusive a EEUU), jugando un rol criminal al amenazar en el mediano-largo plazo a todo el ecosistema mundial y a la vida de cientos de millones de personas. Sus propias ciudades se encuentran sumergidas en el “smog”, siendo el aire muy difícil de respirar.

En cuanto a su régimen político, China continúa siendo un régimen de partido único fuertemente represivo, que ejerce la censura en gran escala, encarcela activistas, opositores, sindicalistas, etc. En vez de producirse una “apertura” política como en el resto del ex-bloque “socialista”, China reaccionó a las protestas democráticas de 1989 con la horrible masacre de Tiananmen, que dejó cientos de muertos.

Por último, la propia economía china presenta una serie de desequilibrios que no está claro cómo se van a resolver. Gran parte del crecimiento está relacionado directamente a inversiones masivas en infraestructura, que generan niveles brutales de endeudamiento pero no producen necesariamente el mismo nivel de beneficios: por ejemplo, son muy famosas las imágenes de “ciudades fantasma”, cuya construcción finalizó hace rato pero que no consiguen ocupantes. Muchos analistas consideran que la economía china está llena de “burbujas” capitalistas que pueden estallar en cualquier momento.

En síntesis, el contradictorio desarrollo de China como gran potencia mundial es un proceso de enorme importancia, que puede cambiar el rumbo del siglo XXI reconfigurando el conjunto de la situación global, y que también puede verse abortado dando lugar a crisis y conflictos de magnitudes igualmente descomunales. El estudio y seguimiento de este proceso es fundamental para cualquier análisis serio de las nuevas tendencias mundiales, y sin duda alguna tendrá una importancia cada vez mayor en los próximos años.

Por Ale Kur, SoB 445, 26/10/17

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