SoB 447, 9/11/17

Categoría: Argentina Etiquetas:

Minuta nacional para el Plenario Nacional de Cuadros,

2 y 3 de diciembre 2017

Las perspectivas para el 2018

Una dura ofensiva que no pasará sin resistencia

“(…) Es oportuna una mirada equilibrada de la segunda victoria de Cambiemos, algo que perciben los miembros más lúcidos del gobierno. Tal vez los motive una conclusión realista: cualquier éxito electoral es frágil en la Argentina en tanto que no se resuelvan los desequilibrios económicos que hicieron naufragar las experiencias anteriores. En un país con estas carencias la victoria es siempre una foto, nunca una película. Apenas una incierta certidumbre, un puro presente sin perspectivas (Eduardo Fidanza, “La incierta certidumbre de ganar”, La Nación, 28/12/17) 

Introducción

El año se cierra con un importante triunfo político del gobierno en las elecciones. Un triunfo que le ha permitido lanzarse ahora a la ofensiva con el “paquete de reformas” presentado días atrás y que ya está desatando negociaciones entre los de arriba (con los entregadores de la CGT en primerísimo lugar) y cierta preocupación, temor y confusión entre los de abajo (aunque domina el desconocimiento todavía).

Sin embargo, se comienzan a plantear algunas primeras tímidas medidas de fuerza como la de los judiciales nacionales para el próximo 15 de noviembre (marchan a Plaza de Mayo y se verá cómo sigue la cosa a partir de ahí).

Hay que tener presente, además, que el caso Maldonado no se ha cerrado aún: su evolución ha venido siendo adversa pero podría volver a la palestra, dependiendo de los giros de la causa[1].

Luego de un año de coyunturas cambiantes, Macri lanza una durísima ofensiva que confirma su carácter de gobierno empresarial.

La ofensiva que se viene es dura. Pero el partido tiene el desafío de no dejarse impresionar. Encontrar los puntos de apoyo para enfrentar este ataque en unidad de acción con todos los que salgan a las calles, buscando el desborde a la burocracia, disputando aquellas franjas que rompan con los K, y sosteniendo la lucha política y el embrete con las fuerzas del FIT, avanzando en nuestra construcción, inserción orgánica y extensión nacional.

  1. ¿Un gobierno “hegemónico?

Cambiemos se alzó con un triunfo político-electoral mayor de lo que se esperaba. Con el 42% es, de lejos, la primera minoría política del país. Sin embargo, es algo más que una mera primera minoría. Porque un 42% no está lejos de la mitad; sobre todo si tenemos en cuenta que una elección de medio término no tiene balotaje.

Además, lo que tiene enfrente, en la “oposición”, es de una enorme fragmentación. Mientras que Cambiemos, como tal, luce homogéneo, más allá de los chispazos que le pueda hacer cada tanto Carrió.

Otro dato favorable al gobierno es que tiene toda una serie de “fuerzas gravitatorias” a su favor. Fuerzas que tenía desde el 2015, pero que se ratifican ahora con este triunfo electoral: la férrea unidad en torno suyo de la patronal y el imperialismo (Trump, pero también Obama), así como una coyuntura mundial y regional reaccionaria favorable a su perfil.

Sumémosle una base social de clases medias y medias altas que lo sostiene[2], que sostiene su nuevo “relato”, a lo que hay que agregarle sectores populares a los que les caben muchas de sus motivaciones conservadoras (el discurso del resentimiento: mirar al de al lado y no a los de arriba como razón de sus dificultades), amén de sectores de la clase obrera que lo votaron (pero que, atención, por cuenta de las leyes laborales y de la brutalidad del ajuste, podrían romper más temprano que tarde con él[3]).

El resultado electoral tuvo el efecto de consolidar al gobierno luego de dos años de gestión. Incluso más: lo ha fortalecido reafirmando su carácter de gobierno agente directo del empresariado y el imperialismo; logrando una validación electoral que ante al “desierto” que tiene enfrente, lo coloca en mejores condiciones para ir a la ofensiva contra los trabajadores.

El hecho que el gobierno haya salido refrendado e, incluso, refrendado de una manera más contundente de la que se esperaba, ha abierto el debate acerca de si se está frente a un “gobierno hegemónico”; una definición que desde ya adelantamos nos parece sumamente impresionista.

¿Qué quiere decir un gobierno hegemónico? Un gobierno que plantea un barajar y dar de nuevo en el sistema de partidos; que se impone exitosamente frente al histórico bipartidismo; que se afirma con éxito como tercer partido frente a la crisis del peronismo (y que también cuenta con la subordinación de los radicales en Cambiemos).
Una hegemonía que aparece no solamente como una construcción de “aparato” sino la imposición de un “nuevo relato”: una legitimidad llamada a perdurar.

Pero para apreciar con la distancia suficiente los desarrollos, tiene su importancia el análisis histórico comparado. Alfonsín se entusiasmó con la conformación de un “Tercer movimiento histórico” (sobre la base de la crisis del peronismo de los años 80). Pero es difícil erigirse en fuerza hegemónica cuando subsisten tantos actores y, además, las bases económicas son endebles (Fidanza).

Y la cuestión es que las bases económicas de Macri, aun si se ha evitado una crisis general y el país está creciendo moderadamente, son débiles.

Más adelante volveremos sobre la economía. Pero desde ya alertamos contra una lectura impresionista de los desarrollos. Una lectura realizada a partir de una apreciación unilateral de las elecciones que las independiza demasiado de su ratificación en la lucha de clases.

  1. Un proyecto de “modernización conservadora”

Dos años después de asumido el cargo y ratificado por el importante triunfo electoral, el gobierno aparece dispuesto a llevar a la práctica lo que se adelantaba desde el primer día: un gobierno agente directo de los empresarios que viene a liquidar las concesiones otorgadas desde el 2001 (incluso a intentar revertir conquistas profundas en las relaciones de fuerzas obtenidas en 1983[4]).

De ahí que el ataque que esbozan las medidas sea global. La divisa del gobierno es una suerte de “modernización reaccionaria” bajo la idea de la “eficiencia”, la “racionalización del trabajo”, generar las condiciones ideales para que los capitalistas sientan el deseo, la “tentación” de invertir.

Acá hay varios ángulos. Uno fundamental es el ángulo de clase. El gobierno de Macri es uno de los más clasistas que se tenga memoria en la Argentina desde el 83. Un gobierno que, mintiendo descaradamente, cínicamente, apelando a la ideología del “esfuerzo individual” (como si fuéramos individuos no condicionados por la sociedad), tiene una profunda lógica de clase.

Apunta a quitar todos los obstáculos para el desarrollo de las ganancias empresarias “liberando los mercados”, así como a una búsqueda de relegitimar las fuerzas de seguridad para fortalecer el Estado.

De ahí que hable que lo suyo es una “batalla cultural”; apunta a liquidar consensos que vienen de las últimas décadas colocando en su reemplazo otros más reaccionarios.

Nos queremos detener en la siguiente idea: detrás de las apelaciones generales la idea que se trasunta es la siguiente: el factor activo de la sociedad sería “el empresariado privado”; todos los esfuerzos tienen que ser puestos para que este “sujeto dinámico”, el único “real”, pueda desenvolverse “libremente”.

De ahí que Macri repita que lo suyo es desenvolver la iniciativa privada; que hay que limitar toda actuación del Estado que inhiba eso; que el foco esté en los “negocios privados”.

Es desde ese foco, también, que se ataca a los K y a las “mafias” que “impiden el desarrollo”: condenar el “estatismo”, el “populismo” de la gestión anterior (mecanismos económicos que respondían a otras relaciones de fuerzas)[5].

Si la ideología de los K era la clásica apelación a regenerar una imposible y fantasmagórica “burguesía nacional” (como apuesta a la “regeneración nacional”), el macrismo dice: “dejémonos de joder”, el factor dinámico tiene que ser la burguesía verdaderamente existente.

Una “modernización” conservadora que condena “el capitalismo de amigos”, que condena las “mafias”, que mete entre rejas a algunos de los “coimeros” de la última década y media (¡dejando a salvo a los empresarios que las pagaron!), que descarga un brutal ataque sobre los “privilegios laborales” que supuestamente tendrían porciones de los trabajadores[6], todo en beneficio del capitalismo empresarial.

De ahí también se deriva su visión de cómo “combatir la pobreza”: la clásica reducción burguesa de los trabajadores a sujeto pasivo, a un no sujeto: el “pobre de toda voluntad”, de toda subjetividad (colocándolos en oposición a la clase obrera con trabajo)[7]. La búsqueda de una alianza con los sectores más pobres (una parte de los cuales votaron al macrismo), al mejor estilo del “conservadurismo popular” que también practican otros gobiernos reaccionarios[8].

  1. Un ataque global

Un elemento clave en la justificación de las medidas anunciadas por Macri es la comparación con Brasil: “Brasil nos condiciona”, afirman a coro funcionarios y empresarios.

El estándar colocado por Brasil es alto: negociaciones a la baja por lugar de trabajo e, incluso, por trabajador (respecto de las leyes o convenios en vigencia); eliminación de los descuentos sindicales (dejando a las burocracias suspendidas en el aire); apuesta a la suba de la edad jubilatoria a 49 años de aportes (una medida brutal que significaría la eliminación lisa y llana de las mismas, pero que aún no ha sido aprobada); un nivel de represión a las luchas, y una legitimidad de las FFAA, desconocida en nuestro país; una clase trabajadora que no tiene el nivel de sindicalización ni de formación educativa de la argentina (aunque políticamente pasó por la experiencia de un partido de trabajadores).

De ahí que los parámetros, repetimos, sean altos. Y aun a pesar de ello sirven como medida de lo que pretende Macri.

Aquí sólo daremos cuenta de algunas de las medidas más importantes (para más especificidad ver otras notas de esta publicación).

Se trata de un ataque global: laboral, sindical, educativo, jubilatorio y tributario. En materia laboral lo más significativo es el intento de reducir despidos a la mitad o un tercio (lo que daría lugar a una ofensiva de despidos inmediata).

A esto se le suma la eliminación de las horas extras con el “banco de horas”: trabajando de manera simple hasta 10 horas por día, se liquidaría la jornada laboral tradicional de 8 horas en una suerte de retorno de las condiciones de trabajo del siglo XIX…

Como si esto fuera poco, está también la amenaza de que para todo un sector de los trabajadores, sus condiciones de trabajo puedan ser a la baja de los convenios del gremio e, incluso, de la Ley de Contrato de Trabajo (Brasil).

Agreguémosle a esto un contenido doctrinario (en el proyecto de ley) que tiende a colocar a los trabajadores y a la patronal como “partes cooperantes de la producción”; esto liquidaría toda la tutela del derecho laboral: como dijera Schmidt (uno de los burócratas integrantes del triunvirato cegetista), “acabaría con todo el derecho laboral mediante la modificación de la jurisprudencia que se operaría de aquí a 5 a 10 años”.

Apostando a la complicidad de la CGT y con el engañoso discurso del “diálogo”, lo que el gobierno busca es un retroceso duradero en las conquistas laborales de la clase obrera argentina que, de imponerse, configuraría una derrota de magnitud; de ahí la gravedad de lo que se ha puesto en juego.

Tal es la brutalidad del ataque que muchos analistas señalan que se trata de medidas que “ni la dictadura se animó a hacer”. Atención que nada de esto menoscaba la demagogia K, que en 12 años de gestión preparó las bases para este ataque. Sólo restauró paritarias a partir del 2004 (lo que distorsionadamente fue una conquista). Pero no tocó las condiciones de flexibilización y precarización laboral que venían de los años 90.

Macri pretende dar ahora una nueva vuelta de tuerca, razón por la cual la contrarreforma laboral, es el elemento clave de su ofensiva[9]. Un ataque al cual pretende adosarle la eliminación de los sindicatos simplemente inscriptos (la mitad de los que existen en el país), los más democráticos en términos relativos[10].

Este es un dulce para los burócratas de la CGT; lo que no quiere decir que la reforma sea algo fácil de digerir para ellos. Habrá que ver, a partir de ahora, cómo se desarrollan las contradicciones en curso. El posicionamiento negociador es doblemente peligroso, porque la ley es tan brutal que sólo admite un rechazo completo; un rechazo que dé lugar a medidas de fuerza efectivas.

La CTA se habría posicionado ya por el rechazo a la ley, lo que es correcto. Pero debe dar lugar a medidas de fuerza reales. Si su poder de fuego es menor que la CGT, en vinculación con el kirchnerismo podría poner en las calles ingentes sectores. Aquí el problema es que los K no quieren saber nada de hacer algo real; lo suyo es la “oposición institucional”: “resistir sin aguante” y echarle la culpa a la gente porque “votó a Macri”.

En cualquier caso derrotas de este tipo difícilmente pasen sin luchas inmensas. Si tomamos el ejemplo de la Thatcher, recordemos que el suyo fue un gobierno de guerra de clases a lo largo de varios años; no vemos claro que haya condiciones para tanto hoy en nuestro país.

  1. La ofensiva judicial sobre los K

Parte de esta ofensiva es la ofensiva judicial sobre los K, una cortina de humo para tapar la ofensiva brutal sobre los trabajadores. Hace a las propias motivaciones legitimadoras del “capitalismo serio” y, también, del régimen político, amén del propio gobierno: “nunca se vio algo así”, decían impactados en muchos lugares de trabajo el día que detuvieron a Boudou.

Macri está utilizando una herramienta ya usada por el imperialismo en otras oportunidades contra el nacionalismo burgués. Pasa que los mismos tienen el talón de Aquiles de que es imposible que no den lugar a corrupción: enriquecimiento al calor de los cargos en el poder. Incluso un presidente de la importancia de Getulio Vargas fue llevado al suicidio en 1954 ante la campaña “anticorrupción” del imperialismo yanqui, que quería ver subordinado Brasil a los EEUU.

Nada de esto quiere decir que los K no se hayan enriquecido de manera espuria. La verdad es la contraria. Y tiene que ver con toda laya de capas sociales que se beneficiaron junto a ellos (desde grandes empresarios hasta los jardineros de los K).

El cinismo de Macri viene de que su propia familia (así como todos los “capitanes de la industria” de la segunda mitad de los años 70), se enriqueció cerrando negocios con la dictadura militar.

El carácter reaccionario de esta ofensiva se explica por varias razones. En el centro de todo está el hecho que el Poder Judicial sigue siendo una escribanía del poder de turno.

No se puede pensar (como en Italia en los años 90 o incluso Brasil) que el Poder Judicial tenga algún grado de autonomía: que pegue para un lado, pero también para el otro. Aquí es una agencia del gobierno (esto más allá de algunos corcoveos de Lorenzetti).

De ahí también una inmensa diferencia con Brasil: en el país hermano el foco está puesto tanto en los políticos como en el empresariado. Si se utilizó como herramienta para tirar abajo a Dilma Rousseff, también es cierto que Odebrecht, el principal empresario de la construcción de Brasil, está preso.

Nada de eso pasa aquí. Los Panama Papers fueron archivados. No se dirige ningún fuego contra el empresariado. El Poder Judicial no muestra ninguna autonomía. Estos juicios son una herramienta contra el “populismo” y al servicio de legitimar el curso neoliberal actual.

Nuestro partido no toma ninguna responsabilidad por los funcionarios presos; no tiene simpatía alguna con ellos: estamos a favor de que estén en prisión. Pero al mismo tiempo, planteamos que los empresarios que pagaron las coimas, que sobrefacturaron obras, también vayan presos; lo mismo que los funcionarios encumbrados de la actual administración encontrados en paraísos fiscales.

Sostenemos una posición de intransigente independencia política. De ahí que nos haya parecido grave el accionar del FIT, que apareció votando con Cambiemos en el Congreso en el caso De Vido bajo la presión de la opinión pública. Volveremos sobre esto.

  1. “Dos países”

Lo anterior no quiere decir que no existan factores mediadores[11]. No hay que olvidarse que recién se está frente a anuncios: no medidas votadas y en aplicación. Uno de los principales factores mediadores, es que colocando las contrarreformas para ser pasadas a leyes, las coloca en el plano político.

Es verdad que esta pelea arranca de bastante atrás. Hay confusión entre la población, entre otras cosas por cómo está arreciando la campaña sobre la corrupción K. También por la cínica campaña electoral de Cambiemos que, ex profeso, se dedicó a confundir con el “cambio” y los globos de colores.

Pero insistimos: colocar las reformas por ley entraña peligros para el oficialismo. Por un lado, muestra que el gobierno se siente fuerte para ir a una ofensiva más duradera: lo que se coloca por ley se consolida más estructuralmente que meros acuerdos sectoriales. De esto no hay dudas: 150 páginas de reforma laboral (cuando se decía que “no sería por ley”) están para testimoniar esto[12].

Pero, al mismo tiempo, no deja de tener contradicciones: al colocar las cosas por ley las instala en el debate nacional: puede hacer de cada proyecto, un foco de resistencia y movilización.

Esto último es lo que ocurrió en Francia con las leyes jubilatorias y laborales. En 2010 y 2016 se desataron grandes procesos de movilización que, si bien terminaron derrotados, llevaron a sendas crisis políticas a los gobiernos de Sarkozy y Hollande. Las leyes terminaron imponiéndose; los gobiernos no fueron reelectos

Un caso distinto es el de Temer, que al ser un gobierno de excepción, la popularidad “no le importa” (cuestión de todos modos relativa, obviamente). Pero el caso de Macri no es igual porque se trata de un gobierno de base electoral; un gobierno que pretende reelegirse en el 2019. Además, la situación política argentina no es idéntica a la de Brasil: las relaciones de fuerzas son aquí más favorables que en el país hermano.

Así que habrá que ver cómo evolucionan las cosas, aunque nada de esto niega que el gobierno ya lanzó el guante.

Muchos sectores (sobre todo simpatizantes K) se muestran desmoralizados porque no ven “oposición”. Se la pasan diciendo: “jódanse, para qué los votaron”, echándole la culpa a la base: algo típico de las direcciones burocráticas y burguesas.

Sin embargo, las mediaciones existen: traducen las presiones de la sociedad.

Veamos primero el caso del peronismo no K y los gobernadores. Están en debilidad. El PJ enfrenta una crisis y difícil recomposición porque la principal figura restó siendo Cristina; una figura que no puede reorganizar el PJ porque la burguesía la rechaza.

Por su parte, los gobernadores tienen la presión de gobernar sus provincias: recibir fondos. Lo más probable es que terminen yendo a un arreglo con el gobierno: Pichetto se la pasa repitiendo que la oposición “no está para impedir gobernar”…

Pero de todas maneras hay contradicciones. Por ejemplo, en materia impositiva y de reparto de recursos. ¿Qué pasará con la coparticipación si la Corte le da la razón a Vidal[13]? ¿Qué tributos reemplazarán los ingresos brutos que reciben las provincias y que el gobierno quiere eliminar[14]? ¿Qué pasará con los impuestos que el gobierno le quiere colocar a los vinos y cervezas, y eliminar para la venta de computadoras? (medidas que colocan problemas en las provincias cuyanas y Tierra del Fuego).

Un segundo tema es que Cambiemos creció pero no llegó a mayorías propias en las Cámaras; más en general, un problema es que existen demasiados actores políticos y sociales.

Se trata de actores fragmentados, es verdad; en los cuales no se puede tener un gramo de confianza, desde ya. Pero tampoco está claro que el gobierno pueda imponerse pasando por arriba de todos ellos. La CGT es traidora, pero no come vidrio. Podría terminar entregando todo; pero si la pasan por arriba puede convocar movilizaciones de magnitud[15].

El tema de los sindicatos es muy delicado. La existencia de los mismos es un tributo a las relaciones de fuerza (como tantas otras cosas). Las paritarias aun burocráticas, también. En el menemismo no había paritarias. Había un 20% de desempleo y otro tanto de subempleo. Eso se llama “ejército industrial de reserva”: si tenés desempleo de masas podés reventar los salarios (primer tomo de El capital). ¡Pero entonces tenés que despedir como en los años 90! 

Lo mismo ocurre con las tarifas o el boleto. Se vio cómo el año pasado hubo un foco de descontento. Multisectoriales y movilizaciones populares. Un descontento que podría estallar en cuanto el gobierno mida mal las cosas.

¿Cuánto margen tiene Macri? Todo el mundo está sacando el centímetro para medir. La patronal está eufórica con las propuestas. No es para menos: ¡son en su exclusivo beneficio! Pero hay interrogantes sobre hasta a dónde podrá ir el oficialismo. ¿Será correcto salir a un ataque tan global? ¿Crearse tantos enemigos potenciales juntos?

Colocamos la cita de un sociólogo burgués al comienzo de esta minuta. Habla de las incertidumbres de un triunfo electoral en un país como la Argentina. Alerta: “ojo que a los gobiernos en los últimos 30 años les fue peor no cuando ganaron por primera vez, que arrancaron pisando huevos, sino en la segunda validación, donde se la creyeron y se fueron al tacho”.

Tenemos una situación paradójica: el resultado electoral es un inocultable triunfo del gobierno. Pero eso no anula la dinámica de “dos países” que se vivió a lo largo del 2017. Las dos caras del año hablan de una tensión dialéctica no resuelta. De la preocupación incluso en los sectores identificados como “lúcidos” del gobierno por no cometer errores, medir con el centímetro hasta dónde ir.

Según Morales Solá a Macri no se le escapa que al frente del Ejecutivo Nacional “de la noche a la mañana se pasa del cielo al infierno” (haciendo referencia al impacto del caso Maldonado la semana previa a las elecciones).

Sería un error pensar que el gobierno las tiene todas consigo. Una impresión producto del triunfo electoral pero que no expresa todavía las relaciones de fuerzas reales que seguramente están en algún punto intermedio entre dicho logro y una coyuntura adversa pero que todavía no es “Cancha Rayada”[16].

  1. Una economía con pronóstico reservado

Como planteamos al comienzo de esta minuta, un problema clave para evaluar las perspectivas es la economía. Las cosas en este terreno son bien contradictorias. En el pasaje de los K a Cambiemos se evitó una crisis general típica de las transiciones argentinas. La base de esto estuvo en la definición que dimos en su momento, de que no había bancarrota; la carencia de divisas solamente reflejaba falta de liquidez.

El kirchnerismo dejó el país sin reservas pero desendeudado. Al costo de 200.000 millones de dólares la Argentina quedó menos expuesta a los vaivenes financieros internacionales.

En cuanto llegó Macri y le hizo gestos a los mercados (pagando a los fondos buitre), en cuanto restableció la confianza, volvieron a manos llenas los préstamos al país: en cada subasta de dinero se le ofrecen más dólares al país que los que necesita.

Y es lógico que así sea, porque la ratio entre deuda externa (pública y privada) y el PBI está en algo en torno al 30%: un índice bajo para el promedio mundial y que el gobierno ha aprovechado con creces para financiarse (¡claro que sin agradecer a los K por este servicio!) .

Con este margen, el gobierno ha ido administrando el ajuste; de ahí el “gradualismo” de estos dos años, cuestión que ahora podría cambiar en la medida que imponga su nuevo paquete de medidas. Un gradualismo que se ha expresado en un crecimiento de la deuda, y que el año que viene implicará necesidades de financiamiento por 40.000 millones de dólares, una cifra no menor.

Por lo pronto, retengamos que las relaciones de fuerzas y el nivel de endeudamiento están en relaciones inversas: si la deuda crece es porque los ajustes fiscales no crecen lo suficiente; si el ritmo de la misma se mediatiza, es porque el ajuste es brutal: así de sencillas son las cosas. De ahí también el debate gradualismo vs. shock que se expresa entre los economistas más neoliberales (ver el monstruo de López Murphy que considera “gradualista” también el último paquete de Macri).

Pero el problema plantea agravarse en el horizonte. ¿Hasta cuándo podrá el gobierno seguir pateando la pelota? ¿Seguir el endeudamiento a semejante ritmo? Una pregunta que es conexa a otra: ¿por cuánto tiempo continuarán condiciones externas de financiamiento que, a pesar de modificaciones en los últimos años, aún siguen siendo accesibles?

La Argentina tiene una moneda débil y depende de hacerse de dólares para sus intercambios con el mundo. Al rescate de esto viene el endeudamiento y se colocan los problemas.

Porque el país está deficitario en todos los rubros que se miren. En materia de déficit comercial, pesa el hecho que las importaciones han crecido de manera sustancial mientras que las exportaciones, sobre todo las industriales, parecen derrumbarse cada vez más. Con Brasil en una recuperación anémica, con una industria que le cuesta ser competitiva internacionalmente, no podría haber una ecuación muy distinta.

También el déficit fiscal sigue alto porque si el gobierno ha avanzado en desmontar subsidios y aumentar tarifas, si ha comenzado el ataque a los sueldos de estatales y docentes, al tiempo que avanzar en imponer un régimen laboral racionalizado, ajustar más tiene costos políticos que deberán ser enfrentados[17].

Y, finalmente, está el problema de la balanza de pagos: el balance entre la entrada y salida de capitales, ahora totalmente liberado. Un balance que se cubre, en definitiva, con la continua subasta de divisas, que sólo lleva el endeudamiento hacia arriba.

De ahí la lógica del ajuste: mejorar las condiciones de rentabilidad con la fantasía que aumenten las inversiones; que aumente el excedente de divisas; que se produzca un crecimiento en materia de acumulación (un crecimiento y reproducción ampliada de los capitales en el país).

Ahí se coloca la apuesta macrista: mejorar las condiciones de inversión por la vía de reducir salarios y condiciones de trabajo, así como reducir cargas patronales, impuestos generales al capital y las ganancias. En definitiva: mejorar sustancialmente las condiciones de rentabilidad del capital.

Pero el tema de la inversión es muy complejo porque depende de factores muy estructurales y el país no demuestra ramas suficientemente dinámicas más allá del agro y, eventualmente, en materia energética. Esto tiene que ver con la tradicional inserción dependiente del país; con el tradicionalmente bajo nivel de desarrollo relativo de sus fuerzas productivas y que, obviamente, Macri no viene a modificar un ápice.

Así las cosas, en las condiciones de un mercado totalmente liberado, las ganancias excedentes de los capitalista bien pueden fugarse tranquilamente en el exterior; terminar ayudando a la reproducción ampliada de capitales en otro lado.

Un problema adicional aquí es el funcionamiento de la bicicleta de las Lebacs. Los medios informan un importante ingreso de capitales el último año; pero se trata de un ingreso que tiene la distorsión de que en un 95% ha ido a parar a la “inversión financiera”, y sólo la miseria restante a la inversión productiva.

No hay nada que le compita al mecanismo de llegar, vender los dólares, comprar Lebacs, llevarse el alto interés de las mismas, pasarse nuevamente a dólares con una importante ganancia, y volver a salir del país…

Otra orientación del gobierno es reducir el déficit fiscal. Pero ese objetivo choca con otra meta, la cual es reducir la carga impositiva a los capitalistas. De ahí que haya planteado una reforma impositiva fuertemente regresiva que afirman será de “efecto neutro”, una falsedad completa.

Puede ser que, formalmente, la proporción sobre el PBI de ingresos impositivos se mantenga igual. Lo que no dice el gobierno es que la universalización impositiva que pretende, lo que llaman “ampliar la base imponible eliminando impuestos distorsivos”, significa reducir impuestos a los capitales y ampliar el universo de lo que pagan los trabajadores/consumidores.

Una reforma impositiva progresiva procedería exactamente al revés: quitaría universalidad, no haría pagar igual a todos (en proporción mucho menos a los que más tienen y mucho más a los que menos poseen), sino que “segmentaría”: haría que paguen las verdaderas ganancias, los verdaderos propietarios[18].

Otra vía para la reducción del déficit fiscal es el ajuste a nivel del Estado: el despido de contratados, el cierre del grifo de nuevas contrataciones, colocar un régimen laboral más duro, más controlado; esto además de la reducción del gasto en materia de educación, salud, jubilaciones, etcétera.

Y mientras tanto se da otra “paradoja”: la inflación se mantiene alta porque se suceden los aumentos de tarifas, servicios y bienes de consumo masivo. Como en todo en este gobierno, el restablecimiento de las ganancias empresarias es la estrella polar de su actuación.

Sin inversiones sustanciales, con la caída de las exportaciones industriales, con el aumento de los despidos y la reducción salarial, con la caída del consumo (aun si ningún índice ha sido catastrófico), sin ramas dinámicas en la economía más allá del campo, no es sorprendente que el crecimiento económico del 2017 vaya a ser más que modesto: apenas para recuperar las cosas al nivel del 2015.

Un factor ha sido dinámico en este año, es verdad: la construcción; típico sector al cual se apela en campaña electoral y porque es el que tiene más a mano el Estado. Un sector que si bien dinamiza las cosas, no es multiplicador en materia de inversiones productivas, salvo si tiene que ver, realmente, con obras estratégicas de infraestructura que hagan a las condiciones generales de acumulación del capital. Pero esto es lo que no se ve por ningún lado (¿en qué quedó el famoso Plan Belgrano?).

Nada de esto significa que la economía se encamine a una crisis a corto plazo; por lo menos no en la medida que no explote alguna crisis internacional. El gobierno tiene margen externo e, internamente, está descargando un duro ajuste.

En la medida que estas condiciones se mantengan, sería un error anunciar cualquier crisis económica en el horizonte.

Pero la ecuación del bajo nivel de inversiones, los variables alcances del ajuste, el endeudamiento, y las relaciones de fuerzas entrelazan economía y política de una manera que dependerá, en definitiva, de la batalla que se abre ahora (preanunciando, potencialmente, una nueva crisis de la deuda en el mediano plazo).

  1. La evolución de las clases sociales

Pasemos ahora someramente al análisis político de las clases sociales.

Ya hemos escrito muchas veces cómo las clases medias y medias altas se han desplazado hacia la derecha desde el 2008. Se trata de un movimiento similar en toda la región: Brasil, Venezuela, en menor medida Bolivia y Ecuador, la Argentina.

Este dato político-social no vemos que vaya a modificarse. Expresa el movimiento pendular de esta clase social: cómo estuvo a la izquierda cuando el estallido de las rebeliones populares latinoamericanas y lo a la derecha que está hoy.

Pero de todos modos tampoco hay que perder de vista que, en realidad, esta clase está dividida con un sector de importancia manteniéndose en el cuadrante “progresista”, lo que no es un elemento de menor importancia (aquí está buena parte de la base social K).

Luego está la cuestión de los sectores populares; aquí, quizás, se da una proporción inversa que la anterior; al menos en lo que hace al Gran Buenos Aires, fundamentalmente.

Porque de esta base social salió, básicamente, el voto a Cristina Kirchner y se expresó parte de los picos de la bronca contra el gobierno durante el año.

De todas maneras, también es verdad que una parte de los sectores más pobres son capturados por el discurso presidencial en proporciones que nos cuesta estimar, pero que son bien reales.

El lío más grande, obviamente, es el de la clase obrera, sobre todo la industrial. Nos pareció detectar en la últimas elecciones un sector que se alejó de Cambiemos y votó a los K e incluso una franja joven y minoritaria pero de valor, a la izquierda.

Esto no quiere decir que no haya un voto obrero a Macri: lo hay. Y, por ejemplo, ha festejado (¡y es justo!) las detenciones de De Vido y Boudou. Hay un voto obrero a Macri en Córdoba, también en el Gran Buenos Aires (por ejemplo, hay que ver a dónde fue en esta franja lo que perdió Massa en la provincia).

Pero de todos modos nos parece que en la medida que se vaya entendiendo la reforma laboral, este ataque brutal, la clase obrera podrá ir pasando a la oposición; algo que anticipamos este año, sobre todo en la primera mitad, pero que finalmente no terminó verificándose.

Estos movimientos políticos-sociales entre las clases serán un elemento clave de las perspectivas que se vienen.

Veamos a continuación someramente las perspectivas. La realidad del año quizás sirva de ilustración de lo que se viene. Ya señalamos que este año se apreciaron dos países. Hubo varios momentos. Los días 6, 7 y 8 de marzo con el desborde a la CGT y las marchas docentes; el paro general de abril, la marcha del 2 x 1 en junio, el #NiUnaMenos, la inmensa concentración el 1° de septiembre por la aparición con vida de Santiago.

Claro que también estuvieron los triunfos electorales de Cambiemos, la ofensiva de despidos en julio, las campañas reaccionarias brutales alrededor del mismo Santiago, de los mapuches, la ofensiva con el caso De Vido, Boudou, ahora este paquete de leyes brutal.

En todo caso lo que se aprecia es esa tensión que señalamos. Una tensión no resuelta que quizás está expresando que la dinámica política del país busca una solución.

Porque es un hecho que Macri busca otras relaciones de fuerzas, más giradas a la derecha. Un interrogante es si un país con las características sociales y políticas como el nuestro, admitirá tan fácilmente un régimen político democrático burgués tan reaccionario. Con un nivel de desempleo cualitativamente más alto; con una sindicalización cualitativamente reducida.

No parece sencillo el trabajo de Macri, más allá que esté colocando estos desafíos. Todas las direcciones son traidoras, de eso no hay ninguna duda. Pero no toda la historia depende exclusivamente de las direcciones: hay estallidos de rebeldía, desbordes, etcétera.

Hay que ser cautos y estudiar bien los desarrollos. Y sobre todo participar de manera militante en los combates donde se exprese la resistencia a este ajuste brutal.

No hay que sacar conclusiones del puro análisis: lo que tiene que mandar es la política[19].

  1. El kirchnerismo, el FIT y la Izquierda al Frente

Veamos ahora la cuestión del kirchnerismo y las perspectivas de la izquierda. La definición de que el kirchnerismo estaría en “extinción” es unilateral: expresa una corriente de masas que no va a desaparecer de la escena.

Ahora bien: qué hacer con el capital político que dejó el kirchnerismo es algo que no sabe nadie; ni siquiera el propio kirchnerismo. ¿Qué haces con un capital político tan “a la izquierda”, muy importante, que no es del agrado hoy de ningún sector patronal?

Ese capital político es una posibilidad histórico-estratégica para la izquierda. Esto en la medida que se vaya a una crisis profunda; que se dé un ascenso en regla de la lucha de clases.

Incluso sin tal ascenso podría expresarse más ampliamente que hasta ahora al menos en materia electoral (lo que no es una oportunidad menor).

Se trata, en cualquiera de esos casos, de la posibilidad de que se rompan los “compartimientos estancos” entre el kirchnerismo y la izquierda. Esta posibilidad la ve toda la izquierda (a pesar que tenga muchas mediaciones y se tramite por ahora electoralmente).

El kirchnerismo no sabe cómo recuperar los favores de la patronal. Habla del “escenario catastrófico” que podría venirse frente al cual ellos se postularían para mantener la gobernabilidad[20].

Pero es difícil que sobrevenga una crisis general a corto plazo. De ahí que el peronismo tenga un problema complejo: la que mejor parada quedó es Cristina, pero Cristina no puede ser el factor reorganizador porque está mal vista por la patronal[21].

Así las cosas, de aquí en adelante los K parecen encaminarse a jugar la carta conservadora. No llamar a movilizar. Ninguna “resistencia con aguante”: más bien, y como ya hemos definido, “aguante” sin resistencia. Oposición formal, institucional, en el parlamento, sin mayores consecuencias prácticas (todas cuestiones que tendremos que verificar en la experiencia).

A la izquierda se le abre una posibilidad potencialmente inmensa. También enormes peligros. Hay una “carrera de velocidades” entre las posibilidades revolucionarias y el abrazo de oso del régimen; es complejo.

El FIT hizo una buena elección; se llevó nuestros votos. No hizo la votación que anunciaba de “20 diputados”. Pero eso no quita que sostenerse como un punto de referencia político electoral en el tiempo no tenga gran importancia.

Pero hay una contradicción compleja, la cual es tener una ubicación electoral de importancia en condiciones de no radicalización.

Esto no aparece problematizado por el PTS y el PO. Es una contradicción compleja, real; más difícil aún porque se hace valer “insensiblemente”: se trata de la presión de la opinión pública.

Lo del día miércoles 18/10 por parte del PTS, de no salir por Santiago yendo a la rastra de los K, a lo que después arrastró al PO (que reflejó más crisis por el cambio de línea), fue una capitulación política[22].

Por las razones que se quieran: porque era “peligroso”; por la “represión”; por “perder votos”. Así fueron las capitulaciones en el Viejo MAS: adaptación a las presiones –que son muy fuertes, bien reales- de la opinión pública.

Eso no quiere decir ser “ultraizquierdistas”, desconocer las relaciones reales, ir a la “guerra” en cualesquiera condiciones; educar a nuestro partido en cualquier crítica facilista al FIT; sino detectar los problemas, las inercias oportunistas, donde las mismas están realmente.

El tema de De Vido fue delicado también en el mismo sentido. ¿Fue un problema de principios votar con Cambiemos? No. Pero políticamente fue una señal horrible; en cierto modo otra capitulación a la opinión pública.

La excusa fue que “los trabajadores lo querían preso”. Pero los trabajadores quieren muchas cosas. Y se entiende: porque mientras la clase obrera vive de su trabajo, los funcionarios viven expoliándolos.

Izquierda al Frente no logró quebrar las PASO en provincia de Buenos Aires y CABA. De todos modos, en provincia de Buenos Aires hicimos una importantísima elección de más de 100.000 votos, instalando definitivamente como figura a nuestra compañera Manuela Castañeira. Y en el interior del país: en Córdoba, Neuquén, Río Negro, etcétera, los votos entre ambos frentes se repartieron en proporciones bien definidas (y en La Pampa nos impusimos sobre el FIT)[23].

De todos modos, la tarea que queda por delante de lograr capitalizar una franja que rompa con los K, es ardua; lo que va a depender, también, del desarrollo de la lucha de clases[24].

Por lo pronto, nos encaminamos a reafirmar a la Izquierda al Frente en la medida que se ha mantenido como una alternativa electoral de independencia de clase; incluso colocándose a la izquierda del FIT en materia de declaraciones políticas, participación conjunta en marchas, etcétera.

Nuestra diferencias con el MST subsisten (entre otras razones de fondo), en la medida que los compañeros mantienen su llamado general a una “izquierda amplia”[25]. Expresión de esto ha sido que, expresamente, cometieron el error de no llamar a votar al FIT en octubre (en aquellos distritos donde no pasamos las PASO).

Sin embargo, en la medida que la Izquierda al Frente se mantiene como opción independiente, nuestro partido reafirma la apuesta por su construcción. En todo caso, nos cabe la responsabilidad principal por un curso de izquierda de nuestro frente, así como de seguir batallando por una expresión electoral unificada de ambos frentes de izquierda en nuestro país.

  1. Abajo el paquete de reformas antiobreras y antipopulares. Ninguna negociación. Asambleas por lugar de trabajo para exigir un paro general activo contra el gobierno

El triunfo electoral del gobierno y la ofensiva que está descargando, parece ubicar los ejes políticos en un lugar semejante al de dos años atrás: sostener una perspectiva de unidad de acción en las calles para pararle la mano; levantar una orientación global que tome en sus manos la pelea contra el ajuste, así como los reclamos democráticos, del movimiento de mujeres, de la juventud, en primer lugar hoy el castigo a los responsables políticos y materiales de la desaparición forzada y asesinato de Santiago Maldonado.

Un capítulo de importancia tiene que ver con los K y la burocracia sindical. Con los primeros está el problema que podría estarse apreciando un giro más conservador que en 2016. Habrá que verificarlo en la práctica, sin negarse a movilizar en común si esto se da; y tampoco dejar de denunciarlos si se niegan a hacerlo; y sosteniendo siempre la delimitación de clase con esta corriente burguesa.

Más complejo es el problema de la CGT (y en menor medida de la CTA). Porque la izquierda tiene un lugar en el movimiento de los trabajadores, pero viene debilitada.

Aquí corresponde hacer un doble o triple movimiento: no dejar de lado las tácticas de exigencia y denuncia, colocar el planteo de que la CGT deje de pactar con el gobierno, rompa con él, rechace en bloque esta reforma brutal, y llame a un paro general activo contra la misma. Colocar, también, el planteo de asambleas por lugar de trabajo para discutir las contrarreformas, para esclarecer a los compañeros.

Simultáneamente, está el problema de construir un polo sindical clasista alternativo a la burocracia. En esto la izquierda viene retrasada tanto por el retroceso que hemos sufrido la mayoría de las corrientes, como por la máquina de impedir que ha venido siendo el FIT en materia de acción común en las luchas.

Tenemos por delante la realización de un Plenario Nacional de nuestra corriente Carlos Fuentealba, así como en lo inmediato trabajar por la puesta en pie de un polo clasista unitario (partiendo de las referencias que existen, como el SUTNA, entre otras experiencias sindicales independientes).

A esto hay que sumarle las batallas específicas que se vienen en docentes, estatales, judiciales, así como las peleas en el movimiento de mujeres y la juventud, al tiempo que se da, también, la pelea política en los medios: la pelea por toda esa franja que se orienta hacia la izquierda y se referencia, entre otras figuras, en nuestra compañera Manuela Castañeira.

Ya respecto de las tareas las dejamos para un texto específico. Se trata de seguir extendiendo nuestro partido nacionalmente, conquistar nuevas legalidades, ampliar el radio de acción en materia estudiantil, laboral y territorial, fortaleciéndonos como partido de vanguardia.

Parte de esto mismo es preparar a la joven generación partidaria para una lucha de clases que se puede poner más dura. Eso no dejará de tener un efecto positivo en la medida que siempre es difícil formar organizaciones revolucionarias en condiciones no revolucionarias.

En la Argentina y el mundo esto podría comenzar a cambiar. Estas son las perspectivas que podrían venirse –nacional e internacionalmente- cuando estamos conmemorando este 100° aniversario de la revolución más grande que ha dado la humanidad: la Revolución Rusa.

¡Vamos por la forja del Nuevo MAS como una gran organización revolucionaria! ¡Vamos por el ingreso de toda una nueva camada militante a nuestro partido!

[1] Nuestro partido estuvo a la vanguardia de esta pelea, razón de más para mantener la guardia en alto ante cualquier giro de los acontecimientos.

[2] En esto está incluida la coalición campestre que ahora logró encumbrar al ex presidente de la Sociedad Rural, Luis Etchevehere, como ministro de Agroindustria.

[3] Un ejemplo, entre muchísimos de estos, es un compañero trabajador que dijo que había votado a Macri pero que “si es verdad esto que están diciendo de las leyes laborales, lo mato”.

[4] Hay que tener en cuenta que el desprestigio de las FFAA en nuestro país no tiene parangón en ningún otro de la región. Como ejemplo de esto, señalemos que recientemente se le hizo un reportaje al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Brasil: éste afirmó algo así como que “no descartaría intervenir con las FFAA si la corrupción no termina”… Una bravuconada que en la Argentina sería impensable.

[5] Aquí corresponde hacer un señalamiento metodológico: toda medida económica, toda política económica, además de traducir presiones materiales, expresa lo que las relaciones de fuerzas permiten. De ahí que no se pueda apreciar ninguna medida económica o social desvinculada de ellas; una vinculación que, claro está, es dialéctica y no mecánica.

[6] Esto de los trabajadores “privilegiados” es otra campaña que campea en el mundo: nivelar hacia abajo en vez de para arriba.

[7] Sin ningún sectarismo apreciemos aquí que el gobierno salió a plantear beneficios sociales para los sectores desocupados para fin de año.

[8] El caso de Trump es bastante evidente pero también están los populismos reaccionarios de Europa, entre otros.

[9] Al set de medidas laborales hay que agregarles la reforma educativa (a nivel profesores, maestras y estudiantes secundarios), los ataques de racionalización del empleo y laboral en el Estado (ataques que vienen desde hace dos años), las reformas tributarias a la medida de los empresarios, etcétera; medidas todas caracterizadas por una lógica de clase implacable. 

[10] Están incluidos en esta categoría varios de los sindicatos de la CTA, que también están burocratizados. Pero al ser más débiles, son permeables a las presiones desde las bases; su régimen de funcionamiento permite una existencia pública de la izquierda.

[11] Mediación en el marxismo es una categoría que plantea tanto una relación entre términos, como una inhibición y/o dificultad para dicha relación.

[12] Es evidente que el gobierno jugó a las escondidas a la espera del resultado electoral.

[13] Cayó mal entre los gobernadores la reciente reunión de Vidal con Lorenzetti.

[14] Ingresos brutos es un tributo que cobran las provincias por los bienes que ingresan producidos en otras: es una de las claves de la recaudación fiscal propia de las provincias.

[15] Nada de esto quiere decir que no vayan finalmente a un acuerdo entregando conquistas históricas de los trabajadores; pero en todo caso será un complejo proceso marcado por contradicciones, eventuales divisiones internas en la CGT, etcétera.

[16] Así se llamó una derrota de San Martín cuando la campaña por la liberación de Chile de los españoles.

[17] En una reciente columna de opinión llamaron la atención una serie de encuestadores sobre los costos que tendría un aumento “desmesurado” de las tarifas.

[18] En esto se ve el fuerte contenido de clase que tiene el sistema impositivo; un tema demasiado técnico para que podamos desarrollarlo aquí.

[19] Aquí recordamos una aguda definición de Trotsky donde señalaba que las relaciones de fuerzas sólo pueden ser medidas, en última instancia, en la lucha misma.

[20] De esto se habló en el Instituto Patria al otro día de la derrota electoral.

[21] No hace falta señalar que el resto del PJ quedó muy mal ubicado porque para oficialistas está directamente Cambiemos; igual problema sufrió Massa.

[22] Una capitulación política que se hizo valer de manera inmediata en cómo se dio vuelta la pelea por Santiago.

[23] Esto de las proporciones es importante para entender el por qué el FIT apela a cualquier método como la justicia burguesa para mantener un monopolio que no es orgánico; un caudal electoral que está abierto a ser repartido entre ambos frentes de la izquierda en la medida que la Izquierda al Frente y el Nuevo MAS logremos quebrar el piso proscriptivo.

[24] Señalemos, de paso, que la pelea por quién capitaliza esa potencial ruptura entre ambos frentes de la izquierda, no será nada menor: el FIT viene colocado en mejores condiciones que nuestro frente pero, de todas maneras, todo está abierto.

[25] Un criterio que no compartimos porque no es de clase.

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