León Trotsky. Conferencias pronunciadas en la sociedad de ciencias militares de moscú durante el mes de julio de 1924

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 Problemas de la guerra civil (Segunda parte)

Trotsky

(CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN LA SOCIEDAD DE CIENCIAS MILITARES DE MOSCÚ DURANTE EL MES DE JULIO DE 1924) 

La calma antes de la tempestad

Queda aún cierta cuestión, de valor considerable para inteligencia del desarrollo de la guerra civil, que debe tratarse de una u otra manera en nuestro futuro reglamento.

Quien estuviese al corriente de las discusiones que han seguido a los acontecimientos de Alemania en 1923 observará, seguro, la explicación que se ha dado de la derrota. “Su principal causa [se ha dicho] es que, en el momento decisivo, carecía totalmente de ardor combativo el proletariado alemán. Las masas no quisieron batirse, y la mejor prueba de ello está en que ni por asomo reaccionaron ante la ofensiva fascista. De modo que, dada esta actitud, ¿qué podía hacer el partido?…” Tal fue la conclusión lanzada a vuelo por nuestros compañeros Brandler, Talheimer y otros.

De primera intención, parece irrefutable el argumento. Sin embargo, el “momento decisivo” de 1923 no se acordó de un día al siguiente. Fue resultado de todo el período anterior de luchas cuya violencia iba constantemente agravándose. Caracterizan de un extremo a otro el año en cuestión las batallas que tuvo que librar el proletariado alemán. Entonces, ¿cómo perdió de pronto la clase obrera alemana toda su combatividad en vísperas de su octubre? No se explica. Asimismo no se puede por menos de preguntarse si es exacto que los obreros alemanes no quisieran batirse.

Esta pregunta nos retrotrae a nuestra propia experiencia de octubre. Releyendo los periódicos, el período que precedió a la revolución de aquel mes, aunque no sean más que los del partido mismo, vemos a los compañeros que impugnaban la idea de la insurrección argüir precisamente el poco entusiasmo de las clases obreras por la batalla. Hoy casi se antoja increíble esto. Sin embargo, tal fue el principal argumento que invocaban. Así, pues, nos encontrábamos en una situación análoga. Durante todo el año 1917 había estado en la brecha el proletariado ruso; más, cuando se planteó la cuestión de tomar el poder, se elevaron voces afirmando que no querían batirse las masas obreras. Y efectivamente, en vísperas de octubre se había atenuado un poco el movimiento. ¿Por obra del azar? ¿No convendrá mejor discernir en ello determinada “ley” histórica? A mi juicio, no cabe duda de que un fenómeno de este género debe de tener ciertas causas generales. En la naturaleza se llama este fenómeno “la calma que precede a la tempestad”. Estoy muy cerca de creer que no ofrece otro sentido en el momento de una revolución.

Durante el curso de un período definido, aumenta la combatividad del proletariado y toma las más diversas formas: huelgas, manifestaciones, colisiones con la policía. A la sazón empiezan las masas a tener conciencia de su fuerza. Ya basta, para darles una satisfacción política, la amplitud progresiva del movimiento. Acrecen su entusiasmo cualquier manifestación nueva y cualquier éxito en el dominio, político y económico. Pero pronto se extingue este período. La experiencia de las multitudes se enriquece a la vez que su organización se desarrolla. En el campo opuesto, también el enemigo evidencia que no está decidido a ceder el puesto sin combate. De ahí resulta que se torna más crítico, más profundo, más angustioso el estado de ánimo revolucionario de las masas. Buscan éstas, sobre todo si han notado faltas y sufrido reveses, una dirección segura; quieren poseer la certidumbre de que van a batirse, de que se sabrá conducirlas y de que en la batalla decisiva pueden descontar la victoria. Este tránsito del optimismo casi ciego a una conciencia más precisa de las dificultades por obviar es lo que engendra esa pausa revolucionaria que corresponde, hasta cierto punto, a una crisis en el estado de ánimo de las masas.

Siempre que el resto de la situación se preste a ello sólo el partido político puede disipar semejante crisis, máxime por la impresión que produzca de estar decidido en verdad a dirigir la insurrección. Entretanto, la grandeza histórica del objetivo por alcanzar, que comporta la conquista del poder, suscita inevitables vacilaciones dentro del partido inclusive, especialmente, entre sus esferas directivas, sobre las cuales se concentrará en seguida la responsabilidad del acto. De modo que constituyen dos fenómenos simultáneos, siquiera se hallen lejos de ser equivalentes: el retraimiento de las masas antes de la batalla y el titubeo de los caudillos. Por eso se oye decir que no aspiran ellas a pelear, que sus disposiciones son más bien pasivas, al revés, y que en tales condiciones implica una aventura empujarlas a la insurrección. Huelga añadir que cuando prepondera semejante estado de ánimo, no puede por menos de quedar vencida una revolución. Y después de la derrota, provocada por el propio partido, nadie impide contarle a todo el mundo que era imposible la insurrección porque no la querían las masas.

Debe examinarse esta cuestión a fondo. Fundamentándose en la experiencia adquirida, conviene aprender a aprovechar el momento en que el proletariado se diga a sí mismo: “ya no cabe esperar nada de las huelgas, de las manifestaciones y otras protestas. Ahora se trata de batirse. Estoy presto a hacerlo, porque no tiene más salida la situación; pero, puesto que se impone la batalla, hay que librarla con el concurso de todas nuestras fuerzas y bajo una dirección segura…”. En este instante ofrece la situación una gravedad extrema. Es el desequilibrio más completo: una bola en el vértice de un cono. El menor choque puede hacerla caer a un lado o a otro. Merced a la firmeza y a la resolución de la dirección del partido, en Rusia la bola ha seguido la línea que conducía a la victoria. En Alemania, la política del partido ha derribado la bola en el sentido de la derrota.

 

La política y la actividad militar

 

¿Qué carácter infundiremos a esta obra: político o militar? La haremos a partir del punto en que la política se torna una cuestión de actividad militar, y la enfocará bajo tal aspecto. A primera vista, puede ello parecer contradictorio, porque no es la política la que está al servicio de la insurrección, sino la insurrección al servicio de aquélla. En realidad, no hay contradicciones. La insurrección sirve en conjunto, sin duda, a los móviles principales de la política proletaria. Pero, cuando se ha desencadenado la insurrección, debe subordinársele toda la política del momento.

El tránsito de la política a la actividad militar y la conjunción de ambas alternativas crean, por lo general, grandes dificultades. Cualquiera sabe que siempre es el más débil el punto de sutura. Aquí mismo hemos podido darnos cuenta. Siguiendo un método al revés, un compañero ha demostrado cuán difícil resulta combinar la política y la actividad militar. Luego ha venido otro compañero a agravar el error de su antecesor. De creer al primero de los dos, Lenin negó en 1918 la importancia del Ejército Rojo, con el pretexto de que nuestra salvación dimanaba de la lucha que ponía en pugna a los dos imperialismos rivales. Según el segundo, se diría que desempeñamos “el papel de tercer ladrón”. Ahora bien: jamás pronunció ni hubiera podido pronunciar Lenin semejante lenguaje.

Claro que si hubiéramos tenido que habérnosla con una Alemania victoriosa al llegar la Revolución de Octubre, no habría dejado de aplastarnos, aun cuando hubiéramos dispuesto de un ejército de tres millones de hombres, porque ni en 1918 ni en 1919 hubiéramos conseguido hallar fuerzas capaces de medirse con ejércitos alemanes triunfantes. A este respecto, supuso nuestra mejor línea de protección, efectivamente, la lucha entre los dos campos imperialistas. Pero habríamos podido encontrar cien veces la muerte entre las filas de esta lucha si no hubiéramos tenido en 1918 nuestro embrión de Ejército Rojo.

¿Se resolvió el problema de Kazán porque Inglaterra y Francia paralizaban a Alemania? Si nuestros soldados rojos no lo hubieran defendido si hubieran abierto el camino de Moscú a los mercenarios del ejército blanco se nos habría degollado, y con razón. ¡Bonito papel de “tercer ladrón”… degollado habríamos hecho entonces!

Lenin se situaba en el punto de vista político cuando decía: “No exageréis vuestra importancia. Representáis un factor en la complejidad de las fuerzas; pero no sois la única, ni siquiera nuestra principal fuerza. En realidad, nos mantenemos gracias a la guerra europea, que paraliza a los dos imperialismos rivales. Con todo no se deduce de lo anterior que negara “la importancia del Ejército Rojo”. Si aplicáramos este método de razonamiento a los problemas interiores de la revolución sacaríamos conclusiones muy curiosas.

Detengámonos particularmente en el extremo de la organización de formaciones de combate. Un partido comunista, cuya existencia es más o menos ilegal, encarga a su organismo militar clandestino la misión de formar centurias. ¿Qué representan, en el fondo, algunas decenas de centurias constituidas así con relación al problema de la conquista del poder? Desde un punto de vista social, histórico, la cuestión del poder se decide merced a la composición de la sociedad, al papel del proletariado en la producción, a su madurez política, al grado de desorganización del Estado burgués y a causas análogas. Realmente, no actúan sino en último término todos estos factores y, en cambio, puede el final de la lucha depender directamente de la existencia de esas decenas de centurias. Constituyen una probabilidad de éxito las condiciones sociales y políticas favorables a la toma del poder; pero no garantizan de modo automático la victoria, sino que permiten llegar hasta el límite donde la política cede el paso a la insurrección.

Repetimos aún que la lucha civil no es la continuación violenta de la lucha de clases. En cuanto a la insurrección, es la continuación de la política por otros medios. De ahí que no quepa comprenderla sino con arreglo a sus medios. No hay posibilidad de medir la política con la vara de la guerra, lo mismo que no la hay de medir la guerra con la vara única de la política, aunque no sea más que por lo que al tiempo atañe. Comporta ésta una cuestión especial que vale la pena de que la trate en serio nuestro futuro reglamento de la guerra civil. Durante el período de preparación revolucionaria, medimos el tiempo con la vara política, es decir, por años; meses o semanas. Durante el período de insurrección, lo medimos por horas o días. No en balde se arguye que en época de guerra un mes y a veces un solo día equivalen a un año. En abril de 1917, Lenin aconsejaba: “Pacientemente, infatigablemente, explicar a los obreros…”. Y a fines de octubre, no quedaba ya tiempo de dar explicaciones a quien no hubiese comprendido todavía. Era menester pasar a la ofensiva; poniéndose al frente de quienes se hubiesen percatado. En octubre, la pérdida de una sola jornada habría podido reducir a cero el trabajo de varios meses, incluso de años de preparación revolucionaria.

Recuerdo un tema de maniobra que dimos hace algún tiempo en nuestra Academia Militar. Se trataba de resolver si debíamos evacuar en seguida la región de Bielostok, cuya posición la hacía insostenible, o mantenernos en ella con la esperanza de que se insurreccionase este centro obrero. Huelga añadir qué no se puede zanjar seriamente una cuestión de tal género sino sobre la base de datos precisos y reales. La maniobra militar no dispone de estos datos, puesto que todo es convencional en ella. Pero en principio se concretaba la controversia a dos medidas de tiempo, relativas a la guerra y otra a la política revolucionaria. ¿Cuál de ambas medidas, en igualdad de condiciones, se impone durante la guerra? La de la guerra. Dicho de otro modo: era dudoso que se sublevara Bielostok en el transcurso de unos días, y aun admitiendo que se efectuase la sublevación, descontaba, restaba por saber qué haría el proletariado insurrecto sin armas ni preparación militar; pero era muy posible que se diezmaran dos o tres divisiones en los dos o tres días que permanecieran dentro de posiciones insostenibles a la espera de una insurrección que, hasta en el caso de producirse, muy bien podría no modificar de modo radical la situación militar.

Sabido es que la mayoría del Comité Central del Partido Comunista Ruso, y yo con ella, había adoptado, contra la minoría, a cuya cabeza se hallaba el compañero Lenin, la decisión de no concertar la paz, aunque corriéramos riesgo de ver a los alemanes pasar a la ofensiva. ¿Qué sentido tenía esta decisión? Algunos compañeros esperaban utópicamente una guerra revolucionaria. Otros, entre los cuales me contaba yo, estimaban necesario tantear al obrero alemán, con el objeto de saber si se opondría al káiser en la hipótesis de que atacara a la revolución este último. ¿En qué consistía el error que cometíamos? En el riesgo excesivo que corríamos. Para sacudir la apatía del obrero alemán, se habrían requerido semanas, meses inclusive, en tanto que los ejércitos alemanes no necesitarían sino unos días para avanzar hasta Dwinsk, Minsk y Moscú.

Larga es la medida de la política revolucionaria, mientras que la medida de la guerra es corta. Quien no se penetre de esta verdad tras de estudiar, meditar y profundizar previamente la experiencia pasada, se arriesga a cometer faltas y faltas por lo que respecta a la conjunción de la política revolucionaria y la actividad militar, o sea a lo que nos confiere mayor superioridad sobre el enemigo.

 

Necesidad de plantear los problemas de la guerra civil con una claridad máxima

 

Un compañero nos ha retrotraído a la cuestión de saber qué género de reglamento planeamos, si de la insurrección o de la guerra civil. “No debemos apuntar demasiado lejos (nos ha dicho este compañero), porque entonces se limitaría nuestra tarea a coincidir en general con las tareas de la Internacional Comunista.” Nada menos cierto, y quien se expresa demuestra que confunde la guerra civil, en la acepción propia del término, con la lucha de clases.

Si tomamos el de Alemania como caso de estudio, podemos, por ejemplo, comenzar examinando con provecho los acontecimientos de marzo de 1921. Luego viene el largo período de reagrupación de fuerzas bajo las consignas del frente único. Es evidente que ningún reglamento de guerra civil corresponde a este período. A partir de enero de 1923 y de la ocupación del Ruhr, aparece otra vez una situación revolucionaria que se agrava bruscamente en junio del mismo año, cuando se derrumba la política de resistencia pasiva practicada por la burguesía alemana y cruje por todas partes el aparato estatal burgués. Este nuevo período es el que debemos estudiar de modo minucioso, pues por un lado nos da un ejemplo clásico de la manera como se desarrolla y madura una situación revolucionaria y, por otro lado, un ejemplo no menos clásico de una revolución abortada.

En 1923 tuvo Alemania su guerra civil; pero no sobrevino la insurrección que debía coronarla y resolverla. El resultado fue una situación revolucionaria verdaderamente excepcional, irremediablemente comprometida, y una burguesía quebrantada, consolidada de nuevo en el poder. ¿Por qué? Porque en el momento propicio no se continuó la política por los medios insurreccionales que imponía la lógica. Es innegable que ofrece una estabilidad muy dudosa la reafirmación del régimen burgués que siguió en Alemania al aborto de la revolución proletaria. Tranquilicémonos, porque todavía tendremos allí, a plazo más o menos largo, una nueva situación revolucionaria. Pero claro está que el mes de agosto de 1924 fue muy diferente del mes de agosto de 1923. Y si cerráramos los ojos ante la experiencia que se deduce de estos acontecimientos, si no la aprovecháramos para instruirnos, si pasáramos con pasividad por alto faltas como las que se cometieron, podríamos contar con ver repetirse la catástrofe alemana de 1923, y sería inmenso para el movimiento obrero el peligro que de ello emanaría.

Por eso no podemos tolerar, en este dominio menos que en cualquier otro, la deformación de nociones esenciales. Hemos visto ensayar aquí a compañeros objeciones de un escepticismo incoherente respecto al momento de la insurrección. Estos compañeros no hacen sino demostrar así que no saben plantear como marxistas la cuestión insurreccional sobre el plano del arte militar. Aducen, a guisa de argumento para apoyo de sus tesis, que es imposible sujetarse de antemano, a una decisión anticipada entre el embrollo de una situación en extremo compleja y variable. Pero, si debiera uno atenerse a tales lugares comunes, habría que renunciar desde luego a los planes y fechas de las operaciones militares, porque también acaece en la guerra que cambie brusca e inopinadamente la situación. Jamás se realiza en la proporción de ciento por ciento un plan de operaciones militares, y aun conviene estimarse muy compensado si alcanza la proporcionalidad del 25 por 100 durante su ejecución. Pero merecería la camisa de fuerza el jefe militar que se basase en esto para negar de manera general la utilidad de un plan de campaña. En cualquier caso, recomiendo atenerse, como al más justo y lógico sobre el particular, al método siguiente: formulemos primero las reglas generales de nuestro reglamento de la guerra civil y veamos luego lo que de ellas se puede suprimir o reservar. Sin embargo, si empezamos con supresiones, reservas, desviaciones, dudas y titubeos, no sacaremos conclusiones nunca.

Un compañero ha impugnado la observación que yo había hecho acerca del organismo militar del partido en período de preparación revolucionaria durante la insurrección y después de la conquista del poder. Según este compañero, no debiera tolerarse la existencia de destacamentos de partidarios, siendo necesarias sólo las formaciones militares regulares. “Los destacamentos de partidarios (nos ha dicho) son organizaciones caóticas…”. Al oír estas palabras, poco me ha faltado para desesperar. Porque, ¿a qué conduce tal arrogancia doctrinaria? Si los destacamentos de partidarios son organizaciones caóticas, hay que reconocer que, desde el mismo punto de vista meramente formal, también la revolución es un caos.

No obstante, en el primer período revolucionario, estamos obligados de modo ineludible a apoyarnos exclusivamente en destacamentos de esta índole. Se nos objeta que deben constituirse por el mismo tipo estos destacamentos. Estamos en absoluto de acuerdo si con ello se quiere decir que en la guerra de partidarios no debe desdeñarse ninguno de los elementos de orden y de método accesibles a tal género de guerra. Pero si soñáis con un organismo militar jerarquizado, centralizado y constituido antes de que se efectúe la insurrección, os entregáis a una utopía que, de pretender infundirle cuerpo y vida, estaría en peligro de resultar falsa.

Cuando con el auxilio de un organismo militar clandestino, tengo que apoderarme de una ciudad (móvil parcial del conjunto de un plan para la toma del poder en el país), divido mi tarea en objetivos particulares (ocupación de edificios gubernamentales, estaciones, correo, telégrafo, imprentas) y confío la ejecución de cada una de estas misiones a los jefes de los pequeños destacamentos iniciados de antemano en los fines que se les han asignado. No debe contar cada destacamento más que consigo mismo, debiendo poseer su propia intendencia, puesto que, si no, podría ocurrir que, después de haberse apoderado de la casa de correos, por ejemplo, careciera totalmente de víveres.

Cualquier tentativa de centralizar y jerarquizar estos destacamentos llevaría de manera ineluctable a la burocratización, que en época de guerra es doble de temible que en época normal: primero, porque haría creer con engaño a los jefes de destacamentos que era forzoso que los mandara alguien, cuando, por el contrario, conviene inculcarles la seguridad de que disponen de la más amplia libertad de acción y de la mayor iniciativa; segundo, porque la burocratización, ligada al sistema jerárquico, quitaría a los destacamentos sus elementos mejores, en gracia a las necesidades de todas clases de los estados mayores. Desde el primer momento insurreccional, quedarían éstos suspensos entre cielo y tierra, mientras los destacamentos, aguardando órdenes superiores, estarían condenados a la inactividad y a pérdidas de tiempo que harían seguro el fracaso de la insurrección. Tales son las razones por las cuales debe condenarse como un prejuicio antirrealista el desdén de los militares profesionales hacia las organizaciones “caóticas” de partidarios.

Asimismo, después de la toma del poder en los principales centros del país, pueden los destacamentos de partidarios desempeñar un papel eficacísimo en campaña ordinaria. Basta recordar el apoyo que prestaron al Ejército Rojo y a la revolución operando a la zaga de las tropas alemanas en Ucrania y a la zaga de las tropas de Koltchak en Siberia. Sin embargo, queda sentado como regla, en definitiva, que al punto pone el poder revolucionario manos a la obra para incorporar los mejores destacamentos de partidarios y sus elementos más seguros al sistema de un organismo militar regular. En otros términos, sin duda se tornarían estos destacamentos factores de desorden susceptibles de degenerar en bandas armadas al servicio de los elementos de la pequeña burguesía anarquizante e insubordinados contra el Estado proletario. De ello tenemos no pocos ejemplos.

Bien es verdad que también hubo héroes entre los partidarios rebeldes al organismo militar regular. Se han citado los nombres de Siverss y Kikvidsé. Por mi parte, podría enumerar otros muchos. Siverss y Kikvidsé combatieron y murieron heroicamente. Y hoy, aureolados por el resplandor de sus inmensos méritos, ante la mirada de la revolución, palidecen hasta el punto de desaparecer tales o cuales aspectos negativos de su actividad de partidarios. Pero en aquel momento era indispensable proceder contra cuanto de negativo hubiera en ellos. Sólo a tal costa podíamos llegar a organizar el Ejército Rojo y a ponerlo en condiciones de alcanzar victorias decisivas.

Una vez más aconsejo prevenirse contra cierta confusión terminológica, pues de ordinario disimula cierta confusión de nociones. Al mismo tiempo, aconsejo prevenirse contra los errores que puedan cometerse negándose a plantear la cuestión insurreccional de guisa franca y valerosa, con pretexto de que la situación varía y se modifica de continuo. Al parecer, esta conducta se asemeja de un modo extraño a la dialéctica, y a la postre se la toma por tal de buena gana. En realidad, no lo es ni por asomo. El pensamiento dialéctico equivale a un resorte, y los resortes están hechos de acero templado. Nada en absoluto deciden ni enseñan las dudas y las reservas. Cuando se pone de relieve con luminosidad la idea esencial, pueden por lógica agruparse alrededor suyo las reservas y las restricciones. Ateniéndose únicamente a las reservas, el resultado, en teoría, será la confusión, y en la práctica, el caos. Pero confusión y caos no tienen la menor concomitancia con la dialéctica. Por lo general, una pseudo dialéctica de esta índole suele ocultar sentimientos socialdemócratas o estúpidos con respecto a la revolución, cual si se tratara de algo que se lleva a cabo fuera de nosotros. En tales circunstancias, no hay posibilidad de concebir la insurrección como un arte. Y queremos estudiar la teoría de ese arte precisamente.

Deben meditarse, madurarse y formularse todas las cuestiones que hemos suscitado, convirtiéndose en parte integrante de nuestra instrucción y educación militares. Es indiscutible cuánto se relacionan estas cuestiones con los problemas de defensa de la República de los Soviets. Continúan nuestros enemigos ergotizando que el Ejército Rojo asume la tarea presunta de provocar artificialmente movimientos revolucionarios en los demás países con objeto de hacerlos triunfar por la fuerza de sus bayonetas. Inútil argüir que nada tiene de común esta caricatura con la política que proseguimos. Por encima de todo, nos hallamos interesados en el mantenimiento de la paz, según hemos probado con nuestra actitud, con las concesiones que hemos hecho en los tratados y con la reducción progresiva de los efectivos de nuestro ejército. Pero estamos lo bastante imbuidos de realismo revolucionario para darnos cuenta con claridad de que aún procurarán nuestros enemigos tocarnos con sus armas. Y aunque nos sentimos lejos de la idea de forzar con medidas militares artificiales el desarrollo de la revolución, abrigamos, en cambio, la certeza de que a la guerra de los Estados capitalistas contra la Unión Soviética seguirán violentas conmociones sociales, primicias de la guerra civil, en los países de nuestros enemigos.

Debemos saber combinar la guerra defensiva que se impondrá a nuestro Ejército Rojo con la guerra civil en el campo enemigo. A tal fin debe convertirse el reglamento de la guerra civil en uno de los elementos imprescindibles de un tipo superior al manual militar revolucionario.

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