Por Lau Roja, SoB 458, 1/3/18

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El 19 de abril próximo se reunirá la Asamblea Nacional de Cuba. El punto principal de su agenda será el de la sucesión de Raúl Castro, que desde el 2008 es presidente de Cuba por partida doble (preside el Consejo de Estado y el Consejo de Ministros).

Esto puede iniciar, desde las alturas, cambios que podrían facilitar una crisis política dentro del régimen.

Sin Fidel ni Raúl en la presidencia

Cuba tiene la excepcionalidad que en 59 años, tan sólo dos personas –Fidel y su hermano Raúl– ejercieron realmente el máximo poder en la isla… aunque en ese lapso, en algunos momentos, hubo otros individuos con título de “presidente”.

La principal raíz política de este hecho notable, fue la enorme cuota de legitimidad que les dio el haber encabezado una de las revoluciones más importantes del siglo XX. La Revolución Cubana triunfante en enero de 1959, logró independizar a la isla del dominio colonial de EEUU. Luego, los intentos de derrocamiento violento por parte de Washington y el bloqueo que aún perdura produjeron grandes daños… pero reforzaron aún más esa legitimidad.

Ahora, el cambio más notable será que la presidencia será ocupada por alguien que no trae en su persona ese grado de legitimidad histórica. Y en un régimen como el de Cuba, esto no es un problema menor.

El sucesor sería Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, nacido en 1960, y que hoy ejerce las respectivas vicepresidencias del Consejo de Estado y el Consejo de Ministros inmediatamente detrás de Raúl… Pero en un régimen verticalista, “bonapartista”, como el de Cuba, no es lo mismo la cúspide de la pirámide que su escalón inmediato… aunque estén muy próximos…

Dicho de otro modo: por primera vez en el régimen, quien dirija el Estado va a ser alguien que no ha participado ni mucho menos ha estado al frente del proceso revolucionario de 1959, sino que lo hará un cuadro burocrático miembro del PCC y muy posterior a ese proceso.

Todos estos años el régimen se desarrolló al ritmo del “Comandante en jefe: ordene”. Esto puede comprenderse en relación al líder carismático como Fidel y extenderse también a Raúl, aunque en menor medida.

Pero ahora el gran interrogante es ¿cómo en este régimen bonapartista se van a dirimir, entonces, los asuntos de Estado? ¿La nueva cúspide, Díaz-Canel, va a poder jugar ese rol cuando ni siquiera ha participado en la revolución de 1959?

Y además los problemas que va a enfrentar el sucesor de Raúl Castro no son menores.

Transición al capitalismo: otro problema de la sucesión

Estamos ante una sucesión que está cruzada por un rumbo de transición al capitalismo… pero aún inacabado.

Esto es lo que fue votado en el VI Congreso del Partido Comunista Cubano de abril del 2011, que se resume en los siguientes “Lineamientos”:

“Estos principios deben ser armonizados con mayor autonomía de las empresas estatales y el desarrollo de otras formas de gestión. El modelo reconocerá y promoverá, además de la empresa estatal socialista, forma principal en la economía nacional, a las modalidades de la inversión extranjera, las cooperativas, los agricultores pequeños, los usufructuarios, los arrendatarios, los trabajadores por cuenta propia y otras formas que pudieran surgir para contribuir a elevar la eficiencia.” (Lineamientos, 2011: 7)

Aunque al presentar este plan se hable de “socialismo”, es simplemente un plan transicional al capitalismo, inspirado en las experiencias de China y especialmente de Vietnam.

Las grandes empresas cubanas –la llamada “empresa estatal socialista”– es administrada casi exclusivamente por la alta jerarquía militar, que ha sido desde siempre el centro del verdadero poder. De hecho, las FFAA están situadas por encima del mismo Partido Comunista Cubano, organizado muy posteriormente a la revolución de 1959. Allí, en esa cúspide político-militar y en absoluto secreto, se manejan los “grandes negocios” y “las modalidades de la inversión extranjera”.

La experiencia de las restauraciones, tanto en China como en el Este europeo, es que de esas cúspides político-militares suelen salir directa o indirectamente las grandes fortunas.

Más abajo, en los escalones siguientes, se esbozan en Cuba las otras clases y capas sociales, ya más visibles, de la sociedad capitalista, sectores burgueses medios (cocinados principalmente en falsas “cooperativas” donde ya son en verdad patrones), pequeños empresarios, trabajadores sometidos sin mayores derechos a esos nuevos explotadores y, finalmente, miserables “trabajadores por cuenta propia”.

En medio de la actual sucesión está el problema de que Cuba no ha culminado este proceso de restauración capitalista…

Asimismo, en estos momentos, atraviesa serias dificultades económicas: oficialmente, la isla no ha crecido más que el 1,5% de su PBI en el último año. Esta cifra indica estancamiento.

Y entre los factores desfavorables, no hay que olvidar la actual catástrofe de Venezuela, que en tiempos de Chávez fue de gran ayuda para la isla.

La conflictiva relación con EEUU… y los interesados “amigos” de la Unión Europea

En este contexto, otro golpe ha sido el giro a la derecha que marcó la asunción de Trump en Estados Unidos. Hace muy poco, en Florida, hizo discursos violentos contra el régimen cubano, dirigidos especialmente a satisfacer a los “gusanos”, la burguesía anticastrista cubano-norteamericana y sus descendientes.

Obama había “reconocido” a Cuba que la política del bloqueo del imperialismo había fracasado. Esto fue, de hecho, una victoria de la resistencia del pueblo cubano… pero una victoria con trampas… En primer lugar, Obama nunca llevó hasta el fin las promesas de levantamiento total del bloqueo económico.

Obama alentaba la política de una “transición ordenada”… al capitalismo… pero lograda con métodos más efectivos que el fracasado bloqueo. Tomándose de las medidas restauracionistas de la misma burocracia, la estrategia de Obama se planteaba alentar la conformación en la isla de una nueva burguesía y de sectores “medios”… esperando que éstos que girasen hacia Estados Unidos… y finalmente colocaran otra vez a Cuba en la órbita del imperialismo yanqui…

Esta política era inteligente y podría haber sido efectiva… Pero la gran mayoría de la “gusanera” de Miami la rechazó de plano.

Aunque hay sectores más “realistas”, esa burguesía cubano-norteamericana sigue en su mayoría con el programa de que el actual Estado cubano se derrumbe. Así ellos retomarían sus instituciones y “recuperarían” sus propiedades. Esta salida había quedado en gran medida frustrada… pero con Trump vieron reabrirse la puerta. Ha anunciado restricciones de viaje hacia la isla y prohibición de hacer negocios con sus empresas… Sin embargo, se ha cuidado hasta ahora de liquidar formalmente los acuerdos ya firmados y/o de romper relaciones diplomáticas…

En la vereda opuesta del gobierno Trump, se ha ubicado la Unión Europea… La UE alienta el giro restauracionista de la burocracia alentando los negocios, en primer lugar, el turismo. Esto no sólo conviene a los bolsillos tanto de los capitales europeos como de la misma burocracia. También es un poderoso factor que presiona por la “normalización” capitalista de la isla… aunque en primera instancia con la actual burocracia al frente…

Perspectivas y signos de interrogación…

Mientras tanto, aunque las fuerzas exteriores o interiores que pujan sobre Cuba sean distintas, tienen un elemento en común. Todas llevan a una u otra forma de restauración capitalista… un “negocio” donde los trabajadores y el pueblo saldrán siempre perdiendo… cualesquiera sean las formas y la desembocadura que ese curso restauracionista adopte finalmente…

En ese marco, ya se vienen deteriorando desde hace largo rato muchas de las conquistas de la revolución de 1959, como la salud pública, el acceso al trabajo, la educación y tantas otras. Y, sobrevolando todo esto, la dura realidad de una desigualdad social que crece más y más… en medio de discursos “revolucionarios”, “patrióticos” y hasta “socialistas”.

Pero en ese panorama sombrío existe una fuerza que podría cambiar radicalmente el cuadro. Esa fuerza es la clase obrera y trabajadora de Cuba.

Aunque el régimen existente en Cuba dificulta enormemente “tomar la temperatura” política a la clase trabajadora, muchas señales indican que el descontento cruza a amplios sectores. Mucho cambiaría si ese descontento elemental se tradujese en organización y luchas, y sobre todo en un programa que sintetizara sus intereses, tanto inmediatos como generales.

Esto no es ni será fácil. Pero, al mismo tiempo, puede tener potencialmente factores a favor. Uno de ellos es que ninguna de las fuerzas en pugna, ni la burocracia, ni la proto-burguesía que asoma en los últimos años en la isla luego del Congreso del 2011, ni el imperialismo yanqui y/o la Unión Europea, contemplan acciones o políticas que favorezcan a los trabajadores.

En Cuba, como en el resto del mundo, para los de arriba son tiempos de crisis y no de “hacer demagogia” dando concesiones. Quien no luche por sus intereses, está perdido. La clase trabajadora ha sido puesta objetivamente ante esa disyuntiva: defenderse o resignarse a hundirse en un abismo sin fondo.

El cambio político que implica el ascenso de Díaz-Canel y de una nueva generación de burócratas sin relaciones con la revolución de 1959, también puede implicar simultáneamente una pérdida de autoridad y legitimidad frente a unas masas obreras y populares a las que van a exigir mayores sacrificios.

Todo esto puede ser finalmente una mezcla explosiva…

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