por Roberto Sáenz , SoB 465, 19/4/18

Categoría: A 100 años de la Revolución Rusa, Historia y Teoría Etiquetas: ,

La emergencia de la burocracia, parte 3

Sin balance no hay política revolucionaria

por Roberto Sáenz

“El leninismo es la independencia verdadera con respecto a las prejuicios, al doctrinarismo moralizador, a todas las formas del conservadurismo espiritual. Pero creer que el leninismo significa que ‘todo está permitido’ sería un error irreparable. El leninismo resume la moral, no formal sino realmente revolucionaria, de la acción de masas y del partido de masas. Nada le es tan extraño como la altivez de los funcionarios y el cinismo burocrático. Un partido de masas tiene su moral, que es el vínculo entre los combatientes en y para la acción” (Trotsky, Nuevo curso).    

En las notas anteriores hemos hablando del régimen de la guerra civil como un régimen específico respecto al que caracterizó los primeros meses del poder bolchevique. Estudiando la evolución del gobierno bolchevique se pueden apreciar varios regímenes; una cierta plasticidad cuyo elemento común es que la clase obrera se encuentra en el poder.

ESTADO OBRERO Y DICTADURA PROLETARIA  

Así como existió el régimen de los soviets de los primeros meses del gobierno bolchevique, posteriormente emergió un nuevo régimen: el régimen de la guerra civil, caracterizado por algunos rasgos como la extrema centralización, el vaciamiento de los soviets, el hundimiento del pluripartidismo soviético, etcétera.

Pero también es cierto que los primeros tiempos de la NEP configuraron otro régimen; se dio un cierto relajamiento de la vida social y cultural, al tiempo que el partido bolchevique afirmaba su monopolio del poder y se clausuraban las vías del debate interno.

Aun así, nos parece que ese régimen expresaba todavía una dictadura proletaria. Una dictadura al frente de la cual seguían estando Lenin y Trotsky y el partido estaba vivo.

Caben aquí entonces una serie de consideraciones. La primera es que en el vértice del poder estaba colocado el partido como único “garante” de la dictadura proletaria, lo que le otorgaba una determinada fragilidad al conjunto.

Ocurre que la clase obrera sin el partido no tiene dirección. Pero el partido sin la clase obrera, con un retroceso de la clase obrera, con un vaciamiento de las instituciones que organizan su vida política, termina en una asfixia tal que es imposible evitar su burocratización.

Eventos como el levantamiento de Kronstadt y la deriva burocrática desde temprano en la revolución, muestran que el atraso general del país -en condiciones de aislamiento internacional- retornó como un boomerang sobre el partido y el Estado. Moshe Lewin insiste en que no se debe apreciar solamente la “marea ascendente” de la revolución; también el golpe que en sentido contrario dio posteriormente el proceso sobre esas instancias, en definitiva, “súper-estructurales” [1].

Se trata, en definitiva, de la “resistencia de los materiales” que deberá enfrentar toda revolución; de ahí la apelación “desesperada” de Lenin y Trotsky a la revolución internacional.

En la medida que se trate de regímenes que expresen, no importa cuán distorsionadamente, que el proletariado está en el poder, estamos frente a una dictadura proletaria. El problema es que la dictadura proletaria no puede sobrevivir si la clase obrera es desalojada del poder.

Liquidado el carácter revolucionario del partido, no subsistió otra institución que representara a la clase obrera; la dictadura del proletariado se disolvió en el súper Estado de la burocracia llegando a su fin el gobierno bolchevique.

Esto nos lleva a una discusión sobre el carácter del Estado en la transición. En la definición clásica del trotskismo, su irreductible carácter político y de clase, quedaba de lado en beneficio de una definición vinculada a la propiedad. Si la propiedad era estatizada, el Estado devenía “obrero”.

En otros trabajos hemos definido que la propiedad estatizada, en tanto que propiedad necesariamente pública, debe remitir a que los trabajadores detenten efectivamente la propiedad; llenen de contenido real, colectivo, ese derecho.

Si eso es así, estamos ante un Estado obrero. Pero si esto no ocurre, la propiedad estatizada, per se, no tiene manera de prejuzgar sobre el carácter real del Estado: “Semejante curso endureciendo las prácticas [administrativas] del impulso inicial [de la planificación] devenidas en funciones regulares del Estado Leviathan, fue ayudado por la ausencia de cualquier contra-tendencia, los últimos vestigios de las cuales desaparecieron con la última oposición” (Lewin; 1995; pp.113).

Insistimos en que si este atributo público no remite a un dominio creciente de los medios de producción por parte de la clase obrera, no hay forma de considerar al Estado como proletario: “(…) la producción capitalista engendra ella misma su propia negación (…) Restablece no la propiedad privada del trabajador, sino su propiedad individual basada en los logros de la era capitalista, en la cooperación y la posesión común de todos los medios de producción incluido el suelo” (Karl Marx, El capital, citado en Bensaïd; 2013; 56).

Porque dicha “posesión común” en la transición debe ser una propiedad verdaderamente colectiva de los medios de producción, so pena de devenir en otra cosa: “El cuerpo administrativo (Vedomstva) estaba deviniendo en los emprendedores del sistema [alguien que comienza sus propios negocios, RS], en sus controladores, y, para todos los efectos prácticos, en los dueños de la rama de la cual cada uno de ellos estaba encargada” (Lewin; 1995; 125).

Y, en el mismo sentido, pero respecto de las condiciones de trabajo reales de estos “propietarios”: “Un rasgo característico es la débil utilización del tiempo de trabajo, así como una productividad muy baja. En particular, la política oficial de control se traduce a nivel del proceso productivo en una parcelación máxima de las tareas (un puesto – una operación), lo que significa, de hecho, una desorganización por arriba del proceso de producción: los obreros no tienen ninguna responsabilidad sobre un trabajo puramente mecánico y repetitivo, ni una comprensión del proceso de producción en el que participan” (Paillard, ídem).

Pero ahora queremos abordar la cuestión desde un ángulo complementario: tiene que ver con la definición de la naturaleza del Estado. La idea es que como en el marxismo la economía determina en última instancia la política, si la burguesía fue expropiada no queda otra alternativa que el Estado sea “obrero”…

El problema es que esta no es la forma de definir el Estado para el marxismo. En sociedades estabilizadas se colige que el carácter de la economía y el poder coinciden. ¿Pero qué pasa en las sociedades de transición, cuando ambas instancias no necesariamente coinciden?

Hay dos maneras de abordar el problema. Una, por la clase social que efectivamente posee el Estado. De ahí la discusión, por ejemplo, sobre el Estado absolutista, su carácter feudal en la medida que eran todavía las viejas clases señoriales las que lo dominaban.

Pero esto entra en contradicción con una segunda forma de definir las cosas: ¿cuál será el carácter de un Estado que promueve determinadas relaciones sociales y de propiedad independientemente de quién está al mando? Si el Estado absolutista promovía las relaciones capitalistas era entonces capitalista.

Perry Anderson se inclina por la definición política planteando que, en definitiva, el Estado absolutista fue un Estado todavía feudal porque estaba en manos de las viejas clases, esto independientemente que a pesar de ello, bajo su imperio se desarrolló el capitalismo; se colocaron las premisas para el mismo. Marx y Engels tuvieron definiciones cambiantes sobre el tema a lo largo de su vida (habría que revisar con atención la magistral obra de Hal Draper para historizar la cosa[2]).

El problema frente al cual nos encontramos en la transición socialista, es que a diferencia del Estado absolutista, en el Estado obrero ambos criterios deben tender a coincidir: qué clase esté realmente en el poder define qué relaciones sociales se promueven. Viceversa: no hay manera que relaciones sociales emancipadoras se hagan valer sin la clase obrera en el poder; no hay manera que la propiedad estatizada se afirme como propiedad de la sociedad pasando por encima de los explotados y oprimidos: “En el texto El socialismo soviético. Un error de etiquetación, Moshe Lewin desarrolla con amplitud esta idea: a no ser que se confunda socialización con nacionalización-estatización de la economía, no se puede hablar de socialismo en la URSS; lo que lleva a cuestionar la idea de que no capitalista signifique mecánicamente socialista” (¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!, Denis Paillard, 24/10/17)[3].

Antoine Artous subraya lo mismo: insiste en que Trotsky había sido explícito en que la estatización no era sinónimo de socialización. Si la clase obrera no tiene la apropiación real, cae el Estado obrero. De ahí que en los Estados no capitalistas donde la clase trabajadora no estaba en el poder, o donde lo perdieron como en la URSS, el Estado no haya sido obrero o haya dejado de serlo cuando la clase obrera perdió el poder: “En la sociedad burocrática, la propiedad es una categoría de hecho más que de derecho” (Bensaïd; 1995; 127).

DICTADURA, DEMOCRACIA Y PARTIDOS, UNA REFLEXIÓN FINAL   

Esto nos reenvía a la problemática de los regímenes políticos de la dictadura proletaria. Puede haber varios regímenes; pero no puede haber regímenes proletarios sin la clase obrera en el poder.

Si el Estado ha dejado de ser proletario, un factor derivado como son los regímenes políticos, que plantean una diversa combinación de instituciones en cada caso, no puede ser un régimen de la dictadura proletaria: “El Estado ocupa un lugar particular en las sociedades post-capitalistas (…) Afirmar que es una simple ‘superestructura’ (…) no tiene sentido porque es justamente el lugar que ocupa el Estado en las relaciones económicas lo que hace a la especificidad de estas relaciones de producción. Al contrario, el Estado es [en la transición, RS], un elemento decisivo de la dicha infraestructura, de sus formas de estructuración” (Artous; Contretemps; 2017)[4].

Esto es lo que pasó bajo el gobierno bolchevique. Dadas las circunstancias concretas que colocaron al partido en el vértice del poder, cuando el partido se burocratizó (en concomitancia con la pudrición burocrática del Estado), el Estado dejó de ser obrero; el gobierno bolchevique se terminó.

Nada de esto niega la riqueza de matices y circunstancias en materia de gobiernos proletarios; sólo los coloca en determinados límites.

La experiencia del gobierno bolchevique demostró la complejidad del ascenso de la clase obrera al poder en las condiciones del aislamiento internacional de la revolución, el atraso mismo de Rusia y la guerra civil sangrienta que se desató no bien los bolcheviques asumieron el poder.

Esa mecánica del ascenso al poder real de la clase obrera, de que el poder sea ejercido cada vez de manera más colectiva, de que el Estado, en concomitancia con el desarrollo de las fuerzas productivas y culturales, vaya desapareciendo, es un complejo proceso histórico que se procesó por primera vez, aunque de manera incompleta claro está, en el gobierno presidido por Lenin y Trotsky; de ahí la importancia histórico-universal de la experiencia.

Desde el vamos estuvo claro que la experiencia de la dictadura proletaria tenía elementos de experiencia “transitoria” (y de transición): es decir, ser la expresión de los elementos de avance pero también el peso del atraso; el lastre de la sociedad de la cual se proviene. La revolución no surge en un terreno ideal sino de las condiciones de la realidad, con una economía, un desarrollo de las fuerzas productivas, de las personas, terrenales, reales.

La modificación de estas condiciones entraña un proceso histórico concreto, un proceso de transición, donde la forma que asume la dictadura proletaria es simultáneamente el ser una dictadura y una democracia, ambas de nuevo tipo.

Dictadura en relación a la burguesía y el imperialismo; democracia en relación a la clase trabajadora. Pero como ya hemos señalado, esta fórmula entraña un complejo proceso que en la experiencia de los bolcheviques debe ser evaluado de manera concreta; un proceso que se complicó, además, por la emergencia de un actor inesperado: la burocracia.

Sus fundamentos tienen que ver con en qué medida la dictadura proletaria, como democracia y dictadura de nuevo tipo, es realmente una instancia de transición, logra serlo, entre la revolución y el autogobierno de las masas, el comunismo.

Ya desde el vamos debe quedar establecido el terreno material de las cosas al definirse que tanto en el terreno económico como en el político y el internacional, es inevitable un período de transición: el socialismo no es algo que se pueda tener “just in time”.

En la primer parte de este trabajo abundamos alrededor del carácter dictatorial que inevitablemente tiene la revolución, el nuevo gobierno. Aquí el problema es cómo abordar la problemática de ese tránsito de una manera que no sea ingenua, simplista.

Dada la complejidad de las circunstancias, el gobierno de los bolcheviques no admite un balance simplista, como hemos señalado. La crítica democratista tiende a aplanar todas las circunstancias reales: el hecho que a la clase obrera no le es tan sencillo ejercer el poder. Y, sin embargo, hay que gobernar el país, enfrentar a los enemigos internos y externos.

De ahí que este tipo de balance, tan a la moda en los centros universitarios y también en muchas corrientes socialistas revolucionarias, sea de una ingenuidad que solamente puede servir para desarmar a las nuevas generaciones militantes.

Lo mismo vale para la idea “anarquizante” de que sin partido revolucionario, sin partidos, las cosas puedan avanzar en un sentido progresivo. La lucha de clases, la revolución, es lucha de partidos, es lucha por el poder. Y no se puede concebir ningún evento de la lucha política, e incluso militar, sin los mismos.

En este aspecto, lo que se observa en muchos autores que se dicen “marxistas”, es una deriva condenatoria de los partidos: una escisión mecánica de las complejas y necesarias relaciones entre clase, vanguardia y partido. Si no existe cualquier signo igual entre la clase obrera y el partido (los partidos), al mismo tiempo no puede elevarse políticamente sin los mismos; es el proceso de “selección natural política” lo que lleva a la hegemonía de uno u otro (tal cual lo destacara incluso Víctor Serge, de conocidas inclinaciones democráticas).

Simultáneamente, tampoco vale la justificación a-crítica, conservadora, de todo lo actuado por el bolchevismo; un abordaje que no permite sacar ninguna lección crítica de la experiencia, que nos condenaría a repetir siempre los mismos errores, una actitud característica de tantas otras corrientes (rasgo común de las sectas, más bien): “El verdadero error está, como siempre, en los métodos (…). La manera en que los hombres hacen las cosas es lo que determina la manera en la que piensan, aunque digan otra cosa. Esta es la enseñanza primera del marxismo. Desgraciadamente, en los países del socialismo real, los métodos fueron autoritarios, basado en el ordeno y mando generalizado. Frente a este proceder, el discurso de la democracia obrera tenía muy poco que decir (…) Ni la revolución ni el socialismo fueron un error (…) Lo imperdonable seria que nosotros no aprendiéramos nada de lo que ha pasado en estos cien años y continuáramos cometiendo los mismos errores” (Padrón Kunakbaeva, La revolución bolchevique 100 años después[5]).

No porque nos queramos “medir” con los inmensos revolucionarios que fueron ellos, lo que sería ridículo, sino simplemente por un problema de perspectiva histórica, que nos permite y nos obliga a pasar un balance. Un balance que significa, en definitiva, una crítica demoledora al objetivismo, el oportunismo y el sustituismo imperante en la mayoría de las corrientes trotskistas de la posguerra, o en autores de la talla de un Isaac Deutcher (cuya biografía sobre Trotsky viene siendo leída como un verdadero manual de formación política marxista hace varias generaciones militantes).

Como digresión, señalemos que se trata de una obra de valor, inspiradora en muchos sentidos, pero profundamente resentida por la teoría objetivista de la revolución que pretende justificar con la misma; toda una adaptación a las condiciones de la segunda posguerra que, por lo demás, han quedado completamente por fuera de la agenda histórica hoy[6].

Si la crítica democratista es facilista, la negativa a una evaluación crítica es, insistimos, un reflejo conservador; un reflejo que impide colocar al marxismo revolucionario a la ofensiva: volver a desplegar la bandera de la revolución propiamente socialista en este siglo XXI.

El conservadurismo de esas tendencias solamente puede llevar a volver a cometer los mismos errores; a la idea de una “estrategia” sin política ni fines que reduce nuestra acción a puras maniobras (que nos hacen girar en falso y que amenazan a cada paso con el oportunismo sin principios).

El balance del siglo XX nos permite precisar nuestros fines; no hay política revolucionaria que no se refiera a ellos; si se los dejara de lado, si se dejara de lado la reflexión estratégica que ha permitido el siglo pasado, el siglo de las revoluciones, se tendría a la vuelta de la esquina una recaída en el oportunismo.

Porque la política revolucionaria es “poliédrica”: tiene varias caras conformando una totalidad dialéctica: los fines, la política, la estrategia y los medios; una totalidad que se hace concreta en cada caso[7].

Este es, en síntesis, el aporte que hemos intentando hacer con este ensayo: colaborar en la batalla por el relanzamiento de la revolución socialista y el partido revolucionario en este nuevo siglo brindándole enseñanzas críticas a las nuevas generaciones militantes.

 BIBLIOGRAFÍA  

-Antoine Artuos, Trotsky et l’analyse de l’URSS, www.contretemps.eu, 28/10/17.

-Daniel Bensaïd, La discordance des temps. Essais sur les crisis, les clases, l’histoire, Les Editions de la Passion, París, 1995.

-Los desposeídos. Karl Marx, los ladrones de madera y los derechos de los pobres, Prometeo libros, Buenos Aires, 2013.

-Moshe Lewin, El último combate de Lenin, google.

Rusia, URSS, Rusia. The drive and dirft of a superestate, The New York Press, EEUU, 1995.

-Denis Paillard, ¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!, 24/10/17.

Le Siècle soviétique, de Moshe Lewin, Le Monde Diplomatique, 2003.

-León Trotsky, Nuevo curso, Antídoto, Buenos Aires, 2005.

-Yassel A. Padrón Kunakbaeva, La revolución bolchevique 100 años después, Rebelión, 2017.

[1] Lewin subraya que la guerra civil fue un golpe sobre las aspiraciones libertarias de 1917 causando una suerte de retroceso “geológico” en la sociedad. Hizo que la revolución cambiara los “rieles” sobre la que venía, haciéndola más vulnerable a métodos arcaicos de gestión; menos favorable a sus tendencias progresivas.

[2] Nos referimos a la Karl Marx Theory of Revolution, su obra más importante.

[3] En nuestro texto del año 2004 “Crítica a las revoluciones ‘socialistas’ objetivas” ya habíamos criticado esta igualación entre socialista y anticapitalista; lo mismo que desarrollamos allí y en muchos otros textos las diferencias entre estatización de la propiedad y socialización de la producción.

[4] Es que, a diferencia de la separación más tajante entre economía y Estado en el capitalismo, la democracia socialista es una parte integrante fundamental de las relaciones de producción como tales.

[5] Se trata de un joven bloguero cubano crítico por la izquierda del régimen castrista, lo que le agrega valor a sus opiniones.

[6] Deutscher formó filas en el ala derecha del movimiento trotskista; sin embargo, la generalidad de las corrientes jamás han colocado alertas alrededor de las concepciones equivocadas sobre la teoría de la revolución y la transición socialista que la obra trasmite (nobleza obliga, esto es algo distinto en el mundo anglosajón).

[7] Remitimos, a este respecto, al texto que estamos preparando y es de próxima aparición: “Guerra, política y partido”.

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