por Guillermo Pessoa, SoB 472, 7/6/18

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A propósito de las declaraciones de un político de “izquierda”

por Guillermo Pessoa

Un compañero que trabaja en mantenimiento en un hipermercado de Capital nos decía días atrás que “casi siempre los políticos mienten o dicen cosas muy generales que muchas veces no significan nada”. Podríamos agregar (y no faltamos a la verdad) que señalaba también que nuestra compañera Manuela era una de las pocas excepciones: ella sí se veía creíble y concreta cuando hablaba aunque no siempre se coincidiera con lo que dijese. Pero en esta breve nota no queremos referirnos a ella sino a las expresiones de otro político latinoamericano.

En Colombia el próximo 17 de junio se realizará el balotage o segunda vuelta para elegir presidente y uno de los candidatos (por una alianza poli clasista llamada Movimiento Colombia Humana) es Gustavo Petro, quien en los 70 perteneció al M-19 (uno de los grupos guerrilleros de ese país) y que a partir de los 90 cuando éste abandonó la lucha armada, participó activamente en la vida política colombiana e incluso fue Alcalde Mayor de Bogotá entre los años 2012 y 2015. Entre  las muchas cosas que expresó mientras solicitaba el voto contra el candidato conservador y oficialista de aquel país, nos encontramos con esta afirmación:

Fui de izquierda y no me arrepiento. Pero no propongo un programa de izquierda. No propongo un programa socialista. Eso no funcionó. El problema de Colombia es que no se desarrolló el capitalismo. ¿Una clase media rural qué es? ¿Socialismo? No (…) No se puede (miren Venezuela), vivir del petróleo.

Aquí hay que agradecer la parte de sinceridad (extraña sinceridad) que el candidato manifiesta, sin dejar de señalar que se observa también la confusión (en su caso, para nada inocente) sobre determinadas palabras y sucesos que menciona. Repasemos hechos y palabras.

Mientras un gobernante no lejano geográficamente a Petro, como el nicaragüense Daniel Ortega, se sigue diciendo de izquierda y aplica un plan ortodoxo que hace la envidia del FMI mientras persigue y mata a obreros y estudiantes que lo cuestionan; o el gobierno griego de Syriza (¡acrónimo que significa “Izquierda Radical”!) que desde hace años se burla de las decisiones populares y cumple a rajatabla el plan del “nuevo” FMI; ellos entonces “amagan” con la izquierda y… pegan duro con la derecha. Petro, por el contrario, promete no llevar a cabo un programa de izquierda, un programa socialista, sino la vieja (en todo sentido) idea de reforma agraria y la creación de pequeños propietarios en el marco de más capitalismo.

El fracaso de los llamados “socialismos reales” como el de la antigua URSS o el de la Cuba castrista, hoy en pleno proceso de liberalización y lucha contra el “igualitarismo” (¿algo de eso le habrá comentado Díaz Canel, su presidente, al hombre PRO Marcos Peña que lo visitó hace unos días?), entre otros ejemplos; le permiten al político colombiano validar su afirmación de que “el socialismo fracasó”. Nuestra corriente ha estudiado y escrito bastante sobre los Estados burocráticos y el propio rechazo que éstos generaron entre amplias capas de trabajadores y estudiantes, que provocaron la vuelta al capitalismo en la mayoría de ellos.

La propuesta de Petro en cambio, propone “desarrollar capitalismo” en su país ya que “no se puede vivir sólo de petróleo como en Venezuela” (o de cualquier otro commoditie como es el caso de cualquier país periférico, completamos nosotros). Lo empíricamente comprobable de esa aseveración es que, efectivamente, estos países conviven con el atraso y la dependencia política y económica, pero ello se debe precisamente al tipo de capitalismo que allí predomina. Todo proceso de industrialización (las denominadas ISI del pasado siglo son un buen ejemplo de esto) tuvo límites insalvables que evidenciaron claramente que sin afectar la propiedad capitalista y el dominio imperialista aquél no puede llevarse a cabo.

Sin querer Petro deja entrever un debate que puede ser profundo. Por un lado, el neoliberalismo que no plantea proceso de desarrollo industrial alguno, como dijo Macri para la Argentina: “nos proponemos ser el supermercado del mundo”, además de precarizar empleo y todo lo que conocemos muy bien. Por otro, los “proyectos” a lo Petro, desde la histórica (y limitada) Revolución Mexicana de principios de siglo XX, hasta la experiencia de los diversos nacionalismos burgueses, como el de Vargas en Brasil o Perón en la Argentina, que terminaron no sólo no industrializando el país sino tomando giros cada vez más liberales y ortodoxos (recordar Nicaragua o Grecia) o abriendo la puerta a los gobiernos más reaccionarios y ejecutores directos del capital. La “virtud” de Petro, es señalar precisamente que eso que él propone “no es de izquierda”.

En el caso puntual del político colombiano, el clima electoral hace que “el tema político, hablar de izquierda o derecha”, se instale casi naturalmente. Asimismo, en la coyuntura actual de nuestro país, el malhumor social, la avidez por encontrar respuestas políticas para entender lo que pasa y cómo modificarlo, hace necesario volver a resignificar el término “izquierda”, revolucionaria, para expresarlo mejor. Hay un proyecto y una propuesta diferente a las anteriores.

Grosso modo dicho, la misma consiste en señalar que ésta levanta un proyecto anticapitalista y socialista, que sólo lo puede comandar la clase trabajadora y el pueblo adueñándose del gobierno y creando otro tipo de Estado, además de tener siempre presente una perspectiva internacional. Esta es la única política realista porque todos los intentos pseudo reformistas, posibilistas, llevaron a mayores frustraciones y a generar más confusión en las masas y por ende, ac fomentar los “cantos de sirena” como aquella de “cambiemos” de la mano de los CEOs “impolutos y eficientes” que van a venir a solucionarnos los problemas. Separar la paja del trigo, distinguir los programas y explicitar cómo y quiénes son capaces de llevarlos a cabo (en el marco de acompañar toda lucha real contra el gobierno y su sacrosanta gobernabilidad, en el caso puntual de Argentina) es uno de los deberes irrenunciables de los revolucionarios. Sin quererlo y por la negativa, las palabras de Petro ayudan a clarificar dicha tarea.

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