Por Roberto Sáenz, Revista SoB n° 32-33, junio 2018

Categoría: Revista Socialismo o Barbarie, Situación mundial Etiquetas: ,

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Apuntes sobre la situación internacional

Un mundo marcado por el giro a la derecha, la crisis económica, las tensiones geopolíticas y la “bipolaridad” social y política

Roberto Sáenz

Presentamos a continuación el informe oral editado sobre la coyuntura mundial presentado oportunamente en la conferencia internacional la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie de febrero de este año. El texto fue retrabajado en los meses posteriores y terminado en junio. Lo dedicamos a nuestro joven compañero Alejandro Vinet, que falleció en París militando esforzadamente por poner en pie nuestra corriente. 

“Podríamos decir que Trump está tan lejos del fascismo clásico como Occupy Wall Street, los Indignados y Nuit Debout [Noche de pie] lo están del comunismo del siglo pasado. Sin embargo, encarnan una polaridad social y política tan profunda como ésa que en épocas pasadas oponía al fascismo y el comunismo” (Enzo Traverso, Las nuevas caras de la derecha).

Para comenzar, una cuestión de rigor y obvia: el mundo es grande y la corriente es pequeña. Se manifiestan todo tipo de “capas geológicas”, problemas, determinaciones, etc., con cuestiones que inevitablemente se nos escapan. Además, en nuestra actividad cotidiana, en nuestros grupos, estamos absorbidos por las realidades nacionales, a lo sumo regionales. Y eso también dificulta aprehender en toda su extensión los problemas generales, mundiales. Hasta porque nos falta percepción directa de muchos de ellos. Esas percepciones que son clave a la hora de hacer política revolucionaria, de no “pontificar” sobre lo que no conocemos.

La Argentina es un país muy demandante. Y aquí está el núcleo de nuestra corriente. En Brasil hay también una experiencia acumulada. Pero nuestro núcleo allí es aún débil y el país inmenso. En Europa, obviamente, por la pérdida de Ale, estamos debilitados incluso en lo que es una fase de implantación inicial. En Costa Rica el grupo está fortaleciéndose. Pero Costa Rica refleja Centroamérica, que es un mundo dentro de otro mundo. Y Honduras es casi un mundo en sí mismo, aunque muy vinculado a las características del patio trasero yanqui, que es otra particularidad.

Es complejo, entonces, hacer una panorámica del mundo. Mucho más con este mundo en plena transición, en plena transformación: económica, política y geopolíticamente el mundo está en plena mutación. Es complejo aunque, por supuesto, hay que hacer el esfuerzo. Existen muchas determinaciones, muchas realidades, muchas problemáticas complejas de subsumir.

Vamos a ubicar cinco o seis definiciones y también vamos a plantear problemáticas, temas a estudiar. Algunas de esas cuestiones se abordan en este número de la revista. La idea es plantear definiciones y establecer problemáticas para un desarrollo ulterior, haciendo el esfuerzo de sumergirnos en los problemas del mundo sin proyectar, mecánicamente, nuestras realidades. 

La pérdida de Alejandro

Por supuesto, no quiero dejar de mencionar que Ale no está. Venimos el último año con un golpe muy duro como corriente. Quiero repetir acá lo que dijimos cuando hicimos el homenaje en el partido, que fue muy lindo, muy sentido, en la puerta del colegio donde Ale había sido dirigente, el Nacional Buenos Aires, uno de los colegios más importantes de la Argentina. Allí dijimos que la explicación última de la circunstancia es que Socialismo o Barbarie es una corriente muy joven, en pleno desarrollo, en construcción, donde en muchos casos, las ubicaciones son “puestos de frontera”. O sea, desafíos difíciles. Porque hay que poner en pie una corriente todavía minoritaria en una situación internacional que es compleja.

Tenés que enfrentar fuerzas gravitatorias más grandes. Y entonces, muchas de las ubicaciones en el partido y la corriente son ubicaciones de frontera. Requieren romper con la comodidad; romper la inercia de las cosas. La construcción revolucionaria siempre se hace en el sentido de una ruptura con la dinámica inercial, que salvo cuando existe un ascenso de la lucha de clases o cuando ya se ha asentado la construcción del partido, significa una multiplicidad de tendencias adversas a enfrentar para que el partido se abra paso. Un poco esto reenvía al carácter de vanguardia de la actividad revolucionaria (algo que no siempre se entiende en su especificidad); si se es de vanguardia es porque deben vencerse mediaciones y presiones inerciales adversas.

De paso, ya que estamos este año conmemorando el 200 aniversario del nacimiento de Marx, con la proliferación de bibliografía sobre su trayectoria (y la de Engels), a cada paso se puede ver las adversidades que tuvo que enfrentar, el carácter de vanguardia de su actividad. Cualquier vanguardia en el terreno que sea (artística, científica, política), debe hacer frente a esa presión inercial: el ir contra la corriente, el no poder “acomodarse”; de ahí que el posibilismo sea el reverso de esta circunstancia.

De alguna manera ese elemento tuvo su peso en el caso de Ale por las adversidades que debió enfrentar: falleció militando, haciendo una tarea y una responsabilidad que le habíamos encomendado desde la corriente, siendo muy joven. Era un cuadro estratégico, un compañero joven muy capaz, políticamente bastante maduro y en otras cosas no tanto, claro; es una pérdida enorme para la corriente.Tuvimos un golpe. Hay que absorberlo y seguir adelante, incorporando a Ale como parte de la tradición de nuestra joven corriente. 

  1. Un giro derechista persistente

Pasemos ahora al informe y las definiciones. El primer elemento es el giro a la derecha que se sigue verificando en la situación mundial. Esta definición es doblemente importante dejarla asentada porque somos una corriente con peso centralmente en América Latina, una región dinámica en las últimas décadas, y que si bien ha ido acompañado el giro derechista más general, nuestra radicación periférica quizá nos nuble la vista respecto de las principales tendencias internacionalmente; nos confunda.

La primera definición es, entonces, que la coyuntura mundial, de conjunto, está muy a la derecha. La coyuntura internacional es, lisa y llanamente, reaccionaria. No hay prácticamente un solo país del mundo donde el péndulo político no esté corrido hacia la derecha. Estuve revisando: papeles, notas, regiones, etc. No hay una sola región del mundo que esté a la izquierda. Es un dato político central, que tiene una suma de elementos y que uno no puede dejar de considerar a la hora de formular la política.

Veamos geográficamente la cosa, arrancando por el norte del mundo y sumando: Trump en EEUU, cuyo gabinete representa una ideología ultraconservadora que no se veía en la Casa Blanca desde la presidencia de William Harding en la década de 1920. Está Xi Jinping en China, con su impronta cada vez más autoritaria y de culto a la personalidad. Shinzo Abe en Japón es un gobierno ultranacionalista nacional imperialista: el Partido Liberal Demócrata, clásico partido dominante en Japón desde la posguerra, se impuso en las últimas elecciones presidenciales de manera aplastante y está por el rearme militar del país. El gobierno de Theresa May en Gran Bretaña es definido por Alex Callinicos como “uno de los más reaccionarios en el último siglo, pero también débil e ilegítimo”, que “no necesariamente rechaza el neoliberalismo cosmopolita” pero “tiene el objetivo de darle a la ideología dominante un perfil más nacionalista, autoritario y económicamente intervencionista”. En Rusia Putin fue reelegido por tercera vez; tenemos el gobierno de extrema derecha, nacionalista y racista de Modi en India; Erdogan en Turquía, etcétera. Lo que se aprecia son gobiernos de derecha en los principales países. Es muy difícil encontrar un contrapeso a este giro derechista global. Si se mira el mapamundi, se ve todo muy a la derecha.

Sobre el carácter de un gobierno como el de Trump veamos una segunda definición: “Aunque Trump preconiza una política muy de derecha (…), hoy por hoy no es fascista. ¿Por qué? En primer lugar, Trump, si bien ha puesto en la picota a los militantes del Partido Republicano, no se ha alzado por encima del mismo ni de la clase política; es decir, no es una figura bonapartista, independiente del sistema político existente. En segundo lugar, no tiene detrás un partido fascista. Demagogo populista, ha sido capaz de movilizar a votantes blancos que buscan mejorar su situación económica y que se sienten amenazados por los inmigrantes extranjeros que compiten por los puestos de trabajo y ponen en peligro su status” (“El monstruo se instala en la Casa Blanca, el pueblo protesta”, Dan La Botz).

Yendo del norte imperialista a Latinoamérica, recordemos que, desde la década del 2000 en las discusiones sobre la situación mundial, América Latina era la región de contrapeso mundial. Por las rebeliones populares de comienzos del siglo XXI, estaba a la izquierda. En el resto del mundo la situación era mala; pero en Latinoamérica no.

Una muy breve periodización podría marcar los años 90 como de ofensiva neoliberal generalizada en la región, la primera década de los años 2000 como de rebelión popular y desde mediados de la actual década, de acelerada reversión derechista del ciclo anterior pero sin que se termine de estabilizar. La región tuvo sus vaivenes, pero es evidente que desde 2015, de conjunto, con el triunfo de Macri en la Argentina (octubre 2015), con el “golpe parlamentario” en Brasil (abril/julio 2016), con la crisis cuasi terminal del chavismo, ha sufrido un claro retroceso: un fuerte giro a la derecha.

Y sin embargo, América Latina, de todas maneras, mantiene un conjunto de atribuciones positivas. La región está caracterizada, dicho en general, por el conflicto de clase. No está mezclado con el conflicto religioso, por ejemplo, que complica tanto otras regiones, los países de Medio Oriente en primer lugar, sin desconsiderar el inmenso movimiento de mujeres o de minorías sexuales, los reclamos nacional-originarios, e, incluso, el problema negro en Brasil, etcétera. Pero creemos que se entiende que, en todo caso, se trata de cuestiones más directamente políticas, no mezcladas con la religión como ocurre en otras regiones

Además, sus relaciones de fuerzas no están resueltas, como se puede ver al cierre de la edición de esta revista, en la crisis general del gobierno de Macri en la Argentina, fuertemente herido a partir de las jornadas de diciembre del 2017 y de las cuales no ha terminado de recuperarse; más bien ocurre lo contrario.

Incluso en Brasil, donde Michel Temer ha logrado imponer parte de su reaccionario programa, de todos modos las cosas no lucen del todo estabilizadas; el paro camionero conmovió al gobierno y se vienen elecciones presidenciales en medio de una fragmentación política sin precedentes, aunque nada de esto debe llevarnos de perder de vista el asesinato de Marielle, la intervención militar de Rio de Janeiro, la prisión de Lula y el ascenso electoral de Jair Bolsonaro, todos elementos hacia la derecha, sin duda.

Enzo Traverso señala agudamente que después de las derrotas de las revoluciones del siglo XX, la religión volvió a ser una dimensión fundamental de la política en muchas regiones (una dimensión sustituta de la crisis de alternativas que dejó el siglo). Define el ciclo actual como un período sin utopías, lo que tiene su importancia porque subrayemos que la “dimensión utópica” ubica la aspiración a pelear por una alternativa. La actual proliferación de películas distópicas sería uno de los reflejos de lo que estamos señalando.

De todas maneras, y aun en medio del desarrollo de fenomenos “bipolares” que veremos en el próximo punto, América Latina está en un andarivel conservador (ver el reciente triunfo de Iván Duque en Colombia). Más que el mundo acoplarse a la región, la región se está acoplando al mundo, lo que no deja de ser lógico dado el peso gravitacional diverso de ambas “entidades”. Se trata de un cambio muy importante: Latinoamérica ha dejado de cumplir ese rol de contrapeso que mantuvo a lo largo de muchos años; al menos en lo inmediato.

Volviendo al mundo, si vamos al mundo árabe la situación es horrible. El único contrapeso es un poco Túnez, que vivió una rebelión popular en 2011 seguida de elecciones bastante democráticas en 2011 y 2014, lo que marca una diferencia con el giro autoritario y dictatorial del resto de las primaveras árabes (salvo el lentísimo deshielo cultural en Arabia Saudita y ahora la rebeliuón jordana). Pero la situación de conjunto es muy mala, muy degradada, una degradación contrarrevolucionaria de las primaveras árabes. Aquí sí está todo muy complicado por el fenómeno religioso. Aun así, hay contratendencias como la lucha del pueblo kurdo, el retroceso de ISIS (que requiere un desarrollo específico que aquí no podemos hacer), etcétera.

No nos olvidamos de Turquía, que también ha girado a la derecha (o a la extrema derecha) con el endurecimiento del régimen de Erdogan. A años luz parecen haber quedado las rebeliones populares que caracterizaron Egipto, Siria y otros países al comienzo de la década actual.

Si del Cercano Oriente vamos a otra región centro de acontecimientos de alcance histórico-universal hoy, pero que arranca de muy atrás, como es el sudeste asiático, Asia-Pacífico, ocurre exactamente igual: está todo a la derecha, siendo Corea del Sur, en cierto modo, un contrapunto de importancia. Corea del Sur es para estudiar, sobre todo ahora que están en curso las negociaciones de paz entre el norte y el sur. Su actual presidente, Moon Jae-in, fue electo el 9 de mayo del año pasado con el 41% de los votos contra el 24% del conservador Hong Joon-pyo, posteriormente a un gran levantamiento democrático conocido como el “Movimiento de las velas” (2016/7) contra la presidenta de derecha Park Geun-hye, por escándalos de corrupción.

Aunque no obtuvo mayoría en las cámaras legislativas, la elección representó una grave derrota electoral para la derecha militarista y el régimen precedente; incluso, en cierto modo, una cachetada a Trump. La opinión surcoreana está ampliamente a favor de retomar el dialogo con Corea del Norte y se opone a cualquier “solución militar” (Rousset).

Yendo de Corea del Sur a Hong Kong, y basándonos en textos recientes de Au Loong-Yu, actualmente uno de los principales estudiosos marxistas de la región, se destaca la paradoja de que la “Rebelión de los Paraguas” (2014), un movimiento juvenil-democrático contra las imposiciones del gobierno de Pekin, haya sido capitalizada por las corrientes de extrema derecha anti chinas, nativistas. Parece una locura, pero las pulsiones nacionalistas en esta región, tanto a derecha como a izquierda, tienen mucha tradición, tanto en un sentido progresivo como reaccionario. En China y ambas Coreas existe una sensibilidad a flor de piel contra Japón por cuenta de sus horrendos crímenes durante la Segunda Guerra Mundial.

Las corrientes de extrema derecha hongkonesas están muy fuertes, lo que en este caso significa la capitalización derechista de un justo sentimiento de autodeterminación política. Existe un grave problema en Hong Kong: la izquierda está identificada con el maoísmo y sumida en un desprestigio descomunal. Au Loong Yu cuenta que en los años 60 el maoísmo era una potencia entre la juventud de Hong Kong. Hoy la situación es radicalmente distinta: “Fue la extrema derecha localista la que capitalizó el ‘Movimiento de los Paraguas’ (…). El problema es que en Hong Kong no hay partidos de izquierda, y todos los partidos ‘pandemócratas’ son de centro derecha. A resultas de ello, el llamado ‘régimen liberal’ de Hong Kong ha generado una mentalidad muy competitiva y de darwinismo social” (Entrevista a Au Loong-Yu, “En el vigésimo aniversario de la reunificación con China”, 7-7-17).

Acá podemos ver la superposición o “choque” de temporalidades (un tema al que volveremos al final de este documento), en el sentido de una temporalidad universal de cierto cuestionamiento al capitalismo desde la crisis de 2008 que se superpone o choca contra otra temporalidad proveniente de la caída de los Estados burocráticos no capitalistas, fenómeno que, evidentemente, genera todo otro tipo de reflejos en la conciencia

Vayamos ahora a Europa. A nivel gubernamental es menos dramático, claro está, que en Francia se haya impuesto Macron y no el FN de Marie Le Pen. En Alemania, por comparación a la extrema derecha, Merkel (reelecta para un cuarto mandato, más débil que los tres anteriores por su pésima performance electoral), parece “centrista”. En lo económico, Alemania exporta un 60% de su producción, cuestión que explica su profesión de fe globalista y neoliberal (sin perder de vista el alto grado de productividad de su economía). Otra explicación de los actuales choques con el giro nacionalista/proteccionista de Trump, que veremos más abajo.

La extrema derecha alemana, de todos modos, hizo su mejor elección desde la posguerra, alcanzando el 13% de los votos e ingresando por primera vez desde los años 30 en el Bundestag (parlamento alemán): “Para la mayoría de los alemanes –incluyendo a los trabajadores– mantener Alemania en una posición privilegiada en el seno de la competencia internacional es la única manera de no compartir el destino de los países europeos del sur” (Angela Klein, “After the German election”). Lo que muestra, en todo caso, las pulsiones conservadoras de la mayoría del electorado alemán. Y lo propio ocurrió en Francia con el FN: 7,5 millones de votos en la primera vuelta y 10 millones en el balotaje, cifras históricas (puede leerse un análisis pormenorizado de las elecciones en Francia en “Interview: The meaning of Macron”, International Socialism 155).

Existen matices, claro. Pero el péndulo político está entre el centro y la derecha e, incluso, la extrema derecha, cuando pocos años atrás se podía decir que se vivía una cierta irrupción de la centroizquierda, el nuevo reformismo, hoy en franca crisis, situación de la cual hay que excluir los casos de España (Podemos sigue siendo una fuerza en ascenso) y Portugal (el Bloco de Esquerda tiene fuerte presencia politica en el país). Pero, de conjunto, todavía pesa la traición de Syriza. Entre las expectativas que generó y la capitulación ignominiosa en la que terminó, la brecha es dramática.

Estamos así frente a una coyuntura internacional reaccionaria bastante larga; no se ve cuándo irá a terminar. La traición de Syriza ocurrió a mediados del 2015. El Brexit se impuso en junio de 2016. Trump llegó a la presidencia a finales del 2016. Erdogan se fortaleció en Turquía luego de un levantamiento cívico-militar fallido. Hubo atentados ultrarreaccionarios de ISIS en países centrales de la Europa imperialista como Francia, etcétera.

Se trata de una serie de acontecimientos que terminaron cambiando la dinámica general colocando el proceso de la rebelión popular a la defensiva. Pero, atención, sin cerrarlo, lo que sería un error: incluso la actual coyuntura da ejemplos –aunque plagados de contradicciones– de su permanencia, como Nicaragua, Irán, Jordania y una larga lista de procesos donde ha reaparecido, nuevamente, los rasgos de rebelión popular. Volveremos sobre eso.

El primer elemento es, entonces, este: el giro a la derecha de la coyuntura mundial, con una serie de consecuencias y desarrollos que reenvían a la dificultad que sigue presente de sobreponerse a las modificaciones y cambios estructurales del fin del siglo pasado; entre ellas, la crisis de alternativa socialista. Reenvía a cuestiones de fondo que cuesta superar y que proponen elementos de temporalidad larga en la actual situación mundial presentes desde la caída del Muro de Berlín.

Se vive una ruptura en la continuidad de la experiencia entre distintas generaciones. Asoman los complejos problemas de una refundación de un nuevo movimiento obrero y de masas, que se expresa en un conjunto de incipientes desarrollos, pero que todavía cuesta que cristalicen en un avance conjunto.

No es fácil refundar, relanzar, recomenzar. Los dolores de parto de ese recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos se alargan. Se modificaron las generaciones; se quebró la continuidad con la experiencia histórica anterior. Toda una serie de elementos que están del lado “malo” de las cosas, como en la “mala infinitud” de Hegel. Se despolitizó la vida cotidiana de las masas.

Estos elementos combinan aspectos de coyuntura con cuestiones inerciales y dificultades más profundas. Esta definición se podría trabajar mucho más. Se trata de una problemática que tiene varias determinaciones y acerca de la cual venimos trabajando. Se la puede encarar regionalmente o se puede tomar desde el punto de vista de la experiencia de las generaciones, como hemos hecho en “La tarea de rescate de la revolución. Siglo XX y dialéctica histórica”. La primera definición es, entonces, el giro a la derecha de la situación mundial. 

  1. Bipolaridad politíca y social

El segundo aspecto de la realidad mundial (y en sentido contrario al anterior) es un elemento que se le escapa a la mayoría de los analistas, una “categoría” que trabajan en varios autores: los elementos “bipolares” de la realidad, o de “comportamiento bipolar” (en tanto que contrapuntos del giro a la derecha). Claro que no en la acepción psicoanalítica de comportamientos que pasan rápidamente de la euforia a la depresión, sino más bien para dar cuenta del rebote (potencial) que plantea la lucha de clases. Esto es, un conjunto de tendencias que desbordan por la derecha y que pueden tender, por la lógica de las cosas, a rebotar hacia la izquierda

Este concepto aparece en autores como Pierre Rousset (que sigue la situación mundial en el mandelismo), en el economista marxista inglés Michael Roberts, cuando destaca el comportamiento “bipolar” de la economía internacional (en este caso sí en referencia al concepto psicoanalítico, el corto camino que media actualmente en la economía internacional entre la euforia y la depresión); en el filósofo griego y militante Stathis Kouvelakis, que destaca que “la tendencia dominante es la polarización” 1, y en Alex Callinicos, entre tantos otros, que subraya que la crisis del orden neoliberal está haciendo crecer tanto la izquierda radical como las derechas radicales, el antiracismo y el racismo, el progreso y la reacción (“Corbyn justified, May humbled and the left advances”).

Nuestra corriente viene subrayando desde hace tiempo esta tendencia a la polarización de los asuntos; una tendencia a ser destacada y tan decisiva como el giro a la derecha, porque hace a no ser ciegos frente al conjunto de las tendencias en las cuales actuamos, sobre todo porque se trata de aquellas que pueden ser puntos de apoyo para nuestra acción.

Estos fenómenos de polarización se expresan en todo el mundo. Giro reaccionario y giro a la derecha, sí, pero también expresiones por la izquierda de cuestionamiento bipolar; el desarrollo de los dos polos, la tendencia al adelgazamiento del centro político y al desborde por derecha e izquierda. Como para comprender la “necesidad” de ambas determinaciones podríamos tomar una analogía con la economía política: “Categorías bipolares de la relación mercantil, dinero y mercancía no pueden existir la una sin la otra, de modo que hay contemporaneidad lógica” (Artous, Tran Hai Hac, González, Salama 2016: 62)

¿Por qué tomamos esta definición de “bipolaridad”? Porque es muy difícil concebir la acción sin reacción. El giro a la derecha genera un “bipolo” a la izquierda: “En una parte del mundo, la violencia de los ataques provoca movilizaciones a veces espectaculares (…). La ‘derechización’ de los gobiernos suscita también el surgimiento de procesos políticos a izquierda (…) y en esta medida se puede hablar de bipolarización reaccionaria y progresista, si bien es necesario precisar que se trata de una bipolarización muy desigual. Theresa May está en el gobierno, Jeremy Corbyn no” (Rousset, 3-3-17).

Un Trump misógino y ultra reaccionario genera el movimiento de mujeres más importante en Estados Unidos en décadas (si bien copado por los demócratas y no radicalizado todavía). Incluso con expresiones en Hollywood, en el movimiento #Me Too, etcétera; genera una respuesta por la izquierda. Y se está produciendo también un nuevo fenómeno de “radicalización socialista” (algo no menor para EEUU) en capas de la juventud, expresado en el crecimiento de los DSA (los Socialdemócratas de América); la politización de toda una franja de la juventud, como desarrolla otro texto de esta edición.

Este “bipolo” se expresa todos lados. En (casi) todas las circunstancias de giro a la derecha hay elementos de respuesta bipolar que hay que saber apreciar. Hasta en el terreno más subjetivo el bipolo anima a las nuevas generaciones a entrar a la vida política: “Yo no me puedo quedar en mi casa; me tengo que comprometer”, “Estos tipos son unos monstruos: hay que organizarse”. Hay mucho que va al polo reaccionario (que es el dominante). Pero otra parte va al bipolo: al elemento polar por la izquierda.

Hay todo tipo de movimientos socio-políticos progresivos que, aunque en la actual coyuntura mundial están a la defensiva, son enormemente importantes. Por ejemplo, en España, un bipolo claro es Cataluña, un proceso ciudadano de masas, con una dirección burguesa, no muy radicalizado, pero que ha significado el cuestionamiento más importante desde la caida del franquismo al Estado español, algo nada menor.

Las cosas son dinámicas. Cuando en el referéndum de octubre pasado la policía enviada desde Madrid agarró de los pelos a mujeres y hombres de edad que querían votar, eso radicalizó las cosas (hasta cierto punto, claro): surgieron los “Comités de defensa del referéndum” (CDR), un importante aunque incipiente fenómeno de autoorganización ciudadana.

El giro a la derecha produce una respuesta bipolar que radicaliza a todo un sector que ingresa a la vida política, un factor que no puede perderse de vista. Un elemento clave que, por ejemplo, se pierde en los documentos del mandelismo, dónde se identifica el polo reaccionario, pero desaparece el elemento bipolar. Un ejemplo es “Capitalist globalization, imperialisms, geopolitical chaos and their implications”, documento votado en el reciente congreso mundial de la IV Internacional mandelista. El mismo Pierre Rousset, analista serio, tiende a perder este registro.

El mandelismo es una corriente que pasó, mecánicamente, del optimismo objetivista de Mandel al actual escepticismo histórico: todo estaría en una misma línea adversa desde la caída del Muro 30 años atrás; no existiría ninguna mediación, ninguna contratendencia, ninguna acumulación de experiencias. Daniel Bensaïd criticaba a Mandel por sus rasgos objetivistas. Sin embargo, da la impresión que, por su parte, se deslizó hacia posiciones extremadamente escépticas: “Daniel aprendió mucho de Mandel (…). A veces se burlaba del aspecto estirado, filatélico y pequeñoburgués de Mandel y de su tendencia a caer en monólogos y afirmaciones irrefutables y optimistas” (“Daniel Bensaïd 1946/2010”, Sebastian Budgen, Viento Sur, 28-1-18).

Sólo así puede entenderse que llegue al extremo de definir la situación actual como “contrarrevolucionaria”: “Hemos entrado en una nueva época. En mi informe he hablado de un período contrarrevolucionario, lo que ha generado muchas reticencias o incomprensiones. ¿Por utilizar la palabra ‘período’, que parece demasiado ‘larga’, poco ‘clara’? (…) Contrarrevolucionaria no quiere decir que la contrarrevolución haya vencido, sino que es a eso a lo que estamos confrontados, sea de forma abierta como en una gran parte del mundo musulmán, o de manera más sibilina como a menudo en Occidente” (Rousset, 3-3-17).

Sibilina o abiertamente, esta definición es una exageración para cualquier región que no sea el mundo árabe. Un proceso contrarrevolucionario significa regímenes fascistas, represiones en masa, asesinatos, purgas, sangre a granel; algo que se vivió en los años 30 del siglo pasado. Parece entonces extremadamente desproporcionado plantear una definición así para la situación actual. Vivimos un período reaccionario, no contrarrevolucionario.

El congreso mundial del mandelismo presentó divididos los informes y resoluciones sobre análisis mundial, respecto del que los compañeros llaman “documento de resistencia” y las orientaciones de construcción. Al dividir el conjunto así, todo el “paquete” quedó demasiado unilateral. Por lo demás, más abajo criticaremos la errónea reafirmación constructiva de los “partidos amplios” sin delimitación estratégica entre reforma y revolución, una definición errónea que confunde no solamente a la mayoría de los integrantes de esta corriente, sino también a los invitados a los eventos de “la Cuarta”.

Aunque trate de limitar sus alcances (“algo frente a lo cual estamos confrontados”), la definicion de Rousset deja, inevitablemente, la impresión de un proceso resuelto; relaciones de clase y políticas ya establecidas. Nos parece una grave unilateralidad y una apreciación impresionista de los desarrollos que, siendo complejos, son unilateralizados completamente.

Este elemento del polo y el “bipolo”, del giro a la derecha y la polarización de derecha e izquierda, hay que manejarlo bien, sin confundirse ni para un lado ni para el otro, tanto porque la coyuntura mundial se ordena desde la derecha (¡y desde ahí arranca la política!), como en razón del punto de apoyo para la accion que significa. Reiteramos que es un dato que se encuentra en muchas sociedades y está presente en la situación como un elemento real y un fenómeno mundial.

El propio Rousset señala, por ejemplo, el caso de Japón, donde la resistencia a la remilitarización del país continúa siendo amplia a pesar del lanzamiento de misiles norcoreanos que se hunden a lo largo de las costas del archipiélago (ahora suspendidos por las relaciones de Kim con Trump), y de la machacona propaganda de la derecha radical. Esto ocurre tanto en el archipiélago, donde están estacionados más de 40.000 miembros de las fuerzas armadas yanquis, como sobre todo en Okinawa, donde la oposición a las bases norteamericanas continúa siendo fuerte.

Sin perder de vista el giro derechista, se trata de apreciar las contratendencias. Un factor que tiene expresiones sociales, políticas y de todo tipo: el movimiento de mujeres, la emergencia de la juventud, Cataluña, las jornadas de diciembre en la Argentina, los estudiantes y sectores populares en Nicaragua; a nivel electoral Corbyn, Sanders, la izquierda argentina, la campaña de Boulos en Brasil, etcétera. Existe un conjunto de “situaciones bipolares” con relaciones de fuerza no resueltas: Brasil, Argentina, Francia, entre otras, lo que podría significar la reafirmación del curso derechista o el rebote hacia la izquierda. Así, estas situaciones tienen cierto grado de indefinición o de transición.

En Francia, por ejemplo, hay elementos de este tipo. Hay una gran tradición de lucha como expresó la lucha contra la ley El Khomri, que ahora vuelve en relación a los ferroviarios y a los estudiantes (con aires de unidad obrero-estudiantil). Es una tradición que persiste y se resignifica en este 50º aniversario del Mayo Francés. Justamente, Francia es un país caracterizado por una enorme continuidad de su tradición revolucionaria; un contrapunto con lo que ocurre en el mundo y una característica que también cruza a la Argentina, con una acumulación de experiencias desde el Argentinazo hasta nuestros días. Experiencia que Macri ha venido a intentar quebrar pero, hasta el momento, sin éxito (otro contrapunto con el actual mandelismo, que niega toda acumulación de experiencias).

Ambos países están en un escalón superior en materia de dinamismo y tradiciones políticas; esto explica la ubicación privilegiada de la izquierda revolucionaria en la Argentina (el FIT y el Nuevo MAS), una circunstancia que debido a la enorme tradición que posee el trotskismo en Francia, no tiene una explicación “objetiva” de por qué no se da también en el país galo. La explicación radica, más bien, en factores subjetivos vinculados a la desorientación de las corrientes revolucionarias y a los elementos de liquidacionismo o inmovilismo que caracterizan, lamentablemente, a las principales formaciones del trotskismo en Francia, el NPA y LO. Por otra parte, se trata de formaciones con una valiosa acumulación de elementos cuya evolución habrá que seguir.

Continuando con Francia, la resultante política (y político electoral) del proceso de lucha contra Hollande terminó siendo Macron, que se presentó como un “centrista” (uno de los pocos ejemplos del centro todavía “exitosos”). Esto no quita el peligro real que significa el Front National, que llegó a la segunda vuelta por segunda vez en la historia; una elección de impacto y magnitud, superando techos anteriores (aunque lejos todavía de poder imponerse), con un 34%, 10 millones de votos. El FN es expresión de procesos profundos en Francia, y que podría proyectarse mucho más dependiendo de las circunstancias, y que es parte de los nuevos fenómenos de extrema derecha en desarrollo internacionalmente. Tiene años de arraigarse electoralmente entre amplios sectores de las clases medias empobrecidas e, incluso, entre los trabajadores tanto de edad como jóvenes. Un fenómeno que tiene que ver con cómo el Frente Nacional vino a sustituir al Partido Comunista como referencia política entre sectores de los trabajadores (expresión muy grave de la crisis de alternativa socialista).

En casi todas las sociedades apreciamos, entonces, esa doble determinación de giro a la derecha y bipolaridad. La política arranca por el giro a la derecha, pero hay que responder en todas las regiones a esa doble determinación entre las tendencias reaccionarias dominantes y las contratendencias bipolares.

Esto no significa perder de vista las enormes dificultades que entraña la coyuntura mundial. Porque en el polo más dificultoso, de la inercia, está la clase obrera. Y en el polo dinámico está la juventud, el movimiento de mujeres, las nuevas generaciones militantes. Un fenómeno contradictorio porque, socialmente, tienen un peso obviamente distinto. Y este atraso general de la clase obrera en intervenir como clase en los asuntos hace al giro a la derecha persistente que se vive, a las características más generales del período.

Uno puede moverse con este “esquema general” para entender los desarrollos; partir de la doble determinación de los asuntos para apreciar las circunstancias. 

  1. Las bases materiales de la polarización

Pasemos ahora al tercer elemento del análisis: las raíces materiales de la situación mundial de polarización (una situación que hoy se expresa por la derecha, pero que mañana podrían hacerlo por la izquierda). ¿Qué razones estruturales existen para un mundo donde el signo es la inestabilidad? Es un mundo donde se afirma una tendencia al descontento, a la crisis, y no a la parsimonia. ¿Qué fundamentos existen de eso que se expresa, políticamente, como giro a la derecha y polarización, y como creciente crisis entre Estados?

Veremos a continuación someramente cuatro cuestiones desarrolladas in extenso en este número de nuestra revista.

3.1 Una crisis económica que no termina

La economía mundial conjuga graves problemas. Es consensual que la burguesía logró en los últimos 40 años un progreso estructural sobre las clases explotadas. Una triple ofensiva sobre las relaciones de explotación directas, la restauración capitalista en el tercio del globo que no lo era y una mayor mayor subordinación de las naciones dependientes. Nadie lo discute. Por eso es difícil explicar la razón (las razones) del persistente bajón de la economía mundial y las dificultades para una recuperación estructural, no coyuntural (las coyunturas van y vienen; ahora mismo los favorables pronósticos del FMI parecen estar ensombreciéndose). El gran misterio es, en todo caso, por qué, si se lograron semejantes avances sobre las masas explotadas y oprimidas, la economía mundial no está bien.

Hace 40 años que el capitalismo viene avanzando sobre las relaciones de explotación y quitando conquistas. Ha aparecido una nueva clase obrera, pero que en materia de conciencia y organización arranca de mucho más atrás. Y, sin embargo, la economía mundial parece haber llegado a una nueva crisis estructural; lo que venimos llamando en otros textos el agotamiento del impulso ascendente de la globalización.

En abril pasado el FMI anunció un crecimiento mundial del 3,9% para este año y el que viene. Sin embargo, el propio Fondo aclara que para 2020 la situación económica mundial volverá a deteriorarse (“Perspectivas de la Economía Mundial”, abril 2018). El pronóstico de crecimiento parece estar cumpliéndose en EEUU, donde se muestra sólido (por ejemplo, las cifras de empleo estarían en récords históricos). De ahí el persistente aumento de sus tasas de interés, que está introduciendo presiones a la crisis en economías emergentes (Michael Roberts ya está interrogándose si se avecina una “una nueva crisis de las deudas”). El aumento de las tasas en EEUU está llevando a una apreciación del dólar y a una depreciación de las demás monedas (sobre todo las del mundo emergente), así como a un retorno de los capitales hacia el centro del mundo, lo que impacta en países como la Argentina pero también en otros que se muestran más sólidos, como Brasil.

Más allá de los pronósticos del FMI, las dudas vienen creciendo en relación a la UE, Japón y la propia China. Aquí hay un mix de problemas económicos, políticos y geopolíticos: la escalada de los precios del petróleo, las medidas proteccionistas que está tomando Trump, las nuevas restricciones crediticias en China, la salida de EEUU del acuerdo con Irán, la asunción del nuevo gobierno euroescéptico en Italia, etcétera. El consenso globalista prevaleciente hasta poco tiempo atrás, parece estar siendo derrumbado a mazazos. Volveremos sobre esto.

La “recuperación” no ha resuelto ninguno de los problemas estructurales que minan la economía mundial: el débil crecimiento de la productividad, de la inversión productiva, la baja recuperación de la tasa de ganancias, la financierización económica, la dificultad para encontrar ramas de punta que saquen adelante la economía de conjunto, etcétera.

La combinación de la baja productividad y el débil crecimiento de la inversión productiva no auguran nada bueno para un aumento del crecimiento o, incluso, para la sostenibilidad del bajo crecimiento actual: “Como Gavyn Davies lo resume: ‘¿Es sólo otro falso amanecer?’. Señala que ‘hay pocos signos de recuperación por el lado de la oferta y algunos indicios de exceso de riesgos en los mercados de activos (es decir, el crecimiento desbordado de los precios bursátiles). Por ello, algunos economistas sugieren que la economía global puede ser ‘bipolar’, con un aumento del riesgo de que el actual período de crecimiento de la actividad de las empresas, pueda ser pinchado por un súbito aumento de la aversión al riesgo en los mercados de activos. Así, ‘un choque de riesgo relativamente menor, por ejemplo geopolítico, podría dar lugar a una fuerte corrección de los precios de los activos, y ello podría frenar la recuperación económica mundial en seco’” (Roberts).

¿Cómo es esa dialéctica entre la “recuperación” y la crisis estructural en la economía mundial? Subsiste una serie de problemas que socavan el crecimiento: “Bajo el capitalismo, hasta que la rentabilidad no se recupere de forma suficiente y se reduzca la deuda (y ambas van de la mano), los beneficios de productividad de las nuevas ‘tecnologías de punta’ (…), de robots, IA, impresión en 3D, ‘big data’, etc., no permitirán una reactivación sostenida del crecimiento de la productividad y, por lo tanto, del PBI real” (ídem).

Se trata de toda una serie de cuestiones que nuestra corriente viene abordando y que remiten a las dificultades para un nuevo ciclo de crecimiento de la economía mundial; para un relanzamiento de la acumulación (ver el trabajo de M. Yunes en esta edición, así como nuestros “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI” y “El debate sobre la dinámica histórica del capitalismo”).

Como digresión, subrayemos que en materia económica también se aprecian las temporalidades largas que caracterizan la situación mundial, extendidas en varios planos: económico, político, geopolítico, en lo que hace a la carencia de un “horizonte de expectativas” de los explotados y oprimidos. Estas tendencias algo profundo deben estar expresando: la “cronicidad” de una serie de desarrollos, la fluidez de una situación globalmente no resuelta, una transformación del mundo en pleno desarrollo y que no decanta.

Una de estas “temporalidades largas” es el alcance de la crisis del 2008, que a 10 años de comenzar aún no se ha superado; una crisis histórica (como la definimos en su momento), expresada en la tercera depresión económica en la historia del capitalismo moderno. Una depresión larga más parecida a la de finales del siglo XIX, que a la depresión catastrófica de 1929 (como para tener un parámetro, los índices de caída del PBI mundial durante la crisis de 2008 alcanzaron algo en torno al 5%; durante la Gran Depresión, el 30%), pero que no por ello deja de multiplicar sus efectos, incluidas las tendencias proteccionistas.

Vivimos en un largo período de crecimiento débil que se revierte en una depresión persistente no catastrófica, pero bien real. Porque la economía mundial, con la excepción de China, que sigue siendo una enorme historia de éxito (volveremos sobre esto), no termina de recuperarse. Esa es la base económica del escenario actual de polarización. Y se combina con otro fenómeno socioeconómico, el grado de desigualdad, que es monstruoso. Esta desigualdad, estadísticamente, aparece como un retorno al siglo XIX; uno de los “alertas estructurales” que pesan sobre la situación mundial (y de los cuales hablaremos más abajo).

Parte de esto es el desempleo mundial de la juventud, que luego de la crisis del 2008 alcanzó la cota del 24%. En 2012, Grecia y España estaban en un desempleo juvenil del 55%; Irlanda, Francia y la eurozona en algo en torno al 25%; Estados Unidos y Canadá, en un 15%, y solamente Alemania tenía índices por debajo del 10% (sin olvidarnos aquí de la epidemia de “minijobs” que recorre hace años el país germano); todo esto sin olvidarnos que en países como Polonia y España más del 70% de los adultos jóvenes tienen trabajos precarios (Roberts).

Esto para nada disminuye la importancia estratégica del proletariado universal que ha supuesto la fase globalizadora; la clase obrera materialmente más poderosa que haya conocido el capitalismo, más allá de la fragmentación y heterogeneidad que también caracteriza a esta nueva clase obrera (amén de su atraso en materia de conciencia y organzación).

Nuevos centros de acumulación se han establecido, y, en ellos, las potencialidades objetivas del proletariado son inmensas: “La industria automovilística se ha venido moviendo hacia el este: exceptuando México, Argentina y Brasil, el desenvolvimiento mayor ha ocurrido en áreas como Europa del Este, Turquía, Irán, Pakistán, India y China. En estos casos, las líneas de producción y las calificaciones son las mismas que en los países de vieja industrialización, pero los derechos sociales y la legislación laboral no son iguales (…). Incluso más: podemos observar situaciones de semiesclavitud, especialmente entre los trabajadores migrantes, y fábricas ‘subterráneas’ que escapan a toda legislación” (“Social upheavals, fightbacks and alternatives”). Por otra parte, corresponde agregar un hecho de importancia: en la mayoría de las nuevas áreas productivas del mundo hay ganancias salariales reales entre los trabajadores, algo que es especialmente cierto en China.

La economía mundial plantea una serie de temáticas que, en definitiva, remiten a una dinámica histórica del capitalismo con pronóstico reservado, en la que un elemento fundamental es la ya señalada “crisis del globalismo”. Como señala un analista marxista: “Hay muestras de que la corrida en las últimas décadas a la expansión de las cadenas de abastecimiento y a tercerizar la producción en todo el mundo se ha lentificado y en algunos casos puesto en reversa. Algunas grandes corporaciones, como la estadounidense firma textil American Apparel y la española Zara, se han centrado en núcleos productivos locales más que en cadenas de abastecimientos globales, un modelo que ahora están adoptando otros como IBM en computadoras y Caterpillar en maquinaria agrícola (…). Todo indica que la globalización ha superado ya su momento bajo el sol. Pero si este es el caso, ¿cuán sostenible es la tendencia a alejarse de la globalización?” (Martin Upchurch, “¿Is globalisation finished?”).

Sería el final de lo que algunos autores llaman “la ventana de oportunidad” que significó la caída de los Estados burocráticos no capitalistas 30 años atrás; el agotamiento de las tendencias expansionistas de la globalización (la extenuación de lo que dimos en llamar el “momento Rosa Luxemburgo”) y los crecientes peligros de fragmentación del mercado mundial: “Lo específico del momento actual, sin embargo, es que este impulso ascendente parece estar agotándose, llegando al límite de sus potencialidades. ¿Cómo explicar, si no, la mediocridad en los desarrollos en las principales economías del centro imperialista? Es verdad que EEUU resultó ser el país avanzado que mejor se recuperó luego de la crisis. Pero las dudas respecto de la dinámica de la economía estadounidense persisten, y nadie cree que haya resuelto sus problemas más estructurales, como el agotamiento en las condiciones de largo plazo en su acumulación, un fenómeno sin el cual sería inexplicable Donald Trump” (R. Sáenz: “Marx, Trotsky y Mandel. El debate sobre la dinámica histórica del capitalismo”, Socialismo o Barbarie 30/31).

En este sentido, uno de los fenómenos visibles es el estancamiento del comercio mundial, factor dinámico del capitalismo desde la segunda posguerra; esa pérdida de dinamismo da base material a pulsiones proteccionistas que se están haciendo recurrentes. Trump está introduciendo las primeras medidas proteccionistas en relación al acero, el aluminio y las ramas tecnológicas que, en el fondo, buscan contrapesar los desbalances comerciales con las dos grandes naciones superavitarias: China y Alemania. Sin embargo, todavía está muy lejos de las cifras de los años 30: un aumento generalizado de las tarifas que, según Callinicos, las llevó al 45% (Smoot-Hawley Act). Esto no quiere decir que las medidas de Trump no estén teniendo efectos no previstos incluso para EEUU: Harley Davidson acaba de anunciar que sacará parte de su producción del país para poder seguir vendiendo en Europa.

El capitalismo funciona y domina, pero su dinámica entraña graves elementos de crisis. Éste es el fundamento material de la inestabilidad mundial. 

3.2 Una tendencia creciente a la conflictividad geopolítica

Un segundo elemento de polarización es la tendencia a la ruptura del equilibrio entre Estados, un dato que se confirma cada vez más. Roberto Ramírez escribió sobre esto en la edición anterior un estudio largo y profundo. Se trata de un tema instalado ya como parte de la “geografía política” internacional y que significa un vuelco de importancia cuando hace sólo pocos años discutíamos con intelectuales marxistas que afirmaban que los conflictos entre Estados eran “cosa del pasado” debido a que la mundialización capitalista los hacía “imposibles”.

Se trataba de un abordaje unilateral que perdía de vista que la globalización no había resuelto el problema de la subsistencia de los Estados nacionales; en primer lugar, de los Estados imperialistas y de las relaciones de jerarquía y subordinación que entraña el sistema mundial de Estados. En Adam Smith en Pekín Giovanni Arrighi afirmaba que la ascensión de China al podio mundial sería pacífica; Claudio Katz también defendía años atrás una similar mirada ingenua de los conflictos interimperialistas

Una problemática compleja cuyo eje es la cada vez más conflictiva relación entre EEUU y China, pero que se complica también con la intervención de la Rusia de Putin en Ucrania y Siria, amén de las crecientes contradicciones de EEUU con la UE en general y Alemania en particular, y por hablar solamente de las contradicciones entre potencias, esto es, interimperialistas, a las que cabe sumar los conflictos de tipo regional como los que se dan entre Irán-Turquía-Arabia Saudita, India-Pakistán, etcétera.

Llama la atención un comentario de Pierre Rousset (especialista en el sudeste asiático) señalando que está instalado entre las masas chinas que en algún momento puede haber “un enfrentamiento con EEUU”; dato de extrema gravedad a mediano plazo. Otro dato de importancia es el profundo antagonismo que la población china siente todavía con Japón. Durante 8 años (1937-45) el Imperio japonés ocupó alrededor del 50% de China: 7 millones de soldados chinos y 28 millones de civiles fueron asesinados, algo que no deja de alimentar tensiones geopolíticas al rojo vivo en esa región.

Un comentario similar es el que expresa un observador que ha viajado a China de manera continua durante los últimos 45 años: “Lo que le preocupa [a la población china] es cómo continuar creciendo luego de quince años donde fue considerado normal crecer al 10-12 % anual. Tienen conciencia de que es insostenible y no tienen claro cómo sería el país con una tasa más normal (…). Les preocupa [también] la inevitable confrontación con los EEUU por el liderazgo mundial; algo que consideran ineludible dado el tamaño, los recursos y la voluntad de lograr esto que, sin embargo, requerirá asegurarse las materias primas (mayormente en África y Latinoamérica), incrementar las Fuerzas Armadas y la investigación y desarrollo” (“Celebrating 45 years of visiting China”).

China es la mayor historia de éxito de la mundialización en los últimos 30 años. Posee un grado de productividad del trabajo mucho más bajo que EEUU. Pero expresa un dinamismo, que aunque se ha reducido, sigue siendo alto para la media mundial (su crecimiento pasó del 12 al 6% anual). Un dinamismo que de sostenerse, tendría a mediano plazo la posibilidad de desplazar a EEUU en términos de tamaño del PBI (algo muchísimo más difícil sería hacerlo en materia de productividad global); una cuestión que fogonea la conflictividad geopolítica: “Detrás de las tarifas está los que los analistas consideran el objetivo más amplio de la Casa Blanca de quebrar la estrategia china llamada ‘Made in China 2025’, que busca que un número de empresas en sectores como robótica, semiconductores, aviación y computación se transformen en líderes mundiales” (A. Callinicos: “Trump gets serious”).

China consume la mitad del cemento y el acero mundial. Posee la mayor cantidad de kilómetros de vías férreas y trenes de alta velocidad del mundo. Tiene el mayor número de ciudades con más de 1 millón de habitantes y se aproxima aceleradamente a la producción automotriz de los Estados Unidos: 20 millones de automóviles. Todos sus índices son récord, incluidas obras de infraestructura gigantescas.

Y esta historia de éxitos no se verificaría solamente en las grandes ciudades. También el interior chino está desarrollándose a pasos agigantados. Al menos, el interior de la China costera (la región más cosmopolita, que incluye las ciudades de Shanghai, Cantón, Shenzhen, Hong Kong y otras), donde se aprecian autopistas ultramodernas y urbanizaciones sin grandes signos de pobreza.

Más allá de otras determinaciones, la “infraestructura” de este dinamismo se basa en la creación de un nuevo proletariado urbano-rural multitudinario que trabajo bajo las condiciones del hukou (ancestral pasaporte interno al que volveremos más abajo), así como bajo un régimen laboral específico de superexplotacion que podríamos llamar como “cama adentro”: los trabajadores durmen en grandes alojamientos dentro de las plantas que están atiborrados compartiendo incluso las camas (el documental We, the workers es un testimonio extraordinario de esto). El gigantismo de esta nueva clase obrera y de las plantas donde concentra su actividad se puede apreciar en una de las plantas de la Foxconn (fábrica se semiconductores de origen taiwanés) que agrupa 400.000 trabajadores bajo un mismo techo.

Existen en China varias “comunas de trabajadores” de esta magnitud, lo que habla de las potencialidades estrategicas de esta nueva clase obrera, más allá que la burocracia del PCCh no es idiota y restringe permanentemente sus posibilidades de expresión independiente.

De ahí que no sea sorprendente que en China es inexistente cualquier atisbo de “sociedad civil” (una sociedad con elementos independientes más allá del Estado). Au Loong-Yo lo confirma y señala que en la década del 30, pleno régimen fascista del Kuomintang (KMT) de Chiang Kai-shek, Chen Du Xiu, ex fundador del PCCh y posteriormente dirigente trotskizante, tuvo más cobertura en los periódicos que el premio Nobel de la paz, Lui Xiaobo, que acaba de morir en cautiverio en el más completo ostracismo.

Au Loong-Yu denuncia que su enjuiciamiento y muerte prematura tuvieron menos garantías judiciales y difusión que el caso de Chen: “En la China actual no existe un solo periódico independiente. Razón por la cual, aunque la prensa de los años 30 reprodujo fielmente la defensa de Chen contra el KMT, la declaración pública de Lui Xiaobo –afirmando que el PCC ‘no es mi enemigo’– fue censurada en la China del PCC (…). El KMT le brindó a Chen un mejor tratamiento en prisión que el mal tratamiento infligido a Lui por el PCC” (Au Loong-Yu: “Lui Xiabo, ‘un mártir, un hombre de gran coraje moral’ ha muerto, liberen a Lui Xia”).

China es hoy una sociedad capitalista de Estado; un imperialismo en construcción (Rousset) caracterizado por un conjunto de especificidades: “La tesis principal de Au Loong-Yu es que China es una potencia capitalista-burocrática, donde ‘la burocracia es la clase capitalista’. Al identificar el capitalismo burocrático como subespecie o ‘variante’ del capitalismo de Estado, la tesis de Au rechaza el calificativo de ‘socialismo de mercado’ de pensadores como Giovanni Arrighi. Au sostiene que la propiedad estatal, en sí misma, no opera como una especie de propiedad socializada; al contrario, la propiedad estatal permite a la burocracia controlar directamente la apropiación de plusvalía” (“China. Ascenso y crisis emergente”, reseña de Pierre Rousset a un libro de Au Loong-Yu).

Como digresión, digamos que la reflexión de Au se aplica también a los “Estados obreros” donde, en ausencia del poder de la clase obrera, la propiedad estatizada, per se, no garantizar el carácter obrero del Estado. Algo que va contra lo que afirma, por ejemplo, Michael Roberts en cuanto a que el desarrollo de China se estaría produciendo por una vía “no capitalista” (en “Xi toma el control total del futuro de China”, un análisis con puntos en contracto con Arrighi). Esta afirmación no tiene sustento alguno en la realidad y parece basarse en la equivocada idea de que propiedad estatizada sería igual a modo de producción no capitalista.

En síntesis: está en curso una profunda reconfiguración geopolítica. Como lo señalamos más arriba, intelectuales como Claudio Katz escribieron años atrás que en el actual contexto globalizador serían “imposibles” las guerras interimperialistas. No sabemos si sigue opinando lo mismo. Lo que sí sabemos es que una mayoría creciente de los analistas están alertando sobre el incremento de la conflictividad geopolítica: es más difícil que en el pasado descartar hoy la posibilidad de enfrentamientos militares entre grandes potencias para el mediano plazo.

Esta tendencia creciente al incremento de los enfrentamientos, la posibilidad de conflagraciones, es el segundo fundamento material de este escenario mundial de polarización, sin olvidar en este rubro las tendencias contradictorias entre la salida de Trump del acuerdo con Irán (que inmediatamente agigantó las tensiones geopolíticas en la región y disparó el precio del petróleo), y la “distensión” en la península coreana en la medida en que se pudiera avanzar a un acuerdo de paz entre ambas Coreas (ver al respecto, de Pierre Rousset, “Corea y la crisis del nordeste asiático”).

En cualquier caso, todas las tendencias en obra de la situación mundial marcan que, lenta pero sostenidamente, se van creando las condiciones materiales de una reapertura de la época de contradicciones, crisis, conflictos, guerras y revoluciones. Esta es la base material de las tendencias crecientes a la polarización. 

3.3 El adelgazamiento del centro político

Un tercer elemento de la polarización universal de los asuntos, es la tendencia al adelgazamiento de la democracia burguesa: el adelgazamiento del centro político. Es decir: las tendencias que socavan el imperio pacífico, “light” y postmoderno de la democracia burguesa, expresadas muchas de ellas en el establecimiento recurrente de medidas estilo “Estado de excepción”.

Esto incluye la crisis del bipartidismo, la tendencia a la aparición de 3 o 4 fuerzas políticas, a la fragmentación político-electoral y, en materia de representación, al crecimiento de formaciones de extrema derecha que, si todavía son minoritarias, vienen cobrando importancia político-electoral.

Se trata de dos fenómenos. El primero, vinculado a los regímenes políticos: la tendencia del Poder Ejecutivo a avasallar los elementos de tipo democrático, democrático-burgueses, para imponerse: el “Estado de excepción (…) [es] ese momento del derecho en el que se suspende el derecho precisamente para garantizar su continuidad, e inclusive su existencia”. O, en el mismo sentido, “la forma legal de lo que no puede tener forma legal, porque es incluido en la legalidad a través de su exclusión. Su tesis de base es que ‘el Estado de excepción’, ese momento –que se supone provisorio– en el cual se suspende el orden jurídico, se ha convertido, durante el siglo XX, en forma permanente y paradigmática de gobierno” (Agamben 2014: 7-8).

Aunque el impeachment (juicio político) figura en todas las constituciones, cuando es utilizado como herramienta para tirar abajo gobiernos más o menos “populares” a partir de maniobras palaciegas parlamentarias como en Brasil para derribar a Dilma Rousseff, constituye una forma de gobierno de excepción, que puede abarcar muchas otras, como la suspensión de derecho y garantizas constitucionales que supone el Estado de sitio o el Estado de excepción reafirmado en Francia sine die y establecido bajo el gobierno de Hollande en respuesta a los atentados integristas.

Repetidas veces hemos escuchado a Michael Temer en Brasil afirmar que no le importa si su popularidad se derrumba al 5%, de cualquier manera llevará adelantes las “reformas” necesarias. Esto, de manera palmaria, significa pasar por encima de todos los elementos de legitimación de la propia democracia burguesa; el no someterse siquiera al escrutinio de las formas de democracia indirecta del voto popular.

Incluso más: en este último país cada vez se reivindica más abiertamente a las Fuerzas Armadas: “Visto desde Brasil (…), las Fuerzas Armadas evocan el orden antes que el autoritarismo (…). El problema no es que los militares hablen, sino que los civiles hayan abdicado de controlarlos. En palabras del periodista Elio Gaspari, la declaración extemporánea del jefe del Ejército [afirmando que si la corrupción continuaba, las FF.AA. deberían intervenir. RS] ‘expuso el peor legado de la breve presidencia de Michel Temer’ (…). Brasil es hoy una democracia tutelada en la que los uniformados no gobiernan, pero tienen poder de veto” (La Nación, Buenos Aires, 11-4-18).

Complementario a lo anterior, al giro a la derecha que significan estos regímenes de excepción, el conculcamiento de derechos democráticos elementales, están las tendencias al desborde, a los enfrentamientos más directos entre las clases; no todos los días y en todo tiempo y lugar. Sucede que también están las fuerzas sistémicas que operan sistemáticamente para mediar los desarrollos, para cuidar la gobernabilidad: el juego parlamentario, las burocracias, las elecciones mismas. Operan como diques de contención de la acción directa, entre las cuales la burocracia sindical es un factor universal, expresado en todos los países del mundo. Una suerte de agente del orden establecido en el seno del movimiento obrero, caracterizado por una perfidia mayúscula, por una administración sistemática del conflicto que muestra internacionalmente regularidad en sus prácticas: las “mesas de negociaciones”, el “respeto a la democracia” (gobernabilidad), las medidas aisladas sin continuidad, la apuesta a la pasividad, etcétera.

Pero de todas maneras, el actual escenario de polarización se expresa tanto en los zarpazos reaccionarios como en las tendencias al desborde por la izquierda; a mayores enfrentamientos directos entre las clases: “El problema del Estado de excepción presenta evidentes analogías con el del derecho de resistencia. Se ha discutido mucho, particularmente en el seno de asambleas constituyentes, acerca de la oportunidad de incluir el derecho de resistencia en el texto de la constitución (…). El hecho es que ya en el derecho de resistencia, ya en el Estado de excepción, lo que está en cuestión, en suma, es el problema del significado jurídico de una esfuerza de acción en sí misma extrajurídica” (Agamben 2014: 41).

Se está haciendo visible así, de manera tendencial, una lucha de clases menos posmoderna, con enfrentamientos más directos entre las clases, amén de una mayor discusión tanto acerca de estas medidas excepcionales como el debate sobre la “violencia” o las posiciones supuestamente “destituyentes” vinculadas al desborde, a la acción directa de las masas trabajadoras (ver a este respecto las jornadas de diciembre pasado en la Argentina o, la incipiente preocupación por la posibilidad, todavía remota, de una salida anticipada de Macri).

Por supuesto que, por lo demás, en el mundo coexisten muchos regímenes políticos variados. Las democracias burguesas con más bien características de los países imperialistas tradicionales, de Europa occidental y de una buena parte de Latinoamérica (aunque hay muchísimos matices). Sin embargo, si dirigimos nuestra mirada a China, Rusia, Pakistán y tantos otros países garndes, se apreciará a simple vista que sus regímenes son más bien bonapartistas, con o sin elementos de representación electoral.

Pero en cualquier caso, incluso en los países caracterizados por un imperio de décadas de la democracia burguesa, lo que se aprecia es una degradación de ésta, y ése es uno de los factores que hace al actual escenario de polarización, de tendencia al crecimiento de los extremos, del adelgazamiento del centro político: “Fue lo que ocurrió en Francia después que Manuel Valls, en su época de primer ministro, diera su apoyo a los decretos ilegales adoptados por determinados municipios contra el burkini [prenda para mujeres musulmanas. RS], descartando de un manotazo la opinión del Consejo de Estado (de ese modo, actuando anticipadamente como Trump): ‘El Consejo de Estado habla de leyes; yo hago la política’, situándose por encima de la Ley (¿puede hacerlo un primer ministro?)” (Rousset). Volveremos sobre esto. 

3.4 Trump contra el globalismo

Existe otro factor que hace a la polarización mundial: la creciente división en el seno de la burguesía imperialista, algo inexistente –al menos en esta proporción– en el período anterior. Se trata de una división que se anuda alrededor de la creciente crisis del consenso globalista: la aparición de pulsiones nacionalistas y/o nacional-imperialistas como subproducto de la crisis del 2008, y las crecientes tensiones geopolíticas: el retorno de la competencia entre Estados (que es lo mismo que decir el retorno de las fronteras nacionales).

El consenso mundializador neoliberal sigue dominando las instituciones supranacionales (Banco Mundial, FMI, OCDE, etcétera), incluso con un funcionariado burocrático burgués internacional que encarna la burguesía multinacional; una suerte de capa burguesa-burocrática supranacional globalista que incluye a muchos de los funcionarios de las instituciones multinacionales de más renombre. Pero el gobierno de Trump es la expresión más evidente –aunque más bien empírica– del cuestionamiento a este consenso. De ahí que, por lo demás, sea un gobierno minoritario (por lo menos, hasta ahora) de la burguesía yanqui; no parece que tenga el apoyo de la mayoría de la clase capitaista ni en EEUU ni en el resto de los países imperialistas. Sin embargo, cabe no olvidar el sugimiento de gobiernos nacionalistas/populistas en otros países imperialistas como Gran Bretaña o Italia, cada uno con matices propios. Parecen crecer los gobiernos imperialistas incómodos con el lugar de su país en el seno de la globalización y que desatan “pulsiones nacionalistas” y un cuestionamiento al statu quo globalista.

Así las cosas, no deja de ser paradójico que la presidencia yanqui esté encabezada por una administración que cuestiona el punto de vista todavía mayoritario, aunque en crisis creciente, de la burguesía imperialista: “Para los movimientos de extrema derecha en Europa, la victoria de Donald Trump aparece, antes que nada, como una buena noticia. ¡La prueba de que es posible romper con la ‘globalización’ por la derecha! Igual que rechazar a las ‘elites’ por la derecha” (Rousset).

Este punto de vista mayoritario admite crecientes matices si tenemos en cuenta las tendencias nacionalistas de gobiernos como el de Abe en Japón, que impulsa un rearme militar prohibido por la constitución, o la gestión de Theresa May en Gran Bretaña, que representa alguna versión del Brexit, se verá cuál; o ahora el nuevo gobierno populista de derecha en Italia, expresiones todas ellas de cuestionamiento al globalismo.

Un dato a ser anotado, entonces, es el crecimiento de los nacionalismos de gran potencia en varios de los principales países imperialistas, así como en China, Rusia, Turquía, Irán y otro conjunto de potencias regionales: “La finalidad última del nuevo nacionalismo chino es la recuperación de la gloria del histórico Gran Imperio, de modo que la propaganda sobre el ‘ascenso de China’ no contiene nada que sea progresista” (Rousset, “China. Ascenso y crisis emergente”).

En cualquier caso, la burguesía yanqui en su conjunto parece gozar de ciertos favores económicos con Trump (ver la inmensa exención impositiva en torno al 1 o 2% del PBI), sin perder vista, paralelamente, los sectores específicos a los que busca beneficiar y/o proteger de manera más directa como la industria del carbón (cuestionando los acuerdos de París), el arancelamiento a las importaciones de acero y aluminio (reafirmada en relación a la Unión Europea, China y Canadá, reunión de criris del G-7 incluida), la renegociación en curso del NAFTA (una región comercial de envergadura que incluye a EEUU, Canadá y México), entre otras medidas proteccionistas. Aunque The Economist no entiende por qué Trump le agrega demanda a una economía que ya estaba en crecimiento, quizá la respuesta no sea tanto estrictamente “económica” sino vinculada a lograr que el país vuelva a ser un lugar favorable a las inversiones capitalistas, una medida vinculada a los esfuerzos de “relocalización” económica.

En su segundo año de gestión, Trump parece haber logrado un pulso más asertivo y menos errático en su agenda nacional imperialista, como lo simboliza el reemplazo de Rex Tillerson por Mike Pompeo en la Secretaría de Estado. Ejemplo de esto son las medidas proteccionistas que parecen esbozarse (se verá si alcanzan para desatar una guerra comercial en regla), sumándole a esto el giro en política exterior vinculado a la salida de Estados Unidos del acuerdo con Irán, el traslado de la embajada yanqui a Jerusalén y, en sentido contrario, la detente ahora con Corea del Norte.

Esto último recién comienza, y la iniciativa del diálogo correspondió, en realidad, a Kim Jong-un y al nuevo presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, cuyo movimiento político de centro izquierda (aunque no rompe con los cánones del neoliberalismo) concede gran importancia a la cuestión nacional, es decir, la reunificación del país mediante la negociación. Moon se había opuesto al despliegue de baterías de misiles THAAD en suelo surcoreano, y desde su elección ha defendido la apertura del diálogo con Pyongyang (Rousset, “La inestabilidad geopolítico y la proliferación nuclear”). Además, atención, el régimen de Kim Yong-in no es puro dominio totalitario. Según el investigador Philippe Pons (citado por Rousset), si no hubiera factores de legitimación más allá del régimen stalinista, éste no habría sobrevivido.

Volviendo a la recuperación económica yanqui que está verificándose (sin resolver ninguno de sus problemas estructurales, claro está), ésta configura un punto de apoyo para que Trump aparezca algo más estabilizado, incluso manteniendo vivas sus esperanzas para las elecciones de medio término de este año: “Esto son más que cambios de personal [el reemplazo de Rex Tillerson y H. R. McMaster por Mike Pompeo y John Bolton. RS]. Le permiten a Trump desarrollar su políticas económicas proteccionistas que, más allá de todas sus incoherencias, viene siendo un elemento consistente de su pensamiento por muchas décadas” (Callinicos, “Trump gets serious”).

En cualquier caso, la división burguesa internacional es un hecho nuevo que llegó para quedarse. Si a Trump le sumamos Theresa May (en relación al Brexit) y el nuevo gobierno Italiano, incluso en el G-7 el balance entre globalistas y “proteccionistas/nacionalistas” aparece como muy inestable.

Y si a esto le sumamos las características específicas de China y Rusia como capitalistas de Estado, podemos tener una medida sencilla, gráfica, del profundo desarreglo que se expresa en el sistema mundial de Estados. Caído el acuerdo alrededor de la “agenda globalista”, se aprecia una proliferación de desacuerdos cruzados. Si Macron y Merkel (que viene sumamente debilitada) expresan la agenda globalista, dicha agenda choca evidentemente con la de Trump, en varios aspectos delicados con Theresa May y, si paradójicamente, en algunos puntos (como la globalización) coincide con China, geopolíticamente no es el caso, por no hablar de que también choca con Putin. El listado de problemas podría seguir extendiéndose dando cuenta del desorden mundial” imperante, una situación no vista desde finales de la II Guerra Mundial.

Así las cosas, existe un dato que se repite internacionalmente: la palabra “grieta” (división, polarización). Un escenario donde la burguesía está más dividida que en el período anterior (pre crisis del 2008) y sus gobiernos se muestran más agresivos (pero dialécticamente, más débiles también), con bases sociales y políticas más inestables; de ahí la recurrencia a medidas de excepción: el deslizamiento a crecientes rasgos bonapartistas.

Más allá de lo anterior, sin embargo, la globalización capitalista sigue dominando: no se han introducido aun modificaciones estructurales en ella. Además, las instituciones internacionales siguen atrincheradas en la defensa de esta fisonomía del mercado mundial. Es interesante volver a subrayar aquí la autonomización relativa de las jerarquías administrativas del imperialismo en relación a gobiernos como el de Trump, por ejemplo. Sin embargo, es un hecho que el consenso globalista está cada día más cuestionado, puesto a la defensiva, sin que quede claro todavía cuál será el desenlace de los desarrollos en curso.

Es claro que el de Trump es un gobierno defensivo respecto de la actual configuración del orden mundial, un gobierno de una potencia que parece haber perdido, de momento, la iniciativa estratégica. De ahí también que ensaye un “arbitraje bonapartista” (en cierto modo), porque tiene que pasar por arriba de acuerdos que estaban consagrados: “Sin duda alguna estamos presenciando un reordenamiento del centro del poder en el seno de la economía mundial, con la hegemonía de EEUU desafiada y visiones de un mundo más policéntrico. Trump y el ‘trumpismo’, definido en sentido amplio como una forma de populismo centrada en el proteccionismo económico y una inmigración más restrictiva, aparece como una reacción desde la derecha diseñada para agradar a trabajadores dañados por el aislamiento de los supuestos beneficios de la globalización economica” (M. Upchurch: cit.).

Con marchas y contramarchas, sumando incoherencias, Trump ensaya, de todos modos, una defensa del lugar de los EEUU en el mundo. Expresa a Estados Unidos “despertádose” del “sueño” globalista; asumiendo que lo ha perjudicado en ciertos aspectos: “Tomemos nota de que Trump tiene enfrente un problema al que Obama fue incapaz de dar respuesta: ¿cómo recuperar la iniciativa en Asia oriental después de haber dejado durante tanto tiempo la iniciativa a China? (…) La militarización en propio beneficio del mar de la China del Sur es un hecho consumado (…). La situación es más controvertida y fluida en Asia del Nordeste con el cara a cara belicoso entre Japón y China” (Rousset).2

La iniciativa de Trump en Corea (Norte y Sur) parece ir en ese sentido, más allá que no se sepa en qué va a deparar y de que su salida del Tratado del Transpacífico parece haberle dejado la iniciativa a China en materia comercial, lo que condujo, po ejemplo, al realineamiento de Duterte en Filipinas detrás de China cuando Filipinas era un tradicional vasallo de los EEUU en la región.

Lo anterior no quita que, internamente, el de Trump sea un gobierno ultra reaccionario y a la ofensiva (más allá de sus incoherencias), con mayoría en ambas cámaras; rasgos todos ellos coherentes con su ubicación internacional, aunque la división burguesa le pasa factura sin permitir afirmarse del todo. Un ejemplo de esto es la causa judicial armada alrededor de la complicidad de Rusia con su campaña electoral, que tiene como posible tipificación la de “traición a la patria”. Es una espada de Damocles de un juicio político en la eventualidad de que su gobierno pierda pie, lo que no es, de momento, la perspectiva más probable.

En síntesis: Trump ha logrado un curso más asertivo que no anula su al erratismo y al desorden (que expresa las tensiones contradictorias de los sectores burgueses, los Estados en competencia y las masas también): “Trump tiene motivos que la razón diplomática ignora. No conoce nada del mundo (más allá de los negocios) y no solicita la opinión de las embajadas o de los respectivos servicios de la Administración. Su acción política es errática; tras su elección, ha cambiado de opinión sobre la situación internacional, de forma brusca, más de una vez. Constituye un factor de inestabilidad, de imprevisibilidad, y los aliados de Estados Unidos en Japón, Corea del Sur o Australia son conscientes de ellos. El unilateralismo de los EEUU preocupa. Saben que la Casa Blanca puede tomar decisiones graves que los afecte sin consultarlos” (Pierre Rousset, “El desorden global”). 

  1. Los nuevos problemas

Aunque no se trate de fenómenos estrictamente nuevos, es real que constituyen “irrupciones” relativamente novedosas, en plena investigación y que requieren abordajes específicos, razón por la cual lo que sigue será una suerte de “guía de estudio” para estos temas. 

4.1 Las formaciones de extrema derecha “postfascistas”

Una cuestión a profundizar es la emergencia de nuevas formaciones de extrema derecha. En el último período han hecho su aparición universalmente. En los más variados países comienzan a emerger organizaciones de este tipo; formaciones muy distintas entre sí atendiendo a las historias nacionales y rasgos característicos en cada caso. En todo caso, aquí nos interesa responder a sólo uno de los elementos de la caracterización: cuán “fascistas” son las formaciones de extrema derecha. ¿Qué alcances y qué límites tiene el peligro que constituyen?

En términos generales, podríamos arrancar subrayando dos rasgos generales (distintivos también de la extrema derecha en el pasado): la traducción de cierto pánico a la pérdida de sus adquisiciones entre las clases medias (adquisiciones puestas en jaque por la globalización capitalista), así como también la orfandad política de sectores de la clase obrera; la falta de alternativas al mundo de hoy.

Estos rasgos se conjungan en el Front Nacional de Francia, que es una de las formaciones de extrema derecha más importantes en Europa. En el balotaje presidencial de abril 2017 alcanzó el 35% de los votos, su mayor cota histórica. También el caso del AfD (Alternativ für Deutschland), una organización antiinmigrante, islamófoba, apologista del nazismo, que ingresó en el Bundestag por la primera vez desde la posguerra con el 13% de los votos, transformándose en el tercer partido parlamentario, y que tuvo buena performance en las últimas elecciones municipales. No se trata de organizaciones con formaciones paramilitares (aunque hay grupos de extrema derecha en Francia con estas características, incluso provenientes del mismo tronco que el FN histórico, pero más bien marginales). Más bien, constituyen un fenómeno político y político-electoral.

De todos modos, su mera existencia configura un grave peligro que sería un crimen menospreciar; un fenómeno que expresa la polarización en un país de la importancia de Francia. Por otro lado, la tradición de extrema derecha en ese país es más que centenaria, con corrientes monárquicas, restauracionistas, reaccionarias, católicas, que vienen desde la Revolución Francesa, con hitos históricos como la campaña contra Dreyfus a principios del siglo XX o el gobierno de Vichy durante la ocupación nazi.

Las formaciones de extrema derecha han venido fortaleciéndose. Se han extendido internacionalmente (desde EEUU a las Filipinas, pasando por Italia, Francia, Alemania, países de Europa oriental, Medio Oriente, etcétera), expresando en muchos casos un cuestionamiento por derecha a la globalización. También se nutren de la bancarrota vergonzosa del neoreformismo tipo Syriza y la crisis de alternativas entre los trabajadores.

Para abordar este nuevo fenómeno es un desafío metodológico evitar las unilateralidades. Un primer error sería desentenderse de los peligros que entrañan. En las corrientes objetivistas, vulgares, que sólo ven las cosas yendo siempre e invariablemente “para arriba”, la desestimación de todo fenómeno que marque la gravedad de ciertos desarrollos es característica. Una de las tareas obligatorias de las corrientes revolucionarias es tomar en serio los peligros. De ahí que en la actual coyuntura poner en pie frentes únicos de lucha en las calles para enfrentar y derrotar a las formaciones de extrema derecha es una de las tareas privilegiadas. Junto con esto, se trata de hacer una campaña política sistemática alertando que son enemigos de los explotados y oprimidos.

Pero esta tarea requiere el esfuerzo simétrico de no impresionarse, apreciando en su justa medida los alcances y límites de estas formaciones. Cabe tomar nota de que, por el momento, en Europa occidental, EEUU y Latinoamérica sus desarrollos se dan centralmente en el terreno político y político-electoral: no se trata aún en general de formaciones lisa y llanamente fascistas, con cuerpos francos o grupos de asalto en las calles, si bien formaciones como Alba Dorada en Grecia o los grupos nazi fascistas del “sector derecho” en Ucrania sí organizan grupos activos de acción directa. Se trata, más bien, de fenómenos “adaptados” hasta cierto punto a los criterios de la democracia burguesa, que no movilizan sectores de masas. Pero que, de todas maneras, y atendiendo a la tendencia a una polarización creciente de los asuntos, constituyen un grave peligro que nos plantea estar alertas a su evolución ulterior.

De ahí que haya que actuar desde ahora para neutralizarlos y combatir en las calles y en el terreno de la conciencia sus “cantos de sirena” reaccionarios: su prédica antiinmigrante, sus ángulos misóginos y en contra la libertad sexual, su reivindicación de las fuerzas armadas, su discurso contra el islam, etcétera. Una batalla concreta es la que se presenta hoy en Brasil. Jair Bolsonaro, un ex capitán del ejército ultrarreaccionario, que va segundo en las encuestas y podría pasar a la segunda vuelta electoral (aunque difícilmente ganar la presidencia). Constituye un fenómeno nuevo, y no en cualquier país, sino en el más importante de Latinoamérica (algo sin precedentes a esta escala).

Al respecto, un artículo valioso pero impresionista es “Wilhelm Reich e o fascismo no presente” (de Michel Goulart da Silva, Blog Convergencia, Esquerda on line), que se excede al sugerir cierta “aproximación” entre los contextos de la Alemania nazi y el Brasil de hoy. Hace esto inspirándose en Michel Löwy, que afirma unilateralmente el carácter lisa y llanamente “fascista” de las formaciones de extrema derecha en Europa (“Diez tesis sobre la extrema derecha”). La nota aporta elementos para comprender las relaciones no mecánicas entre crisis económico-social y conciencia política: “Reich, analizando la Alemania pre nazi, recuerda que el trabajador no es ni nítidamente reaccionario ni nítidamente revolucionario, sino que está enredado en las contradicciones entre tendencias reaccionarias y revolucionarias”.

Para una apreciación equilibrada de estas formaciones tomaremos algunas definiciones del historiador Enzo Traverso. Se trata de un fenómeno que abarca situaciones muy diversas, entendiendo que experiencias como las de la extrema derecha integrista en Medio Oriente y Pakistán o la extrema derecha hongkonesa, son distintas en muy variables grados respecto de las de Europa o Latinoamérica.

Traverso establece una delimitación entre el fascismo clásico y los fenómenos actuales, a los que caracteriza como “posfascistas”. Subraya que el ascenso de las “derechas radicales” es uno de los aspectos distintivos de la actual coyuntura internacional. El ámbito específico de su investigación es EEUU y Europa. En este segundo continente, señala la necesidad de trazar una línea entre los países de Europa occidental y oriental. En los primeros, ubica el rasgo específico más característico en el rechazo a la inmigración y la creación del Islam como nuevo “demonio” (amén de los rasgos nacionalistas antieuropeos). En los segundos (salidos del antiguo “bloque soviético” luego del viraje de 1989), identifica la creación de condiciones para un renacimiento de los nacionalismos de preguerra de características fascistoides, anticomunistas e, incluso, antisemitas, amén de tocar también la cuerda antiimigrante). Ejemplo de esto son el partido húngaro Jobbik, el “Partido de la Gran Rumania”, Atak de Bulgaria, así como partidos similares en las repúblicas balcánicas y Ucrania, que se consideran “herederos de los movimientos nacionalistas y/o fascistas de los años 1930” (Lowy, “Conservadurismo y extrema derecha en Europa y Brasil”). Haciendo alarde de su voluntad de restituir en esos países una conciencia nacional (reaccionaria) reprimida durante cuatro decenios de hibernación “soviética”, gozan de cierta legitimidad en el seno de la opinión pública. Traverso insiste que el Viejo Mundo no había conocido un ascenso semejante de las derechas radicales desde la década de 1930.

Sin embargo, agrega que no le parece correcta la caracterización de estos fenómenos como lisa y llanamente “fascistas”. Los identifica, más bien, como posfascistas, subrayando la necesidad de trazar analogías pero también diferencias: “Pensar el fascismo hoy significa tomar en consideración las formas posibles de un fascismo del siglo XXI, no la reproducción de aquel que existió en la entreguerras”. El posfascismo extrae su vitalidad de las crisis económicas y del agotamiento de las democracias liberales que han conducido a las clases populares a la abstención electoral, y se identifican con las políticas de autoridad. Su ascenso, con todo, ocurre en un contexto muy diferente de aquel que vio nacer al fascismo en las décadas de 1920-30.

Otro autor afirma algo semejante: “El fascismo es un movimiento de masas organizado, e incluso armado, dispuesto a combatir al movimiento obrero (partidos y sindicatos) en la calle antes de tomar el poder, y de aplastarlo mediante una violencia masiva tras haber tomado el poder (instituyendo un Estado totalitario para hacerlo). La clase dominante no recurre a esta solución extrema mientras su dominación no haya sido amenazada por los trabajadores. No existe una amenaza así en los EEUU, hoy por lo menos” (Barry Sheppard, “El ascenso del trumpismo”).

El posfascismo está desprovisto del impulso vital y “utópico” de sus ancestros; está limitado por una temporalidad “presentista”. Lejos de ser o presentarse como “revolucionario”, el posfascismo es profundamente conservador. Se presenta como una “muralla” frente a los enemigos que amenazan a la “gente común” –la mundialización, el Islam, los inmigrantes, el terrorismo–, y sus soluciones consisten siempre en retornar al pasado: retorno a la moneda nacional, reafirmación de la soberanía, repliegue identitario, “protección a la gente humilde” que se siente “extranjera en su patria”, etc. El posfascismo no oculta su pasión por la autoridad: exige un poder fuerte, leyes de seguridad, la reintroducción de la pena de muerte, etcétera.

El problema en muchos casos es que las derechas radicales adquieren una suerte de monopolio de la crítica del “sistema”. Aunque, claro está, no son la opción 1, ni 2, de las elites dominantes. Para que lo fueran, deberían tener lugar un derrumbe de los Estados establecidos y la instalación de una inestabilidad permanente y generalizada. El hecho de que aparezcan como más “radicales” que la centroizquierda adocenada y reformista, atada a la legalidad, es un verdadero problema, porque ésta última ata las manos a los explotados y oprimidos en su acción (como la presentación de Lula ante la justicia sin llevar adelante una verdadera resistencia; una obra maestra del cretinismo institucional), y muchos de los sectores que se desmoralizan ante el deterioro de las condiciones de vida subproducto del capitalismo globalizado de hoy pueden entonces ser carne de cañón de las derechas radicales. En todo caso, está claro que el desborde de la legalidad y la democracia burguesa por parte de la izquierda revolucionaria tiene otros caminos y otras vías que las de la extrema derecha, como veremos más abajo.

En síntesis: una de las principales tareas de la coyuntura es combatir y seguir estudiando estas formaciones que parecen haber llegado para quedarse, y que podrían radicalizarse conforme los elementos de polarización muestren una tendencia a profundizarse, al desfondamiento del centro y el fortalecimiento de los extremos. 

4.2 La persistencia de la rebelión popular

Como contraparte del punto anterior hay que subrayar la persistencia de la rebelión popular. Aunque no se trate del fenómeno dominante hoy, esta persistencia –que se reitera una y otra vez– se evidencia en los cuatro puntos cardinales del globo: es la forma que asumen los desbordes sociales cuando la situación no da para más.

Por tomar ejemplos del último período tenemos los casos de las jornadas de diciembre en la Argentina, las explosiones populares en Nicaragua, Irán, Honduras, Armenia, Catalunya, Jordania, etcétera; todas circunstancias que muestran un conjunto de características comunes: la insurgencia desde abajo, su carácter popular masivo, sus banderas democráticas y económico-sociales, el hecho de que le cueste todavía asumir formas sociales de clase definidas (en el sentido de centralidad obrera, organismos de poder, partidos revolucionarios con influencia de masas y programas revolucionarios). En este sentido subrayemos que aun en ausencia de otros elementos de subjetividad, en el caso nicaragüense actual la aparición de formas de organización independientes, como sustitución de las intendencias y otros organismos oficiales, amén de cierta organización de autodefensa, es una característica presente y también visible en varios otros procesos.

Cuanto irrumpe la bipolaridad, aparece la rebelión popular. Apareció en Honduras contra el fraude electoral; apareció en Cataluña defendiendo el derecho a la autodeterminación; apareció en Irán contra la carestía de la vida; apareció en la Argentina en las jornadas de diciembre; por todas partes se evidencia la contratendencia al desafío desde abajo.

En la Argentina hubo en diciembre pasado una batalla campal con cientos de miles de trabajadores, jóvenes, mujeres, de compañeros y compañeras. El trotskismo y nuestro partido estuvieron a la vanguardia de la pelea con sus banderas. El gobierno tardó meses en reconstruir la Plaza Congreso.

La persistencia de la rebelión popular es un factor tal que sería ceguera política mayúscula perder de vista. Con ella se dan una serie de fenómenos progresivos, contratendencias en el concierto internacional: el movimiento internacional de mujeres, las nuevas generaciones militantes, el surgimiento de una nueva clase obrera, las luchas democráticas: “La clase obrera está afectada, pero no paralizada. Este último año se han producido en Estados Unidos movilizaciones de una amplitud sin igual desde hace mucho: la Women’s March del 20 de enero de 2017, las movilizaciones contra el decreto de Trump que prohibía la entrada en territorio americano a personas ciudadanas de siete países de mayoría musulmana y a las personas refugiadas, que han seguido a la derogación del programa que permite a las personas Dreamers, jóvenes sin papeles que entraron en los Estados Unidos cuando eran niños y niñas, trabajar y estudiar legalmente, las manifestaciones contra la extrema derecha tras los acontecimientos de Charlottesville, etcétera” (Entrevista con el sindicalista Sherry Wolf, “Un real potencial de resistencia”).

Desde ya que esto no niega el persistente bajón en las luchas obreras en Estados Unidos. Más allá del reciente ascenso de importantes luchas docentes, tanto en este país como en Inglaterra, es sintomático el fenómeno de la caída de los conflictos en los lugares de trabajo. Si entre 1947 y 1979 hubo un promedio anual de 303 huelgas “importantes” (que implican 1.000 o más trabajadores), esa cifra se hundió a 50 o menos desde los años 90 (Doug Henwood, “EEUU: La desaparición de la huelga”).

En Polonia, en la lucha en defensa del derecho al aborto, hace su aparición una nueva generación de mujeres y de la juventud en general, joven y “ultra joven” (al igual que en otros países). Niños y niñas que salen a militar. No son simplemente jóvenes: “Las movilizaciones más importantes han estado organizadas por militantes de diversos grupos y organizaciones (…), así como sinnúmero de no organizados, con apenas 20 años y bajando a las calles por primera vez” (Przemyslaw Wielgosz, “Ne pas galvauder la victorie remportée contre le régime”).

Es algo que apreciamos también en nuestra corriente: jóvenes de 17 o 18 años, una nueva generacion hace su entrada en escena. En Irán, entre el millar de personas arrestadas, el 95% eran menores de 25 años (Houshang Sépéhr, “Après le tremblement de terre, le tremblement social”).

El movimiento internacional de mujeres, la nueva generación militante, una generación joven y muy joven, el surgimiento de una nueva clase obrera en muchos lugares y, en especial, en los grandes centros de acumulacion capitalista hoy, son todos temas que deben profundizarse y que hacen a las inmensas potencialidades por delante.

Esta persistencia se anuda a otra cuestión también: las tareas democráticas y la necesidad de tener sensibilidad política respecto de ellas, sin sectarismo, sin perder de vista su potencialidad movilizadora y disruptiva en relación al giro reaccionario de los regímenes. Y, al mismo tiempo, la capacidad de conectarlas con el resto de las tareas económico-sociales y políticas, con la salida estratégica de la mano de la clase obrera.

Frente a la ofensiva reaccionaria y el ajuste, la combinación de planteos democráticos con reivindicaciones de los explotados y oprimidos tiene una potencialidad tremenda. Porque, además, muchas de las reivindicaciones democráticas y del movimiento de mujeres se encuentran en el centro de la escena en muchísimos países, a las que debemos vincular con las perspectivas de la clase obrera, con la perspectiva socialista, sin quedar como planteos democráticos aislados. Este ida y vuelta es el abc de la política revolucionaria en el actual período, que no se puede resolver mediante deslizamientos sectarios ni oportunistas, sino que requiere una síntesis que, como tal, siempre es global.

Profundicemos algo más respecto de la política hacia la democracia burguesa, un tema vital hoy tanto por las tendencias a socavar sus aspectos democráticos vía zarpazos reaccionarios como también por los peligros que exhiben muchas corrientes revolucionarias a la adaptación oportunista a ella.

Muchos analistas señalan que, debido a la irrupción de las derechas radicales, la democracia burguesa aparece más cuestionada desde la derecha que desde la izquierda. Tenemos la impresión de que esto es más complejo. Es verdad que se la desafía más abiertamente desde la extrema derecha que desde la centroizquierda, lo que deriva del cretinismo parlamentario y legalista de la centroizquierda, de su carácter de formaciones puramente electorales (Syriza) y/o su cretina profesión de fe institucional (Lula).

Por otro lado, no se pueden desconocer las presiones electoralistas y/o institucionales que genera el mayor peso político-electoral alcanzado por distintas expresiones de la izquierda revolucionaria en el último período, lo cual es una conquista que debe manejarse sosteniendo las enseñanzas históricas del marxismo revolucionario al respecto. En el caso europeo estas presiones se resuelven en una adaptación lisa y llana al régimen como es el caso de Anticapitalistas en el seno de Podemos; en países como Brasil y la Argentina las cosas son más complejas. En este último país, la izquierda trotskista conserva su fisonomía revolucionaria, lo que no niega que estas presiones también se hagan presentes en determinados casos; ver al respecto nuestra elaboración “Cuestiones de estrategia”.

Pero también es verdad que la extrema izquierda no puede “desafiar” de igual manera la democracia burguesa que la extrema derecha. Debe hacerlo de una manera que plantee la necesidad de que sea superada por una democracia superior: la democracia directa de los explotados y oprimidos desde abajo. Además, existe internacionalmente un elemento de desborde propio de las rebeliones populares; incluso dando paso a experiencias de un fragmentario poder alternativo como es últimamente el caso de Nicaragua, más allá de las confusiones en la conciencia popular.

Frente al giro a la derecha de los regímenes, no podemos salir a desafiarla de igual manera: somos campeones de la defensa de las conquistas democráticas frente a los zarpazos reaccionarios. Toda otra actitusd sería un desastre político. Pero el desarrollo de la experiencia, la lucha por esas tareas democráticas, puede abrir elementos de autoorganización. Ser campeones de las tareas democráticas puede llevar a acciones directas independientes, incluso con elementos de autodefensa. Y eso también es desborde de la democracia burguesa. No salimos a denunciar la democracia burguesa de la manera en que lo hace la extrema derecha, que cuestiona toda democracia. Pero impulsamos progresar en experiencias de acción directa que la superen.

Es por esto que siguiendo las enseñanzas de Rosa Luxemburgo y el bolchevismo, una tarea obligatoria de los revolucionarios es llamar a la desconfianza en el parlamento (¡una tarea más obligatoria aún si actuamos en él!). Insistimos en que la clave de las conquistas pasa por la calle. Buscamos desbordar las instituciones en la acción, en la puesta en pie de formas de organización alternativas.

Se trata de una tarea doble que pasa por combatir de manera implacable los “Estados de excepción”, los “golpes parlamentarios”, y acciones semejantes de socavamiento reaccionario de la propia democracia burguesa, al tiempo que impulsamos que la institucionalidad sea desbordada desde abajo, en la acción. 

4.3 Alertas estructurales de la barbarie capitalista

Más allá de los aspectos señalados, queremos enumerar aquí una serie de cuestiones a desarrollar posteriormente: las “alertas estructurales” de la actual dinámica capitalista, entre ellas las tendencias del sistema a la barbarie, que están profundizándose en estos comienzos del siglo XXI. Señalamos cuatro alertas estructurales: el problema ecológico, el migratorio, la desigualdad social creciente y el rearme militar. Esbozaremos someramente los dos primeros, dejando los otros para un próximo documento.

El problema ecológico es una cuestión cada vez más dramática. El cambio climático es cada vez más perceptible, como así también la imposibilidad del capitalismo de resolverlo. El capitalismo es un sistema competitivo cuyo objetivo es la ganancia; ése es su motor específico. En ese sentido, por más cumbres que se hagan, es difícil ir más allá de la retórica.

Esto se hace agudo con Trump en la presidencia de los EEUU; una figura portaestandarte del negacionismo climático y representante casi directo de sectores capitalistas directamente ligados a la polución ambiental (las industrias del carbón, del petróleo, del acero…). Simultáneamente con estos desarrollos, ha crecido en los últimos años la sensibilidad respecto de los problemas del cambio climático, bandera que están tomando los explotados y oprimidos en las más vastas regiones del globo. De ahí que también haya crecido, en la izquierda revolucionaria, la preocupación por esta dinámica adversa que se hace cada vez más central en la perspectiva de la humanidad en este siglo XXI, así como la elaboración teórica al respecto.

Existen dos premisas básicas, programáticas, al respecto. La primera es que, más allá de las presiones por “reformas”, parece evidente que en ninguna otra temática como en ésta la perspectiva revolucionaria se hace más necesaria, en la medida en que la cuestión climática cuestiona en su centro mismo la lógica de un sistema cuyo único vector es acumular ganancias sobre ganancias, sin importar si esto se hace sobre el cadáver de la humanidad y de la naturaleza.

Por lo demás, otro desafío programático de primer orden es cómo lograr que las reivindicaciones ecológicas combinen con los problemas de los trabajadores. Es decir, no oponerlas sino encontrar un ángulo que permita asumir la cuestión desde la clase trabajadora. Hay muchas tendencias ecologistas que tienden a escindir la problemática y a plantear la naturaleza por encima de las clases sociales. Se trata de una cuestión que, como otras no directamente clasistas, exige un esfuerzo de parte de los marxistas revolucionarios por evitar un reduccionismo sectario. Pero, también, no adaptarse a una presión posmoderna, que coloca a los trabajadores como “un tema aparte”, como si la problemática ambiental pudiera resolverse separada de las perspectivas de la revolución socialista.

De índole más teórica son los debates apasionantes alrededor de si hemos ingresado a una nueva era geológica (antropoceno o capitaloceno), caraterizada por la interacción de los seres humanos sobre la naturaleza. A nuestro modo de ver, el debate es útil a los efectos de entender que el actual desarrollo de las fuerzas productivas, en manos del capitalismo, tiene la potencialidad de revertirse negativamente sobre el planeta.

Aquí el problema no es el desarrollo de las fuerzas productivas como tales; el inevitable sustrato material de toda perspectiva emancipadora (socialista y comunista), sino en manos de quién están unas fuerzas productivas cuyas potencialidades liberadoras se multiplican, pero que también revierten contra la humanidad y la naturaleza en la medida en que no sean liberadas con la revolución socialista. Se trata, entonces, de una problemática que ha adquirido status universal, y que tenemos atraso en abordar.

Otro alerta estructural es la crisis migratoria. Desde Marx sabemos que los flujos de población siguen a los de la acumulación; las leyes de la poblacion están estrechamente vinculadas a las de la acumulación capitalista. Por eso, no es casual que los flujos migratorios sigan hacia los polos más fuertes y/o dinámicos de la acumulación capitalista. La barbarie en África, en Centroamérica y México, en el Este europeo, en Medio Oriente, lleva a millones a apilarse en la frontera sur de los Estados Unidos, a embarcarse en el Mediterráneo, incluso a buscar el territorio chino para encontrar una “salvación”, un futuro que no encuentran en su casa.

Son conocidas las catástrofes sociales y económicas de países como Honduras, Guatemala, México, los países del Norte de Africa, Siria, etcétera, que llevan a la expulsión de sus poblaciones trabajadoras. Por experiencia de la corriente y propia del autor, conocemos en profundidad la situación de Honduras, un país con su economía quebrada y uno de los tantos países donde el mayor ingreso de divisas proviene de las remesas de dólares del exterior; esto es, un país que lisa y llanamente exporta fuerza de trabajo.

Pero el drama no termina ahí. Debido a la permanencia mayormente ilegal en los Estados Unidos, las familias no pueden volver a reunirse. El padre (o la madre) va en busca de trabajo a EEUU y, como está ilegal, no puede retornar; no puede ir de visita a su país de origen. Y no estamos hablando de un par de años. Hablamos de circunstancias que cristalizan a lo largo de dos o tres décadas y, en el ínterin, poco queda de dicha familia. Son muchísimos los niños, niñas y adolecentes que no conocen a sus padres.

El fenómeno migratorio es connatural al capitalismo. Los flujos migratorios acompañaron a comienzos del siglo XX las historias de éxito de Estados Unidos o Sudamérica; las generaciones de campesinos irlandeses, españoles, italianos, etcétera, huyendo de sus países a “hacerse la Ámerica”. Tambien, los flujos migratorios desde Rusia y Europa oriental (población judía y no judía), hacia Europa occidental o América como un todo en la misma época. O, en la segunda posguerra, migraciones masivas como la turca para colaborar con la reconstrucción de Alemania, sin olvidar los países metropolitanos sedes de un gran imperio, como Inglaterra y Francia.

El tema actualmente es que con la crisis del 2008 se ha acentuado la restricción en los países de destino al arribo migratorio. Sus países y regiones expulsan anualmente cientos de miles o millones. Pero la crisis económico-social del capitalismo neoliberal globalizado ha dado lugar al ascenso de formaciones de derecha y extrema derecha, que hacen de los inmigrantes los chivos expiatorios de la crisis capitalista.

Esto es lo que ha planteado el tema en el centro de la agenda en los últimos años; se trata de una suerte de “olla a presión” donde los flujos migratorios se multiplican por la falta de expectativas de vida en sus países de origen. Y las naciones que deberían ser receptoras de estas nuevas poblaciones migrantes endurecen sus políticas de una manera que ha transformado al tema migratorio en uno de los aspectos de barbarie capitalista más característicos.

Está claro que el populismo de derecha y extrema derecha como el de Trump tiene este perfil reaccionario antiinmigrante como portaestandarte, en un país como EEUU donde la población de origen latino alcanza ya los 50 millones (su segunda población más importante). En otros textos abordamos esta cuestión característica del capitalismo de hoy, otro de los alertas estructurales de la barbarie capitalista y de este mundo que tiende a la polarización creciente bajo un sistema que toma como enemigos y rehenes a los inmigrantes. Una experiencia directa reciente de nuestra corriente con el tema es la participación en los “encierros” que están ocurriendo al cierre de esta edición en Barcelona. 

  1. Cuando se reinicia la experiencia histórica

Sería un error dar una definicion unilateral del actual ciclo mundial que perdiera de vista que, más allá de las dificultades, vivimos un reinicio de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos. El ciclo internacional está abierto. Sería un error cristalizar un proceso que no lo está, que supone un combate. Cuando le hablamos a la militancia, le hablamos a compañeros y compañeras que militan, que luchan. Y si uno se pone a llorar con la “derrota”, el retroceso, el giro a la derecha, no arma una corriente de luchadores: arma un club de llorones y lloronas. Porque toda lectura militante es interesada.

Si perdemos de vista los puntos de apoyo para pelear, si damos por cerrados procesos que están abiertos, desarmamos o justificamos cualquier cosa (lo más común es toda variedad de posibilismos), porque se habría “cerrado” la época revolucionaria. Así no se construye nada; se cae en el liquidacionismo.

El mundo está hoy en un movimiento infernal. No hay relación sociopolítica, geopolítica o social que no esté fluctuando, que esté solidificada: no hay nada cristalizado. No hay fenómeno o acontecimiento desencadenado: está todo desencadenándose: “La ‘fluidez’ es la cualidad de los líquidos y los gases (…), este continuo e irrecuperable cambio de posición (…) constituye un flujo (…). Hasta aquí lo que dice la Encyclopaedia Britannica, en una entrada que apuesta a explicar la ‘fluidez’ como una metáfora regente de la etapa actual de la era moderna”, nos dice Zygmunt Bauman en el prólogo a su famoso libro Modernidad líquida, atrapando un elemento de actualidad.

Se vive una acumulación de contradicciones. Nada está desencadenado; todo está desencadenándose. ¿Y cómo se hace para atrapar esa circunstancia en una definición dialéctica, dinámica? Veamos: “La arena más fluida en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es posiblemente la arena geopolítica. Ningún país llega, ni de cerca, a dominar esta arena. El último poder hegemónico, Estados Unidos, ha actuado durante mucho tiempo como un gigante indefenso. Puede destruir, pero no controlar la situación. Aún proclama reglas esperando que el resto [de los países] las cumplan, pero puede ser y es ignorado” (I. Wallerstein).

En muchos países las relaciones de fuerzas no están resueltas. En la Argentina, Francia e incluso Brasil, las relaciones de fuerzas siguen abiertas. Por ejemplo, la Argentina está ahora ante una nueva prueba de fuerzas con el ajuste brutal del FMI. Y en Francia pasa algo similar con el intento de Macron de liquidar el convenio ferroviario. En Brasil se vive una coyuntura reaccionaria, pero la reforma jubilatoria no pasó y el paro camionero introdujo una fuerte crisis en el gobierno de Temer.

La “bipolaridad” que venimos identificando, los fenómenos que rebotan a derecha e izquierda, atrapan una tendencia profunda que permite comprender mejor el mundo. Se trata de una definición más dialéctica que si afirmáramos solamente el “giro a la derecha”, o si definiéramos que “todo va para adelante”, como hacen las corrientes objetivistas. Atrapa una dialéctica de los acontecimientos que tiene su paradoja también, el hecho que nada se estabilice del todo, aunque no resuelva por sí misma la crisis de alternativas subsistente, que sigue siendo una grave hipoteca para los desarrollos.

Un análisis que no capte las tendencias y contratendencias de la actual coyuntura mundial fallaría por la base. Las coyunturas se hacen de temporalidades variadas; son una suma, una resultante particular, específica, momentánea, de muchas temporalidades superpuestas. El marxismo opera con varias escalas de tiempo combinadas. No es cuestión de una apreciación mecánica del “tiempo político”, sino de entender cómo se combinan las dimensiones temporales y espaciales, cómo se combinan los distintos planos de las relaciones de fuerza, desde las más históricas a las más coyunturales; cómo opera en cada caso concreto una síntesis de éstas (cf. nuestro Ciencia y arte de la politica revolucionaria).

A modo de ejemplo, volvamos sobre la extrema derecha en Europa oriental. Su proyecto nacionalista estaba vinculado al fascismo, pero se hundió con ´rste. Sin embargo, la degeneración stalinista alimentó sus raíces populares tanto con los horrores de los años 30 (la hambruna en Ucrania que costara la vida a 6 millones de campesinos, por ejemplo), como durante su dominio sobre estos países en la segunda posguerra.

Se superpone en ellos, entonces, una temporalidad que viene de esta experiencia histórica con otra que se forja hoy, contemporáneamente, en la vivencia del capitalismo neoliberal, dando como resultante el ascenso de estas formaciones “antiliberales” y “anticomunistas” de extrema derecha. Porque en estos países, si se quiere, el agujero negro de la crisis de alternativas es más profundo y dramático que en otros.

Se trata de una temporalidad larga vinculada a los desastres del Estado burocrático. Una temporalidad presente en la actual situación mundial, en muchos lugares. Por ejemplo, en Hong Kong con los movimientos nativistas antichinos. En este caso, subproducto de la degeneración burocrática de una revolución anticapitalista real.

En América Latina está la crisis de Cuba y la hipoteca que va a configurar Venezuela seguramente. Sin embargo, no se trata de una hipoteca que vaya a tener una profundidad similar, porque la vivencia de la degeneración burocrática fue generalizada en Europa oriental, la ex URSS y China. No obstante, cuidado con menospreciar los efectos adversos que está teniendo la bancarrota del chavismo: “Este discurso [sobre la catástrofe del chavismo y Maduro] ha calado muy hondo en grandes sectores sociales [de Colombia], la clase media e incluso en sectores más bajos económicamente, que temen que un gobierno diferente al autoritario y ‘defensor de las buenas costumbres’ [tipo Uribe] les expropie sus pocos enseres” (“Colombia. Las elecciones presidenciales”, John Castellanos, www.socialismo-o-barbarie.org).

Se combinan temporalidades distintas, tendencias y contratendencias. Pero el abordaje escéptico sólo ve las tendencias adversas y no logra descubrir las contratendencias dinámicas; la inmensa riqueza del actual despertar de los explotados y oprimidos. Son contratendencias en varios órdenes. El surgimiento de una nueva clase obrera masiva en vastas partes del globo es una de ellas. La aparición de una nueva clase obrera como factor material no se traduce, mecánicamente, en una “clase para sí” con conciencia y organización independiente, como estableciera clásicamente Marx. Pero una clase obrera con 200 o 300 millones (China) plantea una potencialidad estratégica. Hay que ser materialistas: la experiencia, a través de mil y un caminos, forja, puede forjar, la conciencia.

China es una paradoja tremenda, una revolución anticapitalista que crea las condiciones de un éxito capitalista. Una de las cuestiones más apasionantes hoy en China es la recreación de un proletariado universal. No existe creación mayor de un proletariado a comienzos de este siglo XXI. Aquí se podrán sumar luego otros países como India e, incluso, un continente que se anticipa va a concentrar un proletariado descomunal, África. Pero hoy ese desarrollo pasa centralmente por China

La dinámica de la acumulación capitalista recrea un proletariado que es imposible que sea, en términos históricos, un autómata. Son trabajadores que viven, sufren, pelean, van acumulando experiencias, sacando conclusiones. “Todo ser humano es filósofo”, decía agudamente Gramsci. Es decir, va haciéndose una composición de lugar. Y ésa es la base material del reinicio de la experiencia que estamos viviendo. Porque se trata de seres humanos que luchan, que empiezan a evaluar críticamente sus condiciones de existencia.

Y son cientos de millones, lo que es un problema estratégico de magnitud: “Nuestro foco es la creación de una clase obrera china en un régimen laboral de dormitorio. La enormemente concentrada naturaleza de la espacialidad del trabajo y la residencia se tranforma en un campo de batalla para luchar por sus derechos” (Jenny Chan y Ngai Pun, “The Spatial Politics of Labor in China: Life, Labor, and a New Generation of Migrants Workers”, www.reserchgate.net).

Perder de vista estas potencialidades sólo puede llevar a una recaída en análisis derrotistas: “Lo más que obvio es que los y las revolucionarias no nos encontramos en un momento de optimismo. Lo que queda del movimiento obrero no se encuentra a la ofensiva revolucionaria, sino más bien en una posición de defensismo brutal tras décadas de derrotas. Las experiencias sobran, pero se han traducido en lecciones negativas para las clases populares, no en avances de conciencia y organización” (Ernesto M. Díaz, en Viento Sur).

¿Ninguna acumulación de experiencias? ¿Sólo enseñanzas negativas? Se trata de un abordaje unilateral, derrotista, justificador de las orientaciones oportunistas que hacen parte de la mayoría de la IV mandelista; un abordaje equivocado y completamente ciego a la acumulación de experiencias que ha comenzado en las últimas décadas, que se expresa en las tendencias a la rebelión popular. La tarea que tenemos por delante es la contraria: recrear una comprensión del mundo que sirva para pelear. 

  1. La pelea por la conciencia de las nuevas generaciones

Nada de lo anterior significa que estemos frente a tareas sencillas. Un elemento a abordar es la pelea por las conciencia de las nuevas generaciones: ¿cómo reestablecer el hilo de continuidad con las luchas del siglo pasado? Ocurre que con el giro al nuevo siglo, muchos de los vasos comunicantes con la experiencia del siglo pasado se rompieron. Y no se trató de cualquier experiencia, sino de la epopeya del siglo más revolucionario de la humanidad. Un siglo donde comenzó a abrirse la puerta hacia la transición socialista, que guarda un tesoro de experiencias sin igual, que deben ser recuperadas críticamente en la pelea por relanzar la batalla por el socialismo.

Este fenómeno podríamos identificarlo con la pérdida de “conciencia histórica” que se aprecia entre las nuevas generaciones: el “cretinismo histórico” de las nuevas camadas que están protagonizando el recomienzo de la experiencia de lucha. El fallecido historiador Eric Hobsbawm, el antrópologo Marc Augé, Enzo Traverso y muchos otros autores dan cuenta del fenómeno: la ruptura en la continuidad de la experiencia respecto de las luchas y vivencias de las generaciones pasadas. El pasaje del siglo XX al XXI constituyó una suerte de “borrón y cuenta nueva” en materia histórica, un fenómeno que se resuelve en la adoración del presente como única dimensión de la temporalidad, una suerte de abolición de la historia misma: “El hombre actual vive en una especie de hipertrofia del presente”, afirma Marc Augé.

La base material de esta ruptura en la experiencia la podemos encontrar en dos dimensiones que no son idénticas pero tienen una relación dialéctica. Con la mundialización económica, las deslocalizaciones fabriles, el desarrollo de un nuevo proletariado en China y, en general, en los nuevos centros de acumulación capitalista, lo que se aprecia es una ruptura de la experiencia transmitida en los lugares de trabajo. Traverso diferencia el concepto de “experiencia transmitida” (la que pasa de una generación a otra) del de “experiencia vivida” (la que un sujeto experimenta en tiempo presente).

Desde ya que esta dimensión no es absoluta; existen múltiples ejemplos donde la experiencia se transmite. Sin embargo, el desempleo de masas que campea en muchos países, sobre todo entre la juventud, alteró la transmisión “normal” de la experiencia en los lugares de trabajo e introdujo un hiato en ella en múltiples planos, desde el “saber hacer” laboral, hasta las experiencias de lucha y organización.

Pero junto con este fenómeno “material” nos interesa abordar también lo que podríamos llamar el corte en la transmisión de la experiencia histórica. Desde la caída del Muro de Berlín se cortó la memoria histórica respecto de las luchas emancipadoras del pasado, que fueron arrojadas al tacho de basura del “totalitarismo”. Es obvio que en cada país o región esta circunstancia es diversa. Es más aguda, sin duda alguna, en aquellos países que pasaron por experiencias no capitalistas, cuya población no encuentra forma de darle unidad a las vivencias del siglo pasado.

Traverso es agudo cuando señala que las vivencias en la ex URSS, la memoria histórica de la vida, se ha fragmentado: “La memoria del stalinismo es profundamente heterogénea, porque es a la vez memoria de la Revolución y del Gulag, de la ‘gran guerra patriótica’ y de la opresión burocrática” (El pasado, instrucciones de uso). Esta “heterogeneidad” de la memoria es a la vez causa y consecuencia de esa falta de unidad, de síntesis de la experiencia.

El autor de este informe hizo años atrás una experiencia respecto de esta “memoria heterogénea” que no encuentra síntesis hablando con un taxista en la ciudad de Cluj, Rumania. Al interrogarlo sobre Ceaucescu, el último dictador al frente del país bajo el Estado burocrático, la respuesta fue de repudio. Pero a la hora de contestar acerca de cómo era la situación económica, el taxista respondió que era “mejor que hoy”…

Un problema similar se observa en China. Una conciencia nostálgica de las viejas “seguridades” (laborales y otras) se encuentra entre los trabajadores estatales jubilados que gozaron de amplios beneficios antes de ser despedidos en masa con el paso al capitalismo. Ahora bien, entre las nuevas generaciones no parece haber rastro de esto. Cómo está integrada la experiencia de la China no capitalista en su “conciencia histórica”, es difícil saberlo (aunque Au Loong-Yu subraya el desprestigio del maoísmo).

Una cuestión es clara: el peso del elemento nacionalista en China emerge como una forma de “conciencia sustituta” para la burocracia del PCCh. La conciencia nacionalista fue un rasgo característico de China a lo largo de todo el siglo pasado; un rasgo progresivo en tanto China estaba sometida, más allá de que el maoísmo lo utilizara para opacar la conciencia de clase, propiamente socialista. Pero ese rasgo hoy no tiene que ver hoy día con un país dependiente y semicolonial, sino con un “imperialismo en construcción”, lo que es muy diferente.

El interrogante es cómo integrar los elementos no capitalistas y/o “igualitarios” heredados de la revolución de 1949 (bajo la camisa de fuerza y las deformaciones introducidas por la burocracia maoísta), con las vivencias y conciencia del presente de un inmenso proletariado de 400 o 500 millones de miembros sometidos a condiciones de súper explotación, pasaportes internos (hukou), y la ausencia de derechos de sindicalización: “La creación de un sistema laboral dual vino propiciada por el régimen del hukou, un mecanismo de asignación de residencia bastante antiguo, anterior incluso a la revolución de 1949, en que los individuos se clasifican como residentes rurales o urbanos (…). El análisis que realiza Au Loong-Yu de la lucha de clases en la era posterior a Tiananmen, se centra en la continuidad del sistema hukou como factor de división de la clase trabajadora [¡factor de división que prosiguió durante el maoísmo! RS]. El sistema hukou, o registro de domicilio, tiene una historia de más de 2.000 años en China, habiéndose creado en la época imperial como medio de control social” (Rousset: “China. Ascenso y crisis emergente”).

En todo caso, si esta no integración de la conciencia histórica ocurre en los ex países no capitalistas, el fenómeno se extiende y generaliza entre las nuevas generaciones forjadas en un capitalismo sin contendiente social. De ahí la pérdida de “dimensión histórica” con la que se vive; la crisis de alternativas en medio de la cual emergen a la vida política las nuevas generaciones: “Durante muchos siglos, el tiempo fue portador de esperanza. ‘Del futuro los hombres esperaron serenidad, evolución, maduración, progreso, crecimiento o revolución’. Pero eso se terminó. Para el antropólogo Marc Augé, en las últimas tres décadas, el porvenir prácticamente ha desaparecido: ‘un presente inmóvil se abatió sobre el mundo, desmantelando el horizonte de la historia’” (La Nación, 22-5-15).

La pelea por el relanzamiento de la perspectiva socialista en este nuevo siglo no es una abstracción, sino una muy concreta necesidad para que las nuevas generaciones se eleven más allá del posibilismo; para que la “bipolaridad” encuentre una perspectiva política transformadora; para la reconstrucción de una conciencia socialista de los explotados y oprimidos. 

  1. La izquierda: ¿partidos “amplios” o partidos de vanguardia?

Veamos ahora la cuestion de las nuevas formaciones reformistas, que hemos abordado en otros documentos. Podría decirse que están presentes como contracara o expresion bipolar de las formaciones de derecha y extrema derecha. Sin embargo, no están en un momento de proyección exitosa como la de algunos años atrás; pesa la derrota de Syriza, el hundimiento ignominoso de todas y cada una de las expectativas que había despertado.

De todas maneras, Corbyn en Inglaterra, Sanders en Estados Unidos o Podemos en España siguen siendo “historias de éxito”; el grado de radicalización de amplios sectores de vanguardia no ha llegado al punto ya de que sean fácilmente desbordables por la izquierda.

Sin embargo, nos interesa aquí dedicarnos a la problemática de las organizaciones revolucionarias. El reciente congreso del mandelismo ha ratificado la construcción de “partidos amplios” (sin delimitación entre reforma y revolución), bajo el eufemismo de “partidos que sirvan a la lucha de clases”, como si los partidos de vanguardia no sirvieran a tales efectos o fueran puramente “propagandísticos”.

Esta afirmación es una falsedad completa. La orientación que viene siguiendo esta corriente desde los años 90 no solamente está basada en premisas falsas, sino que es un total fracaso. La premisa falsa es la afirmación de que como la época actual “no sería revolucionaria”, no tendría caso construir partidos de vanguardia. Pero esta premisa no solamente es equivocada, sino que el mundo que viene es difícil imaginárselo como sin crisis, guerras y revoluciones. Creemos haber demostrado en este texto que las premisas materiales y políticas para un escenario de ese tipo están creciendo.

Por lo demás, tampoco es cierto que estos partidos reformistas son “útiles” a las luchas de los explotados y oprimidos. La velocidad de su adaptación a las reglas de juego del sistema es pasmosa y, por lo demás, no está demostrado que de estos partidos estén emergiendo alas izquierdas. Las realidades no son todas iguales; algunas experiencias, como el caso del PSOL en Brasil, están cumpliendo un rol mediador progresivo. Pero el problema no son las tácticas que en cada caso correspondan para una construcción revolucionaria, sino haber renegado estratégicamente de la construcción de organizaciones revolucionarias.

Se trata de una definición que separa la construcción actual de las perspectivas de una organización revolucionaria y que, por lo tanto, niega estratégicamente la pertinencia del partido revolucionario, lo que es una unilateralidad completa y, quizá, el peor error de esta corriente internacional que, constructivamente, sigue abocado a una orientación liquidacionista. Está claro que las cegueras analíticas a reconocer las potencialidades que entraña la situación mundial se trasladan a la orientación política y constructiva

Esos supuestos partidos “útiles a la lucha de clases” no demuestran serlo; mientras tanto, países como la Argentina son laboratorios de una construcción exitosa de partidos de vanguardia revolucionarios, como es el caso ya señalado del FIT y el Nuevo MAS. Pero incluso en otros países se muestran éxitos en la construcción de organizaciones revolucionarias, hasta por el hecho de que todas las formaciones neoreformistas están en el lodo del posibilismo, lo que abre oportunidades constructivas en todas partes.

Más allá de que la Argentina sea un país político por antonomasia (Francia también, pero el NPA va de crisis en crisis), con enormes tradiciones de lucha y muy favorable hoy a las corrientes de la izquierda revolucionaria, tampoco creemos que sea un “exotismo”. La misma fluidez de los desarrollos, la misma fragilidad en las identidades políticas, la misma “porosidad” que demostró una campaña electoral como la de Philippe Poutou en Francia muestra que crece el espacio político y las posibilidades para la izquierda revolucionaria. También en países del mundo anglosajón se manifiesta este fenómeno, aunque de manera más fragmentaria. Hay un arco iris político que va desde el “progresismo”, el nuevo reformismo más de derecha, al reformismo más de izquierda. Y el reformismo más de izquierda (podría ser el caso del PSOL) se empieza a “solapar” con las corrientes revolucionarias.

Otra cosa es el caso del NPA en Francia. Se trata, finalmente, de un partido trotskista con tendencias, en crisis pero que no ha desaparecido. La campaña presidencial de Philipe Poutou fue exitosa, aunque tuviera pocos votos. En este terreno existe en Francia un problema que no hay en la Argentina: el sistema electoral, mucho más restrictivo, hace casi imposible consagrar diputados, lo que a su vez impide cristalizar relaciones político-electorales. De esto aprendimos muchísimo en la Argentina, donde se está acumulando una experiencia estratégica para el trotskismo sin antecedentes en las últimas décadas, quizá actualmente la experiencia más importante del trotskismo internacional, con mayor acumulación de experiencias.

Entonces, existe en la actualidad una mayor “porosidad” para la izquierda revolucionaria, aunque es verdad que debe haber una “acumulación primitiva trotskista” para poder aprovecharlo. Sin acumulación previa, no se puede aprovechar el fenómeno. Además, hay que saber apreciar las tendencias dinámicas de la realidad. Sin eso, lo que se tiene es un arco que va del derrotismo al liquidacionismo (un peligro real para muchas corrientes en la actualidad, y no sólo europeas).

Alertamos frente a una lectura unilateral de los desarrollos, que enfatice los elementos de retroceso existentes (que son reales), pero pierde de vista el reinicio de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos que se está viviendo, así como también la acumulación de experiencias que significa el ciclo de rebeliones populares. Si sólo se ven derrotas, se renuncia a la construcción de partidos militantes, revolucionarios. Pero si se aprecian los desarrollos estratégicamente, la construcción de fuertes partidos de vanguardia centrados en la lucha de clases es una tarea actual. 

  1. Prepararnos para una lucha de clases más dura

Veamos ahora las cuestiones de orientación. Uno de los aspectos que se desprenden del informe es preparar a la corriente para el escenario de una lucha de clases más directa, más polarizada. Está por delante una combinación más rica entre la mediación electoral (en la cual hay que participar obligatoriamente) y la lucha de clases directa.

En cierta medida, corresponde alertar que este escenario implicará una suerte de “choque” entre la nueva generación militante y la lucha de clases. La nueva generación quizá reguee un poco por detrás si las cosas se ponen duras, dado que está aún determinada por el influjo del posmodernismo, del contexto “light”, de un mundo que es actual, pero que está quedando atrás. Esta nueva generación, “de repente”, se verá enfrentada con un escenario de grandes choques de clases. Esto tendrá, simultáneamente, el valor estratégico de configurarse como una forja militante real que ya están viviendo nuestras organizaciones, configurándose cada día más como una militancia aguerrida, militante.

El desafío de la orientación es sostener nuestra sensibilidad con los nuevos fenómenos, el movimiento de mujeres, las nuevas generaciones militantes, las tareas democráticas, reafirmando a la vez un trabajo de largo aliento, estratégico, por hacer pie entre porciones crecientes de los trabajadores (entre las nuevas generaciones obreras).

Otro plano de esto mismo es la combinación de las tareas político-electorales (legalidades nacionales, figuras, medios), de enorme importancia hoy para la proyección política de nuestro partidos a más amplios sectores, al tiempo que preparamos a la militancia para un escenario de lucha de clases más duro, más directo. La corriente y el partido deben asumir las tareas democráticas y electorales sin ningún sectarismo, junto con pasar a la acción directa en cada caso que corresponda; no existen compartimentos estancos entre ambos planos.

Dentro de este contexto hay una serie de cuestiones a establecer. Una, la importancia de las tareas democráticas.

Dos, la sensibilidad con los fenómenos dinámicos (el movimiento de mujeres, las cuestiones de la juventud). Tres, la unidad de acción para enfrentar los ajustes y zarpazos reaccionarios. No hay que ser sectarios; hay que saber practicar la unidad de acción cuando corresponda, al igual que el frente único, aunque éste sea más complejo y requiera una elaboración específica que aún nos debemos.

Cuarto, la apuesta estratégica hacia la nueva generación obrera implica participar en todas las experiencias de la nueva generación trabajadora, como es el caso de la experiencia acumulada por nuestra corriente en la Argentina en durísimos conflictos como Gestamp, el neumático y muchísimos otros. Esos conflictos plantearon la recuperación de los métodos de lucha históricos de los trabajadores y la importancia estratégica de la democracia obrera, importancia desestimada por las demás corrientes.

Quinto, es necesario participar en las elecciones y buscar la legalidad nacional de nuestros grupos allí donde ya estemos maduros para dar ese salto. Y parte de esto mismo es tener acceso a los medios de comunicación de masas. Se trata de un vehículo fundamental para salir del ostracismo, de la marginalidad; hasta cierto punto los medios “reemplazan” el no tener parlamentarios. Sin figuras políticas, elecciones y medios, no se sale del ostracismo. Este rubro es de una potencialidad inmensa hoy para la izquierda revolucionaria, porque proyecta una “sombra” con un alcance mucho mayor de lo que llega el trotskismo en forma organizada (y al mismo tiempo debe ser, obligatoriamente, una palanca para nuestra construcción orgánica). Esto tiene que ver con el mundo de hoy, con la búsqueda de nuevas figuras. Una renovación que, si bien no es de clase, puede ser encarnada por jóvenes figuras de la izquierda como es, en el caso del Nuevo MAS, Manuela Castañeira, un caso de éxito ascendente. Son cuestiones que requieren un abordaje que no sea idiota ni sectario, con sensibilidad política y que, al mismo tiempo, no pierda de vista que se viene una lucha de clases más dura, más directa, para la cual debemos prepararnos (ver al respecto la extraordinaria participación del partido argentino en las jornadas de diciembre en Buenos Aires).

Sexto, dar continuidad a la elaboración marxista de la corriente; que se ha ganado un lugar de privilegio entre ellas y está aportando angulos reales a la reflexión estratégica del marxismo revolucionario. Existe un cierto revival de la elaboración marxista; los centenarios y bicentenarios se suceden y son ocasión de reelaboraciones, discusiones, debates. Incluso Internet está contribuyendo a esto, al facilitar un mayor intercambio entre elaboraciones de diversos países y regiones.

En fin, se trata de un conjunto de tareas en un contexto apasionante que plantea a las corrientes revolucionarias la posibilidad concreta de ir a un salto histórico en nuestra experiencia si logramos llevar a cabo una construcción revolucionaria, militante. 

  1. Hacia un fortalecimiento de nuestra corriente

Antes de terminar nuestro informe queremos reiterar una cuestión de enorme importancia invisibilizada en otras corrientes: donde el trotskismo hace pie, se abre un espacio político inédito. Posiblemente ésta sea una visión sesgada por la Argentina, pero también es probable que refleje algo más universal, que sea otra de las contratendencias en obra. Existe una “porosidad” novedosa para la izquierda revolucionaria, algo que es parte de este fenómeno de bipolarización a derecha e izquierda.

Está claro que en la Argentina se trata de un fenómeno categórico. Las figuras del trotskismo argentino: Nicolás del Caño, Néstor Pitrola, Miriam Bregman, Manuela Castañeira y otras son conocidas y respetadas, con un lugar bastante destacado en la arena política y una presencia literalmente cotidiana en los medios masivos de comunicación.

Claro que la presencia política y electoral no tiene igual peso en materia orgánica. Existe una enorme desigualdad entre la “sombra” que se proyecta en materia de medios o político-electoral y la construcción real en el seno de la clase obrera. Pero aun así es un hecho que la izquierda argentina está a la vanguardia de la mayoría de las causas que emergen desde abajo; que vive un proceso de acumulación constante que no se ha cortado y que no ha tenido derrotas de significación en la última década y media. Sí ha tenido derrotas, sobre todo en el seno de la vanguardia obrera, pero no puede decirse que signifiquen la quiebra de la experiencia en curso. Han sido, más bien, fuertes retrocesos, pero que no coartan en general las posibilidades de acumulación de fuerzas en el seno de los trabajadores.

En todo caso nuestra corriente internacional viene fortaleciéndose en todas partes donde está asentada; cada grupo muestra progresos a partir del punto de partida de su desarrollo. Existe un sinnúmero de elementos que abonan y demuestran ese avance, desde la maduración teórico-política y estratégica de la corriente a una acumulación de experiencias en variados planos.

La experiencia constructiva del Nuevo MAS en la Argentina, que, arrancando de muy atrás respecto de las ptras fuerzas de izquierda, se viene afirmando cada vez más política y constructivamente, con una personalidad propia, aparece como evidente para cualquier apreciación objetiva. La figura de Manuela Castañeira, la experiencia de Las Rojas, la nueva generación militante, la extensión nacional del partido, las valiososimas experiencias realizadas en la recomposición obrera, el conjunto de aciertos políticos, son elementos destacables de un partido que está acumulando condiciones para un salto cualitativo.

A su nivel, algo similar ocurre en otros núcleos de nuestra corriente internacional, como es el caso del NPS en Costa Rica, Socialismo o Barbarie Brasil y SoB Europa (España y Francia), donde en cada caso los grupos parecen acercarse a un nuevo umbral de desarrollo. Incluso en un país tan duro como Honduras el núcleo de nuestra corriente se está consolidando.

La elaboración de este número doble de nuestra revista es la expresión de una creciente maduración teórica y estratégica de una corriente que se está fortaleciendo a ojos vista, y apunta a constituirse en una corriente internacional de verdadera importancia en el mediano plazo. 

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  1. La cita completa se refiere a Francia y reza así: “¿Dirías que estamos siendo testigos no simplemente de una derechización sino de una polarización de la sociedad francesa, como hemos visto en otros lugares? ‘Totalmente. La tendencia dominante es la polarización y a un nivel de tensión sin precedentes en la sociedad francesa en las últimas décadas. Si lees la prensa, te das cuenta de que hay mucho enojo y han aparecido divisiones encarnizadas, incluso en familias o entre amigos’” (Feyzi Ismail, “Entrevista a Stathis Kouvelakis sobre Macron, Le Pen, la crisis social y la izquierda”). P5
  2. Muchos de los desarrollos en los asuntos humanos son no intencionales (o en contra de las intenciones iniciales). Si está claro que la globalización benefició a los EEUU durante un largo período, las fuerzas económicas, sociales y geopolíticas puestas en acción, y que ningún gobierno (por más fuerte que sea) puede controlar, pueden revertirse, posteriormente, contra aquél que las puso en marcha o les dio vía libre. Esto es lo que parece estar ocurriendo hoy con Estados Unidos en materia económica y geoestratégica. P15
  • Publicaciones de la corriente SoB

  • Elaboraciones estratégicas de la corriente SoB