Por Ale Kur. SoB 483, 23/8/18.

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Turquía: una crisis de impacto internacional

Por Ale Kur

En las últimas semanas, los medios periodísticos vienen señalando el fuerte impacto internacional que está teniendo la crisis turca, en especial en la –ya muy golpeada- economía argentina. A esto hay que sumarle también sus efectos nocivos en la economía de países como la India, y en la propia Unión Europea y su zona euro. En esta nota queremos retomar algunos de los aspectos de dicha crisis.

En primer lugar, es necesario señalar que la economía turca ya viene acumulando elementos de deterioro hace bastante tiempo. Turquía es uno de los países más endeudados, acumulando una deuda externa de 467 mil millones de dólares. Gran parte de esta deuda corresponde al sector privado, es decir, a las empresas y a la banca turca, que de esa manera quedan enormemente expuestos a los vaivenes de la economía internacional. Por otra parte, la economía turca es fuertemente dependiente de los flujos de inversión extranjera, ya que gran parte de su aparato productivo está en manos de capitalistas de las grandes potencias.

La suba de las tasas de interés de EEUU hace algunos meses atrás -y la consiguiente apreciación del dólar frente al resto de las monedas del mundo- provocaron entonces un fuerte impacto en la economía turca, haciendo que la moneda local, la lira, se devalúe fuertemente (acumulando una caída del 40% en 6 meses). Los flujos de inversión se retrajeron y el conjunto de la actividad económica entró en una espiral decreciente. La inflación se disparó también en consecuencia, alcanzando niveles muy elevados. Se aceleró la fuga de capitales y aumentó el riesgo de un impago de la deuda.

Este proceso fue acelerado en las últimas semanas por una decisión política por parte del gobierno norteamericano. Donald Trump anunció la suba de los aranceles a la importación del acero y aluminio proveniente de Turquía, duplicando su monto. Se trata de un misil económico que busca deliberadamente castigar al gobierno turco. La razón es que Turquía mantiene encarcelado, desde 2016, a un pastor evangélico norteamericano (Andrew Brunson), acusándolo de ser parte del intento de golpe de Estado que se llevó adelante en julio de dicho año. También se le acusa de colaborar con la guerrilla kurda y de otras “ofensas” políticas genéricas contra el gobierno.

Por su parte, Turquía acusa a EEUU de haber colaborado con el intento de golpe, especialmente debido a su negativa a extraditar al clérigo musulmán Fethüllah Gülen, señalado por el gobierno turco como principal instigador de la tentativa golpista.

Junto a estas diferencias, los gobiernos de ambos países vienen distanciándose hace años a causa de la guerra civil siria. En ella, el gobierno norteamericano (durante el mandato Obama, pero continuando también bajo Trump) decidió intervenir en apoyo de las milicias kurdas YPG-YPJ en su lucha contra el “Estado Islámico”. Pero dichas milicias son detestadas por el gobierno turco, por su afinidad con las guerrillas kurdas del PKK en el propio territorio de Turquía.

En este marco, el gobierno turco encabezado por el islamista Erdogan viene llevando adelante un alejamiento con respecto al “eje occidental”, y acercándose a sus rivales Rusia e Irán. Junto con ellos, Turquía viene negociando una salida a la guerra civil siria (es decir, un reparto del botín), excluyendo de las negociaciones a EEUU.

A todo esto hay que sumar el gran malestar en las potencias occidentales por la creciente deriva autoritaria de Erdogan, que sometió a la sociedad civil turca con puño de hierro. Las libertades democráticas fueron fuertemente cercenadas, llegando al borde de su eliminación. Todo esto al servicio de una agenda islamista y nacionalista, profundamente conservadora, racista (especialmente hacia la minoría kurda) y expansionista. Todo esto llevó a fuertes cruces verbales entre los funcionarios del gobierno turco y los políticos de la Unión Europea, aumentando las tensiones.

Toda esta situación implica una gran paradoja: un conflicto político a gran escala al interior de la propia OTAN, alianza militar de la que Turquía forma parte. Peor aún, un conflicto con su país fundamental, los EEUU. Este enfrentamiento no muestra señales de distensión: por el contrario, hace pocos días la embajada norteamericana en Ankara (capital turca) fue baleada por desconocidos, lo cual es una clara señal del estado de las relaciones mutuas.

El gobierno de Erdogan también tomó represalias en el terreno económico, estableciendo tarifas elevadas a los automóviles norteamericano y a otros productos importados de EEUU. También llamó a un boicot general a las empresas y bienes norteamericanos.  En una sola frase, Erdogan resumió tanto su actitud hacia los EEUU como su mentalidad conservadora: “Ellos tendrán al dólar, pero nosotros tenemos a Dios”.

Con esa misma lógica, Turquía se negó (por lo menos hasta el momento) a acudir al FMI para solicitar ayuda, así como a aplicar algunas de las recetas ortodoxas como la suba de las tasas de interés. En su lugar, se acercó a otros países como China, que manifestó un enorme interés en invertir en la economía turca a través de grandes proyectos de infraestructura. Dichos proyectos forman parte de la nueva “ruta de la seda”, el gran programa chino para expandir su esfera de influencia en Asia, África y Europa Oriental.

De la misma manera, Qatar (pequeño pero rico país de la península arábiga) anunció también un apoyo financiero por 15 mil millones de dólares. Aquí hay una lógica geopolítica: Turquía es uno de los pocos países que siguió apoyando a Qatar luego de que Arabia Saudita rompiera relaciones y le declarara un bloqueo total. Los gobiernos de Turquía y de Qatar comparten la simpatía por la corriente político-ideológica islamista, a la que apoyaron fuertemente desde la “Primavera Árabe” sosteniendo a los Hermanos Musulmanes en Egipto y otros países. Arabia Saudita, por el contrario, consideró que dicha tendencia era una amenaza a su hegemonía sobre el mundo árabe e islámico, a su forma de gobierno monárquica y a su particular visión religiosa, especialmente conservadora.

De esta manera, la crisis económica se retroalimenta con el conflicto geopolítico entre Turquía y EEUU, y con los conflictos regionales de Medio Oriente. Es consecuencia, y a la vez produce efectos, sobre las tendencias a la inestabilidad y a los realineamientos geopolíticos en la región y en el mundo. En ese sentido, es sintomático del actual período histórico, signado por el deterioro de los viejos pilares del orden internacional y las tendencias a la disgregación, a la crisis y la polarización.

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