Por Claudio Testa , SoB 489, 4/10/18

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Un mundo cada vez más peligroso

¿Sólo guerras “comerciales”? 

Claudio Testa 

El mes pasado tuvo lugar la escandalosa sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde Donald Trump se dio el gusto de amenazar a medio mundo… y vociferar sus órdenes a la otra mitad del planeta.

En la anterior edición de Socialismo o Barbarie, comentamos este evento, que produjo su buena cuota de escándalo [Ver: “Trump: Nuevo bombazo en las Naciones Unidas”, SoB N° 488, 27/09/2018].

Pero también, contradictoriamente, lo de Trump tuvo aspectos “beneficiosos”. Fue la prueba, aportada involuntariamente desde la misma cúspide del imperialismo yanqui, que seguir marcando el paso del fraude de la “globalización” (como impone aquí Mister Macri), es lo peor que pueden seguir haciendo los trabajadores y los pueblos de todo el mundo.

Debemos unirnos, pero en un sentido independiente y socialista, anticapitalista. Es decir, en sentido contrario a cualquiera de las variantes que nos quieren dictar desde el norte las diversas facciones en que hoy se fragmenta el gran capital imperialista y sus Estados… Sus peleas económicas y geopolíticas, después del fraude de la “globalización” (y su actual crisis), amenazan transformarse en guerras abiertas… Al mismo tiempo, esta necesaria independencia de todos ellos no implica subestimar, ni mucho menos ignorar los peligros (y, también, las oportunidades) del presente.

Las políticas de Trump y sus aliados (como Japón y Australia en el Asia Pacífico, o Israel y Arabia Saudita en Medio Oriente), de enfrentamiento a China y ahora también a Irán, no sólo no tienen nada que ver con los intereses de los trabajadores en general. También, simultáneamente, pueden llevar a choques cada vez más duros… y peligrosos. Así, días antes que Trump ladrara sus ultimátums en la tribuna de la ONU –apuntando desde China a Venezuela y pasando por Irán–, la flota de EEUU estaba realizando maniobras provocativas en el Mar de China Meridional, donde Pekín tiene gran parte de sus bases militares y de su flota. En esas provocaciones, los barcos de guerra de EEUU eran seguidos por los de sus perritos falderos de Australia, Japón y otros países.

Estos llamados “war games” (“juegos de guerra” sobre el terreno) tenían evidentemente como pauta la de “ejercitarse” en un ataque global contra China. También, en lo inmediato, aportaron un clima bélico y de intimidación que sirviese de “prólogo” al discurso que iba a dar Trump en la ONU. Recordemos que allí Trump anunciaría no sólo el fin de la “globalización”, sino también su reemplazo por el “patriotismo” y el lema “America First” (EEUU, primero). ¡Y nada mejor que preceder ese discurso que revoleando el “gran garrote”, para mostrar al mundo que la cosa va en serio! 

¿Guerras sólo comerciales o varias cosas más? 

Todo esto nos obliga a poner en su verdadero lugar las “guerras comerciales” iniciadas por Trump. Para eso, hay que despejar equívocos.

Por ejemplo, la mayoría de la gente, al oír hablar de “guerra comercial”, no se intranquiliza demasiado. Supone que no sería una guerra con bombas nucleares y ni siquiera con balas. Cree que simplemente consiste en tensar la competencia en los mercados internacionales, apelando a medidas aduaneras, “proteccionistas”, dictadas por los Estados.

Pero esto es “mecánico”… y finalmente puede resultar equivocado. En la historia, buena parte de las guerras no comenzaron a los tiros ni a los sablazos. Se iniciaron sobre el terreno de peleas económico-comerciales y de poder, para luego transformarse en guerras “totales”… Ya en el siglo III AC, las Guerras Púnicas iniciadas entre Roma y Cartago tenían en gran medida esos detonantes…

Pero no hay que irse tan lejos en el tiempo. Uno de los ejemplos más pertinentes de esto lo da, siglos después, la misma historia de China. Es el caso de las “Guerras del Opio”, la primera trascurrida de 1839-1842 entre China y Gran Bretaña, entonces gobernada por la angelical Reina Victoria… en verdad una narco-traficante de alcances mundiales.

En ese entonces, a mediados del siglo XIX, China tenía –como ahora en relación a EEUU– un monumental saldo favorable del comercio exterior con Europa y especialmente con Gran Bretaña. Este se basaba en las enormes exportaciones chinas de té, seda y porcelana, con las que ni Gran Bretaña ni el resto de Europa eran capaces de competir.

Algo parecido sucede hoy, pero a un nivel industrial cualitativamente mayor y más avanzado: hay un fenomenal déficit del comercio exterior que tiene EEUU con China, y que es incapaz de superar por medios “normales”. Para lograr eso, no pudiendo competir “pacíficamente” de acuerdo al “verso” de la “globalización”, Trump desata la actual “guerra comercial”.

“Soluciones” de guerra comercial en la historia 

En el siglo XIX la solución británica (y luego europea), fue impulsar contra China una primera y monstruosa agresión inicialmente “comercial”: el contrabando y difusión del opio, cuya importación y uso estaban prohibidos por el Emperador de China… y con toda razón. ¡La “civilizada” Europa, encabezada por Gran Bretaña, impulsó el envenenamiento de millones y millones de chinos para equilibrar la balanza comercial y llenar los bolsillos de la burguesía y la aristocracia británica, metidas hasta el cuello en el negocio!

En esta situación, que amenazaba la supervivencia misma del pueblo chino, el gobierno del entonces emperador Lin Hse Tsu envió en 1839 una carta de advertencia a la narco-traficante N° 1, la Reina Victoria, donde le advertía: “Todo opio que se descubra en China se echará en aceite hirviendo y se destruirá. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (…)”.

La respuesta del Reino Unido fue parecida a las amenazas que hoy vocifera Trump. Pasar de la guerra comercial a la guerra lisa y llana. Es que, además, al amparo del Reino Unido y luego de otros imperialismos, lo del opio no resultó un negocio de moneditas. El actual banco HSBC (Hongkong and Shanghai Banking Corporation) fue creado, por ejemplo, en 1865 para administrar las fabulosas ganancias generadas por el narcotráfico de los colonialistas en China.

Así comenzó, detonada por este “problema comercial”, la “Primera Guerra del Opio”, que se extendió de 1839 a 1842. Los piratas imperialistas británicos triunfaron sobre las tropas de China, más débil y atrasada militarmente, y se apoderaron de Hong Kong y otros enclaves. Desde allí, ya no se limitaron a envenenar impunemente al pueblo chino mediante el opio. También fueron avanzando en toda China para imponer su sometimiento. Se fueron estableciendo más enclaves coloniales junto con otros imperialismos europeos… Algo más tarde aparecieron Japón y EEUU para engullir su parte…

El pueblo chino y luego los nuevos sectores de clase trabajadora, aunque con lógicos altibajos, nunca dejaron de luchar desde el sometimiento de las guerras del opio, que marcaron un antes y un después muy profundo. En estas luchas actuaron y se sucedieron distintas fuerzas sociales, conformadas en muy diversas y contradictorias fuerzas políticas.

Estados Unidos apunta nuevamente desde Taiwán 

EEUU fue el último en llegar, pero asumió el control y el mando de la dominación imperialista en China a fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Pero su victoria duró muy poco.

En 1949, el Partido Comunista Chino (PCCh) triunfó en la guerra civil desarrollada en el continente contra las fuerzas del general Chiang Kai-shek, títere de Estados Unidos.

Chiang Kai-shek y los restos de sus fuerzas derrotadas huyeron a la isla china de Taiwán (también llamada Formosa). Desde allí, bajo la protección política y militar de EEUU, se reivindicaron como el único gobierno de China.

Por su parte, las triunfantes fuerzas del PCCh, instalaron la capital en Pekín, proclamando la “República Popular China” (RPCh).

Esto dio origen a la relativa “ficción” de “las dos Chinas”: la “China continental” y la “China de la isla de Taiwán”. En verdad, Taiwán-Formosa (que se inició como un protectorado militar “bancado” por EEUU) aunque sólo sea por motivos de tamaño, no puede ser considerada simplemente como “otra China”.

Finalmente, en 1979, Estados Unidos, intentando aprovechar la ruptura de Pekín con la entonces “Unión Soviética”, reconoció como único gobierno chino al del continente.

Desde entonces y hasta hace muy poco, esta cuestión de “las dos Chinas” parecía definitivamente saldada “de hecho”. Hoy día, según encuestas, sólo un 2% de la población se reivindicaría de nacionalidad “china”. La inmensa mayoría se reclamaría “taiwanés”.

A esos cambios habría además contribuido el formidable desarrollo industrial de las últimas décadas, tanto de China (continental) como de Taiwán. Esto se revela en el entrelazamiento industrial y comercial que se expresó, por ejemplo, en el llamado “Acuerdo Marco de Cooperación Económica” firmado el 2010. Este Acuerdo reducía o eliminaba los aranceles a la exportación/importación de centenares de productos taiwaneses y chinos. Además, el pacto facilitaba el acceso y relaciones de las compañías taiwanesas en sectores de servicios de China, como el bancario, de hospitales y otros.

Pero hoy nos enteramos de noticias muy distintas… y peligrosas. El viento sopla ahora desde otro cuadrante. Han crecido las distancias entre China y Taiwán.

Taiwán viene siendo rearmada por Estados Unidos, para que desde allí se vuelva a apuntar contra China. Y esto no es de hoy. Se trata de una política alentada desde Washington ya antes de Trump. Recordemos cómo, bajo el angelical y “pacífico” Obama, venían multiplicándose los “incidentes” entre naves y aviones chinos y de EEUU, en todo el Mar de la China Meridional.

Por supuesto, la actual situación de “guerra comercial” ha hecho dar un salto a esta cuestión. El gobierno chino ha redoblado las protestas no sólo por el rearme, sino también por la instalación en la isla de fuerzas de EEUU –principalmente aviación y misiles– que apuntan al corazón de China. 

En conclusión: ¡alerta roja! 

Como vemos, esta “guerra comercial” lleva un curso más que preocupante. Es que cualquier enfrentamiento entre Estados –que esencialmente son por definición máquinas de violencia– trae en sí mismo sus peligros, aunque sean todavía implícitos. Y más aún si se trata de las dos principales potencias.

Dicho de otro modo: las guerras son guerras. Aunque lleven el cartel tranquilizador de “comerciales”…

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