Por Ale Kur. SoB 492, 25/10/18.

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Medio Oriente

Barbárico asesinato de un periodista opositor a manos de la monarquía saudita 

Ale Kur 

A comienzos de octubre, el periodista Jamal Khashoggi -proveniente de Arabia Saudita y muy reconocido en la región- desapareció luego de haber ingresado al consulado de su país en Estambul (Turquía) con el objetivo de realizar unos trámites. Al poco tiempo se supo el motivo: había sido asesinado dentro del propio consulado, por una patota de 15 agentes al servicio de la monarquía saudí. Esta fuerza paraestatal no sólo le quitó la vida, sino que descuartizó su cuerpo y se encargó de que no pudiera ser encontrado, intentando ocultar el crimen. Se trata de un acto de barbarie de proporciones inauditas, inclusive para los parámetros ultra-represivos de la región.

El periodista tenía posiciones críticas hacia la monarquía saudita, denunciando entre otras cosas su rol criminal en la guerra de Yemen -una verdadera catástrofe humanitaria donde la principal víctima es la población civil. Junto a otras diferencias, el periodista sabía que esto era suficiente para sufrir un posible arresto por parte de su gobierno, por lo cual había decidido largarse al exilio.

La monarquía saudita es uno de los regímenes más represivos del mundo, que en pleno siglo XXI sigue utilizando la pena de muerte contra sus opositores, así como las torturas, el encarcelamiento en masa, etc. Además de ser uno de los pocos regímenes del planeta donde el gobierno no surge de manera directa ni indirecta del voto popular: se trata de una monarquía absoluta sin ningún contrapeso democrático. Pero las potencias occidentales -especialmente Estados Unidos- fueron siempre (y siguen siendo) aliadas y socias incondicionales del régimen saudí, al que le venden armamento moderno, le compran petróleo y con el cual realizan toda clase de negocios.

Y mientras EEUU, Israel y sus aliados se llenan la boca denunciando el “extremismo islámico” de ISIS, Al Qaeda o el régimen iraní (pretexto que usan para la intervención neocolonial sobre Medio Oriente), ignoran de manera grotesca al “elefante en el cuarto”: la propia monarquía saudita, que viola sistemáticamente los derechos humanos en su propio territorio, que es la principal financiera e impulsora de las ramas fundamentalistas del Islam en todo el mundo, así como de toda clase de grupos jihadistas -empezando por el mismísimo Osama Bin Laden, a quien entrenaron para combatir contra los soviéticos en la guerra de Afganistán de los ‘80.

El crimen de Jamal Khashoggi es la gota que rebalsó el vaso de agua. Tanto por su forma como por su contenido, resulta un escándalo mayúsculo, imposible de ignorar para los poderes regionales y mundiales. Inclusive por el hecho de que implica una posible crisis diplomática entre los gobiernos de Turquía y de Arabia Saudita, que ya vienen enfrentados hace tiempo por las tensiones provocadas por la Primavera Árabe de 2011 y el ascenso de las fuerzas islamistas (Hermanos Musulmanes, etc.) en toda la región.

Por estas razones, el crimen, su difusión mediática y el burdo manejo del gobierno saudí ponen en crisis las relaciones de Arabia Saudita con las potencias occidentales, obligando inclusive a Donald Trump a tomar posición pública sobre el tema. El mandatario derechista norteamericano apuntó en su discurso a una posible responsabilidad del príncipe heredero Mohammad Bin Salman, quien actualmente concentra la mayor parte del poder político en dicho país. Una acusación de ese tipo no sólo mina la autoridad política del príncipe, sino que puede ser la antesala de un alejamiento más profundo entre ambos países.

En cualquier caso, EEUU no deja de tener su enorme cuota de responsabilidad en el caso, por su apoyo al régimen saudita durante décadas, por su silencio cómplice ante sus crímenes cotidianos. Más aún, EEUU necesita al régimen saudí para una función de primer orden en la geopolítica regional: contener y enfrentar a Irán, que cuestiona (por lo menos hasta cierto punto) la hegemonía israelí-norteamericana en Medio Oriente. Por otra parte, la relación de EEUU con la monarquía saudí (uno de los principales productores de petróleo del mundo) le permite a los yankis influir en la regulación de los precios internacionales del petróleo y sus derivados (combustible y otros), cuestión de enorme impacto en la economía mundial desde la década de 1970.

Es necesario que todos los gobiernos del mundo corten relaciones con la barbárica monarquía saudita, y que el propio pueblo árabe derrote al régimen con su movilización revolucionaria, siguiendo el ejemplo de la “Primavera Árabe” de 2011.

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