Por Roberto Sáenz. Revista SoB 32-33, junio 2018.

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La Revolución Rusa como experiencia estratégica

Ascenso y caída del gobierno bolchevique

Por Roberto Sáenz

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“Hay una cita anterior a la Revolución de febrero (de hecho, venía de la época inmediatamente posterior de la fracasada Revolución de 1905) sobre la conciencia dividida del obrero insurgente, del conflicto entre su compromiso total de luchar por el cambio y su falta de confianza en poder vencer a la clase dominante enemiga. El militante Shapovalov dice que es ‘como si hubieran dos hombres viviendo dentro de mí’, uno dispuesto para luchar y encarar la cárcel y el exilio, y otro que no se había liberado del sentido de la dependencia y el temor’. Él odiaba al segundo, por supuesto. Estos militantes despreciaban su miedo, pero no podían negarlo. Por tanto, vivían en un desgarro interior permanente para superar su papel como objeto de la historia en que los había convertido el sistema y convertirse en protagonistas de la misma (…). Hay un poster conmovedor [después de Octubre] que consiste en dos imágenes. En la parte superior está la imagen de un obrero trabajando (…) en las ruedas del tren. Se lee ‘En el pasado, era engrasador. Lubricaba la rueda’. En la parte inferior, interviene ante el público diciendo ‘En este momento, me integro al soviet y tomo decisiones’. El movimiento de la primera imagen a la segunda representa un cambio profundo e histórico” (Entrevista a China Miéville, Viento Sur).1

 

Introducción

 

El año pasado la Revolución Rusa tuvo su 100º aniversario. Si bien entre el gran público la noticia pasó de largo, en el seno de la izquierda se expresó en una serie de iniciativas y elaboraciones de importancia. A propósito de la ocasión, y también de nuestra segunda Jornada del Pensamiento Socialista realizada en diciembre pasado y dedicada al centenario, es que elaboramos este ensayo como abordaje crítico de la experiencia revolucionaria. Busca escapar tanto a la crítica facilista de la revolución, tan de moda hoy en los centros universitarios, la intelectualidad y determinadas corrientes de izquierda europeas, como de la reivindicación acrítica de lo actuado por los bolcheviques, característica de las corrientes conservadoras.

Nos preocupó sobre todo en este ensayo dar cuenta de la complejidad de los problemas enfrentados por los bolcheviques, de cómo la revolución, la guerra civil y la contrarrevolución son eventos concretos donde se rompe la mera continuidad formal de los acontecimientos, donde las clases sociales y sus partidos intervienen en la determinación del curso histórico. La revolución y el gobierno bolchevique no fueron un paseo. La elevación de la clase obrera a clase dominante, la transformación del país donde nace la revolución y la extensión internacional de ésta son un proceso complejo que no admite respuestas fáciles.

Se trata de un proceso de transición donde la tensión debe estar colocada hacia los fines de la extinción del Estado y la explotación del trabajo, pero la llegada a esos fines, que es lo mismo que decir al socialismo, implica un complejo proceso donde en cada caso hay que discernir cómo dejar a salvo las grandes perspectivas pero siempre partiendo del terreno real de la revolución.

En definitiva, la revolución implica una dialéctica entre el ejercicio del poder cada vez más democrático por parte de los trabajadores, las duras condiciones de una guerra civil que inevitablemente se abrirá con la burguesía nacional e internacional y la lucha de partidos y/o tendencias y fracciones por los cursos de acción alternativos. Un complejo proceso como se vivió con el bolchevismo en el poder: la más acabada experiencia del poder de la clase obrera que, en su retroceso, derivó en otro fenómeno inédito, la pudrición burocrática de la revolución.

No presentamos aquí un texto que pretenda, ni mucho menos, ser exhaustivo desde el punto de vista histórico; se trata de un conjunto de reflexiones anudado alrededor de la idea de que la experiencia del bolchevismo en el poder debe ser abordada estratégicamente, sacando las lecciones del caso.2

 

  1. 1917, se inicia la revolución

 

La Revolución Rusa permanece hasta nuestros días como la revolución más profunda en la historia de la humanidad. Ninguna revolución tuvo semejantes alcances. Revolución social por antonomasia, llevó a una clase explotada al poder, un hecho inédito. Porque aunque las revoluciones inglesa o francesa dieron lugar a determinadas conquistas populares, el poder fue a parar a las manos de una nueva clase explotadora: la burguesía. En cambio, la Revolución Rusa concretó lo que habían señalado Marx y Rosa Luxemburgo: una revolución hecha por las grandes masas en su propio beneficio.

 

1.1 De Febrero a Octubre y más allá

 

Como necesaria consecuencia del ascenso al poder de la clase obrera, la Revolución Rusa echó al traste con todo el aparato de Estado anterior. Lejos de reforzar el poder burgués, se puso a construir un nuevo Estado: un “semi-estado proletario basado en el poder de los soviets” (Lenin). Que esto no eran palabras se pudo apreciar en la energía inusitada desplegada por las masas de obreros, soldados y campesinos puestos en acción. Por “el rumor de la calle, que no paraba ni en horas de la noche” (Sedova). Por los impulsos emancipadores de las mujeres y los niños. Por la explosión de una creatividad artística sin igual.

El calendario político de la revolución es ampliamente conocido. Y hablamos de la revolución como un evento único, que abarca los acontecimientos ocurridos desde febrero a octubre de 1917 y más allá, hasta el fallecimiento del Lenin en 1924, conteniendo dentro de él la dramática guerra civil abierta inmediatamente después que los bolcheviques tomaran el poder (y que se radicaliza a partir de mediados de 1918).

Luego, sí, se abriría otra historia, de una naturaleza inversa: la contrarrevolución burocrática, que marcó un corte abrupto con la dinámica revolucionaria; que dio lugar a otro fenómeno político y social: la liquidación del Estado en tanto Estado obrero, su transformación en Estado burocrático con restos de las conquistas de la revolución (Rakovsky).

Durante 1917, la vida política bullía. Era el momento del ascenso de las masas populares, de los métodos de la lucha de clases directa, de las movilizaciones multitudinarias, de los debates en los soviets, de los comités de fábricas, los sindicatos, el armamento del proletariado, también la participación en distintas elecciones parlamentarias.

La actitud frente al Gobierno Provisional del príncipe Lvov, luego encabezado por Kerensky, el giro estratégico impuesto por Lenin al Partido Bolchevique con sus famosas Tesis de Abril (planteando el paso directo a la revolución socialista, al poder del proletariado), las Jornadas de Junio, de Julio, la derrota del golpe contrarrevolucionario de Kornilov a finales de agosto, la mayoría bolchevique en los soviets de Petrogrado y Moscú, la retirada bolchevique del Pre-parlamento tramposo (septiembre), el ultimátum de Lenin al CC del partido para que enderece su actividad hacia la toma del poder (comienzos de octubre), la formación del Comité Militar Revolucionario petrogradense, la reunión del Segundo Soviet de toda Rusia en Petrogrado los días 25 y 26 de octubre (todas fechas según el viejo calendario juliano), la toma del poder en la madrugada del 26, el anuncio de los primeros decretos del gobierno soviético y la conformación del gobierno encabezado por Lenin, son parte de los jalones de este año revolucionario sin igual que, como señalaría John Reed, “conmovió el mundo” de pies a cabeza, haciendo del siglo XX “el siglo de la revolución” (Josep Fontana).

Además de protagonizarla, Trotsky escribiría una de sus más grandes obras acerca de la revolución: la Historia de la Revolución Rusa, cuyo segundo tomo debe estudiarse como un verdadero “manual” de política revolucionaria, que se configura en dicha obra como un verdadero diálogo entre las masas y el partido revolucionario, que debe saber escuchar y generalizar las aspiraciones más profundas de los explotados.

Porque precisamente el año de la revolución, la revolución misma de 1917, es el evento por antonomasia del protagonismo de las masas, de su ingreso en la liza de la historia, que con su intervención fijan un nuevo punto de referencia para los desarrollos.

A la revolución le sucedería la guerra civil, que tiene otras leyes. Si, en definitiva, la guerra (¡y también la guerra de clases, civil!) no es más que la continuidad de la política bajo otras formas (formas violentas, dirían Clausewitz y Lenin); si la guerra civil estuvo pautada por la conciencia obrera y campesina de que estaban defendiendo sus intereses, en cualquier caso los medios de la guerra no son exactamente iguales a los de la política.

La revolución entraña el máximo despliegue de la iniciativa de las masas. Se basa en la experiencia de los explotados y oprimidos, en su toma de conciencia. Y si bien tiene momentos de enfrentamientos físicos, esos enfrentamientos no desplazan el elemento principalmente político que rige los desarrollos.

En la guerra civil las cosas se modifican en más de un sentido. Los bolcheviques se vieron obligados a fundar el Ejército Rojo como ejército regular, porque en un punto las cosas son irreductibles: hacía falta oponer una “máquina militar” a la máquina militar de la contrarrevolución, hacía falta aprender el arte de la guerra, las leyes que le son propias.

Aunque la guerra civil se caracterizó por la conciencia de las masas, aunque la importancia de la propaganda política fuera central (“El cimiento más fuerte de nuestro ejército fueron las ideas de Octubre”, Trotsky), a la vez extremó los elementos de centralización: la disciplina en la acción, la necesidad de acatar órdenes sin discutirlas. Militarizó la sociedad, obligando a postergar las tareas constructivas. Puso en pie un régimen espartano de “comunismo de guerra” cuyo único propósito era abastecer al frente.3

Muchos bolcheviques se confundieron con las circunstancias. Las requisas forzadas de granos, la desaparición del dinero, las raciones alimenticias en especie, parecían dar crédito al pasaje “directo” al comunismo… Un “comunismo” de la frugalidad que, como bien señalara Marx, sólo podía significar, en definitiva, el “retorno al viejo caos”: la guerra de todos contra todos, la socialización de la indigencia. Po ejemplo, cuando la crisis en Kronstadt (1921) arreciaban las denuncias contra los “privilegios” de los funcionarios bolcheviques. Las denuncias eran exageradas, pero expresaban la desconfianza generada con el partido sobre el trasfondo de una dramática pobreza general.

La guerra civil fue ganada. Pero el costo fue tremendo: la economía soviética quedó en bancarrota. Lenin y Trotsky se dieron cuenta sólo tardíamente (¡y bajo la presión de los acontecimientos!), de que algo no iba bien. Trotsky propuso medidas similares a la NEP a comienzos de 1920 (la Nueva Política Económica fue adoptada un año después). Como sus propuestas fueron desechadas en ese momento, imaginó como solución una profundización de los métodos militares en el ámbito económico: la militarización del trabajo. Lenin lo acompañó durante gran parte del año hasta que en la IX Conferencia del partido (22-25 de septiembre de 1920), se realineó con Tomsky y otros dirigentes sindicales (Broué, Trotsky: 208).

Trotsky imaginaba la “institución del servicio del trabajo” como un “principio socialista” contrario al principio liberal-capitalista de la “libertad de trabajo”… Pero por intermedio de este planteamiento, en vez de avanzar en emancipar el trabajo asalariado, se retrocedía hacia una forma de trabajo forzado.4

Si Trotsky reflejaba el malestar campesino cuando anticipó medidas similares a la NEP (téngase en cuenta que recorría Rusia en su campaña militar), Lenin expresó el malestar de la clase obrera cuando se opuso a que los sindicatos se transformaran en “escuelas de la producción”, dependencias del Estado para aumentar la productividad del trabajo. Afirmó que debían permanecer como organismos de defensa de los trabajadores frente a su propio Estado; un Estado que no era simplemente “obrero”, sino que iba plagándose de “deformaciones burocráticas”. Aquí, Trotsky sostuvo un enfoque abstracto basado en la idea reduccionista de que “como el Estado era obrero”, los trabajadores no tenían de qué defenderse. Muy caro le costará esta ubicación cuando se abra el debate contra la burocracia.

Bajo la presión del levantamiento de Kronstadt (comienzos de marzo de 1921), se dio paso finalmente a la NEP. Se estableció un impuesto en especie a los campesinos y se los autorizó a comercializar libremente el resto de su producción. Muy rápidamente la liberalización del mercado permitió el renacimiento económico (tanto rural como urbano), a punto tal que para 1924 la economía había alcanzado los niveles previos a la guerra mundial.

En el medio, sin embargo, la burocracia comandada por Stalin avanzaba a pasos agigantados para enseñorearse en el partido y el aparato estatal. La izquierda partidaria, muerto Lenin a comienzos de ese mismo año, iniciaba una dura lucha defensiva, y Nicolai Bujarin, luego de dudar un tiempo, terminaba decantándose hacia la derecha (abordaremos este período más adelante).

Comenzaba otra historia. No la de la revolución, sino la de la contrarrevolución burocrática. Un período marcado por un retraimiento profundo de la clase obrera, el vaciamiento de la actividad política de las masas, el reemplazo del principio electivo por las nominaciones desde arriba (elemento que había coadyuvado a la degeneración de los jacobinos, según Christian Rakovsky).

En la transición de la revolución a la contrarrevolución, la guerra civil, saldada exitosamente por los bolcheviques, había dejado su marca indeleble en materia de las prácticas burocráticas de gestión del poder. El factor principal había sido el fracaso de la revolución en Occidente: el aislamiento al que sometió a la revolución, que debió cargar con los gastos sumados de la participación en la Primera Guerra Mundial, la guerra civil y la hambruna agraria de comienzos de los años 20: una cuenta que suma varios millones de seres humanos además de los gastos materiales.

La guerra civil fue así el nexo entre el período ascendente de la revolución y la temprana emergencia del monstruo burocrático, que puede fecharse con un rostro definido desde finales de 1923 (ver el abordaje de este fenómeno en El nuevo curso, que junto con Problemas de la vida cotidiana, son textos de Trotsky que expresaban todavía la frescura de una revolución viva).

 

1.2 Hacia el poder

 

Estas circunstancias marcaron el contexto del bolchevismo en el poder. Una experiencia de la cual debemos obtener enseñanzas críticas escapando de la doble tentación de la justificación dogmática de todo lo actuado y de la simple crítica democratista que aparece hoy en muchos autores.

Desde ya que dicha experiencia, la primera de un gobierno de la clase obrera comandada por los socialistas revolucionarios (si dejamos aparte a la Comuna de París), debe ser revisada críticamente. Rosa Luxemburgo sería la primera en señalar que sería “una loca idea” pretender que una experiencia así, desarrollada en las más difíciles condiciones que se pudieran imaginar, pudiera ser “el pináculo de la perfección”: era inevitable que estuviera plagada de problemas y errores.

Así, se dio la paradoja de que los “años de oro” del poder bolchevique (luego se abriría otra historia) se vieran sometidos a la distorsión de una guerra civil dramática que puso en jaque la existencia misma de la revolución. Por más de cuatro años la guerra civil se enseñoreó sobre vastas porciones de la novel dictadura proletaria. Cometeríamos entonces un error si evaluáramos la “calidad democrática” del gobierno bolchevique haciendo abstracción de dicho evento. La complejidad está en que, de todas maneras, se debe hacer un balance: apreciar cuáles fueron los errores que facilitaron el surgimiento del monstruo burocrático.

Un punto del cual partir es entender que la fórmula de la dictadura proletaria encierra una ecuación algebraica: posee variables independientes en la medida que debe configurarse tanto como una “democracia de nuevo tipo” (para los explotados y oprimidos) como, a la vez, una dictadura de nuevo tipo (sobre los explotadores y el imperialismo), según Lenin.

Se trata de una fórmula variable sin valores fijos, sino a resolver en cada caso histórico concreto, razón por la cual la evaluación del poder bolchevique no puede ser un ejercicio simplista. Debe evitarse una apreciación que justifique todo lo actuado, dando una idea autoritaria de la dictadura proletaria. Pero, también, reiteramos, un ángulo democratista que pierda de vista las duras condiciones de la guerra civil.

Se requiere, entonces, una apreciación circunstanciada para entender que lo que se procesó en esos primeros años de gobierno bolchevique fue una lucha a muerte por la supervivencia de la revolución, en un escenario donde, ante la derrota de la revolución en Occidente, y en las condiciones de una dramática guerra civil, se potenciaron las tendencias a la burocratización. Un proceso complejo frente al cual se debe evitar el error de no separar cuidadosamente las medidas obligadas por las circunstancias de los errores evitables que facilitaron la burocratización stalinista.

Nos preocupan dos cuestiones. Una, trasmitir una idea adocenada de la revolución que perdiera de vista que, en definitiva, la violencia es la partera de la histórica (Engels). Dos, escapar del relato de que los bolcheviques habrían hecho “todo bien”: una afirmación que nos dejaría sin lecciones críticas frente al porvenir.

El primer nudo temático a abordar es la conformación del gobierno encabezado por Lenin. Existe un debate previo vinculado a quién debía tomar el poder. Lenin insistía que el partido tomase el poder; Trotsky afirmaba que, tácticamente, convenía que el Segundo Soviet de toda Rusia fuese el que apareciese realizando esta tarea.

En su Historia de la Revolución Rusa Trotsky insiste en la naturaleza táctica de la cuestión (agregando que tuvo razón en su planteo). Por nuestra parte, entendemos la urgencia e, incluso, desesperación de Lenin, por romper la inercia partidaria y que la clase obrera aprovechara el momento para hacerse del poder. Justamente, en Lecciones de octubre Trotsky subraya cómo los factores inerciales, conservadores, pesan siempre sobre todo partido que se encuentra frente al poder, y que hace a su carácter revolucionario vencer esta inercia.

Michelaux y Sabado (autores de la corriente mandelista) ven sin embargo en esto una cuestión “principista”: afirman que en el planteo de Lenin se podía apreciar un elemento “sustituista” contradictorio con el espíritu cuasi libertario del El Estado y la revolución (obra inconclusa escrita por el revolucionario ruso en agosto de ese mismo año): “Confrontado a los problemas tácticos y estratégicos de la toma del poder (¿quién toma el poder?), Lenin relega la aut-organización a un segundo plano, y no confía más que en la dirección militar bolchevique”, afirman nuestros autores (“Nuestra Revolución Rusa”).

No coincidimos. Opinamos que este abordaje peca de una simplificación democratista de las complejas relaciones entre organismos de poder y partidos. Los soviets eran frentes únicos de tendencias de los trabajadores (en realidad, de los obreros y soldados; posteriormente se erigieron también soviets campesinos). Como tales eran, y debían sostenerse, como los organismos de poder: instituciones basales del nuevo Estado proletario. Sin embargo, en su interior, los soviets estaban marcados por una rica vida política: una dura lucha de tendencias por la dirección.

Si los soviets eran la nueva institución de poder, son los partidos revolucionarios que actúan en ellos los que dan la pelea por que se encaminen hacia la toma del poder, cosa que no había ocurrido hasta ese momento porque los socialistas revolucionarios y los mencheviques tenían por orientación el gobierno de coalición con la burguesía: subordinarlos al poder burgués.

Los bolcheviques pelearon por que los soviets rompieran con la burguesía y asumieran todo el poder, una tarea madurada por el conjunto de las circunstancias. Pero los soviets no pueden desembarazarse de cierta mecánica “parlamentaria”; de ahí la necesidad de que el partido asumiese el “lado práctico” de la cosa. Esto no plantea ningún problema de “sustitución”, sino la simple complejidad de las relaciones entre masas, vanguardia y partido, la división de tareas entre estos términos. El partido no hubiese podido tomar a su cargo resolver esta tarea si no estaba madura, si quedaba alguna duda de que el soviet ratificaría lo actuado por los bolcheviques.

La preocupación de Lenin era correcta incluso si tácticamente fue correcto esperar a la realización del Soviet para anunciar la insurrección, que fue organizada prácticamente por el Comité Militar Revolucionario dirigido por bolcheviques e integrado también por socialistas revolucionarios de izquierda y anarquistas.

No hubo sustitución. El partido asumió la dirección práctica de una tarea que hacía honor a su carácter de organización revolucionaria. Y lo hizo venciendo la fuerte resistencia en contrario que ejercieron Zinoviev y Kamenev (amén de Gorki y otros personajes de prestigio).

 

1.3 ¿Un gobierno de coalición?

 

Conformado el nuevo gobierno bolchevique, uno de los primeros debates que se suscitaron fue la propuesta del gremio ferroviario (influenciado por los mencheviques) para el establecimiento de un “gobierno de coalición” entre todas las corrientes socialistas (revolucionarios y conciliadores de manera indistinta).

Revisando la historiografía sobre la mecánica del funcionamiento soviético (“From February to October”, Lars T. Lihn), entre congreso y congreso se constituía un Comité Ejecutivo que hacía la suerte de “Comité Central” de los soviets. El gobierno de los Comisarios del Pueblo se constituyó así como emanación de dicho Comité Ejecutivo. Apoyándose en esta realidad es que los ferroviarios plantearon la idea de “un gobierno de todas las tendencias socialistas” como algo que debía responder “naturalmente” a la representación de todos los grupos de los soviets en el nuevo gobierno.

Lenin y Trotsky estuvieron en contra de favorecer un “gobierno socialista unificado” de este tipo. Y se entiende: la mayoría de las corrientes socialistas conciliadoras (SR y mencheviques), que acababan de formar parte del Gobierno Provisional presidido por Kerensky, se colocaron abiertamente en contra de que todo el poder pasase a los soviets (y por ende, en contra de la revolución de Octubre misma). Existió, sin embargo, un ala oportunista de los bolcheviques encabezada por Kamenev (y otros bolcheviques conciliadores), que demandó un gobierno “unificado” con las corrientes socialistas bajo la excusa de que los bolcheviques “no quedaran aislados” (el mismo argumento por el cual se había opuesto a la toma del poder en octubre).

SR y mencheviques mayoritarios exigían que Lenin y Trotsky estuvieran “excluidos del gobierno”: una provocación inaceptable. Aun así Kamenev, cediendo a la presión de las circunstancias, se declaró dispuesto a discutir. Trotsky tomó el guante y propuso que el gobierno estuviera conformado en un 75% por comisarios bolcheviques, a lo que los socialistas conciliadores se negaron. Su terror al “aislamiento” era tan grande que perdieron de vista que el acompañamiento que necesitaba el nuevo gobierno no era el de las “cáscaras vacías” en que se iban transformando los partidos oportunistas, sino el apoyo de las masas en el terreno (que beneficiaba holgadamente a los bolcheviques en los centros urbanos, aunque era más débil en el campo).

Un gobierno de coalición junto a los SR de izquierda terminó constituyéndose durante algunas semanas. La escisión izquierdista de los Socialistas Revolucionarios estuvo dispuesta a acompañar a los bolcheviques en la toma del poder (también hicieron lo propio los anarquistas), dándose lugar a su ingreso al gobierno. Sin embargo, su comportamiento irresponsable los llevó a salir del gobierno cuando la firma del Tratado de Brest Litovsk y terminaron atentando contra la vida del embajador alemán en Moscú y contra los dirigentes bolcheviques, incluyendo a Lenin5 (en este último caso la autora fue una militante de los SR de derecha), un comportamiento provocador.

Los mencheviques internacionalistas permanecieron fuera del nuevo gobierno. Pero esto ocurrió por responsabilidad de Martov, que apostó por una orientación de “oposición leal” al nuevo gobierno (Alvin Wartel).

Los mencheviques internacionalistas fueron el ala izquierda del menchevismo durante 1917, y votaron en los soviets en varias cuestiones junto a los bolcheviques. Martov, sin embargo, se negó siempre a romper con el partido mayoritario dirigido por la derecha partidaria. Luego de la toma del poder bolchevique, y con el menchevismo en desbandada, Martov y Dan se hicieron cargo de lo que quedaba del partido, que tuvo momentos de recuperación parcial, por ejemplo, promediando 1918. En 1922 Martov se exiló en Alemania por consejo del propio Lenin, que temió que cayera bajo las “garras” de la Cheka (recordemos que Lenin y Martov eran amigos; Lenin lo tenía en alta estima y siempre lamentó que Martov hubiera quedado del otro lado de la barricada).

Mandel afirma lo mismo: “En rigor, un gobierno de coalición bolchevique, SR de izquierda y mencheviques de izquierda (…) hubiera sido posible. Los bolcheviques no se oponían a esta solución (…). Pero desde el primer momento fue el grupo Martov el que se negó a comprometerse por esa vía” (“1917: ¿Golpe de Estado o revolución social?”).

En igual sentido, Lars T. Lih cuenta cómo Martov y su grupo consideraron que un gobierno de coalición revolucionario con los bolcheviques sería un “sueño irreal”. Por eso suena ilusoria la crítica de Michaloux y Sabado a los bolcheviques cuando le endilgan a Lenin la afirmación: “Ahora que el poder ha sido conquistado, conservado, consolidado entre las manos de un solo partido, no toca compartirlo” (abril 1918). Ésta sería una prueba de los “déficits democráticos” del nuevo gobierno bolchevique.

Nos parece que nuestros autores han ido a buscar dichos déficits en el lugar equivocado. La toma del poder por parte de los soviets fue el acontecimiento central de la Revolución de Octubre: una batalla que sólo los bolcheviques asumieron (ya señalamos que acompañados por SR de izquierda y anarquistas). ¿Cómo se les podía exigir que compartieran el gobierno con las corrientes conciliadoras que se oponían al nuevo poder proletario? Y, para colmo, en las condiciones donde estaba desatándose la guerra civil.

Una cuestión a problematizar es el vaciamiento de los soviets que sobrevino posteriormente. Pero criticar a los bolcheviques por no haber compartido el poder con los socialistas conciliadores no tiene pies ni cabeza. Tengamos presente que las exigencias de los conciliadores eran una burda maniobra para anular lo que los bolcheviques habían conquistado libremente en la lucha política: el derecho a presidir la primera dictadura proletaria de la historia.

Alex Callinicos, del SWP inglés, trae a colación una cita de Lenin sobre los mencheviques que es esclarecedora: “En pocas semanas [en el poder como parte del Gobierno Provisional], los mencheviques y SR asimilaron todos los métodos y formas, los argumentos y sofisterías de los ‘héroes’ europeos de la Segunda Internacional, de los ministerialistas y de toda laya de oportunistas de baja estofa” (International Socialist, otoño 2017).

Los bolcheviques tuvieron déficits durante su gestión. Pero el “hilo rojo” de su actuación debe problematizarse alrededor de la compleja combinación entre dictadura proletaria y democracia socialista planteada por la guerra civil. No hacerlo así daría lugar a una teorización democratista, que bajo la premisa justa de subrayar la importancia vital de la democracia socialista, terminaría trasmitiendo una concepción ingenua de la lucha de clases perdiendo el terreno real en el cual los acontecimientos se desarrollaron.

Sí recogemos la apreciación de Mandel de que en 1920 los obreros consideraban a los mencheviques como un partido soviético (algo válido también para los anarquistas), cuestión que remite al problema del pluripartidismo soviético, a la pluralidad de la representación política dentro de las instituciones obreras y populares, no al monopolio del gobierno como tal. Hay que ser cándido para no darse cuenta de que el poder es algo difícil de compartir: si hay varias sedes del poder no hay poder alguno. Por no hablar de cómo se extreman las cosas en una guerra civil, aspecto que abordaremos más abajo. De ahí que parezca tan ridícula, en definitiva, la exigencia de Michelaux y Sabado de que los bolcheviques “repartieran el poder” con las demás corrientes de los soviets; Callinicos presenta una opinión similar al afirmar que un gobierno de coalición de todos los partidos de los soviets hubiera significado la victoria de la contrarrevolución sobre un régimen soviético paralizado por divisiones internas (International Socialist, otoño 2017).

En realidad, el problema remite a la dialéctica entre organismos de poder y partidos, problemática inevitable en la medida en que no existen organismos de poder sin partidos, como reclamaban erróneamente los anarquistas; volveremos sobre esto. Se trata de un problema vinculado con el vaciamiento de los soviets, pero que es de una índole distinta al del gobierno: se gobierna con quien hay acuerdo programático. El gobierno no puede implicar una proporcionalidad per se independientemente de las posiciones que se defienden, algo que siquiera ocurre en cualquier gobierno burgués de base parlamentaria y que nos suena sindicalista.

Repetimos: una cosa es defender el pluripartidismo en el seno de las instituciones soviéticas, necesidad que quedó marcada a fuego por la experiencia histórica, y otra plantear que los bolcheviques deberían haber compartido el gobierno: “Había que encontrar los medios y las mediaciones para que [las demás fuerzas ‘socialistas’. RS] pudieran encontrar su lugar en el seno del poder soviético” (“Nuestra Revolución Rusa”, ídem), afirmación que sorprende por su ingenuidad voluntarista.

Esto no quiere decir que la norma deba ser el gobierno de un solo partido. Mucho menos la nefasta idea del “partido único” o proscribir a la oposición en los soviets (como erróneamente terminó ocurriendo en 1921). Porque sin diversidad de tendencias políticas, sin lucha de tendencias en las instituciones de la clase trabajadora, no puede haber democracia socialista.

Gobierno e instituciones de representación son instancias distintas que no corresponde solapar; asimismo, es un error completo la idea de que pudieran existir “soviets sin partidos”. Los partidos tienen su derecho a presidir el poder si se lo han ganado en buena ley.

 

1.4 La disolución de la Asamblea Constituyente

 

Otro clásico es criticar a los bolcheviques por la disolución de la Asamblea Constituyente, una reivindicación democrática que venía de la Revolución de Febrero y que el Gobierno Provisional se había negado a concretar.

La elección de los congresistas se hizo por voto universal inmediatamente después de la toma del poder por los bolcheviques, con la dificultad, entre otras, de que los SR de izquierda habían formado un nuevo partido y, sin embargo, la mayoría de derecha se quedó con el monopolio de una representación electa antes de la división.

La Constituyente fue convocada para el 5 de enero de 1918 (ya con el nuevo calendario), expresando una clara mayoría eserista de derecha y un bloque bolchevique importante, pero aun así minoritario. Los bolcheviques la disolvieron fácilmente el mismo día en que se reunió, al negarse la Asamblea a votar en favor de la Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado emitida por el gobierno de los Comisarios del Pueblo y ratificada en el III Congreso de los Soviets de toda Rusia el mismo mes (y que rememoraba la histórica Declaración de derechos del hombre y los ciudadanos de la Revolución Francesa en 1789, pero sobre bases sociales eran opuestas: una había consagrado la propiedad privada, otra la había abolido).

La Asamblea Constituyente pretendió establecer una competencia de legitimidades. Pero el poder real estaba en manos de los soviets y los bolcheviques, en manos de la revolución proletaria. De ahí que ésta procediera a disolver la Asamblea en tanto institución que no representaba la maduración a la que habían llegado los asuntos, representativa del régimen burgués y superada por el carácter socialista de la revolución. Nadie se mosqueó por esto. La Constituyente disuelta sólo sirvió como talismán para los intentos de legitimación “democrática” de la contrarrevolución blanca y de toda laya de socialistas conciliadores.

También aquí, no obstante, se trata de una solución debida a las circunstancias, no un “principio”, y no quiere decir que en todos los casos se deban rechazar los mecanismos del voto universal, o que en otro escenario no pueda convivir una organización de este tipo con el poder de tipo soviético, aunque subordinada estrictamente a él. Se trata de una cuestión que debe ser apreciada en cada caso concreto según las necesidades de la revolución.

En estas coordenadas quedó planteando el debate en torno a la Asamblea Constituyente, un asunto retomado por Rosa Luxemburgo en su folleto La Revolución Rusa, donde criticaba que los bolcheviques no hubiesen convocado a nuevas elecciones a Constituyente de forma inmediata: “Si la Asamblea Constituyente ya estaba elegida mucho antes del punto crítico (…) la conclusión evidente era liquidar esa asamblea caduca, no nata, y convocar sin tardanza a nuevas elecciones para la Constituyente”.

Michaloux y Sabado retoman el argumento de Luxemburgo. Para ellos, hubiese sido positivo que los bolcheviques convocaran a una nueva Asamblea Constituyente, en todo caso a la salida de la guerra civil: “Todo ocurre como si a partir de entonces [los bolcheviques] juzgaran, tras la insurrección victoriosa y la toma del poder, como superflua toda manifestación electoral general distinta de la renovación periódica de la representación en los distintos soviets. En cierto modo, esta Constituyente se reveló finalmente como caduca desde su formación, pero el proceso que la defendió y defendió la Revolución durante largos meses, proceso de una vibrante aspiración democrática, hacía necesaria una respuesta institucional paralela a la representación soviética y no contra ella” (“Nuestra Revolución Rusa”).

El argumento no es convincente. Todo el problema pasa por la complejidad que entraña el último renglón de nuestros autores: que una eventual nueva Constituyente fuese “paralela y no competitiva” con los soviets y el gobierno bolchevique. Porque desde el vamos la Constituyente planteó una competencia de formas de representación ligadas a la existencia de dos expresiones de poder antagónicas: el obrero y el burgués. Dos legitimidades que aludían a los mecanismos de representación en competencia de la revolución y la contrarrevolución: “Más y más, la Asamblea Constituyente se transformó en el centro de los intentos de golpe blando; esto es, para inducir al poder soviético a salir de la escena de manera amigable” (“From February to October”, Lars T. Lih).6

Sobre esta circunstancia hemos escrito en otras oportunidades, y remite a la apelación al sufragio universal en países heterogéneos socialmente. No olvidemos que la Rusia soviética estaba constituida por una serie de “islas urbanas/obreras” en medio de un océano campesino. Con la Constituyente se planteaba el peligro de que en vez que el proletariado arrastrara al campesinado, como en los soviets, la ecuación se invirtiese: que el campesinado arrastrara a los obreros y que la “revolución burguesa” liquidara la proletaria.

Ésta era la perspectiva defendida por Martov, que pensaba que los soviets debían devolverle la soberanía a la Constituyente para que luego ésta se la devolviera, nuevamente, a los soviets. Pero en este esquema, en definitiva, la soberanía última residía en las formas de la democracia burguesa y no en las de la democracia proletaria, lo que no era una simple formalidad: “Para Martov, (…) la Asamblea Constituyente, a ser elegida sobre la base del sufragio universal (…) era la realización de un ‘mito’ tradicional revolucionario que guardaba en su seno la esperanza de una transformación democrática de la vida política y social rusa (…). De esta guisa (…) los latiguillos y exigencias ‘democráticos’ [son concebidos] (…) mediante el traslado del poder de los soviets a la Asamblea Constituyente y de ahí, una vez más, de vuelta al poder de los soviets, con la sanción de la Asamblea Constituyente” (A. Wartel).

Pero de esta manera, como se ve, la soberanía última salía de los soviets y quedaba en la Constituyente, una institución de poder burguesa. Además, el sufragio universal tiende a disolver los sectores más activos entre los pasivos. Puede ser que sirva como punto de apoyo complementario para lograr una representación ampliada a la de los organismos de poder de la clase trabajadora (no hay nada de principios en contra de esto) que amplíe la base de sustentación de la dictadura proletaria (recordemos que la restricción del sufragio universal Lenin la planteaba exclusivamente para Rusia) hacia más amplios sectores, una cuestión a evaluar en cada caso.

Michaloux y Sabado parecen pensarlo en este sentido cuando plantean que los bolcheviques tendrían que haber convocado a una Constituyente en 1921 como forma de revitalizar la democracia en el país. Pero el argumento nos parece caprichoso. La situación de los bolcheviques era desastrosa. Cargaban con el costo político de una guerra civil destructiva. Un período de tremendas privaciones que los había colocado en minoría, situación que se esforzarían por corregir mediante la NEP. Convocar a una Asamblea Constituyente en esas condiciones habría significado entregar el poder a las corrientes conciliadoras, si no a las abiertamente contrarrevolucionarias.

Nuestros autores afirman que, en todo caso, ese escenario hubiese sido “menos dañino” visto a escala histórica el desastre de la burocratización que vino después: si los bolcheviques perdían la elección a Constituyente seguramente se “recuperarían” cuando los obreros y campesinos “se dieran cuenta de que sólo los bolcheviques defendían las conquistas de la revolución (…). La lucha habría renacido rápidamente para defender por todos los medios las conquistas de la revolución y habría encontrado su traducción política en las siguientes elecciones, renovando la confianza hacia los responsables del cambio social iniciado en 1917 por la revolución y los soviets”…

Pero toda la argumentación es tan absurda como contrafáctica. Primero, nadie le entrega tan suelto de cuerpo el poder a la contrarrevolución. Hay candor (¡por decir lo menos!) en la afirmación de que “no importaba si se perdía una elección” porque se “ganaría seguramente en la próxima”. Si el monstruo burocrático se puso de pie (en las condiciones del asilamiento en la que quedó la Revolución Rusa), hay que balancear qué es lo que realmente se hizo mal; qué es lo que se podría haber evitado en vez de hacer pasar una perspectiva simplista (democratista) como eventual “solución de los problemas”.

Otro problema que tiene el abordaje de Sabado y Michelaux es que pasan por alto que las herramientas mediadoras son los partidos. Si los bolcheviques hubiesen convocado a una Constituyente en ese momento, habrían creado una institución rival a los soviets y a su propio poder. Es afirmar que lo mejor que les podría haber pasado era que “dejaran el poder”, vía liquidacionista que no soluciona ningún problema.

¿En qué mundo real una organización deja, motu proprio, el poder? Para colmo, en la perspectiva de un retorno burgués, un argumento que ya luce hasta criminal vistos los costos de la contrarrevolución en el siglo XX. Este problema se planteó concretamente cuando el levantamiento de los marinos de Kronstadt (1921), con Lenin preguntándose si había alguna posibilidad real de una tercera alternativa entre el poder bolchevique y la contrarrevolución burguesa: “Lenin no quería ceder a la reivindicación económica de los amotinados hasta que la insurrección fuera liquidada (…) para él, una tercera vía, ilusoria, entre los rojos y los blancos, no podía decantar en otra cosa que no fuese la restauración capitalista” (Jean-Jacques Marie, 2005). Incluso Alvin Wartel, crítico burgués liberal del gobierno bolchevique y simpatizante de la figura de Martov, afirma lo mismo: la alternativa histórica efectiva al bolchevismo durante la guerra civil no era la “democracia” sino la dictadura militar contrarrevolucionaria y el Terror Blanco.

Hay que insistir, además, que cuando se habla de instituciones, esto es, de formas de representación política, no se refiere simplemente a clases y fracciones de clase en general sino a partidos, corrientes políticas que se organizan para defender un determinado programa y que en el caso de la Revolución Rusa, sacando a los bolcheviques, estaban en oposición frontal al curso socialista de la revolución.

La Constituyente ilustró que no había modo de que las “formas democráticas” y el contenido social de la representación no fueran estimadas de manera combinada. Daniel Bensaïd insiste en la necesidad de romper con la identificación mecánica entre una representación política y su contenido social, por ejemplo, respecto a que la clase obrera pueda tener varios partidos revolucionarios. Esto es correcto siempre y cuando esta necesaria dialectización de ambos términos no los termine escindiendo. Así, nuestra apelación a la democracia socialista es siempre como vehículo de la representación de los explotados y oprimidos, de sus intereses inmediatos e históricos; no una apelación democratista, abstracta, que termine enmascarando otros intereses sociales: “Kautsky (…) no se pregunta de qué clase era órgano la Asamblea Constituyente en Rusia” (Lenin, El renegado Kautsky).

De manera contemporánea, también en la revolución alemana se planteó la relación entre los embrionarios soviets y formas de representación y poderes alternativos surgidos en la Revolución de Noviembre de 1918 (como la República Concejista de Baviera, que duró unos meses) y la Asamblea Constituyente que convocaron socialdemócratas y burgueses para echarle agua al fuego de la revolución. En ese caso, se trataba de una Constituyente en la que había que participar dado el desarrollo todavía inmaduro del proceso revolucionario, sin menoscabo de dar la pelea contra la subordinación de las expresiones de doble poder. Rosa Luxemburgo defendió esta participación en el Congreso de fundación del Partido Comunista Alemán (diciembre 1918), pero perdió la discusión ante una base partidaria joven, inexperta e izquierdizada, incapaz de superar de manera correcta la experiencia del oportunismo socialdemócrata.

Pero en Rusia, había que combatir para que la Constituyente no liquidase las expresiones de poder obrero, que fue lo que ocurrió: se inscribió a los soviets como institución subordinada en la nueva Constitución burguesa. El centrismo oportunista los reivindicó como meras “organizaciones de combate de una sola clase” (Martov), y no como institución de poder de la clase obrera extensible hacia el conjunto de los explotados y oprimidos: postuló que la única organización de poder debía ser la Constituyente (Kautsky).

Trotsky cuestionó el criterio democratista incluso para la evaluación de los soviets afirmando que, en definitiva, lo que cuenta es el contenido real de la representación: si dichos organismos son la expresión viva de la revolución (Lecciones de Octubre). Sin dejar de ser correcta esta apreciación, cabe agregar que la experiencia histórica ha marcado a fuego la importancia estratégica de que los trabajadores se doten de organismos de representación, a la vista del dramático problema que fue para la Revolución Rusa el vaciamiento de los soviets ocurrido bajo las tremendas condiciones de la guerra civil. Los mejores elementos del proletariado fueron enviados al frente. Sucedió un retraimiento de la clase obrera bajo el hierro de las dificultades de la contienda. El desangre numérico de las ciudades proletarias golpeó antes que nada a la ciudad cuna de la revolución: Petrogrado (y también a Moscú, la nueva capital de la República Soviética). La mayoría de las corrientes socialistas conciliadoras se pasaron a la oposición contrarrevolucionaria.

En estas, condiciones la dinámica de la representación se deslizó, insensiblemente, para el lado del “partido único”, y se perdió de vista la necesidad del pluripartidismo soviético, incluso para que el partido revolucionario en el poder no se vea sometido a presiones sociales que lo degeneren: “Devenido partido único, el partido bolchevique quedó condenado, en tanto que tal, a devenir el campo de batalla obligatorio para el enfrentamiento de fuerzas sociales del país en el momento que la NEP hacía revivir las franjas burguesas y pequeño burguesas [por no olvidarnos del surgimiento de la burocracia. RS]”, señala Broué.

Es clásica la sentencia presentada por Trotsky: “La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones [en el seno del partido bolchevique]; la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra manera que el jefe infalible. El monolitismo policíaco del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que, a su vez, se transformó en la causa de todas las variedades de desmoralización y corrupción” (La revolución traicionada). La guerra civil fue la cocina donde a fuego lento comenzó la cocción de una serie de prácticas que luego facilitaron la burocratización de la revolución.

En cualquier caso, y más allá del problema del vaciamiento de los soviets, lo que interesa acá es que la Asamblea Constituyente era una institución rival al novel poder proletario: una institución burguesa. Es un error criticar a los bolcheviques por disolverla, sin menoscabo del alerta de Rosa Luxemburgo acerca de la importancia estratégica de la democracia socialista en el contexto de la dictadura proletaria; una enseñanza de valor universal.

 

  1. El giro a la guerra civil

 

2.1 Una fortaleza sitiada

 

Quizá no se llegue a apreciar cabalmente que el régimen que rigió en la República Soviética durante la guerra civil fue un régimen político específico, también revolucionario, pero distinto al régimen de la democracia soviética de 1917 y mitad de 1918. Así, se podría decir que el gobierno bolchevique admitió dos regímenes políticos: el régimen de la democracia socialista emergente de la primera parte de la revolución y el régimen de la guerra civil, ambos expresión del poder de la clase obrera. Quizá hasta podamos hablar de un tercero, desde el final de la guerra civil hasta la muerte de Lenin. En todo caso, entrados ya los años 20, lo que comenzó a configurarse es un gobierno de otro tipo, que hizo una transición desde el gobierno revolucionario al contrarrevolucionario.

Durante 1917 y hasta mediados de 1918 la marea ascendente de la revolución empujó los desarrollos: los soviets eran, realmente, el punto de referencia de la clase obrera, de los explotados y oprimidos en general, y toda la experiencia política se sustanció como una lucha política democrática en su seno referida a los rumbos de la revolución.

Lenin lanzó la apelación a que las masas “tomen en sus manos” todas las tareas, llamado a la iniciativa desde abajo que se ve reflejado de manera vibrante en obras El año 1 de la revolución (Serge), Diez días que conmovieron el mundo (Reed) y muchos otros textos que reflejan el ingreso de las más amplias masas a la vida política: ¡la marea ascendente y tumultuosa de la revolución!

La vida política vibraba en los soviets, en las fábricas, en los barrios y en las calles; el partido bolchevique bullía internamente; una movilización de masas imparable tomaba la iniciativa por su cuenta sin esperar ninguna decisión desde arriba; había una irrestricta libertad de prensa y opinión; todas formas que muestran los rasgos generales del régimen de la democracia soviética cuando la historia se hacía en las calles, o cuando las masas movilizadas eran el verdadero órgano de la revolución, como diría Trotsky.

Con el comienzo de la guerra civil el régimen cambió. La clase obrera continuó en el poder (reflejada, sobre todo, en la expresión política más consecuente de la revolución, que era el partido bolchevique). Pero muchos otros elementos se modificaron en lo que Trotsky llamó “una fortaleza sitiada”.

El problema es que en condiciones semejantes la democracia socialista no puede florecer: “La situación militar, la partida al frente de decenas de miles de responsables y militantes, la necesidad de renovar los responsables rápidamente con el avance o la retirada del Ejército Rojo y las pérdidas enormes sufridas en todos los frentes hicieron que la democracia de 1917 y comienzos de 1918 no fuera más que un lejano recuerdo” (Broué, Trotsky: 204).

¿Cuál fue la modificación que se produjo? Ocurrió un desbalance entre los elementos democráticos y los centralizadores en beneficio de estos últimos. Los centros neurálgicos de esa centralización, en primer lugar el partido y el poder bolchevique mismo, se vieron hiperfortalecidos en función de una circunstancia de vida o muerte: la férrea disciplina en la acción en medio de una guerra civil. J-J. Marie señala que a lo largo de la guerra civil, en el medio del caos y la desorganización, Trotsky se transformaría en el “heraldo de la centralización” (lo que correspondería tanto a las necesidades del momento como a la transformación de su carácter).

Todo militante sabe lo que significa la disciplina en cuestiones cotidianas como, por ejemplo, las columnas partidarias durante las movilizaciones: se acatan las ordenes de acción. Cualquier duda, se discute después. Discutir en medio de una acción sólo lleva a la parálisis, a la posibilidad que el enemigo nos golpee. La instancia del balance tiene que venir posteriormente. Salvando las distancias, la lógica es similar en las operaciones durante la guerra civil: alguien tiene que tener el mando y dirigir la acción; las órdenes deben ser acatadas so pena de caer frente al enemigo.

Este principio elemental es el que se extendió al conjunto del régimen político, desde las instituciones políticas a la economía. Pero, de todas maneras, el partido mantuvo una vida democrática intensa, con tendencias y fracciones en desarrollo. Si en el Ejército Rojo dominaron los elementos de disciplina (y la apelación a los especialistas militares zaristas controlados por comisarios políticos), la conciencia de los obreros y campesinos en armas tuvo un peso fundamental (lo mismo que las “charlas motivacionales” con las que Trotsky arengó a las tropas durante la contienda).

La lógica de la guerra civil era de revolución y contrarrevolución, y esto melló elementos fundamentales de la democracia soviética imposibles de sostener en tales condiciones. El partido Kadete fue prohibido ya en diciembre de 1917 por haberse pasado abiertamente al campo de la contrarrevolución. Fueron prohibidas también sus publicaciones. Eseristas, mencheviques internacionalistas, anarquistas de diversa laya, majnovistas fueron admitidos parcialmente y prohibidos parcialmente según las circunstancias cambiantes de la guerra civil y su posicionamientos en el contexto de ésta. De todas maneras, conservaron representación en los soviets e incluso recuperaron representaciones perdidas en varias oportunidades.

La Cheka fue creada en diciembre de 1917. Al comienzo se la pensó como una institución para combatir el sabotaje. Posteriormente fue multiplicando sus actividades conforme se radicalizaba la guerra civil. Este tipo de instituciones son características de la guerra civil, un escenario donde las conspiraciones están a la orden del día y donde muchas veces se cree en cualquier cosa. En un escenario así, es muy difícil prescindir de una policía política. Sin embargo, es verdad que la autonomización de la Cheka (por cuenta de sus tareas “profesionales”) fue un problema tremendo para el desarrollo de la revolución y para la subsistencia de los elementos de democracia socialista en su seno, cuestión que abordaremos más abajo.

En lo que nos queremos detener aquí, primeramente, es en un tema más delicado aún, si se quiere: el gobierno bolchevique tuvo que prohibir huelgas, disolver manifestaciones, detener activistas vinculados a los partidos conciliadores. ¿Cómo se asume esto dentro de la perspectiva de la democracia socialista, de la libre expresión de los trabajadores? La única forma de entenderlo es contextualizarlo: apreciar que el gobierno bolchevique defendía los intereses inmediatos e históricos de los trabajadores, pero que muchas veces, bajo las condiciones dramáticas de la guerra civil, los segundos se contraponían inevitablemente a los primeros…

Ése fue el operativo de las corrientes conciliadoras: arrojar contra el gobierno revolucionario el deterioro de las condiciones de vida. Lo hacían ocultando que, aun en las peores condiciones, lo que estaban intentando hacer los bolcheviques era defender los intereses históricos de la revolución.

Las restricciones de todo tipo para el frente de guerra (económicas y democráticas), encontraban su justificación real en el intento de imponerse en la guerra civil. Mucho debate se ha sustanciado comprendiendo que la caída del gobierno bolchevique hubiera dado lugar no a una idealizada democracia burguesa estilo occidental, sino a una brutal dictadura militar que habría anticipado los regímenes fascistas vividos durante el siglo pasado; esto amén de fracturar en mil pedazos el país.

Para el trabajador de a pie, el campesino, el vecino de un barrio popular o el soldado rojo, los tremendos rigores de la guerra civil, el reclutamiento para el frente, el racionamiento alimentario casi total, el florecimiento del mercado negro, la requisa forzosa de granos, no podían ser agradables. Y quizá en muchos casos lograba obnubilarles la vista de lo que estaba en juego.

Un ejemplo entre tantos es que para finales de 1919 el Ejército Rojo había perdido 980.000 hombres, dos terceras partes de los cuales habían sucumbido a causa de heridas mal curadas, a menudo vendadas con sus portianki (calcetines) mugrientos; de la falta de medicamentos (uno de los efectos más dramáticos del férreo bloqueo imperialista que vivió el país entre 1919 y 1920), del hambre, del frío, de los piojos, de la gangrena, del tifus o de la disentería (Jean-Jaques Marie 2009: 221), cuestiones que tuvieron peores consecuencias que los enfrentamientos militares.

Eric Toussaint señala que 8 millones de personas murieron durante la guerra civil, de las cuales más de 7,5 millones a causa del hambre, el frío y las epidemias, contra “sólo” 350.000 muertos en combate. El número de muertos durante la guerra civil es superior incluso al de los muertos durante la guerra de 1914-1918: alrededor de 7 millones. La lógica del imperialismo fue que si no se podía tirar abajo el poder bolchevique, había que dejarlo tan golpeado que su ejemplo no pudiera cundir, que la revolución no pudiera cumplir sus “promesas”.

De ahí que sea tan fácil hacer obras como La revolución en retroceso, 1920-4, de Simon Pirani, caracterizada por un contenido antibolchevique insoportable: suma una serie de relatos sin una lógica mayor que la idea liberal de que los bolcheviques habrían sido una especie de “nueva elite política” venida para explotar a los trabajadores. Ese relato facilista, este balance paradójico de la Revolución Rusa donde los bolcheviques serían, finalmente, los villanos (tan de moda en ciertos ámbitos universitarios en este centenario), es imposible que deje enseñanzas críticas sobre las circunstancias obtenidas con toda la seriedad del caso, que es lo que se necesita si se quiere aprender de la Revolución Rusa en vez de hacer brulotes sin rigor.

El régimen político había cambiado dejando un dramático lastre para las perspectivas de la revolución. El error de los bolcheviques fue no darse cuenta cabalmente de este hecho, haber llegado tarde a la comprensión del monstruo burocrático, no haber encontrado a tiempo las armas para combatir este fenómeno inédito e inesperado en el seno de la revolución.

 

2.2 El Comunismo de Guerra

 

El Comunismo de Guerra fue el régimen económico que caracterizó el período. Dio lugar a todo tipo de romanticismos en el sentido de que se estaba pasando “directamente” al comunismo. Pero esto no era más que un espejismo: no existían las condiciones objetivas para sostener un pasaje directo a una socialización de la economía, a la abolición del dinero y el mercado y otra serie de ilusiones de superación de las contradicciones heredadas del capitalismo sobre la base de un bajo nivel de las fuerzas productivas. En este sentido, es agudo lo que señala Moshe Lewin de que la sustitución del mercado por el Estado en las relaciones económicas en el campo incrementó el aparato burocrático, consecuencia que los Comunistas de Izquierda de la época perdieron de vista.

Trotsky señalaría que, en realidad, el Comunismo de Guerra no había sido un régimen económico sino antieconómico: su lógica no era la reproducción ampliada del capital y la satisfacción de las necesidades, sino el abastecimiento del Ejército Rojo y el frente de guerra a costa de saquear la economía y la sociedad; esto es, un régimen de desacumulación económica.7

La sociedad soviética gastó en esos años parte fundamental del capital físico y humano acumulado para imponerse en la guerra civil. Y ningún régimen de desacumulación económica puede subsistir un largo período.

Dadas las circunstancias, hubo que centralizar la economía más allá de lo que daban las circunstancias objetivas (y la maduración subjetiva de la revolución) para garantizar la rapiña de toda la economía. Es en este contexto que se instaló la dirección única en las fábricas; se restableció un “patrón”. Si comprendemos el marco en el cual se encontraba la revolución, la necesidad imperiosa de que se entreguen los aprovisionamientos a un ejército de 5 millones de integrantes, los límites en el desarrollo de una conciencia obrera y popular en condiciones de miseria (donde los intereses generales quedan subordinados a la supervivencia cotidiana, casi una guerra de todos contra todos), parece evidente que la gestión colectiva de las fábricas apareciese como un “lujo”, un exotismo…

Samary señala que “el ‘despotismo de fábrica’ no fue cuestionado, y el abordaje dominante en los marxistas sobre la ‘primacía’ de las fuerzas productivas como condición de una transformación socialista marcó sin duda, más allá del pragmatismo de la urgencia, una forma de etapismo económico. La noción de ‘transición al socialismo’ refleja sin duda parcialmente –de manera discutible– este etapismo. Tanto los anarquistas como los ‘comunistas de izquierda’ lo criticaron a justo título, promoviendo la democracia en el núcleo de las empresas” (cit.). Pero aunque señala posteriormente que esto no debe implicar ninguna respuesta simple a las cuestiones planteadas, el problema aparece cuando considera “discutible” el marco transitorio (de sociedad en transición) en el cual actuaron estas tentativas bolcheviques; circunstancias agravadas por la guerra civil. La tendencia debe verificarse a que los trabajadores tomen en sus manos todas las tareas. Pero, mientras tanto, la sociedad debe funcionar, lo que plantea un problema que no puede ser resuelto con fórmulas simplistas, denunciando un “etapismo” que no fue tal.

Se llamó a los profesionales para que asistieran la producción y el ejército. Los profesionales eran, en general, figuras burguesas o de clase media alta, adversarias, si no enemigas, de la revolución. Pero tenían un saber hacer acumulado que no poseía la clase trabajadora ni el partido. Esta apelación a los profesionales, en realidad, fue un paso forzado por las circunstancias concretas de la transición con una clase social que no tiene experiencia de mando y dominio. El mando único de las fábricas puede plantearse en el terreno de una gestión más experimentada, so pena de hacer de la producción un parlamento cotidiano que traba la ejecución cuando está en juego la revolución.

Desde ya que esta apelación fue pensada como una medida transitoria: lo estratégico era la elevación cultural y política de la clase obrera para hacerse cargo de todos los asuntos. Pero esta elevación entraña un período histórico de formación; no puede ser algo de un día para el otro: “La conciencia es el factor más perezoso de la historia. Es preciso que los hechos materiales impulsen, golpeen a los pueblos y las clases en la espalda, el cuello, las sienes, para que esa maldita conciencia por fin despierte y comience a cojear detrás de los hechos” afirmaría Trotsky en algún momento de la guerra civil (J-J. Marie 2009: 206). Algo similar, aunque de manera más mecánica, menos concreta, plantearía Georg Lukács en Historia y conciencia de clase.

De ahí que el gobierno bolchevique haya estado pautado por una rica discusión acerca de los desarrollos, con toda suerte de tendencias y fracciones. En general, en la mayoría de las encrucijadas (aunque no en todas, claro está), nos alineamos con Lenin. ¿Cuál era la dificultad? Evidentemente, cómo sostener, en medio de estas medidas transitorias, la perspectiva estratégica del poder proletario: de que cada vez más trabajadores, más explotados y oprimidos, se hicieran cargo colectivamente de los asuntos, que se diera lugar realmente a un “semi-estado proletario”.

Los bolcheviques ensayaron mil iniciativas. Lo refleja el tono de angustia del último Lenin cuando se esfuerza por plantear que era mejor “ir de a poco pero más consistentemente”, o la necesidad de una profunda “revolución cultural”, o cuando se preocupa por el involucramiento de la inmensa masa de obreros sin partido. Una preocupación similar muestra Trotsky en textos como Problemas de la vida cotidiana, cuando observa que “no sólo de política vive el hombre”, cuando muestra su confianza en que herramientas revolucionarias como el cine puedan dar lugar a otras formas de socialización que sustituyan los ritos ancestrales y atávicos de la iglesia.

Hay que entender el terreno real de la revolución, el carácter del proceso de transición que se iniciaba, el hecho que la revolución se hace con hombres y mujeres como los de hoy, y no la idealización del “hombre nuevo” estilo Guevara. Este durísimo proceso de transición debe tender a la máxima democracia socialista, pero en las condiciones de la guerra civil llevó a una centralización excesiva de los asuntos.

 

2.3 Un régimen de excepción

 

Para nosotros está claro que aun en medio de estas restricciones, la clase obrera seguía en el poder por intermedio del partido bolchevique. Pero aquí se plantea un problema dramático: el partido no es el único hacedor de la historia; se transforma en el elemento definitorio sólo en momentos muy determinados. Es un factor clave frente al cual todos los demás elementos le son objetivos, lo presionan. Trotsky dice en Bolchevismo y stalinismo que el partido bolchevique era sólo eso: un partido: una de las tendencias políticas de la Revolución Rusa; nada más. Con esto quiere subrayar que la revolución se constituyó por el concurso de todos los demás factores. Y que no había forma que estos factores no la distorsionaran, no impactaran en el partido mismo.

Cuando los bolcheviques cometen el terrible error de prohibir las tendencias y fracciones; cuando, por lógica consecuencia, prohíben también los demás partidos soviéticos, no se daban cuenta de que de esta manera introducían todas las presiones sociales en el seno del partido. Este factor es el que lo terminó matando en tanto que organización revolucionaria; lo que hizo que deviniera, en definitiva, otra cosa: el partido de la contrarrevolución burocrática (de allí que nunca nos haya gustado el título de la clásica obra de Pierre Broué, El partido bolchevique, que mantiene un mismo rótulo para una organización que se había transformado en su contrario). El régimen político de la dictadura proletaria exige la democracia socialista, exige el pluripartidismo, exige el libre juego de las tendencias políticas hasta para preservar al propio partido revolucionario de las presiones de las clases sociales enemigas.

Por eso, el régimen de fortaleza sitiada, que necesariamente anula muchos de estos elementos, sólo puede ser un régimen de excepción. Porque, como demostró la experiencia de la Revolución Rusa, si estos elementos se eternizan, la revolución se pudre. Si se impone un régimen donde el único elemento activo es la burocracia, cae la dictadura proletaria.

Un elemento clave para entender las circunstancias en que quedó la revolución es su aislamiento internacional. Cuando los 14 ejércitos sostenidos por el imperialismo desataron la guerra civil, el esquema fue, como señalamos, si no deponer a los bolcheviques, al menos impedir que cundiera su ejemplo. Parte de esto ocurrió respecto de las consecuencias de la guerra civil, y no solamente en materia económica, sino con las prácticas militarizadas de gestión del poder.

En cualquier caso, las cosas no hubieran seguido el rumbo que tuvieron si alguna revolución socialista hubiera triunfado en Occidente. El involucramiento del imperialismo en la guerra civil estuvo limitado tanto porque las masas populares europeas no estaban dispuestas a ir a otra guerra luego de los desastres de la guerra mundial como por el hecho de que los primeros años del poder bolchevique coincidieron con un ascenso revolucionario sin igual en Europa occidental. 1918, 1919 y 1920 fueron años revolucionarios en Hungría, Alemania, Austria, Francia, Italia y muchos otros países del continente. Sin embargo, salvo el gobierno de los consejos en Hungría encabezado por Bela Kun durante unos pocos meses de 1919 (experiencia que terminó en derrota), ninguna otra revolución socialista logró triunfar.

Cuando la revolución socialista fue contenida en Europa se trasladó a Asia, donde se vivió la que vendría a llamarse la “segunda revolución China”: una revolución obrera que se estaba sustanciando en las ciudades costeras más desarrolladas desde el punto de vista capitalista del gigante asiático, y que tuvo su apogeo en los años 1925-27.

Sin embargo, esta revolución también fue derrotada. La Revolución Rusa quedó así aislada, librada a sus solas fuerzas. Y el problema de este escenario fue el que habían anticipado los bolcheviques: Rusia podía dar el grito de guerra de una “era de revoluciones socialistas”, pero no podía completar la transición al socialismo en un solo país. Para esto se necesitaba la revolución en los países más avanzados del sistema capitalista. De ahí que el atraso económico y cultural se volvieran como un búmeran sobre la revolución, colaborando en su burocratización. Las bases materiales de eso son sencillas y hoy día fáciles de entender; no podía haber un “socialismo en un solo país” como preconizaron Stalin y Bujarin. El socialismo en un mundo cada vez más mundializado requiere del concurso de las fuerzas productivas más avanzadas, y éstas se encuentran en los países de punta del desarrollo capitalista y en la configuración misma del capitalismo como orden global. De ahí la estrategia internacionalista de Trotsky, reivindicada por toda la experiencia histórica de la revolución y la contrarrevolución rusa.

El aislamiento en que quedó la revolución, el retorno de “la lucha de todos contra todos”, la tendencia a dar lo menos de sí y sacar lo más posible, alimentada por las condiciones de escasez y miseria (Lenin), el “retorno del viejo caos” del que hablara Marx en La ideología alemana, todo ello explica los fundamentos materiales del proceso de burocratización que se estaba gestando y reivindica la perspectiva revolucionaria que sólo Trotsky fue capaz de defender durante los años más oscuros del siglo XX.

 

  1. El derrumbe de la democracia socialista

 

“La reacción política que comienza antes del Termidor consiste en que el poder comienza a pasar, formalmente y en los hechos, a las manos de un número de ciudadanos más y más restringido. Las masas populares, al comienzo por una situación de hecho, posteriormente de manera legal también, fueron poco a poco excluidas del gobierno del país” (Christian Rakovsky).

 

3.1 Terror Rojo y guerra civil

 

Dediquémonos ahora a profundizar en el proceso específico que llevó al hundimiento de los elementos de la democracia socialista en el seno del gobierno bolchevique. Un capítulo particularmente delicado del gobierno bolchevique es el del Terror Rojo y la formación de la Cheka. Aunque esta última fue formada a finales de diciembre de 1917 bajo el nombre de “Comisión extraordinaria panrusa para la lucha con la contrarrevolución y el sabotaje” (abreviada bajo el nombre Cheka, que quiere decir “comisión extraordinaria”), el Terror Rojo terminó declarándose recién medio año después en respuesta al intento de asesinato de Lenin por la socialista revolucionaria de derecha Fanny Kaplan en agosto de 1918 (en esa jornada fue asesinado Moisés Uritsky, comisario del pueblo del Interior y jefe de la Cheka de Petrogrado). Horas después del atentado se emitió un decreto oficial llamando al “terror masivo” contra todos los enemigos de la revolución reflejando la lógica de hierro de la guerra civil: golpe por golpe.

Antes de proseguir, conviene caracterizar primero la contrarrevolución blanca. Mandel insiste que tenía características fascistas o semifascista: hubiera sido una contrarrevolución burguesa y no feudal, restableciendo el zarismo como institución política y la propiedad privada. Más difícil era la vuelta a la servidumbre, que había sido abolida por el zarismo en 1861.

En cualquier caso, lo importante aquí es la exasperación de los desarrollos con el desencadenamiento de la guerra civil,; el desatarse de las “Furias del Terror” y su tendencia intrínseca a la radicalización: “No puede haber revolución sin contrarrevolución; son fenómenos y procesos inseparables, como la verdad y la falsedad: ‘Como la reacción está ligada a la acción’, están unidas entre sí propiciando una ‘acción histórica que es al mismo tiempo una dialéctica y que está empujada por la necesidad’” (Arno Mayer citando a Hanna Arendt, 2014: 63).

Serge había señalado que la guerra civil era la más terrible de todas las guerras, donde se rompen todos los vínculos de solidaridad entre las clases sociales, en la cual se enfrentan vecinos contra vecinos que se conocen las caras y compartieron algún tipo de cotidianeidad. Trotsky insistía en que no había manera de que una guerra civil se llevara adelante mediante métodos “humanitarios”: era inconcebible sin toma de rehenes, fusilamientos y justicia sumaria.

Hay que entender la mecánica del enfrentamiento “ojo por ojo, diente por diente” que plantea una confrontación de este tipo, el hecho que el bando proletario no pueda mostrar debilidad. El que muestre debilidad estará perdido porque se trata no solamente de ganar la guerra en el terreno militar sino de arrastrar, también, a la población neutral, que se definirá tanto por lo que comprenda que tiene en juego (derechos adquiridos como la tierra a los campesinos) como por aquel bando que se pueda imponer. De hecho, los campesinos cambiaron de bando varias veces en la guerra civil, y si se terminaron decantando por los bolcheviques es porque intuyeron que el triunfo de los Blancos habría significado la restauración de la propiedad de los grandes señores: “El terror implica la intimidación, las amenazas, los arrestos preventivos. Evocando los precedentes históricos, las revoluciones inglesa y francesa, la Guerra de Secesión y la Comuna de París, Trotsky explica que la ‘intimidación’ es uno de los más poderosos medios de acción política” (Broué, Trotsky: 205), y que la clase obrera no podía pasar por una guerra civil prescindiendo de ellos.

Es conocido cómo los comuneros de París pagaron muy cara su magnanimidad, un balance destacado por Trotsky en Comunismo y terrorismo (en un tramo valioso de esa obra en general equivocada que defiende la militarización del trabajo, entre otros problemas). Arno Mayer recoge el testimonio de la represión ejemplificadora de Thiers, el jefe de la III República burguesa fundada sobre la derrota de la Comuna, con 30.000 comuneros fusilados. En el mismo sentido Mandel destaca las características de la guerra civil: “En el frente blanco los procesos son muy cortos. Cada soldado es interrogado, y si admite ser comunista inmediatamente es condenado a muerte, fusilado. Los rojos lo saben perfectamente” (testimonio de un periodista reaccionario en plena guerra civil, “Octubre de 1917: ¿Golpe de Estado o revolución social?”).

Esto nos lleva a la problemática del Terror Rojo, desatado en respuesta al Terror Blanco de la contrarrevolución. Hubo también elementos de Terror Verde campesino (mayormente contra los bolcheviques) y terribles pogromos contra los judíos (asimismo embanderados del lado de la revolución): “En 1918-21, Ucrania fue el escenario de los peores pogromos –masacres perpetradas contra las comunidades judías– que Europa conociera hasta la ‘solución final’ de los nazis. Según Zvi Gitelman, hubo 2.000 pogromos, 1.200 de ellos en Ucrania. El autor estima en 150.000 el número total de víctimas.

“Estas masacres iban acompañadas de inauditas crueldades: los hombres eran enterrados hasta el cuello y morían bajo los cascos de los caballos que eran pasados sobre ellos, o eran literalmente despedazados por caballos que tiraban en direcciones opuestas. Los niños eran estrellados contra los muros ante los ojos de sus padres; las mujeres embarazadas eran un blanco favorito, y sus fetos eran asesinados frente a ellas. Miles de mujeres fueron violadas y a consecuencia de esta experiencia cientos de ellas perdieron la razón” (Mandel, ídem).

El debate sobre el terror es complejo. Se plantea como necesidad en la guerra civil. Desde ya que no es una norma de la dictadura proletaria. Si no hay guerra civil, no tiene que haber terror. Tampoco es el método de la clase obrera para despachar los asuntos, como sí fue entre los jacobinos, y no solamente por las condiciones de la guerra contra las potencias extranjeras y la contrarrevolución interior, sino también porque, en cierto modo, los jacobinos estaban “suspendidos en el aire”. En última instancia, el terror no puede resolver lo que la revolución no da social y políticamente por sí misma. Por eso Lenin y Trotsky hablan de él como síntoma de un gobierno débil. Esto también se plantea en el debate sobre la supuestamente inevitable “prematuridad” de la revolución según el joven Lukacs (ver Historia y consciencia de clase), un abordaje izquierdista unilateral de esta problemática.

La clase de referencia a la que representaban los jacobinos, la burguesía, los acompañó en su radicalización por razones de oportunidad. Si tácticamente los dejó correr, fue sólo por un período determinado, excepcional, mientras duró la guerra. En cuanto los jacobinos resolvieron con éxito esta tarea, fueron borrados del mapa en el Termidor de 1794 (28 de julio según el calendario gregoriano), cuando Robespierre y los suyos fueron guillotinados. Los jacobinos habían tomado medidas como el tope a los precios del pan y otros bienes de consumo elementales, lo que cuestionaba en los hechos, no de manera principista, la propiedad privada y el libre mercado; una concesión a los sectores populares de Paris. En cuanto cayeron, estas medidas fueron archivadas. La Revolución Francesa se había hecho para establecer la propiedad privada, no para dar paso a cualquier perspectiva socializadora.

Paradojas si las hay, su caída ocurrió sin resistencia de parte suya. La dirección jacobina se encontró en el “limbo” en cuanto el abismo se abrió bajo sus pies; expresaron el desfondamiento de su base social en la medida en que habían pasado por la guillotina a los dirigentes de los sans coulottes de París (hebertistas y enragés), así como inmediatamente después pegaron sobre el ala derecha de su propio grupo, ajusticiando a Danton y otros dirigentes.

Utópicamente, Robespierre creyó posible suprimir las contradicciones sociales mediante el método expedito del terror. No fue el caso de los bolcheviques: Lenin y Trotsky fueron siempre explícitos en que el terror significaba medidas de excepción dictadas por la guerra civil, no algo “virtuoso” en sí mismo: “En una revolución, el terror es un signo, un síntoma de debilidad, no de fuerza”, había dicho Trotsky ante la comisión Dewey. Porque, como ya hemos señalado, si un gobierno es fuerte, si le alcanza con su legitimidad, no necesita del terror. Ambos dirigentes habían estudiando las enseñanzas de la Comuna de París, que mostró los peligros de la ingenuidad. Lenin había hecho hincapié en las adquisiciones positivas de la Comuna, al igual que Marx. Pero Trotsky alertaría contra la magnanimidad en medio de la guerra civil.

Otra cosa es que tuvieran la suficiente conciencia de las consecuencias no queridas de la guerra civil: la militarización de la sociedad a la que llevó dicho enfrentamiento, que tuvo por corolario estrechar hasta límites dramáticos cualquier ejercicio real de la democracia socialista.

Los teóricos de la burguesía se han agarrado siempre del terror para condenar la revolución, para asimilarla a la contrarrevolución burocrática (o incluso fascista). Furet, Arendt y demás teóricos del “totalitarismo” repitieron esta cantinela en las últimas décadas, que tiene antecedentes en la condena desde la derecha del terror jacobino; un juzgamiento que se solapaba con la crítica a la Revolución Francesa misma.

En definitiva, el terror revolucionario en la revolución proletaria es una necesidad impuesta por las condiciones de la lucha, no una norma a ser promovida en toda revolución. Una necesidad que debe ser planteada siempre al servicio del fortalecimiento del poder de la clase obrera, y no de su sustitución al frente del nuevo Estado proletario.

Esto nos lleva, ahora sí, a la discusión acerca de la Cheka. Mandel afirma que por sus características “profesionales”, la Cheka terminó demostrándose un error: alimentó una práctica sustituista. Subraya su tendencia a escapar de todo control, incluso a la corrupción, porque la Cheka administraba los bienes apropiados a las víctimas de la represión. Señala que la Cheka había sido una creación más de los SR de izquierda que de los propios bolcheviques: “La tendencia de la Cheka a volverse un aparato autónomo, cada vez menos controlable, estaba presente desde los inicios (…). Serge utiliza el término ‘degeneración profesional’. Ésta es la razón por la cual nuestra conclusión es, sin duda, que la creación de la Cheka fue un error” (Mandel, ídem).

La complejidad del tema es evidente. El stalinismo se apoyó en este precedente para llevar adelante la represión contra la revolución. También es verdad que es difícil pensar en una guerra civil sin policía política. Pero eso no le quita en nada la agudeza al planteo de Serge: las tendencias a la autonomizarían de la Cheka, las “deformaciones profesionales” que una actividad así implican incluso si entre los chekistas se hallaran muchos de los mejores militantes bolcheviques. Tenían un atuendo particular: unas chaquetas de cuero negro que los identificaban. Se consideraban “la brigada de avanzada de la revolución”.

Hay que tener presente que su actividad entrañaba un elemento de sustitución que, lamentablemente, dio lugar a deformaciones burocráticas (como vimos, el propio Lenin no estaba seguro de poder proteger a Martov de la Cheka). Se trata de un tipo de prácticas que tienden a desmoralizar a los que las ejecutan, y que luego serían instrumentalizadas por el stalinismo con otros fines: “Trotsky no disimulaba los peligros de corrupción y descomposición moral que una actividad de este tipo puede engendrar en sus propios rangos, y por eso no cesa de insistir en la necesidad de reclutar a los mejores comunistas para integrar sus filas” (P. Broué, Trotsky: 204).

En todo caso, se trata de una problemática muy compleja sobre la que hay que seguir reflexionando.

 

3.2 El X Congreso del Partido Bolchevique

 

Las cosas se pusieron difíciles para la revolución a comienzos de 1921. El período fue definido por Lenin como de “crisis general de la revolución”. Los bolcheviques venían de cometer varios errores. Entre ellos, la fallida ofensiva sobre Polonia. Pero, sobre todo, pesó el retraso en acabar con el comunismo de guerra, que terminó poniendo a la mayor parte de la población contra el gobierno.

Es en ese contexto que, como “contrapeso” al desarrollo de prácticas de mercado por la implementación de la NEP, y ante los peligros que consideraba acechaban al partido de una posible división, Lenin comete el grave error de promover la prohibición de las tendencias y fracciones dentro del partido en el X Congreso de marzo de 1921. Lenin lo había pensando como una medida de “excepción”, pero esto no quedó plasmado en la resolución. Para colmo, tenía cláusulas secretas que prohibían, incluso, los grupos de opinión. Es sabido que Stalin se tomó de esta resolución cuando comenzó la lucha por la sucesión (en realidad, la pelea contra la burocratización de la revolución).

El error de suprimir la democracia partidaria fue de alcances universales: terminó matando la única institución de la dictadura proletaria donde sobrevivía la democracia socialista. Porque así como es inconcebible un partido revolucionario sin centralización, también lo es sin debate democrático en sus filas. Deja de ser un partido porque, en definitiva, es una organización política, no una mera herramienta administrativa.

Sin intercambio de ideas, sin que el debate político llene todas sus venas, sin que se exprese la diversidad de puntos de vista, el partido muere en tanto que organización política: “Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que solo queda la burocracia como elemento activo” (Rosa Luxemburgo, La Revolución Rusa).

Si bien Rosa estaba refiriéndose aquí al régimen político de la dictadura proletaria, sus consideraciones tienen validez para el partido revolucionario en el poder. De ahí que parezca haber cierta inspiración “luxemburguista” en el Nuevo Curso de Trotsky (1923). Quizá no estaba haciendo más que recuperar intuiciones que había planteado en su folleto de juventud Nuestras tareas políticas (1904), que si bien era unilateral (Trotsky había esgrimido erróneamente ideas “democratistas” contra el ¿Qué hacer? de Lenin), no habían sido dejadas de lado por Trotsky en todo lo que tenían de correcto respecto de los alertas sobre el sustituismo de la clase obrera.

Antes de proseguir hagamos un señalamiento respecto del levantamiento de los marinos de Kronstadt a comienzos de 1921. La guerra civil acababa de terminar. Pero desde las ruinas y los destrozos dejados por ella, del hambre que campeaba entre amplios sectores obreros y campesinos por la desorganización económica, del constante “rumiar” de las tendencias no bolcheviques, surgió el levantamiento de Kronstadt. No compartimos la afirmación de Sabado y Michelaux de que el doloroso tratamiento de esta rebelión haya sido “un crimen contra la revolución”: “Fuesen los que fuesen los peligros que estos últimos [los insurgentes de Kronstadt. RS] hacían correr a la revolución al sublevarse, la violencia de esta represión no tiene justificación”, afirman, en consonancia con casi todas las variantes y corrientes del mandelismo.

Compartimos, sí, la definición de Trotsky, que situó dicha represión como una “trágica necesidad” (que no es lo mismo que un “trágico error”, como lo califica Samary). La rebelión surgió, es verdad, de errores de apreciación de los propios líderes bolcheviques, en el sentido del retraso en pasar del comunismo de guerra a las medidas de liberalización del mercado que se afrontarían con la Nueva Política Económica. Sin embargo, el gobierno bolchevique no podía darse el lujo de soportar una rebelión armada (en los hechos apoyada por la contrarrevolución) en las mismas narices de la capital de la revolución, Petrogrado. Una capital que, para colmo, venía sufriendo una ola de huelgas recientes por cuenta del descontento obrero con el extremo racionamiento económico. La influencia de los mencheviques se hacía sentir en Petrogrado, así como la de los SR y anarquistas en la base naval de Kronstadt.

Jean Jaques Marie, eminente historiador trotskista, considera que el libro del historiador anarquista Paul Avrich, La tragedia de Kronstadt, es una de las principales, si no la principal, obra sobre la rebelión. Se trata de un autor crítico del bolchevismo, evidentemente, que, de todos modos, da la siguiente definición sobre el levantamiento: “En el caso de Kronstadt, el historiador puede permitirse afirmar que su simpatía está con los rebeldes, sin menoscabo de reconocer que la represión fue justificada” (J-J. Marie 2005: 11).

Todas las tendencias del partido (incluyendo en esto a los decistas y la Oposición obrera) votaron la intervención militar en Kronstadt. Zinoviev (jefe del partido en Petrogrado) había hecho demagogia alrededor de la “democracia socialista” (en el contexto del debate sobre los sindicatos), un factor que ayudó a desestabilizar la situación en la región; Zinoviev era el presidente del partido en la ciudad. Hizo esto para virar luego hacia formas demasiado rudas con los rebeldes.

También es verdad que Tujachevsky comandó las operaciones militares sin miramientos. Siguiendo a Avrich, Broué señala que los caídos en la reconquista de la fortaleza de parte del Ejército Rojo fueron 10.000; del lado rebelde, sólo 600. Esto es lo que explica, quizá, la dureza de la represión comandada por Dzerzhinsky una vez que los rebeldes fueron reducidos. Pero qué otra cosa podía hacerse cuando los marinos de la guarnición de Kronstadt, exasperados por las condiciones de vida dramáticas hacia el final de la guerra civil, fueron instrumentalizados por las fuerzas contrarrevolucionarias. Si bien Marie señala que la única apreciación honesta del levantamiento es que fue espontáneo, otra cuestión es que de inmediato despertó todas las expectativas entre la contrarrevolución en el exilio, y que a posteriori sus dirigentes terminarían siendo instrumentalizados por la reacción. Hay que tener en cuenta que su programa exigía, en los hechos, la conformación de soviets sin partidos: “La resolución votada será frecuentemente resumida por la consigna: ‘soviets sin comunistas’, aparecida por primera vez en un motín de hambre en Murmansk… en mayo de 1918 y retomada en numerosos levantamientos campesinos. Este slogan no figuraba en la resolución, pero el desenvolvimiento de la misma irá en ese sentido” (J. J. Marie: 141). Es decir, que los bolcheviques depusieran el poder.8

Se trata de un debate complejo: “Tomando en cuenta el hecho de que la guerra civil todavía no había terminado, [se trata] de una cuestión de juicio político, táctica, y no de una cuestión de principios. La dificultad del debate reside en el hecho de que la mayor parte funda su juicio, en lo esencial, en apreciaciones puramente políticas: naturaleza de las reivindicaciones, naturaleza de las fuerzas políticas presentes, etc. Desde nuestro punto de vista, en una situación de guerra civil lo que resulta decisivo es la naturaleza de las fuerzas sociales presentes (y sus ‘lógicas’). (…) Con todo, la información de la que actualmente disponemos no permite sacar conclusiones definitivas (…). Según unos (…), lo que se planteaba (…) era el problema de la democracia soviética, proletaria (…). Según otros, sobre todo Trotsky (…), había que negociar (…), pero no ceder a una dinámica social que podía reforzar la amenaza contrarrevolucionaria sobre Petrogrado, una amenaza nacional e internacional, porque el deshielo de las aguas podía abrir la puerta de Kronstadt a la flota blanca del Báltico” (Mandel, cit.).

A nuestro modo de ver, y en vista de los estudios tanto de Avrich como de Marie, los bolcheviques no tuvieron otra alternativa que reprimir el levantamiento, dando simultáneamente el giro (tardío) hacia la NEP: terminar con la requisa de granos exigida por el creciente descontento campesino, pasar al libre comercio del excedente, etcétera. Esto aplacó los ánimos en todo el país y marcó el final del comunismo de guerra.

Lo que sí ofrecía otro camino, y es parte de un consenso mucho mayor, es el grave error de la prohibición de fracciones que votó el X Congreso, a lo que hay que sumarle la perjudicial prohibición de lo que restaba del pluripartidismo en el seno de los soviets (lógica consecuencia de la resolución anterior, medida concretada a comienzos de 1922).

En ese momento existían en el partido al menos el grupo Centralismo Democrático (una tendencia formada en 1919 y dirigida por Sapronov y Smirnov), la Oposición Obrera de Alexander Schliapnikov y Alexandra Kollontai y otros grupos menores. Además, recientemente había ocurrido el debate sobre los sindicatos, que dividió en una agria disputa a Lenin y Trotsky, éste último apoyado por Bujarin, que durante mucho tiempo había dirigido la fracción izquierdista que se opuso al Tratado de Brest-Litovsk. En total, unos ocho grupos de opinión.

Lenin pensó dicha prohibición como una medida “provisoria”. Pero el error demostró una grave falta de comprensión acerca de la dinámica de conjunto del poder bolchevique: el alcance real de la deformación burocrática acumulada por cuenta de la guerra civil, del cansancio y destrucción de las fuerzas del proletariado, del vaciamiento de los soviets, del aislamiento internacional de la revolución.

Lenin no tuvo el cuidado de definir explícitamente como “transitoria” la resolución de interdicción de las oposiciones en el seno del partido. A un grave error le sumó otro: “El texto de Lenin, adoptado con sólo 30 votos de oposición, no menciona que la supresión del derecho de fracción y de tendencia es temporal. Este texto comprende, además, una disposición secreta que prohíbe igualmente los grupos. Será utilizado posteriormente por la fracción Stalin por un plazo indefinido”. Es interesante lo que plantea Serge al respecto en su texto “A 30 años de la Revolución Rusa”: los bolcheviques se “enloquecieron ante la sublevación de Kronstadt”; lo “natural hubiese sido aflojar la armadura del gobierno con una política de tolerancia y reconciliación hacia los elementos socialistas y libertarios dispuestos a situarse sobre el terreno de la constitución soviética”.

Agrega que los bolcheviques tuvieron “temor a abrir la competencia política” a mencheviques y socialistas revolucionarios; un error que considera el más grave de Lenin y Trotsky en el poder, aunque al mismo tiempo subraya que su apuesta era a la revolución mundial como alternativa salvadora.

Hubo un fallo en la apreciación de la dinámica y naturaleza del proceso de burocratización. Esto es notorio en la angustia expresada por Lenin a partir de octubre de 1922, cuando se repone de su primera caída en la enfermedad. Angustia frente a Stalin, que había sido nombrado secretario general del partido a comienzos de ese mismo año.9

El problema era que si los soviets estaban vaciados, si no había otro ámbito de democracia socialista que no fuese el partido, si la guerra civil y el retraimiento de los trabajadores estaban introduciendo deformaciones burocráticas en el funcionamiento del Estado obrero, coartar la libertad de debate político y de tendencias en el seno de un partido que era el depositario último de la democracia socialista fue, insistimos, un dramático error: “El error de Lenin y Trotsky fue teorizar y generalizar las excepcionales condiciones del momento. Desde el comienzo de la NEP (…) el debilitamiento numérico y el desclasamiento de la clase obrera se habían detenido (…). Justo en ese momento, la progresiva ampliación de la democracia soviética hubiera podido acelerar el restablecimiento sociopolítico de la clase obrera, facilitando su lenta repolitización. Pero al reducir, en ese momento preciso y de manera draconiana, lo que todavía subsistía en materia de democracia, los dirigentes soviéticos agravaron la despolitización del proletariado y del partido” (Mandel, cit.).

Broué señala lo mismo: la paradoja de haber permitido la existencia de otros partidos soviéticos durante la guerra civil y prohibirlos al finalizar ésta: “Las organizaciones concurrentes del partido habían sido prohibidas de hecho, golpeadas por los arrestos masivos, y también parcialmente por las autorizaciones a emigrar al exterior. Se puede estimar, junto con Avrich, que la oposición política en la URSS había sido reducida a silencio para el fin de 1921” (Trotsky: 235). La promesa era, aparentemente, legalizarlos después del conflicto civil. El historiador francés informa que en 1919 Trotsky había considerado “un triunfo” que Martov hubiera empleado la palabra “nosotros” por referencia al poder de los soviets y “nuestro” a propósito del Ejército Rojo. Cuenta también como delegados mencheviques y SR habían sido oficialmente invitados en diciembre de 1920 al VIII Congreso Panruso de los soviets, donde habían tomado la palabra y desarrollado sus críticas a la política bolchevique. Sin embargo, sería la última vez que se presentarían ante los soviets, circunstancia justificada a los ojos de Lenin y Trotsky por el desastre en que se encontraba el país a la salida de la guerra civil, por lo mal que estaban los bolcheviques ante la “opinión pública”, por la consideración de que cualquier otra tendencia “socialista” que no fuera bolchevique sería un instrumento, más allá de cuán conscientemente lo asumiera, de la restauración capitalista

Alvin Wartel afirma que los mencheviques estaban recobrando terreno a pesar de los obstáculos que enfrentaban. Tan tarde como en 1920 consiguieron la elección de 45 delegados al soviet de Moscú, 225 en Jarkov e importantes delegaciones en decenas de soviets. En muchos sindicatos los mencheviques y sus partidarios “eran muy superiores al haz de comunistas carentes de popularidad que dominaban los organismos sindicales, y en tres sindicatos por lo menos, los mencheviques dominaron hasta 1921 a pesar de todos los esfuerzos comunistas por desalojarlos.

“Y lo que era más alarmante desde el punto de vista comunista era que hasta los propios comunistas estaban comenzando a escuchar con respeto, hacia 1920, lo que decían los mencheviques. Se habían acabado los días, como sucedió en 1918 o 1919, en que la palabra ‘libertad’ en boca de un menchevique era saludada por los comunistas con silbidos, rechiflas y gritos de ‘vergüenza’. Se acercaba rápidamente el momento en que sería preciso dar pleno reconocimiento legal a los partidos socialistas o destruirlos” (Wartel, ídem).

En mayo de 1921 el partido menchevique fue oficialmente proscripto y se convirtió en blanco de severas medidas de supresión. Para 1922, la “oposición leal” de los mencheviques había dejado de existir.

Como para entender el contexto es interesante lo que plantea Eric Blanc: “En su reciente estudio sobre el socialismo libertario en Rusia, el historiador ruso Vladimir Sapon concluye que la derrota de la democracia soviética estuvo determinada, ante todo, por el catastrófico contexto objetivo de finales de 1918: ‘Esta idea la confirma el hecho de que en las áreas donde anarquistas y neopopulistas de izquierda consolidaron su hegemonía política en el período del primer gobierno soviético, estaban no menos inclinados hacia la dictadura de partido que los bolcheviques a nivel de toda Rusia’” (“¿Fue inevitable el stalinismo?”).

Aun con todos los riesgos, porque los mencheviques no habían dejado de ser una corriente reformista y pro burguesa, la prohibición de los demás partidos soviéticos, lo mismo que la de las fracciones en el seno del partido, se pagó muy caro, entre otras múltiples razones porque sirvió como antecedente y justificación legal a Stalin para actuar con la “ley partidaria” en la mano a la hora de suprimir las oposiciones que vinieron después.

Acabó con lo que quedaba de la democracia socialista. Y, con eso, se comenzó a matar, también, a la propia dictadura en tanto que dictadura del proletariado.

 

3.3 De Robespierre a Lenin

 

Para la evaluación crítica del poder bolchevique es interesante comparar a Lenin con Robespierre. Éste último presidió, como es sabido, el año más candente de la Revolución Francesa (1793-94). Las diferencias son de calidad. En el caso de Robespierre, que ha sido condenado por toda la historiografía burguesa, se trata del punto más alto en la radicalización de la Revolución Francesa. Siendo contrario a la guerra, no escatimó esfuerzos en tomar las extremas medidas que ésta demandaba para defender la revolución contra los ejércitos contrarrevolucionarios de la Santa Alianza.

Dichas medidas incluyeron la leva en masa (que dio lugar a la creación de los ejércitos modernos), el máximo a los precios del pan y los alimentos (bajo la presión de los sectores populares de París), la estatización de los bienes eclesiásticos y de los emigrados contrarrevolucionarios, la descristianización, amén de tratar de poner en pie una religión laica.

Sin embargo, tomó estas medidas con los métodos burgueses del “bonapartismo revolucionario”, del sustituismo social de los explotados y oprimidos, y sin cuestionar la propiedad privada desde el punto de vista principista. De ahí que Trotsky caracterizara agudamente a los jacobinos como “utopistas de la igualdad sobre la base de la propiedad privada”.

Si Robespierre y Lenin pueden ser asimilados como gobiernos revolucionarios en condiciones de guerra civil, ahí termina la analogía. Es que, como acabamos de señalar, el de Robespierre fue un gobierno “bonapartista revolucionario”. El de Lenin fue de una naturaleza social y política completamente diferente: una dictadura proletaria sometida a las distorsiones de las condiciones de una guerra civil, agravadas por el aislamiento internacional al que terminó viéndose sometida la revolución.

“Toda revolución es una guerra civil, puesto que se trata de reconfigurar la propiedad, y la propiedad, junto con la vida, es lo que resulta más caro al hombre”, dirá Mathiez, historiador clásico de la Revolución Francesa. Ambos gobiernos revolucionarios difieren por su naturaleza de clase. Robespierre no tuvo empacho en despachar los asuntos al ritmo de la guillotina. Pegó por izquierda, pero por la derecha también. Incluso pegó primero a la izquierda (sacándose de encima a los hebertistas y enragés, condenando a muerte a los principales dirigentes de las masas populares parisienses). La lógica del “bonapartismo revolucionario” tenía que ver con un gobierno que, si en determinados momentos se apoyó en los sans culottes (“los sin propiedad”), gobernaba en última instancia por cuenta de la burguesía.

El gobierno de Lenin tenía otra base social. Expresó la primera experiencia de la clase obrera en el poder. La lógica de su gobierno no era sustituista: es decir, por cuenta de una clase propietaria o de un nuevo sector privilegiado. Se trató de un gobierno de los trabajadores, de los explotados y oprimidos. Un gobierno que apostaba a la dirección colectiva de todos ellos, cualesquiera fueran las deformaciones a las cuales se vio efectivamente sometido en su experiencia.

Es ilustrativa una anécdota que relata Jean-Jaques Marie en oportunidad del V Congreso de los soviets del 4 de julio de 1918. Trotsky lee un decreto por el que se declara “fuera de la ley y pasibles de pena de muerte” a los elementos “descontrolados” que en Ucrania cruzaran la línea de demarcación del acuerdo de Brest-Litovsk para reavivar la guerra con los alemanes. Los eseristas de izquierda que sostienen y hasta fomentan estas incursiones irresponsables y ultraizquierdistas (¡su Comité Central ha decidido en secreto asesinar al embajador de Alemania para provocar la reanudación de la guerra!) se enfurecen con él y lo tachan de “Kerensky, fusilador, Bonaparte fracasado, Napoleón”. Trotsky responde que se “someterá a cualquier decisión del congreso y la implementará, esté o no de acuerdo con ella”, refutando la acusación de bonapartismo (Marie 2009: 191).

Tanto Draper como Löwy insisten en esta diferenciación de principios. Una diferencia que reenvía a la imposible sustitución de las masas populares a la hora de la transformación social: “En todo caso, una cosa era clara: a sus ojos [de Marx], 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror” (Löwy 1985).

Traducido: nuestro modelo no es el gobierno por el terror, la imposición violenta de nuevas relaciones sociales, la puesta en pie de un poder minoritario contra la mayoría de la sociedad. Es la dictadura del proletariado, en la cual la mayoría ejerce el poder sobre la minoría. Y que en tanto tal organiza su dominación bajo la forma de una democracia de nuevo tipo: la democracia socialista.

Mandel recuerda que Lenin se esforzó por no tener que recurrir al terror en el período inmediatamente posterior a Octubre. Es conocido que los bolcheviques fueron inicialmente benignos con los ex dignatarios del Gobierno Provisional y los principales generales zaristas (a los que dejaron libres bajo palabra de “no conspirar contra la revolución”).

Cuando se estudia la Revolución Francesa se aprecia la revolución burguesa por antonomasia, lo que tiene en común y lo que es distinto respecto de la revolución proletaria. Permite obtener una mayor perspectiva histórica para apreciar los eventos, no solamente del pasado sino también del porvenir: “Es sólo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas (…), que la expresión ‘revolución permanente’ gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotsky). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa, sobre todo (…), la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero, contrariamente al aspecto jacobino de 1793, ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal –que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina– sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria)” (Lowy 1985). Esto es, una revolución social que se opone a la meramente “política” en el sentido de que atañe a las relaciones sociales y su sujeto sólo puede ser una amplia mayoría social.

Éste es el ángulo recogido por Trotsky cuando denunciaba el utopismo de la “igualdad” jacobina. Si en los jacobinos la guillotina se transformaba en “un fin en sí mismo” (el terror como momento de “autonomía de lo político” que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa porque carece de bases sociales de sustentación), el gobierno bolchevique, cualesquiera sean las deformaciones a las que se vio sometido, fue una herramienta al servicio de la emancipación histórica de los explotados y oprimidos: el gobierno más progresivo que haya existido en la historia de la humanidad, sin olvidarnos de la Comuna de París.

La Revolución Francesa –y el gobierno jacobino que la expresó en su punto más alto– fue todavía la tragedia entre “el ya no más” de un orden monárquico caduco y el “todavía no” de la revolución proletaria (Bensaïd). Citando al gran historiador francés del siglo XIX, Michelet, el marxista francés afirma que los republicanos burgueses de ese siglo tenían detrás de sí “el espectro de las mil escuelas que llamamos hoy día socialismo”: los enragés, los babuvistas y otros conspiradores por la igualdad que portaban ya “el germen oscuro de una revolución desconocida” (comunista).

En ese equilibrio catastrófico entre “el ya no más” de una revolución burguesa que no podía ir más lejos y el “todavía no” de la revolución proletaria, el cesarismo jacobino debía terminar beneficiando a la burguesía victoriosa. Los virtuosos habían cumplido su tiempo. Eran buenos para el exilio o la guillotina (“La révolution francaise refoullé”). Bensaïd denuncia a los “agiotistas y especuladores de los bienes nacionales” (estatizados) como los beneficiarios del botín de la ex propiedad feudal (más allá de los servicios que prestaron a los burguesía ascendente). Un importante representante de este sector fue Danton, cuya moral mundana era opuesta al ascetismo de Robespierre.

Tampoco en esto resisten las comparaciones con los bolcheviques, cuya dirección histórica jamás tuvo estas motivaciones. Otra cosa, claro está, fue la burocracia que rodeó a Stalin y toda la laya de carreristas que inundaron el partido inmediatamente después de la guerra civil. Por eso, cuando Simon Pirani habla de una “nueva elite bolchevique” a partir de 1920, la definición está al servicio de un engaño consciente, un signo de adaptación a los tiempos anticomunistas que corren: deja de lado cualquier barrera clara entre la vieja guardia revolucionaria y la nueva elite.

Volviendo a Bensaïd, trae a colación una aguda cita del revolucionario norteamericano Thomas Paine frente a la Convención el 7 de julio de 1795: “Mi propio juzgamiento me ha convencido de que si ustedes hacen girar la base de la revolución de los principios a la propiedad apagarán el fuego de todo el entusiasmo que hasta el presente ha sostenido a la revolución y pondrán en su lugar no otra cosa que el frío motivo del bajo interés personal, la noche glacial de la competencia liberal generalizada de todos contra todos” (Bensaïd; ídem). Una afirmación brillante por su perspicacia.

Entre Robespierre y Lenin existen diferencias de principios que no pueden perderse de vista, más allá de las medidas de excepción que los bolcheviques se vieran obligados a tomar. Si Trotsky llegó a teorizar durante un período sobre la base de una lógica de sustitución de la clase obrera, ello se debió a un grave malentendido que la experiencia histórica vendría a poner en su lugar; no una concepción que lo caracterizara (más allá de los deslizamientos administrativos que le marcaría Lenin).

El propio Trotsky había pintado con pinceladas agudas la lógica de esta sustitución jacobina: “A fines del siglo XVIII hubo en Francia una revolución que se llamó, correctamente, ‘la gran Revolución’. Fue una revolución burguesa. En el transcurso de una de sus fases, el poder cayó en manos de los jacobinos apoyados por los ‘sans-culottes’, es decir, los trabajadores semiproletarios de las ciudades, que interpusieron entre ellos y los girondinos, el partido liberal de la burguesía, los kadetes de la época, el rectángulo neto de la guillotina. Solamente es la dictadura de los jacobinos la que le dio a la Revolución Francesa su importancia histórica, lo que hizo de ella la ‘gran Revolución’.

“Y sin embargo, esta dictadura fue instaurada no solamente sin la burguesía, sino también contra ella, y a pesar de ella. Robespierre, a quien no le fue dado iniciarse en las ideas de Plejanov, invirtió todas las leyes de la sociología y, en lugar de darle la mano a los girondinos, les cortó la cabeza. Esto era cruel, sin duda. Pero esta crueldad no impidió que la Revolución Francesa se volviera ‘grande’ en los límites de su carácter burgués. Marx (…) ha dicho que ‘el terrorismo francés en su conjunto no fue más que la manera plebeya de terminar con los enemigos de la burguesía’. Y, como esta burguesía tenía miedo de sus métodos plebeyos para terminar con los enemigos del pueblo, los jacobinos no solamente privaron a la burguesía del poder, sino que también aplicaron una ley de hierro y de sangre cada vez que ella hacia el intento de detener o ‘moderar’ el trabajo de los jacobinos. En consecuencia, está claro que los jacobinos han llevado a término una revolución burguesa sin la burguesía” (P. Broué, “Trotsky y la Revolución Francesa”). Esta mecánica no puede reproducirse en el caso de la revolución proletaria, como ha enseñado la experiencia del siglo XX.

Antoni Doménech insiste en que la dictadura de Robespierre se consideró a sí misma como una “dictadura fideicomisaria”, en el sentido de emanada de la Convención, no una “dictadura soberana” emanada de sí misma, como erróneamente considera a los bolcheviques. Si la distinción entre el carácter de las dictaduras es interesante, presentar a los bolcheviques como “modelo” de “bonapartismo revolucionario” nos parece un disparate (en “El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo”).

Aun cuando muchas veces confundieron necesidad con virtud, tanto Lenin como posteriormente Trotsky fueron adquiriendo una conciencia cada vez más aguda de la imposibilidad de la sustitución de las masas en la revolución. Lenin, con la enorme sensibilidad política que lo caracterizaba, con lo concreto que era su pensamiento, con sus aspiraciones socialistas revolucionarias profundas que expresara en El Estado y la revolución. Trotsky, con el homenaje postrero a la revolución que rinde en su Historia de la Revolución Rusa, por no hablar de otras tantas enseñanzas que fue sacando de la experiencia revolucionaria y contrarrevolucionaria.

El gobierno proletario no pueda ser nunca un “bonapartismo revolucionario”, porque esto significaría una sustitución durable de la clase obrera en el poder. Y la lógica de la sustitución política y social termina llevando para otro lado, que no es la consolidación de la dictadura del proletariado. De ahí que la experiencia histórica haya enseñado en contra de la asimilación mecánica entre el máximo exponente de la revolución burguesa, Robespierre, y el máximo exponente de la revolución proletaria, Lenin.

 

3.4 Dictadura proletaria y democracia socialista

 

Los avatares del nuevo poder proletario deben comprenderse bajo la fórmula algebraica de la dictadura proletaria. Como señalara Lenin, esa fórmula implica una combinación dialéctica entre una democracia de nuevo tipo y una dictadura de nuevo tipo (lo que complejiza la simple identificación de la dictadura proletaria con la democracia socialista).

En la realización plena de la dictadura proletaria como autogobierno de las masas, ambas connotaciones deben ser sinónimas. Pero es un complejo proceso histórico, entre otras cosas porque la elevación de las masas a sus tareas históricas implica una compleja maduración, lo que, junto con la actuación de la contrarrevolución (burguesa… y burocrática), hace parte de las tensiones que la dictadura del proletariado entraña.

Como digresión, señalemos que esto no quiere decir caer en el “modelo” burocrático zinovievista por el cual el gobierno proletario vendrían a ser una especie de “autoridad pedagógica” que debiera “guiar” a unas masas ignorantes que, por su orfandad, por su “incultura”, no podrían tomar en sus manos los destinos del país. Trotsky había planteado que la base partidaria debía tener la soberanía, cualquiera fuera su nivel político-cultural (Nuevo curso).

Perdiendo de vista la complejidad de este proceso, muchos críticos plantean que Lenin y Trotsky cometieron el error de aceptar los términos del debate planteado por Kautsky (con el cual polemizaron sobre la dictadura proletaria): una abstracta contraposición entre dictadura y democracia. La propia Rosa Luxemburgo les endilgaba haberse olvidado que “la dictadura del proletariado es la democracia socialista”, lo que, en términos generales, como norma rectora, es justo.

Siempre hemos insistido en esta tensión democrática: la absoluta necesidad de la democracia socialista para que el proletariado pueda ejercer el poder. Un poder que sólo puede ser ejercido colectivamente; democráticamente por tanto. Sin embargo, nos preocupa evitar también trasmitir una idea ingenua de la lucha de clases. Menos cuando todo se tensa en una guerra civil: en la lucha a muerte entre revolución y contrarrevolución. Es en este escenario cuando aparece la problemática de la dictadura proletaria y la tendencia que debe verificarse, a superponerse con la democracia socialista.

En la medida en que es una democracia de nuevo tipo, la dictadura proletaria debe tender a ser una democracia socialista. Pero las cosas fueron algo más complejas bajo el gobierno bolchevique, cuando la mayoría de las tendencias socialistas conciliadoras se colocaron, abierta o embozadamente, del lado de la contrarrevolución. En esas condiciones, era muy difícil la existencia de otras tendencias socialistas más allá del partido bolchevique.

La única corriente que se mantuvo dentro de pautas mínimas no contrarrevolucionarias fue la de los mencheviques internacionalistas de Martov.

Avrich es de la opinión de Wartel en el sentido de que los mencheviques –sobre todo los internacionalistas– trataron de mantenerse en el terreno de una “oposición legal” al gobierno de bolchevique: “En contraste con los Kadetes y los socialistas revolucionarios, los mencheviques en el exilio se mantuvieron apartados de las conspiraciones antibolcheviques (…). Desde que Lenin y sus partidarios tomaron el poder, los mencheviques actuaron como un partido legal de oposición que trataba de obtener una parte de la autoridad política mediante elecciones libres y parejas para la integración de los soviets” (Avrich 1970:123). En el caso de los SR, incluso su izquierda estaba caracterizada por una enorme irresponsabilidad.

Por su parte, los anarquistas se dividieron grosso modo en dos alas: una que terminó formando filas con los bolcheviques (como Victor Serge y tantos otros connotados militantes anarquistas) y otra que formó filas en la oposición al gobierno soviético (un arco iris de posiciones que incluyó a Néstor Majnó, dirigente rural ucraniano de nota, que montó un Ejército Verde que osciló entre los Blancos y los Rojos, y al cual finalmente los bolcheviques dispersaron).

De esta forma se planteó, insensiblemente, una dinámica a la sustitución de una clase obrera retraída, que perdía de vista sus intereses históricos en medio del derrumbe de las condiciones de existencia. Es interesante lo que marca Kevin Murphy del “ida y vuelta” de los trabajadores en la guerra civil: el “rebote” entre sus intereses históricos y su retraimiento a los intereses inmediatos en condiciones adversas, como identificando las dificultades que entraña la ascensión del proletariado a clase histórica (Revolution and contrarrevolution in a metal factory).

En otro lugar hemos señalado que quizá sea inevitable alguna circunstancia excepcional de sustitución. Pero la experiencia histórica ha demostrado las dramáticas consecuencias de una situación así, el hecho de que no existen vacíos en política: un gobierno no puede estar en el aire. Y si no está la clase obrera, otro sector social ocupa su lugar (M. Lewin: El último combate de Lenin).

Aun en las peores condiciones, nunca se debe perder de vista la tensión dialéctica a que la dictadura proletaria no sustituya a la clase obrera, que tienda a transformarse en una democracia socialista. El hecho cierto de que subsiste esta tensión entre ambos términos no debe llevar a la teorización de un imposible sustituismo social: “El error fundamental de Trotsky fue el de ‘hacer de necesidad virtud’, teorizando como una especie de ‘ley’ del período de transición lo que en realidad no era sino una política dolorosa impuesta por la situación presente” (Traverso). La pérdida de vista de esta perspectiva durante lo que Mandel llamara los “años fatídicos” de Lenin y Trotsky (1920-21) fue un error, porque no se aprecian de igual forma las cuestiones durante una guerra civil que en tiempos normales.

Fue un error en el que cayó Trotsky con su tendencia a resolver administrativamente las cosas (como le señalara Lenin en su testamento) y que le valiera una tremenda derrota política en el debate sobre los sindicatos, que lo dejaría mal parado para la batalla que se avecinaba contra la burocracia: “Hasta el establecimiento de un régimen socialista y su funcionamiento ‘normal’ –que Trotsky no esperaba ocurriese que para una próxima generación– ‘la transición debe ser asegurada por medidas de carácter coercitivo, es decir en último análisis por la fuerza armada del Estado proletario’” (Broué, Trotsky: 206). En un sentido similar, vale una apreciación de Jean-Jaques Marie: “La función de comisario de Guerra que Trotsky va a cumplir hasta enero de 1925 reestructura su personalidad y transforma al publicista militante y polemista en organizador exigente y meticuloso (…). Su cargo de comandante modela la imagen que tienen de él los cuadros del partido, militantes, soldados, trabajadores o campesinos, toda vez que modifica o altera duraderamente su comportamiento y su manera de abordar los problemas” (Marie 2009: 173).

Mil y una veces repitieron Lenin y Trotsky que sus expectativas estaban puestas en la extensión internacional de la revolución. La no realización de este pronóstico fue lo que presionó para todas las deformaciones que vinieron después, incluido el surgimiento del monstruo burocrático.

Por esto mismo hay que volver a subrayar las consecuencias adversas que dejaron las condiciones de “fortaleza sitiada” del poder bolchevique durante la guerra civil, donde se originaron muchas de las prácticas del “ordene y mande”, de los desarrollos burocráticos, del “úkase” y la “disciplina en la acción”, de la centralización excesiva. Una serie de comportamientos militares que, por definición, admiten más centralización y terminaron infectando el partido, facilitando las condiciones de legitimación para el mando burocrático del stalinismo: “Los tres años de guerra civil dejaron una huella indeleble en el propio gobierno soviético, en virtud del hecho de que muchísimos de los administradores, una capa considerable de ellos, se habían acostumbrado a mandar y a exigir incondicional sumisión a sus órdenes” (Trotsky 1975: 262).

Bensaïd insiste, en “La violence dans la révolution”, que estas consecuencias adversas han sido habitualmente subestimadas. Fueron las circunstancias de la guerra civil las que impusieron este pesado fardo, y esas circunstancias no deben ser teorizadas en el sentido de que la dictadura del proletariado sea, necesariamente, un poder dictatorial, como tampoco apreciadas, mecánicamente, como algo ineluctable. Esto no es así. La norma debe ser la tendencia a la mayor superposición posible entre democracia socialista y dictadura del proletariado. La realización consecuente de la dictadura del proletariado no solamente como “dictadura de nuevo tipo”, sino también como “democracia de nuevo tipo”.

En este sentido parece claro que un punto ciego en Lenin (¡incluso el de la batalla final contra la burocratización!), es que aparecen confundidas las instancias de la democracia sindical, política y el propio aparato del Estado (Bensaïd). Incluso nos parece que al haber tomado medidas que anularon la democracia socialista, Lenin pretendió posteriormente resolver por un camino “no político” los tremendos déficits democráticos que se multiplicaban en el gobierno y el partido: reforzando equivocadamente una “Inspección Obrera y Campesina” que ya estaba en manos de Stalin, ampliando los integrantes del Comité Central con obreros de tradición (en un Comité Central en el cual no podían formarse agrupamientos)…

Es paradójico que también Lenin recayera en medidas administrativas para resolver los problemas de la creciente burocratización del Estado y el partido. Expresión de esto es su propuesta de reforzar la Inspección obrera y campesina (Rabkrim) al frente de la cual estaba… Stalin. Trotsky señalaría agudamente que ese organismo no era más que un “poderoso factor de confusión y anarquía”, un ente en el que recaerían “hombres apartados de toda actividad real, creativa, constructiva” (Broué, Trotsky: 232). Trotsky vio antes que Lenin cómo la infección burocrática estaba afectando no solamente al Estado, sino al partido también.

Lenin promovió, en definitiva, soluciones “administrativas” para lo que era un dramático problema político (¡y político-social!): el surgimiento de la burocracia. Un desarrollo que sólo podía enfrentarse apelando a una ampliación de la democracia socialista, no con su cercenamiento. Éste es el camino que tomaría finalmente la Oposición de Izquierda, con un Trotsky ya más claro, en términos generales, acerca de qué rumbo tomar frente al problema inédito de la burocratización de la revolución, como veremos a continuación.

 

  1. El surgimiento de la burocracia: partido, Estado, política y administración

 

“Aunque Bujarin estaba interesado en el problema del Estado desde muy temprano en su vida política (…), no dedicó ningún pensamiento al problema de la burocracia. Como otros líderes bolcheviques, tenía muy poco que decir en una materia que iba a devenir, una vez que los bolcheviques estuvieran en el poder, la verdadera némesis del bolchevismo (…). Una omisión teórica (…) cuyas raíces ideológicas son bien conocidas. La ‘dictadura del proletariado’ debía dar lugar supuestamente a la desaparición del Estado” (M. Lewin 1995: 171).

 

4.1 La fusión del partido y el Estado

 

Intentaremos ahora dar cuenta del complejo proceso por el cual emergió la burocracia, lo que significó, simultáneamente, el final del gobierno bolchevique propiamente dicho y, a la postre, del Estado obrero como tal.

La herencia de la guerra civil fue dramática. Sin embargo, los desarrollos no estaban predeterminados. Lenin y Trotsky habían señalado siempre que la clave de la revolución estaba en su extensión internacional. De ahí que en 1923, cuando volvió a aparecer la chispa de la revolución en Alemania, la clase obrera soviética tuviera enormes expectativas.

Con la derrota de esa revolución, se hicieron cada vez más presentes los elementos conservadores: Trotsky hablará de la “muy humana tendencia a la comodidad”, renacida luego de los enormes sacrificios de la revolución y la guerra civil, y sobre la que se apoyó la burocratización.

Lenin cayó en la cuenta de que la burocratización se había transformado en el principal peligro para la revolución promediando 1922; más precisamente, cuando en octubre se levantó de su primera caída en la enfermedad y quedó impactado por el panorama que encontró. Casi inmediatamente le planteó a Trotsky un bloque político alrededor de una serie de batallas a dar en el CC, a lo cual Trotsky accedió. Trotsky también se había anoticiado del peligro de la burocratización. De ahí que a partir de 1923, y a pesar de los límites de enfoques y tácticas para esa pelea, su curso político se orientara contra este peligro. Moshe Lewin retrató brillantemente la encrucijada en la que se encontró el poder bolchevique en ese momento. Básicamente, la retracción de la clase obrera y su sustitución por la burocracia como único elemento activo (El último combate de Lenin).

Comencemos por la caracterización del personal dirigente de esta burocracia: “Ligados a Stalin eran ante todo sus ‘clientes’, compartían la misma concepción administrativa del partido, estaban caracterizados por la misma mentalidad burocrática (…), eran, en general, viejos militantes del período clandestino. Pocos de ellos tenían un pasado de militantes de masas. Todos se caracterizaban por una débil formación teórica y un autoritarismo brutal. Encarnaban la aparición de una nueva franja social, los hombres del aparato, los apparatchiki, responsables permanentes instalados en los puestos de comando y control de la jerarquía administrativa cuyos hilos conducían al secretariado” (Broué, Trotsky: 237).

La progresión del aparato fue geométrica: “De 80 personas empleadas en el centro al comienzo se pasó a 150 en marzo de 1920, y 600 en marzo de 1921. En agosto de 1922 (…) ya se tenían 15.000 permanentes –funcionarios retribuidos– del partido para el conjunto de la República, donde su autoridad se extendía largamente más allá de los organismos del partido propiamente dicho, a los soviets y todos los organismos administrativos” (ídem). Éste fue el núcleo inicial a partir del cual se vertebró la burocracia stalinista; específicamente, la burocracia del partido (el personal estatal propiamente dicho era mucho mayor).

En datos agregados respecto de la composición social de la URSS en 1922, podemos tomar lo reseñado por Eric Toussaint: 1,24 millones de obreros industriales, 5,5 millones en el ejército, 5,9 millones de funcionarios de las instituciones soviéticas, 24 millones de familias campesinas (podríamos decir, en promedio, unos 100 millones de campesinos), obreros agrícolas sólo 34.000… Si partimos del hecho de que al momento de la revolución había en Rusia 3 millones de obreros industriales, se puede apreciar cómo el desbalance social característico de Rusia, no hizo más que acentuarse, sumándose al hecho de la aparición de un nuevo sujeto social: la burocracia.

A este respecto, Toussaint precisa que “Lenin reflexionó mucho sobre el problema de la alianza obrero- campesina. El escollo en este esquema es que, en realidad, la construcción de la sociedad de transición [al menos en países atrasados] no se plantea de forma triangular sino cuadrangular. A la burguesía, al proletariado y el campesinado se añade un cuarto actor: la burocracia. Ni Marx, ni Engels, ni Lenin, ni los demás dirigentes bolcheviques del período inmediatamente posterior a la insurrección de 1917 se plantearon el problema de la burocracia como capa social que iba a jugar un papel específico autónomo en relación con las otras tres grandes fuerzas sociales”.

Y agrega: “El problema de toda sociedad de transición es que la clase obrera aliada al campesinado no deberá simplemente combatir a la burguesía en el plano internacional y nacional; deberá igualmente combatir las deformaciones burocráticas. Y si éstas toman amplitud, deberá luchar contra la capa burocrática que se haya cristalizado. Para el período que va del año 1919 a 1923, se puede encontrar una serie de textos de dirigentes bolcheviques que denuncian el burocratismo y la burocracia. Pero no se encuentra ningún análisis de la burocracia como capa que, cristalizándose, puede jugar un papel autónomo. En el seno de la ‘oposición trotskista’, habrá que esperar a 1928 para que se escriba un texto que analice la burocracia bajo este ángulo. Se trata del famoso texto de Christian Rakovsky titulado Los peligros profesionales del poder” (Toussaint, cit.).

Moshe Lewin realiza igual afirmación: “La burocracia, una capa al servicio del Estado y de la clase dominante, no debería representar mucho problema. Pero se hizo evidente en pocos años que, lejos de ser un factor auxiliar fácil de manejar, era un fenómeno complicado, opaco y completamente incomprendido” (Lewin 1995: 171).

Es interesante historizar la batalla contra este nuevo fenómeno a partir de los desarrollos de la Oposición de Izquierda desde 1923 a 1928, año en que es derrotada en el partido (en conjunto con el estallido de la Oposición conjunta) y comienza su historia en tanto que nueva tendencia del marxismo revolucionario internacional.

Lenin fallece en enero de 1924. Había estado fuera de combate desde su segunda recaída en marzo de 1923. Trotsky quedó en gran medida solo para dar una batalla extremadamente difícil en un partido que nunca fue realmente “suyo” (un problema complejo de resolver: ¿cómo dirigir un partido que no es el propio?), donde los viejos bolcheviques encarnados por Zinoviev y Kamenev, con el apoyo de Stalin, montaron una campaña de prejuicios para desacreditarlo. El tema de la no pertenencia bolchevique de Trotsky, que hubiera tenido un curso político independiente, es un tema complejo que pesó en los desarrollos incluso en vida del propio Lenin (Stalin se la pasó intrigando contra él durante la guerra civil: “Trotsky, que ingresó apenas ayer al partido, quiere enseñarme la disciplina partidaria”). El status de “extranjero” en el partido fue lo que inhibió a Trotsky para dar determinadas batallas, para decidirse a ir a fondo contra el núcleo burocrático (reservas que sólo fue perdiendo con el tiempo).

El primer mojón de la batalla antiburocrática propiamente dicha hay que ubicarlo en la propuesta de Lenin a Trotsky de conformar un bloque común alrededor de varios problemas (fines de 1922): la cuestión georgiana, el carácter de la República Soviética (federativa o unión), la reforma de la Inspección Obrera y Campesina y el problema del monopolio del comercio exterior. Esta última pelea fue encarada por Trotsky. El debate sobre la cuestión georgiana fue asumido por Rakovsky, y los problemas de la burocratización del partido, por Preobrajensky.

Lenin dictó por esa época su famoso Testamento, donde pedía apartar a Stalin de la Secretaría General. El testamento nunca llegó a aplicarse: se leyó en el CC, pero todo el mundo acordó, incluyendo en esto al propio Trotsky, no hacerlo público. Fue un documento que nació muerto (recién sería dado a conocer ampliamente por Kruschev en 1956).

Las iniciativas de Lenin no carecían de limitaciones, incluso respecto de una apropiada comprensión del fenómeno burocrático. Mientras que insistía en las deformaciones burocráticas que afectaban al Estado, Trotsky comenzaba a subrayar correctamente que el problema se evidenciaba también en el partido: “El partido es una organización política; el aparato de Estado es una institución de mando administrativa burocrática, jerárquica en su estructura” (Lewin: 180), una delimitación de principios aguda.

Se entiende que el partido deba ser democrático mientras que el aparato administrativo de Estado, como tal, no tenga por qué serlo: funciona bajo órdenes. Otra cosa es si nos referimos a las instituciones de poder y representación como los soviets. Pero aquí se está hablando de la administración; de ahí que superponer ambos órdenes implicaba infectar burocráticamente la vida partidaria, que fue lo que ocurrió. Ése fue un factor fundamental en la degeneración: “Trotsky (…) [en] El nuevo curso, observó y analizó la formación del aparato partidario, la pérdida concomitante de la inicial esencia política del partido y su transformación en una organización de muy diferente tipo. El partido, un supervisor y ‘guía’ del aparato estatal, estaba siendo contaminado, efectivamente, por el objeto de su supervisión” (Lewin: 124).10

También Lenin parece haber comenzado a preocuparse por esta superposición. Denunció el “doble empleo” partidario y estatal: una suerte de picardía para obtener ingresos multiplicados. Incluso llegó a proponerle a Trotsky que asumiera el cargo de vicepresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo como forma de establecer un contrapeso entre las dos personalidades más fuertes del partido: Stalin como secretario general, Trotsky como vicepresidente del Estado. Trotsky se negó, tanto por su condición de “judío” (la preocupación por los prejuicios devenidos del atraso cultural) como por la preocupación de cómo sería interpretado este ofrecimiento en el seno de un partido que se encaminaba a una lucha por la sucesión.

Bujarin, ya caído en desgracia, se alarmaría por la misma cuestión: “Su decepción se manifestaba en el clamor contra los cuadros del partido que se habían convertido en ‘chinóvniki [funcionarios bajo el zarismo. RS] del Estado soviético’ y se habían ‘olvidado de las personas vivas’. Los cuadros del partido (…) se habían corrompido con el poder y cometían abusos (…), mostrándose (…) ‘serviles y rastreros’ ante los superiores y caprichosos y ‘jactanciosos’ para la gente. El partido y el Estado se han convertido en una misma cosa (…), los órganos del partido no se distinguen de los órganos del Estado (…), esa es nuestra desgracia” (Cohen 1976: 458).

 

4.2 No someterse a ningún fetiche

 

La apertura oficial de la lucha antiburocrática ocurrió a finales de 1923, meses antes de la muerte de Lenin. Su inicio lo marcó la aparición de la “Plataforma de los 46”, un agrupamiento interno al Comité Central firmada por muchos de los más importantes dirigentes bolcheviques (Preobrajensky, Serebriákov, Antonov-Ovséenko, I. N. Smirnov, A. Bubnov, V. Smirnov, E. Bosh, V. Kosior, J. Piatakov, Osinski, Murálov, T. Sapronov, D. Sosnovsky, etcétera).

Anteriormente se había constituido una Troika integrada por Stalin, Zinoviev y Kamenev, que se preparaban para tomar las riendas del poder ante la eventualidad de la muerte de Lenin; una entente que constituía una fracción secreta, como fue denunciado oportunamente por Preobrajensky. Habían existido otras oposiciones: principalmente el grupo Centralista Democrático, así como la mucho más extendida Oposición Obrera y otros grupos menores. Pero recién con la Plataforma de los 46 se puede decir que se inició una batalla sistemática en el núcleo de la dirección.

La Plataforma reagrupó varios integrantes de estas viejas sensibilidades, sumándoles también algunos miembros de la antigua fracción de la “izquierda comunista” e, incluso, muchos cuadros vinculados a Trotsky. Expresaban el sector más independiente respecto del aparato del partido y la mayoría de los dirigentes con pensamiento propio, muchos de los cuales, paradójicamente, provenían de trayectorias políticas distintas al bolchevismo (lo que demuestra que no existe un “galardón revolucionario” asegurado de una vez y para siempre; en cada cruce de los caminos se deben revalidar los “títulos”).

Esto requiere una reflexión que sólo podemos hacer someramente, y expresa la complejidad de las relaciones entre disciplina, organización y “espíritu libre” que debe anidar en todo cuadro revolucionario. Trotsky supo conquistar en dosis justas esta combinación. Cuando entró al partido, “no hubo mejor bolchevique que él” (Lenin).

Mantuvo, con todo, su independencia, al punto de ser el más consecuente opositor al stalinismo junto a Christian Rakovsky y un puñado de los cuadros históricos.

Tal grado de independencia política, combinado con tal grado de disciplina, no es algo simple de obtener. Trotsky lo logró teniendo la inmensa virtud de no someterse a ningún fetiche: ni el del Estado, ni el del partido devenido en un aparato ajeno a los trabajadores; sólo los intereses del proletariado. Bujarin le hará un involuntario homenaje al afirmar en su alegato cuando los Juicios de Moscú que “había que ser Trotsky” para no inclinarse ante la burocracia. Ésta es otra de las enseñanzas de la Revolución Rusa: el criterio último es siempre la lucha de clases y la perspectiva de emancipación de los trabajadores, nunca la “lealtad” a un aparato que se termine elevando sobre el proletariado.

Trotsky no firmó la Plataforma de los 46 debido a que era miembro del Politburó (el organismo de máxima dirección del partido). Pero antes de la aparición de la Plataforma había presentado una carta y posteriormente continúa la batalla mediante sendos artículos públicos en la prensa partidaria, recopilados en su obra El nuevo curso. Los 46 ponían en cuestión a la mayoría del Buró Político por su política económica, que se deslizaba hacia la derecha: la negativa a dar impulso a la industrialización abría una suerte de “tijera” entre los precios industriales y los agrícolas, que debilitaba la dictadura proletaria al poner en riesgo la unidad obrero-campesina al no tener la industria nada que ofrecerle al campo (lo poco que le ofrecía era a precios altísimos y de baja calidad), al tiempo que también la socavaba el régimen burocrático impuesto al partido. “La batalla llevada a cabo por Trotsky y los 46 constituye la primera ofensiva pública concertada de un miembro del Buró Político y de una serie impresionante de cuadros del partido contra la fracción stalinista y sus aliados (…). Sobre una cuestión, Preobrajensky y Trotsky adoptan una táctica diferente (…). El primero propone la supresión de la prohibición de las fracciones y grupos decidida por el X Congreso (…). Trotsky compartía en el fondo la posición de Preobrajensky, pero (…) no hace la propuesta de poner fin a la prohibición” (Toussaint). El que encabezó la plataforma fue, precisamente, Evgueni Preobrajensky, antiguo secretario del partido: uno de los tres reemplazantes de Sverdlov cuando el temprano fallecimiento de éste.

Preobrajensky capitaneó posteriormente la fracción de la Oposición de Izquierda que a mediados de 1929 capituló a Stalin. Era un cuadro con una importante formación marxista, cuyo ángulo de mira se vio resentido por elementos de economicismo. Catherine Samary señala correctamente que el debate económico desarrollado durante los años 20 tuvo el déficit de “no integrar explícitamente la cuestión de la burocratización del Estado (y del partido)”. También agrega que Stalin “radicalizó el abordaje de Preobrajensky, dándole una forma represiva”, algo que nos parece unilateral planteado así, dado que Stalin desnaturalizó más que “radicalizó” las propuestas económicas de Preobrajensky y la Oposición de Izquierda.

En cualquier caso, como señalamos al comienzo, el fenómeno de la burocratización era inédito, lo que explica las dificultades para medirse con él: “No comprendían que la burocracia tenía un objetivo específico de monopolizar el poder y cristalizar sus privilegios sin que esto implicara la restauración del capitalismo. Este error de perspectiva (fácil de evidenciar retrospectivamente) explica en parte la adhesión de Preobrajensky a Stalin en 1929 cuando éste, rompiendo con la NEP, dará la impresión de volver a una política proletaria socialista” (Toussaint).

Otro desarrollo paradójico es que en ese momento culmina la ubicación izquierdista de Bujarin. Luego de dudar durante un tiempo, se realineará hacia la derecha formando un bloque con Stalin a posteriori de la ruptura de éste con Zinoviev y Kamenev. Bujarin será derrotado a su vez por Stalin en 1929, cuando encabezó la última oposición: la Oposición de Derecha. Bujarin contactó a Trotsky en 1925 para intentar sumarlo a su bloque con Stalin, propuesta que Trotsky rechazaría categóricamente. En la carta que le enviara le confiesa que “no puede evitar temblar” cuando piensa en los métodos de Stalin. Aun así, siguió a su lado, y fue corresponsable de liquidar lo que quedaba de la democracia partidaria

Tras este primer capítulo de lucha antiburocrática, que termina en una primera derrota en enero de 1924, hubo que esperar dos preciosos años para que la lucha se reiniciara. Trotsky estuvo paralizado políticamente entre enero de 1924 y finales de 1925, un momento completamente crucial para el partido. Esa parálisis no tiene forma de ser comprendida si no es debido al carácter inédito, complejo, del fenómeno de la burocratización. Los años 1926y 1927 fueron marcados por la durísima pelea de la Oposición conjunta (conformada por Trotsky junto a Kamenev y Zinoviev) contra la dirección encabezada por Stalin y Bujarin.

Se tiene así el desarrollo de una serie de oposiciones (de Izquierda, Unificada y de Derecha), que ocuparon la vida del partido durante los años 20, con la enorme dificultad de desenvolverse en el contexto de un bajón persistente de la clase obrera: su ruralización creciente, las derrotas de la revolución mundial, la masificación de un partido que se despolitiza a pasos agigantados, todo lo cual dejó circunscripta la pelea a sectores más o menos reducidos de la base.

 

4.3 Bujarin y la burocracia

 

Uno de los casos más controvertidos entre los dirigentes bolcheviques lo representa Bujarin. Con su giro derechista, colaboró en la entronización de Stalin. Sin embargo, esto no significa que haya sido integrante de la burocracia propiamente dicha. Mantuvo una determinada honestidad intelectual y terminó asesinado en las purgas como los demás viejos bolcheviques.

En los primeros años de la revolución formó filas en la izquierda del partido. Opositor al acuerdo de Brest-Litovsk, durante la guerra civil fue el principal inspirador de la fracción Comunista de Izquierda. Bujarin era muy joven (Trotsky señala que nunca perdió los aires de viejo estudiante medio bohemio). Dirigió durante muchos años Pravda y llegó a redactar junto con Preobrajensky folletos universalmente conocidos como El ABC del comunismo, que expresaba una versión izquierdista que hacía del “comunismo de guerra” una suerte de “pasaje directo” a la realización del comunismo…

De ahí que sea complejo entender su abrupto pasaje de una posición izquierdista a liderar el ala derecha del partido, su paso a la dirección de la Internacional Comunista en proceso de burocratización (uno de los más graves desastres en su cuenta es haber sido uno de los responsables principales del desastre oportunista de la Internacional Comunista en China), el bloque derechista con Stalin, y luego su liderazgo de la Oposición de Derecha antes de caer en desgracia y ser fusilado en 1938.

En su abrupto pasaje tuvo seguramente peso su “escolasticismo”, su erudición desprovista de criterio dialéctico (como le señalara Lenin), su abordaje muchas veces ecléctico de los problemas, su inmadurez a la hora de la lucha política. Su semblanza es de reacciones irreflexivas, súbitas, poca cintura para la lucha política, impresionismo, cambio de posiciones a veces abruptas, más allá que sus orientaciones generales estuvieran informadas por una lógica global, en el sentido de que giró al oportunismo pero no era tacticista.

Esto no significa que careciera de pinceladas agudas; que sea un pensador a ser desechado sin más. Varios autores señalan que hacia comienzos de los años 30 hubo cierta convergencia de enfoques entre Trotsky y Bujarin en materia del abordaje de la economía de la transición; Trotsky le dio un lugar al mercado, Bujarin admitió hasta cierto punto la planificación. En su pasaje pesaron textos como “Sobre la cooperación” o “Mejor poco, pero mejor”, donde Lenin insistía en la “revolución cultural” que necesitaba el país. Criticaba darse objetivos desmesurados, planteaba el pasaje a la cooperación entre los campesinos como vía obligada hacia la socialización del campo. Pero en su giro derechista, Bujarin abordó unilateralmente estos artículos haciendo del dirigente bolchevique el supuesto “autor” de su política.

Todo el partido aprobó el pasaje a la NEP y la retirada que significó en relación a las ilusiones de la guerra civil. Pero hubo algo que hizo de Bujarin uno de los adalides para golpear a la naciente Oposición de Izquierda. En su clásica biografía sobre Bujarin, Stephen Cohen señala que no es fácil comprender su deslizamiento burocrático. Fue el principal teórico del giro derechista. Afirmaba que el socialismo podría construirse “a paso de tortuga”, escindiendo completamente la transición del desarrollo de las fuerzas productivas (una fuga idealista que le dio bases “teóricas” al socialismo en un solo país).

Se oponía a Trotsky y Preobrajensky que, desde la Oposición de Izquierda, insistían en la necesidad de industrializar el país y planificar la economía. Inicialmente Lenin también se opondría a la idea de la planificación –le parecía un desvío administrativo–, pero luego cambiaría de posición. Frente a Preobrajensky, que postulaba la existencia de dos reguladores en la transición, Bujarin le opondría uno solo que, en sustancia, era la ley del valor, perdiendo de vista la necesidad del proteccionismo socialista (una deriva oportunista).

En 1923 ocurrió una primera manifestación de crisis económica que luego transitoriamente se disipó. Se consolidó un abordaje oportunista de la NEP, que llevó a una aguda crisis en 1928 cuando la huelga del campo ante la falta de aprovisionamiento industrial: “Los modernos antistalinistas en la URSS exageran los logros de la NEP. Les cuesta ver que mucho de lo logrado por la NEP consistió en restaurar la utilización de las plantas alcanzando la plena producción” (Lewin: 115).

Lewin agrega que la NEP no podía resolver el problema de la acumulación: la modernización y ampliación del capital fijo. Facilitó una cierta recuperación de la industria liviana, pero todo el aparato industrial se iba poniendo obsoleto y los bienes industriales no hacían más que aumentar sus precios.

¿Cómo llegaría Bujarin a ser unos de los “azotes” de la Oposición de Izquierda (“Bujarin no golpea, azota”, diría alegre Stalin), uno de los aspectos más oscuros de su trayectoria? Cohen señala que Bujarin llegó a compartir muchas de las críticas de Trotsky al régimen interno del partido, pero que era prisionero de él al haber sancionado y sido copartícipe en ese desarrollo. Su desgracia consistió en que permaneció atado a la URSS aun a sabiendas de que se encaminaba a ser eliminado.

Lo concreto es que se dejó impresionar por las circunstancias, algo confirmado desde varias fuentes. Pasó del entusiasmo febril de los primeros años de la revolución a la adaptación a su retroceso, una suerte de “pérdida de las ilusiones del período de infancia de la revolución”. Sostuvo el rechazo de Stalin a las fracciones como supuesta vía “ineluctable” hacia dos partidos: “Bujarin sucumbió a la lógica potencial de la filosofía de un solo partido (…): ‘si legalizamos tal fracción dentro de nuestro partido, entonces legalizamos otro partido’ [Bujarin] (…). Nació así la peligrosa ecuación de que el disentimiento continuo presagiaba una facción, un segundo partido y, en última instancia, la contrarrevolución” (Cohen: 340). Stalin hacía un razonamiento idéntico dando a entender que cualquier disensión significaría un partido de “frente único”, es decir, dos partidos

El curso derechista que sostuvo Bujarin fue el del aparato. Y no en cualquier momento, sino en el que fue un peldaño decisivo en el proceso de burocratización: cuando cambio de naturaleza el gobierno bolchevique. El apogeo de Bujarin marcó un período de regresión “reformista” y liberal del poder bolchevique, una fase donde el elemento activo era ya la burocracia, limitada quizá por ciertas contratendencias propias de la NEP: “El reflejo más fiel del pluralismo de la sociedad de la NEP había que buscarlo, tal vez, en su vida cultural e intelectual, barómetro siempre de la verdadera diversidad y tolerancia estatal. Los años 20 fueron, en este respecto, una década de variedad y logros memorables. En la propia vida intelectual del partido (…) no fue un período de ortodoxia impuesta, árida, sino de teorías contrarias y escuelas rivales, una especie de ‘edad de oro del pensamiento marxista en la URSS’” (Cohen: 383), algo más propio de la primera mitad de la década que de la segunda.

Es una valoración quizá exagerada, pero es cierto que la subsistencia de la pequeña producción agraria, del mercado, la centralización todavía inicial de la economía, dejaron determinado espacio para las iniciativas, para la espontaneidad, al menos en el terreno de la vida cultural. Pintar la vida de la República Soviética en estos años es graficar, sin embargo, el simultáneo proceso de clausura de la democracia partidaria: la imposición de los métodos de la GPU en el seno del partido, aunque todavía con restos de vida real en la sociedad.

Bujarin no se movería de su abordaje hasta el final de sus días, un ángulo que oponía en cierto modo la pequeña propiedad y la espontaneidad del mercado a la planificación, y que no le daba lugar a la democracia soviética. Llegaría, sin embargo, a percibir con agudeza el significado de Stalin, aunque eso no implicó una clara comprensión del fenómeno ni un curso de acción acorde. Bujarin jamás rompería con el régimen; su “batalla” siempre estuvo confinada a las altas cumbres del partido, y sus apreciaciones se caracterizaron por el fatalismo.

Desesperaría por un acuerdo con Zinoviev y Kamenev, e incluso con Trotsky, alrededor del restablecimiento de la democracia partidaria que tanto había ayudado a hundir, e incluso llegaría a aceptar la industrialización bajo ciertas condiciones.

Algunas de sus críticas a la planificación burocrática no estaban desprovistas de agudeza: “En una economía planificada, centralizada, con una concentración sin precedentes de los medios de producción, transporte, finanzas, etcétera, en manos del Estado, cualquier desacierto y error repercute en una dimensión social correspondiente” (Cohen: 431). Bujarin presentaba sus posiciones como una lucha “contra el trotskismo”. Según Cohen, había llegado sin embargo a tener conciencia de que se trataba de otra cosa: “un peligro de orden diferente y mucho mayor (…). El análisis de Bujarin de la burocracia del partido, efectuado en 1928-9 era, por supuesto, muy semejante al de los trotskistas” (cit.).

Subrayaba que “el proceso de planificación tiene que evitar (…) la centralización excesiva (…). Una decisión equivocada (…) ‘puede ser tan grave como los costes de la anarquía capitalista’ (…) al suprimir la flexibilidad y la iniciativa desde abajo, conduce a la ‘arteriosclerosis’, a ‘mil estupideces pequeñas y grandes’ y a lo que Bujarin llamaba la ‘mala administración organizada’” (Cohen: 455).

Como digresión, veamos las afirmaciones de S.G. Strumilin, planificador stalinista: “No estamos sujetos a ninguna ley. No hay fortaleza que los bolcheviques no puedan asaltar”. Aserciones como ésta reflejaban la lógica que presidió la “planificación” burocrática, que, como señalara agudamente Moshe Lewin, significó, paradójicamente, la “desaparición de la planificación en el plan”: “Fue la ‘sobre-extensión’ y la ‘sobre-ambición’ del período inicial [se refiere al primer Plan Quinquenal] lo que dio lugar, en gran medida, a que la economía fuera ‘administrada’ pero no ‘planeada’” (Lewin 2005: 113).

Esto es, administrada en el sentido de que estaba bajo un creciente comando burocrático. Pero ese comando no respondía a criterios económicos, sino a métodos administrativos, burocráticos, de aparato, formales y, por lo demás, de espaldas a las masas; métodos que tenían costos inmensos tanto en materia del nivel de vida de las masas como en el gasto de materiales y el socavamiento de la naturaleza.

El elemento “liberal” de las posiciones de Bujarin tenía que ver con una crítica con elementos “esencialistas”: como si, en sí misma, “técnicamente”, la planificación tuviese problemas, y no como una tarea concreta que se debía vincular estrechamente a la democracia proletaria y a la revolución mundial, como era la posición de Trotsky. Bujarin estaba preocupado por el “gigantismo” de la planificación, al que le contraponía los mecanismos del mercado. Trotsky también daba lugar al mercado como terreno de verificación de las mercancías producidas, pero lo ubicaba como uno de los tres pilares de la economía de la transición, junto con la planificación y la democracia obrera.

Bujarin se opondría a la colectivización forzosa del campo, que dejaba a los campesinos sin incentivos para producir. A sus ojos, esa colectivización los sometía a una nueva “servidumbre militar-feudal”; algo de lo que también hablaría Rakovsky al denunciar que una colectivización forzosa era una “falsa colectivización”. Recordemos que la hambruna ocurrida en Ucrania como subproducto de la colectivización burocrática alcanzó 6 millones de muertos en los años 1932-33.

Cohen agrega que la disputa económica devino también en un conflicto entre dos concepciones diferentes de la planificación; tres en realidad, podríamos agregar. El grupo de Stalin había adoptado una versión extrema de lo que se llamó “planificación teleológica”, un método que afirmaba la primacía del esfuerzo voluntario sobre las fuerzas objetivas. Para Bujarin, la planificación significaba el empleo racional de los recursos para alcanzar las metas deseadas. Debía cimentarse en el cálculo científico y las estadísticas objetivas, y no en un “hagan lo que les plazca”, criterios que eran correctos: “La libertad no consiste en el sueño de independizarse de las leyes naturales (…), sino en el conocimiento de dichas leyes y la posibilidad que da hacerlas trabajar sistemáticamente hacia determinados fines” (Engels, citado por Paul Mc Garr, International Socialist, otoño 1990).

También insistía en la necesidad de un “equilibrio económico dinámico” entre las distintas ramas de la economía. Un criterio que compartía Trotsky cuando exigía que se respetaran ciertas proporcionalidades. Aunque hay que subrayar que el concepto mismo de “equilibrio” funcionaba en Bujarin como un elemento de apaciguamiento de las contradicciones de clase, olvidando que la transición supone una encrucijada de intereses contradictorios. Bujarin denunciaba la idea stalinista de la “intensificación” de la lucha de clases bajo la dictadura proletaria como un taparrabos para su orientación represiva; una denuncia correcta (si se va al socialismo, el Estado y la violencia deben tender a desaparecer). Pero perdía de vista que las clases y fracciones de clase tienen intereses específicos muchas veces difíciles de satisfacer simultáneamente, y esto es así incluso cuando se trata de clases oprimidas, como la clase obrera y el pequeño campesinado. De ahí que se opusiera al planteo de Preobrajensky de que durante un tiempo el campesinado hiciera una contribución proporcionalmente mayor para garantizar la industrialización. Su apuesta había sido para el otro lado: beneficiar al campesinado en detrimento de los obreros.

Bujarin había perdido de vista la imperiosa necesidad de industrializar el país, cuestión que Stalin desnaturalizaría encarándola de manera burocrática cuando la huelga agraria impactó al país (1928): “El análisis de Bujarin recomendaba remedios moderados, incluidas ayudas a los agricultores privados, una política de precios flexibles y más sensibilidad de parte de las instituciones oficiales. Stalin (…) se movía en otra dirección: hacia la afirmación y legitimación de la ‘voluntad de Estado’ en todos los frentes, incluidas las ‘medidas coercitivas extraordinarias’” (Cohen: 402). Se entiende que dicha voluntad de Estado no tenía nada que ver con las necesidades de la clase obrera.

En síntesis: si bien Bujarin cuestionaría el giro stalinista desde la derecha, eso no niega que destacara problemas reales y que deba ser estudiado críticamente.

 

4.4 Preobrajensky y los peligros del economicismo

 

El bujarinismo nunca se erigió en alternativa: no se planteó una ruptura con el aparato ni llegó a concebir la perspectiva de una nueva revolución, tarea que Trotsky sí planteó. Ni siquiera postuló abiertamente una “reforma”. Queda la duda, sin embargo, de si Trotsky no podría haber llegado a algún tipo de acuerdo con Bujarin alrededor del restablecimiento de la democracia partidaria: “Cuando en 1928 Bujarin descubrió finalmente que ‘las discrepancias entre nosotros [está hablando de la Oposición de Derecha] y Stalin son muchos más graves que todos los desacuerdos que tuvimos con usted’, Trotsky, convencido de que Bujarin era la encarnación del Termidor, declararía: ‘¿Con Stalin contra Bujarin? Sí. ¿Con Bujarin contra Stalin? ¡Nunca!’” (Cohen 1976: 379).

Doug E. Green señala que hacia finales de los años ’20 y nuevamente hacia comienzos de 1933, Trotsky sin embargo pareció conceder la posibilidad limitado alrededor del restablecimiento de la democracia partidaria sin comprometer las ideas fundamentales. Un problema no menor era que la militancia de ambas oposiciones (que se encontraba mayormente en los campos de concentración) se tenía enorme desconfianza mutua.

Para Trotsky, Bujarin trasmitía las presiones hacia la restauración capitalista, y a Stalin, en todo caso, como “centro burocrático”, lo veía sometido también a las presiones del proletariado (y de la misma Oposición de Izquierda): “Como todos los demás bolcheviques que usaban el análisis de clase ‘clásico’, la degeneración (pererozhdenie) podía verse facilitada por políticas incorrectas, pero tenía que ser conducida por algún grupo de la burguesía. La izquierda consideraba la burocratización del partido, como tal, un factor facilitador, pero no imaginaba que la burocracia, per se, podía devenir en una clase” (Lewin 1995:175).

Nosotros tampoco consideramos a la burocracia como una clase. Pero parece evidente que su grado de independencia fue mayor al esperado: la burocracia se convirtió en el principal peligro para la revolución, cuestión que a Trotsky le costó apreciar: “En nuestra opinión, no es necesario buscar en explicaciones superficiales (…) la negativa de Trotsky a considerar a la burocracia como la clase social dirigente. Es necesario buscarla en su firme convicción de que la burocracia no puede convertirse en elemento central de un sistema estable, y sólo es capaz de ‘traducir’ los intereses de otras clases, aunque fuese desvirtuándolos (…). En este esquema no quedaba lugar para ninguna ‘tercera fuerza’” (Alexei Gussev, La clase imprevista. La burocracia soviética vista por León Trotsky).

El sistema nunca fue estable; la burocracia no llegó a convertirse en una clase social clásica. Pero lejos de traducir los intereses de otras clases, terminaría haciendo valer los suyos propios como capa social privilegiada (ver al respecto el Stalin, obra inconclusa de Trotsky que se acerca muchísimo a estas conclusiones).

El caso de Preobrajensky es también complejo. Su evolución es la de una figura sólida, izquierdista, protagonista de la Plataforma de los 46 y del debate sobre la industrialización, pero que termina capitulando a Stalin. Hubo algo que socavó su posición: una apreciación mecánica de los desarrollos. Preobrajensky confundió el abordaje “científico” de los fenómenos con un deslizamiento objetivista. Supuso la existencia de una “ley de la acumulación socialista” que vendría a resolver los problemas de forma automática, independientemente de la naturaleza del poder.

Siendo compañero de Trotsky en la batalla por la industrialización, los elementos unilaterales de su abordaje confundirían al trotskismo en la segunda posguerra (sobre todo a Mandel). Su lógica economicista fue tomada como un consagrado “punto de vista materialista” cuando, en realidad, y como le señalara Rakovsky apelando a las enseñanzas de Lenin, el punto de vista correcto es siempre un punto de vista político, global.

Podemos recordar aquí una anécdota contada por Pierre Broué cuando el debate sobre los sindicatos. En una reunión interna del “grupo de los 10” (grupo que lo secundaba en esa discusión), acusó a Trotsky de “no entender nada de política”… Desde ya que Trotsky sí entendía de política. Pero el planteo tenía el valor de subrayar que en todas las situaciones debe valer una apreciación global, política (un punto de vista que Trotsky había perdido en ese debate; ver supra). Por su parte, Doug E. Greene afirma que Trotsky no manejó del todo bien los tiempos políticos en su combate con el stalinismo; que, por oposición, Stalin era “un político excepcionalmente dotado” (seguramente haciendo referencia a su capacidad para las maniobras). Trotsky había subrayado la ceguera estratégica de Stalin y su incapacidad para darse cuenta qué papel estaba cumpliendo. Greene agrega, de todos modos, que en Trotsky hubo una cierta subestimación del stalinismo, lo que no parece del todo disparatado.

Veamos la palabra textual de Lenin: “Trotsky y Bujarin presentan las cosas [en el debate sobre los sindicatos] como si unos se preocupasen del aumento de la producción y otros sólo de la democracia formal. Esto es falso, pues la cuestión se plantea (y, para los marxistas puede plantearse) solamente así: sin un enfoque político acertado del problema, la clase dada no mantendrá su dominación y, en consecuencia, no podrá cumplir tampoco su tarea en la producción” (Bettelheim 1976: 360).

También estuvo el problema de una falsa apreciación de la dialéctica histórica, a la que se veía trabajando espontáneamente “en función del socialismo”… Preobrajensky creía en la existencia de “leyes férreas” en un terreno donde lo único que vale es la decisión consciente de la dictadura proletaria de llevar adelante la acumulación en beneficio de la sociedad.

Confundió la acumulación socialista con una acumulación de Estado: “En la medida en que los precios, ganancias y costos perdieron su función de guías, la economía (salvo en los sectores ilícitos) no trabajaba más en función de las ganancias, pero tampoco lo hacía para los consumidores. Funcionaba para el plan” (Lewin 1995: 120). Se sobreentiende que acá, el plan, son los intereses de la burocracia.

Preobrajensky perdió de vista un elemento crucial: el partido. Rakovsky le insistiría en que sin tener en cuenta el régimen del partido, no se podía tener una apreciación de conjunto del giro stalinista. Rakovsky se refería al hecho de que al tener el partido semejante papel en el Estado obrero, su situación, sus métodos, impactarían directamente en la naturaleza de las medidas tomadas. Al respecto, es agudo lo que afirma Josep Fontana: “Tendremos que explorar (…) qué significaba realmente el programa de la planificación tal como lo estaban elaborando hasta 1928, los hombres que trabajaban en el Gosplan, y la forma en que su proyecto fue pervertido por Stalin, que lo convirtió en un instrumento para un proyecto de industrialización forzada, que tenía que ir acompañado de una política de terror encaminada a someter a amplias capas de la población a unas condiciones de trabajo y de explotación inhumanas” (¿Por qué tenemos que estudiar la Revolución Rusa?). Lewin señala que la propia burocracia era la productora de las incoherencias; que desde la cima se enviaba permanentemente grandes dignatarios para hacer que las cosas se movieran “por cualquier medio”.11

Pepe Gutiérrez Álvarez introduce una inflexión aguda cuando destaca que a comienzos de los años 20 el partido se “militariza” y modifica su composición. Señala que al final de la guerra civil quedan muy pocos de los 25.000 miembros de febrero de 1917; un cambio de membresía partidaria que significó una ruptura de la continuidad y la experiencia acumulada, de la formación y la tradición política del partido. De ahí las graves dificultades para comprender la “transición” de los años 1923-28 y la escasez de reflejos iniciales ante un proceso de burocratización que cuando comienza a ser denunciado ya ha tomado vida propia (en “Octubre y la guerra de las interpretaciones”).

Preobrajensky acusaría a su vez a Rakovsky de “subjetivista”. Pero perder de vista el lugar absolutamente central que tenía el partido en la pirámide del Estado constituía una deriva en sentido contrario que perdía el ángulo de mira total, político, en beneficio de la “economía pura”. El punto de vista de Rakovsky fue tildado de “pesimista”: mientras que Trotsky opinaba que la contrarrevolución stalinista todavía no se había consumado, Rakovsky la veía completándose y mudando no solamente la naturaleza del régimen político sino del Estado proletario mismo.

¿En qué se había transformado el partido para esa época? “Habiendo pasado el número de miembros de 472.000 a 1.305.854, en 1928 el partido no era ya la vanguardia politizada de la revolución, sino una organización de masas cuya participación, privilegios y autoridad estaban rígidamente estratificados. La base estaba formada por una masa recién reclutada, conformista y en gran parte políticamente analfabeta, que ignoraba la diferencia entre ‘Bebel y Babel, Gogol y Hegel’, o entre una ‘desviación’ y la otra. En el centro estaba una burocracia administrativa abotagada, los apparatchiki del partido, considerados por toda la oposición, de izquierda y de derecha, como un ‘cenagal’ de burócratas obedientes” (Cohen 1976: 464).

Y Lewin insistirá en lo mismo: el partido se despolitizó, dejando de ser un partido “político” en el sentido propio del término, y se terminó disolviendo posteriormente en el Estado.

 

4.5 Estado obrero y dictadura proletaria

 

“No hay ninguna duda de que una fuerza de trabajo industrial ha existido y crecido durante las dos primeras décadas y media del poder soviético. Sus miembros se consideraban ciertamente parte de la clase obrera, pero habían perdido el espacio político en el que podían desarrollar la forma en que se representarían a sí mismos y definir sus propios programas. Moshe Lewin cita en varias ocasiones esta frase con que se definen los obreros: ‘No se nos considera seres humanos’” (Denis Paillard).

 

Hemos hablado del régimen de la guerra civil como un régimen específico respecto al que caracterizó los primeros meses del poder bolchevique. Estudiando la evolución del gobierno bolchevique, se pueden apreciar varios regímenes, una cierta plasticidad cuyo elemento común es que la clase obrera se encuentra en el poder.

Así como existió el régimen de los soviets de los primeros meses del gobierno bolchevique, posteriormente emergió un nuevo régimen: el de la guerra civil, caracterizado por rasgos como la extremada centralización, el vaciamiento de los soviets, el hundimiento del pluripartidismo soviético, etcétera.

Pero también es cierto que los primeros tiempos de la NEP configuraron otro régimen; se dio un cierto relajamiento de la vida social y cultural, al tiempo que el partido bolchevique afirmaba su monopolio del poder y se clausuraban las vías del debate interno. Aun así, nos parece que ese régimen expresaba todavía una dictadura proletaria, a cuyo frente seguían estando Lenin y Trotsky, y el partido estaba vivo.

Cabe aquí entonces una serie de consideraciones. La primera es que en el vértice del poder estaba colocado el partido como único “garante” de la dictadura proletaria, lo que daba cierta fragilidad al conjunto. Ocurre que la clase obrera sin el partido no tiene dirección. Pero el partido sin la clase obrera, con un retroceso de la clase obrera, con un vaciamiento de las instituciones que organizan su vida política, termina en una asfixia tal que es imposible evitar su burocratización.

Eventos como el levantamiento de Kronstadt y la deriva burocrática desde temprano en la revolución muestran que el atraso general del país (en condiciones de aislamiento internacional) retornó como un búmeran sobre el partido y el Estado. Lewin insiste en que no se debe apreciar solamente la “marea ascendente” de la revolución, sino también el golpe en sentido contrario que luego dio el proceso sobre instancias, en definitiva, “superestructurales”. Subraya que la guerra civil fue un golpe sobre las aspiraciones libertarias de 1917, causando una suerte de retroceso “geológico” en la sociedad que hizo que la revolución cambiara los rieles sobre los que venía, haciéndola más vulnerable a métodos arcaicos de gestión y menos favorable a sus tendencias progresivas. Se trata, en definitiva, de la “resistencia de los materiales” que deberá enfrentar toda revolución; de ahí la apelación “desesperada” de Lenin y Trotsky a la revolución internacional.

En la medida en que se trate de regímenes que expresan, no importa cuán distorsionadamente, que el proletariado está en el poder, se trata de una dictadura proletaria. El problema es que la dictadura proletaria no puede sobrevivir con la clase obrera desalojada del poder. Liquidado el carácter revolucionario del partido, no subsistió otra institución que representara a la clase obrera; la dictadura del proletariado se disolvió en el Estado de la burocracia, llegando a su fin el gobierno bolchevique.

Esto nos lleva a una discusión sobre el carácter del Estado en la transición. En la definición clásica del trotskismo, su irreductible carácter político y de clase quedaba de lado en beneficio de una definición vinculada a la propiedad. Si la propiedad era estatizada, el Estado devenía en obrero. En otros trabajos hemos definido que la propiedad estatizada, en tanto que propiedad necesariamente pública, debe remitir a que los trabajadores detenten efectivamente la propiedad; que llenen de contenido real, colectivo, ese carácter público. Si eso es así, estamos ante un Estado obrero. Pero si esto no ocurre, la propiedad estatizada, per se, no tiene manera de definir el carácter real del Estado: “Semejante curso, endureciendo las prácticas [administrativas] del impulso inicial [de la planificación] devenidas en funciones regulares del Estado Leviatán, fue ayudado por la ausencia de cualquier contratendencia, cuyos últimos vestigios desaparecieron con la última oposición” (Lewin 1995: 113).

Insistimos en que si este atributo público no remite a un dominio creciente de los medios de producción por parte de la clase obrera, no hay forma de considerar al Estado como proletario: “La producción capitalista engendra ella misma su propia negación (…). Restablece no la propiedad privada del trabajador, sino su propiedad individual basada en los logros de la era capitalista, en la cooperación y la posesión común de todos los medios de producción, incluido el suelo” (Karl Marx, El capital, citado en Bensaïd 2013: 56).

Porque dicha “posesión común” en la transición debe ser una propiedad verdaderamente colectiva de los medios de producción, so pena de devenir en otra cosa: “El cuerpo administrativo (Vedomstva) estaba deviniendo en los emprendedores del sistema [alguien que establece sus propios negocios], en sus controladores, y, para todos los efectos prácticos, los dueños de la rama de la cual cada uno de ellos estaba encargado” (Lewin 1995: 125).

Y, en el mismo sentido, pero respecto de las condiciones de trabajo reales de los supuestos “propietarios”: “Un rasgo característico es la débil utilización del tiempo de trabajo, así como una productividad muy baja. En particular, la política oficial de control se traduce a nivel del proceso productivo en una parcelación máxima de las tareas (un puesto, una operación), lo que significa, de hecho, una desorganización por arriba del proceso de producción: los obreros no tienen ninguna responsabilidad sobre un trabajo puramente mecánico y repetitivo, ni una comprensión del proceso de producción en el que participan” (Paillard).

Pero volvamos a la cuestión de la definición específica de la naturaleza del Estado. La idea tradicional es que como en el marxismo la economía determina en última instancia la política, si la burguesía fue expropiada no queda otra alternativa que definir al Estado como “obrero”. El problema es que ésta no es la forma de definir el Estado para el marxismo. En sociedades estabilizadas se colige que el carácter de la economía y el poder coinciden. ¿Pero qué pasa en las sociedades de transición, cuando ambas instancias no necesariamente coinciden?

Hay dos maneras de abordar el problema. Una, por la clase social que efectivamente posee el Estado. De ahí la discusión, por ejemplo, sobre el Estado absolutista, su carácter feudal en la medida que eran todavía las viejas clases señoriales las que lo dominaban. Pero esto entra en contradicción con una segunda forma de definir las cosas: ¿cuál será el carácter de un Estado que promueve determinadas relaciones sociales y de propiedad independientemente de quién está al mando? Si el Estado absolutista promovía las relaciones capitalistas, era entonces capitalista.

Perry Anderson se inclina por la definición de que, en definitiva, el Estado absolutista fue un Estado todavía feudal porque estaba en manos de las viejas clases, independientemente de que, a pesar de ello, bajo su imperio se desarrolló el capitalismo y se establecieron las premisas para ese proceso. Marx y Engels tuvieron definiciones cambiantes sobre el tema a lo largo de su vida (habría que revisar la magistral obra de Hal Draper Karl Marx Theory of Revolution para historizar bien la cuestión).

El problema frente al cual nos encontramos en la transición socialista es que, a diferencia del Estado absolutista, ambos criterios deben tender a coincidir: qué clase esté realmente en el poder define qué relaciones sociales se promueven. Y viceversa: no hay manera de que relaciones sociales emancipadoras se hagan valer sin la clase obrera en el poder, no hay manera de que la propiedad estatizada se afirme como propiedad de la sociedad pasando por encima de los explotados y oprimidos: “En el texto El socialismo soviético. Un error de etiquetación, Moshe Lewin desarrolla con amplitud esta idea: a no ser que se confunda socialización con nacionalización-estatización de la economía, no se puede hablar de socialismo en la URSS, lo que lleva a cuestionar la idea de que no capitalista signifique mecánicamente socialista” (¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!, Denis Paillard, 24-10-17).

Si la clase obrera no tiene la apropiación real cae el Estado obrero. De ahí que en los Estados no capitalistas donde la clase trabajadora no estaba en el poder –o donde lo perdió, como en la URSS–, el Estado no haya sido obrero, o haya dejado de serlo cuando la clase obrera perdió el poder: “En la sociedad burocrática, la propiedad es una categoría de hecho más que de derecho” (Bensaïd 1995: 127).

Esto nos reenvía a la problemática de los regímenes de la dictadura proletaria. Puede haber varios regímenes políticos, pero no puede haber regímenes proletarios sin la clase obrera en el poder. Si el Estado ha dejado de ser proletario, un factor derivado, como son los regímenes, que plantean una diversa combinación de instituciones en cada caso, no puede ser un régimen de la dictadura proletaria.

Esto efues lo que pasó bajo el gobierno bolchevique. Dadas las circunstancias concretas que colocaron al partido en el vértice del poder, cuando el partido se burocratizó (en concomitancia con la pudrición burocrática del Estado), el Estado dejó de ser obrero y el gobierno bolchevique se terminó. Nada de esto niega la riqueza de matices y circunstancias en materia de gobiernos proletarios; sólo los ubica en determinados límites.

 

  1. Dictadura, democracia y partidos: una reflexión final

 

La experiencia del gobierno bolchevique demostró la complejidad del ascenso de la clase obrera al poder en las condiciones del aislamiento internacional de la revolución, el atraso de Rusia y la guerra civil sangrienta que se desató no bien los bolcheviques asumieron el poder. Esa mecánica del ascenso al poder real de la clase obrera, de que sea ejercido  de manera cada vez más colectiva, de que el Estado, en concomitancia con el desarrollo de las fuerzas productivas y culturales, vaya desapareciendo, es todo un complejo proceso histórico que se procesó, por primera vez, de manera incompleta en el gobierno presidido por Lenin y Trotsky; de ahí la importancia histórico-universal de la experiencia.

Desde el vamos estaba claro que la experiencia de la dictadura proletaria tenía elementos de experiencia “transitoria”, expresión de elementos de avance pero también de atraso. La revolución no surge en un terreno ideal, sino de las condiciones de la realidad, con una economía, un desarrollo de las fuerzas productivas, de las personas, terrenales, reales. La modificación de estas condiciones entraña todo un proceso histórico concreto, un proceso de transición, donde la forma que asume la dictadura proletaria es simultáneamente una dictadura y una democracia, ambas de nuevo tipo. Dictadura en relación con la burguesía y el imperialismo; democracia en relación a la clase trabajadora. Pero, como ya hemos señalado, esta fórmula entraña todo un complejo proceso que en la experiencia de los bolcheviques debe ser evaluado de manera concreta; un proceso que se complicó, además, por el surgimiento de un actor inesperado: la burocracia.

Los fundamentos de este proceso remiten a en qué medida la dictadura proletaria, como democracia y dictadura de nuevo tipo, logra ser realmente una instancia de transición entre la revolución y el autogobierno de las masas, el comunismo. Desde el comienzo debe quedar establecido el terreno material de las cosas al definirse que, tanto en el terreno económico como en el político y el internacional, es inevitable un período de transición: el socialismo no es algo que se pueda lograr “just in time”.

En la primera parte trabajamos el carácter dictatorial que inevitablemente tiene la revolución, el nuevo gobierno. Aquí el problema es cómo abordar la problemática de ese tránsito de manera no ingenua, no simplista. Dada la complejidad de las circunstancias el gobierno de los bolcheviques no admite un balance sumario, como hemos señalado. La crítica democratista tiende a aplanar las circunstancias reales, el hecho que a la clase obrera no le es tan sencillo hacerse del poder y que, sin embargo, debe gobernar el país, enfrentando a los enemigos internos y externos. De ahí que este tipo de balance, tan a la moda en centros universitarios y también en muchas corrientes socialistas revolucionarias, sea de una ingenuidad que solamente sirve para desarmar a las nuevas generaciones militantes.

Lo mismo vale para la idea “anarquizante” de que sin partido revolucionario, sin partidos, el proceso pueda avanzar en un sentido progresivo. La lucha de clases, la revolución, es lucha de partidos, es lucha por el poder. Y no se puede concebir ningún evento de la lucha política, e incluso militar, sin ellos. En este aspecto lo que se observa en muchos autores que se dicen “marxistas” es una deriva condenatoria de los partidos, una escisión mecánica de las complejas y necesarias relaciones entre clase, vanguardia y partido. Si está claro que no existe un signo igual entre la clase obrera y el partido (los partidos), al mismo tiempo no puede elevarse políticamente sin ellos; es el proceso de selección natural política lo que lleva a la hegemonía de uno y otro, como lo destacara incluso Víctor Serge, de conocidas inclinaciones democráticas.

Simultáneamente, tampoco vale la justificación acrítica, conservadora, de todo lo actuado por el bolchevismo; semejante abordaje impide sacar lecciones críticas de la experiencia, lo que nos condenaría a repetir siempre los mismos errores, una actitud característica de muchas corrientes dentro y fuera del trotskismo.

Por supuesto, no se trata de que nos queramos “medir” con los inmensos revolucionarios que fueron los bolcheviques, lo que sería ridículo, sino simplemente por un problema de perspectiva histórica y posibilidad de mirada retrospectiva que nos permite y nos obliga a hacer un balance. Que implica, en definitiva, una crítica demoledora al objetivismo, oportunismo y sustituismo imperante en la mayoría de las corrientes trotskistas de la posguerra, o de autores de la talla de un Isaac Deutscher, cuya biografía sobre Trotsky es leída como verdadero manual de formación política marxista hace varias generaciones militantes. Sin duda es una obra de valor, inspiradora en muchos sentidos, pero profundamente resentida por una teoría objetivista de la revolución que pretende justificar toda una adaptación a las condiciones de la segunda posguerra que, por lo demás, han quedado completamente por fuera de la agenda histórica hoy.

Si la crítica democratista es facilista, la negativa a una evaluación crítica es, insistimos, un reflejo conservador que representa un obstáculo para la tarea de volver a poner al marxismo revolucionario a la ofensiva en este siglo XXI, de volver a desplegar la bandera de la revolución auténticamente socialista. El conservadurismo de esas tendencias solamente puede conducir a repetir los mismos errores, o a la idea de una “estrategia” sin política ni fines que reduce nuestra acción a puras maniobras, que nos hacen girar en falso y que amenazan con el oportunismo sin principios.

El balance del siglo XX nos permite precisar nuestros fines; no hay política revolucionaria que no se refiera a ellos. Si los dejara de lado, y si dejara de lado la reflexión estratégica que ha permitido el siglo pasado, el siglo de las revoluciones, lo que hay a la vuelta de la esquina es una recaída en el oportunismo. Porque la política revolucionaria es “poliédrica”: tiene varias caras que conforman una totalidad dialéctica de fines, política, estrategia y medios- Esta totalidad se hace concreta en cada caso, como desarrollamos en “Guerra, política y partido”, de próxima aparición.

Éste es, en síntesis, el aporte que hemos intentado hacer con este ensayo: ayudar a las nuevas generaciones militantes a extraer las enseñanzas críticas del inmenso legado histórico del siglo XX a fin de prepararlas mejor para la batalla por el relanzamiento de la revolución socialista y el partido revolucionario en este nuevo siglo.

 

 

 

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  1. Es interesante cómo la analogía de la rueda desmiente ese aserto de Max Weber de que los trabajadores no podían ser otra cosa que “rueditas” de un sistema tan inmenso que nunca podrían llegar a tomar a su cargo. Entre muchas otras cosas, la Revolución Rusa fue una desmentida radical del pensador liberal.
  2. Es agudo en este sentido el comentario que Denis Paillard le hace a la obra de Moshe Lewin: “El autor insiste sobre la redefinición permanente de la estrategia de los bolcheviques, cuando Lenin se hace ‘estratega de la incertidumbre’ frente a una situación profundamente inestable y cambiante. El análisis de 1917 y de los años subsiguientes muestran hasta qué punto Lenin, ante cada viraje, fue capaz de repensar las tareas del momento” (Le Monde Diplomatique, 2003).
  3. Catherine Samary, intelectual mandelista, critica el curso “hipercentralista” defendido por Lenin: “La tesis de la necesaria desaparición del Estado fue desmentida por el propio Lenin (…). La inmensa brecha entre sus afirmaciones y el contenido asumido por la ‘dictadura del proletariado’ tuvo análisis y críticas, especialmente, además de los libertarios, por los ‘comunistas de izquierda’ y otras oposiciones en el seno del bolchevismo” (Inprecor agosto-septiembre 2017). Efectivamente, se abrió una brecha. Pero ello fue subproducto de las circunstancias de una guerra civil de vida o muerte, no de una desmentida teórica. Perder de vista ese dato solamente puede estar al servicio de un análisis facilista de la experiencia del bolchevismo en el poder. Volveremos sobre esto.
  4. Los métodos draconianos fueron aplicados con buenos resultados para restablecer el servicio ferroviario (Glavpolitput), Además, parecía otorgar una “alternativa” a la desmovilización del Ejército Rojo. Pero como hemos señalado en otros textos, la militarización del trabajo era una aberración: le quitaba toda base real a la dictadura proletaria: “Los ferroviarios, sin embargo, no [eran] un ejército, sino una empresa nacida mucho antes de la revolución; ellos tenían su historia y sus tradiciones, una experiencia propia de organización sindical y de células del Partido comunista (Broué, Trotsky: 210). Trotsky se compró así un conflicto con porciones de la clase obrera que habrían de pesarle en el futuro.
  5. Su dirigente histórica, María Spiridonova, terminaría siendo asesinada junto con Christian Rakovsky en fecha tan tardía como junio de 1941, cuando los nazis entraban en Rusia en oportunidad de la Operación Barbarroja.
  6. Callinicos cuestiona el abordaje de Lars T. Lih como el intento de demostrar una suerte de “continuidad” entre Kautsky y Lenin; crítica que nos parece pertinente más allá de que Lih haga aportes historiográficos de valor en su The orphaned revolution: the meaning of October 1917.
  7. Eric Toussaint establece que en 1920 el Ejército Rojo absorbía el 50% de la producción industrial, el 60% del azúcar, el 40% de los suministros de grasa, el 90% de los calzados para hombre, el 40% del jabón y el 100% del tabaco.
  8. Marie anota que el 31/05/21, una vez derrotado el levantamiento, Pétritchenko, el principal dirigente de la rebelión, le presenta a Wrangel la consigna de “Todo el poder a los soviets y no los partidos”, esta como una mera “maniobra política táctica” a fin de lograr la caída del régimen comunista. Pétritchenko concede que una vez depuestos los bolcheviques, “habrá que instaurar una dictadura militar”… Subraya también el fenómeno singular de que a medida que se profundizaba la rebelión, los marinos giraban hacia la derecha.
  9. Hubo todavía otro error en el X Congreso, cuando Lenin acuerda nombrar el CC proporcionalmente a las votaciones de la discusión sobre los sindicatos; la paradoja aquí es que el sector vinculado a Trotsky, con una posición errónea en esta discusión pero caracterizado por ser políticamente el más independiente del partido, quedó en ínfima minoría. Por ejemplo, una personalidad de importancia como Preobrajensky salió del CC en esa oportunidad y nunca más volvería; el grupo en torno de Stalin fue el gran ganador.
  10. En un sentido similar, Deutscher señalaría respecto de las manifestaciones cuando el décimo aniversario de la revolución: “Marchaban obedientemente en los recorridos prescriptos, cantaban los eslóganes prescriptos y expresaban una disciplina mecánica, sin traicionar sus pensamientos o ventilar sus sentimientos en siquiera una muestra de espontaneidad” (Doug E. Greene 2017).
  11. Respecto de la incomprensión de cómo los métodos desnaturalizan el contenido de las tareas, es interesante la referencia que hace Cohen a la “dualidad” en la que se encontraba Bujarin en los años 30: “Si su oposición al stalinismo había adquirido durante los últimos años alguna dimensión trágica, también había de parecer a menudo desesperadamente inadecuada y patética. Como explicó Bujarin más tarde, esta amalgama de métodos stalinistas censurables y metas bolcheviques compartidas le producía ‘una dualidad peculiar de ideas’, una ‘psicología dual’ [que es la del centrista. RS]” (Cohen 1975: 505)
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