Suplemento VIII Congreso del Nuevo MAS. Publicado en SoB 493, 1/11/18.

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El carácter del gobierno de Bolsonaro

Y los desafíos que enfrentan los trabajadores y la izquierda en Brasil

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Congreso del Nuevo MAS

El Brasil de Bolsonaro en el contexto internacional[1]

Roberto Sáenz

“El partido revolucionario comienza con una idea, un programa dirigido contra el aparato más poderoso de la sociedad de clases. No son los cuadros los que crean la idea, sino la idea la que crea los cuadros. El temor al poder de los aparatos es uno de los rasgos típicos del oportunismo propio de la burocracia estalinista. La crítica marxista es más fuertes que cualquier aparato” (León Trotsky, “El único camino”, 6 de octubre de 1932)

Voy a tratar de hacer algunas definiciones. Más que una charla, a mí también me interesa escucharlos a ustedes. Voy a decir algunas cosas de Bolsonaro. Voy a tratar de ubicarlo en el contexto internacional. Y a mí me sirve escucharlos a ustedes porque es un fenómeno de impacto mundial. Y, entonces, hay que escuchar lo que dicen los compañeros y las compañeras para construir una interpretación.

Entonces, voy a hacer 4 o 5 definiciones en el informe, para tratar de contextualizar.

  1. Un ejercicio de contextualización

El primer elemento de contextualización es que el mundo es muy grande. Brasil es grande, pero no es todo el mundo. El mundo es más grande que Brasil. Esta es una especie de “enseñanza de parámetros”. De perspectivas. Para no quedarse sólo agarrado a los problemas de Brasil. Brasil es grande. Pero el mundo es más grande. El mundo es muy rico, muy diverso: conviven tendencias contradictorias[2].

Claro que es imposible en una introducción dar cuenta de todas. Pero subrayo esto porque es importante tener siempre esa mirada global. Por supuesto: ni para quitarle el peso al peligro que supone Bolsonaro; ni para impresionarse como si la única tendencia en obra fuese una suerte de “bolsonarismo mundial”.

Sin duda el triunfo de Bolsonaro supone un giro a extrema derecha en Brasil. Y también un impacto por la derecha en la región latinoamericana. Un impacto que tiende a subsumir a la región como un todo en un “ciclo derechista continental”[3].

Sin embargo, sería un error perder de vista que dentro del giro derechista en la actual coyuntura mundial, conviven tendencias contradictorias: tendencias “bolsonarísticas”, y contra-tendencias progresivas.

Algunas muy interesantes, muy ricas, como el movimiento de mujeres internacional, el ascenso de la juventud, las nuevas generaciones militantes, expresiones político-electorales a “izquierda” de las dominantes; contra-tendencias que son puntos de apoyo para la acción: para contraponernos a los “Bolsonaros” que emergen en el mundo (Trump, Putin, Erdogan, Salvini, Duterte, etcétera[4]).

El mundo tiene mucha diversidad, mucha riqueza. La primera tarea es contextualizar los desarrollos en Brasil, este momento en particular, que evidentemente es difícil, dentro del marco más general.

  1. El trasfondo social del ascenso de Bolsonaro

El segundo elemento que les quiero trasmitir, es que el contexto internacional es el de un mundo en crisis. Un mundo que tiende a la inestabilidad. Hay dos fenómenos que voy a identificar en términos generales, que tienen su traducción en Brasil.

El primero es que la economía mundial pasa por una crisis profunda desde el 2008. Una crisis que no se ha cerrado del todo y que encuentra hoy a los países emergentes introduciéndose en una renovada crisis de la deuda: Argentina, Turquía, incluso Brasil a pesar de sus 350.000 millones de dólares de reservas.

Estamos en 2018, y a diez años de desatada dicha crisis, sus efectos siguen presentes. No se trata de una crisis catastrófica como la de los años ‘30, que hundió el producto y el comercio mundial en un 40%.

Sin embargo, la crisis económica que arrastra el mundo, es la más grave desde aquella crisis (lo que no es poco).

El escenario no es catastrófico. Incluso, formalmente, ha admitido una “recuperación”. No vivimos una depresión económica mundial, guerras mundiales, revoluciones sociales. El contexto internacional es más “mediatizado”.

Sin embargo, se trata de una crisis extendida en el tiempo, con “efecto retardado”; efecto retardado que terminó impactando en Brasil: una crisis económica que es uno de los factores que explican el ascenso de Bolsonaro; una de sus condiciones materiales.

La caída de los precios de las materias primas afectó duramente Brasil, lo mismo que la lentificación del crecimiento de China. Brasil vivió una caída del producto del orden del 6 o 7% en los años 2015 y 2016 y sólo se “recuperó” anómicamente posteriormente. Algunos analistas identifican la crisis económica en Brasil como “la más grave en los últimos 50 años”.

Esta situación de mediocridad, de “anomia económica”, contrasta fuertemente con el vigoroso crecimiento en los años ‘60 y ‘70, cuando se hablaba de un “milagro económico” en el gigante latinoamericano (con tasas de hasta el 9% o más de crecimiento del producto anual).

Eso explica la nostalgia de las clases medias con la dictadura militar imperante aquellos años; una dictadura industrialista a diferencia del carácter neoliberal de la dictadura argentina.

Brasil creció también bajo el segundo mandato de Lula, aunque a tasas menores, y sobre otras bases sociales paradójicamente más regresivas: un crecimiento basado en el agro-negocio, las finanzas, las privatizaciones y la desindustrialización (relativa) del país.

En la primera década del nuevo siglo llegó a hablarse de la formación de una “nueva clase media”, lo que evidentemente fue un efecto más bien coyuntural, epidérmico, estadístico antes que estructural.

Así llegamos a los últimos años caracterizados por la mediocridad en materia de crecimiento. El país se asimiló a la mediocridad internacional. Esto tuvo un impacto de clase significativo: amplias porciones de las clases medias giraron bruscamente hacia la derecha, en defensa de sus posiciones adquiridas; una franja considerable de la clase obrera se hartó de las promesas incumplidas del PT.

El impacto adverso entre los trabajadores ocurrió, sobre todo, entre la base social histórica del PT: los sectores proletarios más concentrados del sur del país, las franjas más industrializadas. Son los sectores más orgánicos de la clase obrera los que se han alejado del PT; lo que no es un dato menor.

Hay que tener en cuenta que desde las elecciones presidenciales del 2006, el PT ganó una nueva base social en el norte del país; una base social de trabajadores pobres, que históricamente había sido base de la derecha conservadora brasilera, y que giró al PT a partir de los planes sociales del lulismo.

El PT hizo un recambio de su base social desde los sectores más concentrados de los trabajadores, a los más pobres: del sur al norte del país; un debilitamiento estructural.

En cualquier caso, el otro dato político-social mayúsculo ocurrido en la política brasilera subproducto del impacto de la crisis económica, es el giro a la derecha egoísta de las clases medias y medias altas; a partir de las movilizaciones derechistas contra Dilma Rousseff en el 2015 y 2016, giraron abiertamente contra el PT: compraron la campaña “anti-corrupción”; salieron a las calles tomando a los trabajadores por sus “enemigos sociales”.

Económica y socialmente, Brasil se parece al mundo. A las tendencias que dominan la actual coyuntura. Al ser un país tan grande, tiene tendencias a “asimilarse” al mundo; le cuesta más una lógica de “compartimientos estancos”, como se produce en la Argentina.

Un país, por lo demás, extremadamente desigual; donde los extremos de riqueza y pobreza son hirientes; donde las clases sociales son mucho más estratificadas; donde sigue presente la herencia maldita del sistema esclavista (esto en relación al trato con los trabajadores; a las tradiciones de sumisión a los poderosos).

El concepto de “estratificación” es importante para entender que no se trata de la simple relación capital-trabajo: la relación entre blancos y negros, sureños y nordestinos, población originaria y migrantes europeos en un país donde imperó la esclavitud hasta finales del siglo XIX, configura un escenario social mucho más complejo, más “estamental” que la estructura social cuasi “europea” de los países del cono sur latinoamericano (Argentina, Chila y Uruguay).

En síntesis: un país en el cual el nivel cultural es “atrasado”; marcado todavía por el analfabetismo entre amplios sectores[5]. Elementos que hacen de Brasil una suerte de “caldera social” donde se procesan tendencias polarizantes muy fuertes, incluso violentas: un país de inauditos contrastes.

La mediocridad económica de Brasil refleja el mundo. El mundo está en una suerte de mediocridad económica interminable (incluso se habla de que podría venirse una recesión el año próximo); una “anomia económica” que se traduce entre los trabajadores, las mujeres y la juventud, en falta de perspectivas, en una sensación de “no progreso”.

Esa situación no tiene una proyección a izquierda de forma mecánica: las tendencias políticas de una crisis social configuran una complejidad. La economía nunca se traduce a la política mecánicamente: ni para un lado ni para el otro. Todo depende de las condiciones preexistentes de la lucha de clases donde impacte la crisis (Trotsky).

Hoy por hoy es evidente que la crisis se está traduciendo en una coyuntura a derecha. En el caso de Brasil, a extrema derecha.

Una coyuntura donde calan los discursos populistas de echarle la culpa de los males al de al lado, al de abajo: la porción reaccionaria de las clases medias echándole la culpa a los trabajadores; a los “comunistas”; a las mujeres; a las minorías sexuales; a los negros… Ese es el discurso de odio que sale de la boca de Bolsonaro: recoge un rasgo característico de la extrema derecha y el fascismo tradicional. 

Esto se combina con otro elemento si se quiere “súper-estructural”: está en curso una crisis de autoridad y/o de hegemonía internacional: quién manda en el mundo.

La conflictiva relación entre Estados Unidos y China es hoy un parámetro central de la situación mundial. Y un dato central de la elección de Bolsonaro a este respecto es que el líder neofascista vendría a reafirmar la adscripción histórica de Brasil con los EE.UU. Sus simpatías por Trump son evidentes, así como sus tendencias a “mimetizarse” con él.

Esta voluntad no excluye, sin embargo, contradicciones. Porque China es el primer mercado exportador brasilero. Y, por lo demás, tampoco es tan sencilla la aplicación de los gestos “proteccionistas” de Trump a la región (el “Estados Unidos –o Brasil, en la versión Bolsonaro- primero”), por ejemplo en relación al Mercosur: Paulo Guedes afirmó que “el Mercorsur no sería prioridad” y luego tuvo que desdecirse…

  1. Giro a extrema derecha y radicalización

Un tercer elemento mundial se expresa en Brasil: la tendencia a la polarización de los asuntos. ¿Cómo lo explico para que se entienda? Por ejemplo, acá en Brasil hay muchísimas familias divididas por el voto a Bolsonaro. Familias que se pelean: padres con sus hermanos, hijas con sus mamás, de todo.

Cada uno ve al otro y se horroriza… “¿Votaste a Bolsonaro? ¿¡A un fascista!? ¿Cómo puede ser que mi hermano sea un fascista?”. O: “mi hermano es un petista, un corrupto, ¡qué horror! Cómo se puede apoyar a un ex presidente que está preso por robar”.

Esa situación de polarización política y social que se vive en Brasil es un dato mundial. En EEUU hay polarización: están los “Trump” y los “anti/Trump”. En Francia también hay polarización entre los sectores “progresistas”, con “ideas piolas y de izquierdas”, y el Front National de Marine Le Pen, un partido heredero del fascismo.

Y esta polarización combinada con la crisis económica y la crisis hegemónica, nos instala en un mundo con tendencias a una lucha de clases más profunda, más radicalizada.

Una polarización que de manera dominante se expresa hoy hacia la derecha, pero que supone “rebotes” hacia la izquierda: el concepto de “bipolaridad a derecha e izquierda” que colocamos en nuestro documento mundial.

La polarización nos instala en un mundo menos estable. Para decirlo de otra manera: en un mundo menos light. Fenómenos que salen de la institucionalidad, o de la pura política expresada en el voto. Que cuestionan la institucionalidad desde la derecha pero también desde la izquierda: la reiterada compulsa entre la Plaza y el Palacio en la Argentina (entre la acción directa y la institucionalidad).

El mundo tiene elementos de inestabilidad en su raíz. En sus bases constitutivas: en la economía, en la geopolítica, en la lucha de clases. Elementos que se traducen políticamente en fenómenos nuevos: como el Brasil de Bolsonaro, que aparece como un fenómeno extremo.

Si hubiera sido una segunda vuelta entre Haddad y Alckmin (candidato presidencial del PSDB, que sólo alcanzó 6% de los votos en primera vuelta, pero que pueda ser asimilado a Macri), no escapaba de la normalidad. Pero una segunda vuelta con Bolsonaro triunfante, escapa de la normalidad.

Y si la segunda vuelta hubiera sido entre Bolsonaro y Boulos, los dos términos de la ecuación hubieran sido “extraordinarios”[6]. Atención que más allá de lo “moderado” de su campaña, Boulos está identificado con los movimientos sociales.

Está muy identificado con las tomas de tierras. ¡Y atención que Bolsonaro reafirmó su inquebrantable compromiso con la defensa de la propiedad privada amenazando con encarcelar a los dirigentes sociales! Esto para que veamos cómo se pueden polarizar las cosas en este terreno. Si un candidato como Boulos tuviera una votación como la que tuvo Haddad, es obvio que significaría una radicalización por izquierda.

Pero no es esto lo que ha ocurrido. Porque no estuvo Boulos, estuvo Haddad. Un profesor, un moderado del PT, otra cosa completamente distinta; lamentablemente. El elemento radicalizado vino, como en otras partes del mundo, por extrema derecha: no de un “reformismo amaestrado” como el PT.

Este elemento de polarización de los asuntos, es un dato mundial. Brasil es un país enorme. Un país que siempre expresó más directamente que la Argentina, las tendencias internacionales (sobre todo las tendencias dominantes en los EE.UU).

Es una potencia regional: una “sub-metrópoli” caracterizada por una combinación de atraso y desarrollo inmensa. Un contraste entre pobreza y riqueza dramático. Y que al ser un país de enorme envergadura, tiende a reflejar más directamente el mundo[7].

El giro a la derecha en este contexto de polarización de los asuntos nos coloca en una situación mundial y regional de inestabilidad económica, hegemónica y política. Una situación de inestabilidad donde, atención, no se puede perder de vista ni minimizar que los desarrollos han comenzado por la derecha; incluso por la extrema derecha como es el caso de Bolsonaro en Brasil.

La ruptura del “equilibrio democrático burgués normal” que significa potencialmente este giro a derecha internacional y regional, sumado a las tendencias agregadas de la crisis económica y hegemónica, es factible que nos lleve a un mundo y una región más convulsionados que el que vivimos en las últimas décadas: un “giro convulsivo” que comienza por la derecha.

Posiblemente los compañeros y compañeras más jóvenes no tienen esa experiencia; no vivieron ese mundo. La gente más grande sí, aunque depende también de su edad. Porque desde los años ´80 hasta acá, con la democracia burguesa, la situación política fue bastante “normal”.  

Para los jóvenes, quizás, se entienda la cosa en el sentido que está reabriéndose la historia. No hay fin de la historia; la historia se reabre. Y se reabre con acontecimientos anormales, atípicos.

Cuando todo es una suerte de “normalidad permanente”, las cosas aparecen como “a-históricas”: no hay mojones, no hay clivajes, no hay “momentos heterogéneos” que fechen el tiempo: el tiempo es igual, “homogéneo”.

Pero cuando la historia se reabre con acontecimientos que contrastan con la “normalidad”, hay un mojón, una fecha, un clivaje. ¡Ah!, ¡reapareció la historia!, ¡se nota la historia! Esto es así aunque esta reapertura de la historia en Brasil provenga desde la extrema derecha; lo que no es un tema menor evidentemente.

Vamos a entrar en un momento donde “retorna la historia”. Claro que a veces retorna por el lado que no nos gusta, como es este caso. Pero es un momento que, de todas maneras, “toca a rebato” para toda una generación nueva que se va a comprometer y con la cual debemos construir nuestras organizaciones, nuestros grupos y partidos.

  1. ¿Coyuntura o ciclo derechista?

La historia retorna con Bolsonaro. Sería mucho mejor que retornara por la izquierda; pero la realidad es como es. No recomienza por una vía revolucionaria: recomienza por la extrema derecha “bolsonarista”.

Pero establece “un criterio histórico”: hay un retorno de la historia porque vuelven acontecimientos socio-políticos de peso. Eso es lo primero.

Lo segundo es que en casi todas las regiones del mundo se aprecian tendencias contrapuestas. Una es la dominante; la otra es contra-tendencia: no tienen el mismo peso específico, evidentemente.

La tendencia dominante es hacia la derecha. Esa es la dominante. Sin ninguna duda. Y un giro dominante hacia la derecha que tiene otra característica: es persistente. Tiene varios años; no se mediatiza.

Es más: el triunfo de Bolsonaro termina de teñir Latinoamérica hacia la derecha. Tiene el peso específico para que la coyuntura reaccionaria que se abrió a partir del 2015/2016, termine decantándose en un ciclo reaccionario más global.

Macri en la Argentina, Temer en Brasil y ahora la vuelta de tuerca que significa Bolsonaro, Ivan Duque en Colombia, Piñeira en Chile, la elección corrida a la derecha en Perú, Ecuador, la crisis descomunal del madurismo en Venezuela (donde a partir de los últimos desarrollos no se puede descartar un golpe de Estado o alguna aventura militar desde afuera).

También en Centroamérica los desarrollos son hacia la derecha: el nuevo gobierno del PAC en Costa Rica; la crisis humanitaria y migrante en Honduras.

Si una eventual evolución en Brasil o la Argentina en sentido contrario podía hacer bascular las cosas hacia la izquierda (Macri vive una crisis cambiaria crónica desde abril pasado, y sólo parece haberse salvado de volar por los aires por el rol estabilizador del PJ, la burocracia sindical y los k), el triunfo de Bolsonaro podría ayudar a Macri a encauzar las cosas hacia las elecciones, consolidando el péndulo regional hacia la derecha.

Los únicos contrapesos regionales son los de AMLO en México (del cual es incierto saber si realizará un gobierno “progresista”), el Frente Amplio en Uruguay (bastante tímido por cierto), Evo Morales en Bolivia (lo que más quiere es que nadie lo moleste), factores estos que no alcanzan para contrapesar la dinámica regional (a no ser la emergencia de un ascenso y / o rebote desde abajo, que no se puede descartarse pero no es la tendencia dominante hoy).

Para completar los elementos de análisis existe una cuestión compleja que se expresó estos últimos meses: los elementos barbáricos del capitalismo. El capitalismo tiene crisis y traslada la crisis a los movimientos de masas; barbariza las relaciones sociales.

Un caso extremo de esto es el de Honduras. Está la migración que es utilizada desde la derecha contra el chavismo en Venezuela; Latinoamérica está llena de venezolanos.

Pero también está la caravana que sale de Honduras para Estados Unidos, y cuestiona por izquierda al régimen hondureño. Hay elementos de barbarie. Esa caravana está encabezada por gente conocida. Tenemos un grupo de la corriente en Honduras, pequeño, muy sufrido, pero muy militante.

La caravana salió de la ciudad donde viven los compañeros. Hay elementos de barbarie. Todo esto de los pentecostales (con creciente influencia a toda la región), también es un elemento de barbarie.

  1. La difícil forja de una conciencia anticapitalista

¿Por qué se expresa esta crisis por la derecha y no todavía por la izquierda? Por dos fenómenos profundos. Más o menos históricos. Porque esto arrastra a las clases medias, pero también a trabajadores. Hay trabajadores que votan a Bolsonaro; hay trabajadores que votan a Trump. La primera cuestión más profunda, que no se resolvió todavía, es lo que llamamos la crisis de alternativa socialista.

Se trata de la no identificación de la clase obrera con la perspectiva anticapitalista. Las masas construyen su conciencia en la experiencia; su conciencia se forja a partir de la experiencia.

No lo hace estudiando, como pueden ser los sectores de la vanguardia estudiantil. Pero en la experiencia de las masas, sea consciente o inconscientemente, están pesando todavía los fracasos del “socialismo” del siglo veinte.

El siglo XX fue extraordinario: dio la experiencia de las revoluciones más grandes en la historia de la humanidad. Pero dichas revoluciones se perdieron; se burocratizaron.

Eso se traduce en que los trabajadores no ven la alternativa del socialismo. Y las nuevas generaciones tienen cortados sus vínculos con la experiencia histórica anterior.

Hablarles del socialismo es como hablarles en “esperanto”; algo incomprensible, fuera de su experiencia: una experiencia “presentista” que se vive sin utopías.

Ese elemento de crisis de alternativas hace que para los trabajadores sea más “abstracto” el socialismo que meter el dedo en la llaga de los prejuicios, de los preconceptos, como hace la derecha.

Por la cotidianeidad, por el atraso, hay un montón de preconceptos: con las mujeres, con las personas con sexualidad diversa, del blanco con el nordestino, con el negro, con el boliviano, con el paraguayo.

Los prejuicios o preconceptos son siempre falsas diferencias. Se construyen con el igual; pero como tiene un color distinto, una sexualidad diversa, parece distinto; desplaza la oposición real entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. Los prejuicios se constituyen alrededor de oposiciones falsas.

Y también tenemos cosas más concretas en el giro a la derecha. Por ejemplo: un gobierno del PT que no realizó ninguna modificación de fondo. Y, para colmo, se enriqueció y corrompió hasta el pescuezo en el poder.

La ola del giro a la derecha ocurre después del fracaso de la ola de centroizquierda a nivel mundial. Estoy tratando de explicar por qué el giro a la derecha. Existen problemas más estructurales y problemas más superficiales.

En Brasil la ola a la derecha se explica porque no es fácil procesar una experiencia a la izquierda del PT. Tendría que ser una experiencia revolucionaria. Y no hay todavía condiciones revolucionarias en Brasil, aunque podrían generarse dialécticamente ahora con el desafío extremo derechista a las masas populares que significa Bolsonaro.

El movimiento del péndulo ha ido tan a la derecha, que puede rebotar radicalizando a toda una nueva generación. Y esto en el país más grande e industrializado de la región, lo que no es poca cosa.

Una clase obrera revolucionaria no es tan fácil hoy. A los trabajadores les cuesta pasar del mecanismo reivindicativo a una conciencia política, anticapitalista; romper el rutinarismo cristalizado en sus organizaciones tradicionales.

Por ejemplo, en Brasil, las campañas salariales (en Argentina, las paritarias). Todos los años, la misma fecha: la campaña salarial. Pasar de la campaña salarial a reivindicar medidas revolucionarias. Pasar del reformismo adocenado del PT y sus traiciones, a una conciencia revolucionaria, anticapitalista; no es tan fácil.

Sobre todo en un mundo donde no hay todavía revoluciones. Porque las generaciones anteriores, acá en Brasil y en la Argentina también, aunque fuera una revolución deformada, burocrática desde el inicio, sin socialismo, vivieron la Revolución Cubana. Muchos trabajadores y estudiantes se politizaron alrededor de la Revolución Cubana.

Entonces la primera explicación de por qué hay un giro a la derecha y no una ruptura por la izquierda –un desborde por la izquierda- a las traiciones del PT, pasa en cierta medida porque estamos viviendo todavía en un mundo sin revoluciones. Estamos en un mundo donde hay de todo: rebeliones, donde se vive un recomienzo histórico de la experiencia, riquísimo, pero todavía sin revoluciones, así de simple.

Esa es una explicación material de por qué la anormalidad se expresa todavía por la derecha. La expresión de la “anormalidad del mundo” por la izquierda, requiere de condiciones que están forjándose hoy pero todavía no se las ve.

  1. #EleNao

Hay que ser equilibrado en el análisis. Hoy mismo bajo Bolsonaro pueden estar gestándose condiciones para un giro a la izquierda. En “el mundo Bolsonaro”.

En enero del 2016 ocurrió en los Estados Unidos algo simbólico que nos sirve para entender esto; para entender que hay bipolaridad por izquierda al fenómeno derechista tipo Bolsonaro; que esta es la otra tendencia mundial.

Trump asumió el 20 de enero de 2016. Y al otro día, el 21 de enero de 2016, hubo una inmensa marcha de 1 millón de mujeres contra Trump. ¿Va a ocurrir eso en Brasil? No los sé. Puede ser que pase; puede ser que no.

Pero ese contraste entre una cosa y la otra es un dato mundial; en todas las sociedades ocurre esa polarización. Una polarización hacia la derecha, que se expresan por la derecha; una ruptura de la normalidad por la derecha puede generar eventualmente una contra-tendencia, una ruptura de la normalidad por izquierda.

Y esos dos fenómenos hacen a la totalidad de la política: los dos fenómenos. Acá el fenómeno contra Bolsonaro, ¿cómo se llama?: #EleNao.

Y eso, ¿a qué remite? A un fenómeno mundial de las mujeres. Podría llamarse de otra manera: “Todos los proletarios del mundo sean unidos”; pero no se llama así, no es ese el fenómeno mundial.

O, “la nueva juventud que hace el nuevo Mayo Francés”… No se llama así. Se llama #EleNao. ¿Saben por qué? Porque el movimiento de mujeres, con toda la riqueza que tiene, es el vehículo hoy más internacionalista de resistencia y/o de bipolaridad por la izquierda contra estos monstruos.

Es un movimiento de mujeres de una riqueza inmensa; un movimiento internacional, que recupera un elemento que es profundo, que une a los explotados de todos los países, que va más allá de las fronteras.

Podría ser nacional, local, pero no: es un fenómeno mundial. Lo cual es contradictorio. Si vos solamente decís que está “todo a la derecha” y perdes de vista que hay un movimiento que tiene vínculos mundiales que traspasa las fronteras, comprenderías de manera unilateral el mundo.

Tenemos dos fenómenos en competencia. Por ahora, el del “bolsonarismo” es más fuerte. Pero tenés, simultáneamente, una contra-tendencia.

¿Por qué este fenómeno se da así y puede llegar a radicalizar las cosas? Porque cuando se rompe la normalidad de las cosas no se puede saber exactamente qué consecuencias vas a tener.

La burguesía económica, los mercados, la banca, están contentos con Bolsonaro. La burguesía es una cloaca: “No me importa lo que diga; me importa es lo que haga”.

Ya hay presiones de parte del empresariado: “Bolsonaro tiene que aplicar la reforma previsional el primer semestre del 2019”. ¡A la flauta! Capaz que pasa y es una derrota; pero capaz que todo el mundo se aviva

Bolsonaro, si afirma su proyecto semibonapartista, o mismo si avanza a bonapartista liso y llano, es una ruptura de la normalidad que puede tener consecuencias no planificadas (algo que preocupa a los sectores más sensatos de la burguesía y el imperialismo).

Porque cuando está todo normal, cuando no hay “ángulos”, cuando más o menos es el discurso burgués común y la gente está “tranquila”, las aguas no se mueven demasiado.

Pero cuando un gobierno toma medidas extraordinarias, cuando rompe la normalidad, genera resistencias. Es como que la política es un “movimiento pendular”. Cuando la política está en el centro, tranquila, en el parlamento, todo “acaba en pizza” (expresión tradicional brasilera para una bulla que termina en nada).

Pero cuando el movimiento pendular va muy a la derecha, rebota y puede ir a la izquierda… Y esto no es solamente una preocupación para nosotros, que tenemos que arrancar enfrentando a la derecha porque el movimiento pendular fue a la derecha, y si no diéramos esa batalla seríamos una vergüenza, unos superficiales, unos facilistas.

También es una preocupación para la burguesía. “¿Tan lejos tenemos que ir para barrer con las conquistas, las mediaciones, tan lejos hay que ir?”. Porque está el peligro de que vaya ahí y no vuelva al punto normal: que se vaya para a la extrema izquierda.

Ese fenómeno no es una ilusión de la izquierda: es un fenómeno material de la lucha de clases.

Aunque están obviamente vinculados, el mundo de las representaciones es una cosa y el mundo de los hechos es otra. Esto les digo porque no hay que asustarse ni absolutizar el hecho que Bolsonaro ganó la elección. Llevar la elección al terreno real no va a ser tan fácil.

Hay un montón de peligros, sin duda alguna. Pero lo que les quiero decir es que en el mundo conviven dos tendencias. En este contexto estructural complejo, conviven tendencias hacia la derecha pero también hay elementos de respuesta por izquierda.

Podemos cometer dos errores simétricos: que esté Bolsonaro y no verlo: un error tremendo, facilista, que le quita peso a un problema peligroso y delicado. El otro error sería ver sólo a Bolsonaro. No ver las tendencias de resistencia, las contra-tendencias.

Porque las dos tendencias hacen parte del mundo; hacen parte de la fotografía total. Aunque arranca por Bolsonaro, la realidad se constituye con las dos cosas.

Entonces, ¿qué cuestión paradójica se desarrolla acá? Una cosa paradójica: emerge Bolsonaro, hay sectores grandes anestesiados, confundidos políticamente. Pero, ¡atención! También emerge el compromiso de un montón de gente. De gente que se compromete, que dice: “No, esto es demasiado… a mí la política no me interesaba, pero esto no lo aguanto, quiero hacer algo”.

Emerge contradictoriamente, por Bolsonaro, contra la derecha, por la izquierda, un fenómeno de involucramiento político de todo un sector que a partir de este elemento radicalizado por derecha, empieza a armar su cabeza política.

Porque el discurso: “No, no me importa, es todo igual”, medio posmoderno, en un punto, para un sector, al romperse la normalidad, se acaba: lo llama a involucrarse.

  1. Las relaciones de fuerzas se miden en la lucha

El tema es que, en realidad, ¡ojo!, Bolsonaro es muy peligroso, podría disolver el Congreso. Pero la medida exacta de las cosas la va a dar la lucha de clases. No la votación. La lucha de clases. Porque en el marxismo, una elección es una fotografía. Es una imagen.

Hablando exageradamente recordemos que Marx en la Ideología Alemana hablaba de la ideología como “espejo invertido de la realidad”. El giro a extrema derecha de Bolsonaro no es un espejo invertido: es un espejo distorsionado (como esos espejos cóncavos o convexos donde uno se ve o más gordo o más flaco).

El espejo del 29 mostró eventualmente un poco más “gordo” a Bolsonaro y más “magro” a la izquierda y al movimiento de masas; en realidad, no lo sabemos, sólo la experiencia le dará la medida justa a las cosas.

No es un espejo invertido. Pero seguramente sí con algún grado de distorsión. Invertido no porque es un peligro. Es un peligro, es un problema, puede abrir el paso a las FFAA. Es un grave peligro. Pero la imagen que va a dar va a ser un poco distorsionada.

El espejo exacto lo a dar la lucha de clases: ahí verificaremos si la clase obrera está derrotada (opinamos que no; que existen reservas entre los explotados y oprimidos). Va a llevar quizás unos meses. El espejo lo van a dar las luchas. Posiblemente lleve un tiempo. Pero les digo esto también porque este trabajo, este esfuerzo de formación, dialéctico, es como para tener proporciones.

Les digo otra cosa más, que es una enseñanza. Son nuestros enemigos acérrimos. En la pelea con los enemigos, nunca tenés que subestimarlos. Nunca tenés que creer que son “fáciles”.

Al mismo tiempo, tenemos otra exigencia: no hay que sobreestimarlos. Si vos los sobreestimás, o te impresionás, el tipo avanza un metro y vos le regalás medio metro más…

Claro que estimarlo correctamente va a ser una experiencia. Eso es también otra enseñanza que afirma el marxismo: las relaciones de fuerzas, las relaciones entre las clases, se miden en la lucha.

Entonces va a ser una experiencia, un proceso, medir las relaciones de fuerzas en la lucha. La estimación de esas relaciones de fuerzas exactas hay que hacerlas en la lucha. Y hay que tratar de evitar tanto quitarle los peligros que supone, como exagerar las fuerzas que tiene.

Es un momento especial para involucrarse, para militar, para construir corrientes militantes, revolucionarias, en la lucha, en la acción, también en las elecciones.

Porque va a haber toda una camada en las universidades, en la docencia, entre los trabajadores y el movimiento de mujeres, que se van a sumar a la pelea, que van a apreciar la gravedad del momento: que se van a radicalizar.

Y a partir de ahí se viene toda una reconfiguración a la izquierda del PT y en el seno de la izquierda revolucionaria. Porque incluso en esta última hay mucho rutinarismo, movimiento inercial, acumulación de problemas no resueltos, falta total de balance de las revoluciones del siglo pasado, repetición de marcos analíticos superados por la experiencia, dogmatismo, sectarismo y oportunismo.

Lo que se abre es, también, una oportunidad histórica para construir la corriente en Brasil; una oportunidad para construir en un escenario que arrancará defensivo pero cuestionando la normalidad; que planteará toda una escuela de la lucha de clases en un terreno real.

En la acción se comprende más. Se encuentra la medida de las cosas. Si no, es todo “filosofía”. Como ir al “psicólogo”… Uno va al psicólogo y le dice: “Tengo un problema”… ¿Cómo se llama?: “Bolsonaro”. “Oiga, no es un problema psicológico, es un problema político”: ¡vaya a la calle a luchar!

El problema no es que vayas al “psicólogo” por Bolsonaro: andá a la calle, andá a luchar contra Bolsonaro; no es un problema intelectual.

Hay que resolverlo en la militancia, en la acción; ver los alcances en la experiencia real.

[1] Informe editado de una charla dada en San Pablo el domingo 21 de octubre, una semana antes de la segunda vuelta en Brasil.

[2] Para una apreciación de la coyuntura mundial remitimos a nuestro documento internacional “Un mundo marcado por el giro a la derecha, la crisis económica, las tensiones geopolíticas y la ‘bipolaridad’ social y política” (Revista Internacional Socialismo o Barbarie nª32/33).

[3] La eventual consolidación de un ciclo derechista regional a partir del triunfo de Bolsonaro plantea, sin embargo, no perder de vista la inestabilidad que significará un gobierno así en un coloso regional como Brasil. Si es verdad que tiende a decantar la región hacia la derecha, también lo es que las tendencias a la inestabilidad pueden polarizar los desarrollos: dar lugar a corrimientos hacia ambos extremos.

[4] Ponemos estos nombres, muy distintos entre sí, a título ilustrativo solamente.

[5] Recordemos que en Brasil no hay estructuras sindicales de base tipo comisiones internas. La capa social de la vanguardia agrupada en los sindicatos, en general trabajadores calificados, han hablado siempre de la base obrera como de la peonzada (los peones), es decir: con algún dejo de suficiencia.

[6] Lo decimos solamente a título ilustrativo porque Boulos obtuvo el 0.59% de los votos a la presidencia. Al PSOL le fue mejor a diputados nacionales y estaduales, donde hizo un muy digna elección.

[7] Un rasgo característico de la Argentina es su relativo “apartamiento” de las tendencias mundiales. Un país con rasgos político-sociales específicos: con una estructural social y político/cultural avanzada sobre la base de una infraestructura económica –desarrollo específico de las fuerzas productivas- débil relativamente; poco competitiva para los rangos internacionales (de ahí sus crisis económicas recurrentes).


Después de las elecciones en Brasil

El carácter del gobierno Bolsonaro

Roberto Sáenz

“Si hemos insistido en distinguir entre bonapartismo y fascismo no ha sido por pedantería teórica. Los términos sirven para diferenciar conceptos; a su vez, los conceptos sirven en política para distinguir las fuerzas reales (…) ‘El fascismo llegará al poder por la vía fría’. Más de una vez hemos escuchado esta frase de los teóricos estalinistas. Esta fórmula significa que el fascismo llegará al poder legal, pacíficamente, por medio de una coalición, que no necesitará lanzarse a una lucha abierta (…) Entre la incorporación ‘pacífica’ de Hitler al poder y la implantación de un régimen fascista media un largo trecho. Una coalición facilitaría el golpe de Estado, pero no lo reemplazaría. Después de la derogación definitiva de la Constitución de Weimar quedaría por realizarse la tarea más importante: la liquidación de los organismos de la democracia proletaria”. (Trotsky, “El único camino”, 1932, Ediciones Pluma, Buenos Aires, 1974, pp. 46)

En esta segunda parte de nuestro documento sobre el nuevo gobierno de Bolsonaro, abordaremos algunas ideas sobre su posible carácter.

  1. La lucha de clases como medida de todas las cosas

Lo primero a señalar es que no se puede responder a todas las preguntas: no hay cómo reemplazar la experiencia que se haga en la lucha de clases. Esto puede parecer muy general, pero es muy concreto. No se puede, por anticipado, responder a todo, hablar sobre todo, establecer los alcances y límites de los fenómenos de forma puramente especulativa; hay que ver en la experiencia.

No se puede reemplazar la experiencia del movimiento de masas, la lucha de clases que se venga. La izquierda revolucionaria tiene importantes responsabilidades, sobre todo en la manera que se “mide” con el PT y la burocracia sindical. Pero todavía es un actor minoritario porque la población trabajadora brasilera no es revolucionaria.

Este fenómeno es objetivo. El hecho de que no haya habido un espacio de masas a la izquierda del PT, es un fenómeno que uno tiene que mirarlo desapasionadamente. Esto amén de todos los errores de la izquierda revolucionaria brasilera[1]. Pero el problema central es, insisto, las dramáticas traiciones del PT.

Hay una cosa que el partido no puede reemplazar que es la experiencia de las masas. Gramsci decía que la conciencia de los trabajadores tiene elementos verdaderos y falsos. La conciencia es esa totalidad con elementos verdaderos y falsos. En determinado momento histórico, los elementos de conciencia verdadera dominan los elementos de conciencia falsa; porque siempre es una combinación. Y en otros determinados momentos históricos, los elementos de conciencia falsa dominan a los elementos de conciencia verdadera.

En este momento, en el apoyo a Bolsonaro de franjas de los trabajadores del sur del país (el más industrializado, paradójicamente), los elementos de conciencia falsa están dominando (muy) por encima de los elementos de conciencia verdadera.

La conciencia es un fenómeno determinado que reactúa sobre la realidad, pero que se constituye a partir de la experiencia. Y la experiencia entre los trabajadores ha sido el hartazgo con 14 años de gobierno del PT sin que se hayan producido cambios de fondo. Básicamente, ese es el problema sobre el cual se montan todos los demás: la corrupción, la inseguridad, etcétera[2].

En la experiencia con Bolsonaro a partir de que asuma, este “equilibrio conservador” es muy factible que se rompa; que rebote nuevamente hacia la izquierda a medida que Bolsonaro desmienta las expectativas populares; que se haga una experiencia con él. Esto, salvo que el “fenómeno Bolsonaro” sea un fenómeno a la derecha más orgánico, que cristalice todavía más a la derecha (una tarea al servicio de la cual están las iglesias y toda esa cosa “mesiánica-religiosa” que lo rodea), cosa que precisaría de una derrota histórica de los trabajadores que no es tal; es más complejo el fenómeno.

Ahí entran a jugar un conjunto de determinaciones ya señaladas en la primera parte de este informe. Pero seguramente a partir de pasar por la experiencia de Bolsonaro, si lamentablemente hay que pasarla (y habrá que pasarla porque ganó las elecciones con el 55% de los votos), vamos a tener elementos de conciencia verdadera que van a empezar a enfrentarse con aquellos de conciencia falsa, y que van a generar condiciones para la lucha.

Por ejemplo, en oportunidad de la reforma jubilatoria, que toda la patronal está instando a Bolsonaro a aplicar en los primeros meses de su mandato. Muchos trabajadores votaron a Bolsonaro por hartazgo “con todo lo que está ahí” (una frase típicamente brasilera). ¿Pero cómo reaccionarán si Bolsonaro retoma el proyecto de reforma jubilatoria que plantea 49 años de aportes, que es como plantear la eliminación de las jubilaciones?

Desde ya que esto reenvía a si la clase trabajadora brasilera está derrotada. Pero a nosotros más bien nos parece que viene “anestesiada” por las direcciones reformistas, por su comportamiento criminal, por un gobierno del PT que fue considerado como “propio”, y cuya gestión no se diferenció de otros gobiernos capitalistas neoliberales: un “gobierno reformista sin reformas”. Pero, de cualquier manera, creemos firmemente que los trabajadores, las mujeres y la juventud, tienen enormes reservas de combatividad.

Por esto es que no pensamos que exista una “conciencia bolsonarista”, un “esencialismo de la conciencia”. Será la experiencia la que vuelva a informar dicha conciencia.

Todo esto remite al problema de que no se puede resolver en un debate la experiencia de las masas. Y las corrientes revolucionarias, aun siendo minoritarias, deben darse una estrategia.

Entonces, dijimos varias cosas, pero subrayemos fundamentales dos. Una, que la medida de las cosas la va a dar la lucha de clases: es difícil por anticipado hacer definiciones categóricas. Dos, que tarde o temprano la conciencia va a rebotar. 

Porque una cosa es la conciencia que se forja en la experiencia con el PT: un gobierno que traiciona las expectativas populares. Y esto también es una complejidad, porque el trabajador se identificaba con el PT como con “su gobierno”. Y otra cosa es la conciencia que se forja con Bolsonaro, que no está identificado como un gobierno “propio” (el bolsonarismo surge de las entrañas de la clase media histérica, no de la clase obrera, como fue el caso del PT).

Hay toda una serie de fenómenos nuevos que hay que ver. Pero una experiencia va a haber. Eso va a cambiar de vuelta la ecuación en la cabeza de la gente. Esa experiencia se va a forjar y que se forje no depende sólo de las direcciones. Pero que triunfe, sí. De ahí el peligro que entraña también el PT: su adaptación orgánica a la democracia burguesa y el capitalismo; su carácter de “organizador de derrotas” por esto mismo.

Lo que, tácticamente, nos adelantamos a decirlo, no plantea ningún sectarismo, ningún bloqueo a la necesidad imperiosa de unidad en la acción, de frentes únicos contra el fascismo en las calles. Pero coloca la cuestión estratégica: la necesidad de superar a la dirección reformista en la experiencia de la lucha contra Bolsonaro.

De cualquier manera, la conciencia se va a forjar en una experiencia que va más allá de cualquier partido; es más amplia la cosa. Ese elemento convoca, justamente, a no impresionarse; a no analizar a Bolsonaro por fuera de la lucha de clases. Bolsonaro es un emergente de la lucha de clases. Y es también un “esclavo” de la lucha de clases. Cómo se expresará esa lucha de clases, cómo se forjará esa experiencia, eso es lo que vamos a empezar a vivir próximamente.   

  1. Un gobierno semi-bonapartista de base social proto-fascista

Bolsonaro configurará un gobierno inédito en Brasil (y la región), con elementos o rasgos “bonapartistas”. ¿Qué quiere decir un gobierno con rasgos bonapartistas? Un gobierno que pone al frente las instituciones “pétreas” del Estado, las más permanentes, las más antidemocráticas.

Un gobierno bonapartista se apoya menos en las instituciones representativas, que también son del Estado burgués, pero se vota. Pone adelante las instituciones no representativas del Estado burgués: la burocracia del Estado, las fuerzas armadas, la policía, el Poder Ejecutivo mismo (sumándole, en este caso, las iglesias católicas y evangélicas, que en realidad son instituciones paraestatales).

Es factible que el régimen político en Brasil adquiera rasgos bonapartistas, sin ser del todo bonapartista: manteniendo un equilibrio con lo parlamentario. Puede ser que pase a ser un régimen lisa y llanamente bonapartista, es factible, aunque no sólo por la elección; tiene que haber algo más.

Los gobiernos que adquirieron rasgos bonapartistas definidos tomaron medidas como disolver el Parlamento, o cosas por el estilo. Por ejemplo: un gobierno electo en Latinoamérica que se hizo bonapartista (hubo una derrota enorme previa que se fue procesando bajo Alan García en los años 80 y se profundizó en la década siguiente[3]), fue el de Fujimori en Perú. Fujimori fue electo en 1990. Apareció como un candidato “popular” frente al neoliberal Vargas Llosa. Pero dos años después, en 1992, con la excusa del “combate a la subversión”, disuelve el Parlamento.

Su bonapartización fue precedida y sucedida por una situación de derrota y desmoralización del movimiento de masas; la excusa para la represión fue el senderismo. Se dio lugar así a un gobierno bonapartista que durante su ejercicio produjo un baño de sangre; no nos parece que sea el escenario en Brasil[4].

No vemos esta perspectiva para Brasil. Los desarrollos son más bien preventivos. En Brasil hoy no hay un ascenso de la lucha de clases. Aunque el revanchismo social entre las clases medias a todo lo que huela a trabajadores, a PT, a izquierda, es tremendo, y no se puede soslayar porque es un dato central del triunfo de Bolsonaro: la desesperación de las clases medias; el proto-fascismo que anida en su base social; las características desclasadas del propio clan Bolsonaro.

Tomando las distinciones y matices que corresponden ser establecidas en el análisis marxista, hay que ser categóricos: entre la elección de Bolsonaro y una dinámica abiertamente bonapartista va a mediar un proceso de la lucha de clases, que tenemos que ver cómo será.

Bolsonaro tiende a ser un gobierno con rasgos bonapartistas sin ser todavía un gobierno bonapartista hecho y derecho. Por lo pronto, más bien, un gobierno semi-bonapartista que mantendrá las instituciones del régimen, lo que no obsta que se pueda “radicalizar”. Pero eso dependerá de un curso de desarrollo cuyo desenlace lo dará la lucha de clases.

Un gobierno semi-bonapartista con amplia presencia de las fuerzas armadas, lo que ya es un factor de anormalidad en la democracia burguesa. Y que, además, podría abrir paso a un gobierno directo de las mismas, una dictadura militar, si va a la crisis.

Un gobierno semibonapartista que plantea ser distinguido analíticamente de su base social: una base social de clases medias “desesperadas”, con pulsiones fascistizantes y/o proto-fascistas. Una base social “proto-fascista” de un gobierno semibonapartista; no un gobierno “fascista”, como se lo podría apreciar de manera impresionista.

Una base social que hay que ver cuán organizada está; que parece ser más bien de base político-electoral, que un movimiento “fascista” organizado al estilo clásico; lo cual es también una medida de las cosas.

Una base social inspirada en el prejuicio; pero cuyo elemento organizador no es hoy el elemento clásico del fascismo: sigue siendo un elemento electoral. Aunque claro está que existen en Brasil organizaciones de extrema derecha que están creciendo, aunque aún son de vanguardia más bien.

Nos parece que el elemento organizado de Bolsonaro hoy no es el elemento clásico del fascismo. El fascismo antes de acceder al poder en 1922 (Italia) o 1933 (Alemania), para exagerar porque eran países imperialistas (cuyas relaciones sociales y de clase son muy distintas que en Brasil, enseguida volveremos sobre esto), había derrotado a la clase obrera en enfrentamientos físicos a lo largo de varios años.

Esa definición es muy importante: en Brasil la clase obrera está confundida y han habido derrotas parciales, pero no está derrotada; no es lo mismo. Eso es muy importante tenerlo en claro, para ver los alcances y límites. Lo que tiene de más peligroso Bolsonaro es que tiene una apoyatura externa en las FFAA; eso sí es peligroso porque es un elemento dictatorial[5].

El fascismo es un movimiento organizado en las calles, grupos de asalto, el fascismo pone a los reformistas en problemas porque les cierra los locales; los obliga a salir de sus madrigueras, lo que es el elemento material que planteaba Trotsky que crea las condiciones para la unidad de acción, para el frente único. Es difícil que se llegue a tanto, porque se puede poner al país en peligro de explosión: ¡abrir paso a una revolución[6]! 

En su definición clásica, el fascismo destruye las organizaciones del movimiento obrero, cierra los locales del PT, cierra los sindicatos, etc. Bolsonaro ha hecho claras amenazas en ese sentido, pero tiene que pasar de las palabras a los hechos. Hay “pulsiones fascistoides”, o proto-fascistas, por abajo, el ataque a la comunidad lgttb, a las mujeres, a las personas de color. Crea un clima desagradable y peligroso. Es un elemento adverso.

Pero atención: si se pasa de rosca, puede abrir paso a una revolución. Y eso preocupa a los sectores burgueses más lucidos, que pretenden circunscribirlo dentro de las instituciones (al menos, por ahora).

  1. El péndulo de la lucha de clases

¿Cuál es el contrapunto, la contradicción?: el péndulo de la lucha de clases. Las pulsiones proto-fascistas no van a actuar sobre un cuerpo inerte, actuarán sobre un cuerpo vivo. Si vos actúas sobre un cuerpo inerte, haces una autopsia: “autopsia Bolsonaro”. Si vos tenés una persona escéptica, hay que decirle que no hay que hacer una autopsia, no: se tiene un cuerpo vivo. Si vos le ponés un bisturí en el ojo, reacciona (vean sino la inmensa movilización del #EleNao del 29 de octubre, por ejemplo). No se trata de “una autopsia de Brasil”; insisto, es un cuerpo vivo.

¿Cómo va a reaccionar ese cuerpo vivo? Ahí está la complejidad de la dirección. Porque es una dirección adaptada: traidora y peligrosa. Son traidores porque ya traicionaron miles de luchas. Pero son peligrosos también, porque no es lo mismo cualquier traición. No es lo mismo el rol de Lula levantando la huelga petrolera contra Fernando Henrique Cardoso en 1995; fue una derrota, abrió paso al neoliberalismo en Brasil: pero no puso en cuestión el régimen político.

Otra cosa es el peligro de un ataque que hace retroceder “cien años” a la clase obrera; que facilite un cambio reaccionario del régimen, de las relaciones de fuerzas. El PT, aparte de traidor, es peligroso. Voy a exagerar, pero la socialdemocracia alemana en 1932, en el Parlamento alemán, le pedía “a la policía que reprima a los fascistas”… Una estupidez, una traición total, pedirle a la policía que reprima a los fascistas: ¡si la policía está totalmente integrada a los fascistas! ¡Un cretinismo institucional de lo más abyecto! Esto es una traición a la enésima potencia; ese factor actúa. Pero de todos modos actúa en un cuerpo vivo, no inerte, se hace una experiencia.

Pero hay un factor más que es central. Como ya hemos señalado, los zarpazos fascistizantes pueden obligar a los reformistas a salir de sus “madrigueras”. Bolsonaro plantea ataques reales al PT, a los dirigentes de la izquierda, a todos los movimientos sociales: reformistas y revolucionarios.

Esto es lo que plantea, como señalara Trotsky, la base material para la unidad de acción, para el frente único; sobre todo por la presión que se genere desde las bases hacia estos dirigentes.

En este aspecto, cualquier sectarismo sería criminal: ahí tenemos las enseñanzas sobre el frente único contra al fascismo, la crítica de Trotsky a la ideología estalinista del “social fascismo”. Bolsonaro apunta a cuestionar el régimen democrático burgués, el PT es “hijo” de dicho régimen; sobre esta contradicción hay que trabajar para impulsar la salida a las calles[7].

¿Cuál es la contradicción para la burguesía? ¿Cuál es el peligro para ellos?

Que Bolsonaro se “pase de rosca”: que genere una radicalización. Si se pasa de vueltas en la agresión, si exagera, si mide mal, puede desatar una revolución.

Es así. Así es el proceso histórico. Así actúan las cosas. No se generan revoluciones en cualquier circunstancia histórica. Las revoluciones se generan pasando por toneladas de barbarie, lamentablemente. Pero es así como funciona. Uno se imagina la revolución con Lenin y Trotsky como algo muy “lindo”, “romántico”. Pero en 1914 la juventud europea fue a la carnicería de la Primera Guerra Mundial entusiasmada… Mucha de esa juventud venía del campo; la vida es material: esa juventud iba a la guerra contenta porque salía de su localidad, camino al frente conocía París o Berlín; se impactaba[8].

Después llegaron a las trincheras y la historia cambió: pasan por una experiencia terrible y se hacen revolucionarios; esa fue la base material de la Revolución Rusa, de la Revolución Alemana; de todo el ascenso revolucionario en Europa.

Los procesos son históricos. No son cosas de folletín. La historia se forja con las masas y los revolucionarios actuando. Los procesos reaccionarios o contrarrevolucionarios preceden muchas veces los ascensos revolucionarios, las revoluciones mismas.

Toda esa complejidad tiene el fenómeno Bolsonaro: un experimento peligroso para la burguesía también; no es tan sencillo. Porque a mediano plazo puede significar la forja de una conciencia revolucionaria. El PT convivió con una conciencia reformista; nosotros gritábamos de afuera: la conciencia fue reformista.

Es una complejidad porque en el mundo de hoy tampoco hay una conciencia revolucionaria. Pero Bolsonaro desafía a una conciencia revolucionaria, radicaliza. Por eso hay que superar al PT: hay que superarlo por la izquierda.

Por supuesto que la campaña antipetista la rechazamos incondicionalmente; es una campaña antiobrera. Se toma al PT por la clase obrera; es una campaña reaccionaria. Todo lo que en el PT queda de “sombra de los trabajadores”, de “fantasma” o “espectro de trabajadores”. Porque el PT nació como partido reformista de trabajadores. Y el revanchismo social que expresa Bolsonaro es el rechazo fascistizante a ese fenómeno que en algún momento tuvo rasgos de clase[9].

Dialécticamente, como organización reformista que es, al PT hay que derrotarlo. Hay que forjar una herramienta histórica que agrupe a los sectores de masas. Estamos viviendo los límites del reformismo en Brasil. Estamos viviendo el fenómeno Bolsonaro, que es responsabilidad política de las traiciones del PT.

Una tarea que no será sencilla porque, entre otras cosas, se vive paradójicamente un fortalecimiento relativo del PT (desde el Impeachment de Rousseff a esta parte). Internacionalmente cuesta todavía mucho desbordar por la izquierda este tipo de organizaciones. El neo-reformismo es de masas: PT, Podemos, Corbyn, Sanders, etcétera, y la izquierda revolucionaria es de vanguardia. Es difícil todavía traspasar esa frontera.

  1. Ni facilismo, ni impresionismo

Los revolucionarios debemos tomar en serio los peligros que nos plantea la lucha de clases: no hacerlo sería criminal. Bolsonaro es un peligro y debemos mirar esa realidad desagradable de frente. Pero con el mismo énfasis decimos que sería un error impresionarse; regalarle al enemigo un centímetro más que el que tiene.

Tenemos un nuevo gobierno con elementos bonapartistas, con una base social de masas no organizada, con rasgos proto fascistas, en un país de tamaño continental. Está mal que hablemos del fascismo histórico, porque es incomparable. Pero de todos modos nos servirá a modo ilustrativo.

Hitler estuvo al frente de un país imperialista poderosísimo como Alemania. Pero, créase o no, le tenía miedo a la clase obrera (esto como subproducto del trauma de la revolución de 1918); una clase obrera que sufre bajo el nazismo una derrota histórica, lo que no excluyó, paradójicamente, concesiones económicas.

Es largo de explicarlo, pero no alcanza sólo con reprimir. Bolsonaro: ¿qué concesiones va a dar? Es material la cosa. La conciencia se forja en la experiencia. ¿Sólo palos, sólo derrotas, sólo agresión? ¿Sin concesiones? Los trabajadores son concretos para ambas cosas. Son concretos, pragmáticos, de cortas miras en determinados casos, como para votar contra del PT y apoyar a Bolsonaro. Pero también son concretos para eventualmente decir: “che, pero esto es un fiasco; es un fracaso”.

Por supuesto, será eventualmente un proceso “lento”. Pero un gobierno con rasgos bonapartistas, sin concesiones a las masas, no es tan simple. Un gobierno cuya primera medida sería abiertamente contra las masas: la contrarreforma previsional (aunque el equipo de Bolsonaro ya ha dicho que introduciría “modificaciones”; lo que no ha caído bien en los mercados).

El movimiento de masas no es militante, no piensa como nosotros; es concreto, hay una expresión en castellano que dice “plata en mano, culo en tierra”. La clase obrera es concreta, no va a empezar por la “ideología”; es concreta y se pregunta: ¿hay concesiones o no hay concesiones? ¿mi nivel de vida mejorará o no mejorará? Tengamos en cuenta que en Brasil, después de 14 años del PT, por no hablar de los demás gobiernos capitalistas, 100 millones de habitantes aún no cuentan con cloacas

Brasil es un gigante regional, pero no es un país imperialista: es un “país emergente”. Uno dice “fascista” para denunciarlo, para amplificar la denuncia democrática, lo que está muy bien: “tirarle todos los perros encima”. Pero científicamente, como caracterización, es una exageración.

Está perfecto denunciarlo así porque existe una memoria histórica de que el fascismo es enemigo acérrimo de los trabajadores, las mujeres y la juventud. Y está bien utilizar esa memoria histórica, que es una conquista.

Además, un rasgo específico de Bolsonaro es el ataque a la izquierda en sentido amplio, a los movimientos de trabajadores: “vamos a fusilar a toda la petrolada” es una de sus manifestaciones más reiteradas; ¡atención que la “petrolada” son los simpatizantes del PT y la izquierda en general! Ataques, persecuciones, carta blanca a los propietarios agrarios, represión al conflicto social, son una perspectiva cierta.

Pero la connotación “fascista” como categoría científica, hay que utilizarla con mucho cuidado, porque supone otras relaciones de fuerzas: una clase obrera derrotada, que no es el caso.

Por lo demás, el fascismo histórico es un fenómeno de los países imperialistas; donde tenían condiciones para derrotar a la clase obrera e igualmente darle concesiones económico-sociales. El Estado corporativo de Mussolini le hizo concesiones a la clase obrera y el nazismo igual. Pero en ese caso sí lo hicieron sobre el “cuerpo inerte” de los trabajadores: destruyendo todas las organizaciones de la democracia obrera (sindicatos, asociaciones, cooperativas, partidos reformistas y corrientes revolucionarias, etcétera[10]).

Esa sí fue una “autopsia de la clase obrera”; la habían derrotado históricamente: la clase trabajadora quedó fragmentada, sin organizaciones, sin nada; el Estado se erigió como Estado totalitario.

Todo esto hay que pensarlo y estudiarlo; la discusión es profunda. Pero no es apta para impresionistas. Es apta para marxistas revolucionarios: que sepan ver los peligros, pero también los puntos de apoyo para la acción antifascista.  

No hay nadie que pueda decir cómo se van a desenvolver las cosas. Hay que hacer la experiencia: hay que estudiar, hay que militar, hay que organizar, hay que salir a las calles, hay que hacer unidad de acción, frentes únicos, comités antifascistas. Y, en esa experiencia, esforzarse por superar la dirección del PT: construir un partido revolucionario. Porque sin las traiciones del PT, Bolsonaro no existiría.

Lo que es seguro es que de esta experiencia se puede salir con organizaciones más militantes en Brasil; por supuesto, va a ser un proceso. Ahora que ganó Bolsonaro, el PT se va a encargar de llenar de derrotismo a amplios sectores, de “repartir pañuelos”, de alimentar el impresionismo. Bolsonaro asume el 1º de enero. Va a ser, quizás, un proceso “pausado”; se verá.

Pero si Paulo Guedes dice: “bueno, ahora reforma jubilatoria”, como exigen los mercados, la gente va a decir: “bueno, está bien, yo soy ‘bolsonarista’, pero no me gusta que me bajen la jubilación”.

Posiblemente lleve algunos meses. Pero el año que viene va a empezar seguramente a procesarse una experiencia. Porque a la “ola reaccionaria” que expresa Bolsonaro, se le va a contraponer seguramente, la “ola democrática” que comenzó a expresarse entre la primera y la segunda vuelta: polo y bi-polo; giro a extrema derecha y rebote hacia la izquierda: esa es la dialéctica de la lucha de clases que no está abolida en Brasil.

Y respecto de la relación del “bonapartismo” con la burguesía, también entraña contradicciones, no es tan simple la cosa: ¿quién manda? ¿la burguesía como clase o el Bonaparte? Cuando la burguesía dice: “hagan la reforma ya”, está diciendo: “acá mando yo”. Pero a veces el Bonaparte manda él; si bien en representación de los intereses de la burguesía. Es una dialéctica compleja: el Bonaparte defiende a la burguesía pero con sus propios métodos.

Pero la cuestión es quién marca los tiempos. Porque los Bonapartes quieren mandar ellos (en apariencia por “encima” de las clases sociales). Hacen el trabajo para la burguesía. Pero a veces le restriegan la cara, le dan “golpes” (como señalara Trotsky); pero esto sin apartarse un minuto de defender sus intereses de clase.

  1. Parémosle la mano al fascismo: vamos por la unidad de acción en las calles, por comités antifascistas; por la Huelga General ante el primer ataque a los trabajadores, las mujeres y la juventud

Para terminar, volvamos a la idea del principio: no estamos frente a una “autopsia”; frente a un cuerpo inerte. Estamos frente a un giro a extrema derecha donde se va a procesar seguramente, una experiencia de la lucha de clases. Una experiencia que, vista de otro punto de vista, puede ser politizadora.

Va a obligar a pensar y a hacer política de una manera no rutinaria. Porque Brasil está en una lógica rutinaria hace 20 años. Esto va a obligar a salir de lo rutinario. Aunque claro que sacudirse la inercia rutinaria no es tan fácil.

Hay mucho espacio para una corriente como la nuestra, revolucionaria, aunque sea pequeña. Pero que tenga esa impronta combativa, militante, no rutinaria que se hace necesaria (que piense, que elabore, que haga la experiencia en las calles, que sea unitaria pero sin perder el ángulo revolucionario y que sacuda el rutinarismo).

Porque no vamos a derrotar a Bolsonaro con el rutinarismo del PT. Va a hacer falta volver a pensar la política revolucionaria de una manera no rutinaria (lo que exige, también, superar las prácticas de la mayoría de las corrientes trotskistas brasileras, marcadas por un sectarismo delirante o por un oportunismo rampante); romper el rutinarismo frente a un fenómeno extraordinario como es Bolsonaro[11].

La orientación frente a situaciones de este tipo clásica: la unidad de acción en las calles hasta con “el diablo y su abuela”, como dijera Trotsky. Obligar a los reformistas a salir de sus “quiosquitos” dentro de las instituciones. Plantear que al fascismo no se lo discute, se lo combate. Que esto plantea, en determinados casos, superar los límites, la institucionalidad: defender incondicionalmente las ocupaciones de tierra, las ocupaciones de vivienda, los cortes de ruta, las ocupaciones de fábricas, enfrentar las amenazas reaccionarias de Bolsonaro contra la izquierda, los “comunistas”, los “rojos”.

Es decir: defender todos los derechos democráticos, defender la “democracia” desde la izquierda, desde las calles, poner en pie frentes únicos de lucha, rechazar el eventual cierre del Parlamento; defender la democracia burguesa frente al asalto bonapartista, frente a un eventual golpe de Estado.

Pero hacemos esto sin dejar de cuestionar la institucionalidad desde la izquierda; sin atarnos a ella: la institucionalidad no es un talismán mágico; no le rendimos pleitesía. Nuestro método es el de la calle y la acción directa de las masas; esa es la verdadera democracia: la democracia revolucionaria que supera las instituciones del régimen desde la izquierda y sienta las bases para la democracia obrera.

Por supuesto que esto no quiere decir ser ultraizquierdista, ir a tontas y locas. No. Se trata de estar a la vanguardia en la lucha democrática unitaria; también a la vanguardia en la pelea por los derechos económico-sociales de los trabajadores, los derechos democráticos de las mujeres y la juventud, exigir la libertad de Lula.

Pero todo esto sin ceder al discurso capitulador del PT de postrarse frente a la institucionalidad: hay que desbordar la institucionalidad por la izquierda en la acción directa contra Bolsonaro, esto de manera tal de abrir una experiencia revolucionaria entre las masas: superar el horizonte todavía no traspasado del reformismo.

Bibliografía

  • I. Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.
  • Antonio Soler, “Elecciones, avance de la reacción y resistencia”, izquierdaweb.

–    El colapso del lulismo. Ascenso y caída de un pacto social. Colección SoB, Brasil.

  • Roberto Sáenz, Ciencia y arte de la política revolucionaria, Antídoto-Gallo rojo.

–   “Cuestiones de estrategia”, www.socialismo-o-barbarie.org.

  • León Trotsky, “La única salida”, en La lucha contra al fascismo en Alemania, Ediciones Pluma, Buenos Aires, 1974.

[1] Es largo para desarrollarlo aquí, pero la izquierda revolucionaria brasilera ha vivido bajo la constante presión del PT. Esto ha dado lugar a dos errores simétricos: el oportunismo y el sectarismo. No se ha logrado una síntesis: un curso revolucionario acertado.

[2] En “El marco internacional del triunfo de Bolsonaro” hemos explicado las características estructurales que hacen de Brasil un país enormemente polarizado desde el punto de vista social.

[3] Atención que aquí la excusa fue la existencia de Sendero Luminoso. Nada parecido existe hoy en Brasil.

[4] Perú tuvo alrededor de 80.000 desaparecidos en esos años, sobre todo entre la población campesina.

[5] Aunque incluso en esto hay medida porque las dictaduras de este siglo XXI, como las de Honduras o en su momento Paraguay, no son igualmente sanguinarias que las de los años 70. Incluso en aquellos años, la dictadura en Brasil no fue tan genocida como las de Argentina o Chile. Todo admite análisis y medida: el marxismo no es apto para impresionistas.

[6] De paso señalemos que un gobierno semibonapartista o bonapartista es un gobierno inestable, de inestabilidad, no ya una “paz de los cementerios” consumada: tanto puede abrir paso a una situación contrarrevolucionaria como revolucionaria, atención.

[7] Lo que supone tácticas como la exigencia, la denuncia, la unidad de acción, el frente único, tácticas dirigidas a los reformistas que son los que dirigen las organizaciones de masas.

[8] Esto lo relata muy bien el historiador francés y especialista en cine Marc Ferro en La gran guerra 1914-1918.

[9] En los años 1980 las campañas electorales del PT se hicieron bajo la divisa de clase del “trabajador vote trabajador”.

[10] Este concepto sobre que el carácter último del fascismo es la destrucción de las “organizaciones de la democracia obrera” es de Trotsky.

[11] Un fenómeno que de tan profundo, tan complejo, puede plantear una reconfiguración del trotskismo en Brasil.

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  • Elaboraciones estratégicas de la corriente SoB