Por Antonio Soler. SoB Brasil, tendencia del PSOL. 26/10/18.

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Brasil | Elecciones, avance de la reacción y resistencia

Construir grandes acciones de masas de norte a sur del país para derrotar al neofascismo

En la última encuesta de intención de votos del instituto IBOPE, Bolsonaro aparece con el 57% y Haddad con el 43% de los votos válidos, lo que revela una variación negativa de dos puntos porcentuales para el primero en favor del segundo. En relación al índice de rechazo, Haddad aparece con un 41% y Bolsonaro con el 40%, demostrando que el candidato del PT redujo su rechazo 6 puntos y el segundo lo amplió en 5. Además de eso, hay un 13% de los electores que declaró que anulará su voto o que está indeciso (1). Esta oscilación positiva de Haddad está ligada a una “onda democrática” que se comienza a instalar en el país, pero para que suplante a la “ola reaccionaria” la burocracia lulista debería poner todo el peso de la campaña en la movilización de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Crisis, reacción y traiciones

No queda sombra de dudas de que Jair Bolsonaro es un candidato neofascista por su formación, programa político, base social y dirección. Pero el hecho de que él sea neofascista no significa que de ser electo instaurará automáticamente un gobierno bonapartista o neofascista como tal. Para eso, es necesario que se recorra un escenario más avanzado de ruptura con la democracia formal, debe recorrerse un proceso de luchas políticas que supere al proceso electoral propiamente dicha. Es decir, para que eso suceda debe abrirse un cuadro de situación que no puede desenvolverse sólo dentro de los marcos electorales.

Por su historia ligada a lo más reaccionario del ejército – al final de su carrera en él fue acusado de tramar un atentado de bomba para inflamar al régimen contra el movimiento de las “Elecciones directas ya”-, sus años de parlamentario mediocre que se dedicó a posicionarse contra los intereses de los trabajadores, de apologista de la represión, de la tortura, de la violencia contra las mujeres, contra los negros, contra las personas LGBT; Bolsonaro construyó un perfil personal típico de los personajes que asumen el comando de regímenes autoritarios. No obstante, un perfil personal no tiene el peso de un determinado ambiente político.

La candidatura de Bolsonaro sólo pudo constituirse luego de una larga crisis económica, de la maniobra reaccionaria del impeachment en 2016, de los ataques a los trabajadores, del desempleo de masas, del ajuste salarial, de la violencia urbana creciente, del empeoramiento generalizado de las condiciones de vida de las masas. La crisis económica, la ruptura de la burguesía con el pacto social de la “democracia” con el impeachment, las contrarreformas de Temer y el conjunto de las traiciones del PT posibilitaron, por tanto, que una ola reaccionaria avanzase sin que la clase trabajadora y los oprimidos pudieran ejercer una resistencia que estuviera a la altura.

La combinación de estos factores posibilitó el desarrollo de una situación reaccionaria, de una onda electoral marcada por la extrema derecha que puede terminar instalando en el país un gobierno con características bonapartistas apoyado en un movimiento proto-fascista que puede comenzar a hacer ataques directos a manifestantes, mujeres, negros, homosexuales, que sea una herramienta de chantaje en el Estado para que haga desaparecer todas las libertades democráticas.

Además de todos los movimientos que hicieron la clase dominante y sus políticos para posibilitar el giro reaccionario en que vivimos, no podemos no tener en cuenta en nuestro “esquema”  explicativo el papel del lulismo en el surgimiento, fortalecimiento y la posible victoria electoral de esa ola reaccionaria. Ese análisis del proceso, que parta únicamente de la política de la burguesía y sus fracciones, sería de una tremenda unilateralidad que en nada ayudaría a entender el fenómeno; porque sin las traiciones de la burocracia lulista, la ola reaccionaria, sus ataques a los derechos de los trabajadores y el adelgazamiento de las garantías democráticas de las masas se hubieran encontrado con una resistencia mucho mayor y el curso de los acontecimientos no sería el mismo.

No podemos desconsiderar que el lulismo pactó con la clase dominante, no hizo ninguna reforma efectiva en favor de las masas en 14 años de gobierno y tuvo la orientación sistemática de sacar la política de las calles para cooptara las más importantes organizaciones de masas. Posteriormente, al no lograr cooptar la lucha juvenil del 2013, construyó un frente con los jueces, la burguesía y los grandes medios de comunicación para reprimir las luchas salariales y contra la Copa Mundial en 2014.

Después de la victoria de octubre en 2014, cometió un verdadero fraude electoral al gobernar con el programa neoliberal del derrotado PSDB. Durante el proceso del Impeachment en 2016, en vez de cambiar el rumbo del gobierno, apostó en cambio por un intento de rehacer su pacto social con la clase dominante a través de la Ley Antiterrorista y el congelamiento salarial a los trabajadores del Estado Federal. Pero el proceso de ruptura de importantes fracciones de la burguesía con el PT ya era irreversible y aun así no hicieron ningún cambio en su política gubernamental, no apostaron a la movilización de masas para derrotar el Impeachment y lograron así ser expulsados del gobierno.

En 2017, la burocracia lulista traicionó procesos decisivos de lucha contra el gobierno de Temer como el movimiento contra la “reforma” previsional, también se negaron a movilizar contra la “reforma laboral”, contra la intervención militar en Río de Janeiro y por Justicia por Marielle Franco. Después de todo eso, incluso después de varias y evidentes demostraciones de que la burguesía había roto su pacto social con el lulismo y que se había inclinado por la vía de la reacción abierta, hecho claramente manifestado en los procesos arbitrarios que llevaron al Impeachment a Dilma y la condena a Lula por el Lava Jato, éste decidió entregarse porque “confiaba en la justicia”.

Para culminar esa serie desastrosa de traiciones, no impulsaron la movilización independiente de las mujeres contra Bolsonaro antes de la primera vuelta ni lo combatieron en los programas electorales por considerar que era el candidato más fácil de derrotar en la segunda vuelta.

Esta breve pincelada del lulismo en los últimos años tiene el objetivo de demostrar que su política fue crucial para la creación de la actual correlación de fuerzas políticas y, por lo tanto, del surgimiento de un fenómeno de derecha de la magnitud y gravedad de Bolsonaro.

La unilateralidad de los análisis que no tienen en cuenta el papel de esa burocracia trae serios problemas políticos a la izquierda socialista. En primer lugar, no captar el peso que tuvo la política de la burocracia cuando en estos años contuvo, desvió o traicionó las luchas de los trabajadores, es perder de vista que, por más grave que sea el avance de la reacción, existen reservas de combatividad y lucha desde abajo que no están agotadas. Lo que, lejos de diluir las tendencias reaccionarias, identifica en nuestra realidad contra-tendencias políticas que no pueden ser olvidadas que en el próximo período pueden ser ponerse en movimiento de forma más o menos espontánea en respuesta a la dureza de los ataques de un posible gobierno de Bolsonaro.

Por otro lado, desconsiderar el papel de la burocracia en la composición de la actual situación lleva al desarme total en relación a la necesidad de construir una alternativa estratégica de superación de la burocracia lulista al interior del movimiento de masas. Esto será tal vez lo más decisivo para que podamos avanzar en la resistencia, retomando la ofensiva en la lucha anticapitalista. O sea, puede estar denotando un abandono del proyecto de construcción de fuertes corrientes y partidos revolucionarios de vanguardia que puedan en momentos de ascenso disputar la dirección del movimiento de masas.

Un gobierno semi-bonapartista

A pesar del fracaso del reaccionario gobierno de Temer en imponer sus contrarreformas hasta el final (de las jubilaciones, la privatización generalizada de las empresas estatales, fin de los derechos laborales y profundos retrocesos ideológicos), la clase dominante apuesta a un gobierno con características bonapartistas que sea preventivo frente a la posibilidad de un proceso de resistencia generalizada a los ataques que se están preparando contra la mayoría del pueblo.

El conjunto de las medidas regresivas que la clase dominante pretende aplicar depende de la posibilidad de establecer un gobierno burgués “anormal”. Un gobierno más tutelado por las Fuerzas Armadas que el de Temer, que imponga al Congreso sus “reformas” y que no ceda ante las presiones que vengan de abajo. O sea, un gobierno muy peligroso porque puede abrir las puertas a un endurecimiento total del régimen, a medidas abiertamente de excepción, a una dura represión de los movimientos sociales y la prisión generalizada de sus líderes.

El inicio de tal gobierno podría disponer de instrumentos legales, como medidas provisorias, decretos de garantía de “la ley y el orden”, de la legislación represiva – desarrolladla incluso por los gobiernos petistas – como la “legislación antiterrorismo”. Pero para imponer las contrarreformas que pretenden, la clase dominante y su gobierno de turno precisarán desgarrar aun más los derechos democráticos de las masas, avanzar contra sus derechos de organización.

Para avanzar en la restricción aun mayor de los derechos democráticos en la superestructura, un gobierno de Bolsonaro necesitará tener el apoyo de un movimiento de masas que le de base política en las calles. Por lo tanto, deberá apoyarse en un movimiento de masas proto-fascista como el que viene siendo fomentado desde el 2015, que tuvo un papel decisivo en el proceso de Impeachment de Dilma y en la ola reaccionaria que vivimos desde entonces.

No podemos prever todos los desdoblamientos políticos posibles de un gobierno de Bolsonaro, apenas podemos señalar algunas tendencias. A nuestro modo de ver, tenderá a constituirse como un gobierno burgués “anormal”, aunque tampoco será de inmediato un gobierno bonapartista. Para eso, necesitará establecer una ruptura institucional significativa con los mecanismos de la democracia burguesa, tal como la división de poderes, controles y contrapesos con los demás poderes. Esto exige algo más que apenas una victoria electoral, precisa del establecimiento de una correlación de fuerzas política que vaya más allá de las elecciones, que sólo puede ser establecida a través de procesos políticos de enfrentamiento de fuerzas que no se restringe a los límites institucionales de la democracia formal. O sea, las cosas se resolverán en las calles.

Es por eso que Bolsonaro demuestra flexibilidad en sus propuestas en varios terrenos, menos en la relación que quiere imponer con los movimientos sociales y la izquierda. Al día siguiente de la confirmación de que disputará en la segunda vuelta, con un margen importante de votos en relación a quien está en el segundo puesto (Haddad), Bolsonaro declaró que no “tolerará el activismo”. Y no se quedó ahí, el último domingo, incluso corriendo el riesgo de perder votos, en una demostración abierta de reacción, hizo un discurso por teléfono a sus simpatizantes concentrados en la Avenida Paulista diciendo que “vamos a barrer del mapa a esos bandidos rojos de Brasil”, “esos marginales rojos serán proscritos de nuestra patria” y que tipificará “las acciones del MST y el MTST como terrorismo”. (2)

Claro está que sus declaraciones no pueden ser tomadas por políticas concretas y mucho menos por hechos, pero apuntan en un sentido claro de cuál será la estrategia de un posible gobierno de Bolsonaro. O sea, un gobierno semi-bonapartista preventivo que pretende apoyarse en un movimiento de masas proto-fascista con el objetivo de imponer un proceso de contrarreformas neoliberales en todos los campos, privatizar el conjunto de la economía  y en unos pocos años establecer un nivel de explotación cualitativamente superior de la clase trabajadora.

En contrapartida a esa tendencia a la derecha, a pesar de las traiciones lulistas, no estamos ante ninguna derrota estructural del movimiento obrero, de las mujeres y la juventud. Así, conviven en la realidad una tendencia predominante pero también una contra-tendencia a la ola ultra-reaccionaria que merece ser observada con atención, evaluadas sus posibilidades y permanentemente estimuladas por la izquierda socialista. El instinto de supervivencia de clase de los oprimidos tiende a ser accionado por los profundos ataques como los que están por venir. Es un hecho que actúan en la realidad esas contra-tendencias que apuntamos más arriba. Si bien la clase trabajadora y los oprimidos sufrieron ataques en los últimos años, no fueron derrotados en la lucha directa, en las huelgas y en las calles, y eso tiene mucha importancia en las luchas políticas que vendrán después de las elecciones.

Vivimos una dinámica en la que la traición de la burocracia lulista vetó, desvió y enflaqueció la resistencia de los trabajadores, permitiendo así que la clase dominante avance con sus ataques y estableciese una correlación de fuerzas muy adversa, una situación política reaccionaria y la perspectiva de la asunción de un gobierno semi-bonapartista.

En tanto, Bolsonaro precisará enfrentar la resistencia de los sectores que serán directamente afectados por sus políticas. En ese sentido, cabe decir que el resultado electoral no coloca de antemano un resultado directo de la lucha de clases ni la inevitabilidad de la imposición de los proyectos que fueron legitimados en las urnas. Pues el mismo trabajador que fue convencido de votar a Bolsonaro, con los ataques a sus condiciones de trabajo, de vida y de organización será impelido a resistir.

Frente único para derrotar el neofascismo en las elecciones y en las calles

La amplia unidad de acción para derrotar a Bolsonaro no puede pasar solamente por la “disputa de los votos”, estamos frente a una elección en la que sólo podemos derrotar a Bolsonaro con la combinación de la disputa electoral y la movilización directa.

A partid del resultado de las encuestas de intención de votos publicadas hoy, hay nuevos ánimos en la campaña de Haddad, revertir la situación y derrotar a Bolsonaro el día 28 es difícil, pero no es imposible.

Lo fundamental ahora es continuar apostando por el proceso de movilización. Por eso es tarea de la izquierda socialista realizar una amplia exigencia a la burocracia sindical y política de que ponga todo el peso de la campaña en la construcción de grandes movilizaciones en todo el país, con días de paro y actos masivos… una verdadera rebelión político-electoral antifascista debe ser construida.

El frente único contra el fascismo no puede ser confundido con la ausencia de diferenciación. No ser parte de frente antifascistas antes y después de las elecciones sería de un sectarismo atroz, pero hacerlo sin diferenciarse de la burocracia para construir alternativas de dirección independiente, no deja de ser oportunismo. Hoy, esa diferenciación pasa por hacer exigencias sistemáticas -sin dejar de hacer las debidas denuncias- de que la burocracia lulista movilice para derrotar a Bolsonaro.

Es preciso, en este escenario de posible virada do jogo (3), que la izquierda socialista organice directamente la lucha y también exija al PT y a la CUT que ponga todo el peso de la campaña en la construcción de acciones multitudinarias apoyándose en el movimiento de mujeres, vanguardia en este momento, en la construcción de Comités Antifascistas para organizar la lucha de forma democrática e independiente antes y después de las elecciones.

1 https://www1.folha.uol.com.br/poder/2018/10/ibope-mostra-bolsonaro-com-57-dos-votos-validos-e-haddad-43-no-2o-turno.shtml

https://www1.folha.uol.com.br/poder/2018/10/folha-e-a-maior-fake-news-do-brasil-diz-bolsonaro-a-manifestantes.shtml

3      Expresión en portugués que quiere decir algo similar a “darse vuelta la tortilla” en español que se viene usando en la campaña para torcer la ventaja electoral que Bolsonaro le lleva a Haddad.

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