Por Ale Kur. IzquierdaWeb, 5/11/18

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El martes 6/11 se realizarán en los EEUU las elecciones de “medio término” (midterms), es decir, aquellas que se llevan a cabo a mediados del mandato presidencial. Estas elecciones tienen una gran importancia ya que en los hechos se tratan de un plebiscito sobre el gobierno Trump y de sus ataques contra los migrantes, contra las mujeres, contra los trabajadores, etc. En el caso de que el Partido Republicano (al que pertenece Trump) llegara a ser derrotado, su gobierno quedaría debilitado para los dos años que le restan a su mandato. Hay que tener en cuenta, además, que todavía pende sobre la cabeza del presidente norteamericano la amenaza de Impeachment por la acusación de colaborar con Rusia, fantasma que podría volver a sobrevolar en un escenario de ese tipo.

Al día de hoy, el Partido Republicano tiene mayoría en las dos cámaras que componen el parlamento de los EEUU, lo que facilita que Trump gobierne sin oposición seria. En estas elecciones se pondrá en juego por lo menos la mayoría republicana en la Cámara de los Representantes (cámara baja). El Senado, en cambio, renueva casi todas bancas del Partido Demócrata electas en 2014, por lo que es mucho más difícil cambiar aquí los equilibrios.Por último, se votan también gobernadores en la mayor parte de los estados, lo que puede redefinir el mapa de poderes locales.

En el conjunto de las elecciones, las previsiones señalan que si la participación es alta, el Partido Demócrata(y la oposición en general) podría obtener un triunfo:existen altos niveles de rechazo a Trump en sectores como la juventud, las mujeres, los negros,los latinos, etc., que en su conjunto conforman un importante porcentaje del electorado –pero que no suelen acudir a las urnas en toda su extensión.

En Estados Unidos las elecciones no son obligatorias, y los diferentes niveles del Estado se desentienden de garantizar los medios para hacer posible la participación popular. Más aún, existen gran cantidad de trabas que la impiden, afectando especialmente a los trabajadores, las comunidades negras y los sectores empobrecidos.

Por ello, la clave para para un triunfo opositor sería conseguir que la gente vote masivamente: esto es precisamente lo que intentan hacer varios movimientos políticos y sociales como el “Fight for 15”(movimiento por el salario mínimo de 15 dólares por hora de trabajo), la “Marcha Por Nuestras Vidas” (contra el acceso indiscriminado a armas), la “Campaña nacional del pueblo pobre” y diversas organizaciones del movimiento negro, inmigrante, etc. Todas ellas están realizando campañas de base para estimular la participación electoral, organizando inclusive el transporte para que todos puedan llegar a los centros de votación.

El gobierno de Trump, por su parte, conserva gran parte de la base social que lo eligió en 2016 -vale recordar en este punto que en dicho año Trump no obtuvo la mayoría de los votos populares, sino solo la mayoría del Colegio Electoral, en un sistema de votación presidencial indirecta. Su rival, Hillary Clinton, había obtenido 3 millones de votos populares más que él, pero el sistema de representación por estado se encuentra fuertemente distorsionado (favoreciendo al interior más atrasado a expensas de los grandes centros de población, más progresistas).

En cuanto al marco más objetivo de la elección, la economía norteamericana se encuentra en un momento relativamente bueno: en muchos sentidos consiguió recuperarse de la enorme crisis de 2008, lo que permitió que tasas de desempleo cayeran a niveles históricamente bajos. Pero inclusive en este mismo terreno existen fuertes contradicciones: a diferencia de lo que ocurrió luego de otras crisis económicas, esta vez la recuperación no se tradujo en un aumento del salario real. Por el contrario, los salarios de la enorme mayoría de los trabajadores se encuentran estancados o a la baja.

Mientras que la crisis de 2008 se devoró una importante cantidad de puestos de trabajo industriales, relativamente bien pagos y con ciertos derechos, los nuevos puestos de trabajo creados luego de la crisis son mayormente en empresas como los McDonald’s, Starbucks, Walmart, Amazon, etc. Es decir, empleos con condiciones muy precarizadas, bajos salarios y escasa posibilidad de sindicalización.

Al mismo tiempo, los costos de vida no paran de subir, en especial los relativos a la vivienda (en el marco de una creciente especulación inmobiliaria), la cobertura de salud y las deudas que los estudiantes contraen con los bancos para poder acceder a la educación superior. El gobierno de Trump, por su parte, recorta cada vez más los programas de asistencia social, al mismo tiempo que le baja impuestos a los ricos y que aumenta el presupuesto militar.

De esta manera, la desigualdad social crece enormemente y los de abajo viven cada vez peor. Esto afecta de manera desproporcionada a la población negra y latina (y dentro de ella, especialmente a las mujeres), donde las tasas de desempleo y pobreza son más altas. Y donde, además, golpea también la brutalidad policial, la persecución contra los migrantes, etc. Las condiciones económicas también afectan a importantes porciones de la juventud millenial(adultos menores de 35 años), que se encuentran prácticamente esclavizados por las deudas, y a los que cada vez les cuesta más acceder a la vivienda y a empleos acordes a sus estudios.

En este marco, viene creciendo fuertemente en los últimos años la simpatía popular por propuestas políticas bastante más a la izquierda que las que venían siendo incluidas en los programas del “progresismo” demócrata. Es el caso de campañas como la del “Medicare For All” (sistema de cobertura pública universal de salud), la campaña por un salario mínimo de 15 dólares por hora de trabajo y el derecho a la sindicalización, las campañas por el control de precios de alquiler y por el alivio de las deudas estudiantiles. Campañas que fueron incluidas en la plataforma presidencial de Bernie Sanders en 2016, y que actualmente son ejes de la campaña electoral de muchos candidatos a lo largo y ancho del país.

Es el caso, por ejemplo, de candidatas como Alexandria Ocasio-Cortez y Julia Salazar en Nueva York, RashidaTlaib en Michigan oJovankaBecklesen California. Se trata de mujeres negras, latinas o árabes, pertenecientes al ala izquierda del Partido Demócrata (y que le ganaron las primarias partidarias a los candidatos del establishment neoliberal partidario), que se reconocen a sí mismas como “socialistas democráticas” y que forman parte (o están cercanas) a la organización DSA (Democratic Socialists of America). Hay altas chances de que varias de ellas –o inclusive todas- conquisten los escaños para los que se presentan (en el congreso nacional o en congresos estatales).

Por otra parte, en el último año ocurrieron también importantes luchas populares que sembraron el camino al avance de estas alternativas más a la izquierda. Entre ellas, se destacan especialmente las históricas huelgas docentes en estados como Virginia Occidental, Arizona y Oklahoma. En los últimos días se llevó a cabo también una muy importante huelga de los trabajadores hoteleros de diversas ciudades del país: se estima que en la misma tomaron parte 8 mil trabajadores, incluyendo piquetes de huelga muy militantes. Entre otros datos de importancia, se destaca que una joven generación de activistas socialistas se incorporó de lleno a la solidaridad con esta pelea, dando un importante paso en la unidad obrero-estudiantil.

Para concluir, en los próximos días conoceremos los resultados de estas elecciones y avanzaremos en un análisis más pormenorizado de los mismos. En cualquier caso, sin duda alguna serán un importante escenario de la polarización política que atraviesa el país, y un elemento fuertemente formativo en el combate político contra el gobierno de Trump. Lo más importante es que sean un punto de partida para la organización y combate en las calles, para derrotar a sus planes reaccionarios y abrir el camino a una salida por izquierda.

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