Por Claudio Testa. IzquierdaWeb, 30/11/18.

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El pasado domingo 25, un “incidente” entre barcos de guerra de Ucrania y Rusia volvieron a poner al rojo vivo las relaciones entre ambos Estados. Tres barcos de la marina ucraniana –los acorazados Berdyansk y Níkopol y el remolcador Yana Kapu– efectuaban una travesía regular desde el puerto de Odessa, en el mar Negro, al de Mariúpol, en mar de Azov, para lo cual debían atravesar el estrecho de Kerch.

En ese lugar –según un comunicado ucraniano– fueron detenidos por fuerzas especiales rusas, que luego abordaron y capturaron esos tres barcos de la flotilla, causando dos heridos.

Sobre este estrecho de Kerch, el gobierno de Putin ha construido un puente monumental, de casi 20 kilómetros de largo, que une por el Este a la península de Crimea con Rusia continental.

Desde ya, este puente tiene su significado político, como lo subrayó el gesto de Putin después de inaugurado, de subirse a un camión para manejarlo, recorriendo de punta a punta el nuevo puente de unión de Crimea con Rusia.

Pero el “incidente” del domingo 25 (al que luego las autoridades rusas pusieron paños fríos) va mucho más allá del monumental puente. Es que, al parecer, “Rusia garantiza el derecho de Ucrania (y de terceros países) a emplear ese lugar de paso para los buques mercantes, pero no para buques de guerra”… que además no lo solicitaron.[1]

Esto tiene el aspecto de un incidente provocado, que puede tener varios objetivos. Uno, paradójicamente, electoral. El actual presidente, Petró Poroshenko, deberá enfrentar elecciones en marzo del año próximo… y las encuestas le dan muy mal para su reelección. Pero los “incidentes” con Rusia (como el de Kerch) y algún eventual triunfo sobre los separatistas ruso-hablantes de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, escindidas de Ucrania, podrían hacerle recuperar terreno.

El hecho es que, al producirse el incidente de Kerch (que finalmente acabó sin mayores consecuencias para los buques y sus tripulantes), Poroshenko trató de hacer “detonar” un estallido patriótico-belicista.

La medida inmediata de Poroshenko fue hacer aprobar por el parlamento una “ley marcial” y un “estado de guerra” que afectan seriamente las libertades democráticas… Esto es doblemente importante, teniendo cuenta que ya se ha entrado en un período pre-electoral…

Poroshenko logró la “aprobación”, pero con la oposición de un sector importante de diputados que durante horas bloquearon la tribuna de oradores como muestra de protesta. “Poroshenko había presentado por la mañana un decreto, en el que se contemplaban la limitación de 12 derechos y libertades cívicas… Pero después, durante la tormentosa sesión parlamentaria, debió retirarlo y optar por un segundo decreto suavizado.”[2]

¿Hacia la reanudación y/o extensión de la guerra?

Que sea tan evidente la “teatralización” de este incidente, no quita su importancia como reflejo de situación mundial y regional.

Es el reflejo de una situación global –relativamente “incontrolada”, relativamente “imprevisible” – en que pueden darse muchas sorpresas y “desórdenes”. Y no sólo aportados por Ucrania… ¿Qué grado de previsibilidad hay con Trump en Washington? ¿O con el desenlace del Brexit? ¿O con la Unión Europea? … Y aquí un largo etcétera… Esto va más allá del irresuelto conflicto ucraniano.

En el caso de Ucrania, lo peor es que hoy se habla abiertamente de un reinicio de la guerra (nunca terminada oficialmente) entre el Estado ucraniano (y las milicias de extrema derecha) versus los separatistas de las repúblicas de Donetsk y Lugansk, que reivindican su nacionalidad rusa.

Está en marcha la preparación para eso, y no es nada secreto. Por el contrario, desde su capital, Kiev, se invita a la prensa extranjera a visitar los sitios donde entrenan milicias de extrema derecha (que aparecen ostensiblemente como el núcleo principal de reactivación de la guerra). Y ahora se anuncia no sólo el ataque contra Donetsk y Lugansk, sino también contra Rusia.

Si este intento se lleva adelante, si llegase a ir más allá del discurso, las consecuencias podrían ser muy graves.

Así, en el reportaje de una corresponsal del diario español El País (de Madrid) del pasado miércoles 28, se hace una descripción detallada de cómo una de esas “milicias ultra se prepara para el combate con Rusia”.[3] Y esa milicia no actúa “por cuenta propia”. Su entrenamiento se desarrolla en un cuartel que les ha dado el Ejército ucraniano, cercano a Kiev, que también provee las armas:

“Grupos ucranios armados vinculados a la extrema derecha –comienza diciendo la corresponsal–, entrenan y se organizan para una escalada en el conflicto con Moscú.

“En medio de un campo nevado, Dan Romanchenko prepara el fusil. Apunta y dispara a la diana colocada en un árbol, a unos cuantos metros de distancia. Detrás, varios de sus compañeros de la ‘Milicia Nacional’ aguardan su turno para practicar con el arma. Entre los árboles salpicados de copos blancos, un grupo de hombres enfundados en trajes de camuflaje inspeccionan el terreno. Tras el grave incidente naval con Rusia en el mar de Azov, que ha agudizado aún más el conflicto con Moscú, más de 200 miembros de la organización paramilitar de extrema derecha han sido convocados de manera urgente a los ejercicios de adiestramiento en el abrupto terreno de un cuartel que el Ejército les ha prestado, a unos 60 kilómetros de Kiev.

“«Estamos preparados para enfrentar la agresión rusa y creo que debemos hacerlo. Tenemos que defendernos. La situación es muy complicada y cada vez peor», afirma rotundo Romanchenko. Hace más de un año que este estudiante de Tecnología de 20 años rubio, espigado y con mirada de niño se alistó en esta organización ultranacionalista ucraniana, vinculada al llamado Movimiento Azov, un grupo de ultraderecha –creado en Mariúpol, justo al borde del hoy en disputa mar de Azov– que colabora con el Ejército en la lucha contra las regiones separatistas del Este del país y que desde 2014 ha alumbrado numerosos grupos afines.

“Hoy se trata de una organización de unos 11.000 partidarios, formada por un caleidoscopio diverso de activistas antiestablishment, nacionalistas radicales, hooligans de fútbol, personas de ideología abiertamente neonazi y simples convencidos de que un ataque directo y abierto de Rusia es posible e inminente.

“Los partidarios del Movimiento Azov, vinculado con posturas neonazis, salieron a la calle el domingo para exigir a la Rada (Parlamento) la declaración de la ley marcial tras el incidente en el estrecho de Kerch y el apresamiento por parte de Rusia de una veintena de marinos ucranios. Y su brazo político, el National Corps, con escaños en la Rada, liderado por el político de ultraderecha Andréi Beletski, fue una de las formaciones que más fervientemente reclamaba la medida, que entra en vigor este miércoles.

“Desde entonces, la «organización cívica» —como se autodefine el grupo paramilitar— a la que pertenecen Romanchenko y sus compañeros, está «todavía más alerta». «Somos patriotas que queremos proteger Ucrania y a los ucranios.», resume en el campo de tiro Igor Vdovin, veterano del Ejército ucranio y ahora comandante en la Milicia Nacional. Como él son varios los antiguos militares que han pasado a formar parte del grupo civil armado, muchos de ellos antiguos miembros del llamado Batallón Azov, el grupo armado que nació del Movimiento Azov y que acabó pasando a formar parte regular de la Guardia Nacional de Ucrania.”

¡Y aclaremos que a su vez, la Guardia Nacional de Ucrania es parte integrante oficial de las Fuerzas Armadas ucranianas. En esta Guardia se agrupan las reservas del Ejército, las llamadas “fuerzas ucranianas del interior” (estilo “gendarmería francesa”)… y también, desde el Maidan, las milicias de los grupos “fachos”, como el que reportea la corresponsal de El País.

Sin soluciones aún

Por supuesto, es muy difícil que esta “suma” de organizaciones “militarizadas” pueda derrotar a las actuales fuerzas armadas de Rusia. Pero sí podría medirse con las escindidas Repúblicas de Donetsk y Lugansk.

Esas regiones ruso-hablantes fueron el corazón minero e industrial de Ucrania en tiempos de la Unión Soviética. La revuelta del “Maidan” en Kiev –el movimiento que en el 2014 llegó hasta decretar la prohibición del idioma ruso– generó un estallido similar pero opuesto en el Este; es decir, Donetsk y Lugansk. La combinación del descontento popular en el Este (y de la fobia anti-rusa en el Oeste) desembocó en la secesión de esas regiones.

La guerra iniciada contra ellas desde Kiev, las empujó con más fuerza hacia Rusia. Pero también determinó un sometimiento al gobierno ruso. ¡Y con más razón, con las necesidades de una guerra civil, de enfrentar y derrotar la agresión impulsada desde Kiev, cuyos colores políticos vemos en el relato de la corresponsal española!

Sin embargo, pese a todo; en primer lugar, pese a los fracasos del gobierno de Kiev y sus colaboradores fachos, no se ha llegado a un final “estable”. La situación de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk no está geopolíticamente “legalizada” ni mucho menos. El virtual “protectorado” de Moscú fue un obstáculo importante para no acabar en un genocidio… pero todo quedó “en el aire”.

Y ya vemos cómo, desde Kiev, aprovechando esa situación (e incidentes como el de Crimea) se preparan para otro asalto.

Notas:

1.- Pilar Bonet, desde Moscú, “Rusia cierra el estrecho de Kerch tras incidente naval con Ucrania”, El País, Madrid, 25/11/2018.

2.- “Ucrania aprueba la ley marcial tras el choque naval con Rusia.”, El País, Madrid, 27/11/2018.

3.- María R. Sahuquillo, desde Kiev, “Las milicias ultras se preparan para el combate con Rusia”,  El País, Madrid, 28/11/2018.