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Por Ale Kur. SoB 499, 20/12/18

El movimiento francés de los “Chalecos Amarillos” ya lleva cinco semanas de presencia masiva y contundente en la agenda política. Desde su comienzo, cientos de miles de personas se manifestaron en varias ocasiones a lo largo y ancho del país, en ciudades grandes, medianas y pequeñas, así como en las zonas rurales.

Las imágenes de las movilizaciones callejeras, los bloqueos de ruta, los enfrentamientos con la policía y las barricadas levantadas en París (en el mismísimo Arco del Triunfo) recorrieron el mundo entero y vienen ocupando (reiteradamente) la primera plana de los  medios de comunicación en una enorme cantidad de países.

Más allá de las importantes diferencias políticas, estas escenas no dejan de recordar a las se veían hace 50 años atrás, con el estallido del Mayo Francés de 1968. No queremos aquí forzar ningún paralelismo al respecto (no son los mismos actores político-sociales ni su contenido), pero sí señalar el importante efecto que provocan ese tipo de imágenes en el estado de ánimo político de una muy importante cantidad de personas en todo el globo.

La presencia de la acción directa en las calles, de la lucha radicalizada, rompe con una normalidad política donde lo cotidiano es el somnífero debate parlamentario, la rosca por arriba entre diputados, senadores y altos funcionarios. Una normalidad donde la clase trabajadora y los sectores populares ven día a día cómo sus derechos son arrebatados uno tras otro, cómo sus salarios valen cada vez menos, cómo cada vez parece haber menos futuro.

Una normalidad donde la voz de los de abajo no cuenta para nada, donde sus supuestos “representantes” sindicales y políticos muestran la más absoluta pasividad frente a los ataques de los de arriba. Y donde hasta los más tibios proyectos de leyes que podrían favorecer a los sectores populares terminan naufragando sin pena ni gloria, ante la oposición de los poderes de siempre. Todo esto mientras los grandes millonarios se enriquecen cada vez más, y mientras los bancos y las multinacionales hacen negociados cada vez más monumentales.

El contagio internacional

Por estas razones, el movimiento de los “Chalecos Amarillos” choca frontalmente con esa normalidad, sacude las telarañas de la rutina política y produce un profundo impacto, especialmente en los países europeos pero también en otros continentes. Así, en varios países diversos sectores (de las más variadas tendencias políticas e ideológicas) comenzaron a imitar el ejemplo francés, y se lanzaron a pelear en las calles por sus propias demandas, muchas veces auto-convocándose a través de las redes sociales (de manera similar a lo que ocurrió por ejemplo con los movimientos de los Indignados desde 2011).

En las últimas semanas ya se desarrollaron movilizaciones de chalecos amarillos en Holanda y en Bélgica, expresando un descontento general (y poco definido) con las políticas económicas de sus gobiernos. En Inglaterra, sectores Pro-Brexit salieron con el chaleco amarillo para denunciar al gobierno por (según sus palabras) «traicionar el Brexit«. En Italia, grupos pro-inmigrantes y anti-xenofobia salieron a protestar con los chalecos amarillos contra las leyes del gobierno racista de la Liga, que condenan a los migrantes a morir en el Mediterráneo. Esta semana ocurrieron también enormes protestas en Hungría contra una reforma laboral esclavista. En un sentido político opuesto, también se desarrollaron importantes movilizaciones de la ultraderecha en Bélgica contra la llegada de inmigrantes.

El impacto internacional del fenómeno es tan fuerte que inclusive en Egipto el gobierno del dictador Al Sisi prohibió la venta de chalecos amarillos para evitar cualquier posible efecto de imitación. En Túnez, cuna de la llamada “Primavera Árabe”, parece estar surgiendo estos mismos días un movimiento de “chalecos rojos” con demandas muy similares a las que iniciaron las protestas de 2011. Hay también pequeños reflejos de esto en diversos países de África y Asia.

En Estados Unidos, si bien todavía no parece existir un impacto directo en las calles, la discusión sobre los “chalecos amarillos” se encuentra muy presente en los medios de comunicación, en las organizaciones de izquierda y progresistas y en las redes sociales en general. Es posible que terminen surgiendo también allí movilizaciones similares.

Un símbolo de descontento que puede ser capitalizado tanto por izquierda como por derecha

En cuanto a su contenido político, las protestas de los distintos países (e inclusive dentro de cada país) son profundamente disímiles, e inclusive opuestas entre sí. En sí mismo, el símbolo del “chaleco amarillo” no significa más que un descontento general con el statu quo. Lo pueden utilizar tanto grupos de izquierda como de derecha, o sectores político-sociales ambiguos y sin una orientación política clara. Esto último es lo que ocurre especialmente con el ingreso a escena de sectores de las clases medias-bajas y de la clase trabajadora del interior atrasado en países como Francia, cuya conciencia política está llena de elementos contradictorios. No queremos desarrollar aquí en este aspecto que ya fue analizado en otras notas de este periódico, y que es muy complejo como para abordar superficialmente.

Lo que sin duda es universal es que los movimientos de “chalecos amarillos” expresan en todo el globo un descontento cada vez mayor con el estado de las cosas: son un síntoma del aumento de la inestabilidad política, económica y social, tanto en Europa como en el mundo en general. Son resultado de que la crisis económica mundial iniciada en 2008 nunca terminó de superarse, y que nuevas contradicciones se agregan a las anteriores (como la “guerra comercial” entre EEUU, China y  Europa).

Estos movimientos son el producto de un hartazgo enorme con una década entera de políticas de austeridad y flexibilización, que empeoraron fuertemente las condiciones de vida de la clase trabajadora y los sectores populares, que aumentaron profundamente la desigualdad social, y que ni siquiera consiguieron volver a generar un crecimiento económico digno de tal nombre. Son consecuencia del enorme problema del calentamiento global, y de las respuestas incoherentes, ineficaces y contradictorias que los gobiernos del mundo le dan a ese problema. Son subproducto también de una enorme catástrofe humanitaria: que cientos de miles de personas en Asia y África se ven arrojadas cada año a la más absoluta miseria y obligadas a emigrar a Europa por guerras o falta de perspectivas en sus propios países.

En el caso europeo, el estallido de estos movimientos es producto también de una tendencia a la disgregación, a la incapacidad para la resolución colectiva de problemas bajo el paraguas de la “Unión Europea”. El triunfo del Brexit en el referéndum de 2016 en el Reino Unido (y las propias contradicciones que atraviesa ese proceso), la crisis política en toda la UE derivada de la cuestión de la inmigración, las tensiones con Rusia, el ascenso de China, el crecimiento de los nacionalismos de derecha y xenófobos, etc., son (junto a todo lo anterior) factores que hacen de toda Europa un caldero, que puede estar acercándose a un punto de ebullición.

Por su naturaleza política ambigua, y por la enorme confusión existente en la conciencia de millones de trabajadores, los movimientos de chalecos amarillos pueden tener un impacto tanto hacia la izquierda como hacia la derecha, dependiendo de la evolución de los acontecimientos en cada país. En buena parte de Europa, por ejemplo, de haber elecciones la situación podría ser capitalizada por los movimientos nacionalistas de derecha, que hasta hace varias semanas atrás venían mostrando altas intenciones de voto en países como Francia (no está claro si esto tuvo modificaciones en las últimas semanas).

En cualquier caso, la irrupción del movimiento de los Chalecos Amarillos implica que las cosas comienzan a trasladarse cada vez más al terreno de las calles, generando también un fuerte ambiente de politización. Allí donde estos movimientos tengan un carácter progresivo, es necesario que la izquierda se vuelque de lleno a ellos a disputar su conciencia, su programa y su dirección política, para que el descontento se procese contra los de arriba (los grandes capitalistas) y no contra los de abajo, como los inmigrantes u otros sectores populares. Es necesario que los chalecos amarillos se integren profundamente con el movimiento obrero, con el movimiento de mujeres, con los movimientos de la juventud, con los migrantes, con quienes pelean contra el racismo y la xenofobia.

Frente al estado de las cosas cada vez más decadente en Europa y el mundo, que plantea elementos cada vez mayores de barbarie, es necesario pelear para que los chalecos amarillos abonen a una salida socialista, evitando que la derecha los instrumentalice para sus propios fines reaccionarios.