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Por Víctor Artavia

Presentamos una síntesis de la discusión sobre situación internacional, realizada en el marco de la conferencia internacional de la corriente Socialismo o Barbarie (SOB), la cual se llevó a cabo en Buenos Aires, Argentina, entre el 02 y 06 de marzo, con delegaciones de Argentina, Brasil, Costa Rica y Europa. 

Antes de entrar por el fondo, reiteramos una salvaguarda política de rigor: el mundo es muy grande y nuestra corriente aún es limitada (como es la tónica para las corrientes revolucionarias en la actualidad), por lo que no pretendemos pontificar sobre la situación mundial; nuestra lectura de la situación internacional es una aproximación que intenta capturar los elementos dinámicos de la lucha de clases para orientar nuestra intervención como corriente revolucionaria.

Persiste el giro a la derecha, pero se profundiza la polarización política

En el plano político, la situación internacional continúa signada por el giro a la derecha. Por donde se mire predominan los gobiernos reaccionarios que llevan adelante ataques contra la clase trabajadora, las mujeres y la juventud. Trump en los Estados Unidos, Macron en Francia, Bolsonaro en Brasil, Duque en Colombia, Macri en Argentina, son algunos casos que ilustran lo anterior. 

Pero la persistencia en la derechización se complementa con una profundización en la polarización política hacia la derecha e izquierda. Es un elemento novedoso que no podemos perder de vista, pues remite a uno de los rasgos más importantes de la coyuntura: un adelgazamiento –aunque no sustitución- de la democracia burguesa como terreno de mediación de los conflictos socio-políticos.

Aún no estamos en una “era de los extremos”, como sucedió en los años treinta del siglo XX donde la dinámica era revolución o contrarrevolución; pero tampoco atravesamos una etapa como los años ochenta donde se experimentó una “ola democratizadora” impulsada por el imperialismo, donde la institucionalidad democrático-burguesa fue legitimada como la forma de organización política por excelencia.

En la actualidad se extiende un cuestionamiento a la democracia burguesa, el cual se materializa en un retorno de elementos bonapartistas en la gestión de los asuntos políticos. Con esto nos referimos a ciertas modificaciones antidemocráticas en las democracias burguesas donde cobran un peso relativamente mayor las instituciones “pétreas” del Estado burgués (burocracia, peso de los militares, etcétera) en detrimento de las democrático-representativas; donde la gestión gubernamental se realiza muchas veces por medio de decretos ejecutivos y no pasando por debates parlamentarios.

Trump y Bolsonaro, por ejemplo, expresan rasgos bonapartistas que apuestan a resolver ciertos conflictos por la vía ejecutiva; pero aún no rompen con la legalidad democrático-burguesa para que puedan ser calificados como gobierno bonapartistas en toda la extensión del término.

Agreguemos que el bonapartismo (las tendencias bonapartistas en este caso más bien) incorpora rasgos de inestabilidad, pues es un ensayo con dosis diversas de “autoritarismo” de sectores burgueses para aplicar planes de ajuste y otras agendas reaccionarias, que también puede generar un efecto contrario al provocar al movimiento de masas a salir a pelear. Esto es fundamental tenerlo presente para el caso de las corrientes revolucionarias, al plantearnos la necesidad de redoblar esfuerzos para construir partidos militantes que intervengan en la lucha de clases.

Aunado a esto, se evidencia un avance de grupos de extrema derecha (principalmente en Europa y Estados Unidos), los cuales aún no califican como fascistas porque no movilizan grandes sectores del movimiento de masas, no tienen formaciones militares de choque para aplastar al movimiento obrero y la izquierda, ni mucho menos se presentan como proyectos para “revolucionar” (de manera conservadora, claro) la sociedad actual. De ahí que el historiador Enzo Traverso los califique como posfascistas1, pues actúan adaptados a los límites de la democracia burguesa (expresándose por ahora como fenómenos electorales), tienen un discurso conservador y carente de utopía (apelan a un retorno al pasado), con una exaltación del autoritarismo, una crítica reaccionaria a la institucionalidad (por ejemplo a los derechos humanos) y un rechazo a los inmigrantes, los derechos de la población LGBTIQ y de las mujeres.

El posfascismo se desarrolla a partir de la precarización en las condiciones de vida y la desesperación entre sectores de las clases medias y también en parte de la clase trabajadora y los sectores populares, segmentos de la población que son más receptivos a su discurso ante los problemas estructurales que genera el capitalismo, como desempleo, elevado costo de la vida, inseguridad, etc., en medio de la continuidad de la crisis de alternativa socialista. Además se agrupan desde las fobias, las cuales constituyen el vehículo por excelencia para la derechización en la coyuntura actual, donde la política se construye a partir del prejuicio, soslayando los elementos de unidad entre los sectores explotados y resaltando las diferencias entre los iguales, dando como resultado la exclusión de los otros “amenazantes”: los inmigrantes, la población LGBTIQ, las feministas, etc.

Finalizamos este acápite haciendo una anotación para América Latina, región donde se desarrollan (fenómeno nuevo a dejar anotado) los partidos religiosos neopentecostales que comparten muchos rasgos del posfascismo, al sostener un discurso conservador contra lo que denominan “ideología de género”, noción bajo la cual agrupan su odio contra el movimiento de mujeres, la población LGBTIQ y la educación sexual en general. En Brasil, México y Centroamérica han tomado fuerza electoral en los últimos años (ya sea como partidos independientes o en coalición con otras formaciones de derecha clásica), colocando muchas de sus figuras reaccionarias en los parlamentos y ministerios de la región.

Bipolaridad hacia la izquierda y radicalización de la lucha de clases

El avance de los sectores de derecha y reaccionarios tiene su contraparte en un fenómeno enormemente progresivo: un incremento en las luchas desde los de abajo.

Sin perder de vista que el polo reaccionario es el dominante en la situación internacional, sería una miopía política perder de vista el desarrollo de las respuestas desde abajo; un bipolo de resistencia contra los ataques de los de arriba: ¡a la ola reaccionaria se le opone una ola progresiva por así llamarla!

En un artículo de nuestra última revista internacional se define la dinámica del polo reaccionario/bipolo progresivo en los siguientes términos: “En (casi) todas las circunstancias de giro a la derecha hay elementos de respuesta bipolar que hay que saber apreciar. Hasta en el terreno más subjetivo el bipolo anima a las nuevas generaciones a entrar a la vida política: ‘Yo no me puedo quedar en casa; me tengo que comprometer”, “Estos tipos son unos monstruos: hay que organizarse”. Hay mucho que va al polo reaccionario (que es el dominante). Pero otra parte va al bipolo: al elemento por la izquierda”2.

Entre las principales expresiones del bipolo tenemos al movimiento de mujeres, el cual se masificó e internacionalizó en los últimos años con la lucha por el aborto legal y contra los femicidios (siendo Argentina un punto clave para esto). Otro ejemplo son los chalecos amarillos en Francia, que cada sábado realizan marchas multitudinarias contra el gobierno de Macron y su política en beneficio de las grandes corporaciones (aunque no exentas de giros ultraizquierdistas que pueden aislar al movimiento).

Pero también en este plano hay novedades. Por ejemplo, hay una re-emergencia de la tradición socialista en el mundo anglosajón, particularmente en los Estados Unidos donde segmentos de la juventud comienzan a reivindicarse como “socialistas”. De acuerdo a un artículo publicado por The Economist (publicación bicentenaria de la burguesía británica), “alrededor del 51% de los estadounidenses de entre 18 y 29 años tienen una visión positiva del socialismo”3.

El crecimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA por sus siglas en inglés) es un reflejo de este giro a la izquierda entre la juventud estadounidense: esta organización pasó de 10 mil a 35 mil miembros en dos años (2016-2018), en su gran mayoría jóvenes desencantados con las perspectivas de vida que le ofrece el capitalismo yanqui4. Así, los DSA son el grupo socialista más grande de los Estados Unidos desde la década del sesenta, cuando el país estuvo atravesado por una gran radicalización social al calor de la resistencia contra la guerra en Vietnam y el ascenso mundial de las luchas revolucionarias.

Por supuesto que los DSA no están exentos de contradicciones y desigualdades. Por ejemplo, hacen parte del Partido Demócrata (bastión del sistema de partidos del imperialismo yanqui) y apoyaron la candidatura de Bernie Sanders en la elección anterior (antes que impulsar una candidatura independiente de los Demócratas); pero al mismo tiempo defienden un “verdadero reformismo” y asumen un discurso pro clase obrera (apoyando la lucha por los 15 dólares de salario mínimo). En su convención de 2017 votaron “retirarse de la ‘Internacional Socialista’ (formada por los partidos socialdemócratas del mundo, totalmente adaptados al neoliberalismo y el régimen político, social y económico burgués), así como incorporarse a la campaña de boicot contra el apartheid israelí, profundizar la alianza y el trabajo político con el movimiento negro y antirracista; y adoptar como una de las grandes prioridades la construcción en el movimiento obrero”5.

Quizá el límite que arrastra el recomienzo histórico de las luchas de los sectores explotados y oprimidos, radica en que aún no se produce una convergencia entre el dinamismo de la juventud (estudiantil y del movimiento de mujeres) con la clase obrera, la cual se ubica todavía en el polo más de la inercia y el atraso político, lo cual facilita la persistencia del giro a la derecha en la coyuntura mundial.

Un mundo “descentrado” y muy complejo

En el aspecto geopolítico, el mundo del siglo XXI se nos presenta mucho más complejo que el que conocimos en la segunda mitad del siglo XX. A partir de la segunda posguerra (1945 en adelante) el orden mundial se configuró con los Estados Unidos como superpotencia imperialista y, durante décadas, Washington fue el centro del capitalismo mundial desde donde se delineaban las principales directrices que regían la economía y política internacional.

Esta hegemonía indiscutible del imperialismo estadounidense se correspondía con un hecho objetivo: los Estados Unidos representaban el 50% del PBI mundial.  A partir de esta potencia económica, la Casa Blanca manejó por muchas décadas los hilos del orden mundial e impuso la Pax Americana a través de una serie de instituciones imperialistas: Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Organización de las Nacional Unidas (ONU), entre otras.  Pero la hegemonía imperialista de los Estados Unidos entró en crisis a inicios del siglo XXI a partir de tres elementos fundamentales.

En primer lugar, la derrota militar en Irak hizo implosionar el “Nuevo Siglo Estadounidense”, un proyecto neoconservador impulsado por los principales miembros del gobierno de George W. Bush. La incursión militar en Irak se convirtió en una aventura que le costó muy caro a los Estados Unidos, algo que explicó muy bien Frank Steinmeir, ex ministro de Relaciones Exteriores de Alemania: “No sólo el gobierno de George W. Bush fracasó en su intento de cambiar el orden en la región a través de la fuerza, sino que los costos políticos, económicos y de poder de esa aventura finalmente socavaron la posición global de Estado Unidos. La ilusión de un mundo unipolar se desvaneció”6.

En segundo lugar, con el neoliberalismo vino la deslocalización productiva, es decir, el traslado de industrias a otros países para aminorar costos de producción mediante el pago de peores salarios. Contradictoriamente esto mermó la potencia económica del imperialismo estadounidense, pues su capacidad productiva se redujo considerablemente al pasar del 50% al 24% del PBI mundial en términos nominales. Este retroceso industrial se materializó con la debacle del “Cinturón industrial” que se extendía desde los Grandes Lagos al Atlántico (Manufacturing Belt), que ahora recibe el nombre de “Cinturón de óxido”(Rush Belt), debido al cierre de industrias por la deslocalización en otros países7.

En tercer lugar, está el inesperado ascenso de China como potencia capitalista. En el esquema del imperialismo estadounidense, China tenía reservado el lugar de nueva “factoría colonial” donde las transnacionales iban a realizar jugosos negocios con la súper-explotación de la clase obrera china. En parte esto sucedió, pero lo que nunca previeron los estrategas imperialistas es que China iba a constituirse en un “imperialismo en construcción” (término acuñado por Pierre Rousset, analista del mandelismo) que, para 2016, representaba el 15,6% del PBI mundial, terreno material desde el cual comenzó a jugar sus propias cartas geopolíticas para disputar la hegemonía imperialista a los Estados Unidos. Así, la burguesía china (capitaneada por Xi Jinping y el PC) trazó un plan estratégico para establecer su liderazgo mundial, representado en la Nueva Ruta de la Seda, mediante la cual aspiran a construir una red de puertos y ferrocarriles que conecten al mundo con China (aspecto medular para el comercio internacional), así como el programa Made in China 2025, con el cual la burguesía china aspira convertirse en la principal potencia en sectores claves de alta tecnología (buques, vehículos, energías renovables, biotecnología, aviones y tecnología aeroespacial)8.

La combinación de estos tres factores (entre otros) hace que el siglo XXI sea más descentrado en términos geopolíticos, pues se constituyeron dos centros del poder mundial: a) los Estados Unidos como eje del mundo occidental y b) China como un centro alternativo que cada día cobra más peso y dinámica, por lo que apunta a extender su influencia a todo el orbe y disputar la hegemonía a los Estados Unidos.

Debido a esto, hay una suerte de “impase estratégico” entre determinados países imperialistas (el caso de Gran Bretaña y toda la madeja del Brexit es muy elocuente), pues no hay certidumbre hacia qué configuración del mundo vamos. El siglo XXI arrancó con una crisis de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China hacia un imperialismo en construcción, pugna que se traduce en la ausencia de un consenso mundial en la actualidad.

Dos alertas estructurales: La crisis ecológica y las caravanas migrantes

Antes de finalizar queremos destacar dos alertas estructurales producidas por el capitalismo contemporáneo, las cuales requieren ser asumidas con toda seriedad por las corrientes revolucionarias.

Primero, la crisis ecológica que atraviesa a todo el orbe que, sin temor a exagerar, plantea a la humanidad el peligro de su propia extinción, principalmente por los efectos catastróficos del calentamiento global. A finales de 2017, trece agencias federales estadounidenses presentaron el informe “Climate Science Special Report–Fourth National Climate Assessment” (Informe Especial de Ciencia del Clima – Cuarta Evaluación Nacional del Clima), donde señalaron que el calentamiento global representa uno de los principales problemas estructurales a nivel mundial con abruptas subidas de la temperatura en el planeta en los últimos años.

Con respecto a las causas del aumento en las temperaturas, el informe apunta directamente hacia la emisión de gases de efecto invernadero, es decir, a las grandes industrias capitalistas: “La magnitud del cambio climático más allá de las próximas décadas dependerá principalmente de la cantidad de gases de efecto invernadero (especialmente dióxido de carbono) emitidos a nivel mundial. Sin mayores reducciones en las emisiones, el aumento en la temperatura global promedio anual en relación con los tiempos preindustriales podría alcanzar los 9 ° F (5 ° C) o más a fines de este siglo. Con reducciones significativas en las emisiones, el aumento en la temperatura global promedio anual podría limitarse a 3.6 ° F (2 ° C) o menos”9.

La gravedad de la crisis ecológica es cada vez más patente y la única forma de hacerle frente es atacando con prontitud las causas estructurales que la generan: la voracidad e irracionalidad de la economía capitalista. En un artículo de nuestra corriente se planteó que la única posibilidad para revertir el calentamiento global y evitar la destrucción del planeta es con la planificación socialista e internacionalista de la economía mundial: “el desafío ecológico, de no destruir nuestro planeta (y con él a la humanidad), es una tarea que muy difícilmente puedan cumplir el capitalismo y sus gobiernos. Y por motivos profundos (…) Es que se trata primordialmente de una tarea internacional –no se resuelve país por país– y además con un objetivo que choca con la propiedad capitalista y la ganancia como ley suprema. Sólo desde el socialismo y el internacionalismo se podrá cumplir cabalmente”10.

La segunda alerta estructural es la crisis migratoria a nivel mundial. La migración es un fenómeno intrínseco a las sociedades humanas desde la antigüedad, pero con el capitalismo alcanzó un desarrollo nunca antes visto, particularmente en las últimas décadas bajo el estandarte de la “globalización” y la “libre circulación de mercancías”, cuyo resultado es la destrucción de las estructuras productivas de los países semi-coloniales o del tercer mundo en beneficio de las grandes potencias imperialistas, dejando sin posibilidades de empleo y condiciones de subsistencia mínimas a enormes contingentes de la población. Otro factor son las crisis políticas y guerras, sobre todo aquellas impulsadas por el imperialismo para garantizar sus intereses geopolíticos (como sucede en Siria y otros países de Medio Oriente).

Estas son dos de las causas fundamentales que dinamizan la migración de cientos de millones de personas. En la actualidad podemos identificar dos circuitos migratorios principales: 1) Centroamérica-México-EUA, que en los últimos meses se profundizó con las llamadas “caravanas migrantes” que reúne a miles de personas que viajan en grupo desde Centroamérica hacia los EUA, pasando por México donde tienen que sortear innumerables problemas de seguridad, 2) Europa-Medio Oriente-África, donde cientos de miles cruzan (otros miles mueren en el intento) el Mediterráneo huyendo de las guerras11.

Un cruce de caminos históricos y la tarea de la construcción de partidos revolucionarios

La situación mundial está marcada por dos temporalidades superpuestas, un cruce de caminos histórico que no hay claridad hacia dónde va. De un lado, tenemos un mundo que termina: un cierre de ciclo histórico donde está en cuestión la hegemonía imperialista, la democracia-burguesa, las perspectivas de la economía mundial, etc. Por otra parte, hay otro mundo que comienza pero que aún no cristaliza del todo: donde hay un recomienzo histórico que renueva la lucha de clases y sienta condiciones para el relanzamiento de la alternativa socialista en el siglo XXI. 

Es un mundo fluido, donde todo está en cuestión, que presagia momentos de mayor polarización política y una lucha de clases más fuerte. Esto nos fuerza a proseguir con la tarea de construir corrientes socialistas militantes que se preparen desde ahora para esto. A modo de conclusión, desde la corriente SoB sostenemos las siguientes tareas o criterios político-constructivos:

1. Tomar a fondo las tareas democráticas, medulares para impulsar la resistencia desde abajo en una coyuntura de giro a la derecha y ataques reaccionarios. En el terreno táctico esto pasa por impulsar la unidad de acción sin ningún sectarismo y la construcción de frentes únicos (algo más complejo).

2. Aprender a capturar las tendencias dinámicas y progresivas de la lucha de clases es fundamental para las corrientes revolucionarias, pues de lo contrario se incurre en un escepticismo histórico que lleva a la desmoralización, pintando un escenario donde sólo figuran los giros a la derecha y nunca las luchas de los de abajo. En la coyuntura actual esto significa tener sensibilidad hacia el movimiento de mujeres y la juventud, sectores que están al frente en el recomienzo histórico de las luchas.

3. Sostener una apuesta estratégica hacia la construcción en la nueva generación obrera. Como analizamos anteriormente, la clase obrera viene muy atrás políticamente (incluso votando a la derecha, como sucedió con Trump y Bolsonaro). Pero las nuevas generaciones trabajadoras también comienzan a librar luchas y construir una representación crítica de las condiciones de súper-explotación en que les correspondió vivir. En este marco, una tarea para la militancia socialista es solidarizarse con toda lucha obrera que surja.

4. Participar en las elecciones y buscar la legalidad nacional de nuestros grupos donde sea posible en la perspectiva de la lucha por la independencia política de los trabajadores. Las elecciones tienen una enorme potencialidad constructiva para las corrientes de izquierda, pues proyectan a las organizaciones revolucionarias hacia sectores más amplios de la sociedad.

5. Apostar a la revitalización del marxismo sobre la base de las lecciones estratégicas legadas por la experiencia del siglo pasado así como por los nuevos desafíos que nos plantea la lucha de clases en este siglo XXI.

6. Construirnos como partidos revolucionarios militantes así como pugnar por extender nuestra corriente internacional Socialismo o Barbarie en un momento que los núcleos de nuestra corriente expresan en todas partes una nueva generación militante, enorme entusiasmo constructivo (lo que contrasta con muchas otras corrientes que por la falta de balance, actualización teórico-estratégica y criterio militante, están yendo a graves crisis).


1 Roberto Sáenz, Giro a la derecha y bipolaridad social y política (Revista Socialismo o Barbarie n° 32/33, 2018), 31.

2 Roberto Sáenz, Giro a la derecha y bipolaridad social y política, 13. La negrita es nuestra.

3 “La izquierda resurge en el mundo de la mano del socialismo millennial” (Publicado originalmente en The Economist). En https://www.lanacion.com.ar/2222594-la-izquierda-resurge-en-el-mundo-de-la-mano-del-socialismo-millennial (Consultado el 25/02/19).

4Un hecho lamentable es la crisis del trotskismo norteamericano en este contexto, sintetizado en la disolución de la Internacional Socialist Organization (ISO), corriente histórica que entró en crisis en los últimos años y hace unos días resolvió disolverse. Un acontecimiento que, en todo caso, remite al efecto destructivo inercial de años de retroceso en la lucha de clases en los Estados Unidos y que plantea un reagrupamiento revolucionario para poner en pie y / o refundar una nueva organización socialista revolucionaria militante en dicho país (bajo las tácticas de transición que correspondan a las cuales no podemos dedicarnos aquí).

5 Alejandro Kurlat, Resistencia popular y recomposición política de la izquierda bajo el gobierno de Trump (Revista Socialismo o Barbarie n° 32/33, 2018), 165.

6 Citado en Roberto Ramírez, Una multipolaridad muy desigual (Revista Socialismo o Barbarie n° 30/31, 2016), 170.

7 Roberto Ramírez, Una multipolaridad muy desigual, 173-175.

8 Marcelo Yunes, Estado y perspectivas de la economía mundial (Revista Socialismo o Barbarie n° 32/33, 2018), 105.

9Claudio Testa, Otra tormenta golpea a Trump. En https://sobesp.wordpress.com/2017/11/18/otra-tormenta-golpea-a-trump/(Consultado el 02/04/2019).

10 Ídem.

11Claudio Testa, Crisis migratoria: miles y miles de refugiados sin amparo: el verdadero rostro de la unión europea. En Crisis migratoria: Miles y miles de refugiados sin amparo: el verdadero rostro de la Unión Europea (Consultado el 02/04/2019).