Jul - 20 - 2011

Por José Luis Rojo
Socialismo o Barbarie, periódico, abril 2010

Las implicaciones de renunciar a una moneda propia

Hace más de un año, en abril de 2010, cuando despuntaba la crisis griega, publicamos en Socialismo o Barbarie Nº 175, un artículo de José Luis Rojo, titulado: “Crisis de la economía mundial –  Grecia en bancarrota”. La siguiente es una parte de este texto, que explica los problemas insolubles de renunciar a una moneda propia.

El euro puesto en cuestión

Si se tratara de los problemas de Grecia “aisladamente” –una economía mediana que no llega a más de 300.000 millones de dólares de PBI anual– la cuestión no pasaría –obvio que dicho exageradamente– de una “anécdota”. Pero el problema es que la crisis del país helénico habla –y muy fuertemente– de los problemas europeos y mundiales.

El origen de la cuestión es que con el ingreso de Grecia al euro a comienzos de los años 2000, este país se quedó sin moneda propia. En un principio las cosas parecieron andar sobre ruedas: al estar en euros el país recibió jugoso financiamiento internacional, lo que generó un efecto de riqueza ficticia[1]. Cuando la crisis mundial hizo su eclosión, y para tratar de que no se corte el chorro de este financiamiento, el gobierno griego decidió “retocar” las estadísticas, dando cuenta de un déficit del Estado mucho menor que el real…

Llegado un punto, lo que pareció ser una extraordinaria “ventaja” –el estar parado sobre una moneda fuerte– se convirtió en lo contrario: frente a la crisis mundial, a la retracción de todos los mercados, y a la pérdida de competitividad económica por la devaluación de otras monedas, Grecia no puede devaluar su moneda ni tomar medidas de política económica soberanas que le permitan maniobrar.

Como dice Paúl Krugman respecto de España (pero enteramente aplicable a Grecia): “El gobierno español no puede hacer gran cosa para mejorar la situación. El problema económico central de la nación es que los costos y los precios se han desfasado respecto del resto de Europa. Si España aun tuviera su antigua moneda, la peseta, podría remediar rápidamente la situación mediante una devaluación, digamos, reduciendo el valor de la peseta un 20% respecto de otras monedas europeas. Pero España ya no tiene su propia moneda, lo que significa que solo puede recuperar competitividad por medio de un lento y desgastante proceso de deflación”[2]. Lo mismo pasa con Grecia: no puede devaluar su moneda para recuperar su competitividad y combatir la recesión lo que al generar mayores ingresos fiscales permitiría paliar los déficits.

Por esto mismo, el camino elegido y recomendado ha sido el opuesto: un ajuste brutal –incluso con reducción explícita del salario real– para “recuperar” la competitividad y el excedente de recaudación por una vía deflacionaria que –por las mismas razones de su mecánica contractiva– solo puede seguir alimentando una re–caída recesiva que incluso tira para abajo las expectativas de lo que explícitamente se busca: ¡aumentar la recaudación y los ingresos del Estado!

Moneda y potencialidad económica: ajuste, deflación y devaluación

Es obvio: está claro que una devaluación –que significaría inevitablemente salir del euro poniendo en pié una nueva moneda nacional– inmediatamente iría de la mano del default en el pago de la deuda externa porque esta se haría más impagable aun en euros configurando un golpe tremendo a los bancos de Alemania y Francia que son los primeros acreedores del país.

Sin embargo, mediante la declaración del default se restringiría –al menos en lo inmediato– la carga del endeudamiento (eso al dejar de pagar lisa y llanamente o generar quitas en la deuda soberana), al tiempo que con la implementación de una moneda más débil se podría recuperar competitividad, producción y empleo[3].

Lo que venimos señalando se conecta con un problema más de fondo cual es la aberración de que una economía “atrasada” como la griega esté “racionalizada” (o “medida”) por una moneda tan fuerte como el euro. Es que si el dinero no es más que el representante general de la riqueza (y de la “potencia” productiva de una determinada economía), si esta economía es menos productiva, el valor de su moneda debería ser mucho menor y viceversa: una economía altamente productiva se debe reflejar en una cotización de la moneda mucho más alta.

Esto último es lo que ocurría antes del euro con el marco alemán respecto de –vg.– Alemania. Precisamente: de alguna manera el euro, aproximativamente si se quiere, refleja la potencia económica del país germano (más allá que hoy el euro este en pleno derrape por la crisis griega).

Pero debería estar claro que una moneda tan fuerte no puede –a mediano y largo plazo– funcionar respecto de Grecia: una economía relativamente atrasada e improductiva no puede ser medida con una moneda que refleja un grado de productividad del trabajo y un desarrollo de las fuerzas productivas varias veces mayor so pena que su producción resulte invendible.

La conclusión de este problema es obvia: esa moneda es insostenible para Grecia, a menos que lleve a cabo –como lo está haciendo– un ajuste económico deflacionario brutal, que reduzca drásticamente el valor de la fuerza de trabajo y el resto de los costos en general no por la vía de un real aumento de la productividad económica sino por una mecánica depreciación de todos sus valores, en primer lugar el salario obrero.


[1] En medio de esa “burbuja” recordar que Grecia organizó los juegos olímpicos del 2004.

[2] La Nación, 16–02–10.

[3] La situación tiene obvios paralelos con la Argentina del 2001 cuando la salida de la convertibilidad 1 a 1 del peso con el dólar.

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