Por Guillermo Pessoa

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“Naturalmente, Lenin no predijo o dedujo la revolución rusa como resultado de su estudio de Hegel. Pero su reaprendizaje de la dialéctica lo hizo más atento a las posibilidades, más capaz de descubrir, de manera concreta y empírica, las formas de acción que podrían superar las contradicciones que enfrentaba” (J. Rees, The Algebra of Revolution).*

 

Paradójicamente a lo señalado en la cita del epígrafe, Lenin no predijo el estallido de la revolución rusa, sino incluso aseveró en una charla brindada a estudiantes suizos a comienzos del mismísimo año 17, que se moriría sin poder verla. Sin embargo, una vez comenzada ésta en febrero, pudo confirmar las líneas trazadas para su posible desarrollo, ajustando y revisando aspectos teóricos entrevistos y siempre con un apego “maniático” a lo empírico, a “los avatares de la vida”, como le gustaba decir. Para ello y como bien marca Rees, el haber estudiado la Gran Lógica de Hegel mientras despuntaba la Primera Guerra Mundial (junto a otros escritos aunque en forma menos sistemática del autor alemán) le permitieron agudizar su ya probada claridad política y situarse por delante del resto de los revolucionarios, incluso los de su propio partido.

Intentaremos a continuación observar de qué manera Lenin al replantearse la dialéctica y las formas del pensamiento (reflejo, pero no sólo copia, de lo real) profundiza su bagaje conceptual y encuentra allí herramientas mucho más dúctiles para adentrarse en el proceso revolucionario; lo que a la vez le permite ajustar cuentas con Hegel y su “idealismo objetivo”, superando también el materialismo vulgar en boga y hasta aspectos de su propio derrotero filosófico/gnoseológico.

 

  1. La dialéctica es la teoría del conocimiento (de Hegel y) del marxismo. Éste es el “aspecto” del asunto (no es un “aspecto”, sino la esencia del asunto) al que Plejanov, por no hablar de otros marxistas, no prestó atención (330)

 

Trotsky cuenta en su autobiografía que una de las cosas que admiraba del bolchevismo (y en ello Lenin tuvo mucho que ver) era la obsesión por las discusiones filosóficas que a un observador distraído, le podrían resultar totalmente ajenas a los problemas políticos. Mientras el joven Ulianov realizaba un trabajo pionero sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia, o cuando distinguía entre una simple huelga “corporativa” y una revolucionaria; también se sumergía en temas que sólo en apariencia eran más abstractos y atemporales. Prueba de esto es cuando al preguntarse a “qué herencia renunciamos”. Lenin reivindica los logros mayores de la filosofía de la Ilustración francesa y cómo ésta se introdujo en la tierra de los zares, mientras sigue los lineamientos del marxismo de su “padre filosófico” (que era el de todo el POSDR), George Plejanov.

Luego de la revolución de 1905, ese “ensayo general” como Lenin señalaba, largos períodos de clandestinidad se combinaban con otros (mucho más reducidos) de actividad legal. El estudio de la filosofía que siempre se hallaba presente en el núcleo revolucionario, se ve reforzado por el obligado aislamiento. Es en esa coyuntura cuando un grupo partidario (el de Bogdanov) reivindica a Mach y Avenarius (físico y filósofo respectivamente) y por esa vía, en forma un tanto indirecta, a Kant. Partiendo de un positivismo estrecho (el atenerse a lo dado, que es uno de los principios kantianos, junto al dualismo que expresa la aseveración en cuanto a la posibilidad de conocer sólo el mundo fenoménico pero no la “cosa en sí”, la que se halla más allá de la experiencia, algo que le criticará Hegel a Kant) Mach y Avenarius crean la doctrina llamada “empiriocriticismo” con la cual dicen demoler toda metafísica, pero cayendo a la vez en un idealismo subjetivo que bordea el solipsismo filosófico, ya que la “materia” también será considerada por estos pensadores, “metafísica pura”.1

En 1908 en un texto célebre (Materialismo y empiriocriticismo) Lenin crítica fuertemente estas posiciones, viéndose obligado la más de las veces en aras “de torcer la vara” para el lado correcto, a emitir juicios en los cuales falta cierta matización y que por momentos rozan la unilateralidad. Considerar a la materia como algo independiente del sujeto y a la teoría del conocimiento de éste como mero reflejo de aquélla, lo emparentan (aunque Lenin, “intuitivamente” siempre fue mucho más flexible y permeable a los matices) al materialismo vulgar y tosco que ya criticara Engels; y que en pensadores como Plejanov al no “prestar la suficiente atención” a Hegel, terminarían convirtiendo al marxismo así entendido como una filosofía rígida, sesgada y dogmáticamente estéril.

Pero la realidad tarde o temprano siempre da un mentís a las teorías sesgadas y fosilizadas. Cierto evolucionismo fatalista que hay en Kant y que por esa vía había llegado a la Socialdemocracia alemana y la II Internacional, como así también a sectores de la burguesía europea que creían en la Belle Époque (remedo caricaturesco de la “paz perpetua” kantiana), se vieron sorprendidos cuando en el 14 estalla la Primera Guerra Mundial. Si bien los socialistas “decían para la tribuna” que la guerra por los mercados siempre estaba latente bajo el capitalismo y que de presentarse había que condenarla in toto, cuando ésta estalla, la socialdemocracia alemana comete una de la más grandes de las claudicaciones defendiendo un nacionalismo pro imperialista. Sólo Rosa Luxemburgo (entre otros, muy pocos) advierte y denuncia esa postura.

Este enorme “laboratorio” político impacta en el cerebro de Lenin, que como dijo alguien una vez “pensaba y tenía el mundo en su cabeza”. La guerra, la bancarrota de la Internacional, el problema de las nacionalidades oprimidas (aquí disiente con Rosa) son aspectos y problemáticas que obligan a la elaboración teórica y la intervención práctica. Así como Marx (con las debidas diferencias del caso) cuando empezó a bosquejar El capital decidió “volver” a la Lógica hegeliana, Lenin, en la Suiza de la Europa bélica, emprende el mismo camino. En ambos, la categoría de totalidad, entendida no en forma organicista y muda, sino con automovimiento, les será de utilidad más que importante. Y en la gran obra de Hegel, Lenin encontrará señalamientos valiosísimos:

La de Hegel es una lógica cuyas formas son formas plenas de contenido vivo, real, inseparablemente unidas al contenido (…) La lógica no es la ciencia de las formas exteriores del pensamiento, sino de las leyes del desarrollo “de todas las cosas materiales, naturales y espirituales”, es decir, del desarrollo de todo el contenido concreto del mundo y de su cognición, o sea, la suma total,  la conclusión de la historia del conocimiento del mundo  (92-3) (…) Las formas lógicas son formas muertas pues no se las considera como una “unidad orgánica”, como “su concreta unidad viviente” (95).

El desarrollo del capitalismo, devenido imperialismo, plantea nuevas y agudas contradicciones. Aquello negativo: la conquista, el sojuzgamiento de pueblos enteros, paradójicamente alberga momentos positivos, la respuesta de esos mismos pueblos, la pérdida de la fe ingenua de las masas en un “porvenir venturoso y naturalmente dado” es sacudida por rupturas, tensiones y la más alta expresión de todo ello: la guerra mundial y la posibilidad de convertir ésta en guerra civil y revolución. Lenin leyendo la Gran Lógica, anota:

Lo negativo es en igual grado positivo” señala Hegel: la negación es algo definido, tiene un contenido definido, las contradicciones internas llevan al reemplazo del viejo contenido por otro nuevo, superior. En la vieja lógica no hay transición ni desarrollo (del concepto y del pensamiento), no hay “un nexo interior necesario” de todas las partes, ni “transición” de unas partes a otras. Y Hegel plantea dos exigencias fundamentales:

  1. “la necesidad del nexo”
  2. “el surgimiento inmanente de las distinciones”

¡¡Muy importante!! Esto es lo que significa a mi juicio: nexo necesario, el nexo objetivo de todos los aspectos, fuerzas, tendencias, etc de la esfera dada de fenómenos y “surgimiento inmanente de las distinciones”, la lógica objetiva interna de la evolución y de la lucha entre las diferencias, polaridad (…) Bella fórmula: ¡¡ “No sólo un universal abstracto, sino un universal que abarca en sí la riqueza de lo particular, de lo individual, de lo singular” (¡toda la riqueza de lo particular y lo singular!) Trés bien!  (97-9).

Para tomar la terminología de la dialéctica hegeliana, decir simplemente “imperialismo”, o “socialdemocracia alemana” o “crisis mundial”, sería expresar meros universales abstractos si no los “vestimos” de las determinaciones particulares que los conforman. Lo mismo decía Marx cuando señalaba que comenzar el estudio socio económico de un país por la “población”, es correcto y a la vez no lo es. Resulta apropiado en la medida que partimos de lo real, pero visto solamente así es una “representación caótica del todo”, debemos entonces enriquecerlo con las determinaciones de lo particular hasta retornar nuevamente a la “población”, pero ya ahora una población mucho más rica y concreta, en suma, convertida en un universal concreto. Esta es la “bella fórmula” que marca Lenin de manera entusiasta sobre su libro de lectura de Hegel. Esa totalidad (“estructura genética” como dirá otro lector de Hegel, Jean Piaget) está conformada por relaciones necesarias que al estar “preñadas” (término de Lenin) por contradicciones internas las cuales plantean la necesidad de distinguirlas, conducen a un desequilibrio y a la posibilidad de alumbrar una nueva totalidad. Por eso la dialéctica es “la teoría del conocimiento de Hegel y el marxismo”. El pensamiento burgués, aún el más moderno, puede utilizar la categoría de totalidad o estructura, pero pierde de vista lo anterior y cosifica a ésta. Lenin descubre que ya el filósofo alemán advertía esa limitación y lo señalará con fino sarcasmo. Veamos:

“La ternura habitual por las cosas, cuyo único cuidado es que no se contradigan entre sí, olvida aquí, como en otras partes, que esto no es una solución de la contradicción, la cual simplemente es colocada en otra parte. A saber, en la reflexión subjetiva o exterior; y que en realidad esta última contiene los dos momentos –que este alejamiento y desplazamiento enuncian como un puro ser puesto– en una unidad, como superados y relacionados entre sí”. ¡Esta ironía es exquisita¡ La “ternura” por la naturaleza y la historia (entre los filisteos), el esfuerzo por limpiarlas de contradicciones y de lucha (131).

Lenin quien ya conoce la doctrina positivista entiende de qué está hablando Hegel aquí. Cuando Comte hacía un uso holístico de la totalidad social, ese mérito en relación al atomismo metodológico liberal, tenía la gran limitación que ésta era aprehendida como cerrada y armónica. Cuando el pensador francés tenía que dar cuenta del movimiento que ésta poseía, al ignorar su carácter inmanente, no tenía más remedio que  atribuirlo a “determinados agentes externos” según sus palabras, que son los equivalentes a la “reflexión exterior” a la que refería la Gran Lógica, crítica que Lenin hace suya.

El estudio de Hegel por Lenin, como afirmaba nuestra cita del comienzo, le permite una recepción del mismo que lo torna mucho más atento para descubrir y dilucidar contradicciones y problemas nuevos que la realidad plantea. La riqueza de sus trabajos sobre la bancarrota de la II Internacional, la polémica con Rosa sobre el problema del derecho a la autodeterminación de Polonia, como los primeros esbozos sobre lo que luego será su escrito sobre imperialismo, etapa superior del capitalismo; son fruto de esa reapropiación filosófica. Otro sí decimos: el materialismo vulgar y tosco, “reificaba” la materia y no tomaba en cuenta la importancia de las formas que ella adquiere: esto será crucial tanto en las ciencias naturales como asimismo (y fundamentalmente) en las ciencias sociales. Para el marxismo esto es un razonamiento unilateral propio del entendimiento que “fija” las categorías y las inmoviliza, adjudicándole al sujeto, al hombre, una acción sólo contemplativa sobre lo material, sensorial. Marx desarrolló magníficamente esto de manera aún teórica en sus Tesis sobre Feuerbach y de modo más concreto en El capital cuando tuvo que dar cuenta de las cuatro formas que adquiría el valor de la mercancía a través del decurso histórico. Ya hay algo de esto en Hegel y Lenin lo advierte muy bien:

“Si se hace abstracción de todas las determinaciones y formas de algo, queda la materia indeterminada. La materia es un abstracto puro”. La materia no puede ser vista o sentida, etc., lo que se ve o se siente es una materia determinada, es decir, una unidad de la materia y la forma. La materia es lo pasivo, la forma es lo activo. “La materia debe ser formada, y la forma debe materializarse”. “Lo que aparece como actividad de la forma es igualmente el propio movimiento de la materia misma”  (140).

Ese materialismo “bien entendido” de la Lógica entusiasma a Lenin, lo que lo llevará a situarlo como un antecedente vital del materialismo histórico. Por ejemplo, Hegel ya había trabajado en su Filosofía Real (cursos tempranos que brindó en Jena) sobre la relación trabajo, hombre, herramientas. Parcialmente retoma esto diez años después y mueven al socialista ruso a citarlo con mayúsculas y de modo admirativo:

“en sus herramientas, el hombre posee poder sobre la naturaleza exterior, aunque en lo que respecta a sus fines esta frecuentemente sometido a ella”  Hegel y el materialismo histórico!  (180)

Retomando y finalizando este apartado, digamos que las “formas” que adquirirá el capitalismo como totalidad que escinde economía y política, los diversos regímenes que esta última conforma, como así también aspectos más “subjetivos” como son las organizaciones y la propia conciencia de las masas que también “mutan” sus formas de manifestarse, serán mucho mejor comprendidos por Lenin, cuando se halle pertrechado con este arsenal epistemológico dialéctico que con el pensamiento fosilizado de un realismo ingenuo, deudor además de un sujeto (epistemológico y/o histórico) reducido a la mera contemplación, como era el caso de la II Internacional.

 

  1. La universalidad y el carácter omnímodo de la interconexión del mundo, que la causalidad sólo expresa en forma unilateral, fragmentaria e incompleta (154)

 

Como bien señalaba John Rees, “el reaprendizaje de la dialéctica le permite a Lenin estar más atento a las formas de acción y a superar las contradicciones que se le presentan en el terreno político”, él lo ejemplifica citando la discusión que sostiene el revolucionario ruso con Bujarin y Trotski en 1921 en relación con la independencia de los sindicatos del estado obrero burocrático. Nosotros nos referiremos sucintamente a ese “laboratorio de dialéctica política” que fue 1917 para el partido bolchevique comandado por Lenin, donde aquello también queda reflejado.

Es conocida la afirmación de que en las Tesis de Abril, Lenin hace suya la teoría de la revolución permanente de Trotsky en cuanto a que las tareas del proletariado (a quien él siempre había ubicado en forma independiente de la burguesía) no se detendría en los aspectos burgueses de la misma (el problema de la tierra, la conformación de una verdadera unidad nacional no coercitiva, la necesidad de la industrialización, etc) sino que devendría socialista pues las tareas objetivas recién planteadas, por el elemento subjetivo que las lleva a cabo, adquirirían una dinámica propia que la transformarían en socialista, o en transición al socialismo para decirlo con un poco más de propiedad. Todo ello se contrapone al pensamiento lógico formal, como el que expresaba el menchevismo (revolución burguesa conducida por la burguesía, imposibilidad de la toma del poder por los trabajadores en un país atrasado, etc.). Precisamente lo que muestra ese razonamiento mecanicista es una “causalidad unilateral, fragmentaria e incompleta” rasgo que Hegel criticaba a sus antecesores filosóficos y que Lenin subraya. También le cautiva esta aseveración, y enfatiza:

¿No se quiere significar aquí que también la apariencia es objetiva, porque contiene uno de los aspectos del mundo objetivo? No solamente la esencia, sino también la apariencia es objetiva. Hay una diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo, pero también ella tiene sus límites  (98). El pensamiento de lo ideal que se convierte en lo real es profundo: muy importante para la historia. Pero también en la vida personal del hombre es evidente cuánta verdad hay en esto. Contra el materialismo vulgar. NB. La diferencia entre lo ideal y lo material es también no incondicional  (113).

Si trasladamos esa afirmación materialista (pero no vulgar) del terreno gnoseológico al campo de la política y de las relaciones de fuerza entre las clases (no olvidar que Lenin conocía también el pensamiento de Von Clausewitz que abrevaba asimismo en Hegel), veremos la importancia de aprehender los límites entre las condiciones objetivas (y su forma fenoménica aparencial) y la acción subjetiva a la cual la primera condiciona y limita. Si absolutizamos lo objetivo, caemos en un determinismo fatalista al estilo “la historia marcha con nosotros” u otras similares y si por el contrario, ponemos todo el peso en el segundo elemento, terminamos en un voluntarismo político inconducente, lo que no es otra cosa que mera idea utópica. Démosle otra vuelta de tuerca a lo anterior: Lenin observa que es un hallazgo “profundo y muy importante para la historia” comprender que “el pensamiento se convierte en algo real”. Algo que ya había entrevisto magistralmente Marx, ya diremos algo más sobre ello en el último apartado, cuando señalaba que la teoría crítica debía materializarse en las masas, que actuarán en un marco condicionado, etc.; pero que pueden convertir lo ideal en un hecho terrenal. Lenin ya lo intuía en el Qué hacer cuando señalaba que es fructífero soñar, siempre y cuando ese sueño tuviese un anclaje material, y sea en verdad, uno de los posibles que anida como tendencia en el mundo real.

La plasticidad enorme del líder revolucionario de 1917, es entonces un perfecto manual de dialéctica viva. De resultar (para el pensamiento rígido) casi un ultraizquierdista cuando a su retorno a Rusia propone enérgicamente la consigna “ninguna confianza al gobierno provisional recién surgido”, a la (para ese mismo pensamiento) política de “freno” ante las Jornadas de Julio y la magnífica lección revolucionaria de agosto ante el levantamiento de Kornilov (lo mismo, pero diferente a Kerensky) con el apoyo militar a la resistencia pero sin un gramo de apoyo político al régimen, son muestras cabales de lo que afirmamos. Esa capacidad enorme de estratega político que siempre tuvo Lenin, se fue puliendo por su oído atento a la acción de las masas y también en la comprensión de que la dialéctica es la expresión acabada del mundo humano y el de la naturaleza (de nuevo, con sus límites y distinciones).

No sabemos hasta qué punto y cuánto conocía Lenin de la Fenomenología del Espíritu (obra de Hegel anterior a la Lógica), pero sacándole la “maleza” mística/especulativa que ella trasunta, observamos que la intuición y la sensibilidad son también momentos del desarrollo del conocimiento del hombre. La racionalidad hegeliano marxista, no arroja al cesto de la basura a estos momentos  “del derrotero de la conciencia”, sino que los incorpora, superándolos. Como señalaba muy bien Gramsci (y nuestra corriente recordaba en un trabajo anterior), la política revolucionaria es científica pero también se nutre de cierta intuición propia del artista. Reconoce la racionalidad del mundo pero ésta no excluye el azar y lo contingente; para ello, el sujeto actuante debe estar atento y saber cómo reaccionar ante los imprevistos o las tendencias que parecían menos probables de la realidad, como de las acciones no queridas de determinados sujetos sociales que se tornan paradójicas.

Lenin comprende magníficamente cuál es el automovimiento de la totalidad (rusa primero, europea después y mundial por último; aunque en la dialéctica todo comienzo y fin son relativos) y en su práctica política como en los textos en los que da cuenta de ella, nos dejó una “lógica popularizada” como la que pretendía realizar Marx y no pudo llevar a cabo.2 El proyecto que visualizaba en 1915 mientras se abocaba a ese estudio incesante se cumplirá entonces dos años después:

Hay mucho misticismo y vacía pedantería en estas conclusiones de Hegel, pero la idea básica es genial: la idea de la conexión universal, multilateral, vital, de todo con todo, y el reflejo de esa conexión materialista – Hegel puesto cabeza abajo en forma materialista – en los conceptos humanos, que también deben ser tallados, trabajados, flexibles, móviles, relativos, mutuamente vinculados, unidos en opuestos a fin de abarcar el mundo. La continuación de la obra de Hegel y de Marx debe consistir en la elaboración dialéctica de la historia del pensamiento humano, de la ciencia y la técnica (141).

 

III. La práctica del hombre no sólo refleja el mundo, sino que lo crea. La unidad de la idea teórica y de la práctica (NB) esta unidad es precisamente la teoría del conocimiento, porque la suma resultante es “la idea absoluta”  (207)

 

Sabemos que Lenin no usaba las mayúsculas arbitrariamente. Cuando remarcaba algo es porque realmente había encontrado una expresión, un concepto, que consideraba relevante. En la cita que nos antecede, hay una superación de lo que el mismo sostenía en Materialismo y empiriocriticismo: la práctica del hombre (la praxis) “no sólo refleja el mundo, sino que lo crea”, esa unidad dialéctica entre teoría del conocimiento y acción práctica que en Hegel se presenta bajo su misticismo habitual (“la idea absoluta”), le permitirá a Lenin lograr un ajuste de cuentas con el materialismo anterior de Plejanov que tanta influencia había tenido en su formación y lograr un abordaje realmente superador del llamado “idealismo objetivo” de Hegel.

Observemos que poco antes de morir y en medio de tareas concretas y bien urgentes (fin de la guerra civil, hambrunas, lucha por sostener la alianza obrero campesina, etc.) Lenin insiste con la necesidad de crear un Club de amigos de la dialéctica materialista e invita a estudiar a Hegel. Para el mismo período, cuando redacta lo que luego se conoce como su Testamento político, mientras deja en claro que hay que hacer un lado a Stalin, analiza a sus dos más claros y posibles sucesores (Bujarin y Trotsky), el tema de la dialéctica reaparece y no en forma velada: al primero justamente le endilga poco conocimiento de aquélla y a Trotsky, mucho más capaz y formado que aquel, le advierte que por momentos “se ha mostrado demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”, que no es otra cosa que señalar un uso abusivo de la lógica formal en determinados procederes del creador del Ejército Rojo.

Para finalizar, creemos que no es forzada la interpretación siguiente: hay cierta sincronía entre la evolución filosófica de Marx y la de Lenin. Ambos, un poco obligados por sus oponentes, plantean un correcto materialismo ante idealismos contemplativos en boga que bordean el solipsismo (Feuerbach y Plejanov, con las debidas proporciones históricas, expresan esas influencias). Luego “la vuelta” a Hegel en el caso de Marx (su reivindicación del idealismo activo en las Tesis sobre Feuerbach) 3 y un abordaje mucho más serio y profundo del autor de la Lógica en Lenin, le permiten arribar al materialismo histórico, histórico en un doble sentido: el de ser inmanentista y producto de la acción conciente del hombre.

La preocupación por la cuestión de la dialéctica lleva a Lenin en ese año a redactar un artículo pequeño en donde la crítica a Plejanov es bien explícita y expresa una concepción filosófica epistemológica que creemos notable. Veamos:

La dialéctica como conocimiento vivo, multilateral, con una infinita cantidad de matices de cada enfoque y aproximación a la realidad (con un sistema filosófico que se convierte en un todo a partir de cada matiz), he aquí un contenido inmensamente rico en comparación con el materialismo “metafísico”, cuya desdicha fundamental es su incapacidad para aplicar la dialéctica a la teoría de la reflexión, a proceso y desarrollo del conocimiento. El idealismo filosófico es sólo una tontería desde el punto de vista del materialismo tosco, simple, metafísico. En cambio, desde el punto de vista del materialismo dialéctico, el idealismo filosófico es un desarrollo unilateral, exagerado (inflación, abultamiento) de uno de los rasgos, aspectos, facetas del conocimiento hasta convertirlo en un absoluto, divorciado de la materia, de la naturaleza, llevado a la apoteosis. El idealismo es oscurantismo clerical. Es cierto. Pero el idealismo filosófico es (“más correctamente” y “además”) un camino hacia el oscurantismo clerical a través de uno de los matices del conocimiento infinitamente complejo (dialéctico) del hombre   (332-3)

El matiz idealista restante es el que él encuentra en Hegel, al cual rescata y le permitirá afirmar lo que ya vimos: “la dialéctica es la teoría del conocimiento de Hegel y el marxismo”.4 La intención de este escrito fue visualizar esos vasos comunicantes que Lenin fue entreviendo y cómo lo colocaron en mejor posición para desentrañar la compleja realidad social en la que estaba inmerso y actuar en consecuencia. Ésta fue sólo una aproximación al tema, que autores como Rees y otros llevaron a cabo en forma más exhaustiva, pero que asimismo requerirá de nuevas actualizaciones e investigaciones a desarrollar.

 

* Las citas de Lenin del presente texto, pertenecen a Cuadernos filosóficos, Estudio, Buenos Aires, 1973, más precisamente “Resumen del libro de Hegel Ciencia de la Lógica” (pp. 83-225) y “Sobre el problema de la dialéctica” (pp. 327-33). Las comillas, subrayados y mayúsculas son del propio Lenin, y el número entre paréntesis corresponde a la página respectiva. Estos trabajos son de 1915; quiso el azar que este artículo vea la luz al cumplirse el centenario de los mismos.

 

  1. Para un principio de aproximación a la relación Kant/Hegel, ver G. Pessoa “Apuntes sobre Hegel y el marxismo”, SoB 20, diciembre 2006, y para la discusión filosófica de Lenin con Bogdánov y su grupo, remitirse al excelente capítulo de John Rees “Lenin y la filosofía”, SoB 21, noviembre 2007. Éste señala: “Tanto en física como en filosofía, parecía que la prueba de la existencia objetiva del mundo se había desvanecido: la única realidad cognoscible eran nuestros conceptos mentales sobre el mundo. La correspondencia entre pensamiento y realidad ya no era necesariamente posible, y mucho menos garantizada. De este modo, un avance científico [se refiere a la primera formulación de la teoría de la relatividad de Einstein. GP] que debería haber contribuido a limitar el creciente ambiente de irracionalismo entre la intelectualidad rusa se convirtió en un refuerzo adicional para el idealismo”.
  2. Nos parece que los análisis políticos del último Lenin (como ocurría en Marx) expresan esa comprensión dialéctica superando incluso los trabajos históricos de Hegel que aún siendo brillantes, en muchos casos adolecieron de cierta unilateralidad y con algunos rasgos sesgados, además de su carencia de aspectos prospectivos. Otro ejemplo es Milcíades Peña, quien formula una definición (si cabe ese vocablo) muy sugerente sobre qué es la dialéctica, cuando dice: “La dialéctica es un enfoque que trata de captar toda la realidad exactamente como es, y a la vez como debe ser, de acuerdo a lo que ella misma contiene en potencia. La dialéctica significa conocer las cosas concretamente, con todas sus características, y no como entes abstractos, vacíos, reducidos a una o dos características. Por eso la dialéctica significa ver las cosas en movimiento, es decir, como procesos; por eso la dialéctica descubre y estudia la contradicción que hay en el seno de toda unidad, y la unidad al que tiende toda contradicción”, y sin embargo no estuvo exento de caer en cierto sectarismo y unilateralidades al estudiar al peronismo, dentro de su gran acierto y posicionamiento general correcto ante dicho fenómeno.
  3. Como ya habíamos señalado, en la década del cincuenta Marx vuelve a la Gran Lógica y será ésta de vital importancia para redactar los Grundrisse primero y El capital después (incluso en la conformación “artística” de la obra que sigue idéntica estructura hegeliana). Lenin mientras abordaba el mismo texto en Suiza, llega a la célebre conclusión de que “para entender El capital, había que conocer la Lógica de Hegel, por ende, ningún marxista había podido comprenderlo cabalmente”.
  4. No ignoramos que luego de la muerte de Lenin, en la propia URSS (el grupo de Deborin por ejemplo) como fuera de ella también (Raya Dunayevskaya, entre otros) absolutizaron aspectos de la dialéctica de Hegel hasta vaciarlos de contenido, cayendo así en un idealismo de signo opuesto.