Por Roberto Sáenz, revista SoB 29, abril 2015

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Siglo XX y dialéctica histórica

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* Con la colaboración en el ordenamiento de los textos de Eric Simmoneti

“El escepticismo, aunque es muy natural, conduce, sin embargo, a una conclusión errónea, pues deja de lado la buena voluntad de la Historia, así como otras veces nos hemos inclinado a ignorar su mala voluntad, la cual se ha demostrado tan cruelmente ahora con el destino que le ha cabido a la internacional” (León Trotsky, La guerra y la Internacional).

Introducción

El texto que estamos presentando es una edición de una serie de artículos realizados el año pasado a propósito de la necesidad de volver a proponer la historia del siglo XX para la recuperación de la conciencia histórica de las nuevas generaciones. Ocurre que el pasaje de un siglo a otro marcó un quiebre respecto de la continuidad de la experiencia de los explotados y oprimidos, sometidos al discurso de que lo que existe es lo único posible y sólo queda adaptarse a las actuales condiciones de vida bajo el capitalismo.

Si esto es lo que ocurre entre los trabajadores en general, se puede decir que entre las nuevas generaciones militantes se vive una suerte de cretinismo histórico en el sentido que no se conoce, realmente, la historia del siglo XX. No se sabe que esa “era de los extremos”, sobre todo en su primera mitad, fue la época de las más grandes revoluciones (y contrarrevoluciones) en la historia de la humanidad, una experiencia de la cual se deben sacar conclusiones estratégicas. El propio marxismo revolucionario debe adecuar sus concepciones a la luz de esa experiencia, que mostró que el curso histórico no es mecánico ni lineal; que no hay nada automático que nos pueda conducir al socialismo.

Nuestra corriente internacional viene insistiendo desde su fundación en las dramáticas inercias causadas por el abordaje unilateral del marxismo en la segunda posguerra; más precisamente, hemos criticado la idea de que era posible la transición al socialismo sin que la clase obrera estuviera al frente del poder.

El siglo XX ha sido una desmentida radical de esto; es más, en condiciones de una época revolucionaria, cada derrota de la clase obrera dio lugar a inmensos fenómenos contrarrevolucionarios como el nazismo y el stalinismo. Las interpretaciones liberales a la moda, que clasifica bajo el término común de “totalitarismo” toda la experiencia del siglo pasado no son más que una ideología interesada que busca sacar del horizonte histórico toda perspectiva emancipatoria.

La renovación del pensamiento del marxismo revolucionario debe hacerse en este nuevo siglo sobre la base de una mirada estratégica de la experiencia del siglo XX, reubicando en el centro de su apuesta histórica una transformación social comandada por la clase obrera; tarea para la cual es más imprescindible que nunca la construcción de nuestros partidos revolucionarios.

Al servicio de esta tarea se plantea, entonces, el presente texto, con la pretensión de ser un aporte a la formación marxista de las nuevas generaciones militantes.

  1. La Primera Guerra Mundial como momento fundador de una época revolucionaria

El año pasado se cumplió un siglo desde el inicio de la Primera Guerra Mundial. El 28 de julio de 1914, con la declaración de guerra del imperio Austro-húngaro a Serbia, daba comienzo la primera gran conflagración de la era capitalista: “El primer acto de ‘guerra total’ en la era democrática y en la sociedad de masas fue la Gran Guerra, en la cual murieron 13 millones de personas. Fue el hecho fundador del siglo XX” (Traverso 2003: 77).

No es extraño, entonces, que muchos analistas se interroguen acerca de la situación del mundo en este aniversario. Más aún cuando el panorama internacional está cruzado por rebeliones y conflictos incluso militares crecientes. La “Revolución de los Paraguas” en Hong Kong fue uno de los acontecimientos más rutilantes del año pasado, pero se puede agregar el referéndum por la independencia en Escocia, la guerra civil en Ucrania, las luchas fratricidas y la intervención militar imperialista en Siria e Irak, así como otros conflictos que plantean entre signos de pregunta la estabilidad mundial.

El centésimo aniversario de la primera guerra opera, así, como catalizador de una inquietud creciente acerca de la estabilidad del mundo actual, hoy cuestionada cuando la inédita pax americana que se vivió en las últimas décadas se erosiona a ojos vista. Se vive una lenta desintegración del viejo orden mundial sin que se sepa qué vendrá a reemplazarlo.

1.1 De ayer a hoy

Con la I Guerra Mundial acontecía no solamente una guerra inédita por su carácter y magnitud: comenzaba una época de crisis, guerras y revoluciones con el capitalismo puesto en cuestión a lo largo de varias décadas. La guerra fue seguida por la revolución. Al arrancar de sus casas a la flor y nata de las jóvenes generaciones, al segar la vida de millones, al sumarlos al tumulto de la conflagración, a su destrucción, a sus traumatismos, al repudio por los poderes constituidos que los enviaron a tal carnicería, no podía más que introducir una enorme convulsión en todo el cuerpo social (ver al respecto La Gran Guerra 1914-1918, de Marc Ferro).

Al finalizar la guerra, el fuego de la revolución se expandía por toda Rusia, llevando al poder a la clase obrera y alcanzando vastas porciones de Europa (en primer lugar, Alemania), Asia y otros rincones del planeta, en lo que nos detendremos más adelante.

Luego de una primera oleada revolucionaria, el capitalismo pareció estabilizarse. Pero la ilusión duraría poco. A finales de 1929 comenzaba la crisis económica más dramática del sistema: la Gran Depresión. Fueron más de diez años de crisis continua (con sus alzas y bajas coyunturales), de la cual no se pudo salir por el expediente del mero mecanismo económico: hizo falta una segunda guerra, con 50 millones de muertos, la producción en masa para la industria militar y la destrucción del capital acumulado para que el capitalismo levantara nuevamente cabeza.

A la salida de esta nueva conflagración mundial, EE.UU. lograba resolver el problema de la hegemonía imperialista que no se había solucionado con la primera. El estancamiento de las trincheras en el frente occidental reflejó que la relación de fuerzas entre potencias industrializadas era demasiado pareja; la ex URSS aparecía como el país heroico de la resistencia contra el nazismo (y como la alternativa al capitalismo). Sin embargo, el dramático costo de 26 millones de muertos que sufrió (hubieran sido muchos menos de no mediar la gestión burocrática del stalinismo; ver al respecto nuestro trabajo “Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo”) dejaron al país históricamente hipotecado: nunca logró recuperarse del todo de la guerra. Un criterio que se establece, sencillamente, viendo la evolución poblacional del país afectada ya en los años 30 por la hambruna en Ucrania y las purgas stalinistas.

El mundo pareció estar dominado por un orden bipolar. En el fondo, la potencia hegemónica era sólo una: EE.UU. Los acuerdos firmados en Yalta y Potsdam entre los Aliados (EE.UU., la ex URSS e Inglaterra) son observados hoy con envidia por más de una cancillería imperialista debido a la estabilidad (relativa) que le otorgaron a los asuntos internacionales. Lo anterior no quita que las décadas posteriores a la segunda guerra no hayan estado marcadas por agudos conflictos entre ambos bloques, como el puente aéreo sobre Berlín (1949), la construcción del Muro de Berlín (1961), la crisis de los misiles en Cuba (1962), por marcar sólo algunas de las más agudas.

Bajo el corsé de estos acuerdos la revolución se desplazó a la periferia del sistema, ocurriendo la más grande en China (1949), que llevó la expropiación del capitalismo a un tercio del globo. Pero el capitalismo quedó estabilizado en el centro del mundo, dando lugar así a tres décadas de inédito crecimiento económico: los “Treinta Gloriosos”. En esta estabilización, el stalinismo cumplió un rol de primer orden, entregando las situaciones revolucionarias que se desencadenaron sobre el final de la guerra en Grecia (donde el Partido Comunista controlaba el 90% del país y cedió el poder a la burguesía por imposición de Stalin), Italia y Francia.

Esta situación económicamente pletórica se agotaría andando las décadas. Con la llegada de los años 70 se viviría una nueva crisis económica mundial, la segunda más grave del siglo pasado. Tuvo lugar acompañada de un ascenso de las luchas obreras y estudiantiles representadas por el Mayo francés: una oleada que barrió Europa occidental, Latinoamérica y el sudeste asiático, sin olvidar los levantamientos antiburocráticos en Berlín (1953), Hungría (1956), Checoslovaquia (1968), Polonia (1980) y más allá.

La crisis y esta oleada de luchas caracterizaron los años 70 hasta que a finales de esa década comenzó a enseñorearse el neoliberalismo. Esto ocurrió a partir de dramáticas derrotas de los trabajadores en Inglaterra bajo la Thatcher, en EE.UU. bajo Reagan, y en el Cono Sur latinoamericano bajo las dictaduras militares, entre otros procesos.

La culminación de esta contraofensiva de reafirmación capitalista fue la caída del Muro de Berlín. El sistema lograba recuperar la explotación directa en el tercio del globo donde había sido expropiado; también reforzar las relaciones de dependencia y semicolonización en el mundo emergente, al tiempo que imponía un deterioro duradero en las condiciones de explotación de los trabajadores. Se acababa el pleno empleo y la precarización laboral pasaba a ser la condición común de existencia de las nuevas generaciones.

Con el neoliberalismo y la caída de la ex URSS vino la afirmación del “mundo unipolar”: el dominio no cuestionado de los Estados Unidos en los años 90. También la extensión urbi et orbi de la democracia burguesa –con sus elementos contradictorios como el carácter de conquistas populares de las libertades democráticas- como instancia universal de mediación política.

En el terreno de las relaciones entre los estados se abría un período marcado por una estabilización reaccionaria de las relaciones entre las clases, la hegemonía global de los EE.UU., así como una ola de legitimación del capitalismo a partir de la “muerte” de su oponente “socialista”. El corolario intelectual de este período era la idea de un filósofo del Departamento de Estado yanqui, Francis Fukuyama, de que “la historia había terminado” y, con ella, el socialismo, la clase obrera, toda perspectiva emancipatoria.

Pero el sueño de un “capitalismo eterno” duró poco. Andando década y media del nuevo siglo, el sistema aparece minado en varios puntos y se abre una sensación general de incertidumbre acerca del futuro: la crisis económica mundial, la crisis del “orden geopolítico” y la continuidad de un ciclo de rebeliones populares que, con sus alzas y bajas, muestra el retorno de las grandes masas a la liza política, son algunos de los factores que minan esa estabilidad, amén de los conflictos abiertamente militares en puntos sensibles del globo, como el caso de Ucrania.

1.2 La estabilidad amenazada

Arranquemos por la economía. Mucho se ha escrito a propósito de cómo definir el evento que vive la economía mundial. Se trata de una crisis persistente que amenaza convertirse en un período de bajo crecimiento: un estancamiento secular.

Paúl Krugman había definido la crisis como una “Gran Recesión”. Pero vista su larga duración, sumado a que expresa un bajón tenaz en la dinámica del crecimiento económico mundial, quizá la mejor manera de caracterizarla sea como una “Pequeña Depresión” para diferenciarla de la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado, más grave que la actual.

Es verdad que como contrapeso ha estado el extraordinario crecimiento de China (y el “mundo emergente”). Pero aquí hay un matiz, ya que China viene reduciendo sus índices de crecimiento del increíble 12% anual de años atrás al más modesto 7% actual. Esto presiona a la baja en los precios de las materias primas, deprimiendo la tendencia del crecimiento de los países emergentes en la última década y acabando con el ciclo de precios altos de commodities.

La crisis económica del capitalismo no solamente ha mellado su dinamismo; también plantea un gran signo de interrogación acerca de su legitimidad como generador de expectativas de progreso. Por la sencilla razón de que la joven generación ve sus perspectivas de vida peores que las de sus padres y abuelos.

Sin embargo, las novedades más rutilantes se vienen ubicando últimamente en el campo geopolítico. Se vive un declive relativo de la hegemonía norteamericana. Este debilitamiento tiene sus raíces en el terreno económico (Estados Unidos ya no representa el 50% del producto mundial como lo hacía a la salida de la segunda guerra, sino algo en torno al 20%) y se eleva al plano geopolítico. El sheriff del mundo no tiene capacidad para resolver por sí solo los problemas del mundo. La situación del globo semeja así la de un hormiguero que alguien ha pateado con las hormigas saliendo disparadas sin que nadie les ponga orden ni concierto.

El desafío hegemónico que en los hechos plantea China es el principal asunto geopolítico mundial, aunque la agenda geopolítica se haya enriquecido y llenado de otros actores en los últimos años: desde Rusia, que bajo Putin le puso un freno al proceso de semicolonización que se anunciaba en los años 90, pasando por países con arsenales atómicos como Pakistán e India, o mismo Alemania que es la patrona en la UE y varias otras potencias emergentes regionales.

Esto plantea una serie de problemas de definición. Hay sectores de la izquierda que creen ver en el ascenso de China el de una “potencia benigna” que vendría a “emancipar a los pueblos” (postura defendida por el geógrafo marxista Giovanni Arrighi en su Adam Smith en Pekín). Nada más alejado de la realidad. China, una sociedad devenida en capitalista de Estado por un curso completamente paradójico que no podemos explicar aquí, tiende a moverse en la arena internacional como una suerte de “imperialismo en construcción”.1 Si hace alguna concesión es en aras de ese desarrollo: sus patrones de relacionamiento, la matriz de sus inversiones e intercambio en el terreno del comercio internacional son similares a los del resto de los imperialismos.

Es verdad que China no logra aún autonomía en materia de investigación y desarrollo, y hay que ver si puede convertirse en un imperialismo “tradicional” o no. Esto dependerá de muchas circunstancias, en primer lugar, del mantenimiento de su relativamente frágil estabilidad social interna; ver la rebelión juvenil masiva que se vivió el año pasado en Hong Kong a propósito del derecho al voto universal, libre y soberano en la isla.

Pero más allá de esto, es evidente que el orden geopolítico internacional está mutando y que en la experiencia del capitalismo estas mutaciones nunca fueron pacíficas. Esta situación es la que repropone el fantasma de las guerras y conflagraciones. No se debe apreciar esto de una manera mecánica; nadie espera una gran guerra en el futuro próximo. Pero si es verdad que se están viviendo varios conflictos militares localizados que marcan esta coyuntura: Ucrania, Siria, Irak, Libia, etcétera, arman un rompecabezas donde se entrecruzan reivindicaciones y demandas desde abajo con los intereses de las distintas potencias que meten presión desde arriba.

De ahí que en muchos casos no sea fácil orientarse desde un punto de vista de clase, y que sea un esfuerzo de apreciación saber de qué lado de la barricada combatir, ante la difuminación de los contornos sociales que se vive en muchos de estos conflictos. No es el caso de Palestina, evidentemente, pero sí de Ucrania, un verdadero laberinto que desafía a la izquierda revolucionaria a no perder su independencia política. Por no hablar de casos como Siria e Irak, marcados por elementos de enfrentamientos fratricidas, de barbarie y el abierto intervencionismo imperialista, todo lo cual hace muy difícil la pelea por una alternativa desde los trabajadores.

1.3 Memoria e historia

Existen, sin embargo, procesos marcados por la irrupción desde abajo donde las cosas se presentan más claramente. Hablamos de las rebeliones populares que vienen caracterizando el mundo desde la Plaza Tahrir en Egipto hasta Puerta del Sol en Madrid, pasando por la Plaza Taksim en Estambul y las jornadas de rebeldía en Brasil a mediados del 2013.

Esta rebeldía plantea elementos de importancia. El primero y más general es que repropone la acción colectiva de las grandes masas, como una suerte de espectro de la revolución social supuestamente sacado de la agenda histórica a finales del siglo pasado. No podía ser así: mientras persista el acicate de la explotación y la opresión, las nuevas generaciones se pondrán nuevamente de pie. Además, al calor de este ciclo de rebeliones populares lo que hay es un recomienzo de la experiencia histórica de lucha de amplias capas de las masas oprimidas; experiencia de un valor sin igual que plantea su maduración hacia instancias de mayor radicalidad.

Son marcados los límites de este nuevo ciclo: de ahí que lo caractericemos como de rebeliones y no de revoluciones. Está marcado por un carácter popular general, donde no es todavía la clase trabajadora la que le da su impronta a los asuntos. Al mismo tiempo, tampoco se avanza en la constitución de organismos independientes ni, menos que menos, grandes partidos revolucionarios (aunque hay progresos a nivel de organizaciones de vanguardia en países como la Argentina o Grecia). Faltan todavía varios pasos hacia una radicalización de las nuevas generaciones.

Aquí se cruzan, entonces, algunos conceptos que venimos trabajando como los de “conciencia histórica” y “conciencia política”, sobre los que volveremos abajo. Todos los observadores atentos marcan cómo la conciencia de las nuevas generaciones se encuentra escindida respecto de las anteriores. Los acontecimientos del siglo XX han quedado atrás, y, de manera general, las nuevas generaciones no se sienten conectadas con ellos. Esta falta de perspectivas en relación al pasado se traduce en una visión del futuro –o, más bien, una falta de visión– donde se vive en una suerte de “eterno presente”: una crisis de toda otra alternativa: “Testigos exhibidos en tiempos anteriores como ejemplo de héroes, como los resistentes que tomaron las armas para combatir contra el fascismo, perdieron su aura o simplemente cayeron en el olvido devorados por el ‘fin del comunismo’ que, eclipsado de la historia con sus mitos, arrastró consigo en su caída las utopías y las esperanzas que había encarnado” (E. Traverso: El pasado, instrucciones de uso).

Un problema adicional es que esta falta de conciencia histórica –concepto sugerido por Amos Funkenstein– tiene graves consecuencias a la hora de la conciencia política. Es que si se cree que el mundo “descremado” actual es el único posible, cuando esto se traduce a la conciencia política es difícil escapar del posibilismo, que es actualmente la condición común de la conciencia entre amplios sectores y donde se apoya el oportunismo de izquierda.

No se trata, solamente, de la carga material de la conciencia reivindicativa, de la dificultad de elevarse al terreno político, de lo que constriñe la necesidad a la hora de una conciencia más general que se eleve a los asuntos universales (problema magistralmente estudiado por Lenin). También está el problema de que esa conciencia (que vuela a ras del suelo de las necesidades inmediatas) no podrá despegar si al elevar la mirada no aparece la dimensión de la temporalidad, del futuro, de una alternativa, de que las cosas podrían ser diferentes a lo que son hoy. Toda conciencia política tiene elementos de cierto renunciamiento a las adquisiciones del presente en favor de las perspectivas futuras. Pero ese “renunciamiento” será materialmente imposible sin visualizar, aun difusamente, la posibilidad de que las cosas cambien.

Cabe la pregunta, finalmente, de cómo definir la situación del mundo hoy. En general, es mucho más sencillo hacerlo cuando ocurre un acontecimiento que por su universalidad atañe al conjunto del globo: una gran guerra, una crisis económica mundial, una oleada revolucionaria internacional y otros hechos por el estilo. De ahí que Lenin pudiera definir la situación como revolucionaria cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial, por el cataclismo universal que supuso para las clases sociales del orbe europeo y más allá.

Hoy no existe un acontecimiento tan radical, único, que pueda dar lugar a una definición así. La crisis económica mundial que sigue barriendo el mundo es, hasta cierto punto, un hecho de estas características y ha logrado impactar sobre amplios sectores, pero no ha alcanzado la magnitud de una gran guerra, tampoco llegado a los niveles de la gran depresión de los años 30.

De todos modos, a sabiendas de que es una exageración, quizá la definición más correcta hoy es que se vive una lenta pero persistente desintegración del orden mundial; parece estar debilitándose el orden mundial característico de las últimas décadas para alumbrar un período de mayor inestabilidad y polarización en las relaciones entre estados y clases.

La estabilidad capitalista de las últimas décadas aparece minada. Y, junto con esto, una nueva generación está haciendo sus primeras armas, condición material irreemplazable para que una oleada de radicalización mundial de los explotados y oprimidos barra el mundo en cuanto los acontecimientos se extremen.

  1. Bajo el hierro de una era de los extremos

La guerra es el método por el cual el capitalismo, en la cumbre de su desarrollo, busca la solución de sus insalvables contradicciones. A este método, el proletariado debe oponerle su propio método: el de la revolución social” (León Trotsky, La guerra y la Internacional).

Un siglo ha transcurrido desde el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, una carnicería industrializada sin antecedentes cuya característica principal fue el enfrentamiento entre potencias imperialistas por el reparto del mundo. No nos interesa aquí hacer un repaso historicista, sino proponer algunos núcleos de debate significativos para este presente a comienzos del siglo XXI donde se vive, como hemos señalado, una lenta pero persistente desintegración del orden mundial consagrado a finales de la Segunda Guerra Mundial y reafirmado detrás de la hegemonía indiscutida de los EE.UU. en los años 90.

2.1 Los peligros que entraña la ascensión de China

Lo primero a resaltar acerca de la Primera Guerra Mundial es cómo su desencadenamiento inauguró una época de crisis, guerras y revoluciones. Sobre la relación entre guerra y revolución nos dedicaremos más adelante; lo que nos interesa aquí es la conexión entre crisis hegemónica y grandes conflagraciones. La razón de nuestro interés es evidente: se vive una situación que tiene algunas analogías respecto del escenario de crisis hegemónica característico de cien años atrás. El lento declive de los EE.UU. se está combinando con la ascensión de China a primera economía mundial, a la par de un desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial hacia el área del Pacífico.

Adelantémonos a señalar que en China tanto el nivel de productividad de su economía como el ingreso per cápita, está enormemente por detrás no solamente de los EE.UU., sino de la totalidad de las economías del centro imperialista. Además, la medición que indica el paso a primera potencia económica (según el PBI medido por capacidad de consumo) es un índice que podría modificarse todavía. En términos de potencia económica real, China permanece detrás de Estados Unidos y subordinado a él en muchos aspectos (el caso de las inversiones en investigación y desarrollo, entre otros).

Sin embargo, esto no puede ocultar una radical novedad: habiéndose transformado (a la salida de la Segunda Guerra Mundial) Inglaterra y Francia en potencias de segundo orden; estando Alemania cruzada todavía por el síndrome de su papel en las dos guerras mundiales, lo mismo que Japón respecto de la segunda; habiendo sido la ex URSS puesta de rodillas a partir de su estallido en 1991 y convertida Rusia de una potencia industrial de segundo orden (basada en los recursos naturales y la industria armamentística), todas las miradas se focalizan hoy en la ascensión de China.

Se trata de una ascensión que parece hoy imparable, pero cuya dinámica está en debate debido a los desequilibrios dramáticos que entraña su crecimiento: “China no es un ‘país emergente’, sino una potencia emergida. No es un ‘subimperialismo’ que vela por el orden en su región, sino un imperialismo ‘en proceso de construcción’. La nueva burguesía china quiere jugar en la cancha de los más grandes. El éxito de su proyecto todavía no está asegurado, ni mucho menos, pero esa ambición es la que dicta su política internacional y regional, económica y militar” (Pierre Rousset, “China: un imperialismo en construcción”, www.europe-solidarie.org).

El caso chino se destaca por la paradoja de su evolución. Cuna de una gran civilización histórica que se mantuvo al margen del curso central de los acontecimientos en el “mundo occidental”, sometida de manera creciente a partir de su derrota en la Guerra del Opio por parte de Inglaterra (mediados del siglo XIX), independizada formalmente con la revolución burguesa de 1911, su unidad e independencia nacional vino a ser rescatada por la revolución anticapitalista de 1949.

Fueron esas dos conquistas obtenidas por la vía anticapitalista las que vinieron a crear las condiciones para su despegue capitalista: una verdadera revolución industrial y la extensión universal de la producción de mercancías que se vivió a partir del giro instrumentado por Deng Xiao Ping a finales de los años 70. La inmensa reserva de mano de obra campesina de ese multitudinario país es lo que posibilitó una revolución industrial tardía que aunada al bajo costo de la mano de obra fabril, llevó a la transformación del gigante asiático en el “taller del mundo” en las últimas décadas.

El dinamismo de su crecimiento en la última década –multiplicando con mucho el de los países imperialistas tradicionales: del 8 al 12% vs. 1 al 2%– amén de un comportamiento más “asertivo” en los asuntos en su propia región, es lo que plantea el debate acerca de las posibilidades de una evolución “pacífica” de su ascensión: “En Asia oriental, China ha emprendido un pulso con Japón (…) y con ello desafía a EE.UU.: puesto que ya es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y posee oficialmente el arma nuclear, reclama el pleno reconocimiento como potencia. (…) Esta resuelta política regional cuenta asimismo con una vertiente militar y territorial muy agresiva, que subraya hasta qué punto la pax sinica se caracteriza por una gran desigualdad. Para nutrir un nacionalismo de gran potencia capaz de llenar el vacío ideológico que dejó la crisis del maoísmo, para dar legitimidad al régimen, para apropiarse de las riquezas marítimas y también para asegurarse el acceso de su flota al océano Pacífico y a los estrechos del sudeste asiático, Pekín ha declarado suya casi la totalidad del Mar de China, nombre que evidentemente rechazan los demás países ribereños (…). Ninguna potencia quiere iniciar actualmente una guerra abierta en Asia oriental, pero de provocación en provocación no cabe descartar posibles resbalones” (ídem).

Es aquí donde se deben introducir las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial, que inauguró una lucha de 30 años por la hegemonía mundial imperialista que sólo se iba a resolver (y aun así de modo parcial hasta la caída de la ex URSS) con la derrota de Alemania y Japón a la salida de la segunda guerra, y la ascensión definitiva de EE.UU. al lugar de primera potencia mundial.

El problema es que no hay reglamento ni derecho internacional que regule la ascensión de unas potencias y la caída de otras. Aquí vale la intuición de Carl Schmitt (agudo politólogo vinculado al nazismo), cuando señalaba que tanto en el terreno nacional como el internacional, el hecho antecede el derecho; es decir, las relaciones políticas y de hegemonía remiten a relaciones de fuerza entre estados y clases. Que se resolvieran pacíficamente o no dependía, en definitiva, de lo equilibradas o no que estén, de si hay margen para algún acomodamiento o no. Traverso subraya este análisis de Schmitt en referencia a la crisis del derecho público europeo “nacido con la Reforma y muerto en los espasmos de las guerras totales de nuestra época”.

No otra cosa decía Trotsky en La guerra y la Internacional (1915), al señalar que “el poder es el padre del derecho” y recordaba que Bethmann-Hollweb (canciller alemán de esa época) había declarado que “la necesidad no reconoce leyes”, al justificar el desencadenamiento de la guerra.

2.2 El imperio universal de la democracia burguesa comienza a agrietarse

La crisis hegemónica que se está viviendo remite a las enseñanzas de la primera guerra: ¿cómo hacer para dar lugar a las ambiciones de las potencias emergentes en un mundo siempre “limitado”? Si no queremos consagrar la vulgaridad de que toda lucha hegemónica debería conducir a una conflagración, sí es real que cuando el problema de la hegemonía se plantea sobre la mesa, el enfrentamiento no puede ser excluido como posibilidad. No otra cosa es lo que afirmaba Rosa Luxemburgo: “Los amigos burgueses de la paz creen que la paz mundial y el desarme pueden realizarse en el marco del orden social imperante, mientras que nosotros, que nos basamos en la concepción materialista de la historia y en el socialismo científico, estamos convencidos de que el militarismo desaparecerá del mundo únicamente con la destrucción del Estado de clase capitalista” (Utopías pacifistas).

La señal de alerta que está dando el mundo de hoy es que lentamente madura un potencial conflicto hegemónico alrededor de la relación entre EE.UU. y China. Esto ocurre, por ahora, de manera sutil, mediada y con una perspectiva de largo plazo que depende de varias variables; no es un curso ineluctable de las cosas. En primer lugar, de la situación interna de ambos países, siendo en el caso de China cualitativamente más débil que la de EE.UU., sin duda alguna; un factor cuya solidez es determinante para cualquier conflagración.

Es cierto que varios conflictos hegemónicos del siglo pasado se resolvieron sin guerras. Por ejemplo, el de EE.UU. y la ex URSS en la segunda posguerra, que se solucionó “naturalmente” a partir del derrumbe de la segunda; o la relación de “asociación privilegiada” que estableció Inglaterra con EE.UU., proceso iniciado a partir de fines del siglo XIX o comienzos del XX. Incluso el caso francés tuvo un condimento de aceptación de su status subordinado después de la derrota, poco honorable, frente a la Alemania nazi en 1940.

Pero el caso de China es muy distinto: lo que presiona es un ascenso económico, y de ahí que en la actualidad se vea como el escenario de mayores conflictos potenciales en términos de hegemonía.

Esto nos lleva al punto que queremos desarrollar: ¿cómo un conflicto hegemónico puede dar lugar a un trastorno de todo orden que conduzcan a grandes guerras, las que a su vez, por la conmoción que significan, pueden abrir la dinámica hacia la revolución?

Adelantémonos a señalar que éste no es, todavía, el rasgo dominante del mundo hoy. La coyuntura internacional está dominada por elementos de polarización y múltiples “pequeñas guerras”. Pero se trata de conflictos más o menos localizados en los que, de todas maneras, en el caso a priori más grave como el de Ucrania, ninguno de sus actores principales (EE.UU., UE y Rusia) quiere realmente escalar.

El mundo de hoy no es uno en cuya base estén planteadas crisis económicas catastróficas, una crisis hegemónica que se precipite en lo inmediato ni, mucho menos, guerras mundiales y revoluciones abiertas. Es, más bien, un mundo en el que la lenta disolución del orden mundial tiene lugar bajo las formas políticas consagradas de la democracia capitalista y la diplomacia internacional, en medio de un ciclo de rebeliones populares que expresa un recomienzo histórico en la experiencia de los explotados y oprimidos.

Esta evolución de los asuntos menos catastrófica, todavía, que cien años atrás es el fundamento para que los desarrollos no se extremen. Más allá de la economía vienen los desarrollos en materia de las relaciones entre estados y la lucha de las clases. En ambos planos se observa aún un lento desarrollo.

La hegemonía de los EE.UU. se debilita a ojos vista (los problemas del gobierno de Obama son un reflejo de esto). Hay algo que caracteriza a todos los gobiernos imperialistas, por nombrar un solo elemento: se pone en marcha una determinada intervención militar pero no se admite costo humano; es el posmodernismo caracterizando a las fuerzas armadas imperialistas. Un ejemplo de esto en un país sometido a una suerte de “guerra civil de bolsillo” es cómo el ejército de Kiev, Ucrania, desplegado en el este del país para doblegar a los rebeldes secesionistas, se disuelve al tomar contacto con su oponente. No es el caso, evidentemente, de Medio Oriente, donde los enfrentamientos son en serio y con miles de muertos. Pero marca, sin embargo, un signo de época que todavía es actual: la sangre no termina de llegar al río, mundialmente hablando.

Es verdad que los problemas de legitimación de la intervención militar han sido complejos en el país del norte. No por casualidad EE.UU. intervino con retraso en ambas guerras mundiales; hay que lograr convencer a la población de que se está ante un peligro inminente para “la seguridad colectiva de la nación” para que estén dispuestos a entregar la cuota de sangre que toda gran guerra significa. De ahí que tampoco se deba hacer una evaluación epidérmica del poder militar de Estados Unidos, de lejos la principal potencia militar.

Del terreno militar podemos pasar al político: las relaciones entre las clases aparecen mediadas y no se vive un momento de polarización de clases sino, más bien, de recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos.

Esta definición es de enorme importancia estratégica para la caracterización del actual período histórico y las tareas planteadas. Corrientes como la mayoría de la IV mandelista militan en un pesimismo histórico que no les permite ver la inflexión que está ocurriendo entre el momento de mayor retroceso de los años 90 y el curso actual de los asuntos. A la vez, la idea de recomienzo da cuenta y explica que el grado de radicalización política sea por ahora menor al que caracterizó al siglo pasado.

2.3 Cuando la clase obrera vestía uniforme

 

Todo el mundo está harto de esta porquería gloriosa” (carta de Karl Liebknecht a su compañera desde el Frente Oriental)

A comienzos del siglo pasado las condiciones maduraban para la época revolucionaria que la Primera Guerra Mundial vendría a abrir. Entre 1890 y 1910 se había vivido un gran florecimiento económico. Pero la desigualdad social y el carácter no resuelto de las relaciones entre los estados imperialistas, llevaron su competencia al paroxismo.

Aquí cabe una reflexión antes de proseguir. En cada momento histórico de la evolución del capitalismo, la frontera entre las fuerzas productivas mundializadas y el carácter nacional de los estados se ha corrido pero nunca solucionado. La actual mundialización de las fuerzas productivas y la división del trabajo internacionalizada que conlleva no tienen parangón con cien años atrás. Y, sin embargo, la camisa de fuerzas de los estados nacionales pervive y eso es lo que plantea, a mediano plazo, la posibilidad de renovadas conflagraciones. Lo que señalara Trotsky hace un siglo: “La tendencia natural de nuestro sistema económico busca romper los límites del Estado. El globo entero, la tierra y el mar, la superficie y también la plataforma submarina, se han convertido en un gran taller económico, cuyas diversas partes están reunidas inseparablemente entre sí (…). La presente guerra, es en el fondo, una sublevación de las fuerza productivas contra la forma política de la nación y el Estado” (La guerra y la Internacional).

Cien años atrás, la lucha entre potencias por el aprovisionamiento de las materias primas y el lugar de exportación de productos manufacturados era mucho más rústica que la de hoy: se necesitaba el control militar de esos territorios, algo que no es la característica del imperialismo actual y que se transformó en tónica mundial: independencia política más o menos formal combinada con la dependencia económica. Una dependencia, de todas formas, organizada de manera distinta por cuanto la división del trabajo es más compleja que entonces, con cadenas productivas distribuidas en varios países. Sí es similar en su configuración en lo que hace a investigación y desarrollo y ramas de punta, que se focalizan en el norte del mundo.

La razón básica para el desencadenamiento de la primera guerra fue, entonces, esta desigual distribución del mundo como denunciara Lenin y que la llegada a potencias imperialistas fue más tardía en unos países que en otros. No fue casual que Alemania reclamara su cuota parte en el reparto a comienzos del siglo XX, ya que logró su unificación nacional bajo Bismarck recién en 1866. Marc Ferro describe bien esta búsqueda de Alemania de su “lugar bajo el sol”: el recurrente tema del derecho a su “espacio vital” para desarrollarse como imperialismo llevaría al desencadenamiento no de una sino de dos guerras mundiales sucesivas, algo que también subraya Traverso cuando explica la genealogía del nazismo por oposición al concepto de que su razón de ser hubiera sido sólo “ideológica”.

Europa se precipitó a la guerra. La historia de su desencadenamiento ha sido contada mil veces, y sólo nos interesa subrayar aquí la convulsión dramática que significó para la población. Muchos historiadores recalcan el inicial carácter “nacional imperialista” de la movilización. En agosto de 1914 se vivió un verdadero fervor patriótico entre los jóvenes movilizados al frente de guerra, que rayaba con la más inconsciente ingenuidad: “La existencia que llevamos no nos satisface, porque si bien poseemos todos los elementos de una vida bella, no podemos organizarlos en una acción inmediata que nos tomase en cuerpo y alma y nos arrojara fuera de nosotros mismos. Esta acción sólo la permitiría un hecho: la guerra” (Ferro 2014: 36).

Subraya Ferro en otro texto que “llámense campesinos o provincianos, la guerra les prometía durante algunas semanas lo que su existencia cotidiana no podía darles: una aventura extraordinaria. La mayor parte de ellos nunca se había subido a un tren; no conocía la gran ciudad y a la edad de 20 años se imaginaba que regresaría al poco tiempo, con coronas de laurel por sus victorias”. Trotsky señalará, en tiempo real, el mismo hecho: el torrente movilizador había “despertado” a las capas más atrasadas de los trabajadores. Pero era un despertar que, a diferencia de la revolución social (que se realizaba en su propio provecho), era puesto al servicio de los intereses más reaccionarios de la sociedad.

La guerra imperialista vestida de colores patrióticos significó una dramática presión para las fuerzas de la Segunda Internacional, que capituló de manera ignominiosa: “El partido cede, vende precipitadamente su alma internacionalista y, movido por el instinto de autoconservación, se transforma en partido patriota” señalaría Robert Michels con veta pesimista. Trotsky marcaría lo mismo, pero con otra perspectiva, evidentemente: “No es el socialismo el que se ha venido abajo, sino su temporal histórica forma externa. La idea revolucionaria comienza a vivir nuevamente, arrojando su viejo y rígido caparazón. Este caparazón está hecho de seres humanos, de toda una generación de socialistas que se han petrificado en abnegación y en trabajos de agitación y organización, o durante un período de varias décadas de reacción política y han caído dentro de los hábitos y opiniones del oportunismo nacional o posibilismo”. Y en tono casi literario, agregaba sobre el espíritu que debía prevalecer entre los revolucionarios en aquello aciagos momentos: “Mantendremos claras nuestras imaginaciones entre esta infernal música de la muerte, mantendremos nuestra esclarecida visión” (Trotsky, cit.).

Ese fervor iba a durar poco; estaba condenado a perecer más temprano que tarde. Un preanuncio de esto fue la fraternización que se vivió en la Navidad de 1914 entre los soldados franceses, ingleses y alemanes que se encontraban de cada lado de las trincheras del frente occidental: ¡saliendo de sus posiciones se dispusieron a conmemorar, en conjunto, tan sagrada fecha! ¡Un ejemplo de fraternización extraordinario! Fue un símbolo de cómo el fervor patriótico podía ceder a un sentido de solidaridad de clase, de pertenencia común de todos los “trabajadores-soldados” a una misma cofradía internacional: la de los explotados y oprimidos por el sistema capitalista.

Los mandos se dedicaron a acallar rápidamente estos sentimientos. Pero de todos modos, andando las masacres indescriptibles de la guerra: Ypres, Verdún, Somme, Chemin des Dames y un largo etcétera, se fueron abriendo paso las primeras manifestaciones de rebeldía que alcanzaron su punto culminante con la desintegración del ejército zarista en 1917 y los crecientes motines en el ejército francés, acallados a sangre y fuego por Petain (el jefe de la pro nazi República de Vichy en la Francia ocupada en la segunda guerra), que pasó por las armas a 45 soldados ese año: Sobre el carácter de la guerra, veamos lo señalado por Traverso: “Todos los testigos de la Primera Guerra Mundial han descrito esta dimensión mecánica de la guerra. La batalla se transformó en una masacre planificada. Un ejemplo emblemático en este sentido es la batalla del Somme en Francia (1916), donde el enemigo se deshumanizó porque era invisible detrás de las líneas del frente y la muerte no era infligida por un enemigo de carne y hueso, viviente, sino que era causada por máquinas, por los bombardeos de los aviones y la artillería, por las ametralladoras, por las armas químicas de gas, etcétera. La muerte perdió su carácter épico: ya no era ‘la muerte en el campo de honor’, según la fórmula clásica, sino que se había transformado en una muerte anónima, de masa, en el marco de un proceso de exterminio industrial [de ahí los monumentos erigidos al “soldado desconocido”, agrega más adelante, que dieron lugar a grandiosas manifestaciones luego de la guerra en Francia, Italia y otros países]” (Memoria y conflicto. Las violencias en el siglo XX).

En la misma línea que el autor italiano, Ferro pinta la vivencia de la guerra de trincheras: “Con sus avanzadas, sus islotes, sus barreras y cierres formados por montones de cadáveres, ningún campo de batalla había conocido nunca pareja promiscuidad de vivos y muertos. Al llegar el relevo, el horror subía a la garganta y señalaba a cada uno el implacable destino de enterrarse vivo en el suelo para defenderlo y de, una vez muerto, seguir defendiéndolo y quedarse en él para siempre” (La Gran Guerra).

Bajo la presión de esa experiencia, de esa masacre, nació la revolución. La Revolución Rusa, evidentemente, pero también la alemana con la caída del Kaiser (noviembre 1918), el levantamiento espartaquista (enero 1919) y la República soviética de Baviera (abril mayo de 1919); por no olvidar la efímera república soviética de Hungría (primera mitad de 1919), la experiencia de los consejos obreros en el norte de Italia y un largo etcétera.

Pero la derrota en la guerra fue caldo de cultivo, también, para el surgimiento del nacionalismo extremo, los “cuerpos francos”, las camisas negras, el fascismo y el nazismo: “En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de cuatro años, el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida” (Jünger 2013: 148).2

La guerra mundial parió la revolución y la contrarrevolución: una verdadera “era de los extremos”, como la llamó Eric Hobsbawm, que caracterizaría al mundo europeo en la primera mitad del siglo pasado.

2.4 El curso no lineal de la historia

Detengámonos algo en la bancarrota de la Segunda Internacional. La historia es ampliamente conocida; sólo queremos subrayar un elemento metodológico, por así decirlo: la visión fatalista, mecanicista de los asuntos, como reflejo intelectual de una época. La idea subyacente, apoyada en el curso empírico de los asuntos, era que todo marchaba bien, que el capitalismo tenía inscrito en su naturaleza una irremediable perspectiva de progreso. Las cosas iban para adelante, los trabajadores fortalecían sistemáticamente sus posiciones, la democracia burguesa estaba llamada a extenderse, lo mismo que los progresos de los socialistas en su seno. Se trataba de un curso evolutivo y sin rupturas de la clase obrera hacia la cima: “El irresistible y rápido progreso del proletariado en su conjunto, pese a algunas derrotas muy duras, se hace tan evidente que nada puede poner en duda la seguridad de su victoria” (K. Kautsky, citado por Valerio Arcary en “Cien años de la Primera Guerra Mundial: imperialismo contemporáneo y socialdemocracia alemana en perspectiva histórica”).

El baño de sangre indescriptible de la guerra vino a hundir estas expectativas. El capitalismo es un régimen de opresión basado en la explotación del hombre por el hombre, marcado por contradicciones mortales, que pueden en determinado momento aparecer atenuadas, pero que son tan estructurales, hacen de manera tan característica a su naturaleza, que tarde o temprano van a emerger. Rosa Luxemburgo condenaba en su época la “utopía pacifista” de pensar que estas contradicciones se pudieran resolver sin sangre. Podrán ser temporalmente mediatizadas o desplazadas, pero el pronóstico de “socialismo o barbarie” ha tenido en el último siglo tal ratificación, que obliga a evitar todo sueño ingenuo acerca de la marcha del sistema y de la lucha por acabar con el mismo; “el imperio del presente es el peor de los impresionismos”, dice correctamente Arcary.

Está inscrito en el ADN del sistema que tarde o temprano se reabrirá la época de las grandes crisis, guerras y revoluciones; para eso hay que prepararse. Ése es el alerta y la enseñanza que deja la Primera Guerra Mundial a las jóvenes generaciones revolucionarias de hoy: “Nosotros, revolucionarios marxistas, no tenemos razón para desesperar. La época en la cual estamos ahora entrando será nuestra época” (Trotsky, La guerra y la Internacional).

  1. La Revolución Rusa en su tiempo histórico

“La historia no registra otro cambio de frente tan radical” (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa)

Acercándonos al centésimo aniversario de la Revolución Rusa, nos interesa desarrollar en este breve ensayo una somera reflexión sobre el libro de Trotsky acerca de ella, una obra que reflexiona de manera magistral acerca de la historia viva de la revolución, tal como fue señalado por muchos autores, y que contiene un sinnúmero de enseñanzas para los revolucionarios.

3.1 El rol de la personalidad en la historia

Lo primero que salta a la vista en el texto es que dibuja un enorme fresco de la revolución. Trotsky logra casi la perfección en presentarla como lo que realmente fue: una obra colectiva de millones de hombres y mujeres que, en el volcán de los acontecimientos, se vieron arrojados a sacar conclusiones cada vez más radicalizadas acerca de las vías para resolver los asuntos.

Alcanza leer el texto para comprobar la idiotez insigne de tantos autores que han repetido en las últimas décadas la cantinela de que se trató de un “golpe de Estado” (F. Furet y compañía). La radical falsedad de este aserto queda demostrada en la Historia de la Revolución Rusa hasta por cómo muestra que la mayoría de sus giros y clivajes tomaron desprevenidos a los que estaban llamados a dirigirlos.

Esto se observa en el relato que hace Trotsky de la Revolución de Febrero, que por la dinámica de los acontecimientos llevó a algunos de sus “dirigentes” (los liberales burgueses y los reformistas “socialistas”) a afirmar una cosa un día y lo opuesto al siguiente: no eran ellos los que hablaban por su boca, sino la revolución. Incluso a los propios bolcheviques les costó ajustarse al curso de los acontecimientos que se desarrollaban frente a sus ojos, poniéndose al frente de las masas recién en oportunidad de la toma del poder en Octubre. No lo decimos nosotros: lo señala Trotsky en más de una oportunidad. Es un clásico que cuando se aceleran los tiempos revolucionarios, las masas en su lucha desbordan por la izquierda, incluso, a las organizaciones revolucionarias, que deben hacer ingentes esfuerzos por ponerse a tono.

Lenin hace su aparición en la obra recién cuando uno ha recorrido un par de centenares de páginas. Esto refleja algo real: más allá de que Trotsky señalara que en febrero no todo estuvo librado a la pura espontaneidad (fueron los obreros formados por el Partido Bolchevique los que en cierta forma la dirigieron), la realidad es que como dirección centralizada, como punto de referencia político de conjunto, el Partido Bolchevique todavía iba a la zaga de los acontecimientos.

Trotsky mismo, como personaje histórico, ingresa en su propia obra 60 páginas después que Lenin. Pero el autor da cuenta de que su papel no es para nada determinante sino hasta casi el momento mismo de la toma del poder; ahí sí, para todo el mundo, será la revolución de Lenin y Trotsky. Trotsky defendió junto a Lenin la necesidad de la toma del poder por parte de los bolcheviques; de ahí el famoso texto en que el segundo dice del primero que “desde su ingreso al partido, no ha habido mejor bolchevique que él”.

En todo caso, esto último es anecdótico: lo importante es seguir el registro de cómo Trotsky logra insertar los personajes relevantes (él y Lenin) en la cadena de los acontecimientos históricos, evitando todo subjetivismo.

Lo anterior en nada menoscaba el factor subjetivo en la histórica; al contrario: se complementan dialécticamente. Y con los desarrollos, ese factor (el partido y su dirección) fue haciéndose cada vez más imprescindible. Sin Lenin, dice Trotsky, difícilmente la Revolución de Octubre hubiese ocurrido. Ese factor devino tan determinante que se transformó en el “ser o no ser” de la revolución. La clase obrera no hubiera tomado el poder sin Lenin; era el único que podía dirigir al Partido Bolchevique en ese momento.

Pero ese factor subjetivo pudo hacerse valer porque se insertó en la cadena objetiva de los acontecimientos; sin ella, sería intrascendente. Se establece así una dialéctica de factores en el curso de la revolución, donde sin las condiciones objetivas creadas por las circunstancias no se tendría desarrollo alguno y, a la vez, en el punto culminante, el factor subjetivo, incluso la personalidad del dirigente, cobra una dimensión histórica gigantesca: “¿Puede afirmar nadie con seguridad que, sin él, el partido habría encontrado su senda? Nosotros no nos atreveríamos en modo alguno a afirmarlo. Lo decisivo, en estos casos, es el factor tiempo, y cuando la hora ha pasado, es harto difícil echar una ojeada al reloj de la historia (…). El papel de la personalidad cobra aquí ante nosotros proporciones verdaderamente gigantescas. Lo que ocurre es que hay que saber comprender ese papel, asignando a la personalidad el puesto que le corresponde como eslabón de la cadena histórica” (ídem: 264).

3.2 La transformación de la sociedad bajo el mando de la clase obrera

Hay otro ángulo que queremos destacar. Su historia de la revolución es una historia comparada de las grandes revoluciones históricas. Uno puede observar comparaciones sistemáticas de la Revolución Rusa con la francesa y la inglesa (incluso con el caso de Alemania y otros países de llegada tardía a su formación como estados burgueses). Trotsky tiene una enorme panorámica en su cabeza, logra una gran síntesis histórica. Su ángulo de mira es simple: ¿qué clase social histórica, en las condiciones del mundo actual, puede llevar adelante las transformaciones que demanda la situación? La respuesta es evidente cuando hablamos de León Trotsky: la clase obrera.

Lenin había insistido en que toda verdadera revolución era una revolución popular, es decir, de masas, dejando abierto para Rusia cómo sería la alianza de los campesinos y los obreros a tales efectos. Rosa, por su parte, había señalado que la revolución socialista era la primera revolución en la historia que las grandes mayorías llevaban adelante en su propio beneficio. Esto rompía con el patrón histórico de las revoluciones anteriores, incluso la francesa: una gran revolución popular pero con la mayoría haciendo la revolución en beneficio de una nueva minoría, la burguesía ascendente.

Por su parte, y para fundamentar el rol de la clase obrera en Rusia, Trotsky se interrogaba hasta qué punto una clase social podía resolver los problemas de otra en los países que llegaban rezagados al desarrollo histórico. Buscaba romper con el esquematismo menchevique de que la revolución burguesa sólo podía ser encabezada por la burguesía. Pero su planteamiento iba más lejos, incluso, que el de Lenin: consideraba que llevado al poder por obra de la revolución burguesa, el proletariado comenzaría a tomar medidas que afectarían en el derecho de propiedad, transformando la revolución en socialista.

Esto es demasiado conocido para repetirlo aquí; se trata de una mecánica social y política a la que Trotsky infunde su enorme riqueza en la Historia de la Revolución Rusa: “Desde los artesanos acomodados y los campesinos independientes que formaban el ejército de Cromwell hasta los proletarios industriales de Petesburgo, pasando por los sans culottes de París, la revolución hubo de modificar profundamente su mecánica social, sus métodos, y con éstos también, naturalmente, sus fines” (Trotsky 2012: 38).

Todo el capítulo dedicado a las Tesis de Abril de Lenin y la batalla que tuvo que dar para producir el giro a la izquierda del partido está informado por su concepción de la Revolución Permanente y el planteo de que Lenin “no había obrado correctamente” al no modificar su concepción de “dictadura democrática de los obreros y campesinos” hasta un momento “peligrosamente tardío”: el partido se encontró desarmado ante el curso original de los acontecimientos.

El capitulo se completa con la crítica de Trotsky al esquematismo en el marxismo: la reducción de la realidad a esquemas preconcebidos. Y cita a Lenin (aunque lo critica más arriba) para afirmar lo opuesto, que “concretamente las cosas han sucedido de un modo distinto al que podría esperarse, de un modo más original, más peculiar, más variado. Ignorar, olvidar este hecho, equivaldría a confundirse con los ‘viejos bolcheviques’, que ya más de una vez han desempeñado en la historia de nuestro partido un triste papel, repitiendo las fórmulas aprendidas de memoria en vez de estudiar las características peculiares de la nueva realidad viviente” (ídem: 391).

Como digresión señalemos que la en términos generales correcta idea de que una clase social puede llevar adelante las tareas de otra (sobre todo en materia de la revolución burguesa) fue malinterpretada por el trotskismo de la segunda posguerra. Trotsky había demostrado cómo en la Revolución Rusa la pequeña burguesía se había revelado como una nulidad completa; a decir verdad, los elementos dominantes de esa clase eran los del campesinado (un crisol de clases distintas); la pequeña burguesía urbana era muy débil, no había tenido tiempo para desarrollarse. Esta nulidad carecía de programa propio independiente y se veía obligada a seguir los pasos del burgués o del proletario para lograr sus fines (la propiedad de la tierra).

A finales de los años 30, en El Programa de Transición, Trotsky señalaría que, excepcionalmente, la pequeña burguesía podría “ir más lejos de lo que estaba dispuesta” expropiando al capitalismo en condiciones de grandes crisis, catástrofe económica o guerras. Y, efectivamente, esto ocurrió en la segunda posguerra por intermedio de un campesinado dirigido por el stalinismo, que acabó con los capitalistas en el país más habitado del mundo: China (sin olvidarnos de Yugoslavía, Cuba y Vietnam, además de la expropiación inducida desde arriba por el Ejército Rojo en los países del Este europeo).

Pero lo que la historia vino a revelar es que hasta ahí llegaban los límites del “sustituismo” en la transición al socialismo. Lo que está en juego en la revolución socialista es la transformación de la sociedad. Tomar el poder es una cosa; ya transformar la sociedad es algo mucho más complejo: la construcción de una nueva sociedad, socialista, sólo puede ser una obra colectiva que involucre a capas crecientes de la población explotada y oprimida. No se puede resolver sólo desde arriba. No era casual que Lenin señalara en sus últimos años de vida, sobre la base de toda la experiencia en el poder, que la tarea principal de la revolución debía ser “enseñar a las cocineras a conducir los asuntos del Estado”.

Se llegó así a una paradoja: una afirmación que en Trotsky era utilizada para fundamentar el rol del proletariado en la futura Revolución Rusa se terminó usando para un fin opuesto: justificar que la transición socialista podría ser obra de otro sector social que no el proletariado. Las resultantes históricas de este proceso están demasiado a la vista para que nos detengamos en ellas: “El fenómeno de la pirámide inversa fue pronto evidente. No era ya la base la que llevaba y empujaba a la cúspide, sino la voluntad de la cúspide la que se esforzaba por arrastrar a la base. De ahí la mecánica de sustitución” (Daniel Bensaïd, “Las cuestiones de Octubre”).

3.3 Un proceso en cámara rápida

Desde el punto de vista del análisis de la lógica de clases de la revolución, el estudio de la obra del gran revolucionario ruso es de una fuerza enorme: demuestra cómo la política revolucionaria puede mover montañas y obrar milagros. Y ni hablar cuando las condiciones se extreman. Su punto de vista de la revolución permanente permea y vive en todos los acontecimientos revolucionarios. Es más: esta obra de historia (aunque es mucho más que eso) sólo viene a ser otra comprobación fáctica de la teoría de la revolución socialista sustentada por Trotsky.

Pero lo que queremos subrayar aquí es otra cosa: la distorsión que puede introducir esta obra respecto de la dinámica de los acontecimientos en otros escenarios que no sean los de la Revolución Rusa.

Se trata de algo que, quizá, algún lector desprevenido pueda no comprender: ¿por qué aquellas fuerzas sociales y políticas que en 1917 aparecieron como caricaturas, en otro contexto son un duro hueso de roer? Porque ni la burguesía (liberal o no), ni el reformismo “socialista” (y, menos que menos, el stalinismo), se mostraron en ninguna otra experiencia histórica tan inútiles como en el caso ruso.

Trotsky se maneja en todo el texto con una fina ironía histórica: deja en ridículo a todas las fuerzas políticas ajenas a la clase obrera (es decir, a todos los actores políticos no bolcheviques) y lo hace muy bien, porque demuestra en su texto como, realmente, en su comportamiento, la mayoría de los actores burgueses y reformistas terminan como ridículas caricaturas, como personajes patéticos; basta para esto con pensar en una figura como Kerensky.3 Pero el hecho es que no todos los actores sociales y políticos enemigos de los trabajadores ha sido caricaturas cuando uno hecha una ojeada a la historia de la lucha de clases del último siglo; más bien, lo que ha ocurrido ha sido lo contrario.

La clave está en que la combinación de condiciones reunidas en la Revolución Rusa ha sido inigualable hasta ahora en otros lugares. Un país sometido a una guerra mundial, una burguesía que no llega a constituirse políticamente de manera plena, un zarismo en decadencia completa dominado por un personaje como Rasputín. Trotsky tiene algunas de las páginas más bellas de su primer tomo explicando cómo los factores objetivos devenían, incluso, en psicológicos, dándoles toda su potencialidad: “Confiamos en que nuestro estudio pondrá de relieve, en parte al menos, dónde termina en la personalidad lo personal –por lo general, mucho antes de lo que a primera vista parece– y como muchas veces las ‘características singulares’ de una persona no son más que el rastro que dejan en ella las leyes objetivas” (Trotsky 2012: 69).

Pero si las condiciones objetivas eran tales, lo notorio es que coincidieron con una maduración excepcional de los factores subjetivos: una clase obrera relativamente pequeña pero muy concentrada y en crecimiento (Trotsky la pondera para 1917 en unas 25 millones de almas, incluyendo sus familias), que se afirmaba en los principales centros neurálgicos de la producción industrial, joven y dinámica; la fuerza social central de un amplio movimiento socialista en el cual los bolcheviques logran establecer su hegemonía. En síntesis: un conjunto de condiciones objetivas y subjetivas que se condensan en 1917 y que en ningún otro lugar han logrado semejante grado de maduración.

En ausencia de este grado de condensación de condiciones, de una situación revolucionaria con todas las de la ley, lo que queda es una realidad en la que la burguesía y las direcciones reformistas son muchísimo más fuertes y difíciles de derrotar que su caricatura rusa.

Mucho se ha hablado de esto. Incluso haciendo comparaciones que quizá no sean del todo pertinentes, como todo el debate de Gramsci acerca de las diferencias entre la revolución en Occidente y Oriente, tal vez demasiado sesgado. A nuestro juicio, no es tan sencillo que se verifique semejante combinación de factores objetivos y subjetivos que den lugar a una revolución socialista según la experiencia clásica de Octubre.

Personajes que, como Kerensky y su banda, aparecieron en la escena histórica como figuras de opereta, en otras circunstancias y otros lugares se transformaron en figuras históricas. Veamos, si no, los casos de un Perón, un Nasser, un Cárdenas, la socialdemocracia en general, las burocracias sindicales, los partidos comunistas, etcétera (incluso el mismo Stalin, que gozó de gran apoyo popular entre amplios sectores, multiplicado luego del triunfo en la II Guerra Mundial sobre los nazis).

Si se trata de la naturaleza de clase de estos personajes, son análogos a sus contrapartes rusos. Pero no es igual su capacidad de transformarse en fenómenos históricos; ya que marcaron durante década la historia de sus sociedades en general y de la clase obrera en particular (a diferencia de un Kerensky exilado de por vida en EE.UU.). Es cierto que promediando la segunda mitad del siglo XXI estos fenómenos tienden a debilitarse, pero siguen siendo enemigos poderosos.

Siendo así las cosas, educaríamos mal a nuestra militancia si le hiciéramos creer que la dinámica de los acontecimientos es semejante en todos los períodos históricos, que la revolución siempre está “a la vuelta de la esquina”: “La gran fortuna del pueblo ruso y de toda la humanidad es que en 1917 confluyeron ambos, accidente y necesidad, para llevar la lucha de los obreros y los campesinos a su desenlace adecuado. Esto no siempre fue así en las décadas ulteriores” (Novack 1975: 91).

Lo que Trotsky desarrolla en su Historia de la Revolución Rusa es la dinámica de una de las más grandes revoluciones en la historia de la humanidad; más veloz, incluso, que la de la Revolución Francesa, a la que le llevó varios años radicalizarse. Una dinámica que nada descarta se vuelva a repetir en las revoluciones que están en el porvenir, pero que conviene comprender en su relativa excepcionalidad para entender, también, por qué nuestra lucha es una pelea histórica y no inmediatista.

  1. El curso paradójico de la cuestión judía

Era imperativo que a todos los golpeados, a toda la gente maltratada, se les mostrara y se les dijera que a pesar de todo todavía podíamos levantar nuestras cabezas” (Marek Edelman, El levantamiento del Ghetto de Varsovia).4

Meses después de que el Estado de Israel descargara una nueva y cobarde ofensiva sobre la población indefensa de la Franja de Gaza, publicamos elementos de un trabajo mayor que estamos elaborando a propósito de la “cuestión judía”, que supo estar en el centro de los debates del movimiento socialista del siglo pasado y que fue “resuelta” de manera tan reaccionaria como paradójica –una población oprimida, transformada en opresora– con la creación del estado sionista.

4.1 Una cuestión progresista

La historia de la cuestión judía tiene que ver con la de una parte de la población (a comienzos del siglo pasado, sobre todo la de los países de Europa oriental), que vivía en condiciones de extrema opresión. La población judía, estigmatizada durante siglos por motivos religiosos, “raciales” o económicos, era hacia donde iban direccionadas las culpas por las condiciones de explotación de amplios sectores de masas por parte de diversos gobiernos y poderes.

Mucho se debatió y escribió acerca del tema, literatura que tuvo textos clásicos partiendo de La cuestión judía de Marx, de 1843 y llegando a La concepción materialista de la cuestión judía, del joven dirigente trotskista Abraham León, masacrado en Auschwitz en 1944, sobre el filo de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. León, que tuvo a su cargo la reorganización del Secretariado Internacional de la IV Internacional a comienzos de la II Guerra Mundial, compartiendo tareas con Ernest Mandel, escribió este texto brillante con escasos 26 años.

Lo primero que se debe decir acerca de la “cuestión judía” es que a comienzos del siglo pasado era una cuestión progresista que interesaba a todos los que se plantaran desde el punto de vista de la emancipación humana, a todos los que entre las corrientes socialistas buscaban enlazarla con las luchas y reivindicaciones de la clase obrera.

Claros indicativos existían acerca de esta vinculación. El caso Dreyfus en Francia –un coronel judío del Estado Mayor que había sido falsamente acusado de haber vendido información a Alemania–, dividió al país por la mitad, llevando a Jean Jaurès, el principal dirigente socialista francés de dicha época, a sumarse en una campaña de masas por su libertad. Rosa Luxemburgo criticó a Jaurès por hacerlo de manera acrítica: carecía de un programa independiente que apuntara a la destrucción del ejército burgués. Sin embargo, reivindicó que Jaurès tomara en sus manos el problema, a diferencia de Jules Guesde, otro dirigente socialista reconocido del período, que en una posición sectaria afirmaba que se trataba de un enfrentamiento “interburgués”.

En la otra punta de Europa, y después de la derrota de la Revolución de 1905 en Rusia, arreciaban los llamados “pogromos” (asesinatos masivos de población judía en manos de bandas reaccionarias como las Centurias Negras) alentados por el zarismo; Lenin llamaría a la autodefensa común con las armas en la mano entre los obreros judíos y no judíos para derrotarlos.

Se trataba, esta claro, de una causa progresista, más allá del debate acerca de la naturaleza de esta opresión: si constituía “una cuestión nacional” o si se podía resolver por la asimilación de la población judía a la sociedad, aportando, en todo caso, sus propias tradiciones. Un debate nada sencillo y con fuertes matices según la zona de Europa en la cual se planteara.

En Europa occidental y Europa central, las ideas asimilacionistas parecían tener gran predicamento; en Europa oriental existía una cultura judía específica vinculada a un idioma propio, el Yiddish (muy emparentado con el alemán, pero con una mezcla con términos hebreos), que a priori daba más sustento a una idea “nacional” de resolución de las cosas. Esta perspectiva era defendida por el Bund judío, una suerte de partido socialista de masas de carácter reformista que representaba, sobre todo, a los sectores de la clase obrera judía marcada por una serie de rasgos específicos: trabajar en sectores industriales de baja composición orgánica del capital, tener como feriado los sábados y no los domingos, lo que, por lo tanto, hacía que sus patrones fueran judíos también, etc.

El Bund judío fue combatido por Lenin no porque éste rechazara su lucha contra la opresión de la población de este origen (Lenin, en otra diferencia con la degradación stalinista que llegó a tener rasgos antisemitas, denunciaba como buen marxista la opresión contra los judíos), sino por los rasgos federativos de esa organización, que pretendía ser no la representante del partido en el seno de los trabajadores de origen judío, sino la representante de esos trabajadores en el seno del partido revolucionario.

De cualquier manera, y fuera cual fuere la respuesta que había que dar al problema, lo que nos interesa destacar aquí es que en su origen se trataba de una cuestión progresista que requería de una respuesta desde la clase obrera y los socialistas revolucionarios.

4.2 El surgimiento del sionismo

Aquí entra el problema del sionismo, la respuesta burguesa e imperialista a la cuestión judía. Esta posición surgió entre los que veían el problema judío como una cuestión “nacional” (tanto entre los sectores burgueses como los socialistas que tenían este enfoque). Entre los “socialistas nacionalistas” había, por así decirlo, dos sensibilidades. El Bund judío tendía hacia posiciones nacionales pero “extraterritoriales”. Es decir: opinaba que el problema debía resolverse en los países donde los trabajadores judíos habitaban –en esa época, mayormente, en los países de Europa oriental– y no prestarse a proyectos de colonización de poblaciones indígenas. Su idea nacional “extraterritorial” tenía que ver con que no reivindicaban un estado propio sino derechos como “nación”, que no es exactamente lo mismo: el respeto a su idioma, costumbres, derechos civiles y políticos iguales al resto de la población, sus propias escuelas y asociaciones culturales y demás. Sin embargo, entre los que tenían la posición de que el problema judío tenía rasgos de “cuestión nacional”, surgió una diferenciación.

Como digresión, señalemos primero que Lenin, Rosa y Trotsky no tenían esta posición; su enfoque iba para el lado de la asimilación a partir de un enfoque cosmopolita y no “exclusivista” (Rosa afirmaría sentirse “en casa en todo el ancho mundo, allí donde hay nubes, pájaros y lágrimas”).5 La idea de la asimilación de la población judía era compartida, mayormente, por el tronco principal del movimiento socialista, que consideraba al problema judío como un residuo del feudalismo, y que realizada la revolución burguesa –como en el caso de Francia a finales del siglo XVIII y sus leyes emancipadoras del judaísmo– el problema judío se tendería a reabsorber pacíficamente, asimilándose en la sociedad como un todo. La historia del siglo XX, con el nazismo, vino a demostrar que esto sería más complejo. De ahí que en los años 30, y ante la realidad no prevista del nazismo, Trotsky vino a matizar su posición, como subproducto no de un curso “natural y evolutivo” de las cosas, sino de la barbarie capitalista que significó el hitlerismo.

Volvamos a nuestra argumentación. Por un lado corrientes como el Bund exigían una solución nacional “extraterritorial”, que tendía de todos modos a una deriva federalista, y que con la emergencia de la Revolución Rusa tendió a disolverse dentro del partido comunista, dando lugar a expresiones como el Kombund: los “bundistas comunistas”. El Bund judío sobrevivió como tal en Polonia hasta el estallido de la II Guerra Mundial, transformándose en una organización de masas reformista, pero con desarrollo destacado en los años 30, teniendo posteriormente importante participación en el heroico levantamiento del gueto de Varsovia.

Por otro lado, a partir de finales del siglo XIX fue surgiendo la corriente llamada sionista, cuya posición era también que el problema judío era un problema nacional, pero que se debía resolver dándose un territorio propio, no importaba pisando las cabezas de quién (ver al respecto los trabajos de nuestro compañero Roberto Ramírez, especialmente su libro sobre Palestina). En la cabeza de sus ideólogos, la idea se correspondía con los proyectos de colonización de los pueblos “aborígenes” propias del imperialismo de fin del siglo XIX, imperialismos a disposición de los cuales se puso la idea terminando de cristalizar sus planes en Palestina (se llegó a hablar también de la Argentina, entre otros países).

No es aquí el lugar dónde hacer una historia del sionismo y todas sus características, ramas y expresiones (burguesas y “socialistas” como la de Martin Buber, luego entusiasta defensor del Estado de Israel); sólo cabe subrayar que se trató desde sus orígenes de una corriente que revertía de una manera reaccionaria y opresora una cuestión que era, en su base, progresiva, y que requería para su resolución no oprimir a otro pueblo (¡la aberración inaudita del sionismo!), sino hacer de la cuestión judía parte de las causas emancipadoras más generales.

4.3 La tragedia del nazismo

A lo largo de muchas décadas la cuestión judía estuvo asociada a la cuestión de la clase obrera, a la causa del socialismo. Esto es lo que explica, también, que muchos militantes y dirigentes de la izquierda socialista tuvieran origen judío en la medida en que a éstos los sensibilizaba su situación de oprimidos y encontraban en el movimiento revolucionario una alternativa y un puesto de lucha junto a la clase trabajadora (ver de Enzo Traverso El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador). De ahí que la suerte de ambos movimientos y ambas luchas se entrecruzara en muchos momentos, siendo un ejemplo máximo de esto la pelea contra el nazismo.

Hay que entender el operativo del nazismo a este respecto. Se necesitaba un relato que desplazara la conciencia de la lucha de clases, la pelea entre obreros y burgueses, ante corrientes como la bolchevique que estaban en la cima de su proyección histórica con la Revolución Rusa. Y este relato alternativo, “nacional”, de “conciliación de clases”, el nazismo lo encontró explotando los sentimientos de la conciencia popular, pero no de clase, que identificaba a los judíos con los usureros, los prestamistas, los comerciantes. Ése había sido el rol económico de muchos de los integrantes de esta religión durante gran parte de la Edad Media, lo que había llegado a identificarlos popularmente como una suerte de “chupasangres” de los campesinos y demás sectores oprimidos.

Esto quedó en la conciencia popular de amplios sectores, sobre todo en los pueblos medianos y chicos de Europa oriental, aun cuando la población judía había sido ya desplazada de estas funciones, o éstas fueran menores frente a la verdadera explotación proveniente de la gran burguesía en ascenso, mayormente de origen no judío, y de la cual el nazismo pretendía quitar el foco de las furias populares.

En su búsqueda de desplazar la referencia de clase, en su objetivo de lograr la “unidad nacional” de explotados y explotadores, el nazismo supo encontrar estas profundas pasiones, que tenían raíces en la cultura völkisch (cultura “popular-conservadora” alemana), que ponía al judío en esa posición detestable y detestada: “Es falso (…) acusar al gran capital de crear el antisemitismo. Se sirvió del antisemitismo elemental de las masas pequeñoburguesas y lo convirtió en llave maestra de la ideología fascista. Por medio del mito del ‘capitalismo judío’, el gran capital trata de monopolizar a su provecho el odio anticapitalista de las masas” (León 2010: 240).6 De ahí que el nazismo identificara al “judío-bolchevique” como enemigo, como unificando las dos causas que eran obviamente distintas pero a la vez, efectivamente, se encontraban en algún punto entrelazadas.

El ascenso del nazismo en Alemania a comienzos de 1933 significó la más grande derrota de la clase obrera en toda su historia, la más terrible capitulación del stalinismo, así como una tragedia sin nombre para la población judía de Alemania, Austria, Polonia, los países Bálticos, Ucrania, Bielorrusia y Rusia. La búsqueda de “espacio vital” para el imperialismo alemán se llevó a cabo, en el Este, bajo la divisa de la liquidación del bolchevismo y de los judíos, redundando en una historia que es conocida: 27 millones de soldados, obreros y campesinos muertos en el Frente Oriental y seis millones de judíos de todo origen social, amén de los gitanos y otras poblaciones menores.

4.4 La gesta heroica del gueto de Varsovia

“Fue una lucha para afirmar la dignidad judía, o más simplemente la dignidad humana, frente al exterminio” (E. Traverso, Understanding the Nazi Genocide. Marxism after Auschwitz).

Así se llega a la Segunda Guerra Mundial, sobre todo a junio de 1941 cuando Hitler desata la Operación Barbarroja (la invasión a Rusia) arrasando con tres millones de soldados del Ejército Rojo (desorganizado por Stalin luego de las purgas militares de 1938) en los primeros seis meses de la contienda. Casi simultáneamente, en la famosa Conferencia de Wannsee a comienzos de 1942, se decide la “solución final”. Ante los problemas de logística creados por la guerra, el poder nazi consideró que “no tenía ninguna otra alternativa” (primeramente se había pensado en desplazar la población judía a… Madagascar) que el asesinato en masa de la población judía. Allí comienza la fase final del asesinato de seis millones de personas, procedimiento que se fue radicalizando conforme Hitler iba perdiendo la guerra, y que llegó a situaciones aberrantes como el asesinato de medio millón de judíos húngaros en 1944.7

En esta catástrofe presentada como “tragedia” u “holocausto”, es decir, como algo pasivo que no se podía enfrentar, los llamados “Consejos Judíos” cumplieron un papel vergonzoso en aceptar mansamente, primero, la guetificación de la población de ese origen, y, luego, su “entrega en cuotas” para ser enviados a los campos de concentración. Se trata de un tema conocido pero soslayado por el sionismo y la “historia oficial” en Israel. Hanna Arendt, insospechable de posiciones de izquierda –a decir verdad, militó desde joven en el sionismo–, denunció este rol siniestro de los consejos judíos en oportunidad de su cobertura del juicio en Israel a Adolf Eichmann en su obra Eichmann en Jerusalén. Arendt maneja el agudo concepto de “banalidad del mal” para describir el mecanismo burocrático y “desinteresado” –en el sentido de una sorprendente “incapacidad para pensar” por sí mismos– con que la mayoría de los burócratas nazis administraron el genocidio. Traverso, a la vez que reivindica la agudeza de Arendt, le enrostra su incapacidad para ver la “dimensión social de la opresión”, límite general de su pensamiento mayormente liberal de izquierda: Arendt rechazará por políticamente “peligrosa” toda idea de emancipación social.

Volviendo a los consejos, integrados por las grandes figuras judías de cada ciudad o región de origen burgués, no se les ocurrió otra cosa que “respetar las leyes” (¡aunque fueran leyes nazis!) en vez de optar por los métodos tradicionales de lucha de los explotados y oprimidos, la acción directa, por más difícil que fuera en esas condiciones (ésta era una alternativa no sólo más digna, sino incluso más realista que morir sin luchar).8

Es ahí donde entra la enorme hazaña del gueto de Varsovia. Entre el 19 de abril y el 8 de mayo de 1943, 700 jóvenes combatientes mantuvieron a raya fuerzas nazis infinitamente superiores, llevando a cabo una de las gestas de resistencia más heroicas de la II Guerra Mundial. Su principal dirigente, Mordekhai Anielewicz, tenía sólo 22 años y se suicidó para no caer en manos de las fuerzas nazis.

No era casual que estuvieran influenciados por militantes originados en el Bund judío o el partido comunista, aunque también por la organización juvenil sionista Hashomer Hatzair, que, de todos modos, tenía rasgos izquierdistas en aquella época (Abraham León y Mandel militaron en ella en su adolescencia); incluso se sabe de la participación de militantes trotskistas en el levantamiento, que habrían publicado una suerte de boletín propio.

4.5 De oprimidos a opresores

Terminada la segunda guerra, seis millones de judíos no existían más: prácticamente la población judía entera de Europa oriental, donde eran fuertes en sus filas el pensamiento y las tradiciones socialistas. Esta tragedia liquidó el Bund judío así como, paralelamente, la burocratización de la Revolución Rusa había terminado por liquidar el carácter obrero del primer Estado proletario y al partido comunista como alternativa real.

Es en estas condiciones que el sionismo se impone definitivamente. En 1948 es declarada la fundación del Estado de Israel (apoyada por Stalin); simultáneamente, se desata la primera guerra contra la población palestina y los países árabes circundantes, masacre y desplazamiento mediante de su originaria población palestina. Una verdadera limpieza étnica que en la tradición palestina se llama la Nakba (en árabe, catástrofe o desastre).

Aquí, entonces, se cierra un círculo y de la manera más reaccionaria y contrarrevolucionaria posible: la cuestión judía, de progresista que era, interés del conjunto de los explotados y oprimidos, une su suerte con el imperialismo, con el colonialismo, con la opresión de otro pueblo. Una “solución” burguesa al asunto que no ha dejado de derramar sangre desde ese año hasta ahora, creando un estado de opresores que se asienta –armado hasta los dientes– en la opresión de la población palestina originaria, y que no tendrá solución hasta que no se logre una Palestina socialista donde palestinos y judíos puedan convivir libremente. Pero para esto, habrá primeramente que acabar con el Estado de Israel y buscar la manera de que esto ocurra desde un movimiento socialista refundado de los oprimidos y explotados del mundo árabe. Una tarea muy difícil, que no podrá ver la luz más que acompañando un renacimiento del movimiento obrero y socialista en todo el mundo.

En todo caso, el ocaso de la cuestión judía como cuestión progresista en la segunda mitad del siglo XX hace parte de la caída del Muro de Berlín y la burocratización de las revoluciones del siglo XX, y “esta mutación de la judeidad no hace sino seguir un desplazamiento más general del eje del mundo occidental (…) tras la derrota histórica del comunismo y de las revoluciones del siglo XX” (Traverso, El final de la modernidad judía).

La tarea del relanzamiento de la revolución socialista auténtica en este nuevo siglo deberá ayudar, también, a emancipar a la población palestina de su opresión sionista y en darle a la cuestión judía una solución progresista hermanada con la causa del proletariado.

  1. El valor de la Oposición de Izquierda

“Sí, por nuestra concepción de la revolución socialista pasamos por experiencias tremendas y aterradoras. Pero ni la taiga, ni la tundra, ni nuestra vida difícil quebrantaron con su aliento helado nuestra voluntad de luchar hasta el final” (Samizdat. Voces anónimas de la oposición soviética).

Queremos dedicarnos aquí a uno de los puntos más heroicos de la tradición que reivindicamos: la experiencia de la Oposición de izquierda en la URSS. Una experiencia desconocida entre las nuevas generaciones, que plantea una lucha por no perder la memoria histórica de los revolucionarios. Lucha que tiene el valor agregado, además, de plantarse frente a tanto posmodernismo ambiente, y que nos plantea establecer primero el concepto de tradición partidaria.

5.1 La tradición partidaria

Este concepto remite a la vinculación de nuestra actividad con la de las generaciones precedentes. Las corrientes revolucionarias nos reivindicamos de las experiencias de lucha, batallas, sacrificios, desarrollos políticos y organizativos más altos de la clase obrera en sus dos siglos de historia. Desde las primeras luchas de los ludditas (1815) y los cartistas (1830) en Inglaterra, pasando por las experiencias de peleas semiindependientes de la clase obrera en las revoluciones de 1830 y 1848, la heroica experiencia de la Comuna de París (1871), la fundación de la I Internacional (1864), los Mártires de Chicago, el día de la mujer trabajadora, los primeros años de la II Internacional, hasta llegar a la Revolución Rusa (1917) y a la III Internacional en su época revolucionaria (1919-1923). Todo esto entra en nuestra tradición, así como la heroica pelea de la Oposición de Izquierda, la fundación de la IV Internacional por parte de Trotsky (1938), la lucha de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht durante la Revolución alemana. A esto se puede agregar la larga lista de militantes trotskistas asesinados bajo el nazismo y el stalinismo durante la Segunda Guerra Mundial.

En síntesis: cuando hablamos de la tradición de los revolucionarios, se trata de los hilos de continuidad con las experiencias, enseñanzas y luchas de las generaciones que nos precedieron, que reivindicamos como parte de una causa común, y que hace a la amplitud de miras que nunca debemos perder en nuestra actividad.

5.2 Las cárceles como último reducto de la democracia obrera

Nos interesa referirnos aquí a un momento de gran importancia en la tradición que defendemos: la heroica batalla de la Oposición de izquierda contra la burocratización del primer Estado obrero en la historia.

Podemos establecer algunas etapas. La batalla comienza a partir de la “Declaración de los 46” (1923), que es un documento firmado por importantes figuras del Partido Bolchevique alertando acerca de la acumulación de graves problemas en materia de democracia partidaria y el curso general del país. Andando el camino, se produce la primera campaña contra León Trotsky y el “trotskismo” sustanciada por la “Troika” formada por Stalin, Kamenev y Zinoviev. El trío lanza un brutal ataque contra Trotsky denunciando el supuesto carácter “antileninista” de la teoría de la revolución permanente, a la cual Trotsky responde inmediatamente con obras como Lecciones de Octubre (1924).

Entre 1926 y 1927 se produce la experiencia de la “Oposición Unificada” a partir de la ruptura de Zinoviev y Kamenev con Stalin, y la unificación de los dos primeros con Trotsky. Stalin se alía en ese momento con Bujarin, aunque romperá con él en oportunidad del giro “izquierdista” en 1929; Bujarin formará a partir de allí la llamada Oposición de derecha. Cuando la expulsión de la oposición unificada del partido a finales de 1927 (en medio de un congreso partidario), Zinoviev y Kamenev capitulan inmediatamente y la Oposición de Izquierda adquiere su fisonomía definitiva.

A comienzos de 1929, Trotsky es expulsado definitivamente de la URSS. Pero a mediados de ese año vendrá el gran acontecimiento bisagra en la vida de los bolcheviques leninistas. En un giro aparentemente a “izquierda” de Stalin hacia la industrialización acelerada del país y la colectivización forzosa de la producción agraria, se desata la más dramática crisis en el seno de la oposición izquierdista en su historia.

Una fracción encabezada por Preobrajensky, Smilga y Radek (eminentes dirigentes de la oposición izquierdista junto con Trotsky), hace un llamado a la capitulación bajo la justificación que el giro significaba que Stalin había pasado a “aplicar el programa de la Oposición de Izquierda”.

En medio de esta crisis, la Oposición de Izquierda se derrumba numéricamente: de 8.000 miembros cae hasta 1.000 integrantes en medio de una gran desmoralización. Se trataba de una verdadera crisis existencial que puso en cuestión la razón de ser de la misma como tendencia revolucionaria (volveremos sobre esto más abajo). Pasado este momento de aguda crisis, los bolcheviques leninistas recuperarían sus filas hasta alcanzar 4.000 militantes a comienzos de los años 30; el núcleo revolucionario se mantendría firme todo a lo largo de la década hasta su destrucción física final.

Para que se tenga una idea de dónde se reclutaba la Oposición de Izquierda, señalemos que era una “organización de vanguardia” que se nutría, principalmente, en el destierro dentro de la propia URSS. Una organización que actuaba en la clandestinidad, con poca o nula actividad pública, pero que animaba verdaderas “universidades populares” de debate y discusión bajo las durísimas condiciones de detención: ¡la última expresión de “democracia obrera” bajo la burocratización de la URSS!

La Oposición de Izquierda no era el único núcleo oposicionista de izquierda, pero sí el mejor organizado y el más coherente políticamente de todas las tendencias que se encontraban a izquierda de Stalin. Otras corrientes animaban este espacio como los Decistas (viejo grupo fundado en 1919), así como un amplio arco iris de matices y grupos izquierdistas y ultraizquierdistas.

Las cárceles estaban pobladas, también, por integrantes de la Oposición de derecha bujarinista, restos del menchevismo, de los socialistas revolucionarios y otros grupos reformistas y contrarrevolucionarios que habían militado en la trinchera opuesta a la Revolución de octubre y apoyado el gobierno provisional de Kerensky.

5.3 La crítica del objetivismo

“El marxismo positivista de la Segunda y Tercera Internacional, que consideraba el socialismo como una batalla ganada de antemano ineluctablemente inscrita en el ‘progreso de la historia’ y científicamente asegurada por la fuerza de sus ‘leyes’, ha sido desmentida radicalmente en el siglo XX” (Enzo Traverso, “La memoria de Auschwitz y del comunismo. El ‘uso público’ de la historia”).

Refirámonos ahora a los argumentos del debate dentro de la Oposición de Izquierda en 1929, que remite a una temática a la que ya nos hemos dedicado en otras oportunidades: la relación entre el “qué” de las tareas que se deben llevar adelante para la revolución y el socialismo, el “quién” del sujeto que las lleva a cabo y el “cómo” (es decir, los métodos).

Desde el exilio en Alma Ata, Trotsky señalaba que no se trataba solamente de “qué medidas está tomando Stalin”, sino “cómo y quién las llevaría a cabo”: si es el aparato burocrático o la clase obrera y el partido bajo un régimen de democracia obrera reestablecido. Christian Rakovsky, principal dirigente de la Oposición de Izquierda dentro del país, incluso va más lejos señalando que no se estaba frente a un giro a la izquierda de algún tipo, sino frente a un conjunto de medidas que en ausencia de la clase obrera (de la democracia en el seno del partido), vendrían a reforzar los puntos de apoyo de la burocracia.

El debate se sustanció contra las posiciones capituladoras de Preobrajensky. Apoyado en una lectura objetivista de los acontecimientos, creyó ver en Stalin la “confirmación” de sus tesis económicas. La supuesta “ley del plan” (identificada por él en 1926) tendría su propia “lógica objetiva”: una lógica independiente de quién dirigiera la planificación como tal; la clase o la burocracia, lo mismo daba. Esta supuesta “ley económica” habría “obligado” a Stalin a operar el giro a la izquierda. Un giro que al colectivizar el campo y dar paso a la industrialización del país, debería resultar en un “fortalecimiento” de las posiciones del proletariado, como cuenta Broué: “La teoría según la cual la industrialización y la colectivización tendrían como consecuencia automática reforzar el ‘núcleo proletario’ del partido, comprometiendo definitivamente, más temprano que tarde, a este último, en la vía de la reforma” (ver nuestro trabajo “La dialéctica de la transición: plan, mercado y democracia obrera”, SoB 25).

Rakovsky se ubicó en el campo opuesto a Preobrajensky. Lo hizo con un enfoque alternativo al economicismo que caracterizaba al sector capitulador. Le espetó a Preobrajensky que había perdido de vista que Marx había criticado los enfoques que veían a la historia como “haciéndose sola”; una Historia que fuera a realizar sus designios ineluctablemente, por fuera de las luchas sociales y políticas vivas. Rakovsky insistía que en ausencia del restablecimiento de la democracia partidaria, las medidas que estaba tomando Stalin no podían significar el retorno de la URSS a la vía revolucionaria: “La única manera justa de abordar el problema es desde el punto de vista político: no se trata de hacer una filosofía de la historia (…). Lenin ya había señalado que para hacer una apreciación global era necesario tener una actitud política, porque la política no es otra cosa que la economía y el Estado concentrados” (“Un homenaje crítico a un gran revolucionario. Las ‘Cartas de Astrakán’ de Christian Rakovsky”. Luis Paredes, en www.socialismo-o-barbarie.org).

5.4 Una de las páginas más gloriosas de la lucha revolucionaria

Luego de este debate la Oposición de Izquierda se consolidó; no volvió a tener una “crisis existencial” de esta magnitud. Fuera de la URSS, la labor de Trotsky fue dando resultados y la IV Internacional fue fundada en 1938; la continuidad del marxismo revolucionario había quedado garantizada.

Pero la situación concreta de la Oposición en la URSS fue deteriorándose cada vez más. El cerco de Stalin sobre los “trotskistas” se hizo cada vez más estrecho, acorralando uno a uno a sus principales dirigentes. La asunción de Hitler en Alemania marcó el giro final hacia la capitulación para Rakovsky y otros oposicionistas famosos como el publicista Sosnovsky. Trotsky dijo: “Stalin cazó a Rakovsky con la ayuda de Hitler”. Y fue así. Luego de su heroica resistencia con una salud quebrantada (desterrado a lugares con hasta 50 grados bajo cero), de un intento fallido de evasión y en medio del aislamiento más completo, terminó capitulando bajo el argumento que la ascensión de Hitler planteaba un terreno completamente nuevo “dejando de lado los desacuerdos anteriores”.

Señalemos, de todas maneras, que Broué insiste, sobre la base de una detallada documentación, que en realidad Rakovsky simuló una capitulación como táctica para intentar restablecer los vínculos con sectores oposicionistas en la URSS, lo que arroja una luz muy distinta sobre el caso (Ver Comunistas contra Stalin, su última obra).

En cualquier caso, en los campos de detención stalinista había nacido una nueva generación oposicionista de izquierda; una nueva camada obrera y estudiantil que a golpe de huelgas de hambre y métodos heroicos de resistencia, le plantó cara a la burocracia asesina. Nombres como Dingeltedt, Solntsev, Boris Eltsin, Pevzner, Man Nevelson, Sermuks, Pankratov, Iakovin, Mussia Magid, Maria M. Joffé, los hermanos Tsintsadze y muchos otros son algunos de los que formaron parte de esta nueva camada.

El acelerado grado de burocratización de la URSS trajo todo tipo discusiones: acerca del carácter de la URSS, de su defensa incondicional, los problemas de la democracia socialista, la problemática del partido. Serge lo reflejaba al llegar a Occidente luego de ser liberado en 1936 de las garras de Stalin: “Somos muy pocos en este momento: algunos centenares, unos quinientos (…). Entre nosotros no hay gran unidad de puntos de vista. Eltsin decía ‘Es la GPU la que fomenta nuestra unidad’. Dos grandes tendencias nos dividen, aproximadamente por la mitad: los que creen que hay que revisar todo, que fueron cometidos errores desde el inicio de la Revolución de Octubre, y los que consideran el bolchevismo como inatacable desde sus inicios. Los primero se inclinan a considerar que en las cuestiones de organización usted tenía razón junto con Rosa Luxemburgo, en algunos casos en relación con Lenin en otra época. En este sentido existe un trotskismo cuyas raíces vienen de lejos (…). Nos dividimos también por la mitad en relación con los problemas de la democracia soviética y la dictadura (fuimos los primeros partidarios de la más amplia democracia partidaria en el marco de la dictadura; mi impresión es que ésta es la tendencia más fuerte). En las ‘cárceles de aislamiento’ y en otros lugares, pueden encontrarse ahora, sobre todo, los oposicionistas trotskistas de 1930-33. Una sola autoridad subsiste: la suya. Usted posee allí una situación moral incomparable, de devoción absoluta” (Víctor Serge, citado por Pierre Broué en Los trotskistas en la Unión Soviética).

Era inevitable que todo estuviera en discusión dado el aislamiento y las tremendas condiciones de detención en que se encontraban estos militantes; más aun, frente al fenómeno original de la burocratización de la más grande revolución en la historia de la humanidad.

En las cárceles se podía tener, evidentemente, gran agudeza acerca del grado al que había llegado la degeneración de la Revolución de Octubre. Pero también pesaba la dificultad de poner en correspondencia ese proceso degenerativo respecto del proceso más global, internacional, de la lucha de clases, que estaba viviendo la ascensión del nazismo. Ésta fue la síntesis que intentó Trotsky desde su exilio en obras inmensas como La revolución traicionada, donde buscaba analizar el fenómeno de la burocratización sin perder de vista el ángulo de la defensa incondicional de la URSS.

La Oposición de Izquierda bullía en discusiones. Esto fue así hasta que, literalmente, los bolcheviques leninistas fueran fusilados. Una “solución final” (como la califica agudamente Broué, en explícito paralelismo con el nazismo) llevada a cabo en correspondencia con los últimos juicios de Moscú: durante las grandes purgas de 1936 a 1938 fueron detenidas 8 millones de personas y asesinadas unas 700.000, la flor y nata de la generación revolucionaria.

A partir de ese momento, literalmente, no quedaron más militantes oposicionistas de izquierda en la URSS: “La huelga de hambre iniciada el 27 de octubre de 1936 duró 132 días. Todos los medios fueron empleados para quebrarla: alimentación forzada y suspensión de calefacción con temperaturas de 50 grados bajo cero. Los huelguistas resistieron. Bruscamente, en el inicio de 1937, las autoridades penitenciarias cedieron ante una orden proveniente desde Moscú: todas las reivindicaciones fueron satisfechas y los huelguistas fueron alimentados progresivamente bajo control médico. 35 hombres y mujeres, bolcheviques leninistas, fueron llevados a la tundra, alineados a lo largo de fosas preparadas y ametrallados (…). Día tras día, las ejecuciones continuaron de la misma manera a lo largo de dos meses. El hombre que fue encargado por Stalin para la ‘solución final’ de los problemas de la Oposición de Izquierda se llamaba Kachketin” (Broué, cit.).

La lucha de la Oposición de Izquierda quedó inscripta así entre las páginas más gloriosas y más trágicas del socialismo revolucionario. Es deber de las nuevas generaciones conocer esta historia heroica, así como tomar nota que este capítulo forma uno de los más importantes de nuestra tradición revolucionaria. Una tradición que ha dejado enseñanzas políticas y metodológicas inmensas en materia del abordaje del marxismo por parte de nuestra corriente: “Kachketin, parado en una roca, daba la señal a los verdugos. Todo era apagado, abatido, los cánticos, los espíritus, las vidas. Se pisoteaban páginas de historias inconclusas. ¿Cuánto podrían dar ellos todavía a la revolución, al pueblo, a la vida? Pero ya no estaban. Definitivamente y sin retorno posible” (M.M. Joffe, Una larga noche, citado por Broué, ídem).

Cabe a las nuevas generaciones recoger este legado, garantizar que estas vidas no hayan caído en vano, relanzando la lucha por el socialismo en este nuevo siglo.

  1. La significación histórica de la caída del Muro de Berlín9

Cada mes de noviembre, en el aniversario de la caída del Muro de Berlín, los medios de comunicación del mundo vuelven a desempolvar el discurso de la victoria del Occidente capitalista en la Guerra Fría contra los países no capitalistas, razón de más para detenernos en ese ensayo en dicho acontecimiento histórico.

En primer lugar, hay que señalar que no cayó “el comunismo” ni “el socialismo”: Marx y Engels (y Lenin, y Trotsky) definían al comunismo o socialismo como una fase de la historia en que la humanidad había conseguido abolir las clases sociales y los aparatos opresivos del Estado, sobre la base de una máxima expansión del bienestar material y cultural de todos los individuos, asociado a la vez al máximo progreso técnico (que permite abolir el esfuerzo laboral y conquistar el máximo de tiempo libre). Es la sociedad la que debe terminar tomando en sus manos los asuntos públicos.

Está claro que los países en los que se expropió el capitalismo el siglo pasado en ningún caso llegaron a ese estadio, más allá de que la liquidación de los capitalistas en un tercio del globo abriera una posibilidad histórica emancipadora que, lamentablemente, la clase obrera no pudo aprovechar en su primer embate durante el siglo pasado.

6.1 El fenómeno imprevisto de la burocratización

En segundo lugar, lo que cayó no eran tampoco “Estados obreros” ni, mucho menos, “dictaduras del proletariado”. La clase obrera de Europa del Este y de Rusia no tenía ni un miligramo del poder político. En el caso de la segunda, lo había perdido desde fines de la década del 1930, con las purgas sangrientas simbolizadas por los Juicios de Moscú. Podemos discutir cuán atrás se remonta esto, así como recordar que en los países del Este europeo (donde se expropió a los capitalistas a la salida de la Segunda Guerra Mundial) la clase obrera nunca detentó el poder.

El poder estaba en manos de una casta de burócratas que vivían como privilegiados. La clase obrera no dejó de estar explotada económicamente, aunque por intermedio de relaciones y mecanismos distintos que bajo el capitalismo. La burguesía había sido expropiada, una conquista inmensa. Pero los medios de producción no quedaron bajo el control de los trabajadores. Esto dio lugar a los privilegios crecientes de la burocracia. La desigualdad social y cultural entre el obrero y el burócrata se hizo cada vez mayor; Rakovsky explicaba esto en un texto tan inicial como brillante: “Cuando una clase social se hace cargo del poder, es una parte de ella la que deviene su agente. Es así que surge la burocracia. En un Estado socialista donde la acumulación capitalista está prohibida a los miembros del partido dominante, la diferenciación que comienza por ser funcional deviene en social” (Los peligros profesionales del poder). Este texto, escrito a finales de los años 20, presentaría muchas de las tendencias que se irían haciendo evidentes en la ex URSS en los años siguientes y que conducirían a un lugar muy distinto al socialismo.

Tras las huellas de su amigo, León Trotsky escribiría La revolución traicionada, otro texto brillante que por primera vez abordaba globalmente el fenómeno imprevisto de la burocratización de la más grande revolución obrera de la historia.

En todo caso, si en algo eran superiores estos regímenes a los occidentales era en que la propiedad estaba estatizada. Esto permitía utilizar una porción de los recursos socialmente producidos para evitar que un sector considerable de la población cayera bajo la línea de miseria, al tiempo que expandir los servicios sociales a toda la población y desarrollar, de manera planificada, las fuerzas productivas de la sociedad (planificación que, lamentablemente, al quedar en manos de la burocracia, se transformaría en fuente de una acumulación burocrática y de nuevas formas de irracionalidad económica). Se imponía, al mismo tiempo, una fuerte presión a los Estados occidentales para que hicieran lo mismo, lo que fue la base “ideológica” de los “Estados de bienestar” capitalistas.

De cualquier manera, lo que cayó en 1989 fue un conjunto de regímenes burocráticos, la mayoría de los cuales habían sido impuestos desde arriba por un Ejército Rojo burocratizado hasta la médula después de la Segunda Guerra Mundial (con el agravante de constituirse sobre la opresión a las nacionalidades no rusas). Ninguno de ellos contaba con un apoyo mayoritario de la población, ni mucho menos un apoyo activo o protagónico. Sólo en la URSS el régimen había sido producto de una revolución obrera y popular genuina, y aun en ese caso había sido usurpada hacía rato por la burocracia: “La memoria del stalinismo es profundamente heterogénea, porque es a la vez memoria de la Revolución y del Gulag, de la ‘gran guerra patriótica’ y de la opresión burocrática” (Traverso 2011: 48).

Es por eso que en los países del Glacis (Europa oriental), la clase obrera no sólo no defendió los “muros de Berlín” sino que fue parte activa del derrocamiento de estos regímenes que no consideraba como propios, sino más bien hostiles; se trató, así, de una movilización subjetivamente inmadura, pero enormemente progresiva.

6.2 El derrumbe del stalinismo

El muro de Berlín en sí mismo era una atrocidad que separaba artificialmente una nación, dividiendo familias y grupos sociales. Ni de un lado del muro ni del otro los trabajadores y el pueblo fueron consultados sobre la división de Alemania (Moreno había insistido en la derrota histórica que había significado la división de la clase obrera alemana, la más fuerte de Europa).

Tanto en Alemania Oriental como en Hungría y en Checoslovaquia los tanques soviéticos habían aplastado a los movimientos nacionales, sociales y democráticos de las masas obreras y estudiantiles en las décadas anteriores. Las condiciones de opresión que se vivían en el Este, combinadas con un ya perceptible y creciente deterioro en el nivel de vida, detonaron una movilización democrática popular de masas que tiró abajo el muro de Berlín así como todos estos regímenes dictatoriales, tanto en los países del Este europeo como en la ex URSS.

Esa caída de la burocracia stalinista (o post stalinista) fue un triunfo democrático. Pero la falta de una alternativa socialista real, la no valoración de la propiedad estatal como una conquista (¡debido a que no eran los trabajadores mismos los que la administraban y usufructuaban!), la falta de las más elementales libertades democráticas, amén del espejo de la “prosperidad” occidental, hicieron que estos procesos fueran fácilmente reconducidos hacia la vuelta al capitalismo: “Mientras los ‘ossis’ –como se apodaba a quienes vivían en Alemania del Este– conducías sus rudimentarios Trabant, vestían ropa triste y de mala calidad y bebían gaseosas sin marca, sus vecinos, los ‘wessis’, consumían Pepsi, usaban jeans Levi’s y se movían en BMW” (Luisa Corradini, La Nación, 6-11-2014).

Las mismas ex burocracias de las “repúblicas soviéticas” trabajaron para el retorno del capitalismo y la propiedad privada cuando evaluaron que era necesario cambiar el rumbo como producto de la catástrofe económica y el rechazo creciente de las distintas nacionalidades a la opresión desde la ex URSS.

El capitalismo fue restaurado por parte de una oligarquía que quiso transformarse de “propietaria del Estado” (“la burocracia tiene al Estado como su propiedad”, decía Marx parafraseando a Hegel) en directa propietaria de empresas capitalistas, y quiso hacerlo sobre la base de una “terapia de shock” que los neoliberales recomendaron para aplastar rápidamente la resistencia popular.

En todo caso, para la clase obrera y la juventud de las “democracias populares” no quedaba otra alternativa porque no aparecía como posible otra salida a la crisis. Ese vacío de alternativas es lo que caracterizó a la restauración capitalista y permeó todo un ciclo histórico, marcando los límites de una conciencia popular que ya no se forjaba en la lucha contra el capitalismo, sino que debió hacerlo en la pelea contra el “Estado socialista”, otro agudo señalamiento anticipatorio de Rakovsky.

En varios artículos de homenaje cuando la muerte de Mandel (1995) se señala cómo estaba profundamente decepcionado por el final ignominioso de los estados no capitalistas; seguramente un análisis demasiado “idealista” de los mismos, abstraído de las condiciones reales imperantes, le había dificultado comprender cuánto había retrocedido la clase obrera en ellos.

El 89 significó entonces la cristalización –o el salto en calidad– de una situación histórica: el agotamiento irreversible del stalinismo y los regímenes burocráticos, tanto en sus aspectos económicos como políticos, sociales y culturales. Una oleada de rebeliones populares barrió a los países del Este europeo: ninguno de los regímenes derrocados era reivindicable, ni posible de sostenerse históricamente. Lo mismo puede decirse del régimen en la URSS, que caería dos años más tarde.

Si esto significó, simultáneamente, un triunfo para el capitalismo, fue como producto de fenómenos anteriores que se fueron procesando en el tiempo: la derrota de la clase obrera rusa databa de los años 30. Y tuvo una suerte de efecto retardado como el mecanismo de una bomba de tiempo: una derrota que se hizo visible, en sus dramáticos alcances, sólo medio siglo después.

Algo similar había ocurrido con las clases obreras del este: Berlín 1953, Hungría 1956, Checoslovaquia 1967 y Polonia 1980 fueron las fechas en que el proletariado se levantó contra la opresión burocrática y fue derrotado por los tanques stalinistas: “El trabajo de duelo y de apropiación de un pasado prohibido dio lugar a una rehabilitación masiva de la tradición nacional. La vergüenza ligada a la toma de conciencia del stalinismo fue reemplazada por el orgullo del pasado ruso (al que pertenecen tanto los zares como Stalin). Un fenómeno análogo caracteriza a los países del ex imperio soviético, donde la introducción de la economía de mercado y el surgimiento de nuevos nacionalismos marginalizó por completo el recuerdo de las luchas por el ‘socialismo con rostro humano’” (Traverso 2011: 48).

Esto impidió, evidentemente, la maduración de una alternativa por la izquierda, desde la clase obrera, conjuntamente con el fenómeno ya señalado de que la propiedad estatal de los medios de producción no fuera percibida (¡porque no lo era!) como propia.

6.3 Hacia un recomienzo histórico

Se abrió una verdadera crisis de alternativas se abrió, que dura hasta nuestros días. Porque si en el largo plazo la caída del stalinismo ha sido un fenómeno emancipador, en el corto y mediano plazo fue reconducida por el capitalismo como un triunfo sobre las perspectivas históricas de la clase obrera, la perspectiva de poner en pie otro régimen social. La historia pareció así “concluir”. Y sin embargo, los efectos simultáneos de la crisis económica capitalista y la crisis de hegemonía yanqui, sumados a las rebeliones populares que se están viviendo, están poniendo las cosas en un nuevo terreno: el de un recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos.

En su cobertura periodística del aniversario de la caída del muro, Luisa Corradini da una definición muy aguda del tiempo presente: habla de las “promesas incumplidas del nuevo amanecer” que supuestamente habría significado la caída del muro, agregando: “Un cuarto de siglo después, no hace falta ser un ideólogo de izquierda o de derecha para reconocer que el mundo occidental tiene serios problemas”.

Tampoco implicó una mejoría de las condiciones de vida de las masas en esos países. O por lo menos no categórica y homogénea, sino que abrió la puerta a un retroceso por la vía de la restauración capitalista, donde todas las promesas liberales resultaron ser “espejitos de colores”: Europa del Este sigue siendo la pariente pobre de Europa Occidental, y su cantera de reclutamiento de mano de obra barata. Las privatizaciones y ajustes destruyeron las redes de seguridad social, tanto en el Este como en Occidente, dejando a millones de seres humanos a la intemperie. La fragmentación geopolítica abrió la caja de Pandora de los enfrentamientos interétnicos, religiosos, etc.

Dicho lo anterior, hay que señalar que la caída del muro de Berlín no puede considerarse como una tragedia histórica (como hacen los nostálgicos del stalinismo y del tercermundismo nacionalista burgués). El muro tenía que caer porque su función era únicamente opresiva, y su objetivo era sostener lo insostenible: el contraste del nivel de vida entre la RFA (República Federal Alemana) y la RDA (República Democrática Alemana) señaló como inviable el proyecto de esta última. Salvo que este proceso hubiera sido parte de un verdadero proceso revolucionario, de la extensión de la revolución socialista al resto de Europa, algo que nunca ocurrió. Fue, más bien, la imposición de una transformación desde lo alto sobre una población autóctona derrotada después del desastre del nazismo: “Diametralmente opuesta a una verdadera revolución es el caso de la ex RDA: un verdadero ‘engendro histórico’. Es que en ella no hubo ningún tipo de revolución. Más bien, los cambios fueron forzados por la presencia del Ejército Rojo stalinista. Está claro que el debate no es simple. Se derrotó al invasor imperialista alemán. Pero ningún tipo de socialismo puede surgir a punta de pistola de un ejército que no dejaba de ser, en gran medida, de ocupación” (Roberto Sáenz: “Las huellas de la historia”, www.socialismo-o-bargarie.org).

1989 implicó el comienzo de un nuevo ciclo histórico donde la conciencia de las nuevas generaciones tiene que remontar la herencia dejada por 60 años de deseducación burocrática. Corrupción de la conciencia política socialista que reemplazó las enseñanzas revolucionarias del siglo XIX, las primeras décadas del XX, la oleada revolucionaria del 17, etc., por un conjunto de telarañas mentales, expresadas en el culto a lo opresivo, en el fetichismo del aparato, en el sustituismo del sujeto revolucionario, en el criterio antisocialista de “dar a la sociedad lo menos posible y sacar de ella lo más que se pueda” (Lenin).

Pero el 89 implicó (e implica) también una oportunidad: la oportunidad de empezar a educar a la vanguardia obrera y juvenil en la verdadera perspectiva del socialismo, en recuperar las tradiciones revolucionarias auténticas actualizándolas según el mundo en que vivimos hoy y las lecciones de la experiencia pasada. Proceso que se está viviendo lentamente con la acumulación de experiencias de las actuales rebeliones populares, de los “indignados” de distintos países, de la joven generación obrera que viene irrumpiendo, todavía fragmentariamente, en la escena política.

Y que se está expresando, como tendencia histórica, en la acumulación sostenida de las corrientes socialistas revolucionarias, es decir, del trotskismo, que se viene ganando un lugar indiscutido entre la vanguardia obrera y juvenil a nivel internacional.

Ahí está la semilla del futuro, lo único que puede sacar al mundo del cenagal al que lo lleva el capitalismo, en medio de la lenta disolución del viejo orden mundial que augura la reapertura de una época de grandes crisis, guerras y revoluciones.

  1. ¿Qué tipo de estados puso en pie el stalinismo en Europa Oriental?

 

Toda la educación partidaria [del stalinismo] se basaba no en el estudio creativo y voluntario del método crítico y antidogmático del marxismo, sino en la asimilación obligatoria de textos. Convertían a los obreros en loros y charlatanes” (La tragedia de Hungría, Peter Fryer).

Nos interesa aquí profundizar en algunos aspectos de la experiencia de la ex RDA y los demás países no capitalistas del Este, desarrollando algunos de sus rasgos que encierran claves acerca del carácter de los estados puestos en pie por el stalinismo y también de su ignominiosa caída posterior.

7.1 El comportamiento de un ejército de ocupación

El stalinismo peleó la Segunda Guerra Mundial en clave nacionalista; esto tiñó sus relaciones con los demás estados de Europa oriental una vez finalizada la contienda. El escritor ruso Vasili Grossman tuvo la valentía de denunciar este estrecho enfoque en su momento. El ingreso del Ejército Rojo en estos países (con toda la carga histórica que tuvo este acontecimiento), no ocurrió verdaderamente en tanto que ejército de liberación: ¡permanecieron como ejércitos de ocupación hasta la caída del Muro! Esto dio lugar a una dramática contradicción: el “socialismo” que se construyó en dichos países se levantó a punta de bayoneta, desalentando los movimientos autónomos que la clase obrera estaba poniendo en pie cuando el derrumbe del nazismo.

Tanto Grossman como Broué posteriormente habían subrayado las esperanzas creadas por el triunfo en la guerra antinazi tanto en la URSS como en los países del este europeo: “El avance del ejército ruso despertó en la clase obrera de estos países toda una serie de esperanzas revolucionarias (…) Los comités de liberación yugoslavos (…) dictan leyes sobre provincias enteras incluso antes de la llegada de las avanzadillas rusas (…). Los obreros armados checos participan en la liberación de Praga (…) e instauran el control obrero dentro de las fábricas. Los obreros de Varsovia participan en la insurrección del verano de 1944 (…). En todas las fábricas alemanas del Este se constituyen consejos obreros que asumen la gestión de la empresa” (Broué 2007: 542). Esperanzas vanas que fueron aplastadas por la burocracia stalinista casi inmediatamente; apenas terminada la contienda Stalin volvió a apretar el torniquete en la ex URSS y los países muy contradictoriamente liberados del nazismo.

No es casual, entonces, que visto el ejército soviético como uno de ocupación, los levantamientos antiburocráticos que se sucedieron desde la década del 50 en Alemania Oriental, Hungría, Polonia y Checoslovaquia, hayan tenido marcados rasgos de autodeterminación nacional. Peter Fryer, militante del PC británico enviado a cubrir la revolución húngara de 1956 (que luego de esta experiencia se pasará al trotskismo) subrayaba en tiempo real este sentimiento: “Un odio ardiente contra Rusia y todo lo ruso se observa en los corazones de la gente” (Fryer 1986).

Era también el caso de Polonia: el reparto del país entre los nazis y Stalin a comienzos de la segunda guerra (mediante el escandaloso pacto Ribbentrop-Molotov) le otorgó la supremacía de la resistencia a las formaciones nacionalistas burguesas polacas. Polonia es otra de las tragedias del siglo XX, donde la lucha por el socialismo se vio extremadamente distorsionada por el rol nefasto del stalinismo, incluyendo la liquidación a finales de los años 30 del partido comunista polaco, todavía heredero de las tradiciones de Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches.

Aquí sólo queremos subrayar la contradicción de que se hayan definido como “estados socialistas” u “obreros” sociedades donde las transformaciones económicas y sociales anticapitalistas se impusieron mediante un ejército de ocupación que nunca dejó de tutelarlas: “La iniciativa creadora de la gente y sus deseos de impulsar el socialismo fueron sofocados. No eran consultados ni tenían parte en la administración de sus propios asuntos. El sentimiento de que la ciudad y sus fábricas pertenecieran al pueblo no existía” (ídem).

No solamente el Ejército Rojo no se retiró luego de derrotado el nazismo. Stalin llegó al extremo de cobrar pesadas reparaciones de guerra a todos los países recientemente “liberados”. Se verificó una ceguera estratégica: mientras el imperialismo yanqui implementaba el Plan Marshall para ayudar al renacimiento capitalista alemán, en la porción no capitalista de Europa el amo ruso practicaba una política versallista (por el Tratado de Versalles, que le impuso enormes cargas a Alemania luego de su derrota en la Primera Guerra Mundial) de reparaciones de guerra, apropiándose de parte de la base industrial de estos países: “De acuerdo con los términos del armisticio de 1944, Hungría fue obligada a entregarle a la Unión Soviética reparaciones por valor de 600 millones de dólares. Además, los húngaros fueron obligados a pagar todos los gastos del Ejército Rojo estacionado y en tránsito por Hungría (…). Como en otros países de Europa Oriental, los rusos constituyeron en Hungría sociedades mixtas. Esta maniobra le dio al Kremlin el control sobre la producción húngara de petróleo, bauxita, carbón, minerales, usinas, producción de maquinaria y automóviles, etcétera. Además, los rusos ‘invirtieron’ en esas compañías los valores que habían despojado a Hungría. Por ejemplo, en la Sociedad Mixta de Aviación, las inversiones del Kremlin consistieron en los once mejores aeropuertos húngaros que el ejército ruso había ‘liberado’ de los alemanes” (The Militant, 21 de enero de 1957, citado por Nahuel Moreno en “El marco histórico de la revolución húngara”). Moreno agregaba que “[el stalinismo] apretó el torniquete hasta lograr un estado totalitario que si bien no liquidó las conquistas económicas de la Revolución de Octubre (…), sí terminó con el contenido leninista de tales conquistas: la libre y democrática intervención de los trabajadores (…). Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Rusia se ha transformado en un país que explota a otras naciones y a sus trabajadores” (cit.).

El capitalismo había sido expropiado, pero es evidente que en esas condiciones de ocupación, la que tenía el control de los asuntos era la burocracia, y no una clase obrera que nunca llegó a detentar el poder.

7.2 ¿Un estado obrero erigido sobre un proletariado derrotado?

Donde más grave fue esta contradicción fue en la ex RDA (República Democrática Alemana). Le sumó el traumatismo del nazismo. Culpabilizar a los alemanes por su “responsabilidad colectiva” en la contienda (sin diferenciar explotadores y explotados) configuró una canallada nacionalista, reaccionaria, antipopular y antiobrera. Un curso antisocialista que sirvió para redoblar el sometimiento de la clase obrera de este país; no para ayudarla a su emancipación.

Hay que subrayar otro aspecto que ya señalamos arriba: haber dividido a la clase obrera más importante de Europa fue uno de los crímenes mayores del stalinismo. A la derrota bajo el nazismo, el stalinismo la remachó con la división del principal proletariado del continente.

De ahí que la unificación alemana hay sido un hecho progresivo, más allá de que fuera capitalizada por el capitalismo mediante la restauración. Un hecho reconducido de manera reaccionaria entre otras razones porque en la ex RDA (como en el resto de los países de Europa Oriental) no hubo puntos de referencia independientes para que las masas se orientaran hacia la izquierda. Y no podía haberlos: los trabajadores terminaron repudiando un Estado que no consideraban propio, más allá de que hubiese dado lugar a conquistas económicas y sociales que se fueron degradando con el tiempo. A este desenlace contribuyó que la propiedad estatizada, al carecer de todo contenido socialista, no fuera valorada como un punto de apoyo para un curso en sentido distinto.

En estas condiciones, ¿cómo podía hablarse de “estados obreros” en el Este europeo? La ex RDA nació como un Estado burocrático basado en una población que no vivió la caída del nazismo como un triunfo propio (es sabido que como subproducto de los bombardeos aliados y del temor al Ejército Rojo, la inmensa mayoría de la población alemana apoyó a Hitler hasta el final): “Una verdadera ‘revolución social’ ocurrió en Alemania del Este, pero no fue como producto de un levantamiento popular desde abajo (…) fue en gran medida una imposición desde arriba realizada por un relativamente pequeño Partido Comunista, masivamente facilitada por el hecho brutal de la ocupación militar soviética y por la derrota total y la profunda disrupción moral de la Alemania nazi” (Fulbrooke 2008: 23).

Agrega esta autora que “[lo que caracterizaba en ese momento a la población no eran sus] esperanzas utópicas sino el miedo al comienzo de cada día y la pelea por la supervivencia física y psicológica” (ídem). Rudolf Klemperer, un escritor judío que se mantuvo en Alemania (Dresde) durante la guerra, señalará la pérdida de sentido de la historia de una población que vivirá “al día”, traumatizada todavía por los acontecimientos. Sobre esta base era, evidentemente, muy difícil erigir cualquier “Estado obrero”, por “deformado” que fuera.

El Estado no capitalista que se puso en pie en la parte oriental de Alemania dio lugar a determinadas concesiones sociales. Esto no evitó una circunstancia de penuria permanente y rápidamente demostró su inviabilidad como estado tal. De ahí el tempranero estallido de la clase obrera berlinesa en junio de 1953, aplastado a sangre y fuego por los tanques del Ejército Rojo.

Una década después vino la erección del Muro de Berlín, única “solución” encontrada para frenar el continuo flujo poblacional que desangraba al país: “La zona soviética estaba en una situación mucho más difícil que la RFA. Más destruida por la guerra, más pequeña, con menor población y con la Unión Soviética que no estaba en situación de aportarle nada equivalente a un plan Marshall. Por el contrario, ensayó cobrarse sobre esa pequeña porción de Alemania los pillajes y la devastación terribles cometidos por los ejércitos alemanes en la URSS, de suerte que la República Democrática pagara de manera redoblada su tributo por las consecuencias de la guerra. Para 1953, 3.400 fábricas habían sido desmontadas de la RDA. Lo mismo ocurrió con las vías férreas. Pero eso no fue lo más grave. Lo peor fueron las partidas continuas y masivas de personas que migraban hacia el Oeste con su saber hacer y competencias” (en “Alemania: 20 años después, ¿dónde está la unificación?”, Círculo León Trotsky, 2010).

7.3 “Una clase de loros y charlatanes”

Trotsky había dado pistas de cómo abordar la problemática de los países ocupados por el Ejército Rojo (cuando su análisis de la guerra con Finlandia y la ocupación de Polonia a finales de 1939): “Pero, ¿no son actos revolucionarios socialistas la sovietización de Ucrania occidental y la Rusia Blanca (Polonia oriental), igual que el intento actual de sovietizar Finlandia? Sí y no. Más no que sí. Cuando el Ejército Rojo ocupa una nueva provincia, la burocracia soviética establece un régimen que garantiza su dominación. La población no tiene otra opción que la de votar sí en un plebiscito totalitario a las reformas ya efectuadas. Una ‘revolución’ de este tipo es factible sólo en un territorio ocupado militarmente, con una población diversa y atrasada” (“Los astros gemelos Hitler-Stalin”).

Un tipo de “revolución” similar ocurrió en el Este europeo a la salida de la contienda. Fueron sociedades que, en ausencia de cualquier manifestación de poder o soberanía de los trabajadores (tanto política como económica), no queda mejor categoría para identificarlas que como Estados burocráticos. Esto es, caracterizados por la expropiación de la burguesía, pero con la clase obrera imposibilitada de aprovecharla a su favor.

Este fenómeno, íntimamente contradictorio, le planteó al movimiento trotskista una dramática querella de definiciones, una más compleja que la otra. Era evidente que no se trataba de “estados socialistas”. Pero tampoco de “estados obreros” en el sentido auténtico de la palabra. Ya Trotsky había caracterizado a la URSS de los años 1930 como “estado obrero degenerado”. A la salida de la segunda posguerra, el trotskismo se inclinó a caracterizar los nuevos estados donde había sido expropiada la burguesía (con revoluciones o no) como “estados obreros deformados”.

Pero esta definición, a la luz de los acontecimientos históricos, es particularmente cuestionable en países como los que estamos haciendo referencia: no sólo no ocurrieron auténticas revoluciones (como sí fue el caso de China, Yugoslavia y Cuba), sino que las transformaciones ocurridas en materia de derecho de propiedad fueron impuestas mediante un ejército de ocupación que se dedicó a mantener a raya a la clase obrera mediante un régimen totalitario: “Estas controversias plantean varias preguntas sobre la estructura de la contrarrevolución burocrática y sobre la caracterización directamente social de los fenómenos políticos. Por un lado, la búsqueda de un acontecimiento simétrico al acontecimiento revolucionario, como si el tiempo histórico fuera reversible, constituye un obstáculo para la comprensión de un proceso original en el que surgió lo insólito y lo inesperado. Por otro lado, ya se trate de estados o de partidos, calificarlos de ‘obreros’ les atribuye una sustancia social en detrimento de la especificidad de los fenómenos políticos que transfigura las relaciones sociales [reales, RS]. La caracterización directamente social de las formas políticas se convierte entonces en una cortapisa dogmática que paraliza el pensamiento” (Bensaïd 2007: 61-2).

En definitiva, hay que escapar de todo doctrinarismo. Porque más allá de las viejas definiciones, la experiencia histórica ha indicado que no podrá haber estados obreros auténticos, verdadero proceso de transición al socialismo y mucho menos socialismo, sin el protagonismo histórico de la clase obrera. Un protagonismo histórico de los trabajadores que es lo opuesto a convertirla en una clase de “loros y charlatanes”, como agudamente señalaba Fryer.

Tal es la lección estratégica que deja la caída de estas sociedades donde la clase obrera nunca estuvo en el poder: “Las premisas políticas del sustituismo llevaron en la práctica, al final de la Segunda Guerra Mundial, a la imposición de regímenes como el del Kremlin en Europa oriental (con excepción de Yugoslavia) por medio de la presión militar-policíaca desde arriba, contra una población recalcitrante, si no claramente hostil. Todos los acontecimientos posteriores, incluido su colapso en 1989, se derivan de esa condición esencial. Demostraron la imposibilidad de ‘construir el socialismo’ contra los deseos de la mayoría de las masas trabajadoras” (Mandel 1995).10

  1. El siglo más revolucionario de la humanidad

Hay un proceso de despolitización (…). Se conmemora a las víctimas sin reflexionar sobre sus actos y sobre el sentido de los acontecimientos que vivieron. No se analizan más las luchas, los conflictos, las revoluciones, y el pasado es reducido a totalitarismo y genocidios” (Enzo Traverso, “No se puede trabajar sin Marx, pero tampoco se puede trabajar sólo con Marx”).

En las últimas décadas se ha renovado el debate historiográfico. No es para menos: los acontecimientos ocurridos en el siglo pasado (el “corto siglo XX”, 1914-1989, como lo denominara agudamente el historiador inglés Eric Hobsbawm) han sido de tal magnitud que configuran todo un proyecto de investigación.

Sin embargo, el problema es que esta renovación viene dándose de manera sesgada. Se caracteriza por una condena en bloque de la experiencia del siglo pasado. El abordaje del siglo XX como uno de puras “violencias y “genocidios” tiende a oscurecer una constatación elemental: se trató del siglo más revolucionario de la humanidad.

Es verdad que las manifestaciones de barbarie fueron inconmensurables. Pero dichas expresiones jamás podrían ser comprendidas si se escamoteara que fueron la respuesta contrarrevolucionaria al conjunto de las experiencias emancipatorias puestas en marcha por los explotados y oprimidos; al carácter histórico de las revoluciones sociales que lo jalonaron, sobre todo en su primera mitad, y que llevaron a la expropiación del capitalismo en un tercio del globo.

El valor que tiene una reflexión así es la comprensión que estamos transitando un momento en que recomienza la experiencia histórica; una nueva generación militante hace sus primeras armas, y se trata de trasmitirle el legado de las luchas que la precedieron.

8.1 La condena en bloque del siglo XX

Lo primero a señalar es algo destacado por varios historiadores: que el siglo pasado puede ya ser abordado como historia, con la distancia suficiente de sus acontecimientos. Sólo década y media nos separa de su finalización. Pero más allá de una simple constatación formal del tiempo, las coordenadas que lo caracterizaron son tan distintas a las del día de hoy que, por contraste, pueden ser abordadas de manera histórica: “Si existe una memoria histórica es porque el mundo de hoy está ocupado por recuerdos y representaciones de un pasado inmediato al presente, pero que como tal pasado se acabó” (E. Traverso).

En cualquier caso, se observa una grave unilateralidad en la historiografía actual: se tiende a privilegiar el estudio de las manifestaciones de barbarie, de violencias y genocidas, perdiéndose de vista el contexto dónde estas atrocidades ocurrieron: su carácter de respuestas contrarrevolucionarias a las grandes revoluciones históricas que caracterizaron el siglo XX.

Pero un desarrollo no podría caminar sin el otro; tanto acerca de las revoluciones como de las contrarrevoluciones del siglo pasado, hay profundas enseñanzas a obtener. Ambas expresiones son la materia prima inevitable del debate historiográfico a comienzos de este nuevo siglo.

Aquí nos interesa alertar sobre este sesgo unilateral. Porque deja la idea, abierta o encubierta, de que el siglo pasado fue una pura catástrofe, un puro desastre, una pura barbarie que no se debe repetir. Se trata de un operativo despolitizador que plantea el curso lineal de una historia descontextualizada que la deja como un mero “teatro de las sombras”: “Para comprender las tragedias del siglo que acaba y sacar de ello lecciones útiles para el futuro, hay que ir más allá de la escena ideológica, abandonar las sombras que se agitan en ella, para hundirse en las profundidades de la historia y seguir la lógica de los conflictos políticos” (Daniel Bensaïd, “Una respuesta al Libro Negro del comunismo”).

Debería ser obvio que este operativo pierde de vista la dialéctica de las cosas, de la historia misma del siglo pasado, que necesariamente es una historia de clases antagónicas, que colocó a la revolución y la contrarrevolución como experiencias inevitablemente “simbióticas” (expresión que tomamos de Traverso en el sentido de que no puede haber una sin la otra).

Precisemos dos cosas. Una: nos revelamos contra una unilateralidad que tiene como consecuencia devolver una imagen distorsionada del siglo XX, idea que incluye la condena a la perspectiva misma de la transformación revolucionaria de la sociedad, que pretende la exaltación acrítica del tiempo presente: “Un eterno presente se impone, hecho de instantes efímeros que brillan con el prestigio de una ilusoria novedad, pero no hacen más que sustituir, cada vez más rápidamente, lo mismo con lo mismo” (Jérôme Baschet, citado por Daniel Bensaïd en “Tiempos históricos y ritmos políticos”).

A lo que se llega es a la suspensión de la historia como tal, que nunca podría tener un final. Se trata de una evidente pretensión “totalitaria” que buscaría suprimir la dimensión del tiempo, que no sólo es histórica sino natural, inscrita en la naturaleza misma de las cosas.

Dos: otra cosa distinta es que el siglo pasado estuvo pautado por una gran revolución histórica como la Revolución Rusa (junto con la Revolución Francesa, las dos más grandes en la historia de la humanidad), así como por una segunda gran revolución como la Revolución China, aunque de rasgos muy distintos a la bolchevique de 1917, sin centralidad de la clase obrera ni organismos de democracia socialista. Y, también, por dos grandes contrarrevoluciones como la del nazismo y el stalinismo, además de las dos más grandes guerras en la historia de la humanidad.

Es así que en el debe y el haber del siglo XX hubo manifestaciones para uno y otro lado, aunque, evidentemente, su conclusión terminó reafirmando el orden capitalista. Significó una derrota del primer gran impulso emancipador; un hecho que no serviría de nada negar.

Pero lo que aquí nos interesa subrayar no es eso, sino que no puede haber revolución sin contrarrevolución; que los dolores de parto de una nueva sociedad no podrían venir sin que la acción revolucionaria dé lugar a algún tipo de reacción de las clases establecidas (igual fenómeno ocurrió cuando la Revolución Francesa, aunque a una escala y costo humano muchísimo menor al del siglo pasado) y que tirar al niño de la revolución con el agua sucia de la contrarrevolución es un operativo ideológico espurio que busca soslayar la perspectiva de la lucha revolucionaria, sacarla del horizonte histórico de las nuevas generaciones.

Esta mirada se expresa en categorías acordes del análisis. En el centro se encuentra la de totalitarismo. El siglo XX es abordado como “un siglo de totalitarismos”, donde la sociedad se habría visto reducida a una masa inerte sometida a un “poder totalitario” que, impuesto desde arriba, habría demostrado la imposibilidad de la autoemancipación de los explotados y oprimidos.

No es que el siglo pasado no haya estado marcado por fenómenos totalitarios. El nazismo y el stalinismo fueron “gemelos” en el terreno de sus manifestaciones políticas. Pero el proceso histórico de su surgimiento y la naturaleza social de las experiencias que los caracterizaron fueron opuestos, aunque la resultante en la forma del régimen de dominación fuera similar: “La idea del totalitarismo está lejos de tener una aprobación unánime. Parece limitada, angosta, ambigua, por no decir inútil para quien busca aprehender, más allá de las afinidades superficiales entre los sistemas políticos totalitarios, su naturaleza social, su origen, su génesis, su dinámica global y sus resultados últimos” (E. Traverso 2014a).

Aun así, la categoría de totalitarismo tiene dos objetivos que logra resolver sobre la premisa de una condena en bloque del siglo pasado. Primero, pone en el mismo saco la revolución y la contrarrevolución, unificando ambas experiencias en una misma categoría: toda acción política de masas terminaría en totalitarismo. Segundo, todo el curso del siglo pasado habría demostrado que el único orden político que permitiría una convivencia “civilizada” (aunque sin resolver las desigualdades sociales, se reconoce) es la “democracia”.

Veamos ambos puntos de vista. Es verdad que los “regímenes totalitarios” fueron un producto singular distinguible de toda forma anterior de autoritarismo. Entre otras cosas, por la puesta en escena de genocidios en masa, fenómenos producto de la contrarrevolución (nazi o stalinista), no de la revolución. El genocidio, como asesinato en masa planificado, fue característico del nazismo. En la URSS hubo casos tremendos de genocidio como el Holodomor ucraniano (la gran hambruna de 1932-33 producto de la descontrolada colectivización forzosa del campo stalinista, donde murieron seis millones de campesinos), y es sabido que las purgas significaron asesinatos en gran escala (entre 700.000 y un millón de personas). De cualquier manera, y sin que esto signifique disminuir en nada el carácter asesino del régimen de Stalin, no practicó los métodos del genocidio industrializado como sí lo hizo Hitler.11

Como digresión, señalemos que Traverso insiste en la singularidad de Auschwitz (el campo de exterminio más importante del nazismo). La especificidad de lo ocurrido allí (y en los demás campos nazis) marca un antes y un después en materia de barbarie y deshumanización de un régimen de dominación que no corresponde ser disuelto en las otras atrocidades ocurridas en el siglo XX. Esta singularidad no marca ningún rasgo especial de quienes sufrieron esa barbarie (contra la teoría “esencialista” levantada por el sionismo) ni podría negar que el capitalismo emergió “chorreando sangre por todos los poros”, como señalara en su tiempo Marx, y tampoco disminuye las atrocidades del stalinismo, pero su rasgo específico fue significar un asesinato en masa político sin igual.

Retomando nuestra argumentación, es por lo demás obvio señalar que los procesos revolucionarios dieron lugar al fenómeno opuesto: el acceso de las grandes masas a la vida política, el tomar los asuntos en sus manos: “En 1789, en pleno período de reacción, Immanuel Kant escribía a propósito de la revolución francesa que un acontecimiento así, más allá de los fracasos y retrocesos, no se olvida. Pues en ese desgarro del tiempo se dejó entrever, aunque fuera de forma fugitiva, una promesa de humanidad liberada” (Daniel Bensaïd, “Una respuesta al Libro Negro del comunismo”).

El contraste no podría ser mayor con las experiencias de la contrarrevolución (lo opuesto a esa “promesa de humanidad liberada”, evidentemente), cuyas expresiones acabadas fueron los campos de concentración nazis y los campos de trabajos forzados stalinistas, el Gulag.

Se trata, entonces, de expresiones opuestas, inasimilables, y una no deviene mecánicamente de la otra. Un profundo corte histórico ocurre, una cesura, una “bifurcación” del proceso histórico, una reacción en un sentido contrario que no es una vuelta al mismo punto del inicio. Bensaïd dice, agudamente, que una contrarrevolución es lo contrario a una revolución, no una revolución en reversa, que sería una manera esquemática de apreciar las cosas.

8.2 El totalitarismo como concepto liberal

En fin, la contrarrevolución, los “totalitarismos”, no surgen de las revoluciones sino como respuesta a ellas, lo que es algo muy distinto, más allá de los inevitables “vasos comunicantes” entre unas y otras. Por ejemplo: que instituciones que cumplen un papel al servicio de la revolución sean vaciadas de su contenido real, mantengan su continuidad formal y se vean redireccionadas para otros fines. Así, la Cheka (Comisión extraordinaria Panrusa para la lucha a la contrarrevolución y el sabotaje) como organismo de represión de la contrarrevolución durante la guerra civil fue creado en respuesta al atentado contra Lenin del 30 de agosto de 1918 de la militante del Partido Socialista Revolucionario Fannia Kaplan y militantes de ese partido asesinaron a Moisés Uritsky (jefe de policía bolchevique de Petrogrado. Pero fue luego transformado por el stalinismo en su opuesto, una organización para reprimir a la Oposición de Izquierda y las demás oposiciones.

En cualquier caso, bajo la común etiqueta de “totalitarismo” se esconden procesos históricos de naturaleza muy distinta. Porque el nazismo fue una reacción contrarrevolucionaria en una sociedad preñada de revolución pero donde ésta nunca llegó a triunfar, y el stalinismo fue una contrarrevolución que surgió del seno, pero en sentido opuesto, de la más grande revolución histórica.

Hay aquí un problema adicional. La común condena de los regímenes revolucionarios y contrarrevolucionarios, su subrepticia asimilación bajo el concepto de “totalitarismo”, está al servicio de la exaltación de la “democracia” como patrimonio de la sociedad capitalista: “El totalitarismo es estigmatizado como antítesis del liberalismo, la ideología y el sistema político actualmente dominante. Su condena equivale a una apología de la visión liberal del mundo” (Traverso 2014a).

El operativo es evidente: la “democracia” solamente podría existir en el contexto del capitalismo tal cual ocurre hoy: no habría otra alternativa histórica. Y la democracia queda escindida de toda pretensión emancipatoria. Porque como habría demostrado el siglo pasado, la transformación social no tendría otra alternativa que caer en “una forma de totalitarismo”, como sugiere Hannah Arendt, por ejemplo.

Según esta concepción, además, la democracia no podría ser otra cosa que una práctica de pocos, nunca del conjunto social. Porque las masas tenderían siempre al “totalitarismo”: estarían irremediablemente condenadas a cambiar su libertad por un poroto. El concepto de totalitarismo deviene así la vía regia para una teoría conservadora de la política.

Se busca opacar, así, la expresión democrática de las grandes revoluciones históricas, que se caracterizaron por dar lugar a una explosión liberadora de sus cadenas hasta en la vida de todos los días: “Marc Ferro (…) insiste (…) sobre el derrocamiento del mundo tan característica de una auténtica revolución. Hasta en los detalles de la vida cotidiana (…). En Odessa, los estudiantes dictan a los profesores un nuevo programa de Historia; en Petrogrado, trabajadores obligan a sus patronos a aprender ‘el nuevo derecho obrero’; en el ejército, soldados invitan al capellán castrense a su reunión ‘para dar un nuevo sentido a su vida’, en algunas escuelas, los niños reivindican el derecho al aprendizaje del boxeo para hacerse oír y respetar por los mayores” (Bensaïd: cit.).

Pasa que ambas “democracias” son opuestas por naturaleza: la democracia liberal capitalista supone la subsistencia del Estado como esfera escindida de la sociedad, supone la subsistencia de la explotación del trabajo, supone, en definitiva, que solamente una minoría privilegiada pueda dedicarse cotidianamente a los asuntos generales. La democracia obrera, la dictadura proletaria, tiene condiciones opuestas: la tendencia a la reabsorción del Estado en la sociedad; que la política, la gestión de los asuntos generales, sea practicada por cada vez mayores sectores de masas. Supone la abolición de la explotación del hombre por el hombre, la convicción de que la humanidad es capaz de autoemanciparse. Los teóricos del totalitarismo subrayan la absorción de la sociedad por el Estado, pero, precisamente, manifiestan su escepticismo en que puede ocurrir lo opuesto, la disolución del Estado en la sociedad, como postula el marxismo clásico y revolucionario.

Volviendo al concepto de totalitarismo, en el fondo no alude más que a la unificación de las experiencias de la Alemania nazi y de la Rusia soviética (stalinizada). El régimen totalitario se caracteriza por una suerte de superposición entre el Estado y la sociedad, donde el primero suprime toda expresión independiente de la “sociedad civil”. En el “Estado totalitario”, toda la actividad de la sociedad se ve absorbida por un aparato que se chupa todas sus energías.

Recordemos que Marx hacía una analogía similar en La lucha de clases en Francia en relación con el régimen impuesto bajo el Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón. Pero se trataba de otra cosa: el “régimen bonapartista” de ninguna manera podía llegar al grado de totalitarismo e imposición que significaron el nazismo y el stalinismo; se manejaba con criterios antidemocráticos, desde arriba, autoritarios, pero no tenía nada que ver con los criterios que estamos identificando aquí de los “totalitarismos”, que se basan en genocidios en masa.

Va de suyo que el totalitarismo suprime hasta el último gramo de democracia política; es una imposición que elimina todo atisbo de libertad. Libertad que en la historiografía oficial es apreciada siempre de manera reduccionista, liberal, como mera libertad individual y no una donde “la libertad de cada uno es la condición para la libertad de todos”, como en Marx. Este “todos”, este colectivo, esta sociedad, esta comunidad (de la que llega a hablar Engels), le importa poco y nada al liberalismo, que razona en términos de personas individuales. Quizá el mejor resumen de esa doctrina sea la célebre frase de Margaret Thatcher, primera ministra de Inglaterra en los años 80: “La sociedad no existe; sólo existen los individuos”.

Mediante este operativo se unifican, entonces, experiencias sociales opuestas. Es verdad que hay un elemento político común a ambos regímenes, sobre el que se afinca el concepto de totalitarismo. Porque descriptivamente logra atrapar un régimen específico, histórico, subproducto de la barbarie moderna del siglo XX, caracterizado por la supresión de todas las libertades, de toda posibilidad de acción colectiva independiente.

De todos modos, el concepto de totalitarismo es un producto del arsenal liberal en la medida en que, en definitiva, no tiene actualmente otro sentido que obturar toda perspectiva liberadora, inhibir toda posibilidad de autoemancipación condenando a la sociedad a una heteronomía radical (se entiende por este concepto la imposibilidad de que las masas explotadas tomen en sus manos los asuntos). Agreguemos, de paso, el correcto señalamiento que hace Löwy de que siempre que el liberalismo ambiente intenta identificar los campos de concentración con los “totalitarismos nazi y stalinista” se “olvida” de uno de los máximos ejemplos de asesinato racional y premeditado de las “democracias occidentales” como fueron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Traverso habla de dos épocas del concepto de totalitarismo: una, la actual, en que su uso es únicamente conservador, y otra, la de los años 30, donde tenía un elemento crítico progresivo para denunciar el curso de los regímenes nazi y stalinista. De todas maneras, ya por entonces tenía límites, porque llevaba demasiado lejos la identificación de dos regímenes socialmente distintos: un estado capitalista y un estado obrero burocratizado. O, en todo caso, avanzados los años 30, un estado devenido en “burocrático con restos proletarios y comunistas”, como definiera Rakovsky pero que, de todas formas, no se debía confundir mecánicamente con el del nazismo, error en que cayó la corriente llamada “antidefensista” (se negaron a defender a la ex URSS durante la Segunda Guerra Mundial).

El gran sociólogo burgués Max Weber no conocía todavía el concepto de totalitarismo, ni vivió estos regímenes, pero estaba imbuido del tipo de razonamiento político que le da sustento: “Imagínense las consecuencias de esta vasta burocratización y racionalización (…) todo lo cubre la Rechenhaftigkeit, el cálculo racional. De ahí que cada uno de los trabajadores sea una ruedita de esta máquina (…) La pregunta que nos ocupa no es cómo puede cambiarse algo en ese proceso, pues esto es imposible (…). Más horrorosa es la idea de que en el mundo no haya otra cosa más que rueditas, o sea, que esté colmado de hombres que se aferran a esos pequeños puestitos y aspiran a un puestito algo mayor (…). Que el mundo ya no conozca más que esos hombres del orden es un desarrollo en el que estamos de todos modos insertos, y la pregunta central es, por lo tanto, (…) ¿qué tenemos para enfrentar esa maquinaria, para preservar un resto de humanidad de esa parcelación del alma, de ese dominio absoluto de los ideales de vida burocráticos?” (Max Weber, citado por Weisz 2011: 27).

La cita expresa el temor del sociólogo liberal frente al proceso de burocratización (“totalitarismo”), que consideraba irrefrenable. En su pesimismo radical (y burgués), Weber hablaba de la “servidumbre de los tiempos futuros, cuando los hombres volverán a ser esclavos”.

Fue un pensador agudo que resaltó algunos de los aspectos más dramáticos de la reducción del mundo burgués a una suerte de “jaula de hierro de la desesperación”, que aliena a las personas del control sobre sus propias vidas. Al mismo tiempo que denunciaba esto, se manifestaba escéptico frente a toda posibilidad de hacer saltar esa “jaula” por los aires; miraba con profundo desprecio a la clase obrera y a toda intención de revolucionar el orden capitalista (un interesante análisis crítico de la obra de Weber a cargo de un marxista simpatizante con él es La jaula de acero. Max Weber y el marxismo weberiano, de Michel Löwy).

Antes de fallecer, sin embargo, Weber vivió una desmentida en tiempo real a su escepticismo radical: unos hombres que no estaban sometidos al “orden”, que no se reducían a meros engranajes, sino que llegaron a “tocar el cielo con las manos”: la clase obrera rusa.

8.3 La lucha por la memoria de las nuevas generaciones

“¿De dónde proviene esta obsesión memorialista? [el autor se refiere a los operativos oficiales] (…) Responden a una crisis de la transmisión [de las experiencias históricas] en el seno de las sociedades contemporáneas (…). Podríamos evocar la distinción que sugiere Benjamin entre la ‘experiencia transmitida’ (Erfahrung) y la ‘experiencia vivida’ (Erlebnis). La primera se perpetúa casi naturalmente de una generación a la otra (…); la segunda es lo vivido individualmente, frágil, volátil, efímero (…). La modernidad (…) se caracteriza (…) por el deterioro de la experiencia transmitida” (Traverso 2011: 15).

Si salimos del concepto de totalitarismo, podemos ver la verdadera cara de las revoluciones y contrarrevoluciones del siglo pasado. Apresurémonos a señalar que debido a que estamos en un ciclo histórico que se define, todavía, por la exclusión de grandes revoluciones, el rostro de la revolución esta todavía difuso. No es que no haya vasos comunicantes entre la experiencia actual y la posible emergencia de nuevas revoluciones. Ése es el papel que viene a cumplir el actual ciclo de rebeliones populares: pone sobre la mesa, nuevamente, la intervención de las grandes masas sobre la escena política; replantea a la plaza pública (Tahrir, Puerta del Sol, el Zucotti Park o la que sea) en la escena histórica, en oposición a los palacios, a las sedes del poder. Pero la falta de radicalización de las masas populares las deja todavía como una expresión preparatoria respecto de las nuevas gestas revolucionarias que están en el porvenir.

Es verdad que las contrarrevoluciones históricas tampoco son expresión de experiencias actuales (en las que, de todos modos, no faltan manifestaciones de barbarie). Pero su impacto está más próximo en las representaciones de determinados sectores por cuanto el aparato ideológico oficial se toma el trabajo de exaltarlas y recordarlas, encargándose, además, de asimilar dichas experiencias de barbarie… con las revoluciones que jalonaron el siglo pasado.

En efecto, Traverso sostiene que luego de varias décadas de oscurecimiento de la memoria de Auschwitz, ésta es hoy una suerte de “religión civil” legitimadora del mundo occidental, donde, de paso, se busca exorcizar toda valoración del siglo pasado en su faceta emancipatoria; todo queda reducido a “totalitarismo”.

Aquí corresponde efectuar una delimitación. Ya señalamos que la revolución y la contrarrevolución no se oponen mecánicamente, están entremezcladas: por la necesidad de las cosas, cuando una está, está la otra.

Por ejemplo: tenemos los campos de concentración del nazismo y el stalinismo. Pero también la heroica resistencia de la Oposición de izquierda en la ex URSS, las huelgas de hambre en Kolima y Vorkuta llevadas a cabo por la juventud que formaba filas en el trotskismo (prisiones o “campos de trabajo” donde el stalinismo encerraba a los oposicionistas en los años 30), como hemos visto arriba. O el levantamiento del gueto de Varsovia (al que también nos referimos ya), por nombrar sólo algunas gestas heroicas de resistencia a los “totalitarismos”.

Revolución y contrarrevolución se entremezclan, pero no se confunden. Son expresiones opuestas: puntas del hilo del ovillo histórico que se ponen como el principio y el fin, o el fin y el principio. Y, sin embargo, una da lugar a la otra, una es respuesta de la otra; de ahí el operativo ideológico de igualarlas, como hace por ejemplo Furet: “Bolchevismo y fascismo se suceden, se generan, se imitan y se combaten, pero ante todo nacen del mismo suelo, la guerra; son hijos de la misma historia” (citado por Traverso 2001: 155).

Éste es el centro del debate historiográfico en las últimas décadas, que venía sustanciándose desde los años 50, en plena Guerra Fría, pero que cobró renovada actualidad con la caída del Muro de Berlín.

Es evidente que la necesidad de un balance del stalinismo es insoslayable. Pero otra cosa es el envase dentro del cual se pretende plantear toda la experiencia del siglo pasado, algo fundamental a la hora de abordarlas. Es ahí que cobra operatividad el concepto de totalitarismo como condena al conjunto de la experiencia histórica del siglo XX: “El stalinismo no es una variante del comunismo, sino el nombre propio de la contrarrevolución burocrática (…). Se trata, claramente (…) de dos mundos políticos y morales distintos, irreconciliables” (Bensaïd: “Una respuesta al Libro Negro del comunismo”).

Ésta es la base, insistimos, del debate historiográfico contemporáneo y de su intencionalidad, su carácter conservador. Si se toman historiadores liberales como François Furet o la misma Hannah Arendt, más allá de su erudición, de la cantidad de afirmaciones agudas y del esfuerzo de interpretación sobre la experiencia del siglo pasado (sobre todo en la última), sus conclusiones son conservadoras: se trata de una exaltación de la “democracia” y la “libertad” independizando esta posibilidad histórica de sus condiciones materiales. Estaríamos “condenados a vivir en el mundo en que vivimos”, como afirma Furet en El pasado de una ilusión.

Frente a la conclusión liberal, historiadores como el reaccionario Ernst Nolte (protagonista de un gran debate historiográfico a finales de los años 80) se pasa para el lado de la exculpación del nazismo de toda responsabilidad histórica. Lo que el nazismo hizo sería una “respuesta obligada” al “genocidio” perpetrado por el bolchevismo…

Que dicho “genocidio” nunca haya existido; que el bolchevismo haya expropiado a la burguesía en cuanto clase social pero nunca llevado a cabo un genocidio físico de sus integrantes (como sí lo hizo el nazismo con los judíos, gitanos y la población eslava del este, amén de la persecución a comunistas y socialdemócratas), eso no importa: Nolte fuerza las cosas para el lado de la absolución histórica del fascismo.

Otro gran historiador del siglo XX es Eric Hobsbawm. Tiene categorías agudas como el “corto siglo pasado” o la caracterización del siglo como una “era de los extremos”, sobre todo de su primera mitad. Sin embargo, propone una lectura economicista que sirve de exculpación de todo lo actuado por el stalinismo; todo habría ocurrido sobre el terreno de la “necesidad histórica”; nada podría haber seguido un curso distinto. Esto ocurre sólo para llegar a la conclusión pesimista de que, en definitiva, el comunismo se acabó como experiencia histórica posible.

Una visión alternativa es la ofrece el socialismo revolucionario (y, dentro de ella, nuestra corriente Socialismo o Barbarie). El siglo pasado debe ser aprehendido como experiencia estratégica. No hay fin de la historia, no hay “eterno presente”. Éstas son sólo figuras ideológicas ancladas en ciertas circunstancias, en el corte de la memoria histórica entre las nuevas generaciones, en el hecho de que el siglo XX no saldó la lucha emancipatoria: “En 1990, la dialéctica histórica descrita por Koselleck como una tensión permanente entre un ‘horizonte de expectativa’ proyectado hacia el futuro y un ‘campo de experiencia’ anclado en el pasado se rompió. El horizonte se hizo confuso, invisible, mientras que el espacio memorial se saturó, designando el pasado como un campo de ruinas, el siglo de las guerras, los genocidios, los totalitarismos” (E. Traverso: “La concordance des temps. Daniel Bensaïd et Walter Benjamin”).

En un reciente encuentro militante en Costa Rica señalábamos que la recuperación de la “dimensión de futuro” entre las nuevas generaciones, la idea de que lo actual no tiene por qué seguir siendo un “eterno presente” requiere, a la vez, de una recuperación de la memoria del siglo pasado, de sus experiencias, avanzando en superar ese corte de la memoria histórica con las luchas de las generaciones anteriores. Experiencias que quedaron en el haber de la humanidad (más allá de su curso fallido posterior), y que debemos ocuparnos de transmitir críticamente a la joven militancia.

Porque como señalara el gran historiador trotskista Pierre Broué en su última obra antes de fallecer (Comunistas contra Stalin), esta reflexión debe ser “un arma contra el horror del pasado; una lección de coraje y dignidad (se refería a la Oposición de Izquierda en los años 30), jamás inútil; un balance de la experiencia colectiva sin el cual estaríamos condenados a repetir indefinidamente los mismos errores”.

En cualquier caso, la circunstancia del “final infeliz” del siglo pasado debe ser abordada sobre la base de lo que dijera alguna vez Rosa Luxemburgo: que la historia nunca puede ser hecha “de una vez y para siempre”; es imposible que la clase obrera acumule experiencia histórica sobre otra base que no sea la prueba y el error.

Visto desde este punto de vista (aun con todas sus circunstancias dolorosas), el siglo XX debe ser abordado como un inmenso laboratorio de experiencias. Es cierto que “las derrotas acumuladas oscurecieron el horizonte de la espera y congelaron la historia en la desgracia” (Bensaïd). Sin embargo, también es verdad que una nueva generación se está poniendo de pie y que estamos viviendo el recomienzo de la experiencia histórica.

  1. Nolte, Furet y Hobsbawm. La polémica sobre las interpretaciones del siglo XX

“Petrogrado, ahora eres todo mío” (Un viejo obrero ruso durante la Revolución de Octubre, parafraseado por John Reed, en Ernst Nolte, La guerra civil europea).

Tres reconocidos historiadores presentaron textos de síntesis sobre el siglo XX: François Furet, Ernst Nolte y Eric Hobsbawm, en sendas obras que concentraron el debate historiográfico de las últimas décadas. En estas páginas nos venimos refiriendo a aspectos salientes de este debate. La motivación de este emprendimiento, como ya hemos dicho, es la necesidad de trasmitir elementos de aprendizaje histórico a las nuevas generaciones, marcadas por un agudo cretinismo en relación a la historia del último siglo (que por añadidura, es la que menos se estudia en colegios y universidades).

De más está decir que ningunos de estos tres autores está emparentado con el socialismo revolucionario. Si Furet propone una lectura liberal del siglo pasado, hoy a la moda, y Nolte, coincidiendo en muchos aspectos con él, tiene el punto de vista del revisionismo histórico (que busca exculpar al nazismo de sus fechorías), el caso de Hobsbawm es el de un autor visto como de izquierda (hasta el final de sus días militó en el Partido Comunista Británico), que, no casualmente, abreva en su síntesis en una versión “light” del relato stalinista tradicional.

La interpretación liberal

La obra de Furet, El pasado de una ilusión, es actualmente la más canónica de las tres (esto no quita que la más conocida y difundida sea la de Hobsbawm, que goza de un prestigio mayor como historiador).

El texto de Furet data de 1997 y ya antes este autor había provocado cierto escándalo con su visión crítica de la Revolución Francesa, donde señala con el dedo a los jacobinos por haber sentado el precedente para el rasgo que caracterizaría posteriormente a los bolcheviques: poner la revolución por encima de la ley. Una afirmación un tanto absurda porque ése es, inevitablemente, el rasgo de toda verdadera revolución: ser un acontecimiento fundante de un nuevo orden social, razón por la cual, inevitablemente, se coloca por encima de las leyes establecidas, las deroga y crea otras nuevas. Lo que no quiere decir, por otra parte, que se trate de un gobierno de pura arbitrariedad: sólo se funda en otra legitimidad que la de la democracia liberal.

La historia de Furet es, fundamentalmente, una historia de las ideas. No se remite a los procesos económicos subyacentes; tampoco pone en el centro de su reflexión los acontecimientos efectivos de la historia política: las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. Se refiere, más bien, a las representaciones de los diversos intelectuales acerca de los hechos. Sin embargo, es un autor erudito en su materia y con una narrativa atractiva. Sobre todo, es un profundo conocedor de la historia política de Europa occidental de la primera mitad del siglo pasado (Francia e Italia, no tanto de Alemania), sobre todo los años 30 (se puede sacar provecho de la lectura de los capítulos referidos a estos países).

Ahora bien, el texto de Furet no es ingenuo: lo que hace es presentar la versión canónica del liberalismo capitalista respecto del siglo pasado. Para entender el carácter de “revancha histórico-política” que trasunta su obra, hay que recordar que en los años de apogeo de la “era de los extremos”, la democracia burguesa parecía al borde de la extinción: “El mayor secreto de la complicidad entre bolchevismo y fascismo sigue siendo, empero, la existencia de este adversario común, al que las dos doctrinas enemigas reducen o exorcizan mediante la idea de que está moribundo y que no obstante constituye su terreno propicio: simplemente, la democracia” (El pasado de una ilusión: 36).

Este desfondamiento de la democracia liberal fue un hecho histórico; de ahí el terror pánico que había creado en las burguesías de todo el mundo la revolución bolchevique en Rusia (Josep Fontana lo subraya lúcidamente en un reciente artículo), así como la aparición por oposición, de pensadores políticos consagrados como Carl Schmitt, que erigieron toda su obra en una crítica al liberalismo desde la derecha contraponiéndole un pensamiento conservador (observemos que para Schmitt, basado en su realismo como pensador agudo, también el hecho antedecía al derecho, y criticará a Hans Kelsen como un formalista del derecho liberal).

Ocurre que, efectivamente, en los años 20 y 30 en Europa occidental, la democracia burguesa veía abrirse un abismo bajo sus pies en beneficio de experiencias revolucionarias o contrarrevolucionarias. A comienzos de 1940, luego de la ocupación de los Países Bajos y Francia por la Wehrmacht, este régimen imperaba sólo en Inglaterra, Estados Unidos, Australia, algunos países de Latinoamérica y no muchos otros.

Esta realidad se comenzó a revertir a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, hasta transformarse en el régimen político mayoritario a comienzos del siglo XXI. La caída del Muro de Berlín y el stalinismo (el aparente fracaso del socialismo), dio a los ideólogos liberales la oportunidad de avanzar en emparentar el fascismo y el nazismo con el comunismo, bajo la común etiqueta de los “totalitarismos”, a partir de lo cual se busca exaltar la democracia burguesa: “El comunismo soviético no sólo se ha vuelto comparable al nacionalsocialismo; es casi idéntico a él” (ídem: 186).

Furet hizo escuela en esta forma de apreciar los asuntos considerando como “revolucionarios” ambos movimientos: “El historiador que intenta comprender la Europa de esos años no puede olvidar que el fascismo mussoliniano fue una doctrina y una esperanza para millones de hombres. No tiene grandes antepasados intelectuales, pero quiere acabar con el burgués en nombre del hombre nuevo y, por lo demás, reúne bajo esa bandera a una gran parte de la vanguardia intelectual, a los futuristas, a los nostálgicos del impulso del Risorgimento, Marinetti, Ungaretti, Gentile y hasta, por un breve momento, Croce” (ídem: 202).

Definir al fascismo como un fenómeno “revolucionario” es común en varios autores que confunden sus formas dinámicas con el contenido de los fenómenos analizados: ¡también la contrarrevolución tiene sus rupturas con el orden establecido de las cosas pero, evidentemente, para el lado retrógrado!

El autor francés establece, de todas maneras, una distinción de rasgos insistiendo en la contraposición entre el “universalismo abstracto” de los bolcheviques (el internacionalismo característico del socialismo revolucionario) y el matiz nacionalista, particularista, del fascismo. Destaca de Mussolini que, a diferencia de Lenin, pretende unir revolución y nación: “Uno de los secretos de su éxito (…) descubierto por Mussolini desde 1915: reunir la nación y la clase obrera, arrebatando la primera a los burgueses y la segunda a los marxistas” (ídem: 217).

En esto establece un elemento agudo porque, efectivamente, la contrarrevolución fascista y la nazi se apoyaron en la exaltación de los valores nacionalistas en provecho de su propio imperialismo, de su lucha competitiva con los demás. Se trataba de un concepto de nación reaccionario, más allá de las humillaciones que vivió la Alemania derrotada después de la I Guerra Mundial (el Tratado de Versalles fue un error no repetido por los vencedores imperialistas al finalizar la segunda guerra) y que supo ser explotado por Hitler: “Hitler trata de crearse un estandarte con el papel que los socialdemócratas, tan poderosos en la Alemania anterior a 1914, no supieron desempeñar en el momento de la guerra: ser a la vez el partido de la revolución y de la nación. Después de la guerra, abandonaron la una y la otra, pasándose al servicio de la República de Weimar, convertidos en burgueses. Hitler tuvo la intuición de ese vasto espacio disponible, que los comunistas no podían conquistar en nombre de la Internacional de Moscú” (ídem: 217).

Si bien Furet no fue el único ni el más destacado de los teóricos de la crítica liberal a los totalitarismos (Arendt tiene un lugar de privilegio, sobre todo a partir de su obra Los orígenes del totalitarismo, sin menoscabo de la agudeza de algunos de sus planteamientos), es el que aborda de manera más directa la histórica política de los años 30 en los países de Europa occidental, proponiendo una lectura liberal de la degeneración stalinista del movimiento comunista (buscando ocultar, aunque no lo logre del todo, la tradición de izquierda antistalinista; Enzo Traverso le hace esta crítica).

El carácter de operativo liberal burgués de su enfoque no opaca señalamientos agudos como cuando da cuenta, del enamoramiento de ex comunistas poco claros (devenidos en ultranacionalistas) con Stalin: “Ernst Niekisch, ex militante de extrema izquierda, ex presidente del soviet de Baviera de 1919 (…) que se ha vuelto nacionalista por hostilidad a la política exterior prooccidental de los gobiernos de Weimar (…) [reivindica en Stalin] ‘el fanatismo de la razón de Estado’. Así podemos entender que nuestro autor haya regresado de un viaje a Rusia en 1932 emocionado por el prodigioso desafío de la voluntad a la técnica que representaba el plan quinquenal gracias a la movilización total de un pueblo” (ídem: 231).

Furet plantea dos o tres claves interpretativas del siglo pasado en las cuales la palabra “ilusión” es fundamental. Como se desprende simplemente al hablarse de la lucha por el socialismo como una ilusión, de lo que se habla es de algo imposible, algo que conmovió a cientos de millones y llevó al involucramiento activo a varios millones (incluso conduciendo a muchos a la muerte), pero era un mero “espejismo”, una ilusión, algo carente de fundamentos.

La base de apoyo metodológica de Furet es canónica: critica como “determinista” al marxismo, pero sólo para proponer una arbitrariedad completa en el curso histórico: “La comprensión de nuestra época sólo es posible si nos liberamos de la ilusión de la necesidad: el siglo sólo es explicable –en la medida en que lo sea– si le devolvemos su carácter imprevisible” (ídem: 16).

Furet abreva en el posmodernismo ambiente que cuestiona, incluso, que la historia sea explicable: al parecer, debería ser un hecho de brujería, acientífico. A la crítica marxista al determinismo mecánico en sus versiones más vulgares no se le ocurre afirmar que en el desarrollo de la historia las cosas ocurran arbitrariamente; esto es, por fuera de las condiciones materiales en el seno de las cuales se desarrolla la historia viva de la lucha de clases. Lo único que afirma es que se plantea un abanico de posibilidades, no un curso mecánico de los acontecimientos; pero tampoco un desarrollo arbitrario proveniente de no se sabe dónde. Volveremos sobre esto.

El revisionismo histórico

“Somos las columnas de asalto, los de rompe y rasga,

formamos la primera fila , ¡atacamos con valor!

El sudor del trabajo sobre la frente, el estómago vacío y hambriento.

La mano cubierta de hollín y callos empuña el rifle.

La granada de mano en el cinturón, el rifle en el hombro,

¡así marchan las columnas de asalto, ebrias de victoria!

El judío comienza a temblar, rápido abre el arca,

liquida, hasta el último centavo, la cuenta del pueblo”

(Canto de las tropas de asalto nazis SA de Silesia, citado por E. Nolte)

Nolte se planteó una tarea más ardua que Furet. Coincide con el historiador francés en la unificación de las experiencias del bolchevismo y el nazismo. Pero, sobre llovido mojado, resulta que el nazismo es exculpado de toda responsabilidad histórica porque no habría sido más que “una reacción del pueblo alemán” frente al “genocidio” con el que los amenazaba la Revolución Rusa…

Furet opina lo mismo que Nolte a este respecto: “Se puede considerar que la victoria del bolchevismo ruso en octubre de 1917 es el punto de partida de una cadena de reacciones”, y agrega: “Uno de los méritos de Nolte fue haber pasado por alto, muy pronto, la prohibición de establecer paralelos entre comunismo y nazismo” (ídem: 189).

Hay dos cuestiones que el autor alemán pretende demostrar. Uno, que el nazismo habría surgido como simple y mecánica reacción frente al bolchevismo, achacándole, de paso, toda la responsabilidad por el genocidio producido por el primero a estos últimos. Traverso desmiente esta lectura vulgar recordando que la “era de los extremos” no nació en 1917 sino en 1914: el suelo nutricio de la radicalización de los desarrollos nació del desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, no de la Revolución Rusa, que como acontecimiento ocurrió en el contexto objetivo creado por la carnicería imperialista.

Dos, que hablar de “genocidio” cuando se trata de la Revolución de 1917 es una flagrante mentira, o peor: una provocación, una falta total a la verdad histórica: “Era a todas luces evidente (…) que una empresa de tal magnitud debía enfrentar una resistencia muy intensa, máxime cuando la experiencia práctica había mostrado que desde su toma violenta del poder el partido luchaba con tesón, mediante una guerra de clases sin precedentes, contra sus numerosos adversarios (…); es más, que los estaba exterminando” (ídem: 51).

Nolte se apoya, por ejemplo, en algunos volantes de la izquierda alemana donde se hablaba de “aniquilar a la burguesía”. Pero para todo el mundo es evidente (¡y esa es, además, la evidencia histórica), que cuando la izquierda revolucionaria hablaba de “acabar con la burguesía”, se refería a acabarla como capa privilegiada, como categoría social. A nadie se le pasó por la cabeza liquidar físicamente y en masa a sus integrantes como afirma el autor alemán: “No se equivocó quien (…) creía que la revolución bolchevique significaba un paso gigantesco hacia una nueva dimensión histórico mundial, la dimensión del exterminio social de extensas masas humanas” (ídem: 52).

Es conocido que la revolución de octubre fue prácticamente incruenta; recién comenzó a correr sangre con el desencadenamiento (¡por parte de los blancos y las potencias imperialistas!) de la guerra civil a mediados de 1918. Es verdad que hubo casos de justicia sumaria por parte de los bolcheviques; fueron pasados por las armas representantes políticos de la burguesía. Pero no se trató de ningún “genocidio”; no se exterminó a la clase burguesa como tal. Con sólo señalar que en las purgas de los años 30 Stalin se encarnizó mucho más con la generación que llevó a cabo la revolución, ya se puede tener una idea de la veracidad de las afirmaciones del historiador germano.

Nolte llega, incluso, a justificar el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht a manos del gobierno socialdemócrata de Ebert y Noske, los que pactaron secretamente con el ejército antes de asumir que acabarían con los elementos bolcheviques alemanes (ídem: 110). Hace esto en nombre del respeto a la “legalidad” del nuevo gobierno, criticando el levantamiento revolucionario contra él.

La obra de Nolte es de menor interés que la de Furet, pero aun siendo un reaccionario de pies a cabeza, se puede sacar alguna miga de su obra más conocida, La guerra civil europea, sobre todo en lo que tiene que ver con la situación de Alemania en los años 20. Si sus tesis principales son endebles y de menor agudeza que las de Furet, su registro de los acontecimientos –distorsionados por su lente provocadora– deja elementos de interés.

Por ejemplo, al caracterizar a Friedrich Ebert, el candidato a Kerensky alemán, señala cómo el primero “había logrado la paz, a diferencia de su contraparte rusa”. Un factor que, como está magistralmente registrado en la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, fue fundamental para el hundimiento de los reformistas en 1917 (ya hemos visto esto más arriba).

Algunas de sus tesis principales no son tan fáciles de contradecir. Al hablar de una “guerra civil europea” entre 1917 y 1945, recoge algo real: que durante el período que va entre la Revolución Rusa y la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó a escala de toda Europa, complejizando el análisis de la propia guerra mundial. Pero el matiz que resalta Nolte lo lleva demasiado lejos transformándolo en constitutivo de todos los enfrentamientos; termina dando así una lectura unilateral que, incluso, tiene rasgos similares a la interpretación dada por algunos revolucionarios de la segunda guerra, como fue el caso de Nahuel Moreno a comienzos de los años 80.

Al reducir todo a un conflicto “ideológico” (a una “guerra de regímenes políticos”), se termina perdiendo la sustancia social de lo que estaba en juego: cualesquiera fuesen las deformaciones de la ex URSS, constituía un país no capitalista; la invasión de Hitler a Rusia tuvo el carácter de una guerra contrarrevolucionaria que no sólo era “ideológica”: ese aspecto era el revestimiento de una lucha de conquista imperialista por el “espacio vital” de Alemania (ver a este respecto nuestro análisis del carácter de la Segunda Guerra Mundial en “Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo”, revista SoB 27).

Nos falta abordar uno de los desarrollos de su obra. Recordemos que en los años 80 se desató en Alemania lo que se dio en llamar “el debate de los historiadores”, porque pareja a su exculpación del nazismo iba la justificación de las cámaras de gas. Aquí hay otro factor provocador del autor alemán: es imposible emparentar los campos de extermino del nazismo con los campos de trabajo forzados del estalinismo. Así lo demuestra con solidez Traverso: habla de la racionalidad de medios y la irracionalidad de fines del nazismo (montó verdaderas industrias de la muerte, muy eficaces), al tiempo que señala que la racionalidad de fines del stalinismo (una racionalidad volcada a la acumulación burocrática, no a la transición al socialismo, agregamos nosotros) se llevaba a cabo mediante una gran irracionalidad de medios: el trabajo literalmente esclavo en un país que se declaraba “socialista”, entre otros múltiples ejemplos de irracionalidad de la planificación burocrática. El solo hecho de absolver los crímenes de lesa humanidad del nazismo dejó a Nolte en la mira.

La interpretación canónica en la “izquierda”

En el seno de la izquierda en sentido amplio, o, más bien del mundo universitario en general, está la obra del historiador británico Eric Hobsbawm. Traverso dice, agudamente, que Hobsbawm “se hace sólido conforme nos alejamos del siglo XX”. En efecto, su especialidad histórica fue el siglo XIX, con una trilogía muy conocida. De cualquier manera, nos interesa referirnos a su obra sobre el siglo XX.

No es que carezca de planteamientos agudos. Para Hobsbawm, ya en la década del 90 estaba claro un fenómeno que nosotros apreciamos mucho después: la ruptura de la conciencia de las nuevas generaciones con las anteriores, su cretinismo en materia histórica: “La destrucción del pasado, o, más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de las generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica con el pasado del tiempo en el que viven” (Historia del siglo XX: 13).

Conceptos como el “corto siglo XX” o la “era de los extremos” que se vivió en la mayor parte del siglo pasado son agudos y muestran que el autor británico tenía sentido histórico. Además, su obra tiene apreciaciones justas en muchos rubros: por ejemplo, cuando señala que las mayores crueldades de nuestro siglo han sido las “impersonales”, de “decisión remota”, de “el sistema y la rutina” (ídem: 58).

Pero aquí terminan nuestros acuerdos con él, porque se trata de una interpretación marxista vulgar del siglo pasado. Hobsbawm reproduce, casi punto por punto, el tipo de abordaje del marxismo de los partidos comunistas (stalinistas) del siglo pasado: economicista, instrumental y teleológica, sólo para después no poder comprenderse realmente por qué ese mundo “socialista” se vino abajo.

El abordaje de Hobsbawm es canónico en la izquierda no socialista revolucionaria respecto de algunos de los momentos principales de la lucha de clases del siglo XX. Ejemplo: la guerra civil española, que es interpretada, estrictamente, en los términos del stalinismo: “lo que estaba en juego no era la revolución sino la defensa de la democracia” (ídem: 167).

También su interpretación de la Segunda Guerra Mundial, donde se reproduce la idea de que se hubiera tratado de una conflagración “entre la democracia y el fascismo”, así como su justificación de la política contrarrevolucionaria de los frentes populares que excluía la lucha por el socialismo: “Los terratenientes y los capitalistas que apoyaran a los rebeldes [habla de las fuerzas de Franco en la guerra civil española] perderían sus propiedades, pero no por su condición de terratenientes y capitalistas, sino por traidores” (ídem: 168).

Esto es muy conocido para repetirlo aquí; de todas maneras, es importante señalarlo porque con la autoridad que le dio ser un gran historiador con presencia en las aulas universitarias de todo el mundo, Hobsbawm hace pasar, nada ingenuamente, la interpretación canónica del stalinismo sobre la historia del siglo pasado. Que a su vez es la justificación de sus propias posiciones políticas: Hobsbawm formaba parte del famosísimo grupo de historiadores del PCB, que en su mayoría rompieron con el partido stalinista británico cuando los tanques soviéticos entraron en Hungría para sofocar la revolución de 1956. E. P. Thompson, autor del clásico estudio acerca de La formación de la clase obrera en Inglaterra, será uno de los historiadores que rompieron con el partido; Hobsbawm permanecería en él toda su vida.

Hobsbawm tropieza con un grave problema a la hora de explicar el derrumbe del stalinismo. Pero eso no le hace rever ninguna de sus certidumbres anteriores, como la incondicional justificación del stalinismo por “el logro gigantesco de haber modernizado la URSS”: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS (…) fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales (…). No obstante, cualquier política de modernización acelerada de la URSS, en las circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla en contra de la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en buena medida por la coacción” (ídem: 380). ¡Curioso “socialismo” éste, impuesto contra la mayoría de la población!

Es importante subrayar, también, el déficit metodológico de su abordaje: la lucha de clases del proletariado, sus clivajes, sus posibilidades alternativas, tiene poco y nada de peso en él; casi todo es visto como un proceso desde arriba. Su condena del rol de Trotsky es de lo más vulgar, por decir lo menos: “Trotsky fracasó por completo en todos sus proyectos” (ídem: 81). Su apreciación general de las cosas es de un economicismo que raya el esquematismo, así como la afirmación de una idea del progreso típica de las concepciones más instrumentales: nada importa que se logre a costa de los seres humanos de carne y hueso.

Hobsbawm no logra salir de esos relatos canónicos. Va a contrapelo de las necesidades del momento, donde está planteado enfrentar las derivas del posmodernismo. Porque si era y es correcto presentar una “historia total”, panorámica y de amplios alcances del siglo pasado como intenta hacer Hobsbawm, también es hora de echar el lastre de una interpretación del marxismo esquemática, teleológica y mecanicista que había sido puesta en evidencia por el mismo desarrollo de los acontecimientos.

Hobsbawm no logra hacer nada de esto, y siquiera se lo plantea. Su relato de la historia del siglo pasado es una versión aggiornada del relato del stalinismo (más allá de condenas, aquí y allá, a la figura de Stalin, a la que al mismo tiempo se reivindica); una justificación de todo lo actuado por la burocracia sin que se sepa cómo vino a ocurrir, repentinamente, el derrumbe del stalinismo: “La tragedia de la Revolución de Octubre estriba, precisamente, en que sólo pudo dar lugar a este tipo de socialismo, rudo, brutal y dominante. Uno de los economistas socialistas más inteligentes de los años 30, Oskar Lange (…), desde su lecho de muerte hablaba con los amigos y admiradores que iban a visitarlo (…): ‘Si yo hubiera estado en Rusia en los años 20, hubiese sido un gradualista bujariniano. Si hubiese tenido que asesorar la industrialización soviética, habría recomendado unos objetivos más flexibles y limitados, como, de hecho, hicieron los planificadores rusos más capaces. Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, me pregunto una y otra vez: ¿existía una alternativa al indiscriminado, brutal y poco planificado empuje del primer plan quinquenal? Ojala pudiera decir que sí, pero no puedo. No soy capaz de encontrar una respuesta’” (ídem: 494).

Está claro que este supuesto “tipo de socialismo” ha sido condenado por la experiencia del siglo XX: un “socialismo” construido sin el protagonismo histórico de la clase obrera estaba destinado a terminar como lo hizo: en el basurero de la historia.

El debate sobre las perspectivas históricas de la clase obrera

No queremos terminar sin hacer una somera referencia a la obra de Enzo Traverso. Se trata de un historiador dos generaciones más joven que los autores citados. En cierto modo, es el historiador político más renombrado del momento, y merece serlo porque su elaboración es en muchos aspectos inspiradora; traza una delimitación general con los autores arriba mencionados desde un punto de vista general que podríamos considerar marxista.

Sin embargo, y sin menoscabo de que lo citamos en todo lo que nos parece valioso, su abordaje tiene limitaciones. Aquí nos detendremos en dos de ellas. La primera tiene que ver con su ángulo de mira general. Traverso es un historiador con un gran sentido histórico, sobre todo en materia del siglo XX, su especialidad. Logra trasmitir algunas de las características salientes del siglo pasado, especialmente su primera mitad, incluyendo finas percepciones acerca del stalinismo y su balance.

Pero hay un límite general en su abordaje: está demasiado sesgado para un ángulo de mira que coloca en el centro de su reflexión a la cuestión judía y no a la cuestión obrera. Es verdad que la cuestión judía estuvo en el centro de muchos de los desarrollos del siglo XX. Pero Traverso pierde de vista que dicha cuestión de ninguna manera podría tener el grado de generalidad de la problemática del lugar histórico de la clase obrera en la transformación del capitalismo, y no como tema “filosófico-general”, sino como historia de las grandes revoluciones del siglo pasado.

A Traverso le pasa un poco lo que le critica a Hanna Arendt: su prisma está demasiado corrido para una cuestión con mucha “reticularidad” en el siglo pasado, pero que sin embargo es parcial. Por alguna razón que se nos escapa, a pesar de tener gran percepción acerca del significado de una “era de los extremos”, Traverso no logra ser un historiador de las grandes revoluciones del siglo pasado, acontecimientos fundantes del mismo; en todo caso en conjunto con las dos guerras mundiales.

No logra poner en el centro de su perspectiva la pelea por que la clase obrera tenga plena palabra histórica, contra el stalinismo, que pretendió construir el socialismo reduciéndola a la condición de “una inmensa muchedumbre ciega”. Así lo denunció el escritor e intelectual de izquierda André Gide en su Retorno de la URSS, luego de una decepcionante gira por Rusia a mediados de los años 30, a lo que agrega una frase lapidaria: “Y dudo que en algún otro país de hoy, así fuera en la Alemania de Hitler, sea menos libre el espíritu, menos sometido, más atemorizado, más avasallado” (citado por Furet: 331).

Existe un segundo problema: Traverso recae, a veces, en una interpretación de los principales acontecimientos del siglo pasado en clave de una “lucha antifascista”, pero no en el sentido del marxismo revolucionario, sino como una suerte de versión de izquierda de la política canónica del frente popular. Quizá se base en la preocupación por no caer en una interpretación “sectaria” o reduccionista del siglo pasado, en una apreciación de Trotsky que en algunos casos (no en todos) es demasiado crítica, unilateral.

No podemos exigirle a Traverso que tenga el balance del marxismo revolucionario. Pero la suma de la pérdida de centralidad de la clase obrera y un abordaje unilateral respecto de Trotsky deja sesgada su elaboración hacia un costado que no se plantea la lucha por el relanzamiento de la revolución socialista en el siglo XXI.

Retomar y enriquecer la tradición del socialismo revolucionario impone poner como ángulo de mira central el balance de las revoluciones socialistas y/o anticapitalista del siglo pasado y su principal lección: no puede haber transición al socialismo sin que la clase obrera esté efectivamente en el poder, contra la idea que también critica Furet (para sus propios fines) de un proletariado ejerciendo el poder “a través de una serie de equivalencias abstractas” que hacen las veces de sus representantes del mismo (cit.: 40). A nuestro juicio, ése debe ser el centro del emprendimiento histórico, teórico y estratégico que una el balance del siglo pasado con las tareas que nos depara el porvenir.

  1. Socialismo o barbarie

Engels dijo una vez: ‘La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie’. ¿Qué significa ‘regresión a la barbarie’ en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento, basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. (…) Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y la humanidad” (Rosa Luxemburgo, El folleto Junius. La crisis de la socialdemocracia alemana).

El siglo pasado tiene mucho que enseñarnos en materia de cómo “funciona” la historia; al menos la historia contemporánea. En particular, en la medida que ha desmentido muchos de los esquemas que se tenían habitualmente acerca de su curso. Si bien el debate moderno sobre la “filosofía de la historia” es muy amplio y puede ser rastreado en autores disímiles que van desde Vico (primer abordaje considerado moderno de la misma12) hasta Hegel (Bloch subraya que éste se caracterizó por volver a plantear la historia en un lugar central), lo que aquí nos interesa es la crítica a la visión ingenua que se tenía de ella en el seno del marxismo “consagrado” de la Segunda y Tercera Internacional.

Una visión que tuvo su impacto, también, en el socialismo revolucionario de la posguerra, con sus apreciaciones de que la transición al socialismo sería una suerte de “camino ineluctable” una vez que los capitalistas hubieran sido expropiados, entre otras deformaciones a las cuales fue sometido el pensamiento marxista el pasado siglo.

9.1 Un proceso de deshumanización

En Dialéctica de la naturaleza Engels daba a entender que se necesitaba una nueva concepción de la causalidad para entender algunos de los desarrollos de la biología encarnada por Darwin. Para Engels, éste había destruido muchos de los esquemas y clasificaciones anteriores; sobre todo, había introducido una combinación más rica entre los acontecimientos “azarosos” y los determinantes de la evolución por cuenta del mecanismo de selección natural.

Steven Jay Gould siguió estos pasos, pero radicalizándolos: planteaba que la evolución estaba caracterizada por una suerte de “desarrollo puntuado” que combinaba el curso evolutivo “normal” de las especies con los momentos de catástrofe que cegaban todo un curso anterior de la vida y daba lugar a unos nuevos (concepto ilustrado por las investigaciones del esquisto de Burgess Shale de comienzos del siglo XX, que muestran toda una cantera de la vida que luego, en razón de una catástrofe, no tuvo más desarrollos).

Algo similar podemos decir ocurre cuando echamos una mirada general al siglo pasado. Retrospectivamente, expresa una crítica demoledora a esa forma mecánica de apreciar los eventos que creía que las cosas irían ineluctablemente para un solo y mismo lugar: un progreso sin fin coronado por el socialismo; algo que muchos autores han criticado. Ya el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial había puesto sobre el tapete una crítica radical a esta visión esquemática del progreso, poniendo bajo una nueva luz la capacidad destructiva del capitalismo. Fue una “guerra industrializada” donde la retaguardia fue tan o más importante que el frente y cuya capacidad para generar decesos en masa no tenía antecedentes. Sólo basta pensar en batallas como Verdún o el Somme (perecieron en cada una entre medio millón y un millón de soldados) para entender de lo que estamos hablando.

Cuando comenzaba el baño de sangre de la primera guerra imperialista, Rosa Luxemburgo recuperaba de manera brillante la sentencia de Engels arriba citada: la historia se desarrolla alrededor de posibles cursos alternativos cuya resultante es el socialismo o la barbarie. Engels no hacía más que retomar una sentencia del Manifiesto Comunista donde se señalaba que las sociedades podían tener una superación progresiva o terminar con el hundimiento de sus contendientes. Esto es lo que había ocurrido cuando el final del esclavismo: la caída del Imperio Romano no tuvo una progresión superadora sino que dio lugar a la fragmentación de la economía, el territorio y el poder, situación dominante a lo largo de varios siglos.

Como digresión, señalemos que una investigación erudita llevada adelante por el investigador Ian Angus señala que, en realidad, la fuente directa de la sentencia de Rosa Luxemburgo no sería tanto Engels como Kautsky (“El origen del eslogan ‘Socialismo o Barbarie’ de Rosa Luxemburgo”, www.marxismocritico.com). Angus señala que Michel Löwy se habría equivocado al atribuir la fuente de esta cita de Rosa a Engels (cosa que hacía la propia Luxemburgo). Sin embargo, no es faltar a la verdad señalar que esta sentencia corresponde, por su espíritu, mucho más al pensamiento del marxismo clásico y revolucionario (de Marx a Trotsky) que a Kautsky. En éste último, la fórmula no podía tener más que una función retórica: un pronóstico alternativo para el curso histórico no podía estar inscrito en su pensamiento evolucionista.

En cualquier caso, el progreso o la posibilidad de una regresión quedaban planteadas como alternativas dialécticas, rompiendo con cualquier mirada “unidireccional” de la historia. Muy aguda a este respecto era también la crítica de Benjamin a la apreciación de la historia como una suerte de “autómata”: “Cuenta la historia de un autómata construido de tal manera que, en una partida de ajedrez, respondía a cada movimiento de su oponente con un contraataque hasta ganar el juego. (…) Existe un equivalente filosófico de este aparato. La marioneta llamada ‘materialismo histórico’ siempre ganará. Puede fácilmente competir con cualquiera si consigue apoyo de la teología” (Benjamin 2012: 63). Volveremos más abajo sobre Benjamin.

La Gran Guerra puso en la voz de Luxemburgo la señal de alarma en la medida que provocó la muerte de entre 10 y 20 millones de personas, hundió en el fango a la Segunda Internacional y demostró que el capitalismo no solamente contenía determinadas potencialidades de progreso: podía arrojar a la humanidad a lo más profundo de la barbarie.

En todo caso, no una barbarie que significara una regresión mecánica a las formas más antiguas de las relaciones humanas, sino una potenciada por el último grito de la técnica capitalista y que llevara a un “descenso en los infiernos de la deshumanización” frente al cual los Frankenstein o los Drácula no serían más que cuentos de niños.

La imagen del “descenso en los infiernos” en los campos de exterminio la tomamos de testigos que pasaron por esa tremenda experiencia y que retrataron el infierno de los campos de concentración. En particular, de Primo Levi, cuya trilogía sobre Auschwitz da enorme trabajo leer. La connotación deshumanizante de los campos es aguda para comprender lo que estuvo en juego allí (más allá del asesinato puro y simple): quitarle a las personas su carácter de seres humanos, sus atributos como tales.13 Traverso cita un artículo de Arendt de 1946 de las “fábricas de la muerte nazis”, donde se mataba “como se mata al ganado” a seres humanos reducidos a una “igualdad monstruosa” sin fraternidad ni humanidad, y en las que se reflejaba “la imagen del infierno” (Traverso 2014a: 128).

Sobre esto se ha escrito ampliamente, razón por la cual no hace falta que lo repitamos aquí. Sólo queremos subrayar el quiebre histórico que significó el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, que le planteó al marxismo la necesidad de una crítica radical a la apreciación mecánica del curso histórico, algo habitual en sus filas hasta ese momento. Connotados dirigentes de la Segunda y Tercera internacionales (esta última, ya burocratizada) se manejaron siempre con la idea de que “la historia trabaja en nuestro favor”.

Incluso en el seno del trotskismo ocurrió esto. Quien más profundo cayó en esta apreciación ultra objetivista de los asuntos fue Michel Pablo, uno de los principales dirigentes de la IV Internacional a la salida de la segunda guerra, que veía al stalinismo llevando adelante “revoluciones socialistas” por todo el orbe. Muchos dirigentes trotskistas en ese período compartieron la base teórica de su apreciación, aunque no su política.

9.2 Auschwitz y el stalinismo (o cuando murió la visión teleológica de la historia)

Pero hubo nuevos acontecimientos que terminaron dando al trasto con toda visión ingenua de la historia. La Segunda Guerra Mundial, con sus 50 millones de muertos, fue un evento mayor que volvió a mostrar esta dialéctica infernal de progreso y regresión inscripta en la lógica misma de este sistema explotador.

Y junto con la segunda guerra estuvieron los campos de extermino nazis y la burocratización de la primera y más grandiosa revolución obrera de la historia (con sus purgas y el Gulag).14 Estas tragedias históricas están allí para certificar que el curso histórico es dialéctico y no mecánico, que no existe nada predeterminado en su desarrollo, y que sobre la base de determinados presupuestos materiales (el nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas), lo que decide las cosas es la acción de los sujetos sociales y políticos en la palestra de la historia.

Sobre el quiebre que significó Auschwitz en materia de la concepción del marxismo, Traverso lleva adelante un análisis que se caracteriza por su agudeza. Destaca un aspecto que resulta apropiado subrayar aquí: cómo el genocidio judío liquidó lo que había llegado a ser una entera cultura, la yiddish, centrada en la comunidad judía del centro y el oriente europeo, que fue literalmente borrada de la faz de la tierra, como hemos visto más arriba.

Si bien el asesinato en masa de esta comunidad tenía inscripta en su posibilidad un conjunto de antecedentes históricos vinculados a las prácticas genocidas del imperialismo colonial, no existía nada predeterminado que llevara a la literal extirpación de toda una colectividad del suelo europeo. Cualquier lectura mecánica de la historia murió junto con esta población (acompañada por gitanos, prisioneros de guerra soviéticos, homosexuales y demás) en los campos de la muerte del nazismo.15

Pero esta misma dialéctica histórica es aplicable a las sociedades donde fue expropiado el capitalismo y en las cuales no había nada ineluctable que las condujera al socialismo. Hay aquí varios abordajes posibles. Entre ellos, que es imposible que se imponga ningún nuevo régimen social sin una serie de ejercicios de ensayo y error, y muchos menos el socialismo.

Sin embargo, un fuerte determinismo de raíz economicista hizo creer que, finalmente, la “necesidad histórica” se impondría y que de una u otra manera se llegaría al socialismo: las “leyes del desarrollo socialista” estarían allí para asegurar el curso de los eventos. Hemos criticado esta concepción, presente inclusive entre las filas de los revolucionarios, en el citado texto “La dialéctica de la transición: plan, mercado y democracia obrera”.

Sólo queremos destacar aquí, en todo caso, dos versiones de esta equivocada idea. La primera, más general, remite a la concepción de una supuesta “necesidad histórica” que se impondría espontáneamente. Una concepción en el fondo ajena al marxismo: no hay nada ineluctable en el curso histórico, como está palmariamente demostrado en el último siglo. El defecto principal de este tipo de análisis es que inclina la vara unilateralmente para el lado de los “factores objetivos” (y de una visión mecánica del progreso de las fuerzas productivas), como si éstos garantizaran un curso progresivo de los eventos. La idea es que “la necesidad siempre se abre camino” (cual “motor espontáneo” del desarrollo histórico).

Pero que algo sea necesario (y el socialismo lo es), que estén dadas las precondiciones objetivas para ello, no quiere decir que ineluctablemente se imponga. Porque como decía Marx, la historia no hace nada, no es ningún tipo de agente independiente; los que la hacen, los que sienten y pelean, son los hombres mismos. Las circunstancias objetivas sólo marcan las condiciones de su acción, sus alcances y límites, su “posibilidad objetiva”, nunca el desenlace. La posibilidad objetiva hace a las condiciones materiales e históricas que hacen “necesarios” determinados desarrollos, pero no llevan teleológicamente (guiados por un fin predeterminado) a ellos: eso ya depende de las luchas de las fuerzas vivas en la palestra histórica.

Criticando la vieja idea de que el factor subjetivo simplemente “aceleraría o retardaría el proceso histórico” (ángulo tributario de Plejanov, El lugar del hombre en la historia), Löwy señala agudamente que “no se trata ya del ritmo, sino de la dirección del proceso histórico”. Los autores que sostienen una concepción determinista señalan que si se pierde el terreno de la “necesidad histórica”, el socialismo carecería de fundamento material. Pero es una apreciación esquemática que confunde el concepto de necesidad con el de posibilidad histórica objetiva. El socialismo no es algo que se impondrá automáticamente. Pero es absolutamente cierto que todo el desarrollo histórico anterior lo ha hecho materialmente posible. Incluso más: se trata de una necesidad histórica planteada para evitar caer en la barbarie: “El papel del proletariado (…) no es simplemente ‘apoyar’, ‘abreviar’ o ‘acelerar’ el proceso histórico, sino decidirlo” (Löwy, ídem).

Una segunda versión de esta idea es la concepción de que la planificación económica garantizaría un curso socialista con “piloto automático” en la marcha económica, cual “ley del plan” impuesta de manera independiente de si la clase obrera se encuentra al frente del Estado de manera efectiva o no. La historia del siglo XX se encargó de poner en su lugar la falsedad radical de este aserto, condenando toda visión objetivista de la marcha hacia el socialismo, que caracteriza todavía a algunas de las corrientes más doctrinarias del trotskismo.

De todos modos, nos interesa aquí, simplemente, recoger las enseñanzas de la historia viva, no entrar en algún debate filosófico. Y estas enseñanzas indican que no hay nada predeterminado en el curso histórico. De ahí que las sociedades donde fue expropiado el capitalismo, al quedar aisladas en un solo país (los “varios socialismos en un solo país” de los que hablara agudamente Pierre Naville), sufrieran un regresivo proceso de burocratización: se vieron incapacitadas de desarrollar las fuerzas productivas al nivel del capitalismo y sucumbieron ignominiosamente. Un derrumbe que dominó las postrimerías del “corto siglo XX” y que todavía tiene consecuencias hoy.

El stalinismo configuró un mentís completo a la idea mecánica del desarrollo histórico: fue un fenómeno completamente imprevisto, la pudrición burocrática de las primeras revoluciones realizadas por las mayorías explotadas y oprimidas en interés de esas mismas mayorías.

Nunca antes en la historia una clase explotada había tomado el poder. Las revoluciones anteriores, incluso la más grandiosa como la Revolución Francesa, habían sido “hechos de masas”, pero no llevaron al poder sino a una minoría social (ya hemos visto esto arriba). Pero la Revolución Rusa llevó al poder a la clase obrera, y sin embargo luego se burocratizó: no tuvo un curso ascendente o emancipador mecánico. Lenin y Trotsky eran plenamente conscientes de la posibilidad de un desarrollo así: de ahí que pusieran todas sus esperanzas en la supervivencia de Rusia bolchevique en la extensión de la revolución a Alemania.

Entre las alternativas que se representaban ambos revolucionarios estaba el desarrollo del poder obrero a partir de la extensión de la revolución internacional o la restauración capitalista. Lenin identificó casi desde el principio las deformaciones burocráticas del Estado obrero naciente, y Trotsky siguió el análisis por la huella dejada por él: La revolución traicionada es, en cierta medida, la continuidad de El Estado y la revolución.

Pero ambos revolucionarios no podrían haber anticipado el grado de degeneración burocrática al que llegó la revolución, proceso degenerativo que, como tal, fue un fenómeno completamente imprevisto. Bensaïd señala que con una unilateral lógica del “tercero excluido”, al trotskismo de la segunda posguerra le costó abrirse a estudiar la radical novedad del fenómeno de la burocratización.

El poder obrero no se consolidó, ni se volvió inmediatamente al capitalismo. Lo que terminó emergiendo fue la imposición de una burocracia que llegó a cuestionar y pudrir hasta en lo más íntimo las conquistas de la Revolución de Octubre, comprometiendo la perspectiva misma del socialismo.

9.3 El tiempo ascendente de la revolución

Lo que acabamos de plantear acerca de las tragedias del siglo pasado tuvo su reversibilidad durante ese mismo siglo: la vivencia de la ruptura del tiempo histórico a causa de un curso ascendente de la revolución social.

Si la cotidianeidad de la opresión y explotación (la fuerza conservadora de la inercia histórica, una de las más poderosas, como señalara Trotsky), hace suponer que el “tiempo presente” es la única dimensión de la temporalidad, lo que caracteriza a la revolución es la introducción del elemento de ruptura, la transformación de las relaciones establecidas: la crítica al tiempo histórico considerado como una dimensión fija e inmutable.

Bensaïd ha hablado de esta dimensión de la revolución, de cómo en ella se juega el tiempo estratégico de la política revolucionaria; podemos tomar, también, el planteo de Trotsky de cómo en momentos revolucionarios las masas hacen su irrupción en la vida política y, con su ingreso en la palestra de la historia, fijan un nuevo punto de referencia para ella.

Si el “descenso en los infiernos” de Auschwitz rompía con una idea mecánicamente ascendente del curso histórico, una revolución social introduce un quiebre en el curso “normal” de los asuntos en una dirección opuesta: el de una “ascensión” que permite a los explotados y oprimidos atisbar el cielo con las manos.

Acerca de esta dimensión de la temporalidad, del entrelazamiento entre el presente, el pasado y el futuro hemos escrito más arriba. Nos interesa rescatar aquí la importancia que a la dimensión del futuro le han dado autores marxistas de la talla de Pierre Naville y Ernst Bloch; de este último (considerado por Mandel el principal filósofo marxista del siglo XX) podemos recordar su “principio esperanza” como factor movilizador: “Aun en la demora que le impone la noche excesiva, el día que alborea escucha otra cosa que no es el tañido funerario putrefacto y sofocante, inesencial y nihilista”. Naville vinculaba a esta dimensión de futuro los objetivos de una planificación llevada delante de manera soberana y consciente por parte de los trabajadores.

Volviendo a Bloch, la poética frase que acabamos de citar plantea la tensión volcada hacia la acción del actuar humano revolucionario: “La filosofía marxista es filosofía del futuro, es decir, también del futuro en el pasado: en esta conciencia concentrada de frontera, la filosofía marxista es teoría-praxis viva, confiada en el acontecer, con la mirada fija en el novum”. Y agrega citando un brillante fragmento del ¿Qué hacer?: “Si el hombre no poseyera ninguna capacidad para soñar (…) no podría tampoco traspasar aquí y allá su propio horizonte y percibir en su fantasía como unitaria y terminada la obra que empieza justamente a surgir entre sus manos; me sería imposible en absoluto imaginarme qué motivos podrían llevar al hombre a echar sobre sus hombros y conducir a término amplios y agotadores trabajos en el terreno del arte, de la ciencia y de la vida práctica” (Lenin, citado por Bloch en El principio esperanza).

Benjamin, por su parte, destacaba la importancia del pasado, renovada hoy dada la falta de memoria histórica que caracteriza a las nuevas generaciones. Pero nos permitimos criticar su ángulo “romántico extremista” que significaba la pérdida de la dimensión del futuro, o su reducción a un escenario de puras catástrofes. En Bensaïd también podemos criticar un abordaje unilateral del tiempo presente. Tiene un aspecto central en el sentido de recuperar la política como “contemporaneidad de la historia” (Gramsci), como instrumento transformador. Sin embargo, una fijación demasiado esquemática en el presente podría dar lugar a recaídas posibilistas.

En todo caso, el marxismo revolucionario se caracteriza por un arco de tensión entre las condiciones del presente y la conquista del futuro socialista y comunista. Lo que, a su vez, obliga a recuperar las luchas de las generaciones que nos antecedieron. Ésta es la dialéctica que preside la lucha revolucionaria.

El desarrollo de esta reflexión nos lleva a un debate introducido por Benjamin sobre la marcha de la historia, reivindicado hoy por muchos marxistas: sus famosas Tesis sobre el concepto de la historia, que tuvieron el valor de introducir un quiebre radical respecto de la concepción evolucionista dominante en el marxismo de su época. La crítica de Benjamin a esa apreciación ingenua del curso histórico, su agudo cuestionamiento en tiempo real a una socialdemocracia que creía marchar “con la corriente”, no puede menos que ser subrayada, lo mismo que su anticipación genial de la barbarie que se cernía con el nazismo, tal como los certeros pronósticos de Trotsky sobre el destino catastrófico que le aguardaba a la colectividad judía con el desencadenamiento de la segunda guerra, como reconoce Traverso.

Benjamin recordaba cómo durante la Revolución de Julio de 1830 en París los relojes callejeros habían aparecido rotos de manera simultánea. Quizá las masas tuvieran la intuición de una crítica a esa temporalidad mecánica a que las sometía la explotación del capitalismo ascendente y quisieron, simbólicamente, quebrarla. También subraya cómo las grandes revoluciones históricas introducen un nuevo calendario: “saberse a punto de hacer volar el continuum de la historia es característico de las clases revolucionarias en acción”, dice el autor alemán.

Pero hay que evitar una deriva que se vaya para el otro lado (como de alguna manera ocurre con el propio Benjamin): que pierda de vista que la contemporaneidad está marcada tanto por la eventualidad del descenso a los infiernos como por la posibilidad del “ascenso a los cielos”. Traverso se desliza hacia esa unilateralidad al decidirse por la apreciación de que nuestra actualidad estaría marcada, unilateralmente, por el dominio de la barbarie: “El siglo XX ha probado que la barbarie no es un peligro para nuestro futuro: es la característica dominante de nuestro tiempo” (Traverso 1999).16

Si es verdad que el siglo XX ha probado la contemporaneidad de la barbarie, nos permitimos criticar la segunda parte de su sentencia: rompe para un lado unilateral el profundo sentido dialéctico de la historia. Diríamos, más bien, que la historia contemporánea está, a grandes rasgos, marcada por los fenómenos simultáneos de la revolución y la contrarrevolución, siendo una u otra dominante en determinados momentos a depender del curso de los grandes conflictos de clase.

9.4 La forja de la nueva generación

También parece exageradamente romántica y unilateral la apreciación de Benjamin de que la revolución no busca impulsar el progreso, sino “accionar el freno histórico” antes que la civilización se desbarranque por el precipicio; evaluación de todos modos anticipatoria en el momento en que se formuló, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.

El problema está en que esta forma de ver las cosas compromete no sólo la visión ingenua del progreso, sino cualquier visión del progreso tout court, perdiendo de vista la condición material de la transición a una sociedad emancipada, que es el desarrollo de las fuerzas productivas, simultáneamente con la completa transformación de las relaciones sociales que es necesaria al calor de este desarrollo. Algo que no se verificó en los estados (a la postre burocratizados) donde el capitalismo fue expropiado.

La ruptura del tiempo histórico que significa la revolución socialista debe recuperar para las revoluciones socialistas que están en el porvenir la dimensión del progreso, pero en un sentido que no sea ingenuo: un paralelo desarrollo de las fuerzas productivas y la transformación revolucionaria de las relaciones sociales es imprescindible para avanzar hacia el socialismo. No se trata de reestablecer formas comunitarias anteriores (algo imposible de llevar adelante), sino de conquistar nuevos niveles de relaciones humanas emancipadas, al servicio de las cuales la concepción economicista de la transición no colaboró ni un milímetro; por el contrario, sirvió para la legitimación “productivista” de la burocracia.

Todo el curso del siglo pasado reafirma, así, la necesidad de una apreciación dialéctica del tiempo histórico. Un abordaje que no se desintegre para el lado de una lógica posmoderna del puro azar (tan de moda en el mundo académico), pero tampoco sostenga una concepción que “aguarde con los brazos cruzados a que la dialéctica histórica nos traiga sus frutos maduros”, visión para la cual los últimos cien años han sido una desmentida radical. La tarea es formar a la nueva generación obrera, estudiantil y militante que emerge construyendo, simultáneamente, partidos revolucionarios de vanguardia con cada vez mayor influencia entre las masas.

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  1. La revolución anticapitalista de 1949 no llevó a la clase obrera al poder pero, sin embargo, al resolver en cierto modo problemas como los de la unidad del país y su independencia del imperialismo, así como dar impulso a una primera oleada de industrialización y urbanización, creó mejores bases para su desarrollo capitalista actual. Apreciar esta evidente paradoja requiere, de todos modos, un abordaje del curso histórico que huya del mecanicismo y el linealismo habitual.
  2. Ernst Jünger fue un combatiente y autor de la derecha conservadora alemana de la Primera Guerra Mundial, que estuvo alistado también en la segunda aunque en tareas no militares, y cuya obra literaria más conocida idealizaba la guerra como una suerte de enfrentamiento entre “fuerzas elementales de la naturaleza”.
  3. Algo esquemáticamente, Nahuel Moreno tomaba esto cuando hablaba de “régimen kerenskista” para dar cuenta de un régimen de extrema debilidad basado en la dualidad de poderes, que Trotsky señalaba como el rasgo mortal de los gobiernos burgueses y de coalición que asumieron el poder en Rusia entre febrero y octubre.
  4. Marek Edelman era un joven militante socialista del Bund judío polaco, uno de los subcomandantes del levantamiento de 1943, que sobreviviendo a la guerra, y viviendo en Polonia, se transformó en un reconocido militante antistalinista y rechazó toda su vida la creación del Estado de Israel.
  5. Siguiendo a Deutscher a este respecto, Traverso (2014a: 69 y 73) introduce el agudo concepto del “judío no judío” para “dibujar el perfil del intelectual en ruptura con su religión y la cultura heredadas [yendo más lejos] de los límites del judaísmo. Todos ellos consideraban el judaísmo demasiado estrecho, demasiado arcaico, demasiado limitativo”. Posteriormente al genocidio nazi, entre muchos revolucionarios de ese origen, la cuestión del “judaísmo” se introdujo en un sentido ni religioso ni nacional, sino estrictamente humanista, “de solidaridad incondicional con las gentes perseguidas y exterminadas”.
  6. Más allá de la crítica de Traverso de que en su trabajo sobre la cuestión judía León era demasiado tributario del análisis de Kautsky –la idea de “pueblo-clase”–, su obra es de una solidez y fuerza política y humana tremendas, un verdadero clásico del socialismo revolucionario sobre el tema.
  7. Un relato de primera mano de esta masacre lo obtuvimos en una reciente conferencia a la que asistimos en Cluj, Rumania. Son dignos de destacar los heroicos testimonios de los resistentes judíos con conciencia de clase de origen comunista, que no se entregaron sin resistencia a las autoridades nazis, así como las expresiones de solidaridad por doquier en medio de la barbarie. Se trata de todo un conjunto de experiencias que demuestran todo lo que de humano se puso en juego contra la barbarie del nazismo.
  8. Traverso cita un texto de Arendt de 1942 donde desde Nueva York llamaba a “cambiar la ley del exterminio y la ley de la huída por la ley del combate” (Traverso 2014a: 123). Ley que, claro está, luego de la guerra fue direccionada no para combatir al nazismo, sino para levantar el garrote del Estado de Israel contra el pueblo palestino…
  9. En este apartado agradecemos la colaboración de Ale Kurlat.
  10. El poder y el dinero es una de las últimas obras de este histórico dirigente del movimiento trotskista de la posguerra, cuya conclusión es sintomática porque se plantea en sentido algo distinto a su trayectoria anterior, dedicada a defender sin matices el carácter obrero de esos estados.
  11. Sheila Fitzpatrick (especialista estadounidense en la ex URSS) señala que la hambruna dejó un legado de enorme resentimiento contra el régimen: según rumores que circulaban en la región del Volga central, los campesinos la consideraban como un deliberado castigo por haberse resistido a la colectivización.
  12. Siguiendo a Novack, señalemos que Vico afirmaba a comienzos del siglo XVIII que debido a que la historia había sido creada por los hombres, éstos podían comprenderla (claro que para Vico los fenómenos sociales y culturales pasaban por una secuencia regular de etapas de carácter cíclico). En su interpretación de la historia, Vico puso sobre el tapete la lucha de clases, especialmente en el período heroico en que estaba representada por el conflicto entre los plebeyos y los patricios en la Antigua Roma.
  13. Primo Levi se opuso a la ocupación de Israel del Líbano en 1982 y que tildó de “fascista” a Begin, primer ministro de Israel en aquél momento.
  14. “En la URSS, millones de esclavos eran deportados a Siberia donde debían, con trabajo forzado, dominar la taiga y crea las condiciones del desarrollo económico social. Han sido los Zek [trabajadores forzados. RS] quienes han construido las vías del ferrocarril, introducido la electricidad, creado las fábricas, roto el aislamiento secular de inmensas regiones de Asia central (…). Si se interpreta el concepto de civilización en su acepción más limitada, puramente material, mutilado de su dimensión ética y emancipadora (…), no hay dudas de que el stalinismo fue un celoso defensor de ella” (Traverso 2001: 151). Traverso agrega luego, correctamente, que Evgeny Preobrajensky se deslizó hacia esta errónea concepción.
  15. Pensemos en el tremendo interrogante que se hicieron los sobrevivientes del exterminio bajo la pregunta de “¿por qué a mí no me tocó morir?” Una muestra de cómo en la historia las cosas no son mecánicas, cómo se creyó en los esquemas vulgares del marxismo positivista. Este interrogante persiguió de manera implacable a los sobrevivientes de los campos de exterminio a lo largo de su vida. Una angustia existencial que marcó la vida, por ejemplo, del ya nombrado Primo Levi, entre tantos otros.
  16. Más allá de la agudeza que caracteriza su obra, tiene la dificultad de estar desarrollada por fuera de la apuesta estratégica que plantea a la clase obrera en el centro de las perspectivas emancipatorias. Esta lección del siglo pasado parecer haber quedado fuera del campo de mira de sus preocupaciones, cuestión que se agrega a la injusticia que comete a veces con Trotsky al considerarlo como una suerte de “intelectual que dejó de lado sus principios cuando se transformó en hombre de Estado”.
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