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Por Ale Kur, Socialismo o Barbarie, 27/08/2015

Como venimos sosteniendo desde la corriente internacional Socialismo o Barbarie, el gobierno de Tsipras enfrentó desde su mismo comienzo una contradicción existencial: pretendía anular la austeridad, al mismo tiempo que permanecer a toda costa en la Unión Europea neoliberal y en su moneda única, el Euro. Estas dos cosas son imposibles de conciliar, ya que el sistema monetario y financiero de la eurozona están hechos a la medida de las necesidades económicas (imperialistas) de Alemania y otros países, a costa de los intereses del resto de sus miembros.

Esto se demostró con claridad en los cinco meses de “negociaciones” en los que los acreedores europeos (y el FMI) se mostraron absolutamente inflexibles en su posición de cobrar hasta el último centavo de la asfixiante deuda griega. Esto no significaba otra cosa que seguir aplicando brutales medidas de austeridad, desangrando a los trabajadores y el pueblo.

Anular la austeridad requería, en primer lugar, la suspensión completa del pago de la deuda externa. Sin esta medida, es imposible encontrar los fondos necesarios para financiar los gastos del Estado.

Por otro lado, había que prepararse para las medidas de represalia de los capitales europeos. Estas se vieron claramente ante el anuncio del referéndum del 5 de julio: el imperialismo de la UE llevó a los bancos griegos al borde de la quiebra, amenazando con borrar del mapa los depósitos de los ahorristas y con dejar al país sin moneda. Para poder enfrentar este ataque, era imprescindible nacionalizar la banca y frenar inmediatamente la fuga de capitales.

Ante los problemas de falta de liquidez a los que llevaría el ataque de los capitalistas, era necesario también tomar otras medidas soberanas: la emisión de una moneda nacional, o por lo menos de sistemas de pago alternativos.

Estas medidas habrían dado al gobierno griego una posición de fortaleza para anular las medidas de austeridad y comenzar un plan de recuperación económica soberana, basado en poner en el centro los intereses de los trabajadores y el pueblo. Sin embargo, desde el principio el gobierno de Tsipras se negó a tomar ninguna de ellas.

Al mismo tiempo, centró toda su estrategia en la negociación por arriba, sin llamar a movilizar a las masas trabajadoras y populares. Esta era la única manera de inclinar la correlación de fuerzas a favor del pueblo griego. En la desmovilización y la pasividad, sólo se impone la desmoralización, el pesimismo… y la propaganda –y terror- de los grandes capitalistas.

Estas son las razones de fondo por los cuales el gobierno de Tsipras dio un giro de 180 grados, traicionando abiertamente no sólo su programa, sino también el mandato popular del referéndum, en el que el 62 por ciento de los griegos votó NO al acuerdo propuesto por la UE.

Es decir, lo que ocurrió en Grecia es la demostración (por enésima vez) de los límites estructurales del reformismo, que al negarse a arrebatar a los capitalistas las grandes palancas del poder (económico, político, mediático, militar), queda maniatado para enfrentar los enormes ataques que inevitablemente vendrán. La historia ha mostrado siempre que ningún capitalista permite pasivamente que “redistribuyan” sus riquezas, le toquen sus ganancias o propiedades.

Todo intento serio de cambiar el orden existente requiere de una disposición igualmente seria a enfrentar a los capitalistas hasta el final, tomando todas las medidas que sean necesarias. Esto es especialmente cierto en las condiciones del siglo XXI, donde el neoliberalismo globalizado es el modelo universalmente hegemónico, sin que ningún otro modelo le haga competencia (a diferencia del siglo XX, en el que existía la URSS y el bloque de los así llamados “socialismo reales” que abarcaban en su conjunto a 1/3 de la población mundial).  Y más todavía en las condiciones europeas, donde las reglas son impuestas directamente por burguesías imperialistas de enorme poder, como la de Alemania.

El fracaso de Syriza plantea por lo tanto la necesidad de relanzar la batalla por el socialismo, de construir partidos anticapitalistas, socialistas y revolucionarios, anclados fuertemente en las clases trabajadoras y populares, y dispuestos a ir hasta el final.