Por Roberto Sáenz, revista SoB 23-24, diciembre 2009

Categoría: Destacado, Historia y Teoría, Revista SoB 23-24 Etiquetas: ,

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“Un análisis del Leninismo debe ser una historia del mismo en su evolución viviente”[2].

Ha pasado un intenso siglo desde que Lenin escribiera el ¿Qué hacer? La obra estaba referida específicamente a las tareas planteadas para la socialdemocracia rusa a comienzos del siglo XX relacionadas con las dificultades para establecer al marxismo revolucionario ruso propiamente como partido. Estos problemas eran producto de la tendencia a la dispersión en la vasta superficie de ese país, del “federalismo” y “localismo” de los distintos núcleos socialistas, del factor desorganizador que significaba la contínua represión del Estado zarista y de las presiones “antipolíticas” que le imprimía a la actividad socialista el carácter puramente “económico” de la lucha de la emergente clase trabajadora.

El siglo transcurrido ha dado lugar a un sinnúmero de discusiones y debates acerca de la pertinencia de su trabajo para nuestra época. A modo de ejemplo, en un libro editado años atrás se insistía que “La teoría y la práctica de la revolución deben ser emancipadas de su herencia leninista, y la pregunta ¿qué hacer? suplantada por (…) ¿qué evitar? y ¿qué se tiene que hacer diferente?”[3]. Más aún, se llegaba a afirmar que “se podría decir que el centenario del ¿Qué Hacer? de Lenin no merece ser celebrado”[4]

Aquí sostenemos la tesis contraria. Si bien el trabajo de Lenin no podía dejar de tener aspectos unilaterales o que remitían a cuestiones específicas de tiempo y lugar, lo esencial es que contiene elementos de una universalidad pasmosa y que cobran una renovada actualidad vistos desde las perentorias exigencias que están colocadas en el final de esta primera década del siglo XXI (ciclo de rebeliones populares latinoamericano y crisis económica mundial en curso mediante). Incluso más: se podría decir que el proceso de la lucha de clases, internacionalmente, sigue cruzado por un persistente déficit de “leninismo”.

No se nos escapa que la obra de Lenin excede la mera discusión del ¿Qué hacer? Sin embargo, nos interesa dedicarnos a los “problemas de organización” precisamente por la enorme actualidad de estos problemas en la rica experiencia de la lucha de clases que se está viviendo y el “déficit de partido” que recorre la misma.

Opinamos que los problemas de construcción de las organizaciones revolucionarias se deben poner a la orden del día para superar los agudos límites de politización y perspectiva socialista que cruzan la lucha de clases mundial, y que no podrán ser resueltos sin afrontar esta cuestión acuciante: la construcción del partido revolucionario.

Materialismo y dialéctica

El punto de partida más general del debate acerca de los problemas de organización es la problemática a propósito de la adquisición de la conciencia de clase por parte de los trabajadores. Esta misma problemática remite “filosóficamente” a las concepciones en juego acerca de la teoría del conocimiento. Aquí se impone hacer referencia a la obra de Lenin en la materia: los textos “Materialismo y Empirocriticismo” (1908) y los “Cuadernos Filosóficos sobre la Lógica de Hegel” (1914).

El problema es demasiado vasto como para tratarlo exhaustivamente aquí[5]. Sin embargo, no se puede no partir de un somero repaso de esta problemática dada su importancia para la cuestión de los presupuestos teóricos de la concepción de Lenin sobre la adquisición de la conciencia socialista (junto con la polémica que estas posiciones desataron).

En el primer trabajo, Lenin era todavía parte de la tradición filosófica de la II Internacional; si bien su criterio activista, militante, lo delimitaría desde el principio –aunque no del todo conscientemente– con el conjunto de esta tradición. El segundo, en cambio, es el texto de ruptura filosófica con esta tradición de materialismo mecánico y evolucionista.

La evaluación de los fundamentos filosóficos del pensamiento de Lenin ha dado lugar a agrias disputas. Hay una serie de autores que centraron ridículamente los problemas de la revolución rusa en los “defectos filosóficos” de la obra de Lenin. Este ha sido el caso de Karl Korsch en la Anticrítica de “Marxismo y Filosofía” o de Anton Pannekoek en “Lenin filósofo”.

Esta crítica fue recogida décadas después por John Holloway (hoy día ya no tan de moda) en “Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder” y por la ya citada compilación “A 100 años del ¿Qué hacer?”. En esta última, Mike Rooke dice: “Korsch y Pannekoek identificaron exactamente el mismo tipo de pensamiento en Lenin [que el de la II Internacional, RS]. Sostuvieron que el materialismo de Lenin (expuesto en “Materialismo y Empirocriticismo”, que apareció en 1908) era dualista, que se apoyaba en la aceptación del ser objetivo (materia) como independiente de la conciencia (mente). En este materialismo contemplativo, se le otorga a la materia primacía epistemológica por sobre la conciencia, contradiciendo de manera directa la consideración de Marx. Por lo tanto, la teoría del conocimiento de Lenin milita en contra de la unidad entre teoría y práctica que encontramos en Marx. Su concepción de la teoría es tal que esta se mantiene en una relación contemplativa con el objeto, al cual se le aplica desde afuera, y la práctica se convierte en un resultado de esta aplicación. Esto se ejemplifica en el ¿Qué hacer? de Lenin, obra de 1902. La tesis del libro es una elaboración de la perspectiva de Plejanov de que los intelectuales marxistas aportan a los trabajadores la teoría (la ‘conciencia socialdemócrata’) desde ‘afuera’. ¡Aquí se encuentra el germen del sustituismo posterior del partido bolchevique en el poder” [6].

Sostenemos que ésta es una lectura superficial, mecánica y antidialéctica de cómo fue el proceso de Lenin y la riqueza (no exenta de contradicciones) de su pensamiento. Porque en la medida en que su obra fue –como toda obra genuinamente revolucionaria– una obra en curso, en permanente progreso y reelaboración, necesariamente fue dando cuenta de las problemáticas de su época de una manera aproximativa: Lenin se reconocía en el terreno de la filosofía como un simple “indagador”. De allí el costado a veces defectuoso o fragmentario de su pensamiento filosófico. En efecto, los límites de “Materialismo y empirocriticismo”, parecen corresponderse con algunas formulaciones del ¿Qué hacer? pero sólo formalmente como veremos más adelante.

Sin embargo, de ninguna manera se puede perder de vista que estos límites y unilateralidades fueron superados no sólo por su práctica dialéctica y revolucionaria, sino –de manera consciente y explícita en sus “Cuadernos filosóficos sobre la Lógica de Hegel”: “El trabajo de Lenin, ‘Materialismo y empirio-criticismo’ (…) sufrió de la carencia de un contacto real con el movimiento vivo [Lenin permaneció en esos años exiliado de Rusia, R.S.]. Uno sólo debe compararlo con el magnífico, dialéctico, terso y ‘viviente’ Notas Filosóficas [a Hegel]”[7].

No casualmente varios de sus críticos siempre se han “olvidado” de los “Cuadernos” y la han emprendido contra “Materialismo y empiriocriticismo”. Se trata de un ejercicio de lisa y llana deshonestidad intelectual.

Además, estos críticos siempre perdieron de vista el elemento correcto de esta obra: su fundamentación materialista del punto de vista de la filosofía. Es decir, la efectiva primacía epistemológica de las condiciones materiales (existencia) sobre la conciencia: “El ‘realismo ingenuo’ de todo hombre de buen sentido, que no haya pasado por un manicomio o por la escuela de los filósofos idealistas consiste en admitir que las cosas, el medio, el mundo, existen independientemente de nuestra sensación, de nuestra conciencia, de nuestro yo y del hombre en general”[8]. Claro que esto debe ser entendido sin perder de vista de que esta primacía es una primacía dialéctica, una relación construida por la interacción de objeto y sujeto, y que el propio universo de la naturaleza humanizada (como la definía Marx en los “Manuscritos económicos-filosóficos”) es uno que emerge de la propia acción y modificación de la misma por la acción humana, cuestión que a Lenin, en este texto, se la terminaba escapando[9].

Sin embargo, cuando se trata de nuestros críticos, no pueden escapar de una crítica idealista a Lenin: no hay otra manera de calificarlos cuando cifran en el sólo texto de “Materialismo y empirocriticismo” todas las desgracias de la Revolución Rusa. Esto no deja de ser una cruda recaída en el más puro idealismo y la más pura abstracción. O, más precisamente: la carencia de una verdadera comprensión dialéctica, capaz de dar cuenta de desarrollos desiguales, combinaciones y paradojas que caracterizan en toda verdadera revolución la combinación de los factores objetivos y subjetivos de la misma.

La versión que creemos más correcta es que Lenin recorrió un camino de progresión de su propia base filosófica, que sin abandonar el punto de partida materialista, le permitió afinarlo y concebirlo como una dialéctica activa, viva, que coloca en plenitud –en el que hacer revolucionaria– a la actividad del sujeto.

Redescubriendo a Hegel

Partamos entonces de abordar los elementos de la teoría del conocimiento presentes en el verdadero Lenin. Digamos que la teoría del conocimiento se mueve entre dos límites generales. Por un lado, el conocimiento debe remitir a una realidad que es objetiva, independiente del sujeto del conocimiento, del que conoce. El conocimiento no es ni puede ser una mera disquisición en el vacío, una abstracción, o algo puramente subjetivo o caprichoso.

Sin embargo, y al mismo tiempo, el conocimiento de ninguna manera se podría tratar de una versión puramente pasiva o de mero “reflejo” o simple copia de la realidad; y necesariamente el propio objeto en muchos casos ya es un subproducto de una actividad humana anterior.  

Este era el aspecto más flojo de “Materialismo y empiriocriticismo”. Porque el proceso mismo del conocimiento significa una relación activa con el objeto: una elaboración, una “construcción” por parte del que conoce. Sólo conocemos verdaderamente lo que hacemos dice Marx: “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y la fuerza, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio acerca de la realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la práctica, es un problema puramente escolástico[10].

Necesariamente, entonces, se debe establecer una relación dialéctica entre el que conoce y la realidad, una relación entre el sujeto y el objeto, una relación que redunda en la transformación del propio objeto por parte del sujeto si es que este sujeto es un sujeto activo, transformador, aplicado a la materia, el sujeto de una praxis.

Esto es: se trata de una acción por la cual la adquisición del conocimiento exige necesariamente una práctica activa, de elaboración y reflexión sobre lo que se conoce. La actividad del sujeto (que implica el conocer y el transformar) es efectivamente la mediación entre el objeto y el sujeto; y es esta mediación, esta praxis, el momento de unidad entre sujeto y objeto[11].

La apreciación de estos dos planos tiene enorme importancia cuando se intenta establecer la relación con las teorías del conocimiento en boga en época de Lenin. Por un lado, en “Materialismo y Empirocriticismo”, la polémica se centró en Bogdanov, que sostenía una concepción que combinaba un empirismo crudo con un subjetivismo idealista[12]. Contra Bogdanov, Lenin correctamente afirmaba el punto de vista materialista de que el conocimiento es una acción referida a una realidad independiente del sujeto que conoce. Es esta realidad objetiva la que los mentores filosóficos de Bogdanov (Mach y Averanius) tendían lisa y llanamente a abolir.

Para Lenin, por el contrario, existe una realidad “externa” que sin embargo es dado al pensamiento conocer. Afirma que no hay barrera insuperable entre nuestras sensaciones y el mundo real. Que existe algún tipo de “correspondencia” entre las dos: una relación entre el proceso del pensamiento y el mundo real. Bogdanov (a la manera de Kant) no dejaba ningún lugar a cualquier concepción de la verdad que estuviera basada en la conformidad entre nuestros juicios y esa realidad independiente. En su idealismo vulgar, todo esto se les escapa a los críticos de Lenin.

En todo caso, como dice el autor marxista inglés John Rees en su obra “El álgebra de la revolución”, los problemas en el enfoque de Lenin comenzaban cuando se movía más allá de la defensa del materialismo para dar una formulación por la positiva de la filosofía marxista[13]. Aquí sí impactaba negativamente el mundo del marxismo de la II Internacional. Porque Lenin parecía asumir una concepción reduccionista y pasiva del conocimiento: la teoría del conocimiento como copia o reflejo de la realidad. Lenin insistía en que las representaciones teóricas en nuestra cabeza eran simples copias del mundo real: “La razón fundamental del olvido en que Lenin –el gran revolucionario práctico tiene a la práctica en el plano teórico, está en su inserción en la tradición filosófica marxista que arranca del Engels del Anti-Duhring, empeñado en elaborar una concepción filosófica general en la que se pierde el papel fundamental que la praxis tenía en Marx. Y esa inserción se refuerza en Lenin con la ayuda del pensador que, hasta [casi] el final de su vida, él tuvo por el marxista más grande de Rusia y su maestro indiscutible: Plejanov, no obstante sus divergencias políticas. La crítica de Lenin al idealismo es en Materialismo y empiriocritisismo una crítica plejanoviana en la que falta el principio praxeológico fundamental”[14].

Esto, efectivamente, era lo opuesto a la concepción del conocimiento en Marx. Es el caso bien conocido de las “Tesis sobre Feuerbach”, donde se insiste en el aspecto crítico-práctico-activo del conocimiento como un proceso de construcción donde el sujeto tiene un rol decisivo en su interacción con el mundo real. En este sentido Adolfo Sánchez Vásquez acierta cuando señala que: “Lenin tiene razón desde el punto de vista del materialismo tradicional: ‘Materialismo es el reconocimiento de los ‘objetos en sí’ o de los objetos fuera de la mente’…, pero no la tiene, o es insuficiente, si se trata del materialismo marxiano que ve el objeto como un producto social de la actividad práctica humana. Y es justamente la práctica lo que [paradójicamente] Lenin deja en la sombra cuando trata de rescatar la objetividad disuelta por el idealismo de los machistas rusos”[15].

Precisamente, Lenin recaía en una teoría materialista mecánica del conocimiento, apoyándose en los materialistas burgueses del siglo XVIII y retrocediendo respecto de la dialéctica de Hegel y de su asimilación por Marx. Lenin parecía creer que el conocimiento del mundo se alcanzaba simplemente por una reproducción mental de su apariencia inmediata, perdiendo de vista que lo que está en juego en el conocimiento no son las formas de manifestarse de las cosas, sino sus conexiones internas. Lisa y llanamente, una categoría clave ausente –a todos los efectos prácticos– en toda esta obra es la del fetichismo: es decir, la re-presentación de las cosas en el mundo real de una manera distorsionada.

Esta concepción epistemológica terminaba siendo, paradójicamente, abiertamente contradictoria con su propia concepción de la adquisición de la conciencia manifestada en el ¿Qué hacer? Porque allí Lenin muestra cómo lo espontáneo aparece como la forma embrionaria, no elaborada, de la conciencia; consciencia que para elevarse al nivel de conciencia política socialista requiere un momento de elaboración más complejo (Liebman cita a Lenin cuando éste señala la imposibilidad de que “el movimiento de los trabajadores, pura y simplemente, pueda elaborar una ideología independiente por si mismo”[16]). Es allí donde se hace imprescindible el metabolismo de la clase trabajadora con el partido. Porque cualquier teoría del conocimiento por “correspondencia” –alguna versión de la cual es esencial para cualquier materialismo– debe dar espacio para un esfuerzo específico de interpretación, para un elemento teórico que intervenga entre la percepción y la conciencia, superando el carácter fetichizado de la realidad. En la “teoría del reflejo”, en cambio, la conciencia es reducida a la mera percepción, y este proceso de elaboración activo, este metabolismo en el límite, el partido mismo, desaparece.

Lo que los críticos de Lenin prefieren pasar por alto –en un acto que, como ya señalamos, habla mal de su honestidad intelectual– es que años después, en medio de la crisis que le produjo el hundimiento de la II Internacional y tras una revisión de “La Ciencia de la Lógica” de Hegel, Lenin redescubre el lado activo del pensamiento, el lado activo del sujeto. Aquí opera una superación del materialismo mecánico de la II lnternacional. Tal como citan “izquierdistas” como Raya Dunayevskaya (y el propio Karl Korch), Lenin llega a decir que “la conciencia del hombre no sólo refleja el mundo objetivo sino que lo crea” (Cuadernos Filosóficos)[17]. Lenin redescubre la crítica al materialismo vulgar e insiste ahora en el hecho de que Plejanov desconocía los textos más importantes de Hegel, sobre todo los referidos a la teoría del conocimiento. Ahora afirma: “la dialéctica es la teoría del conocimiento de Hegel y el marxismo”[18].

En los Cuadernos, Lenin señala: “Plejanov critica al kantismo más desde el punto de vista materialista vulgar que desde un punto de vista dialéctico materialista (…) 2. Los marxistas criticaron (a principios del siglo XX) a los kantianos y a los discípulos de Hume, más bien a la manera de Feuerbach que de Hegel. Es completamente imposible entender El Capital de Marx, y en especial su primer capítulo, sin haber estudiado y entendido a fondo toda la Lógica de Hegel ¡Por consiguiente, desde hace medio siglo, ningún marxista ha entendido a Marx!”[19].

Como señalábamos más arriba, esto remonta a las “Tesis sobre Feuerbach”. Porque Marx había señalado allí con toda claridad que el problema del materialismo de Feuerbach es que perdía el lado activo del conocimiento, presente en Hegel. Al mismo tiempo, al afirmar que “el educador debe ser educado”, rompía con toda posible externalidad a la hora de la adquisición del conocimiento y la conciencia. En el mismo sentido, el Lenin de los “Cuadernos Filosóficos” llega a plantear que “el cambio como resultado de la pelea entre opuestos no es externo, sino que apunta a la contradicción interna, al automovimiento”[20].

Esta comprensión de las relaciones entre esencia y apariencia fue fundamental para la nueva concepción acerca de la relación entre pensamiento y realidad. Su epistemología ganaba así en dos aspectos decisivos a la hora del entendimiento del problema de la adquisición de la conciencia política de clase. Por un lado, ganaba en la explicación de la distinción entre la conciencia inmediata (sindicalista) y la conciencia mediata (política). Porque el conocimiento requiere un proceso activo de abstracción (o sea, una elaboración) capaz de discriminar entre esencia y apariencia. Esto arroja nueva luz sobre algunas de las más importantes tesis del ¿Qué hacer? Y por el otro, porque ayudaba a superar el carácter pasivo y “desde afuera” de la adquisición de la conciencia, que formalmente (pero solo formalmente) era un límite importante del ¿Qué hacer?

Reiteramos entonces que partiendo de este renovado punto de vista, Lenin desarrolló un rol más activo e “independiente” para la conciencia que el que aportaba el esquema de “Materialismo y empirocriticismo”. Y es esta suerte de ruptura o superación crítica de su anterior marco filosófico el que la crítica consejista, autonomista y “antipartido” tiende maliciosamente a desconocer[21].

Contra el espontaneismo

“La pelea sistemática de Lenin contra el economisismo era, en sentido más amplio, un ataque dirigido contra la concepción espontaneista”[22].

Como venimos señalando, las cuestiones epistemológicas generales acerca de la teoría del conocimiento están emparentadas filosóficamente con los problemas de la adquisición de la conciencia socialista por parte de las masas trabajadoras. Emparentadas no quiere decir que sean idénticas: el problema del conocimiento científico remite a un terreno específico que es diverso respecto de la problemática de la adquisición de la conciencia política en el terreno de la lucha de clases. Ciencia y política tienen herramientas y medios propios[23], independientemente de que es un hecho que la adquisición de la conciencia socialista exige una comprensión acerca de las determinaciones de la realidad. Pero la gran diferencia alude a los métodos que se deben utilizar para lograr esta comprensión.

El problema es complejo. Ni Mandel ni Nahuel Moreno lo resolvieron correctamente. Si el primero tendía a perder toda la especificidad de la política como instancia propia asimilándola mecánicamente a la ciencia y dando una idea idealista de la adquisición de la conciencia, el segundo reducía de alguna manera la conciencia de clase a una suerte de recetario dando una idea pragmática del rol del partido: “La sociedad (o la clase obrera o cualquier otro sector de ella) avanza incorporando los resultados científicos, no los métodos de investigación que llevaron a esos resultados. Negar esto sería lo mismo que decir que un individuo que no ha estudiado medicina y farmacopea no sabrá utilizar la aspirina. Sin embargo, hace muchos años que la humanidad hace uso de la aspirina para quitarse el dolor de cabeza con buenos resultados”[24]. Está claro que asimilar el proceso de adquisición de la conciencia de clase a la ingestión de una “aspirina”… no deja de sugerir una apropiación mecánica de la conciencia que barre de plano con toda la especificidad de la actividad política del partido y, a la vez, dialécticamente, coloca a la misma clase en un plano de pasividad total. Moreno, al unilateralizarse por su crítica a Mandel (crítica que tenía aspectos justos contra el vanguardismo de éste en aquel período), presentaba una visión reduccionista en lo que hace a todo el “espesor” de la cuestión de la adquisición de la conciencia de clase.

Porque la adquisición de la conciencia política alude, en una importante medida, a la problemática del conocimiento político-práctico, guiado por la actividad, de la totalidad de las relaciones de clase en la sociedad. La escuela de la clase obrera es, efectivamente, la lucha de clases, no el colegio o la universidad. Y en esa “escuela” la clase obrera aprende por experiencia propia (como repetía una y mil veces Lenin): Pero precisamente allí surge una dificultad (y es en el terreno de esa dificultad donde se coloca, precisamente, la imprescindible necesidad del partido). Como sintetizaba Alan Shandro (académico canadiense) años atrás: “el relato de Lenin de la historia del movimiento obrero ruso describe una dialéctica de resistencia, conciencia, lucha y organización. Esta dialéctica espontánea se identifica como una conciencia embrionaria que se enfrenta con una limitación que no puede sobrepasar por sí misma. Lenin define esta limitación de dos formas: primero por la negativa, en términos de conciencia socialista: los huelguistas de los noventa [del siglo XIX] ‘no eran, y no podrían ser conscientes del antagonismo irreconciliable de sus intereses con el conjunto del sistema político y social moderno’. Y luego por la positiva, en términos de la propia conciencia de los trabajadores: ‘La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia sindicalista’. La restricción al desarrollo de la conciencia socialista de la clase obrera se entiende no como un problema específico de la situación de los obreros rusos, sino como un límite general a la dialéctica espontánea de la lucha de la clase obrera[25].

¿En qué consiste entonces esta dificultad a la hora de la adquisición de la conciencia del todo de las relaciones de explotación de la sociedad capitalista? Lenin nos da una pista: “Con frecuencia se oye decir: la clase obrera tiende espontáneamente hacia el socialismo. Esto es muy justo en el sentido de que la teoría socialista revela, con más profundidad y precisión que ninguna otra, las causas de las calamidades que sufre la clase obrera, y por eso los obreros la asimilan con tanta facilidad. La clase obrera tiende de modo espontáneo al socialismo, pero la ideología burguesa, la más difundida (y que siempre vuelve a surgir de las formas más diversas), se impone, no obstante, espontáneamente al obrero más que a nadie[26].

Prosigamos. Este obstáculo refiere al carácter fetichizado, “invertido”, deformado de las relaciones sociales en la sociedad. Si esto es así, no está dado a los trabajadores adquirir una conciencia clara y profunda acerca de las circunstancias de su explotación y opresión más que mediante una elaboración, un proceso en el que intervienen las tradiciones de lucha heredadas de generaciones anteriores, su propia acción “espontánea”, los elementos de aprendizaje que vienen o se acumulan como experiencia[27] y –en el “límite”– el absolutamente necesario metabolismo con la organización revolucionaria, sin la cual no se puede obtener esta conciencia política socialista. Esto está muy bien desarrollado por Gyorgy Lukacs en “Historia y Conciencia de Clase”, donde plantea que “las tesis tácticas del III Congreso [de la Internacional Comunista] subrayan que ‘toda gran huelga tiende a convertirse en una guerra civil y en una lucha inmediata por el poder’. Pero sólo tiende. Y la crisis ideológica del proletariado consiste precisamente en que esa tendencia no haya llegado a ser realidad, a pesar de que en varios casos estaban dados los presupuestos económicos y sociales de su realización. Esta crisis ideológica se manifiesta, por una parte, en el hecho de que la situación de la sociedad burguesa, sumamente precaria objetivamente, sigue reflejándose en las cabezas de los proletarios como si tuviera su vieja solidez, en el hecho de que el proletariado sigue intensamente preso en las formas intelectuales y emocionales del capitalismo[28].

Análogamente, podríamos decir que el ciclo de rebeliones populares latinoamericano ha venido viviendo su propia “crisis ideológica” expresada en las enormes dificultades de las masas trabajadoras para sacar conclusiones radicalizadas de su propia acción revolucionaria general. Más en general, él “déficit de partido” que venimos señalando, es la expresión más aguda de este mismo problema: las masas trabajadoras pueden, espontáneamente, por sí mismas, el ciclo de rebeliones lo demostró una vez más, crear y desarrollar organismos de autodeterminación o de democracia de base –asambleas populares, movimientos de trabajadores desocupados, ocupaciones de fábricas, coordinadoras nacionales de resistencia popular–, pero no pueden llegar por si solas al nivel de la conciencia de clase socialista, de la necesidad de la transformación completa de la sociedad. En esto el siglo XXI vuelve a reafirmar una conclusión epocal: es absolutamente imprescindible el metabolismo de las masas y la vanguardia con el partido; es absolutamente imprescindible en el siglo que se inicia el pensamiento de Lenin en materia de organización.

Pero volvamos por un momento a los críticos de Lenin. John Holloway diferencia correctamente el “fetichismo” como cuestión cerrada, totalizada, de una concepción del desarrollo continuo en la sociedad de un proceso de fetichización, lo que da una correcta imagen más abierta del fenómeno. Sin embargo, esta afirmación correcta es utilizada –de manera espuria– para intentar demostrar que sería posible dejar afuera al partido revolucionario en este necesario metabolismo con la clase obrera a la hora de la adquisición de la conciencia y de la transformación socialista de la sociedad[29]

Efectivamente, si el fetichismo fuera un círculo completamente cerrado, no habría forma de escapar de él. Pero insistimos: la correcta comprensión de que lo que existe es un continuo proceso de fetichización –que por definición es abierto– no significa que se pueda superar o romper este proceso continuamente recomenzado por el propio marco de las relaciones sociales del capitalismo sin el metabolismo complejo de la conciencia socialista que implica necesariamente la relación del partido con la vanguardia obrera y las masas.

Cajo Brendel –autor consejista alemán– lleva el espontaneismo todavía más lejos: “Si la división del trabajo entre partido y sindicato tiene su sentido en tiempos apacibles, se transforma en una ideología en períodos revolucionarios, ya que [en ella] realmente se constituye la unidad de la lucha económica y la lucha política. En este período la separación entre lo económico y lo político se disuelve y ambos se fusionan en uno. Esta unidad auto-creada también da por resultado otra forma de organización”[30].

Pero la experiencia histórica de todo el siglo pasado ha demostrado un camino mucho más complejo que este ingenuo espontaneismo, que pierde, además, todo el “espesor” de la lucha política[31]. Las tremendas presiones reivindicativas y económico-corporativas que se viven en la vanguardia y en sus diversos movimientos dificultan esta progresión de la conciencia (esta contradicción la hemos vivido en carne propia en el proceso del Argentinazo), aunque se trata de un proceso dialéctico donde hay dificultad, pero también aprendizaje y superación parcial (aunque solo parcial) del fetichismo. Superación que precisamente por ser parcial, requiere imprescindiblemente –y no puede dejar de requerir– para su “totalización”, del partido. Cómo afirmaba clásicamente Lenin en el “¿Qué Hacer?” “cuanto más poderoso es el ascenso espontáneo de las masas y más se amplía el movimiento, mayor es la rapidez con que aumenta la necesidad de una elevada conciencia”. Se trata de una dinámica opuesta a la planteada por Brandel y todos los consejistas que en el mundo ha habido que no se han cansado de afirmar contra la experiencia histórica misma de los hechos que “el ascenso obrero resolvería por si solo los problemas de la conciencia”… Lenin educaba en el sentido contrario: cuando más agudo es el ascenso, más agudizadamente se coloca la necesidad del partido revolucionario; esto fue válido a lo largo de todo el siglo pasado y ha recobrado una aguda actualidad en este comienzo del XXI.

Lenin no es Kautsky                 

Los críticos que estamos citando se toman de la afirmación de Lenin que aparentemente parecía sugerir que la conciencia socialista debía provenir “desde afuera” de la clase trabajadora… Hacen esto para argumentar que si se tiene una concepción de “autoemancipación” del proletariado (característica del marxismo clásico y revolucionario), no se podría tener, a la vez, una firme y sistemática concepción acerca de la férrea necesidad del partido revolucionario… Está claro que opinamos con Lenin lo contrario.

Siguiendo en este punto sugerentes análisis de años atrás del filósofo marxista francés Daniel Bensaid, en la concepción de Lenin aparecen dos planos. Por un lado, está la clásica –y correcta– alusión a que la conciencia socialista debe provenir desde afuera de la relación entre patronos y obreros. Aquí había –efectivamente– un malentendido respecto de la lectura de Kautsky, para quien la conciencia no sólo debía provenir desde afuera de la actividad más inmediata de la clase trabajadora, sino que lisa y llanamente era aportada por otra clase o fracción de clase: los intelectuales pequeñoburgueses como tales, cual deus ex machina (factor externo al proceso mismo) colocado por encima de la propia clase.

Dice Bensaïd: “Lenin tantea y no siempre mide el alcance de sus propias innovaciones. Así, creyendo parafrasear un texto canónico de Kautsky, lo modifica de forma esencial. Donde Kautsky escribe que ‘la ciencia’ llega a los proletarios ‘del exterior de la lucha de clases’ introducida por los ‘intelectuales burgueses’, Lenin traduce que ‘la conciencia política (no la ciencia) viene del exterior de la lucha económica’ (y no de la lucha de clases que es tanto política como social), llevada no por los intelectuales en tanto categoría sociológica, sino por el partido en tanto actor específico[32].

Efectivamente, la redacción de Lenin –a este respecto– en el ¿Qué hacer? puede aparecer –para los que lo lean formal y superficialmente– como “contradictorio”. Citando “textualmente” a Kautsky, dice Lenin: “Pero no es el proletariado el portador de la ciencia, sino la intelectualidad burguesa (…) de modo que la conciencia socialista es algo introducido desde afuera en la lucha de clases del proletariado”[33]. Sin embargo, más adelante se dice algo muy distinto: “la convicción de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros desde adentro, por así decirlo, de su lucha económica, o sea, tomando sólo (o por lo menos, principalmente) esa lucha como punto de partida, y basándose sólo (o por lo menos, principalmente) en esa lucha (…) es falsa de raíz (…). La conciencia política de clase sólo puede llegar al obrero desde el exterior, es decir, desde un campo ubicado fuera de la lucha económica, al margen de la esfera de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de la que se puede extraer estos conocimientos es la de las relaciones de todas las clases y capas con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí (…). Para dotar de conocimientos políticos a los obreros, los socialdemócratas deben ir a todas las capas de la población, deben enviar a todas partes los destacamentos de su ejercito”[34]. Es decir, la definición de Lenin, en realidad, a lo que apuntaba, es a que la adquisición de la conciencia socialista debía provenir no desde afuera de la clase obrera como totalidad compleja (lo que incluye al partido), sino desde afuera de la mera lucha económica reivindicativa, lo que es algo muy distinto.

La preocupación de Lenin apuntaba a un problema absolutamente real, en la medida en que la adquisición de la conciencia requiere una elaboración de la experiencia, que no puede ser procesada de manera simple, mecánica y directa por el conjunto de la clase (ni siquiera por el conjunto de la vanguardia) sino que exige la mediación de algún elemento que tenga acumuladas o incorporadas las herramientas para esa elaboración (adquisición de la conciencia): esto es, el partido como una síntesis específica de la teoría y la práctica de la lucha de clases histórica.

La pertinencia del pensamiento de Lenin tiene que ver, entonces, con la comprensión de que la conciencia plena acerca de la propia acción y las condiciones de la acción socialista, requiere –insistimos– de una elaboración. Y esta elaboración, que a la vez alude a una imposibilidad de explicar la conciencia como mero reflejo o copia de la realidad, precisamente señala el rol del partido en su relación metabólica con la clase y la lucha de clases.

Filosóficamente, esta concepción concentraba implícitamente una doble crítica a parte de las concepciones teóricas del Lenin de “Materialismo y empirocriticismo”. Porque la adquisición de la conciencia es un proceso que tiene que ver con las relaciones sociales “objetivas” que la determinan, pero a la vez es una elaboración activa (no una mera copia), por intermedio de una acción (no un mero reflejo pasivo) lo que da lugar –precisamente– al rol del partido y a la acción transformadora socialista de la realidad. La adquisición de la conciencia requiere del “método de la abstracción” para ver más claramente. Al mismo tiempo, la conciencia se debe basar en la actividad práctica, que dará la prueba de hasta que punto nuestras concepciones del mundo son ajustadas a la realidad.

El “patrón” del proceso dialéctico del conocimiento va desde la percepción vivida en la experiencia al pensamiento abstracto y de ahí a la práctica consciente, donde opera una fusión del entendimiento intelectual y la existencia objetiva. Porque en la actividad humana se supera la abstracción del pensamiento. Porque hay un punto donde la teoría y la realidad se encuentran: en la práctica. Es el punto donde lo objetivo y lo subjetivo se fusionan a la hora de la transformación revolucionaria de la realidad, y de ese mismo sujeto en el acto mismo de transformarla. Por lo tanto, el propio método marxista, la propia dialéctica materialista, implica la actividad política. Porque sólo se puede realmente conocer en el curso de esa actividad.

Por esto mismo, George Lukacs era correctamente hostil a la teoría pasiva del conocimiento “fotográfico”, al peligro del reduccionismo fatalista de los pensamientos a la realidad. Porque si el pensamiento simplemente refleja pasivamente la realidad ¿qué rol puede tener la conciencia en la transformación de la realidad? La realidad transformada no es, sino que deviene tal cosa. Y, en el devenir, la participación del pensamiento y la acción que se deduce de él, es absolutamente necesaria. La propia conciencia de clase es una parte activa de esta realidad.

Para el Lenin de los Cuadernos filosóficos, la práctica sobrepasa la distinción entre “subjetividad” y “objetividad”. Y el terreno para este descubrimiento fue establecido por la teoría del partido de Lenin, el elemento más dialéctico de su marxismo (como correctamente insiste John Rees). La necesidad de “fusionarse” hasta cierto punto con las mismas masas (como señala Lenin en El izquierdismo) y al mismo tiempo “ser específico” respecto del total de las masas (¿Qué hacer?) exige una dialéctica que permita entender la unidad de los opuestos. Esto es precisamente lo que surge de las determinaciones más concretas del pensamiento profundo de Lenin sobre partido.

Lucha económica y lucha política

“La socialdemocracia revolucionaria siempre incluyó en sus actividades las luchas por las reformas. Pero utiliza la agitación “económica” no sólo para reclamar al gobierno toda clase de medidas, sino también (y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno autocrático. Además, considera su deber presentar al gobierno esta exigencia, no sólo en el terreno de la lucha económica, sino también el de todas las manifestaciones de la vida social y política. En una palabra, como la parte al todo, subordina la lucha por las reformas a la lucha revolucionaria por la libertad y el socialismo”[35]. Esto parece escrito para el ciclo de rebeliones populares latinoamericano, aunque a nuestros críticos no les guste porque, de hecho, se inscriben en la tradición del “economicismo”.

Efectivamente, uno de los problemas del actual proceso regional, es el haberse subordinado al carácter fragmentario o “corporativo” de las luchas y los movimientos sociales: a las reformas que aquí o allá han concedido un Hugo Chávez o un Evo Morales… a costa de la manutención del capitalismo como tal.

Un problema de estrategia típico del reformismo: en vez de subordinar la parte (las reformas) al todo, las “conquistas” se han obtenido, básicamente, a expensas del proceso mismo en tanto que la eventualidad de un proceso anticapitalista.

Este proceso de atomización y/o fragmentación de las reivindicaciones populares es una presión que viene desde abajo, desde las propias necesidades y demandas de los sectores que salen a la lucha, y se combina con la incapacidad de pararse desde una perspectiva más de conjunto, la de acabar con el orden social si se pretende resolver incluso cuestiones “elementales”.

En su polémica con los “economicistas”, Lenin diferencia tajantemente “la política sindicalista” (reducida a puras reivindicaciones económicas en el terreno político, como ser las leyes laborales) de “la política socialdemócrata”, que se refiere a la elevación de la clase al todo, a proponerse respuestas de conjunto para toda la sociedad: la revolución social.

Esta orientación –por así decirlo– tenía un objetivo a la vez práctico y “material”: el “obligar” a la clase obrera y su vanguardia a salir de su propia estrechez. “Obligar” a la clase obrera al aprendizaje práctico que significa tornar contacto con las otras clases sociales ampliando así su horizonte en la “escuela” misma de la lucha de clases.

Lenin planteaba como orientación práctica la educación de la clase trabajadora en interesarse por los problemas de todas las clases, por todos los problemas de la sociedad. Y al ubicarse desde un punto de vista social total, plantearse verdaderamente el problema del poder político. Lo que implicaba –para los proletarios, desde el proletariado– dirigirse hacia todas las capas de la sociedad.

Insistimos. Se trata de una orientación práctica, material: no simplemente “ideas” o “conceptos” que “vienen desde afuera” de la clase porque la adquisición de la conciencia política por parte de los trabajadores (que no es lo mismo que la formación marxista), no puede ser algo puramente “ideal” o “intelectual” asimilado mecánicamente “desde afuera”. Es un hacerse material de la conciencia mediada por la propia experiencia en interacción dialéctica con el partido revolucionario y cuyo “vehículo” es precisamente la política.

Entonces, la cuestión central es cómo los trabajadores se mueven desde la conciencia de todos los días hacia la conciencia de que es posible cambiar revolucionariamente las condiciones tremendas en las que viven.

Pero: ¿cómo superar en la conciencia el fetichismo y la alienación? ¿Cómo superar el sentido común?[36]. Aquí es donde entra la relación metabólica del partido con la clase. Porque el “límite general” al desarrollo de la conciencia no se puede superar mediante la mera actividad espontánea de la propia clase trabajadora. Aquí entra la política socialista revolucionaria como totalidad y como práctica de la totalidad. Como decía Lenin, “En realidad, no ‘se puede elevar la actividad de la masa obrera’ sí sólo nos limitamos a la ‘agitación política en el terreno económico’. Y una de las condiciones esenciales para lograr la extensión indispensable de la agitación política [más allá del terreno económico] es organizar denuncias políticas que abarquen todos los aspectos. Las masas sólo pueden ser educadas en su conciencia política y en su actividad revolucionaria, sobre la base de esas denuncias (…) La conciencia de la clase obrera no puede ser una auténtica conciencia política si los obreros no están acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y opresión, de violencias y abusos de todo tipo, cualesquiera sean las clases afectadas (…) La conciencia de las masas obreras no puede ser una auténtica conciencia de clase si los obreros no aprenden, sobre la base de los hechos y acontecimientos políticos concretos y además de actualidad, a observar a cada una de las otras clases sociales en todas las manifestaciones de la vida intelectual, moral y política, si no aprenden a aplicar en la práctica el análisis y la apreciación materialistas de todos los aspectos de la actividad y de la vida de todas la clases, capas y grupos de la población. Quien concentra la atención de la clase obrera, su capacidad de observación y su conciencia exclusivamente o aunque sólo sea una forma preferente en ella misma, no es un socialdemócrata, pues el conocimiento de sí misma por parte de la clase obrera está vinculado, en forma inseparable, no sólo a una comprensión teórica absolutamente clara –o mejor dicho, no tanto teórica como práctica– de las relaciones entre todas las clases de la sociedad actual, comprensión adquirida a través de la experiencia de la vida política (…) Para llegar a ser un socialdemócrata, el obrero debe formarse una idea clara de la naturaleza económica y la fisonomía social y política del terrateniente y del cura, del dignatario y del campesino, del estudiante y el vagabundo (…) Pero esta idea clara no puede obtenerse en los libros: sólo puede surgir de la realidad”[37].

La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios (o cuando la política no sigue dócilmente la economía)

Los elementos que venimos desarrollando respecto de la adquisición de la conciencia socialista están ligados a una determinada concepción acerca de la relación entre el partido, la vanguardia y las masas. Esto en un doble sentido. Porque si los problemas de la adquisición de la conciencia tienen esta complejidad, es evidente que hace falta alguna organización específica que facilite, que tome como parte de sus tareas prácticas y teóricas, esa adquisición de la conciencia por parte de las masas trabajadoras.

De esta realidad teórica y política (y no de una supuesta vocación “jacobina” o “blanquista” de Lenin[38]) surgen las cuestiones de organización. Si la realidad es que las masas trabajadoras por su sola actividad espontánea no pueden llegar al nivel de la conciencia socialista, hace falta un factor que sea activo en este sentido y que se mueva desde la perspectiva del todo, de la totalidad del cambio social que es necesario para acabar con la condición de clase explotada y oprimida. Un factor específico que no por ello es “externo” sino propiamente una parte específica y diferenciada de la propia clase trabajadora. Lenin señala: “Si el concepto de ‘lucha económica contra los patronos y el gobierno’ coincide para un socialdemócrata con el de ‘lucha política’, es natural esperar que el de ‘organización de los revolucionarios’ coincida, más o menos, con el de ‘organización de los obreros”[39]. Pero “La lucha política de la socialdemocracia es más amplia y compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno. Del mismo modo (y como consecuencia de ello), es inevitable que la organización de un partido socialdemócrata revolucionario sea de distinto tipo que la organización de los obreros para la lucha económica. La organización de los obreros (…) debe ser lo más amplia posible. Por el contrario, la organización de los revolucionarios debe incluir ante todo y sobre todo a personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria (por eso hablo de una organización de revolucionarios, y me refiero a los revolucionarios socialdemócratas) (…) Imaginemos a personas absorbidas en un 99% por ‘la lucha económica contra los patronos y el gobierno’. Durante todo el período de su actividad (…) algunos de ellos jamás pensarán en la necesidad de una organización más compleja de revolucionarios”[40].

Es alrededor de este criterio que tuvo lugar el histórico debate con Martov acerca de quién podía ser considerado militante del partido. Porque de esta comprensión acerca de la relación entre la actividad de los trabajadores y la de los revolucionarios se desprendían consecuencias organizativas. Esto es, para colaborar con la adquisición de la conciencia socialista de los trabajadores hacía falta una organización (política) de los revolucionarios distinta a la organización de la lucha cotidiana de los trabajadores, esto es, distinta de los sindicatos y expresamente separada de ellos.

Esta era la conclusión práctica que se desprendía de este análisis de la adquisición de la conciencia y de la necesidad de llevar a cabo no una política sindicalista, sino una verdadera política socialista.

Martov tendía a confundir la propia organización de los trabajadores por sus necesidades más inmediatas con la organización de un sector específico de ellos que se planteara la perspectiva de una transformación de conjunto de la sociedad. Perdía de vista que el partido debía operar por selección y diferenciación, donde la vanguardia no fuera diluida en la retaguardia (como ocurre en los sindicatos y/o los movimientos de masas). Porque se debía establecer una separación de principios entre partido y movimiento, diferenciándose el militante político del militante sindical.

Esto es, debía operarse un proceso de seleccionar, jerarquizar y promover a aquellos trabajadores y estudiantes que se destacaran del resto para “profesionalizarlos”, para hacer del centro de su vida y actividad la actividad socialista. Porque sólo de esta manera, “dividiendo” primero, se podría unir más firmemente después los lazos entre el partido y las organizaciones de lucha de los trabajadores.

Por tanto, la concepción de partido de Lenin tenía dos polos unidos dialécticamente: a) una estricta selección de los miembros del partido sobre la base de su conciencia de clase; b) La total solidaridad con y el apoyo a todos los oprimidos y explotados en el seno de la sociedad capitalista. Lenin insistía en que no había que mezclar cosas distintas: era militante de la organización el que efectivamente asumía un compromiso político organizado.

“¿En virtud de que causa, de que lógica, se puede deducir, por el hecho de que seamos un partido de clase, la conclusión de que no hace falta distinguir entre quienes forman parte del partido y quienes se hallan vinculados a él? Muy al contrario: precisamente por existir una diferencia en cuanto al grado de conciencia y de actividad, es necesario establecer también una diferencia en cuanto al grado de proximidad al partido. Somos un partido de clase, razón por la cual, casi toda la clase (…) debe actuar bajo la dirección de nuestro partido (…) Pero sería incurrir en ‘manilovismo’ y en ‘seguidismo’ pensar que toda la clase o casi toda la clase pueda, bajo el capitalismo, elevarse hasta el grado de conciencia y de actividad de su destacamento de vanguardia, de su partido socialdemócrata. Ningún socialdemócrata sensato duda que, bajo el capitalismo, ni siquiera las organizaciones sindicales (que son más elementales y más asequibles al grado de conciencia de las capas no desarrolladas) pueden abarcar a toda la clase obrera o a casi toda. Olvidar la diferencia que existe entre el destacamento de vanguardia y el conjunto de las masas que gravitan hacia él, olvidar el deber constante del destacamento de vanguardia de elevar a grupos cada vez más amplios a su propio nivel de vanguardia, solo significa (…) cerrar los ojos ante la inmensidad de las tareas”[41].

Este es el contenido político que estaba detrás de la discusión sobre el criterio militante en el congreso de 1903. No por bastante conocido deja de tener enorme actualidad, como lo muestra la experiencia reciente en Latinoamérica y el desarrollo de movimientos de lucha y su relación con los partidos.

Lenin se plantaba contra la mezcla sin principios: el “movimiento” se define por su carácter reivindicativo parcial; el partido se define por su programa total. Y esto engendra –insistimos– tipos distintos de militante y de actividad. Porque pararse desde la perspectiva del todo no es algo que se desprenda “automáticamente” de la lucha económica o reivindicativa. Por el contrario, esa lucha opera de manera contradictoria: al mismo tiempo que libera el ingreso a la vida política de decenas de miles, genera determinadas presiones, vinculadas a las necesidades materiales inmediatas y a la clase o fracción de clase de que se trate. Y no es tan sencillo, entonces, pararse desde la perspectiva de la transformación social. Es decir, de manera no inmediatamente reivindicativa. Desde las necesidades del conjunto de la clase trabajadora y los sectores populares y no simplemente de la propia “corporación”. De este problema hemos tenido también ejemplos de sobra en el Argentinazo, pero se trata de uno universal al que, justamente, se le busca dar respuesta con la “mecánica” transicional de la política revolucionaria[42].

Por el contrario, en Lenin, lo “político” alude a un ámbito global, de las relaciones del conjunto de todas las clases de la sociedad, que no se desprenden mecánicamente de las relaciones económicas.

Esto mismo subraya Bensaïd cuando señala correctamente que el partido no se debe reducir al ámbito de la representación de los intereses simplemente económicos de la clase, sino a sus intereses más de conjunto, históricos. Es necesario evitar todo reduccionismo de la política revolucionaria. Dice Bensaïd: “Más que una forma de disciplina o de centralización, la idea rectora de Lenin alerta acerca de la ‘confusión entre el partido y la clase’, confusión calificada de ‘desorganizadora’. La distinción introducida de esta forma entre clase y partido, se inscriben en las grandes polémicas del movimiento socialista de la época. Y, más específicamente en Rusia, se vuelve contra las corrientes populistas, ‘economistas’ y mencheviques (…) Lenin se opone de forma bastante original para la época a esta reducción de lo político a lo social (…) Entiende que las contradicciones económicas y sociales no se expresan directamente, sino bajo una forma específica, deformada y transformada, la política (que) condensa y revela una crisis latente global de las relaciones sociales (…) Esta cuestión es lo que está en el corazón del famoso debate sobre los estatutos del partido (…) La definición del miembro del partido (…) es la delimitación del partido frente a la clase. Es precisamente la forma partido la que permite intervenir sobre el campo de la política (…), no sufrir pasivamente los flujos y los reflujos de la lucha de clases (…) A la luz de la experiencia de 1905, Lenin insiste (…) en el hecho de que el partido, por más delimitado que sea, vive en un intercambio y diálogo permanente con las experiencias de la clase (…) Lo que permanece, más allá de estos matices y variaciones, es que el partido no es una forma de organización entre otras, sindicales o asociativas, sino una forma específica bajo la cual la lucha de clases se inscribe en el campo político[43]. En palabras de Lenin: “Rabochi Misl no repudia por completo la lucha política: en los estatutos de las cajas, publicados en su primer número, se habla de la lucha contra el gobierno. Sin embargo, cree que la política sigue siempre dócil a la economía’ (…)[44] Estas tesis (…) son totalmente falsas, si entendemos por política la de los socialdemócratas (…) [Se] renuncia por completo a elaborar independientemente una política socialdemócrata específica que corresponda a los objetivos generales del socialismo y a las condiciones actuales de Rusia”[45].

Es el partido socialista el que está llamado a representar estos intereses de conjunto, a la vez que hace parte –y no puede dejar de hacerlo, so pena de convertirse en una secta– de un sistema más amplio de organizaciones obreras y populares[46].

Por otra parte, el desarrollo de la conciencia de clase siempre es desigual; la emergencia de una clara conciencia nunca ocurre de un solo golpe y de una manera coherente: inevitablemente hay vanguardias y retaguardias en el seno de la clase. Porque se debe comprender que bajo el capitalismo y en la transición socialista, el proceso de la adquisición de la conciencia de clase sólo puede ser desigual: nunca podría ser al “unísono” por parte de todas las masas laboriosas. Hay, y no puede dejar de haber, vanguardias y retaguardias. Y es tarea imprescindible de la organización revolucionaria, justamente, el aportar activamente a la superación de esta desigualdad apoyándose siempre en los elementos más avanzados.

La lucha por la hegemonía

Esta discusión ha tenido históricamente otra vuelta de tuerca. Los críticos de la obra de Lenin han querido establecer un supuesto “abismo” entre la experiencia del gran revolucionario ruso y la de Marx (y Rosa Luxemburgo[47]) en materia de organización.

Algunos argumentos convincentes señalan que Marx estuvo relacionado –en períodos distintos– con cuatro tipos de partidos distintos: la Liga de los Comunistas (una pequeña “secta” alemana durante la década del ’40); los inicios de la Socialdemocracia en Alemania (décadas del ’60, ’70 y comienzos de los ’80); la experiencia de la I Internacional y los primeros esbozos de Partido Laborista en Inglaterra.

Al mismo tiempo, es ampliamente conocida su definición del Manifiesto Comunista: “Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses algunos que no sean los intereses del conjunto del proletariado. No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento proletario. Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que (…) en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado (…) en que, en las diferentes fases de desarrollo porque pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.

Está claro que Lenin si se planteaba la formación de un “partido aparte de los comunistas”. Pero la supuesta “contraposición” entre Marx y Lenin no logra sostenerse. Es verdad que Marx tendía a defender una idea de partido más cercana a la de una organización surgida de la experiencia directa de los trabajadores. Pero en Lenin la idea de partido es categóricamente más elaborada, más madura, expresando un período histórico distinto al que le tocó vivir a Marx. En un contexto que había cambiado, Lenin rompe con la tradición dominante del movimiento socialista de su tiempo. Con la entrada en escena de un movimiento obrero a fines del siglo XIX, el “partido socialista de masas” aparecía como una especie de encarnación política de toda la clase. La idea se inspiraba en ciertas fórmulas de Marx que insinúan que la organización progresiva del proletariado en partido político y en clase serían “sinónimos”: su ser social y su ser político se unían en el partido.

Lenin subraya muy agudamente lo contrario: la ruptura de la continuidad entre el conflicto económico inmediato y el conflicto político mediato. Busca evitar confundir el problema de las clases y los partidos. Esto es, el contenido social y su expresión política. Porque la lucha de clases no debía reducirse a la pelea del obrero contra el patrón, sino que debía abarcar la pelea contra la clase capitalista entera y su estado. De esta forma, el socialismo revolucionario –en cuanto partido político– debe buscar representar a la clase trabajadora en sus relaciones no solamente con un grupo dado de empleadores, sino con todas las clases de la sociedad contemporánea y el propio Estado.

Al mismo tiempo, la insistencia tan continua de Lenin en diferenciar partido y clase conduce lógicamente al pensamiento –despojado de toda ingenuidad– de una pluralidad de organizaciones siempre en durísima competencia por la hegemonía. En este sentido, años atrás señalábamos: “A nuestro modo de ver, las formas de organización de los trabajadores como los soviet, sindicatos o movimientos, son más ‘transitorias’ que el partido revolucionario, que es la forma más concentrada y estable de organización de la vanguardia de los trabajadores. A diferencia de la demagogia anarquista y de su posición en oportunidad del levantamiento de Kronstadt de ‘soviet sin partidos’, el agrupamiento de personas alrededor de ideas sobre la sociedad, sobre cómo conducirla, etc., es absolutamente inevitable. Y el agrupamiento de esas personas en una organización y la cristalización de esas ideas alrededor de un programa es un partido, como quiera que se lo llame. De modo que la lucha de tendencias políticas de la clase trabajadora, la lucha de partidos, es, como ya hemos señalado, connatural a la lucha socialista: hace al contenido intangible de la democracia de los trabajadores”[48].

Sí el partido no es mecánicamente la clase, se entiende que una misma clase puede representarse políticamente a través de varios partidos políticos en dura competencia. Y se desprende que la representación de lo social en lo político implica, asimismo, la existencia de una serie de reglas de juego e instituciones que no pueden ni deben ser instrumentalizadas[49]: “Lenin y sus colaboradores tuvieron como primer cuidado preservar las filas del partido bolchevique de las taras del poder. Sin embargo, la conexión estrecha y a veces la fusión de los órganos del partido y del Estado acarrearon desde los primeros años un perjuicio evidente a la libertad y a la elasticidad del régimen interior del partido. La democracia se encogía a medida que crecían las dificultades. El partido quiso y confió en un principio en conservar en el cuadro de los soviets la libertad de las luchas políticas. La guerra civil trajo su severo correctivo. Uno después de otro fueron suprimidos los partidos de oposición. Los jefes del bolchevismo veían en estas medidas, en contradicción evidente con el espíritu de la democracia soviética, no decisiones de principio, sino necesidades episódicas de la defensa”[50].

Precisamente, en este mismo sentido: “¿Cómo se explica que Moreno haya obviado una lección histórica decisiva de la experiencia del siglo pasado, a saber, que la lucha de tendencias y el juego de la democracia de los trabajadores es absolutamente imprescindible para la transición, y que no haya sacado conclusión alguna acerca de la burocratización de la revolución? (…). El propio partido revolucionario, para ‘preservarse’ como tal, necesita que el poder esté en manos de los organismos de la propia clase trabajadora y su vanguardia. Necesita del juego de la democracia de los trabajadores en su seno. En cierto sentido, necesita poder seguir cumpliendo, junto con su papel de dirección y gobierno del Estado obrero, su papel crítico como organización política revolucionaria en cierta forma ‘independiente’ de las instituciones del Estado proletario [que, como insistía Lenin, sus “organismos” no pueden confundirse so pena de burocratización]. Necesita no ver reducida su actividad a las tareas puramente administrativas si quiere preservarse como organización revolucionaria política que pelea por impulsar la transición en las condiciones del atraso económico y cultural de las masas y el cerco imperialista. Es decir, necesita seguir cumpliendo el papel de ‘tribuno popular’ que indicaba Lenin en ¿Qué hacer?, un papel distinto y superior al de mero funcionario sindical, político o estatal. Otra cuestión es que, efectivamente, el partido pelea porque la clase trabajadora y su vanguardia tomen el poder bajo su dirección; el partido lucha por lograr la mayoría y dirigir los organismos de poder, estar a la cabeza de ellos y tomar el poder al frente de esos organismos. Si el partido no hiciera esto perdería su condición de revolucionario: el partido debe pelear y no puede dejar de pelear por el poder[51].

Lo que venimos señalando es claro, en el debate de Lenin en 1905 con los miembros de su propio partido: ante la disyuntiva sectaria que colocaban estos de “Soviet o partido”, Lenin replicaba afirmando la perspectiva de “Soviet y partido”: “A mi me parece que para liderar la lucha política, ambos, el Soviet… y el partido son, en un grado igual, absolutamente necesarios[52].

La síntesis efectuada por Lenin subraya lo falso de esta contraposición entre organizaciones de naturaleza distinta. Tanto las organizaciones de masas como el partido son imprescindibles. Pero en ningún caso los “movimientos” pueden reemplazar o cumplir el rol de los partidos: esta es una enseñanza categórica. Como la experiencia histórica ha demostrando, el hecho es que son los partidos los únicos que se baten desde una perspectiva general, por encima de cualquier demanda reivindicativa parcial. Las reivindicaciones parciales sólo pueden ser eje de organizaciones de masas como los sindicatos o los diversos movimientos de trabajadores. Pero cuando se trata del partido revolucionario, lo que manda es el punto de vista de la totalidad, el conjunto de los intereses inmediatos e históricos de la clase.

Sobre las leyes de construcción del partido revolucionario

“La organización bolchevique fue la creación del propio Lenin. La idea misma de organización ocupa un lugar central en el leninismo; organización del instrumento revolucionario; organización de la revolución como tal; organización de la sociedad a la que la revolución ha dado vida. La insistencia en la absoluta necesidad de organización se encuentra en todos los escritos y toda la carrera de Lenin”[53].

Las enseñanzas de Lenin son de un grado de universalidad que atañen a las coordenadas centrales de todo partido que se precie de tal, sea que el partido esté en el estadio de organización de vanguardia (e, incluso, si es un grupo de propaganda), o con influencia entre sectores de las masas: “Lo que defiendo a lo largo del libro [¿Qué Hacer?], desde la primera hasta la última página, son los principios elementales de cualquier organización de partido que pueda imaginarse”[54].

Al mismo tiempo, es un hecho que el “modelo” de partido leninista en todo estadio debe poseer rasgos de partido de vanguardia respecto al conjunto de la clase obrera. Nos explicamos: al ser partido político y no meramente movimiento reivindicativo, siempre debe tender a encarnar los intereses más estratégicos de los trabajadores. En este sentido, jamás debe marcar el paso con los elementos de conciencia más atrasada: “La socialdemocracia en todo lugar y siempre ha sido, y no puede dejar de serlo, el representante de los trabajadores con conciencia de clase, y no de los trabajadores sin conciencia de clase”[55].

Insistimos: el partido revolucionario siempre debe ser el destacamento de avanzada de la clase: “el partido debe ser sólo la vanguardia, el líder de las vastas masas de la clase trabajadora; el conjunto (o cerca del conjunto) de ellas ‘trabajan bajo el control y la dirección’ de las organizaciones del partido, pero el conjunto de estas mismas masas no pueden ni deben pertenecer al partido”[56].

En el mismo sentido, Liebman señala que: “La convicción de Lenin de que la revolución Rusa debía ser necesariamente el trabajo de un grupo de vanguardia y no de un partido de masas, estaba basada no meramente en las características circunstanciales de Rusia de su tiempo, sino también en la forma en que concebía la relación entre la clase obrera y el partido proletario; para ser más preciso, se desprendía de su visión general respecto de la conciencia de clase que el proletariado poseía o no poseía”[57].

Pero hay otro ángulo en lo que tiene que ver con las características del partido referido a los estadios de construcción del mismo. ¿A qué nos referimos con esto? Nos referimos a que las leyes específicas de una organización en un estadio constructivo de vanguardia –esto es, que busca abrirse paso no solo en relación a las fuerzas burguesas sino al interior mismo de la izquierda–, son diversas respecto al caso donde ya está planteada la disputa por la influencia entre franjas de las masas.

Estas leyes no pueden ser idénticas a las que tienden a caracterizar una organización que ya es hegemónica al interior de la propia izquierda y de los sectores más avanzados de la clase obrera, y que se ha lanzado “de cabeza” al trabajo de masas.

Este salto en calidad al ser de una mecánica tan compleja, fue resuelto de una manera correcta solo contadas veces: siquiera en vida de Lenin y Trotsky al frente de la III Internacional esto fue tarea sencilla. Ni hablar dentro del movimiento trotskista de la 2ª posguerra. Muchísimas experiencias terminaron empantanadas en este salto debido a que sí las tensiones de las pequeñas organizaciones revolucionarias provienen más de lado del sectarismo la de las organizaciones a las que se les plantea el salto hacia las masas vienen, característicamente, del oportunismo.

Está claro, por otra parte, que lo anterior de ninguna manera debe ser razón para no afrontar este desafío so pena de ser una secta irremediable que le haría un flaco favor a la misma clase obrera que –la experiencia histórica lo ha demostrado palmariamente no puede llevar adelante una revolución propiamente socialista sin un gran partido socialista revolucionario con influencia entre las masas.

En síntesis: más allá de los determinantes generales de todo partido revolucionario que hemos visto arriba, en lo que hace a los estadios de construcción del mismo, operan leyes diversas y el salto en calidad de uno a otro es el desafío más difícil e históricamente peor resuelto en materia de construcción de la organización revolucionaria. Sin embargo, en lo que sigue, nos concentraremos sobre todo en la operación de estas leyes en el caso de las organizaciones en el estadio de vanguardia y sólo daremos unas “pinceladas” del salto hacia las masas.

La ley del más fuerte

Las leyes de construcción de una organización en el estadio de partido de vanguardia están marcadas por una “paradoja”: si su política siempre debe estar referida a las exigencias objetivas de la lucha de clases, para responder a las mismas, en cierto modo, no tiene alternativa que ir para adelante a expensas del resto de la misma izquierda. Esto es así debido a que el “espacio” y el terreno político objetivo más general que habitualmente tiene la izquierda revolucionaria (claro que esto varia sustancialmente cuando se abren situaciones revolucionarias) tiene unas determinadas dimensiones que obligan a las corrientes a chocar unas con otras.

En la experiencia histórica que conocemos más de cerca, la del viejo MAS –que había “resuelto” las relaciones de fuerzas en el seno de la izquierda–, este logró en pocos años extender su “espacio” de actuación más allá de la vanguardia. Pero la tremenda contradicción estuvo cuando empezó a rozar al peronismo: entró en una espiral de crisis que lo llevó a la disolución. Esto porque tuvo un proyecto errado para dar el salto hacia la influencia entre amplios sectores de las masas: un proyecto básicamente barrial-geográfico-electoral en vez de uno orgánico-laboral-estructural. Este desvío oportunista en materia de organización –junto a un conjunto de otras razones– lo liquidó.

Pero lo habitual entre las corrientes de vanguardia sin peso de masas es una construcción que se lleva a cabo a expensas del otro. Los “espacios” se crean porque una corriente se “cae” y otra que viene acumulando de manera progresiva lo ocupa. Se trata de una suerte de “ley de selección natural política”, de supervivencia del más apto, aunque más “lamarkiana”[58] que “darwinista” porque, a diferencia de la naturaleza, en la sociedad, cuenta el factor subjetivo de la voluntad[59]. Se trata de una ley materialista que rige la vida de las corrientes revolucionarias: se deben calificar unas contra otras: la que tiene más capacidad y es sobreviviente en un medio hostil, se construye: esa es la ley.

Según Liebman, el propio Martov en la época de la vieja Iskra señalaba que: “la pelea entre los ‘Iskristas’ y los oponentes de la centralización a veces tomaba la forma de una ‘guerra de guerrillas’ en la cual ‘tácticas subversivas’ debían emplearse y en la cual, finalmente, ‘la ley del más fuerte terminaba imponiéndose’. De ahí que los militantes aprendan sus primeras lecciones [en el arte de la dura lucha de tendencias políticas”][60].

Desde el punto de vista anterior, y durante esta durísima pelea, que muchas veces abarca todo un período histórico (precisamente esa fue la experiencia de bolcheviques y mencheviques en la Rusia prerrevolucionaria[61]) es que a la hora de capitalizar o “ganar” aciertos o ubicaciones políticas, el hecho es que el más “fuerte” es el que “saca más” a la hora del “reparto”: si hay diez compañeros para ganar, la corriente más fuerte se “lleva”, por así decirlo, siete y las más débiles se “reparten”, entre ellas, uno cada uno…

La cuestión es que toda organización revolucionaria que no se ajuste a estas leyes objetivas de disputa, selección y reclutamiento en la vanguardia se verá incapacitada para pegar un salto constructivo de calidad. Esto mismo es lo que planteaba Trotsky en su balance respecto del debate Lenin-Luxemburgo en materia de organización (debate que se salda con el triunfo de la tesis leninista). Es que, efectivamente, como decía Trotsky, el problema de Luxemburgo estuvo en que no poseyó la capacidad de visualizar que la construcción de la organización revolucionaria está determinada por un esfuerzo subjetivo en seleccionar, reclutar, concentrar y formar a los mejores elementos de la vanguardia para que hagan de columna vertebral del partido. Rosa quedó colocada irremediablemente como “espontaneista”, porque dadas las circunstancias históricas que le tocó vivir, lo suyo tuvo mucho de apuesta a la emergencia espontánea e independiente de la base obrera contra el aparato de la dirección socialdemócrata, cuestión que en sí misma no estaba mal pero devaluó la otra tarea que tenía planteada que era la construcción de una fuerte fracción centralizada a la interior de la socialdemocracia alemana.

Pero retornemos a nuestro punto. Como venimos señalando, lo que nos interesa es apuntar cómo son las leyes de crecimiento de una organización de vanguardia. Sus leyes son dialécticas como dialécticas son las leyes de movimiento tanto en la naturaleza como en la sociedad. Se trata de una comprensión profunda de la operación de esta ley: los saltos en calidad se producen luego de una progresión caracterizada por toneladas de esfuerzos y desarrollos cuantitativos previos.

Es decir, la ley de acumulación en el terreno de la naturaleza, la economía y también de la construcción del partido, requiere de una base material, de un esfuerzo previo, que es el que en realidad ocupa prácticamente la historia entera del proceso, donde el período de acumulación cuantitativo lleva un largo período de desarrollo. Se trata de una ley de desarrollo pautada por largos períodos de acumulación cuantitativos previos a los cortos períodos de estallido revolucionario cualitativo.

En síntesis: toneladas de esfuerzos “reformistas” son necesarios para crear las condiciones materiales de un salto cualitativo en materia de construcción del partido revolucionario.

Cuando la voluntad es “todo”

Pero hay algo más en lo que hace a la organización de vanguardia: se trata del pasaje de ser una organización que depende de la sola voluntad de sus integrantes (característica de las organizaciones de vanguardia) a transformarse en una corriente, digamos, histórica. En este sentido, Gramsci (que evidentemente tenía muchísima sensibilidad en materia de organización) señalaba algo muy agudo. Citamos in extenso: “La cuestión de cuándo se ha formado un partido, o sea, cuando tiene una tarea precisa y permanente, produce muchas discusiones. Verdaderamente se puede decir que un partido no está nunca perfecto y formado, en el sentido de que todo desarrollo crea nuevas obligaciones y tareas (…). Aquí se desea aludir a un particular momento de ese proceso de desarrollo, al momento inmediatamente posterior a aquel en el cual un hecho puede tener existencia o no tenerla en el sentido de que la necesidad de su existencia no ha llegado todavía a ser ‘perentoria’ sino que depende ‘en gran parte’ de la existencia de personas con una extraordinaria potencia volitiva y de extraordinaria voluntad.

¿Cuándo se hace históricamente ‘necesario’ un partido? Cuando las condiciones de su ‘triunfo’ están al menos en vías de formación y permiten prever normalmente sus ulteriores desarrollos. Pero, ¿cuándo puede decirse que un partido no podrá ser destruido con medios normales? Para contestar esta pregunta hay que desarrollar un razonamiento: para que exista un partido es necesario que confluyan tres elementos (propiamente, tres grupos de elementos):

  • Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación está posibilitada por la disciplina y la fidelidad, no por un espíritu creador y muy organizador. Sin ellos, es verdad, el partido no existiría, pero también es verdad que el partido no existiría ‘solamente’ con ellos. Ellos son una fuerza en la medida que hay alguien que los centralice, organice y discipline, pero si falta esta otra fuerza viva de cohesión, se dispersarán y se anularán en una pulverización impotente.
  • El elemento principal de cohesión que centraliza en el ámbito nacional, que da eficacia y potencia a un conjunto de fuerzas que, abandonadas a sí mismas, contaría cero o poco más; este elemento está dotado de una fuerza intensamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora, y también, o incluso tal vez por eso, inventiva (si se entiende ‘inventiva’ en cierta orientación, según ciertas líneas de fuerza, ciertas perspectivas, y también ciertas premisas); también es verdad que este elemento solo no formaría el partido, pero lo formaría, de todos modos, más que el primer elemento considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más fácil formar un ejército que formar capitanes. Tanto es así que un ejército ya existente queda destruido si se queda sin capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, coordinados, de acuerdo entre ellos, con finalidades comunes, no tarda en formar un ejército incluso donde no existe.
  • Un elemento medio que articule el primero con el segundo, los ponga en contacto no solamente ‘físico’, sino también moral e intelectual. En realidad, para cada partido existen ‘proporciones definidas’ entre estos tres elementos, y se alcanza el máximo de eficacia cuando se realizan esas ‘proporciones definidas’.

Para que esto ocurra [es decir, ocurra la formación del partido, R.S.] es necesario que se vaya formando la convicción férrea de que es necesaria una determinada solución de los problemas vitales. Sin esa convicción no se formará al segundo elemento, cuya destrucción es la más fácil, por su escasez numérica; pero es necesario que este segundo elemento, cuando es destruido, deje como herencia un fermento a partir del cual pueda reconstruirse”[62].

Pedimos perdón por la extensión de esta cita. La quisimos reproducirla completa porque es brillante y capta en toda su tremenda agudeza el carácter a priori “voluntarista” por así decirlo (lo que no quiere decir que no se apoye en premisas objetivamente fundamentadas) que necesariamente tiene la construcción de toda organización de vanguardia. O para decirlo de una manera más “universal”, de una corriente política definida con una identidad tal que introduzca un matiz en el conjunto del movimiento revolucionario de su época.

En definitiva, según Liebman la ventaja que gozaba el bolchevismo sobre el menchevismo (más allá, claro está, de las diversas estrategias), se fundamentaba no tanto en un equipo teóricamente superior, sino en la capacidad de mantener viva, a pesar de todos los fracasos y retrocesos, e incluso a pesar de las más difíciles condiciones, una organización de partido, que en períodos de reacción y desmoralización que vio el colapso de los mencheviques, salvaguardara lo esencial y asegurara que habría un futuro para la socialdemocracia rusa.

La política en el puesto de mando

“Tampoco pienso que pueda dar una fórmula tal sobre centralismo democrático que ‘de una vez por todas’ elimine los malentendidos y falsas interpretaciones. Un partido es un organismo activo. Se desarrolla en la lucha contra obstáculos exteriores y contradicciones internas (…). El régimen de un partido no cae hecho del cielo sino que se forma gradualmente en la lucha. La línea política predomina sobre el régimen; en primer lugar, es necesario definir los problemas estratégicos y métodos tácticos correctamente con el fin de resolverlos. Las formas organizativas deberían corresponder a la estrategia y la táctica. Solamente una política correcta puede garantizar un régimen partidista saludable. Se entiende que esto no significa que el desarrollo del partido no dará lugar a tales problemas de organización. Pero implica que la fórmula para un centralismo democrático debe encontrar inevitablemente una expresión diferente en los partidos de diversos países y en distintos estados de desarrollo de un mismo partido”[63].

Acerca de la espinosa cuestión del régimen del partido se han escrito toneladas de páginas, la más de las veces inservibles. Aquí sólo queremos dejar establecidos una serie de criterios que creemos fundamentales para abordar esta problemática comenzando por señalar que nunca se podría tratar de tomarlos como un “recetario”. En última instancia, las determinadas “reglas de juego” del funcionamiento del partido, dependen de las circunstancias concretas de la lucha de clases en que la construcción del mismo se lleva a cabo y en cierta forma también del estadio constructivo en que se encuentra el partido, tal cual acabamos de ver que plantea Trotsky.

Comenzaremos despejando cuestiones básicas. La primera, es que siempre los problemas de organización (y el régimen de partido dentro de ellos) se siguen dialécticamente de la política. Es a todas luces evidente que un partido volcado a la mera actividad electoral tendrá un tipo de régimen muy diverso al de una organización revolucionaria cuya actividad principal es el intervenir cotidianamente en la lucha de clases.

En esa intervención, lo que debe mandar son siempre las exigencias que coloca la lucha. Es decir, no hay cómo resolver los problemas de la intervención del partido por una vía donde se impongan intereses extraños a los de la misma lucha. Los irrevocables intereses del partido deben hacerse valer de una manera que contribuyan al desarrollo, politización y triunfo de esa misma lucha. Lo contrario sería un instrumentalismo y nada más que instrumentalismo qué flaco favor le haría a los trabajadores y al progreso de su conciencia de clase.

El régimen de partido es pasible de otro tipo de “reduccionismo”: el hacer una interpretación del mismo en clave “formalista”. Es decir, creer que el régimen puede ser “atrapado” en la aplicación formal de un “estatuto” que condena al partido a la inanición, liquidando el despliegue de su vida militante en toda su riqueza y diversidad. Porque lo que manda en una organización auténticamente revolucionaria es la política, el contenido de las apuestas estratégicas: “La fracción y el peligro de una escisión [del partido bolchevique en oportunidad de la lucha contra la oposición de izquierda al acuerdo de Brest Litovsk, R.S.] fueron vencidos no por medio de decisiones formales basadas en los estatutos, sino con la acción revolucionaria[64].

En el mismo sentido, Marcel Liebman insiste una y otra vez (y de manera convincente) que, sobre todo en condiciones de ascenso revolucionario (cuando hay retroceso, necesariamente, rigen otras leyes, más “cerradas”, en lo que hace a la vida de la organización), el “partido de Lenin” es uno extremadamente flexible y abierto a la presión revolucionaria proveniente desde abajo como veremos más adelante.

¿Centralismo o federalismo?

Aunque se siguen dialécticamente de los problemas políticos, está claro que hay y no puede dejar de haber una especificidad de los problemas de régimen de partido. Esta especificidad hace a varias leyes de funcionamiento de la organización: se trata de las cuestiones que atañen al federalismo o centralismo en materia de organización y a la combinación de la libre discusión[65] con la férrea unidad en la acción.

Nos interesa comenzar por el federalismo: históricamente, este ha sido el reflejo organizativo del economicismo: una expresión poco madura en el terreno político; un marcar el paso con lo más atrasado de la clase; el hacer valer los intereses “particularistas” contra el conjunto; un criterio de despolitización. En fin: varios de los temas caros a la corriente anarquista-autonomista[66].  

Precisamente: el debate entre concepciones federalistas y centralistas en materia de organización se dio ya en los tempranos tiempos de la I Internacional. Es conocido que Marx era partidario del centralismo. El partidario del federalismo era Bakunim. Este acusaba a Marx de “socialista burocrático”: “Los anarquistas [veían] en toda centralización un obstáculo para la libre iniciativa local y para el impulso revolucionario de las masas. Lejos de desear que se dieran al Consejo General [de la I Internacional al frente del cual estaba el propio Marx] poderes más amplios a fin de dirigir el movimiento, querían acabar con él por completo y reemplazarlo por una mera Oficina de Correspondencia que mantendría en relación a los grupos de distintos países, pero que no estaría encargada de dirigir, en ningún sentido, la actuación de estos”[67].

Pero cómo señalara Lenin, en materia de organización partidaria, el federalismo es un “cáncer”: una traba organizativista al libre debate y decisión políticas en el conjunto del partido. Porque el federalismo supone una pelea de relaciones de fuerzas en el seno de la organización que no depende de las posiciones políticas lanzadas al libre debate y la creación de mayorías y minorías políticas, sino el hacer valer en los debates supuestas “cuotas” de la misma organización.

Es conocido que uno de los cánceres del POUM español de los años ’30 –que acompañaba organizativamente su centrismo político– fue que a pesar de haber llegado a agrupar una cantidad importante de militantes (algo en torno a los 40.000) era una organización pautada por caciques y caudillos regionales que se negaban a subordinarse por mezquinos intereses localistas a toda organización y directivas políticas centralizadas.

Otra cosa completamente distinta es cuando se piensa en la organización del Estado (ya no el partido). Y cuando, además, este estado está integrado por una serie de nacionalidades diversas a las que hay que permitirles incondicionalmente libre expresión: se trata del derecho a la libre autodeterminación nacional. Es el caso –cuando la formación de la ex URSS en vida del propio Lenin– acerca de si la Rusia bolchevique debía ser una Federación de repúblicas soviéticas –posición de este– o una Unión (posición gran rusa de Stalin). Porque la Unión, lo que tendía a hacer, e hizo, era a liquidar los derechos a la autodeterminación de las minorías futuras integrantes de la URSS.

Sin embargo, cuando de lo que se trata es del partido, se habla de otra cosa muy distinta: el federalismo se convierte en una traba organizativista que impide la unidad de la organización en su acción revolucionaria. Repetimos: una traba organizativista que se pone por encima de toda decisión política. Se trata no de un criterio de democracia partidaria, sino de algo muy distinto: un criterio de aparato, de “cuotificación” del régimen de partido.

Cómo señalara Liebman: “El propósito de la Iskra era terminar con este choque de los distintos grupos locales. El centralismo de Lenin, era mucho más, sin embargo, que esta vocación para unir: era una concepción de las relaciones en el seno de la organización entre el ‘liderazgo’ y la ‘base’, entre el ‘centro’ y las ‘regiones’ dependientes de él, una definición de las reglas de jerarquía que debían prevalecer en la organización, un conjunto de cuestiones que traían a colación la cuestión de la democracia en el seno del partido”[68].

Democracia y centralismo

En segundo lugar, está la famosa cuestión de cómo establecer la combinación de los criterios de centralización en la acción con la libre discusión democrática al interior de la organización. Esta combinación, históricamente, se ha expresado en una fórmula propuesta por Lenin en el año 1906 al interior del POSDR: el centralismo democrático[69]. Clásicamente, este alude –como su nombre lo indica– a un par dialéctico, donde están combinadas dos exigencias distintas. Por un lado, la exigencia de un amplio espectro de democracia y libre debate al interior de la organización: los militantes partidarios no son “autómatas” sino compañeros dotados de conciencia crítica que deben poder ejercer sus derechos de opinión e, incluso, de decisión autónoma.

Como señala agudamente Trotsky: “Sabíamos que el régimen de partido se basaba en los principios del centralismo democrático. Se suponía, desde el punto de vista teórico (y así se hizo, desde luego, en la práctica), que esos principios implicaban la posibilidad absoluta para el partido de discutir, de criticar, de expresar sus descontento, de elegir, de destituir, al mismo tiempo que permitía una disciplina de hierro en la acción, dirigida con plenos poderes por órganos directores elegidos y revocables. Si se entendía por democracia la soberanía del partido sobre todos sus organismos, el centralismo correspondía a una disciplina consciente, juiciosamente establecida, que garantizase en cierto modo la combatividad del partido”.

Precisamente: junto con el elemento de absoluta libertad en la discusión es que hay que subrayar que no hay organización de lucha –y el partido lo es que pueda funcionar frente al carácter centralizado del Estado capitalista y la patronal, de una manera que no implique la más férrea unidad en la acción de la organización. En este sentido, Moreno decía correctamente, que cuestionar el centralismo es cuestionar la eficacia misma y que ninguna revolución puede triunfar sin un alto grado de disciplina y centralización.

Aquí se coloca otro agudo problema: ninguna organización revolucionaria puede volcarse a la intervención en la lucha de clases sosteniendo dos políticas[70]. Esto la condenaría a la impotencia más escandalosa: tomando un concepto “contable”, se trataría de la esterilidad de una contabilidad de suma cero.

De ahí que, llegado un punto, el debate al interior del partido –en cualquiera de sus organismos– debe resolverse para pasar al plano de la acción. Porque sin esa acción el partido pierde su atributo de partido militante: en su seno el debate democrático e, incluso, la elaboración teórico-política, deben estar al servicio –en última instancia de la acción: de ejercer una acción militante transformadora sobre la realidad.

Entonces, la unidad de teoría y práctica, la praxis en materia de un régimen de partido militante, se resuelve en la condena del federalismo y el impulso de la más libre democracia en la discusión y la más férrea unidad en la acción: “[Lenin] dice que todavía había trabajo para hacer para ‘realmente aplicar los principios del centralismo democrático en la organización del partido, trabajar incansablemente para hacer de las organizaciones locales las unidades organizacionales principales del Partido en los hechos y no meramente en las palabras. Su aplicación ‘implica universal y total libertad para criticar, siempre y cuando esto no socave la unidad en la acción; [esta regla] dictaminaba cortar de cuajo todo ‘criticismo’ que rompiera o hiciera difícil la unidad de una acción decidida por el partido”[71].

El salto hacia las masas

“En enero de 1905, en el momento de desencadenarse la revolución, la organización bolchevique estaba integrada por 8.400 miembros. Para la primavera boreal de 1906 el total de miembros del POSDR alcanzaba los 48.000, de los cuales 34.000 eran bolcheviques y 14.000 mencheviques. En octubre de ese año, el total de membresía excedía los 70.000 (…) y para el congreso de Londres en 1907, el partido tenía 84.000 miembros, de los cuales 46.000 eran bolcheviques y 38.000 mencheviques”[72].

Como señalamos más arriba, no nos detendremos in extenso en ese “anexo” en lo que hace a los complejos problemas del pasaje del partido de vanguardia a uno con influencia entre las masas, ni a las leyes internas específicas de este último. Sólo haremos, en todo caso, una serie de someros señalamientos dejando sentado que cuando hablamos de “partido con influencia entre las masas” tratamos de diferenciarlo de la idea, lisa y llana, de “partido de masas”, precisamente por lo que hemos explicado más arriba acerca de la preocupación leninista de que todo partido revolucionario debe mantener su carácter de “vanguardia” en lo que hace al conjunto de la clase.

Aquí hay varias cuestiones pero lo primero que se debe señalar es que en la operación de las “leyes” antes señaladas ocurre, evidentemente, una transformación. Esto tanto en materia de las leyes de crecimiento del partido, o mismo en lo que hace incluso al régimen interno del partido. Porque si la organización de vanguardia es hasta cierto punto una suerte de “brigada de combate”, un partido que se está lanzando a la influencia entre sectores de las masas, evidentemente debe tener una serie de criterios propios en materia de organización y funcionamiento que configuran en muchos casos una suerte de “inversión dialéctica” de las leyes que rigen el estadio de vanguardia.

Esto no quita que, al mismo tiempo, en todos los estadios rijan leyes de desarrollo desigual y combinado. Nos explicamos: si es muy malo confundir los estadios constructivos del partido, esto no quiere decir que no ocurren circunstancias donde núcleos muy pequeños cumplan un rol de enorme importancia, con una proyección en el campo político muy por encima de sus fuerzas organizativas[73].

Pero digamos algo respecto de las leyes de crecimiento de un partido con peso entre las masas. Los multiplicadores en lo que hace a cantidad de militantes, inserción y envergadura política y organizativa del partido en época revolucionaria, evidentemente varían sustancialmente respecto del período en que la organización es un partido de vanguardia. Se trata de otras leyes las que rigen el salto hacia las masas: aquí operan leyes de multiplicación “geométrica” y no aritméticas, que es lo que caracteriza al partido en estadio de vanguardia.

Es decir, el partido de vanguardia “recluta” de a unidades de compañeros o, a lo sumo, de a decenas por así decirlo. El partido que se vuelca hacia tener influencia entre sectores de las masas, recluta de a conjuntos de compañeros: capta núcleos, agrupaciones, organizaciones y/o sectores enteros de trabajadores o estudiantes. A este respecto son ilustrativos los criterios planteados por Lenin –para los bolcheviques– en oportunidad de la revolución de 1905: Lenin planteaba la necesidad de poner en pie “cientos” de nuevas organizaciones del partido e insistía que esto no lo decía en sentido “figurado” sino literal.

En fin, el tema de los multiplicadores es toda una discusión porque hace justamente a las leyes dialécticas del salto de cantidad en calidad en materia de construcción partidaria. Porque ese salto precisa, cómo ya ha sido señalado, de esa acumulación cuantitativa previa para producirse. Pero aquí está la “astucia” de la cosa. Llegado un punto la adición cuantitativa de un sólo elemento más… produce ese salto en calidad que coloca al partido de conjunto en otro terreno. La gota que desborda un vaso de agua es solamente una gota más entre otras… sin embargo, su resultado es cualitativo.

En segundo lugar, el tema de los multiplicadores es difícil pensarlo “abstractamente”: habitualmente está ligado a la búsqueda de un “vehiculo” para producir este salto en calidad. Hay vehículos y vehículos y el tema aquí es si van o no en el sentido estratégico de la construcción de la organización como partido revolucionario.

Para que, además, no sea un salto al vació, por más “vehículo” que haya, hace falta la existencia de una acumulación previa en materia de construcción partidaria. Lo que ocurre, es que en un sinnúmero de momentos se le coloca al partido esa posibilidad. Pero si no hay partido organizado previamente, hay un dicho que pinta de cuerpo entero la impotencia de esta situación: es como “tomar sopa con tenedor”[74].

Lo mismo pasa, vis a vis, con la situación del partido: el salto hacia las masas requiere de una acumulación anterior so pena que, incluso si existe un vehículo a “mano” para dar ese salto, el mismo no se pueda concretar por la carencia de esa acumulación previa.

Aquí hay un tercer problema: la variación de las leyes de construcción en el caso del partido que se lanza a tener influencia de masas que muchas veces lleva a estrellarse contra la pared. Es decir, se puede dar el caso que se tenga tanto el “vehículo” como cierta acumulación partidaria para acometerlo. Pero aquí ocurre otro grave problema, central: es muy distinto el grado de politización de la militancia del partido de vanguardia; es muy distinto también los métodos de dirección más “personalizados” que caracterizan a la organización de vanguardia. Pero cuando el partido se hace realmente “impersonal” y todo descansa en los cuadros, en el grado de educación que los mismos han recibido, y en su capacidad de actuación autónoma (aún sea esto dentro de los parámetros de la política general de la organización), este elemento de la acumulación de cuadros previa, se transforma en el elemento clave.

Además, el partido transformado ya –hasta cierto punto– en un “hecho objetivo”, tiene la tendencia a desarrollar intereses “propios” de una manera muy fuerte lo que plantea el problema de que nunca se debe pensar el partido independientemente de la lucha de clases. Es decir, está el típico peligro del partido “grande”: considerarlo un fin en sí mismo, tener miedo a arriesgar, desentenderse de los problemas de la sociedad y de la clase como si el partido podría construirse “independientemente de la lucha de clases” (el caso extremo fue el de la socialdemocracia alemana, caracterizada como un “Estado dentro del Estado”). Es decir, se debe establecer un correcto balance entre la vida “interna” del partido y su vida habitual, que está volcada, y no puede dejar de estarlo, al servicio de la lucha de clases.

Veamos un cuarto problema: el de las “anclas” del partido. Aquí nos referimos a los contrapesos que deben estar adquiridos para que las presiones sociales que comienza a ejercer una franja de las masas sobre la organización –con todos sus elementos de atraso– no lo hagan desbarrancar.

Estas anclas son: el grado de politización de su núcleo partidario, su composición social, la autoridad de su dirección, las tareas a las que habitualmente se dedica (no es lo mismo que lo cotidiano sea la intervención en las luchas obreras… a que su actividad básica sea la electoral), el armazón teórico-estratégico de la organización, y su carácter internacionalista[75]. Porque característicamente, y ligado dialécticamente al anterior, hay otro problema que es absolutamente clave: el grado de flexibilidad del partido en materia de nutrirse de lo mejor de la joven generación que entra a la lucha. Es decir, el partido debe dejar atrás toda inercia conservadora y lanzarse de lleno a intervenir política y constructivamente en la lucha de clases incrementada. Es aquí donde entra la capacidad de adaptación del partido, su flexibilidad revolucionaria, su capacidad de sacarse de encima toda inercia conservadora, toda estructura inflexible que no sea capaz de nutrirse de los impulsos revolucionarios de la realidad.

Aquí hay otra exigencia más. En situaciones de ascenso de la lucha de clases, el partido corre el riesgo de quedar por detrás de la situación –tanto política como organizativamente– en vez de ser la vanguardia. Como decía Lenin en 1905: “nosotros necesitamos aprender a ajustarnos a este completamente nuevo alcance del movimiento’. Esta adaptación a los eventos significa [dice Liebman] que la distinción entre la organización y el movimiento, entre la ‘red horizontal’ y la ‘red vertical’, y, finalmente, entre la vanguardia y la clase trabajadora, comenzaba a hacerse más tenue”[76].

Esto ocurre cuando hay un ascenso revolucionario: el partido debe sacarse de encima toda la inercia, revolucionarse junto con la clase. Hay, hasta cierto punto, y como ya hemos señalando, una “inversión” de los principios enunciados más arriba. Pero para que este salto no sea uno al vacío, el estadio de partido de vanguardia debe haber sido resuelto de una manera satisfactoria. El partido mantendrá su carácter general revolucionario sólo si cuando se “fusiona” con las masas (como señala Lenin en “El izquierdismo…”) tiene firmes sus columnas vertebrales en tanto que organización revolucionaria. Ahí ya se estaría cerrando todo un “circulo dialéctico” que hasta ahora sólo el bolchevismo ha sido capaz de transitar satisfactoriamente pero que seguramente tendrá nuevos capítulos en este siglo XXI.

Notas:

[1] El presente trabajo es una actualización con importantes modificaciones del artículo “A un siglo del Que Hacer” escrito años atrás y teniendo en mente los problemas planteados por la construcción de nuestra corriente Socialismo o Barbarie Internacional.

[2] Marcel Liebman, “Leninism under Lenin”, The Merlin press, 1985, Inglaterra. En el mismo sentido dice Trotsky: “Un partido viviente puede sólo alcanzar una política relativamente correcta, por aproximaciones sucesivas; esto es, por desviaciones sucesivas a derecha e izquierda. Lo mismo es verdad individualmente para cada miembro del partido. El vigor del partido y la habilidad de sus dirigentes se prueban por sus capacidades para asimilar las desviaciones parciales a tiempo y no permitirles que lleguen a una ruptura completa con el marxismo”. “Como dirigir una discusión política”, en “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 108.

[3] “A cien años del ¿Qué hacer? Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy”, Werner Bonefeld y Sergio Tischler, p. I I. Ediciones Herramienta, 2003.

[4] Ídem, p. 9.

[5] En este punto hemos seguido el capítulo 4, “Lenin y la filosofía”, del libro del marxista inglés John Rees “El álgebra de la revolución”, que nos parece un aporte sólido a la comprensión de la dialéctica marxista.

[6] Mike Rooke, “La dialéctica del trabajo y la emancipación humana”, en A 100 años del ¿Qué Hacer?, p. 127.

[7] Tony Cliff, ídem, pp. 291.

[8] “Materialismo y empiriocritisismo”, ídem, pp. 65.

[9] Esto no quiere decir que esta obra no tuviera señalamientos en este último sentido: “Marx lamenta que el materialismo haya abandonado al idealismo el cuidado de apreciar la significación de las fuerzas activas [es decir, de la práctica humana, Lenin]. Estas fuerzas activas deben ser arrancadas del idealismo, según la opinión de Marx, para reintegrarlas también al sistema materialista”. Lenin, ídem, pp. 107. Sin embargo, el sentido general de esta obra iba para el otro lado.

[10]Tesis II de Feurebach, citado por el mismo Lenin en “Materialismo y empiriocritisismo”, Ediciones Pueblos Unido, Montevideo, 1971, pp. 105.

[11] A lo más que llega el Lenin de “Materialismo…” es a decir que “A. Levy tiene razón, en el fondo, cuando dice que, para Marx, la ‘actividad de las cosas’ corresponde a la ‘actividad fenomenal’ de la humanidad: es decir, la práctica de la humanidad tiene no solo una significación fenomenal (en el sentido que Hume y Kant dan a la palabra), sino también una significación objetiva-real”, aunque seguía perdiendo de vista el carácter transformador de esa práctica misma. Ídem, pp. 107.

[12] Bogdanov era el dirigente de una fracción izquierdista y sectaria del bolchevismo llamada Otzovistas que planteaba la no participación por principios en el parlamento burgués y que fue duramente combatida por Lenin en el plano político.

[13] Lenin sólo emplea la palabra “dialéctica” muy contadas veces en esta obra. Además, para nada es casual que en todo el texto, a la hora de ejemplificar sus concepciones filosóficas, ésta se presenten sobre el terreno de los fenómenos de la naturaleza y nunca de la historia. Es evidente que esto habla de la unilateralidad metodológica de “Materialismo…” porque si bien la leyes de la dialéctica son unitarias, la especificidad de la historia se cifra en el peso especifico que tiene la intervención humana sobre la marcha de los acontecimientos.  

[14] Vásquez, ídem, pp. 245.

[15] A.S. Vásquez, Filosofía de la praxis, Siglo XXI Editores, México, 2003, pp. 243. Se trata de una obra que combina aspectos valiosos con otros muy desiguales. Por ejemplo, Sánchez Vásquez incorrectamente asimila el pensamiento de Lenin –en materia de la adquisición de la conciencia por parte de los trabajadores– al de Kaustky. Más adelante rechazaremos de plano esta interpretación.

[16] Liebman, ídem, pp. 30

[17] Raya Dunayevskaya, Filosofía y revolución, Siglo XXI, p. 104.

[18] Dunayevskaya, op cit. Hay que recordar que desde su juventud León Trotsky tuvo otra base filosófica, superior a la de Lenin. Estando en prisión, tuvo la oportunidad de estudiar a Antonio Labriola, un filósofo marxista italiano de fines de siglo XIX que tenía el valor de sostener una posición filosófica a contramano del tronco principal de la tradición materialista pasiva y mecánica de la mayoría de la II Internacional. Labriola reivindicaba una filosofía marxista mucho más tributaria respecto del pensamiento de Hegel.

[19] Filosofía y revolución, p. 101. Lenin, Cuadernos Filosóficos.

[20] Filosofía y revolución, ídem.

[21] Significativamente, en ninguna de las 300 páginas de A 100 años… se hace una referencia a los Cuadernos Filosóficos.

[22] Liebman, ídem, pp. 30

[23] “[Para Mandel] elevarse a la conciencia de clase es llegar a la comprensión teórica, científica y global del marxismo como ciencia; manejar la dialéctica, la sociología, la economía y la historia marxistas. Por eso ‘sólo puede ser asimilada en forma individual y no colectiva’; es decir, por eso sólo una ínfima minoría científica puede llegar a ella. Es la concepción más derrotista que podamos imaginar; es, en realidad, una tarea imposible de cumplir para el movimiento obrero”. Nahuel Moreno, ídem, pp. 292. Señalamos esta observación correcta de Moreno acerca de la diferencia entre ciencia y política a pesar de que inmediatamente criticaremos su unilateralización pragmática de la compleja cuestión de la adquisición de la conciencia de clase por oposición a la concepción “idealista” de Mandel.

[24] Nahuel Moreno, “El partido y la revolución”, Ediciones Antídoto, Buenos Aires, 1989, pp. 293.

[25] Alan Shandro, “La conciencia desde afuera: Marxismo, Lenin y el proletariado”, en Construir otro futuro, p. 67.

[26] V. I. Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Completas, Tomo 5, Buenos Aires, Cartago, 1971, p. 441.

[27] Véase R. Sáenz, “Tradiciones, espontaneidad, experiencias y conciencia”, en Socialismo o Barbarie N° 4.

[28] G. Lukacs, “Observaciones de método acerca del problema de la organización”, en “Historia y conciencia de clase”, México, Grijalbo, 1985, p. 222.

[29] “Si dentro del capitalismo el fetichismo es algo estable y fijo, entonces volvemos a enfrentarnos a la problemática leninista de cómo conducimos a las masas fetichizadas hacia la revolución. EI concepto duro de fetichismo nos lleva hacia el dilema obvio: si bajo el capitalismo las personas existen como objetos, entonces ¿cómo puede concebirse la revolución? ¿Cómo es posible la crítica?”, dice John Holloway en “Cambiar el mundo sin tomar el poder”, p. 127. Holloway rechaza el esquema del “fetichismo duro” solo como forma de justificar su repudio a la idea misma de partido.

[30] “Perspectivas políticas de la izquierda”, en A 100 años del ¿Qué hacer?, p. 54.

[31] Al parecer, en Holloway, la relación entre los trabajadores y el sistema social, sería una relación “pura”, “directa”, sin estar mediada por la acción de las instituciones burguesas sobre la conciencia y la acción de los trabajadores.

[32] D. Bensaid, “Lenin y la política del tiempo partido”, en Marxismo, Modernidad y Utopia, Xama, 2000, p. 181. (18) ¿Qué hacer?, p. 439.

[33] “¿Qué Hacer?”, p. 476.

[34] Ídem, p. 460-1.

[35] EI “economicismo” fue una corriente del movimiento obrero ruso que Lenin combatió a comienzos del siglo XX. Esta corriente, en palabras de Lenin, “ensalzaba las formas más bajas de actividad del proletariado”. Por este planteamiento fueron de los primeros en acusar a Lenin de “sustituista”, de estar en contra de la “autoemancipación del trabajo”… Pero la perspectiva de “liberación de los trabajadores por los trabajadores mismos” no puede implicar un camino simplista donde se pierda de vista las desigualdades entre sectores de vanguardia y retaguardia, las tensiones entre “el reino de la necesidad” y los objetivos socialistas, etc. Este metabolismo no puede prescindir del partido ni de la lucha directamente política.

[36] También Gramsci cuestionaba la concepción “cósica”, cerrada, de la conciencia. Es muy esclarecedor –respecto de los elementos integrantes de la conciencia concreta de los sectores populares– el análisis que hace respecto de los elementos de “sentido común” y “buen sentido” que anidan, de manera “superpuesta”, en la conciencia de las masas: “El hombre activo en las masas tiene una actividad práctica, pero no tiene una clara conciencia teórica de su actividad práctica. Tiene dos conciencias teóricas (o una conciencia contradictoria). Una implícita en su actividad, que lo une con sus compañeros en la transformación del mundo real. Y otra superficial y verbal, heredada del pasado y absorbida a-críticamente. El populismo, el bandidaje social, el milenarismo y el misticismo en el campo; el insurreccionalismo urbano, el socialismo utópico; estas espontáneas e impuras formas de conciencia mezclan elementos de ‘sentido común y de ‘buen sentido’ “.

[37] ¿Qué hacer?, p. 467-8.

[38] Hay que decir, sin embargo, que Lenin tenía en alta estima ciertas características del militante Narodniky en materia de arrojo personal y organización clandestina. Marcel Liebman, de manera convincente, señala que el bolchevismo no fue una mera negación del populismo en materia de organización (operativo formalista del menchevismo que le quitó todo carácter militante), sino una superación crítica.

[39] Ídem, p. 505.

[40] Ídem, p. 506 Y 507.

[41] V. I. Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás, Obras Completas, Tomo 7, Buenos Aires, Cartago, 1971, p. 288

[42] Es decir, la lógica del encadenamiento de consignas transitorias que informa el método del programa transicional formulado por Trotsky va justamente en el sentido de enfrentar este problema.

[43] Daniel Bensaid, op cit., pp. 178-180.

[44] Lenin producía aquí una brillante crítica al economisismo que cree que, mecánicamente, la base económica se puede expresar en el campo de la política.

[45] ¿Qué hacer?, p. 442.

[46] En esto también había un problema en la concepción de Nahuel Moreno cuando planteaba que “las dos estrategias permanentes de los revolucionarios” eran “la movilización de las masas y la construcción del partido”. En realidad, las estrategias permanentes deben ser tres incluyendo el impulso de los organismos de lucha y poder de los trabajadores.

[47] Las relaciones particulares entre Lenin y Rosa Luxemburgo las hemos tratado en “Actualidad de los problemas de organización”, Socialismo o Barbarie Nº 4. Allí planteábamos la necesidad del establecimiento de un “diálogo” fecundo entre ambos revolucionarios en materia de organización. Creemos que esto sigue siendo válido cuando se toma en cuenta el área más amplia del conjunto de organizaciones e instituciones que hacen parte de la democracia de los trabajadores. Pero cuando se trata de las concepciones específicas acerca del partido revolucionario, hay que ser categóricos: el pensamiento de Lenin es el que se ha demostrado como más universal, el que ha pasado mejor la prueba de los hechos.

[48] Roberto Sáenz, “Las revoluciones de posguerra y el movimiento trotskista”, en revista SoB N° 17/18.

[49] Por “instrumentalización” nos referimos a los peligros que se derivan de que al autoproclamarse como “EL partido revolucionario” sin ningún principio de realidad que avale tal acierto y “deslizándose” a pensarse como fin en si mismo, se crea que no está sujeto a ninguna regla de juego y que podría hacer “lo que se le antoje”. Trotsky alertaba muy agudamente respecto de la “independización” de los intereses del “partido” o más bien del aparato respecto de la clase : “(…) un aparato independiente (…) o con tendencia a serlo, que encuentra su fin en su propia existencia, que vela por el ‘orden’ sin ocuparse de la masa del partido [o de la clase], que ataca y hasta suprime su voluntad, si el ‘orden’ [o mezquinos intereses sectarios] lo exigen, que pisotea los estatutos, que aplaza los Congresos, que hace de ellos una ficción”. En “Los problemas del régimen interior del partido”, “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 48.

[50] León Trotsky, “La degeneración del partido bolchevique”, “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 86. Se trata este de un texto donde Trotsky cita explícitamente de manera aprobatoria observaciones muy agudas de Christian Rakovsky sobre la burocratización de la ex URSS a pesar de que este ya había capitulado a la burocracia.

[51] Roberto Sáenz, ídem.

[52] Tony Cliff citando a Lenin, ídem, pp. 163. O también, nuevamente con Lenin: “(…) ¿el Soviet de diputados obreros o el partido? Pienso que es equivocado poner la cuestión de esta manera y que la decisión de necesariamente ser: ambas, el Soviet de Diputados Obreros y el partido. La única cuestión –y una verdaderamente importante– es cómo diferenciar, y como combinar, las tareas de los Soviet y aquellas del PRSDR”.

[53] Marcel Liebman, ídem, pp. 25.

[54] “Un paso adelante, dos pasos atrás. Respuesta a Rosa Luxemburgo”, Obras Completas, tomo VII, Cartago, Argentina, 1971, pp. 519.

[55] Liebman ídem, pp. 32.

[56] “Construyendo el partido”, Tony Cliff, 1893-1914, Bookmarks, Inglaterra, 1994, pp. 108.

[57] Marcel Liebman, ídem, pp. 29

[58] En Lamark la adaptación parecía surgir de un esfuerzo “subjetivo” de la especie que se tratara en vez de la “coincidencia” darwinista objetiva entre la especie y el medio que hacía que unas especies (casualmente más adaptadas a sus circunstancias) sobrevivieran y otras no.

[59] Jugando con la analogía que estamos haciendo con las leyes que rigen la selección natural, demos a conocer lo que decía al respecto el arqueólogo marxista Gordón Chile: “Para el biólogo, el progreso –si es que emplea este término– significará el éxito en la lucha por la existencia. La supervivencia del más apto es un buen principio evolutivo. Sólo que la aptitud significa justamente el éxito en la vida. Una prueba provisional de la aptitud de una especie sería la de contar el número de sus miembros durante varias generaciones. Si el número total resultara ser creciente, se podría considerar que la especie ha tenido buenos resultados; si el número disminuye, estará condenada al fracaso”. En “Cómo el hombre se hizo a sí mismo”, Fondo de Cultura Económica, México, 1954, pp.19.

[60] Liebman, idem, pp. 28. Se trata de uno de los mejores trabajos acerca de la construcción del partido en Lenin. Es superior al más conocido de Pierre Broue (El partido bolchevique) que es más bien una reconstrucción histórica.

[61] Liebman señala que el Trotsky pre-bolchevique denunciaba que la Iskra (bajo la conducción de Lenin) “peleaba no tanto contra la autocracia como contra las otras fracciones del movimiento revolucionario”… Está claro que el joven Trotsky todavía no terminaba de entender la mediación de la pelea en la vanguardia para llegar a las más amplias masas y el valor político que tenía la polémica entre las corrientes revolucionarias. Ídem, pp. 29.

[62] Antología, textos de los cuadernos posteriores a 1931, Editorial Siglo XXI, 1999, España, pp. 347.

[63] León Trotsky, “Sobre el centralismo democrático. Unas pocas palabras acerca del régimen de partido”. En textos sobre centralismo democrático, Antídoto, Argentina, 1992, pp. 104

[64] León Trotsky, “El nuevo curso”, en “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 26.

[65] Libre discusión que nunca podría ser “democratismo”, que es otra cosa muy distinta. Como señala Trotsky: “La madurez de cada miembro del partido se expresa particularmente en el hecho que no exige del régimen partidista más de lo que éste puede dar. La persona que define su actitud hacia el partido por los golpes personales que le dan en la nariz es un pobre revolucionario. Es necesario, por supuesto, luchar contra todos los errores individuales de los dirigentes, toda injusticia, etcétera. Pero es necesario determinar esas ‘injusticias’ y ‘errores’ no en ellos mismos sino en conexión con el desarrollo general del partido a escala nacional e internacional. Un juicio correcto y un sentido de las proporciones en política son extremadamente importantes”. “Sobre el centralismo democrático”. En “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 105.

[66] G.D.H.Cole caracteriza la lucha entre Marx y Bakunim como una entre los defensores de la acción política (Marx) y los federalistas-anarquistas-localistas (Bakunim).

[67] Historia del Pensamiento Socialista, Tomo II, G.D.H.Cole, FCE, México, 1958, pp. 185. Cole agrega que: “(…) donde Marx acentúa la necesidad de una dirección centralizada y una organización de clase disciplinada, Bakunin ponía su fe en la acción espontánea de los trabajadores individuales y en los grupos primarios que sus instintos naturales de cooperación social lo llevaran a forma, cuando la necesidad surgiese”. Idem, pp. 211.

[68] Liebman, ídem, pp. 38.

[69] Esta fue la manera que halló Lenin de resolver –en el congreso del POSDR de Londres de 1906–la relación entre bolcheviques y mencheviques en el seno del partido sin poner en riesgo su unidad en la acción.

[70] No hacemos referencia aquí a las circunstancias transitorias que se pueden dar en una organización que se crea como organización de frente único de tendencias revolucionarias y que necesariamente entonces debe regirse por un régimen con libertad de tendencias políticas por todo un período. Acerca de este tópico ver artículo de Antonio Carlos Soler, revista SoB N° 22.

[71] Liebman, ídem, pp. 51.

[72] Liebman, ídem, pp. 47.

[73] Históricamente en Latinoamérica, el máximo ejemplo de este desarrollo desigual con muy poca “orgánica”, es el ejemplo del POR boliviano y su peso entre los mineros en el final de la década del ‘40 del siglo XX. Está claro que amén de la desviación política oportunista que sufrió en la revolución del ’52, no dejó de pagar muy cara su incapacidad de pegar un salto constructivo: el partido fue “comido” por el movimiento.

[74] En la historia de la corriente morenista hay un ejemplo emblemático en este sentido: la inmensa elección del FOCEP en Perú en el año 1978: alrededor del 20% de los votos con sólo 40 militantes…

[75] Es evidente que estas “anclas” fallaron completamente en el caso del viejo MAS.

[76] Liebman, ídem, pp. 46

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