Por Roberto Sáenz, revista SoB 17-18, noviembre 2004

Categoría: Destacado, Historia y Teoría, Revista SoB 17-18 Etiquetas: , , , ,

Notas sobre la teoría de la revolución permanente a comienzos del siglo XXI – I

Crítica a la concepción de las revoluciones “socialistas objetivas” [1]

“Las revoluciones burguesas como la del siglo XVIII avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan enseguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su periodo impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX se critican constantemente a si mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzar de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Aquí está Rodas, salta aquí”. [2]

El lanzamiento del marxismo revolucionario de cara al siglo XXI debe, necesariamente, pasar en limpio de manera crítica el recorrido anterior de la lucha del proletariado. [3] Por lo tanto, estas notas buscan aportar elementos de balance y de contexto para contribuir a poner en marcha esta empresa, a partir de las lecciones surgidas de la experiencia de la lucha de clases del siglo XX.

Buscamos trazar una cartografía de los problemas y posiciones centrales que jalonaron al marxismo revolucionario, principalmente en la segunda mitad del siglo pasado, como asimismo establecer elementos de delimitación respecto de esa rica experiencia, cruzada por expresiones y desvíos tanto crudamente oportunistas como sectarios.

Esto lo haremos polemizando con las distintas visiones e interpretaciones de las principales corrientes del movimiento trotskista del periodo, centrando, sobre todo, en los aspectos de balance y lecciones teóricas y estratégicas, y no tanto de su actuación política en sentido estricto.

Esta tarea, nada sencilla, por lo general, se acomete de manera puramente historicista y perdiendo de vista el único ángulo metodológico correcto: el que señalaba Marx cuando decía que, en definitiva “la clave de la anatomía del mono la daba el hombre”. O, como dice el gran historiador Immanuel Wallerstein, “sólo se puede narrar el pasado como es, no como era. Ya que el rememorar el pasado es un acto social del presente hecho por hombres del presente y que afecta al sistema social del presente. La ‘verdad‘ cambia porque la sociedad cambia. En un momento dado nada es sucesivo, todo es contemporáneo, incluso aquello que ya es pasado”. [4]

En estas condiciones, el marxismo revolucionario implica a cada paso una particular combinación de elementos clásicos y renovadores, pero a la hora del balance nunca se puede perder de vista que es un hecho material, como también señalaba Marx, que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y trasmiten el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. El peso de este factor hace más arduo el balance de la experiencia pasada.

En suma, lo que está en juego en este debate y a lo que queremos aportar es la propia Teoría de la Revolución de cara al siglo XXI, dando cuenta de la dinámica de clases de las revoluciones en la segunda posguerra y de los Estados a los que dieron lugar.

Los puntos en discusión

Queremos partir dejando establecidas las principales conclusiones teórico-programáticas de estos trabajos, a fin de facilitar el recorrido del lector:

  1. a) Que es elemento constitutivo esencial de la tradición del socialismo revolucionario que en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo de clase que valga: se trata de una revolución de la propia clase trabajadora, por intermedio de sus organismos de lucha, conciencia y partidos.
  2. b) Que las revoluciones de posguerra, en ausencia de la clase trabajadora como tal, de su conciencia socialista, organismos y partidos, constituyeron revoluciones democrático-nacionales, antiimperialistas y anticapitalistas, pero no obreras ni socialistas.
  3. c) Que las sociedades no capitalistas a las que dieron lugar no llegaron por tanto a configurar Estados obreros ni sociedades de transición al socialismo, en la medida en que esta transición fue bloqueada desde el principio por el poder encarnado por las capas pequeño burguesas burocráticas estalinistas, que no constituyeron verdaderas dictaduras proletarias.
  4. d) Que, sin embargo, esta circunstancia debía ser analizada desde el punto de vista de la base material de la Teoría de la Revolución Permanente, que parte del principio de tomar como unidad y totalidad (que no es abstracta uniformidad) a la economía mundial. Este criterio teórico y metodológico tendió a dejarse de lado tanto en las corrientes “antidefensistas” (que se negaban a defender la URSS) como en las del “trotskismo tradicional”, al menos en la mayoría de sus variantes. Ambos puntos de vista, en último análisis, perdían de vista el imperio –aun distorsionado– de la ley del valor, así como la continuidad del trabajo asalariado en las sociedades no capitalistas (y en la URSS, cuando todavía era un Estado obrero).
  5. e) Que en la segunda posguerra, la mayoría de las corrientes del movimiento trotskista se vieron, de un modo u otro, sometidas a una distorsión teórica, política y programática producto de las circunstancias específicas [5] de la posguerra, como el boom económico capitalista-imperialista, los pactos de Yalta y Potsdam, la resolución de la hegemonía imperialista alrededor de los Estados Unidos y el desarrollo mundial del aparato estalinista. Entre las corrientes trotskistas, el llamado morenismo se distinguió por mantener una ubicación mayormente independiente de los aparatos, lo que, no obstante, no impidió que a la postre, bajo el peso acumulado de inmensas inercias teórico-programáticas y de concepción, terminara estallando a comienzos de los 90.
  6. f) Que la teoría-programa de la revolución permanente, aporte fundamental de León Trotsky a la tradición del marxismo revolucionario, en lo esencial, más allá de unilateralidades determinadas, se ha visto confirmada (por la negativa) en el sentido de la unidad de la economía mundial (base material de la Permanente) y del hecho de que la transformación de la revolución democrática en socialista, el cumplimiento consecuente de las tareas democráticas, la transformación socialista de las relaciones sociales después de la revolución y la revolución socialista internacional sólo pueden ser encarnadas por la clase trabajadora con sus organismos, conciencia y partidos.
  7. g) Que este aporte y contribución de Trotsky, junto con los aportes de los fundadores del marxismo, Marx y Engels, y las otras dos grandes espadas del marxismo revolucionario, Lenin y Rosa Luxemburgo, son lo esencial de la tradición que reivindicamos, que es imprescindible asumir de manera combinada de cara al necesario relanzamiento del marxismo revolucionario en el siglo XXI.
  8. h) Que este conjunto de lecciones históricas, lejos de desmentirla o atenuarla, no hacen más que reforzar la imprescindible necesidad de la construcción del partido revolucionario. Porque es un hecho de toda revolución el inevitable desarrollo desigual a nivel de la conciencia y la organización al interior de la clase trabajadora. Asimismo, a comienzos del siglo XXI, la evidente crisis de subjetividad socialista y de alternativas al capitalismo que aún atravesamos hacen más necesaria aún la acción organizada de los socialistas revolucionarios.
  9. i) Que estas conclusiones pretenden ser un aporte a la constitución de Socialismo o Barbarie como corriente o tendencia internacional hacia una nueva síntesis del marxismo revolucionario en el siglo XXI, que pelee por reabrir la perspectiva de la revolución socialista y por construir partidos revolucionarios socialistas de la clase trabajadora.
  10. j) Que, por último, esta elaboración implica una reivindicación histórica de la fundación de la IV Internacional y de la tradición del trotskismo y plantea la lucha por una nueva Internacional revolucionaria (o por una IV Internacional refundada) a la luz del balance de la experiencia de las revoluciones y del llamado “socialismo real”, buscando transformar estas duras derrotas en lecciones estratégicas para la clase obrera mundial.

La tradición socialista revolucionaria

A la hora de volver a desplegar la bandera del marxismo revolucionario de cara a los nuevos desafíos, se plantea poner en correspondencia la batalla actual con los revolucionarios que nos antecedieron. Tanto para el objetivo de constitución de una nueva corriente internacional como en la perspectiva mayor de un reagrupamiento revolucionario y de la formación de una nueva Internacional revolucionaria, [6] esta cuestión es fundamental.

De allí la pertinencia de la pregunta ¿qué tradición reivindicamos? Porque, como señalara Antonio Labriola, nunca se trata de un “salto al vacío”, de subirse al carro de modas pasajeras, [7] sino de una particular combinación, que recoge lo mejor de la experiencia acumulada y, al mismo tiempo, lejos de todo dogmatismo, intenta resignificarla y actualizarla a partir de los nuevos desafíos y desarrollos que coloca la lucha de clases. [8]

En nuestro caso, creemos que la mejor combinación de esta doble exigencia pasa por reivindicar la enorme actualidad de la auténtica tradición del marxismo revolucionario. Es decir, nos consideramos parte de una tradición mayor y más amplia que la compresión reduccionista habitual de las corrientes “trotskistas”: las tradiciones combinadas de Marx y Engels; de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.

¿A que nos referimos al hablar de “la tradición del marxismo revolucionario”? No creemos equivocarnos cuando señalamos que en el centro de sus concepciones está la comprensión de la revolución socialista como un emprendimiento de la propia clase trabajadora, como hemos dicho, por intermedio de su conciencia, organismos y partidos.

En gran medida, el simple planteamiento que Marx estampó como bandera de la I Internacional: “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, muchas veces olvidado por las corrientes del trotskismo que se asumen hoy como “ortodoxas”. [9] Planteamiento que establecía una delimitación de “principios” respecto de la tradición radical pero aún minoritaria y pequeño burguesa de los jacobinos en la revolución francesa.

Esto ha dado lugar históricamente a toda una discusión acerca de la tradición de origen del marxismo clásico. [10] Porque tanto Marx (en particular respecto de los jacobinos, como veremos más adelante) como Lenin, al reivindicar la tradición militante y combativa de corrientes pequeño burguesas como los populistas rusos (en ¿Qué Hacer?), no perdían nunca de vista que esta tradición remitía a sectores de clase no obreros, “sustituistas” o, si cabe, mesiánicos, a diferencia de lo que caracteriza a la revolución proletaria como “revolución de la inmensa mayoría, en interés de la inmensa mayoría”. También Karl Korsch recogió esta delimitación, pero para pasarse, equivocadamente, a posiciones “normativas” antileninistas, cuyos mentores hoy son Holloway, Bonefeld y la corriente autonomista en general.

Rosa Luxemburgo, que en muchos aspectos expresó una continuidad directa –lo que no significa siempre en sintonía con las circunstancias de tiempo y lugar– con el pensamiento de Marx, decía acerca de la revolución proletaria: “En todas las luchas de clases del pasado, llevadas adelante en interés de las minorías, y en la cual, para usar las palabras de Marx, ‘todos los desarrollos tomaron lugar en oposición a las grandes masas del pueblo‘, una de las condiciones esenciales de la acción fue la ignorancia de estas masas con relación a los objetivos reales de la lucha, su contenido material, y sus límites. Esta discrepancia era, en los hechos, la base histórica específica del ‘rol de liderazgo‘ de la burguesía ‘iluminista‘, correspondiente con el rol de las masas como seguidores dóciles. (…) La lucha de clases del proletariado es ‘la más profunda‘ de todas las acciones históricas hasta nuestros días; ella abarca el conjunto de todas las capas del pueblo y, desde el momento en que la sociedad deviene dividida en clases, es el primer movimiento acorde con el real interés de las masas. Esto es porque la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista, tal como en los períodos anteriores la ignorancia de las masas era la condición para la acción de las clases dominantes”. [11]

Es decir, se establece una clara diferenciación entre la naturaleza y mecánica de la revolución burguesa y la de la revolución proletaria, que en la posguerra muchas corrientes, bajo la presión de acontecimientos originales, terminaron perdiendo de vista.

Al mismo tiempo, la mala experiencia del siglo XX ha dado lugar a la actual emergencia de corrientes que postulan una comprensión simplista de la clase como un “en sí”, una “totalidad” que se podría autodeterminar sin vanguardias, sin partido, espontáneamente. [12]

Opinamos lo contrario: la lucha de tendencias políticas, la construcción de partidos y organismos de la clase trabajadora, la pelea de programas y concepciones –en particular, sobre las vías y condiciones para la lucha por la destrucción del Estado burgués y la toma del poder por los trabajadores–, son connaturales a la lucha de clases obrera y revolucionaria. Y por tanto, sin ellas no hay verdadero proceso de autodeterminación de los trabajadores. Es más: hacen al contenido intangible de la democracia del proletariado y son incluso más decisivas (si se quiere) en las condiciones de comienzos del siglo XXI marcadas por una evidente crisis de subjetividad de los trabajadores y de alternativa socialista.

Esto es lo que se vive hoy en el proceso del Argentinazo, así como en Bolivia luego de la rebelión de octubre y en el movimiento anticapitalista en Europa, procesos todavía “híbridos” desde el punto de vista social y casi carentes de verdadera radicalización política y socialista.

Porque la pelea del marxismo revolucionario consistió siempre en una lucha en dos frentes, tanto contra las tendencias burocráticas, sustituistas y oportunistas al interior del movimiento obrero como contra las espontaneístas, economicistas y anarquistas/autonomistas falsamente “izquierdistas”.

En sentido amplio, consideramos parte de la tradición que defendemos a lo mejor de la experiencia militante del marxismo que encarnó el proyecto –comprometiendo en ello su vida entera– de la unión entre la teoría y la práctica y el compromiso activista en el seno de la clase obrera, de sus luchas y vicisitudes históricas. Es por eso que nuestra ubicación metodológica e histórica parte de asumir que nuestra tradición y patrimonio abarcan globalmente a las mejores expresiones de este marxismo militante: Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, [13] así como a los logros y puntos más altos de la I, II, III (en sus cuatro primeros congresos) y IV Internacionales. Por supuesto, cada una encarnó un momento histórico particular y dejó lecciones específicas. En este sentido, Trotsky fue la última y una de las más grandes espadas de toda esta tradición. Sin embargo, su contemporaneidad con Lenin y Rosa Luxemburgo y las lecciones combinadas que dejaron los tres es algo que el movimiento trotskista, sobre todo latinoamericano, ha desestimado a menudo. Lecciones combinadas, decimos, porque Trotsky encarna al gran estratega de la revolución proletaria; mientras que Lenin es insuperable a la hora de la política revolucionaria y la construcción del partido y Rosa aporta la impronta propiamente socialista de la lucha del proletariado. Y este cuerpo integral, en general, no ha sido abordado como tal en el movimiento trotskista.

Las corrientes trotskistas de la posguerra

Esta misma ubicación implica, evidentemente, una crítica al abordaje del marxismo revolucionario de nuestra propia corriente histórica de origen, el morenismo, [14] así como a la mayoría de las corrientes que se inscribieron e inscriben en la vertiente del trotskismo “tradicional”. Corrientes que, bajo el chaleco de fuerza del estalinismo, tendieron a perder el contenido socialista revolucionario de pelea por la autodeterminación socialista de los trabajadores. [15]

En la posguerra, el movimiento trotskista estuvo jalonado por un sinnúmero de expresiones. En los artículos que estamos presentando pasaremos revista críticamente a las más significativas. Al mismo tiempo, estos trabajos buscan establecer una clara delimitación y crítica de aquellas corrientes que hoy, a 15 años de la caída del Muro de Berlín y de la ex URSS, siguen sin sacar una sola conclusión de fondo acerca de la experiencia histórica de los “Estados obreros” en el siglo XX. Esta actitud es muy característica del trotskismo latinoamericano, tanto de los partidos y corrientes que provienen del tronco morenista (PSTU brasileño, MST y PTS de Argentina), como al PO argentino, cuyo dirigente histórico es Jorge Altamira. No pretendemos aquí hacer “profesión de fe” de definiciones que hoy tienen un valor sobre todo histórico, pero sí llamar la atención sobre las lecciones programáticas y políticas de la inmensa y frustrada experiencia histórica de la clase trabajadora del siglo XX para el relanzamiento de la lucha de clases socialista en el siglo XXI.

Al mismo tiempo se deben identificar, con más fuerza aún, las características oportunistas, centristas y/o capituladoras de corrientes básicamente europeas como el SU (cuyos partidos más fuertes son la LCR francesa y Democracia Socialista de Brasil), que siguen siendo una escuela de adaptación teórica y política a las modas intelectuales y los aparatos burocráticos de turno, y que dieron un salto con la participación de uno de sus dirigentes, Miguel Rossetto, en el gobierno burgués de Lula. [16]

No se trata de considerar a todos, de manera ahistórica, como “centristas” o capituladores. Desde el punto de vista histórico, ya hemos dejado sentado que el morenismo constituyó una de las expresiones más progresivas con un curso político general independiente de los aparatos. Pero es indiscutible que el propio morenismo terminó estallando bajo el peso acumulado de enormes problemas e inercias teórico-programáticas que no lograron pasar la prueba y que, en sentido estricto, es un hecho que esta corriente como tal ha dejado de existir. Por otra parte, es un hecho que existen aspectos y elementos valiosos de continuidad de la tradición socialista revolucionaria en otras corrientes de la posguerra.

En última instancia, el lanzamiento del socialismo revolucionario como alternativa para el siglo XXI obliga a pararse críticamente respecto del conjunto de las corrientes y tradiciones que jalonaron al movimiento trotskista en la segunda mitad del siglo XX, incluyendo nuestra propia corriente histórica de origen.

En este marco, es una obligación dejar establecidos elementos de un balance del recorrido o trayectoria anterior del movimiento trotskista, siempre teniendo presente el carácter de notas o de “cartografía” de los problemas que tienen estos textos.

Las revoluciones de la segunda posguerra: ni obreras ni socialistas

“Está insuficientemente apreciado que, desde temprano, Marx y Engels, habitualmente establecieron su objetivo político no en términos del cambio deseable en el sistema social (socialismo), sino en términos de cambio en el poder de clase (dominio proletario). Los dos no pueden ser asumidos como sinónimos. El objetivo de dominio proletario, seguramente, es comúnmente asumido como socialismo o comunismo, como la forma social correspondiente. Pero, por el contrario, no se da automáticamente. Marx y Engels tomaban como su objetivo mayor no la aspiración a cierto tipo de sociedad futura, sino la posición de una clase social como la representante de los intereses de la humanidad; no una abstracta ideología del cambio (ideas socialistas), sino una condicionada perspectiva de clase, que ellos llamaban punto de vista proletario”. [17]

Se combinan, desde el punto de vista teórico, dos cuestiones: el análisis critico de las revoluciones de posguerra y su devenir, por un lado; por el otro, el análisis crítico de aquellas sociedades donde fue expropiado el capitalismo, única manera de poder hacer “sustancial la teoría de la revolución permanente de cara al siglo XXI. Por supuesto, contamos con la ventaja de la mirada retrospectiva para sacar de la experiencia viva de la lucha de clases lecciones estratégicas hacia el siglo XXI. [18]

Estas lecciones estratégicas indican que las formaciones sociales inestables que surgieron como subproducto de las revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas de la posguerra sólo podían ser momentos transitorios, pasibles de ser reabsorbidos en última instancia por el capitalismo mundial, en la medida en que no dieron lugar a revoluciones verdaderamente obreras y socialistas. Mucho menos a Estados obreros o sociedades efectivamente en transición al socialismo en una perspectiva de revolución mundial, lo que explica su actual y completa desaparición. [19]

Por el contrario, representaron revoluciones encabezadas por direcciones pequeño burguesas y/o burocráticas, necesaria e históricamente inestables y no asimilables –mediante el uso de esquemas mecánicos y/o sociológicos– a revoluciones que sólo podían ser “obreras o burguesas”. [20] El propio Trotsky, en La revolución permanente, plantea un elemento de abordaje metodológico que aparece como contradictorio con otros aspectos mas deterministas de su elaboración: “En 1906, Lenin dio a conocer el artículo de Kautsky sobre las fuerzas motrices de la revolución rusa, acompañándolo de un prefacio suyo (…) Tanto Lenin como yo expresamos una solidaridad completa con el análisis de Kautsky. A la pregunta de Plejánov de si nuestra revolución era burguesa o socialista, Kautsky contestaba en el sentido de que no era ya burguesa ni era aún socialista, esto es, que representaba una forma transitoria de la una a la otra. Lenin escribía, a este propósito, en su prefacio: ‘por su carácter, nuestra revolución, ¿es burguesa o socialista? Es esta una forma rutinaria de plantear la cuestión (…) No se puede plantear así, no es la manera marxista de plantearla. La revolución en Rusia no es burguesa, pues la burguesía no se cuenta entre las fuerzas motoras del actual movimiento revolucionario ruso. Y la revolución rusa no es tampoco socialista‘ ”. [21]

Volviendo a las revoluciones de posguerra, se trató de procesos específicos que, en un sentido general, parecieron entrar en la “excepcionalidad” que había señalado Trotsky en el Programa de Transición:

“¿Es posible la creación de un gobierno de las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia anterior nos muestra, como ya hemos dicho, que esto es, como mínimo, sumamente improbable. Sin embargo, no se puede negar categóricamente, por anticipado, la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de circunstancias completamente excepcionales (guerra, derrota, crack financiero, presión revolucionaria de las masas, etc.) los partidos pequeño burgueses, incluyendo a los estalinistas, puedan ir más lejos de lo que ellos mismos quieran en la vía de la ruptura con la burguesía. En cualquier caso, una cosa es indudable: aunque esta variante, sumamente improbable, se realizara alguna vez en alguna parte, y el ‘gobierno obrero y campesino‘, en el sentido arriba mencionado, se estableciera de hecho, representaría meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”. [22]

Porque en un sentido esto fue lo que pasó en la posguerra en China, Yugoslavia, Cuba y Vietnam, así como en los países del llamado Glacis (aunque en este caso sin revolución, sino completamente “desde arriba”). Trotsky, que tenia presente el criterio metodológico más algebraico y menos sociológico de Lenin, dejó abierta esta posibilidad teórica, que pareció ser, finalmente, la norma de las revoluciones triunfantes en la posguerra. [23]

Pero el inmenso problema que la gran mayoría del trotskismo no tuvo en cuenta residió en que no representaron “meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”, sino que el congelamiento, desvío e imposibilidad del desarrollo de la revolución en tanto que revolución socialista, se hizo permanente. Por lo tanto, resultaron ser revoluciones abortadas desde el punto de vista obrero y socialista, que no consumaron verdaderas dictaduras del proletariado ni lograron abrir un verdadero proceso de transición al socialismo, en ausencia total y completa de la clase obrera en el centro del proceso y de la tendencia a la disolución del Estado y del trabajo asalariado.[24]       Porque si no sobrevenía“la verdadera dictadura del proletariado”, cambiaba globalmente la previsión hecha por Trotsky. De ahí el carácter específico del proceso de las revoluciones de la posguerra, que nunca fue realmente explicado por el movimiento trotskista.

Porque, en suma, se trató de procesos que fueron más allá (con direcciones burocráticas pequeño burguesas y de base campesina, o de las clases medias y la intelectualidad urbana) en un camino de ruptura con la burguesía en condiciones particulares, pero que no alcanzaron a constituirse en Estados obreros, configurando un modo de apropiación y unas formaciones sociales bastardas, que terminaron volviendo al capitalismo. Esto es, la “excepcionalidad” se resolvió de una manera específica, que no llegaron a comprender las corrientes del trotskismo “tradicional” en la posguerra. Esta y no otra es la conclusión que muestra la experiencia histórica.

Desde el ángulo teórico, estos procesos mostraron un alcance histórico de estas clases y capas pequeño burguesas mayor a lo previsto por la hipótesis más probable de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y por el curso histórico anterior. Esto es, mostraron un rol relativamente independiente más amplio al previsto por la teoría como síntesis de la experiencia anterior, donde la pequeño burguesía radicalizada fue el instrumento de la burguesía en la revolución francesa de 1789, o pura impotencia en las revoluciones de 1830 y 1848, cuando la burguesía ya no planteaba llevar adelante sus tareas de manera revolucionaria.

Esta conclusión no conduce a romper el marco teórico del marxismo, sino a enriquecerlo a partir de nuevos desarrollos históricos ciertamente inesperados y muy complejos, conservando por otra parte coordenadas teóricas básicas, como la concepción clásica marxista de que las clases históricamente orgánicas son la burguesía y el proletariado. Porque las capas o clases pequeño burguesas a las que nos estamos refiriendo no alcanzaron a configurar un rol históricamente dirigente ni lograron establecer una sociedad “a su imagen y semejanza”, sino que las formaciones sociales a las que dieron origen fueron tributarias, en último análisis, del capitalismo mundial, y absorbidas por él en unas décadas.

Surgió así, de manera no orgánica y transitoria, un “tercer actor” que se montó sobre el congelamiento de la dinámica permanente de la revolución para darle su impronta a estas sociedades por algunas décadas: estas capas pequeño burguesas burocráticas que no llegan a ser una clase en el sentido histórico-orgánico del termino, sino que constituían, como decía el propio Trotsky, “más que una mera burocracia, pero menos que una clase orgánica”.

El centro del problema es que en ningún caso se efectivizó realmente el tránsito de la revolución democrática a la socialista, fondo histórico y núcleo de la teoría de la revolución permanente, que plantea como condición para que esto ocurra que la clase trabajadora hegemonice el proceso como sujeto consciente. Del mismo modo, tampoco se abrió realmente un proceso de transición al socialismo.[25]       Veamos:

“(…) la llamada revolución de febrero entendida como democrática no es nuestra revolución, así como tampoco lo fueron las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra. Nuestra intervención en ellas, en cualquier caso, parte de la comprensión de la teoría de la revolución permanente, es decir, de la apuesta histórica a su transformación en verdaderas revoluciones socialistas (…) Trotsky dice que la revolución democrático-burguesa, además de la conquista de libertades democráticas, comprende dos tareas fundamentales: la liberación nacional y la solución al problema agrario. Ambas tareas, no resueltas por la burguesía, sobre todo en los países atrasados, sólo pueden ser llevadas a cabo consecuentemente por el proletariado y su dirección revolucionaria (…) Si tomamos los casos de México (en los años 30), Bolivia (en los 50), Perú o Chile (en los 60 y 70), por citar algunos, ni la expropiación de las empresas imperialistas ni la reforma agraria significaron la realización de la revolución democrático burguesa en el sentido de la teoría de la revolución permanente. Lo mismo puede decirse de los movimientos de liberación nacional, que libraron verdaderas guerras revolucionarias contra la dominación colonial, pero que sólo alcanzaron una independencia relativa para volver luego a ser países dependientes o semicoloniales. Todos estos casos confirman la vigencia de la teoría de la revolución permanente precisamente porque demuestran la incapacidad histórico-orgánica de la burguesía ‘nacional‘ y también de la pequeño burguesía para culminar la revolución democrático burguesa.

“Trotsky no niega la existencia de la revolución democrático burguesa o democrática. Lo que dice es que solo puede ser llevada consecuentemente a cabo por un sujeto revolucionario: el proletariado y su partido. A partir de esto, la integra en un proceso permanente, que se combina con la revolución socialista, cuyas tareas hacen a la transición al socialismo.

“Volviendo a Moreno, al afirmar que en la época actual lo que hay son ‘dos tipos distintos de revolución socialista‘: la inconsciente, de febrero, dirigida o capitalizada por los partidos reformistas; y la consciente, de octubre, dirigida por los partidos trotskistas (…) se asume erróneamente que la revolución democrático burguesa o democrática seria un cierto tipo de revolución socialista. Con esto desaparece la revolución democrática como tal, es decir, no se reconoce como distinta a la revolución socialista. Este reconocimiento, sin embargo, es fundamental para la política revolucionaría (…) Al asumirlos como un tipo de revolución socialista, no solo se incurre en un error de reconocimiento, sino que de hecho se niega el rol histórico del único sujeto político-social capaz de garantizar el tránsito de la revolución democrática a la revolución socialista (…) Lo cierto es que esta transformación nunca se concretó en las revoluciones de la segunda posguerra (…) [y] si bien puede decirse que realizaron a su modo las tareas democráticas, en ningún caso significaron el inicio de la revolución socialista (…) Su resultado, más allá de la realización de ciertas tareas democráticas y de la propia expropiación de la burguesía, no significó, en ningún caso, el tránsito hacia la revolución socialista o el inicio de la transición al socialismo, sino más bien, como está dicho, la constitución de nuevos Estados burocráticos.

“Desde esta constatación histórica, el eje fundamental de la teoría de la Revolución Permanente, es decir, el proceso de transformación de la revolución democrático burguesa en revolución socialista a partir de la acción del sujeto social, el proletariado, y del sujeto político, el partido comunista revolucionario (…) sigue siendo esencialmente válido (…). Lo cierto es que durante el último medio siglo hubo grandes revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas, pero también que ninguna de esas revoluciones fue una revolución socialista como tal”.[26]      

A diferencia de las revoluciones burguesas y su mecánica “objetiva”, la revolución socialista debe ser un proceso consciente: esto es, una revolución encarnada realmente por la clase trabajadora y a la que es connatural la participación consciente y autodeterminada de las más amplias masas. El propio Trotsky había sostenido que “a diferencia del capitalismo, el socialismo no       se construye mecánicamente, sino más bien de manera consciente“. Esta es una de las diferencias más grandes con la revolución burguesa, que podía basarse en el automatismo del desarrollo económico. Esto es, en una separación históricamente específica entre economía y política que no había sido característica de ninguna formación social histórica anterior y que tampoco lo es de la transición socialista, donde ambas instancias vuelven a fusionarse.

Desde su propia perspectiva, Trotsky decía muy ilustrativamente:

“Después de una profunda revolución democrática que libera a los campesinos de la servidumbre y les da la tierra, la contrarrevolución feudal es generalmente imposible. La monarquía derrocada puede reasumir el poder y rodearse de fantasmas medievales. Pero ya es impotente para restablecer la economía feudal. Una vez liberadas de los frenos feudales, las relaciones burguesas se desarrollan automáticamente. No hay fuerza externa que pueda controlarlas; tienen que cavarse su propia fosa, habiendo creado previamente su propio sepulturero.

“Muy distinto es el desarrollo de las relaciones socialistas. La revolución proletaria no sólo libera las fuerzas productivas de los frenos de la propiedad privada; también las pone a disposición directa del Estado que ella misma crea. Mientras que después de la revolución el Estado burgués se limita al rol de policía, dejando el mercado librado a sus propias leyes, el Estado obrero asume un rol directo de economista y organizador. En el primer caso, el reemplazo de un régimen por otro no ejerce más que una influencia indirecta y superficial sobre la economía de mercado. Por el contrario, la sustitución de un gobierno obrero por uno burgués o pequeño burgués llevaría inevitablemente a la liquidación del comienzo de la planificación, y en consecuencia a la restauración de la propiedad privada. A diferencia del capitalismo, el socialismo no se construye mecánicamente, sino conscientemente. El avance hacia el socialismo es inseparable del poder estatal que desea el socialismo o se ve obligado a desearlo. El socialismo recién puede adquirir un carácter inconmovible en una etapa muy avanzada de su desarrollo, cuando sus fuerzas productivas hayan superado de lejos las del capitalismo, cuando se satisfagan abundantemente las necesidades de cada individuo y de todos los hombres y el estado haya desaparecido completamente, diluyéndose en la sociedad”. [27]

Más allá de que es evidente que aquí Trotsky se refiere de hecho a la burocracia como “obligada a desear el socialismo”, cosa que, a la postre, no se demostró así, desde el punto de vista teórico el abordaje retiene toda su validez en la medida en que, efectivamente, el tránsito del “reino de la necesidad al reino de la libertad” sólo puede ser un proceso asumido conscientemente.

Desde otro ángulo, el historiador inglés Perry Anderson desarrolla esta misma idea en su importante trabajo El Estado absolutista:

“Todos los modos de producción de las sociedades anteriores al capitalismo extraen plustrabajo de los productores inmediatos mediante la coerción extraeconómica. El capitalismo es el primer modo de producción de la historia en el que los medios por los que se extrae el excedente del productor directo son ‘puramente‘ económicos en su forma: el contrato de trabajo, el intercambio igual entre agentes libres que reproduce, cada hora y cada día, la desigualdad y la opresión. Todos los modos de producción anteriores operan a través de sanciones extraeconómicas: de parentesco, consuetudinarias, religiosas, legales o políticas. En principio, por tanto, siempre es imposible interpretar estas sanciones como algo separado de las relaciones económicas. Las ‘superestructuras‘ del parentesco, la religión, la familia, el derecho o el estado entran necesariamente en la estructura constitutiva del modo de producción de las formaciones sociales precapitalistas. Todas ellas intervienen directamente en el nexo ‘interno‘ de extracción del excedente, mientras que en las formaciones sociales capitalistas –las primeras de la historia que separan la economía como un orden formalmente autosuficiente– proporcionan sus precondiciones ‘externas‘. En consecuencia, los modos de producción precapitalistas no pueden definirse excepto por sus superestructuras políticas, legales e ideológicas, ya que son ellas que las que determinan el tipo de coerción extraeconómica que les es específica. Las formas exactas de dependencia jurídica, de propiedad y de soberanía que caracterizan a las formaciones sociales precapitalistas, lejos de ser meros epifenómenos accesorios y contingentes, componen, por el contrario, los rasgos fundamentales del modo de producción dominante dentro de ellas”. [28]

En nuestra opinión, este criterio es igualmente aplicable a la transición y sirve para comprender por qué la democracia de los trabajadores es connatural a la transición socialista y a la formación social transicional. [29] Esto es, entran como componente esencial de las propias relaciones de producción transicionales: en el caso de la revolución socialista (tal como en las formaciones económico-sociales anteriores al capitalismo), no hay, entonces, “automatismo” que valga: la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista.

Para comprender esto, “tal vez un primer problema a superar es la idea –corriente en la Cuarta Internacional– de que caracterizar la dictadura del proletariado por sus formas políticas constituye un error de tipo ‘superestructural‘ (o no materialista) (…). Cuando Lenin definió a la política de la dictadura del proletariado como ‘economía concentrada‘ (…) quiso decir (…) que lo esencial de la dictadura era la lucha por nuevas relaciones de producción, y en esto no hay una gota de ‘superestructuralismo‘ (…) o sea, la clase obrera organizada como clase dominante (…) se define por una política estatal que ataca las relaciones de producción burguesas y lucha por las relaciones de producción socialistas; por eso, es él transito a la abolición de las clases (…) De lo anterior se desprende que en la dictadura del proletariado la política juega un rol distinto al que desempeña en el capitalismo, donde las relaciones de producción se reproducen ‘automáticamente‘. La misma expresión ‘dictadura del proletariado‘ hace referencia no a determinada relación de producción que le sea específica, sino a la acción política transformadora –nacional e internacional– ejercida a través de la violencia organizada en Estado. Todo el peso está ubicado en lo político, porque no existe automatismo económico que garantice la transición hacia el socialismo; si se pierde el control político, el proceso (…) se invierte y se crean las condiciones de la restauración del capitalismo. La tesis central de la dictadura del proletariado podríamos enunciarla así: no existe transición al socialismo por fuera de la aplicación consciente de un programa revolucionario (…) Esta tesis (programática, en nuestra opinión) esta en consonancia con la teoría de Trotsky sobre la revolución permanente, en el sentido que la transformación socialista se caracteriza por ser un proceso esencialmente político”. [30]

Esta es la norma que Trotsky “transgredió” al pasar de una fundamentación político-social del Estado obrero (fines de los 20 y comienzo de los 30) a una económico-social promediando los 30. [31]

Pero esto trajo una enorme complicación metodológica para la teoría de la revolución en Trotsky: sus dos elaboraciones teórico-programáticas principales (la teoría de la revolución permanente y la del Estado obrero degenerado) terminan asentadas, de hecho, sobre premisas diferentes. Esto podía ser admisible en virtud de circunstancias históricas bien determinadas (“no enterrar una revolución aún viva” [32] ), pero introduciendo una fuerte tensión –en el límite, no dialéctica sino mecánica– entre los elementos de determinación objetivos y los subjetivos respecto de la dinámica de la revolución social. Así, se constituyó un tremendo factor de confusión teórica y metodológica en el trotskismo de posguerra; y sus efectos se perciben aun hoy, dando lugar al fenómeno del “objetivismo” que cruzó a la mayoría del trotskismo en la segunda mitad del siglo XX. [33] En la medida en que su teoría de la revolución estaba parada sobre los sujetos políticos y sociales, mientras que la teoría del Estado obrero degenerado se apoyaba sobre una determinación económico-social “objetiva” (y no sobre la clase obrera ejerciendo de manera efectiva el poder político), se introducía una dualidad de principios metodológicos de graves consecuencias.[34]      

Se dio lugar en el movimiento trotskista a una mirada objetivista, en el sentido de concebir Estados obreros como obtenidos por el milagro cristiano de la multiplicación de los panes, por intermedio de direcciones “empíricamente revolucionarias” y una burocracia estalinista “obligada por el peso de las circunstancias a cumplir un papel revolucionario”… De esta visión fueron tributarias, cada cual a su manera, prácticamente todas las ramas del tronco trotskista en la posguerra. Por otra parte, las distintas variantes subjetivistas que aparecieron en escena tampoco configuraron una alternativa ante este desbarranque.

Nos vemos obligados entonces a insistir en nuestra crítica a “(…) las versiones puramente deterministas de la historia y muy especialmente de las ilusiones deterministas de la marcha hacia el comunismo. Nos parece evidente, a esta altura de la experiencia histórica, que la acumulación de ‘condiciones materiales‘ u ‘objetivas‘, no alcanza para avanzar hacia la emancipación social. Por el contrario, el peso de las determinaciones opera juntamente con posibilidades y ocasiones (en las que cabe el azar) y las decisiones de los hombres, y de este complejo juego surge el devenir histórico. Por lo tanto, la transición al socialismo y el comunismo no se desarrollarán en virtud de algún automatismo socio-económico, sino mediante la lucha de clases y la revolución”. [35]

Volviendo a la analogía con la revolución francesa, recordemos que los jacobinos cumplieron las tareas revolucionarias de la burguesía, pero lo hicieron pegando no sólo sobre el flanco derecho sino también sobre el izquierdo, llevando a la guillotina a los verdaderos dirigentes de los sans-coulottes e impidiendo su organización independiente. No casualmente, Cristian Rakovsky señalaba a este respecto: “Lo que juega el papel más serio en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que les separa completamente de las masas de obreros y pequeño burgueses, es, además de la liquidación de todos los elementos de la izquierda, comenzando por los enragés, los heberistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, es la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos (…) todas estas medidas tuvieron por resultado reforzar el poder de la burocracia y matar la iniciativa popular. Así, el régimen de Robespierre, en lugar de impulsar la actividad revolucionaria de las masas –ya oprimidas por la crisis económica y, ante todo, por la crisis alimenticia– agravó el mal y facilitó el trabajo de las fuerzas antidemocráticas”. [36]

De haber sabido reconocer este criterio tan elemental, seguramente muchos de los dirigentes trotskistas de la posguerra no hubieran hecho seguidismo a burócratas como Tito, Mao, Ho Chi Mihn o Castro. Sin esta “actividad revolucionaria de las masas”, la segunda mitad del siglo XX ha demostrado que puede haber distintos tipos de revoluciones que incluso tomen a su cargo y resuelvan de manera parcial y deformada tareas democráticas y nacionales. [37] Pero estas revoluciones de ninguna manera lograron adquirir una verdadera dinámica de clase y socialista, en la medida en que, insistimos, no fue la clase trabajadora la que estuvo en el centro, mediante sus organismos de autodeterminación y poder, así como tampoco estuvo presente el partido revolucionario y la lucha de tendencias entre diversas corrientes obreras y populares.

El caso de la revolución china de 1949

Veamos un ejemplo histórico: el caso de la revolución china, que adquiere una relevancia mayor en virtud de los extraordinarios análisis legados por León Trotsky acerca de este proceso. [38]

Una primera característica a señalar es el ínfimo peso del Partido Comunista Chino (PCCH) en los sectores de trabajadores asalariados, dado que esa organización era prácticamente inexistente en los centros industriales del país, todos en áreas controladas por el Kuomintang (partido nacionalista).

En un trabajo relativamente reciente sobre el tema, se dice: “La revolución china que triunfó el 1º de octubre de 1949 fue una revolución antiimperialista y antiburguesa, pero de ninguna manera una revolución socialista. La política aventurera de la Internacional Comunista (…) había llevado a las derrotas catastróficas de la segunda revolución china –la revolución obrera de 1926-7– (…). Diezmado por las derrotas, el PC tuvo que elegir entre replegarse con la clase obrera en las ciudades, como aconsejaban Trotsky y la Oposición de Izquierda, o refugiarse en el campo, entre las organizaciones campesinas. La opción elegida fue la segunda (…) [lo] que traería aparejado el predominio que el campesinado estaba tomando dentro del partido. La preocupación sobre la pérdida del carácter obrero del partido se manifestó no sólo en sectores de la dirección regional partidaria y los cuadros ligados a las fábricas –a los que se llamo ‘fracción del trabajo real‘–, sino también en importantes sectores dentro de la propia dirección del PCCH (…) El PCCH, que decía representar al movimiento obrero, se transformó así en un aparato político-militar injertado en medio del campesinado: un partido-ejército” [39]

Trotsky ya había alertado brillantemente sobre esto en sus escritos sobre China. En “Guerra campesina en China y el proletariado” (1932) planteaba su preocupación acerca de que la milicia campesina y la guerra que se estaba desarrollando en el campo (socialmente pequeño burguesa) no podían sustituir la lucha de los trabajadores en las ciudades, so pena de terminar enfrentando estas milicias con los propios obreros:

“El movimiento campesino ha creado sus propios ejércitos, ha tomado grandes territorios y ha instalado sus propias instituciones. En la posibilidad de un mayor éxito –y todos nosotros, desde ya, apasionadamente deseamos ese éxito– el movimiento va a vincularse con los centros urbanos e industriales y, por este hecho, va a encontrarse cara a cara con la clase trabajadora. ¿Cuál va a ser la naturaleza de este encuentro? ¿Es seguro que el carácter del mismo será pacífico y amigable? [40]

Trotsky, como se ve, no cuestionaba el apoyo a la guerra campesina, sino la estrategia del PC de construirse entre los campesinos y no entre los trabajadores. Y aunque los dirigentes se llamaran comunistas, el ejército campesino “rojo”, esto para nada cambiaba el problema de la naturaleza social de estas organizaciones, ya que se dejaba a la clase obrera urbana a merced del nacionalismo de Chiang-Kai-Shek y de la ocupación imperialista japonesa. [41]

“Entre los dirigentes comunistas de los destacamentos rojos indudablemente hay muchos intelectuales y semiintelectuales desclasados que no han pasado por la escuela de la lucha proletaria. Por dos o tres años vivieron vidas de comandantes y comisarios partisanos; lucharon en batallas, tomaron territorios, etc. Absorbieron el espíritu de su medio. Mientras tanto, la mayoría de la base de los destacamentos rojos consisten en campesinos que asumen el nombre de comunistas con toda honestidad y sinceridad, pero que en la realidad siguen siendo revolucionarios pobres o pequeños propietarios pobres. En política, el que juzga por denominaciones y etiquetas y no por los hechos sociales está perdido”. [42]

Incluso va más lejos en la caracterización social y política de la capa dirigente del movimiento campesino, la misma que dirigió la revolución de 1949, sustituyendo en ella al proletariado: “Es una cosa cuando un Partido Comunista, firmemente asentado en la base del proletariado urbano (…) lidera la guerra campesina. Pero es un hecho diferente cuando algunos miles o incluso decenas de miles de revolucionarios (…) asumen el liderazgo de la guerra campesina sin tener un serio apoyo de parte del proletariado. Esta es precisamente la situación de China (…) El estrato de comando del “Ejército Rojo” chino ha tenido sin duda éxito en obtener el hábito del comando. En ausencia de un fuerte partido revolucionario y organizaciones de masas del proletariado, el control sobre el estrato de comando es virtualmente imposible. Los comandos y comisarios aparecen como absolutamente dueños de la situación e incluso al ocupar ciudades están en condiciones de mirar desde arriba a los obreros”. [43]

Se trata de un análisis muy educativo respecto del rol de sujetos sociales y políticos no obreros en la revolución, mas allá de que Trotsky, como norma, descartaba que las capas pequeño burguesas y campesinas pudieran cumplir un rol siquiera relativamente independiente. [44] Porque la brecha que Trotsky identificara ya en 1932 entre el PCCH y la clase obrera china cruzó todo el proceso revolucionario y la revolución misma y jamás llegó a cerrarse, lo que afectó, a nuestro entender, la naturaleza misma de la revolución del 1949, la más importante de todo el siglo XX luego de la rusa.

Porque “es innegable que la revolución de octubre del 1949 fue un gran triunfo de las masas campesinas, pero ni el sujeto ni la dinámica que tomó pueden permitirnos calificarla, como se hizo durante años, de ‘obrera y socialista‘. Por empezar, no sólo el movimiento obrero estuvo completamente ausente, sino que el divorcio de años debido a la orientación política del PCCH lo había hecho indiferente a la lucha protagonizada por el partido y el campesinado. Para continuar, las propias masas campesinas que llevaron al PCCH al poder no tenían otro objetivo (…) que la reforma agraria. Más aún, las organizaciones independientes del campesinado habían desaparecido hacia décadas (…) todas las organizaciones campesinas eran total y absolutamente dependientes del partido (…) La democracia obrera, es decir, el proletariado moviéndose conscientemente con sus organizaciones independientes (…) no sólo brilló por su ausencia, sino que en las instancias en las que pudo aparecer fue aplastada”. [45]

Esta evaluación se puede confirmar hoy en multitud de trabajos y ensayos. Por ejemplo, en un artículo reciente de Roland Lew (especialista en países del Este), leemos: “Es asombroso el contraste entre el dinamismo de los distintos componentes de la sociedad y la inercia política que, fuera del circulo de las élites, persiste hasta hoy (…) el maoísmo no sólo fue dictatorial y antidemocrático, sino que desde el comienzo fragmentó consciente y metódicamente el mundo social, en especial su componente obrero; en contra de lo que proclamaba el régimen –al igual que el de Stalin– era profundamente ‘despolitizador‘. Así perpetuó e incluso acentuó las tendencias antidemocráticas que ya existían cuando accedió al poder”. [46]

Algo muy parecido llegó a anticipar Trotsky en el texto arriba citado, refiriéndose a cómo el PCCH había pasado a tener una base social campesina: “Los narodnikis rusos solían acusar a los marxistas de Rusia de ‘ignorar‘ a los campesinos (…) A esto, los marxistas respondían ‘levantaremos y organizaremos a los obreros avanzados, y por intermedio de los trabajadores levantaremos a los campesinos‘. Los estalinistas chinos han actuado de una manera completamente distinta. Durante la revolución de 1925-1927 subordinaron directa e inmediatamente los intereses de los trabajadores y campesinos a los intereses de la burguesía nacional. En los años de la contrarrevolución, se pasaron del proletariado al campesinado, esto es, tomaron el rol que había sido llenado en Rusia por los socialrevolucionarios, cuando éstos eran aún un partido revolucionario”.[47]      

Esta conceptualización no pretende abonar un “normativismo” ante los procesos revolucionarios. Los marxistas tenemos siempre la obligación de intervenir en las revoluciones tal como son. Pero tienen asimismo otra obligación tan importante como la anterior: no adaptarse a ellas tal cual son, como ocurrió con muchas de las corrientes trotskistas de la posguerra, sobre todo con el pablo-mandelismo.

Por el contrario, se trata de buscar defender siempre el ángulo de clase y socialista en un movimiento de lucha dado –como, por ejemplo, el debate actual acerca del programa y la política para los movimientos piqueteros en Argentina-, sin perder jamás de vista que el eje estratégico debe partir de la construcción de los socialistas revolucionarios en el propio seno de la clase trabajadora, para desde allí combatir por su hegemonía política sobre el conjunto de los explotados y oprimidos.

En resumen: la intervención de los socialistas revolucionarios debe hacerse desde la perspectiva de la pelea para que adquieran esa dinámica de clase y socialista, lo que de ninguna manera se puede lograr “objetivamente”.

Esta no es una discusión meramente histórica. A comienzos del siglo XXI, asistimos al surgimiento de nuevos movimientos de lucha y procesos revolucionarios, como en el cono sur latinoamericano, que aún son ”híbridos” desde el punto de vista de clase y donde se sigue viviendo una crisis de “subjetividad” y/o de conciencia socialista. Bajo esas condiciones, el rol de los revolucionarios socialistas pasa evidentemente por batallar en su seno por que adquieran este carácter más de clase y socialista, o, lo que es lo mismo, por el ingreso de la clase trabajadora como sujeto consciente en el centro de esos procesos. Y esto sigue siendo un inmenso problema presente.

Que esto no se sucede de manera “objetiva” ha sido demostrado una vez más, si hacía falta, por la experiencia viva y reciente del Argentinazo. Porque la progresión clasista y socialista de los procesos revolucionarios no puede tener lugar como resultado de una mecánica social o automatismo político de una clase obrera “muda” (como es la concepción de tantas corrientes “ortodoxas”): se debe tratar de un proceso cada vez más consciente, más democrático y con una centralidad cada vez mayor de los trabajadores. [48]

Los distintos tipos de revoluciones y la especificidad de la segunda posguerra

La definición “ortodoxa” de las revoluciones de posguerra se basó en una interpretación tan difundida como errada de la teoría de la revolución permanente: la creencia que en el siglo XX habría un solo tipo de revolución: la “obrera y socialista”.[49] Esto es un grave error. En ninguna parte Trotsky había planteado un solo tipo de revolución, sino que llevar a término de manera consecuente las revoluciones democráticas, agraria, nacional o antiimperialista pasaba por la realización de la revolución proletaria, lo que es otra cosa muy distinta.

Este fue el caso, por ejemplo, de la revolución rusa, en cuyo seno se combinaron en una unidad la revolución proletaria de las ciudades, la revolución agraria en el campo e incluso la revolución nacional a nivel de las distintas nacionalidades que formaban parte del imperio ruso.

Lo novedoso del siglo XX es la actualidad de la revolución proletaria, es decir, la posibilidad de que sea la clase trabajadora la que dé su impronta al conjunto de estas revoluciones y la que, ejerciendo su hegemonía, las consume de manera efectiva. Este fue el patrón de todas las revoluciones que se dieron en torno a la revolución rusa y en los 20 años posteriores, triunfantes (sólo la rusa, a la postre) o derrotadas (todas las demás: la alemana, la húngara, la española…).

Lo que debe ser señalado es que luego de la Segunda Guerra Mundial, el patrón cambió: la clase obrera no pudo imprimir su sello a los acontecimientos, y donde podría haberlo hecho fue derrotada merced a los oficios del estalinismo (Francia, Italia y en cierta medida Japón). Así, quedó planteado el problema para el conjunto del movimiento revolucionario.

Corrientes como Socialismo Internacional, orientada por Tony Cliff, ante la ausencia de la clase trabajadora y la conducción burocrática y pequeño burguesa de las revoluciones de posguerra, plantearon la hipótesis de que se trataría de revoluciones burguesas. Pero a nuestro entender, en pleno siglo XX, siendo que la burguesía había dejado de ser revolucionaria a escala mundial ya en el siglo XIX, esto implicaba una evidente falta de perspectiva histórica. El razonamiento de Cliff y su corriente era que si bien esto era válido al nivel mundial, no tenía que serlo necesariamente a escala de países determinados. Pero si se parte de la totalidad que es la economía mundial capitalista, el argumento parece poco sólido.

¿Qué nos queda, entonces? Que precisamente por una combinación específica, históricamente determinada de circunstancias, revoluciones democráticas antiimperialistas y agrarias se resolvieron parcialmente como revoluciones anticapitalistas, pero, en ausencia de la centralidad de la clase obrera, no como revoluciones socialistas. Porque, reiteramos, la connotación propiamente socialista de la revolución pasa por que de manera efectiva la clase trabajadora le dé su sello al proceso.

Sin embargo, es atendible la idea de que, en virtud del desarrollo desigual y combinado, no podía descartarse que una clase terminara desarrollando las tareas de otra. Este fue el caso de las tareas de la revolución democrática burguesa, llevadas a término de manera consecuente no por la burguesía sino por la clase trabajadora en la Revolución Rusa. O, en el caso de la Revolución Francesa, con la pequeño burguesía radicalizada de los jacobinos desbrozando el camino al desarrollo burgués. Se podría concebir entonces –como dijo el trotskismo tradicional– que, en la segunda posguerra, las capas pequeño burguesas dirigidas por los partidos-ejército llevaron a término las tareas de la revolución proletaria, al expropiar a la burguesía. [50]

Pero es aquí donde se pierde de vista que la expropiación en sí todavía no es una tarea propiamente socialista, sino que depende del sentido de la evolución ulterior. Esto es, del desarrollo de una verdadera tendencia a la socialización de la producción.

Porque aquí, precisamente, hay un enorme problema que hace propiamente a la revolución proletaria: no se trata sólo de cuáles son las tareas, sino de cómo (los medios) y quién (el sujeto) las lleva a cabo. [51] Esta fue la ubicación de Trotsky respecto de la industrialización acelerada y la colectivización forzosa del campo, o ante la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia. La definición de Trotsky había sido “revolución complementaria”, lo que, visto retrospectivamente, resultó en definitiva erróneo. Pero su ubicación metodológica mantiene sin embargo, toda su validez, porque aun considerando esas medidas eventualmente como “progresivas”, dejaba sentado que al ser ejecutadas por la burocracia estalinista, no por la clase trabajadora ejerciendo la democracia obrera, la realización de esas tareas resultaba totalmente distorsionada.

En un trabajo sobre la corriente morenista, O. Garmendia explica que “Trotsky no pretendió prescribir un curso obligatorio a los acontecimientos históricos (…) analizó los casos en los que fuerzas burocráticas (…) se vieron obligadas a ‘ir más allá‘ de los límites que originalmente se proponían, sin por esto modificar su teoría (…) la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia en los 30 dio ocasión a Trotsky de analizar transformaciones de las relaciones de propiedad provocadas por la burocracia (…) Pero una expropiación no significa por sí misma la revolución socialista, ni garantiza las conquistas revolucionarias, ni siquiera las conquistas democráticas (…) Esta fue la posición con la que Trotsky enfrentó las capitulaciones ante el estalinismo de muchos militantes de la Oposición de Izquierda –como Preobrajensky– que asignaban un valor revolucionario y socialista objetivo a la colectivización de Stalin (…) Finalmente, en polémica con una fracción del partido norteamericano, vuelve sobre el significado de las expropiaciones de la burocracia en Polonia diciendo: ‘La estatización de los medios de producción es, como dijimos, una medida progresiva. Pero su progresividad es relativa; su peso específico depende de la suma de todos los otros factores (…) engendrar ilusiones con respecto a la posibilidad de reemplazar a la revolución proletaria con maniobras burocráticas. El mal sobrepasa con mucho al contenido progresivo de las reformas estalinistas en Polonia. Para que la propiedad nacionalizada en las áreas ocupadas, así como en la URSS, se convierta en la base de un desarrollo genuinamente progresivo, esto es, socialista, es necesario derribar a la burocracia de Moscú. En consecuencia, nuestro programa retiene toda su validez‘. Como vemos, Trotsky consideraba que su programa seguía vigente a pesar de las expropiaciones porque éstas, de por sí, no garantizan el desarrollo socialista. Lo mismo podemos decir con respecto a las revoluciones de la posguerra (…) si bien expropiaron, no por ello garantizaron que el proceso de la revolución democrática se dirigiese hacia la revolución socialista”. [52]

Como señalara el propio Trotsky, existe una dialéctica entre las tareas y el sujeto que las lleva a cabo, donde no todo viene determinado por el contenido objetivo de esas tareas, sino también por quién y cómo las lleva adelante. En relación con este problema, la Oposición rusa se dividió en dos alas: la de dirigentes como Preobrajensky [53] que, al ver que la burocracia supuestamente aplicaba el programa de la Oposición de Izquierda, capitularon a Stalin; y otra que tendía a plantear que la manera de llevar adelante estas medidas, más que una “revolución complementaria”, significaban el comienzo de la consumación de una “contrarrevolución” social, que llevaba a la pérdida del carácter obrero del Estado. Es el caso de Christian Rakovsky, que a partir de este giro de la burocracia estalinista va a terminar definiendo a la URSS como “Estado burocrático con restos proletarios comunistas”.

En su famoso intercambio de cartas con Preobrajensky acerca de la revolución china, Trotsky ilustra un aspecto teórico-metodológico central de la teoría de la revolución permanente: “¿Cómo caracterizar una revolución? ¿Por la clase que la dirige o por su contenido social? Hay una trampa teórica subyacente al contraponer la primera a la última en forma tan general. El período jacobino de la revolución francesa fue, por supuesto, el periodo de la dictadura pequeño burguesa, en el cual, además, la pequeño burguesía, en armonía total con su ‘naturaleza sociológica‘, abrió el camino para la gran burguesía. La revolución de noviembre en Alemania fue el comienzo de la revolución proletaria, pero fue detenida en sus primeros pasos por la dirección pequeño burguesa, y sólo logró unas pocas cuestiones que no fueron cumplidas por la revolución burguesa. ¿Cómo llamamos a la revolución de noviembre: burguesa o proletaria? Ambas respuestas son incorrectas. El lugar de la revolución de octubre será restablecido cuando definamos la mecánica de esta revolución y determinemos sus resultados. No habrá contradicción en este caso entre la mecánica (poniendo bajo este nombre, por supuesto, no sólo la fuerza motriz sino también la dirección) y los resultados: ambos poseen un carácter ‘sociológicamente‘ indeterminado (…). El quid de la cuestión reside precisamente en el hecho de que aunque la mecánica política de la revolución depende en ultima instancia de una base económica (no sólo nacional sino internacional), no puede, sin embargo, deducirse con una lógica abstracta de esta base económica (…). Por esta razón, en lo que concierne al contenido social, es necesario decir: ‘esperar y ver‘ ”.

Esto valía para Preobrajenzky, que negaba por anticipado que la revolución china pudiera devenir de revolución democrático-burguesa en revolución socialista. Pero metodológicamente vale también a la inversa: no es posible hablar de revoluciones “objetivamente” socialistas (deducción “con una lógica abstracta de esta base económica”) aun en ausencia de la clase trabajadora como sujeto consciente: quién y cómo consuma la tarea de la expropiación hace al carácter mismo de la revolución.

Este es , creemos, el criterio válido para las revoluciones de posguerra. [54] En ellas, el cómo y el quién de las expropiaciones fue lo que decidió el destino ulterior de éstas. Al no estar al servicio de un mayor grado de organización y emancipación de la clase trabajadora (proceso de transición al socialismo), sino acabar en la tremenda bancarrota que conocemos, el contenido “objetivo” obrero y socialista (no es deducible de, ni reducible a, una lógica economicista abstracta), quedó irremediablemente cuestionado.[55]      

Esto es lo que explica que en el caso de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, de las expropiaciones en el Este de Europa y de la gesta de la revolución china de 1949, estas medidas y acciones se hayan llevado a cabo en términos de discurso nacional o nacionalista y no de clase. Esto obedece a una lógica profunda, porque, evidentemente, apuntaba a borrar conscientemente el protagonismo y la impronta de la propia clase trabajadora. A este respecto dice R. Lew: “(…) durante mucho tiempo –desde la década del 30– se subestimó la importancia e incluso la preeminencia de la dimensión nacionalista en la motivación del régimen de Pekín y en la historia del comunismo chino. Sin embargo, más que el comunismo que le servía de ropaje ideológico, es esta dimensión nacionalista la que explica la trayectoria del PCCH (…) El PCCH es nacionalista dado que su objeto esencial es, para emplear una consigna usada en los años 20, ‘salvar a la nación‘ de los imperialismos depredadores, protegerla y asimismo reconstruir su unidad (…). Esta prioridad nacionalista –incluso en su dimensión antiimperialista– (…) supone un pragmatismo muy alejado de la ideología comunista (…) El resto, gran parte de los nuevos temas emancipadores extraídos del socialismo occidental (la democracia, el poder del pueblo, etc.), se tornaba progresivamente secundario, incluso una verdadera molestia; de allí la eliminación precoz, vigorosa y reiterada de las minorías más sensibles (…) apegadas a la significación revolucionaria de la emancipación popular”. [56]

Y Ernest Mandel se ve obligado a describir una situación similar (aunque en ese caso fue sin revolución) en los países del Este europeo: “Pero por el carácter extremadamente limitado de la movilización de las masas en los (…) países del Glacis, por la pasividad e incluso la apatía mayoritaria de los trabajadores de esos países, imprevista por nuestro movimiento (…) la burocracia soviética de hecho subordinó la asimilación estructural de su glacis a la destrucción de la posibilidad de desarrollo autónomo del movimiento obrero”. [57]

Esto refuerza la necesidad de dejar establecido un criterio clásico del marxismo revolucionario, confirmado por la experiencia de las revoluciones de la segunda posguerra: toda conquista económico-social de los trabajadores, en principio tiene un valor en sí misma, pero el criterio definitivo de evaluación de las conquistas en este terreno debe ponerse en correspondencia con el continuo y progresivo proceso de organización independiente y desarrollo de la conciencia del proletariado: éste es el criterio principal. Porque se ha visto demasiadas veces en los procesos revolucionarios en Occidente y en las revoluciones de posguerra cómo la burguesía –y aun las burocracias– ceden conquistas y/o concesiones económico-sociales parciales a costa de liquidar lo fundamental, el proceso de organización independiente.

El propio Mandel, que integraba la mayoría pablista de la IV Internacional, consignaba lo siguiente en un documento de hace ya 50 años: “a) Yugoslavia y China son países muy atrasados, donde el proletariado es poco numeroso y con débil tradición marxista, habiendo pasado por dos décadas de postración, bajo una dictadura reaccionaria (…). b) La lucha revolucionaria tuvo su centro de gravedad en el campo y tomó la forma de una centralización militar por los PC de los levantamientos de los campesinos pobres (…). c) La victoria revolucionaria se adquirió por la conquista militar de las ciudades (…) por un conjunto de razones históricas, no se produjo ningún levantamiento [revolucionario] (…). d) Por todas estas razones, la victoria revolucionaria pudo obtenerse sin que los PC rompan completamente con una táctica oportunista y se delimiten públicamente del Kremlin”. [58]

Es, en suma, un criterio metodológico marxista revolucionario elemental que, en último análisis, la nacionalización de los medios de producción en ningún caso puede ser analizada solamente en sí misma, sino que debe ponerse en correspondencia con el proceso real de la transición y la revolución mundial. Este es el criterio de Trotsky incluso para el caso de las estatizaciones en Polonia en ocasión de su ocupación en 1939 por parte del ejército estalinista. Y es el mismo criterio que Rosa Luxemburgo había esgrimido en su famosa discusión con Karl Kautsky a propósito de la huelga de masas: “La concepción marxista consiste precisamente en la consideración de la masa y de su conciencia como los factores determinantes de todas las acciones políticas de la socialdemocracia. En el espíritu de esta concepción, también las huelgas de masas políticas –como toda la lucha por el derecho al sufragio– no son finalmente otra cosa que un medio de esclarecimiento de clase y de organización de capas más amplias del proletariado”. [59]

Porque “(…) Cualquier activista sindical sabe muy bien que el ‘resultado específico‘ bajo la forma de una conquista material no es ni puede ser de ningún modo el único punto de vista decisivo en una lucha económica, que las organizaciones gremiales en Europa occidental a cada paso se encuentran en la forzosa situación de emprender la lucha aun con escasas perspectivas de ‘resultados específicos‘ (…) Estas huelgas ‘carentes de éxito‘ no sólo no han fracasado en su objetivo sino que son una condición vital, directa, para defender el nivel de vida de los trabajadores, para mantener vivo el ímpetu de lucha de las masas de trabajadores (…) es conocido en general que además del ‘resultado específico‘ en conquistas materiales, y aun sin este resultado, el efecto quizá más importante de las huelgas en Europa occidental consiste en servir de puntos de partida para la organización sindical”. [60] Es decir que el criterio principal para la evaluación de las conquistas es siempre que den lugar a un progreso en el terreno de la conciencia y la organización.[61]      

Es por eso que, en definitiva, en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo que valga: si no hay presencia real de la clase trabajadora con su conciencia, organizaciones y partidos, no hay revolución socialista. La clase obrera, en este tipo histórico de revolución, es insustituible.

Y como decía el propio Trotsky, en el carácter de las revoluciones opera una dialéctica que no admite definiciones a priori: quedan “sociológicamente indeterminadas” en función de su mecánica social y política real. Es por ello que resulta imprescindible bregar por que de manera efectiva las revoluciones o procesos democráticos y/o antiimperialistas generales –como los que, por ejemplo, están en marcha hoy en América Latina– se transformen en revoluciones obreras y socialistas.

Pero esto es lo que abre paso a la superación de cierto criterio objetivista, mecanicista o determinista de diversas corrientes trotskistas (¡pero no de Trotsky!). Y es, asimismo, el fundamento último que da lugar a toda la densidad del pensamiento de Lenin (en el fondo relegado en la tradición habitual de las corrientes trotskistas) referido a la absolutamente imprescindible construcción del partido revolucionario, así como al problema de la superación de la crisis de subjetividad socialista y de conciencia. Como hemos dicho, procesos como el Argentinazo o el Octubre boliviano plantean estos problemas, de modo que la reflexión sobre estos elementos de balance histórico que estamos señalando se hace hoy más pertinente que antes y no menos.

Respecto del rol imprescindible del partido revolucionario, decíamos recientemente: “[El] carácter fetichizado, ‘invertido‘, deformado de las relaciones sociales en la sociedad (…) [hace que no esté] dado a los trabajadores adquirir una conciencia clara y profunda acerca de las circunstancias de su explotación y opresión más que mediante una elaboración, un proceso en el que intervienen las tradiciones de lucha heredadas de generaciones anteriores, su propia acción ‘espontánea‘, los elementos de aprendizaje que vienen o se acumulan como experiencia y –en el límite– un absolutamente necesario metabolismo con la organización revolucionaria, sin la cual no se puede obtener del todo la conciencia política socialista”. [62]

La burocracia: ¿capa o clase?

En el análisis de la dinámica de clase de las revoluciones de posguerra hay un núcleo teórico, del que hay que dar cuenta explícitamente, que entrelaza la teoría de la revolución (tareas y sujetos), con la valoración del carácter de las sociedades no capitalistas que jalonaron la segunda mitad del siglo XX.

En este marco, dos aspectos de enrome importancia requieren una explicación teórica fundamentada. El primero refiere al carácter de la burocracia de la ex URSS y demás países donde se expropió al capital; el segundo, a la forma que asumieron las relaciones sociales de producción luego de la estatización generalizada de los medios de producción.

Comenzando por el primer aspecto, recordemos que Trotsky ordena la teoría de la revolución permanente alrededor de la comprensión de que a partir del siglo XX sólo la clase trabajadora podía tomar a su cargo y hegemonizar la resolución íntegra de las tareas burguesas pendientes, y que la dinámica de este proceso apuntaría a colocar la cuestión de su propio poder: la revolución democrática devenía en socialista. Junto con esto, para Trotsky el otro gran sector oprimido, los campesinos y las capas pequeño burguesas en general, tenían un gran papel que cumplir en la revolución, pero no podían tener un rol político independiente.

De lo anterior se desprendió que la mayoría de las corrientes del trotskismo consideraron de manera objetivista al resultado de las revoluciones de posguerra como Estados obreros. Esto, a pesar de la total ausencia de la acción conciente y autoorganizada de la clase trabajadora en esos procesos. Lógicamente, y si la concepción de Trotsky era correcta y las capas pequeño burguesas no podían desarrollar ningún rol independiente, por limitado que fuera, éstas no podían ser más que instrumentos de una mecánica objetiva: el establecimiento de nuevos “Estados obreros deformados”, de los cuales esas capas no serían, en última instancia, más que meras excrecencias burocráticas, grupos sociales parásitos. El pablo-mandelismo fue el que llevó este enfoque más lejos, al punto de la capitulación total a estas direcciones burocráticas, embellecidas como “empíricamente revolucionarias” y socialmente “obreras”.

A nuestro entender, las cosas fueron completamente diferentes. Estas capas pequeño burguesas o burocráticas (campesinado, capas medias, intelligentsia, burocracias), en condiciones muy determinadas y específicas, y por un período histórico relativamente corto, cumplieron un papel más destacado de lo previsto (en el marco de sociedades que expropiaron a los capitalistas). Pero estos procesos, que potencialmente podrían haber iniciado una transición al socialismo, precisamente debido a la ausencia de la clase trabajadora fueron abortados desde su mismo comienzo.

Sobre la base de auténticas revoluciones populares, estos sectores pequeño burgueses aparecieron realizando tareas democráticas, antiimperialistas e incluso la expropiación; pero en ausencia de la clase trabajadora en el centro del proceso y de manera consciente (el cómo y el quién), en ausencia de verdaderas revoluciones obreras y socialistas, la “resolución” de estas tareas fue muy relativa. De hecho, esas direcciones y esa base social del proceso sólo podían, en última instancia, llevar a esas sociedades a un callejón sin salida, en el marco de la continua presión del capitalismo imperialista a nivel mundial, restableciendo así mecanismos y relaciones de opresión y explotación. [63]

Pero, en verdad, la teoría de la revolución permanente de Trotsky no quedó desmentida en este sentido fundamental, porque, a diferencia de la conceptualización de Nahuel Moreno,       [64] la tarea de los socialistas revolucionarios no queda reducida a factores puramente agregados como la democracia obrera o la revolución mundial, considerados como elementos aislados, externos a la mecánica real de la revolución. Porque, en verdad, era incorrecto estimar que en la posguerra la revolución había avanzado “cientos de kilómetros más” de lo que Trotsky había previsto, sino más bien al contrario: cientos de kilómetros menos, y no llegaron a adquirir, en ningún caso, un carácter socialista. De hecho, prácticamente toda la tarea de la revolución socialista y la transición quedó pendiente, en la medida en que se trató de revoluciones sin socialismo.[65]

Esto conducía inmediatamente a un debate respecto de la naturaleza misma de la burocracia: ¿capa o clase?. Y, en consecuencia, sobre el alcance de su acción “independiente”. Porque se afirmaba que si en los países donde se había expropiado al capitalismo en la posguerra no se habían constituido verdaderamente Estados obreros, no quedaba más que rendirse ante la evidencia de que la burocracia se habría constituido en una “nueva clase explotadora orgánica”.

Las teorizaciones del “capitalismo de Estado” o del “colectivismo burocrático” fueron las que llevaron esto más lejos, cada una a su manera: para los “capitalistas de Estado”, la burocracia se había constituido en una nueva clase capitalista “sui generis”; para los “colectivistas burocráticos”, se trataba de una nueva clase sin antecedentes históricos ni vínculos en la sociedad de origen, como surgida de un repollo. Incluso, para esta última corriente en la URSS existía “servidumbre feudal” y la clase trabajadora “no era un proletariado” en el sentido moderno del término, aunque por otra parte nunca se explicó de manera marxista sobre la base de qué perspectivas históricas habría ocurrido este desastre. [66]

Nuestra posición es muy distinta, mucho más emparentada con los análisis clásicos de Trotsky, quien fue el primero en plantear que la burocracia de la URSS era más que una mera burocracia, en la medida en que estaba al frente de un inmenso Estado sin que existiera una clase verdaderamente propietaria (hecho que ocurrió en todos los países donde se expropió al capital en la posguerra). Pero, al mismo tiempo, como resultado del contexto capitalista internacional y del carácter no orgánico y parásito de su usufructo de la propiedad estatizada y su apropiación del sobre producto social, era menos que una clase orgánica.

Desde el punto de vista teórico, “para un análisis concreto de la degeneración de la URSS es insuficiente un enfoque economista-mecanicista de la problemática del Estado ‘soviético‘ y del Estado en general. Los análisis mecánicos en términos de estructura y superestructura (…) se revelan particularmente inútiles para comprender lo ocurrido en la URSS. Se requiere retomar (…) lo esbozado por Marx y Engels. Las formas políticas de la sociedad que tienen sus raíces en determinadas relaciones sociales, condicionadas por el desarrollo de las fuerzas productivas, tienen una tendencia a la autonomía y una innegable capacidad de reacción sobre las relaciones sociales y económicas, que pueden ser, y de hecho son, afectadas por la producción política de la clase o casta que controla el poder del Estado” [67]

En este marco, cabe recordar el brillante trabajo de Christian Rakovsky, Los peligros profesionales del poder, donde destaca que lo que había comenzado como diferenciación funcional de quienes asumían funciones gubernamentales se había convertido en una diferenciación social, con marcadas desigualdades materiales. Estos nuevos privilegiados, decía, “no sólo objetiva, sino también subjetivamente; no sólo material, sino también moralmente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera (…) No se trata de casos aislados (…) sino más bien de una nueva categoría social”. [68]

En 1930, luego de comprobar que se había desarrollado aún más “la rapacidad, la irresponsabilidad, el despotismo del aparato, cuyo reverso es el embrutecimiento, la humillación y la privación de los derechos de las clases trabajadoras”, escribió: “Bajo nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una gran clase de gobernantes con sus propias divisiones internas, que crece mediante la cooptación”. [69]

Trotsky, que cita explícitamente a Rakovsky en La revolución traicionada (1935) desarrolla este análisis y señala la originalidad del fenómeno: “Bajo ningún otro régimen la burocracia alcanza semejante independencia (…) La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y dominio (…) la burocracia de la URSS asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado a una burguesía nacional. En este sentido, no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética (…) el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado ‘pertenece‘, en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria”. [70]

Al mismo tiempo, Trotsky puso extremo cuidado en precisar que la burocracia continuaba “sin tener derechos particulares en materia de propiedad (…) Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una parte inmensa de la renta nacional es un hecho de parasitismo social”. [71]

En particular, Trotsky polemizó contra quienes definían a la burocracia como una “nueva clase explotadora” en ascenso, impuesta tanto en la URSS como en los países fascistas. Puntualizó las evidentes diferencias entre la burocracia fascista y la estalinista, y explicó, con relación a esta última, que por poderosa o incontrolada que fuere, estaba lejos de consolidarse como una clase explotadora orgánica. De aquí se derivaban rasgos tan característicos como las frecuentes convulsiones intestinas, la necesidad de gobernar con métodos totalitarios y sus tendencias a la restauración del capitalismo. La definición de Trotsky es, entonces, dialéctica, porque es dinámica: “siendo más que una simple burocracia, la casta privilegiada omnipotente que maneja Rusia no constituye una nueva clase explotadora orgánica, y valorada a escala mundial tiende a convertirse en un órgano de la burguesía mundial. [72]

El desarrollo de la lucha de clases hacia el final del siglo XX terminó demostrando que este era el único análisis de clase correcto. En circunstancias históricas muy determinadas, y a la cabeza, inicialmente, de procesos revolucionarios populares reales, esta capa o casta pequeño burguesa había cumplido un rol dirigente relativamente más independiente que en los 150 años de lucha de clases anteriores. [73] Pero se trató de una “independencia” no histórica, que por la naturaleza social pequeño burguesa de esta misma capa estaba condenada, precisamente en términos históricos, a su derrocamiento revolucionario por la clase trabajadora o a su reabsorción burguesa de la misma, alternativa ésta que a la postre se impuso. Pero sólo es posible dar cuenta de esta experiencia histórica dejando de lado todo abordaje escolástico del marxismo y poniendo las categorías teóricas –por otra parte, dinámicas y no osificadas– en correspondencia con la experiencia histórica real.

Explotación mutua, explotación no orgánica

“El marxismo parte del concepto de la economía mundial no como una amalgama de partículas nacionales, sino como una potente realidad con vida propia, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial, que impera en los tiempos que corren sobre los mercados nacionales (…). Proponerse por fin la edificación de una sociedad socialista nacional y cerrada equivaldría, a pesar de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas, deteniendo incluso la marcha del capitalismo (…) Pero los rasgos específicos de la economía nacional, por grandes que sean, forman parte integrante, en proporción cada día mayor, de una realidad superior que se llama economía mundial (…) La teoría de la revolución permanente, al pronosticar la revolución de octubre, se apoyaba precisamente en esa ley de la falta de ritmo uniforme del desarrollo histórico (…) Pero la ley a la que aludimos (…) lejos de sustituir o anular las leyes de la economía mundial, está supeditada a ellas”. [74]

Es desde el punto de vista de la teoría de la revolución permanente y de sus presupuestos metodológicos fundamentales que se deben abordar las formaciones económico-sociales a las que dieron lugar las revoluciones de posguerra, totalmente emparentadas con la degeneración de la economía de transición de la URSS. Creemos que Pierre Naville, en su colosal estudio El nuevo Leviatán, es el que mejor se ajusta a estos presupuestos metodológicos verdaderamente trotskistas, a diferencia de supuestos “ortodoxos” como Ernest Mandel que, como luego veremos, hicieron escuela en el embellecimiento y mitificación de la burocracia estalinista. [75]

Lo que hay que explicar, desde nuestro punto de vista, es el significado concreto de ser “menos que una clase orgánica” en relación con la burocracia estalinista. Adelantamos que, en último análisis, consideramos a la burocracia como órgano de la burguesía mundial en el seno de estas sociedades no capitalistas, es decir, una capa social no obrera sino pequeño burguesa, un fenómeno histórico inestable y condenado a desaparecer.

Pero esto obliga a volver a revisar la lógica del funcionamiento económico que operaba detrás de la estatización de los medios de producción de estas sociedades. Esto es, determinar cuáles eran las relaciones sociales de producción y/o explotación actuantes en el seno de la estatización de los medios de producción. Al respecto, el análisis de Trotsky en los capítulos IX y XI de La revolución traicionada es infinitamente superior al de todos los “trotskistas” que le sucedieron, aunque se basó en el concepto de “expoliación”. [76]

Una vez más, se impone partir de una consideración teórica esencial: aun bajo la estatización mayoritaria de los medios de producción, el imperio de la ley del valor –producto de la doble presión del mercado mundial y de la necesidad interior– y la permanencia del trabajo asalariado, fundamento de la explotación, seguían presentes[77]       en las sociedades no capitalistas.

“La transición socialista es una compleja transformación revolucionaria, en la que la expropiación del gran capital –tanto más si inicialmente esto sólo ocurre en una región del mundo– representa un capítulo importante, pero de ninguna manera concluyente y mucho menos irreversible (…) el desarrollo de la revolución socialista y los problemas de la transición deben abordarse desde el supuesto fáctico y metodológico de la unidad del mundo y de la revolución mundial (…). En el terreno de la economía, esto implicaba comprender que la expropiación del capital no inauguró en la URSS –ni podrá hacerlo en ningún lado– un ‘modo de producción socialista‘ ni una ‘base económica‘ dotada de algún automatismo transicional”. [78]

Trotsky mismo asumía este ángulo de abordaje cuando sostiene que las “leyes económicas” que imperaban en Rusia (estatización, planificación, monopolio del comercio exterior, dinero, etc.), estaban supeditadas a “las leyes de la economía mundial”. La “ley de leyes” (a su vez fundamento de la teoría de la revolución permanente) no es otra que el imperio mundial de la ley del valor.

Porque, según Naville: “En la URSS subsiste el valor (…) La organización de la producción y de los intercambios dependen de ciertas relaciones de producción, es decir, de relaciones de clase, es decir, en definitiva de una determinada forma de apropiación semi-colectiva del producto y el sobreproducto. De esta apropiación hay que partir. Es verdad que en la URSS se produce de otra forma que en el capitalismo privado, pero ella se da aun de manera no socialista, porque estamos en un socialismo de Estado, limitado en todos los sentidos, y este socialismo no alcanza ni de lejos el nivel de las relaciones teóricas descritas por Marx. Como máximo provee algunas premisas (…) Si hay mercado (incluso un mercado de Estado…) en ese mercado hay también, además de los productos del consumo, la capacidad de trabajo (…). Pero este intercambio (…) no es por tanto intercambio del que habla Marx, intercambio que prescinde de toda noción de valor. Es un intercambio que sigue estando dominado por violentas coerciones debidas a la estatización, a las relaciones exteriores, a la persistencia de relaciones semicapitalistas en la agricultura, el comercio, etc., algo muy transitorio, lleno de contradicciones y conflictos y que deberá retroceder o progresar hacia la forma de la que habla Marx, lo que sólo podrá tener lugar a escala internacional”. [79]

Es decir que en tanto la revolución no se realice internacionalmente, este imperio (ley del valor y permanencia del trabajo asalariado) vale incluso para los verdaderos Estados obreros o sociedades de transición, en los que las imposiciones del trabajo por necesidad deben ir reduciéndose en función del incremento del tiempo libre. Donde la acumulación debe hacerse cada vez menos a expensas del consumo de la sociedad. Donde el trabajo muerto debe estar crecientemente subordinado al trabajo vivo. Todo lo cual requiere del desarrollo de las fuerzas productivas, del incondicional respeto por la democracia de los trabajadores y de la creciente dirección consciente de la producción mediante la planificación flexible [80]       como un elemento decisivo de las propias relaciones sociales de producción. Todo lo cual está a su vez subordinado, en última instancia, al imprescindible progreso de la revolución mundial.

Sin embargo, en las sociedades no capitalistas de posguerra la dinámica fue de hecho la opuesta: los mecanismos de “explotación mutua” y de autoexplotación “consensual” fueron reabsorbidos. Se relanzó la explotación del trabajo y la acumulación del excedente como plusvalía en manos de Estado (plusvalía estatizada), que quedaba en manos no de los obreros, sino de la burocracia. Naville se basa, de manera pedagógica, en el esquema de las cooperativas y de los mecanismos de autoexplotación connaturales a ellas para dar cuenta de cómo operaban las relaciones reales de producción detrás de la estatización. En las cooperativas –tal como ocurre bajo el capitalismo– en tanto que unidades productivas aisladas, sigue imperando la ley del valor y el trabajo por un salario, aun en ausencia del patrón.

En este marco plantea que “(…) se trata de saber si la explotación mutua, sucesora de la explotación capitalista, puede necesariamente engendrar un estado de cosas donde la explotación, en cualquiera de sus formas, deje lugar a alguna combinación inédita de creación y administración (…) A la utilidad o al uso mutuo (de las cooperativas), el capitalismo burgués en plena expansión los convertía en parabrisas de la explotación unilateral. Sin embargo, en la teoría de la utilidad mutua existe virtualmente… el esbozo de un estado de asociación que rompe con las leyes del intercambio capitalistas, valor por valor, y quiebra la relación fundamental del salario. La utilidad supone asociación. Pero funcionando productivamente puede dar lugar a una explotación mutua, continuadora a su manera de la explotación capitalista o dar lugar a la desaparición de toda explotación disociando los valores de uso y los valores de cambio (que desaparecerían).

En el segundo caso, “la utilidad mutua daría lugar a un valor de uso mutuo, o social, donde el reparto de los productos debe ser independiente de la contribución a su producción. La desigualdad (más bien se debería decir la diferenciación), fluidez de las capacidades y valores de uso, dejaría entonces de engendrar desigualdades de disfrute debidas a la igualdad de los valores de cambio. El mantenimiento de la función valor de cambio y la escasez o penuria de medios de producción y productos es lo que limita hasta ahora a las asociaciones cooperativas no capitalistas”. [81]

Ocurre que en el caso de las cooperativas bajo el capitalismo, o incluso en las sociedades cercadas por el capitalismo mundial, la necesidad se impone debido a que el bajo desarrollo de las fuerzas productivas (la vuelta al viejo caos) impide alcanzar la norma “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. Es decir, impide disociar la retribución del trabajo del valor que éste crea, y facilita, al mismo tiempo (en ausencia de toda democracia de los trabajadores), la apropiación del plustrabajo social por parte de la burocracia que cumple el papel de administradora del sistema de necesidades,       [82]       de administradora de la miseria.

Profundizando este enfoque, desde el punto de vista del “modo de producción”, podemos decir con Naville que: “La utilidad mutua, en principio, excluye la utilidad marginal. Pero, en la práctica, mantiene la posibilidad de una forma de explotación por desigualdad de apropiación, y reintroduce constantemente la idea de rendimiento óptimo, propia tanto del capitalismo como del socialismo de Estado. Esto explica que Marx pudo decir con claridad que ‘las fábricas cooperativas de los obreros mismos son, dentro de la forma tradicional, la primera brecha abierta en ella, a pesar de que, dondequiera que existan, su organización efectiva presenta… todos los defectos del sistema existente. Pero dentro de estas fábricas aparece abolido el antagonismo entre el capital y el trabajo, aunque, por el momento, solamente en una forma en que los obreros asociados son sus propios capitalistas, es decir, emplean los medios de producción para explotar su propio trabajo (…)”. [83] Y agrega que “el socialismo de Estado es una especie de agrupamiento de cooperativas funcionando según una serie de leyes heredadas del capitalismo y coordinadas con la mano brutal de una burocracia. Los trabajadores son de algún modo ‘sus propios capitalistas’ explotando ‘su propio trabajo’. Reproducen así el tipo de desigualdades características de las relaciones dominadas por la ley del valor, aunque no haya propietarios privados para asegurar esta reproducción”. [84]

En suma: en los países del Este imperaba la ley del valor (así como la naturaleza asalariada del trabajo), y, por tanto, un mecanismo de autoexplotación. Y la evaluación de si estas relaciones tendían a la emancipación del trabajo o significaban nuevas formas de explotación pasaba esencialmente por que los obreros “no se dejaran subyugar por una burocracia todopoderosa”; esto es, no dejen que ésta se apropie del excedente social. Por más que les parezca increíble a muchos “trotskistas”, el propio Trotsky era plenamente consciente de esto cuando afirmaba que “en la lucha por las normas europeas o americanas, los métodos clásicos de explotación, tales como el salario por piezas, se aplican bajo formas tan descubiertas y brutales que los sindicatos reformistas mismos no tolerarían en países burgueses. La observación de que los obreros en la URSS trabajan ‘por su propia cuenta‘ no está justificada sino en la perspectiva de la historia, y diremos que –anticipándonos a nuestro tema– con la condición de que no se dejen subyugar por una burocracia todopoderosa”. [85]

Con esta comprensión, y dentro de su esquema de las cooperativas, dice Naville respecto del rol de la burocracia: “Esta forma de explotación , la experiencia lo indica, es muy propicia a las expoliaciones parasitarias y los fraudes (…) Este tipo de explotación parasitaria es tanto más extendido cuanto extenso sea el campo de relaciones mutuales y cooperativas. Esta explotación, sin embargo, no es orgánica o funcional, puesto que las relaciones de trabajo no la implican obligatoriamente (…) La explotación mutua parasitaria es una forma avanzada de explotación, donde la extracción obligada por las relaciones de trabajo {capitalismo} se transforman en extracción posible por las relaciones de consumo (…)”. [86]

Resulta análogo al caso del administrador (o gendarme) en las cooperativas bajo el capitalismo: puede apropiarse del excedente producido por las figuras cooperantes o puede no apropiarse en caso del imperio de una verdadera democracia obrera y de un efectivo desarrollo de las fuerzas productivas, porque de otro modo, insistimos es mera “socialización de la miseria y vuelta al viejo fárrago” al que se refería Marx. Pues el lugar del administrador burocrático no es el de un propietario capitalista orgánico: “(…) La explotación implica dos fines o, más simplemente, dos condiciones en acción: que algunos acaparen productos en desmedro de otros; que algunos tengan poder de mandar sobre otros, es decir, de imponerles su propia voluntad (…) El socialismo de Estado es un sistema de explotación en el que los elementos de contradicción se sitúan en las relaciones de las categorías sociales cooperantes que se disputan el reparto de la producción (desde el nivel de la empresa al nivel nacional) bajo el arbitraje de una de ellas, elevada poco a poco a nivel de clase despótica. Podemos decir que este sistema, surgido de una forma cooperativa de manejo del capital acumulado, generaliza el fenómeno de explotación, unificando la forma de los intercambios en los terrenos de la producción y el consumo”. [87]

Pero es precisamente el interjuego de estas relaciones sociales de producción lo que tendía a perderse de vista en Trotsky, oscurecido bajo el concepto meramente jurídico de “propiedad estatizada”. [88] Lo propio sucedía con la disociación mecanicista –incluso idealista– de las normas de reparto y distribución de productos del consumo respecto de las relaciones de producción. Porque detrás de las relaciones jurídicas, según el clásico análisis de Marx y los principios teóricos y metodológicos del materialismo histórico, operan y no pueden dejar de operar las relaciones de producción, que son relaciones de hecho, materiales, del absolutamente imprescindible metabolismo social del hombre con la naturaleza. [89]

Al mismo tiempo, como decía Marx en la Introducción a la crítica de la economía política, existe una relación dialéctica entre producción, distribución, cambio y consumo; donde las leyes del reparto y distribución de los productos vienen desde el comienzo condicionadas por la previa distribución de las condiciones de la producción: medios de producción y fuerza de trabajo. Es decir, en manos de quién estén de manera efectiva los medios de producción y dónde estén aquellos que sólo poseen su fuerza de trabajo, los trabajadores asalariados, es decisivo para la posterior distribución de medios de consumo.

“En consecuencia, los modos y relaciones de distribución aparecen sólo como el reverso de los agentes de producción. Un individuo que participa en la producción bajo la forma de trabajo asalariado participa bajo la forma de salarios en los productos, en los resultados de la producción. La organización de la distribución está totalmente determinada por la organización de la producción (…). Según la concepción más superficial, la distribución aparece como distribución de los productos y, de tal modo, como más alejada de la producción y así independiente de ella. Pero antes de ser distribución de los productos, ella es: 1) distribución de los instrumentos de producción; 2) distribución de los miembros de la sociedad entre las distintas ramas de la producción (…). La distribución de los productos es manifiestamente sólo un resultado de esta distribución que se halla incluida en el proceso mismo de producción y determina la articulación de la producción”. [90]

Porque, en definitiva, lo que manda es la distribución de las condiciones de la producción, mientras que el trabajador, en los países del Este, seguía separado de los medios de producción. En ausencia de democracia de los trabajadores, el trabajador entra al proceso de producción sólo como dueño de su fuerza de trabajo, y el burócrata como poseedor efectivo de los medios de producción. Y estas condiciones de producción desiguales en definitiva determinan las desigualdades del intercambio.

Es así que, en último análisis, “la cuestión del derecho de propiedad aparece relacionada y subordinada al concepto de relaciones de producción. Y, más allá de las palabras que se empleen, las relaciones de producción son relaciones de poder efectivas sobre las personas y las fuerzas productivas, antes que relaciones de poder legal. Precisamente, si se analizan las relaciones de producción que fueron impuestas en la URSS surge la inconsistencia de hablar de ‘Estado obrero‘. La propiedad del Estado dejó de ser una herramienta que el conjunto de los trabajadores podían utilizar para avanzar hacia la apropiación social de los medios de producción, y consagró formas imprevistas de apropiación que, sirviendo a la burocracia, mantuvieron al proletariado soviético en condición de clase oprimida y explotada. La cuestión de la propiedad estatal debe ser considerada en su relación con otras categorías centrales del materialismo histórico, superando el enfoque jurídico que se queda en la apariencia de las cosas”. [91]

La burocracia devino así, según la definición del propio Trotsky, la “única capa social privilegiada y dominante” de la sociedad soviética (y de todos los países del Este), encarnando no ya los intereses “objetivos” del “Estado obrero”, sino los suyos propios.

Dicho en otros términos, si bien es incorrecto concebir un Estado proletario ‘platónico‘, obviando la distancia de todo fenómeno real entre norma y hecho, esto no impide asumir criterios básicos para precisar qué fenómeno social es el que tenemos delante, de modo de poder definir un curso de acción para luchar por modificar la realidad. Porque “(…) los términos ‘dictadura del proletariado‘, ‘socialismo‘, ‘comunismo‘, encierran programas y llamados a la acción (…). La única forma de orientarnos en este terreno es establecer una serie de conceptos fundamentales que se derivan de la crítica materialista de la sociedad capitalista y del objetivo de acabar con la sociedad de clases. La dictadura del proletariado plasma, de forma conciente, este programa, y no puede suceder de otra manera, porque de los que se trata es de organizar el tránsito a una sociedad al que se concibe sin clases ni explotación”. [92]

Conclusión

A fines de la década del 30, en el marco de un justo criterio defensista de la URSS respecto de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky parecía listo para evaluar, en función del inmenso acontecimiento histórico que se avecinaba, el destino ulterior de la URSS, cuya definición como Estado obrero consideraba una “categoría histórica al borde de la negación”. Esto era coherente con un aspecto profundo de la teoría de la revolución permanente, basada en la concepción dinámica de ésta: si las conquistas anteriores no son seguidas por otras nuevas conquistas y progresos en el terreno de la revolución internacional e interior, el retroceso y aun la derrota son inevitables. Esta misma concepción había guiado a Lenin y Trotsky a insistir muchas veces, a principios de la década del 20, que estarían dispuestos a “cambiar la revolución rusa por la alemana”. En todo caso, el “Estado obrero contrarrevolucionario”, como lo define en la polémica con la fracción antidefensista del SWP estadounidense, no podía mantenerse de manera indefinida en ese estado de contradicción.

Trotsky lo planteaba en los siguientes términos: “Respecto de Aleksandrova, yo no creo que el problema de la definición de la URSS –“Estado obrero” o no– pueda constituir un obstáculo insuperable para un acercamiento político. En las mismas filas de la IV Internacional, muchos camaradas se levantan contra la definición de la URSS como ‘Estado obrero‘. En la fuente de este rechazo, hay –según creo, en la mayoría de los casos– una ausencia de dialéctica en la manera de abordar los problemas. En lo esencial, esos camaradas tienen sobre la URSS la misma apreciación que nosotros. Pero tienen la tendencia a emplear la categoría de ‘Estado obrero‘ como una categoría lógica o incluso algo ética, y no como una categoría histórica que ha llegado al borde de su negación. Será necesario un acontecimiento histórico de gran importancia, un cambio de situación en la URSS, el derrumbe de la camarilla estalinista, para que esos camaradas digan: ‘sí; hasta ahora teníamos un estado obrero degenerado ‘”. [93]

Con la Segunda Guerra Mundial, este limite histórico se traspasó y, en ausencia de la clase obrera consciente y de corrientes y partidos socialistas revolucionarios, no había forma de que las revoluciones democrático-nacionales y anticapitalistas pudieran ser “objetivamente socialistas”, una contradicción en sus propios términos, como hemos tratado de demostrar a lo largo de este ensayo. Porque en el caso de la revolución socialista, es axiomático para la mejor tradición clásica del marxismo revolucionario que la liberación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos. Esta es la gran lección que dejan las revoluciones de la segunda mitad del siglo pasado para las luchas revolucionarias del porvenir, junto con la de que la liberación de los trabajadores, lejos de ser pura espontaneidad, es un metabolismo complejo en el que la lucha revolucionaria por el poder de la clase trabajadora tiene como requisito indispensable –como aportara Lenin– sus organismos de autodeterminación y el partido de los socialistas revolucionarios.

>>>> A Socialismo o Barbarie (revista) Nº 17/18

Notas:

[1].- Advertimos al lector que este artículo y el siguiente (“La segunda posguerra y el movimiento trotskista”) son orgánicamente un solo trabajo, que ha sido dividido sólo para comodidad del lector.

[2].- Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Buenos Aires, Polémica, 1975.

[3].- Concebimos este artículo como un aporte al balance teórico-programático del marxismo revolucionario, y aclaramos que en modo alguno lo concebimos como un impedimento para la constitución de Socialismo o Barbarie con componentes provenientes de tradiciones diferentes a las nuestras.

[4].- Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, vol. 1, México, Siglo XXI, 1989, p. 15.

[5].- Insistimos en esta idea de condiciones específicas para contraponerla al uso y abuso por parte del trotskismo tradicional de la posguerra del concepto de “excepcionalidad”; utilizado para todo tipo de justificaciones o para realizar teorizaciones ad hoc que justamente dejaban sin explicar estas condiciones “excepcionales”.

[6].- Aquí cabe una discusión acerca de si la perspectiva de una organización internacional revolucionaria pasa por una nueva Internacional revolucionaria o de la refundación de la IV Internacional. En nuestro caso, creemos que esto debe quedar abierto, en función del desarrollo real del proceso de la vanguardia revolucionaria a escala internacional. Para más elementos, ver “Es necesaria una nueva corriente internacional”, en esta edición.

[7].- “La tradición no ha de pesarnos como una pesadilla, impedimento, empacho, objeto de culto y estúpida reverencia (…); pero, por otra parte, la tradición es lo que nos mantiene en la historia, o sea, lo que nos relaciona con las condiciones laboriosamente adquiridas que facilitan el trabajo nuevo y posibilitan el progreso. Y sin esa relación, no se puede ser sino bestias, porque sólo el secular trabajo de la historia nos diferencia de los animales”. Antonio Labriola, Socialismo y filosofía, Buenos Aires, 2004, Antídoto, p. 182.

[8].- Una y otra vez Lenin insistió que el marxismo “no es un dogma, sino una guía para la acción”. En el mismo sentido, tenemos esta extraordinaria observación metodológica de Trotsky: “La teoría no es una letra de cambio que se pueda cancelar en cualquier momento. Si ha fallado, hay que llenar sus lagunas o revisarla. Destaquemos las fuerzas sociales que han hecho nacer la contradicción entre la realidad soviética y el marxismo tradicional. En todo caso, no se puede errar en las tinieblas repitiendo las frases rituales (…) que son una afrenta a la realidad viva”. León Trotsky, La revolución traicionada, Buenos Aires, Antídoto, 1990, p. 125.

[9].- Hay que recordar aquí que en la posguerra se tendió a caracterizar como “revisionistas” a las corrientes que (supuesta o realmente) cuestionaban aspectos del armazón teórico-programático legado por Trotsky. En los dos extremos, al “schachtmanismo” y al “pablismo” –que efectivamente expresaron tendencias a la capitulación al imperialismo y la burocracia estalinista– les cupo este sayo. Las corrientes que se consideraron “ortodoxas” fueron las que se negaron a seguir (desde 1953) los pasos de capitulación del pablo-mandelismo. Creemos que la reacción de estas corrientes contra el “pablismo” fue muy progresiva, pero no en función de alguna “ortodoxia” o “revisionismo” en abstracto, sino sobre la base de consideraciones del “análisis concreto de la situación concreta”, esto es, de las posiciones que cada sector expresaba. Porque, sin duda, se puede capitular tanto siendo “revisionista” como siendo “ortodoxo” (como efectivamente ocurrió en uno u otro momento del proceso). Insistimos: para ambos casos hay sobrados ejemplos en la historia del movimiento socialista y revolucionario. Por razones de comodidad, llamamos al cuerpo central de las corrientes del trotskismo como trotskismo “tradicional“, sin desmedro de las grandes diferencias políticas que las atravesaron.

[10].- Dice Hal Draper: “El hecho sorprendente de este esbozo sobre los orígenes del movimiento está basado en el período de Marx de intensa lectura y estudio acerca de la Revolución Francesa. Este deja completamente afuera todo el espectro de los jacobinos –no sólo Robespierre y Saint Just, sino también Hebert y Marat– en favor de dos tendencias poco conocidas: los social-girondinos, alrededor del ‘Círculo Social‘ y Abbe Fauchet, y el ala revolucionaria de izquierda del ascenso (…) los enragés, que rechazaban el jacobinismo y su dictadura desde la izquierda y desde el punto de vista de las clases trabajadoras (Leclerc, Jacques Roux). Esto es especialmente interesante porque Babeuf y Bounarroti se asumían como jacobinos-robespierristas; pero en los ojos de Marx, su comunismo era una rama especial de las ideas jacobinas. Este es, en verdad, el sentido en el cual uso el término ‘comunismo jacobino‘ para describir la tradición babuvista-blanquista (…) Este hecho ha sido pasado por alto en la literatura marxista desde que la interpretación dominante ha sido fuertemente influenciada por los historiadores ‘robespierristas‘ como Mathiez y fuerzas políticas como el Partido Comunista Francés, incluyendo historiadores capaces como Soboul. Una situación análoga se observa respecto de la Revolución Inglesa: (…) es la visión similar de Cromwell opuesto a los ‘niveladores (Levellers) democráticos, por no hablar de los Verdaderos Niveladores o de los cavadores (Diggers). En Karl Marx Theory of Revolution, vol. III, Monthly Review Press, p. 361.

[11].- Citado en Tony Cliff, Trotskismo después de Trotsky, Londres, Bookmarks, 1999, p. 26.

[12].- Es el caso de las corrientes “autonomistas” inspiradas en los escritos de John Holloway, que plantean que se podría “cambiar el mundo sin tomar el poder”, que tampoco se referencian en la clase trabajadora. En la Argentina, esta posición es característica de movimientos como los MTD Aníbal Verón, de Luis Zamora y de muchos participantes de las “asambleas populares” o integrantes de la vieja vanguardia desmoralizada, a la que han derivado colectivos como la revista Herramienta.

[13].- Sin duda existe un sinnúmero de militantes y dirigentes socialistas revolucionarios de importancia, pero aquí queremos referirnos a los que resumen de una manera más global esta tradición en tanto han sido los principales dirigentes de cada una de esas expresiones. La exclusión de Antonio Gramsci obedece sólo a que aún no lo hemos estudiado lo suficiente.

[14].- Sin embargo, cabe decir que, a pesar de sus límites teóricos y programáticos y del fracaso global del proyecto fundacional que significó el estallido de fines de los 80 y principios de los 90, el morenismo encarnó en la segunda posguerra una de las pocas corrientes que logró mantenerse con un curso en general independiente de los aparatos pequeño burgueses y contrarrevolucionarios, lo que no es un mérito menor, sino uno de sus aportes específicos, positivos y vigentes a la hora del relanzamiento del marxismo revolucionario hacia una nueva síntesis.

[15].- Esto no implica, en modo alguno, alinearse con las corrientes que en las distintas batallas de la IV a partir de su fundación tendieron a posiciones ultraizquierdistas, “antidefensistas” y/o espontaneístas y de renuncia a la construcción de la organización revolucionaría. Varios de esos sectores terminaron perdiendo la brújula y dejaron de discernir la frontera entre revolución y contrarrevolución. Desarrollamos esto en el artículo siguiente.

[16].- Ver al respecto los artículos de J. Bragga y R. Ramírez en esta misma edición.

[17].- No podemos dejar de señalar que compañeros con los que desarrollamos parte de esta elaboración acerca del balance de la ex URSS y de las revoluciones de posguerra terminaron en un curso político liquidacionista y/o en una variante de secta utópica. El primer caso es el de Andrés Romero, que, al perder de vista la relación dialéctica entre la acción espontánea de las masas trabajadoras y el problema de la adquisición de la conciencia y la necesidad del partido, prácticamente se ha pasado a posiciones autonomistas à la Holloway (“Cambiar el mundo sin tomar el poder”) y/o antileninistas como las de Werner Bonefeld y otros. Su prédica antipartidos y su falta de perspectiva de clase –incluso se reemplaza a la clase por el concepto espantosamente pasivo de “víctimas”, proveniente de la reformista Teología de la Liberación– no ha dejado lugar a nada convincente. Esto se expresó de manera palmaria en su completa pérdida de puntos de referencia en el proceso del Argentinazo, en el que todo debía subordinarse al proyecto electoralista de Luis Zamora. Otro sector se sumó a la corriente internacional Utopía Socialista, hegemonizada por Socialismo Revolucionario de Italia, que ha venido teorizando una concepción “antipolítica” y de reemplazo de la centralidad de la clase trabajadora en la revolución por el vago concepto de “sociedad civil”. La pérdida completa del punto de vista de clase de la política revolucionaria los condujo a terminar apoyando movilizaciones reaccionarias de la clase media alta, como las del notorio derechista Juan Carlos Blumberg en Argentina.

[18].- Ver al respecto los artículos de J. Bragga y R. Ramírez en esta misma edición.

[19].- Señalamos someramente algunas de las características distintivas de las revoluciones socialistas (triunfantes y derrotadas) de la primera mitad del siglo: las tres revoluciones rusas (1905; febrero y octubre de 1917), la revolución alemana (1918-9 y 1923), la revolución húngara (1918), el gran ascenso obrero en Italia (1918-1921), la segunda revolución china (1925-7) y la revolución española (1931-9). Estas revoluciones configuraron una serie de experiencias con rasgos propios, marcados decisivamente por el sello que les otorgó la clase trabajadora. En estas condiciones, todas estas revoluciones, más allá de sus diferencias y desarrollos desiguales,           se caracterizaron por tener en el centro la acción y los métodos de lucha del proletariado, el desarrollo fuertísimo de tendencias de democracia de los trabajadores y de lucha de tendencias políticas, en el marco más general de la expansión, en los cincuenta años anteriores, de elementos de una cultura obrera y socialista ampliamente extendida.

[20].- Al respecto, dejamos anotada una observación metodológica de Naville que nos parece completamente apropiada para la posguerra: “(…) el período actual es poco propicio, en razón misma de su carácter transitorio y de las mutaciones aceleradas, a una formalización del tipo de la que elabora Marx en 1850. Por emplear un vocabulario proveniente de los saintsimonianos, estaríamos en una época crítica, y no orgánica. Los períodos críticos se ajustan menos que los otros a la elaboración de un modelo global, formalizado. Hace falta que un modelo se apoye sobre una realidad orgánica y constituya un conjunto funcional bien definido e incluso estable por un largo período de tiempo (…) ¿Tiene este aspecto orgánico la época actual? (…) Es justamente eso de lo que carece”. Pierre Naville, El salario socialista, volumen 2, p. 27. Esta notable observación metodológica nos da una pista de cómo se debían afrontar los fenómenos “híbridos” y “transitorios” de la posguerra. La dialéctica materialista de Naville echa así por tierra el escolasticismo del modelo de una economía que sólo podría ser “obrera o burguesa”.

[21].- León Trotsky, La revolución permanente, La Paz, 1989, Crux, pp. 72-73.

[22].- León Trotsky, El Programa de Transición, La Paz, 1989,Crux, p. 60.

[23].- Esto no implica que en la posguerra no haya habido revoluciones con características distintas. Por el contrario, la revolución boliviana de 1952 fue una de las más importantes y con características “clásicas”, esto es, verdaderamente obrera y socialista. Pero terminó en una derrota, a la que contribuyó también la política capituladora del trotskismo pablista, que apoyó al gobierno nacionalista burgués del MNR. También siguió patrones “clásicos” la revolución portuguesa de mediados de los 70, así como –en general– el ascenso de fines de los 60 y principios de los 70 en América Latina y Europa Occidental. En todos los casos, lamentablemente, estas revoluciones o procesos revolucionarios fueron derrotados.

[24].- Como decíamos hace ya varios años: “(…) a la luz de las deformaciones del Estado soviético y de su degeneración total posterior, debemos reafirmar más que nunca el carácter de la dictadura del proletariado, en relación a las propias masas trabajadoras, como representación de la máxima democracia obrera, de la ‘clase obrera organizada como clase dominante’, tendiendo a la máxima actuación de las masas (…) en la dirección y administración de todos los asuntos del Estado proletario. Esto se liga (…) con el carácter de la dictadura del proletariado, que, desde el comienzo, debe ser solamente un ‘semiestado proletario‘, un Estado constituido de tal forma que ‘comience inmediatamente a desaparecer y no pueda dejar de desaparecer‘, tendiéndose a la abolición de todo Estado, de toda institución permanente por encima de los trabajadores. Esto es, tendiéndose a la reabsorción de las funciones del Estado por la sociedad trabajadora, proceso que en concreto irá de la mano de y estará marcado por el ritmo de la revolución internacional y de la transición al socialismo en el terreno económico-social, en una combinación no lineal sino contradictoria.

“(…) Intrínsecamente ligado a lo anterior (…), la transición debe tender a la liquidación del trabajo asalariado. Esta liquidación del trabajo asalariado, que subsistió en la Rusia soviética por su atraso económico y la presión del imperialismo, pero también posteriormente por la propia degeneración burocrática del Estado obrero, es una tarea gradual pero absolutamente de principio, que el estalinismo también oscureció, justamente porque se basó en la lisa y llana explotación del trabajo como fuente de sus privilegios. Y esta pelea por su liquidación y por organizar el conjunto del trabajo sobre nuevos principios y objetivos es absolutamente de principios justamente porque debe significar la revolución a nivel del propio proceso concreto de producción inmediato. (…) No se debe olvidar que (…) Marx y Engels identificaron como la tarea específica más importante de la revolución la liquidación de la base económica de toda explotación y opresión del hombre por el hombre”. En Roberto Sáenz, “Problemas del Estado soviético según la visión de Lenin”, Crítica marxista revolucionaria, 1993. Como hemos dicho, son estas tendencias las que estuvieron ausentes en los estados no capitalistas de la posguerra.

[25].- Respecto del sentido y el significado de un verdadero proceso de transición, veamos esta aguda observación: “Una de las respuestas que tradicionalmente dieron Trotsky y sus seguidores a quienes criticaban la caracterización de la URSS como Estado obrero fue que a lo largo de la historia no siempre la dominación de clase ha coincidido con el grupo social que ejerce el poder estatal. Para Trotsky, la dominación de clase se ejercía indirectamente a través de la burocracia, excrecencia parasitaria (…) Sin embargo, como apuntamos en la critica a las posiciones de Trotsky, el argumento es abstracto si no nos cuestionamos hasta qué grado el ejercicio del poder por una fracción de clase, o por cualquier grupo social, efectivamente apunta al fortalecimiento –por lo menos en un sentido histórico– de la clase que se supone dominante (…) cuando una clase tiene el poder, lo que se hace a través del Estado incide de manera positiva sobre la reproducción de las relaciones de producción de las cuales esa clase es portadora dominante. En cambio, cuando esa acción estatal va sistemáticamente en contra del afianzamiento del poder de esa clase que se suponía dominante, se ha producido un cambio en la naturaleza de clase del Estado”. Rolando Astarita, “Relaciones de producción y Estado en la URSS”, Debate Marxista, 1998.

[26].- Manuel Martínez, “Crítica de las revoluciones objetivas (apuntes)”, mimeo, capítulo V, pp. 7-14. Aunque tenemos coincidencias con este texto, también sostenemos importantes diferencias, sobre todo en lo que hace a la incorrecta caracterización de las revoluciones como, en primer lugar, “burocráticas”, lo que sugiere la equivocada idea de que no se trataba de procesos genuinos, más allá de sus límites y naturaleza.

[27].- León Trotsky, “Estado obrero, Termidor y Bonapartismo”, 1º de febrero de 1935, en Escritos, tomo VI, Bogotá, Pluma, 1979.

[28].- Perry Anderson, El Estado absolutista, México, Siglo XXI, 1985, p. 413.

[29].- El propio Trotsky subraya este ángulo muchas veces en sus escritos de fines de los 20 y principios de los 30: “En un país donde los medios de producción fundamentales son propiedad del estado, la política de la conducción gubernamental juega en la economía un papel directo y, en cierto periodo, decisivo. Por lo tanto, la cuestión se reduce a si la dirección es capaz de comprender la necesidad de un cambio de política y si está en posición de llevar a cabo ese cambio en la práctica. Volvemos así al problema de determinar hasta qué punto el poder del Estado sigue en manos del proletariado y sus partidos, es decir, hasta qué punto el poder del Estado sigue siendo el de la Revolución de octubre. No se puede responder a este interrogante a priori. La política no se rige por leyes mecánicas. La fuerza de las distintas clases y partidos se revela en la lucha. Y la lucha decisiva todavía no se ha librado”. “Prólogo a La revolución desfigurada” (1929), Escritos, tomo II.

[30].- R. Astarita, op. cit. Por otra parte, si bien Astarita hace una serie de observaciones de contenido y metodológicas útiles respecto de las revoluciones de posguerra y la transición, en donde se resiente su abordaje es cuando, apelando a un modelo de análisis tributario de Ernest Mandel, pierde de vista el fundamento material de la propia teoría de la revolución permanente. Esto es, el continuado imperio de la ley del valor en las sociedades no capitalistas, así como la subsistencia del trabajo asalariado y la producción de una plusvalía estatizada mediante formas emparentadas (aunque no iguales) a las del capitalismo.

[31].- Este viraje se concreta en el ya citado artículo “Estado obrero, Termidor y bonapartismo”, donde Trotsky anuncia la consumación del Termidor (término tomado de la revolución francesa, en el sentido de restauración reaccionaria) en la URSS, pero sólo en el terreno político, no social, por lo que la URSS mantenía su carácter de Estado obrero.

[32].- Ese cuidado metodológico se reitera una y otro vez a lo largo de las décadas del 20 y el 30, y creemos que era correcto, porque una evaluación más de conjunto sólo podía hacerse a posteriori de acontecimientos decisivos de la lucha de clases, que para Trotsky no serían otros que los de la Segunda Guerra Mundial en ciernes.

[33].- Michel Pablo, Gerry Healy, Pierre Lambert, Ernest Mandel y Nahuel Moreno, es decir, los principales dirigentes del movimiento trotskista en la posguerra, estuvieron atravesados por este objetivismo, de una magnitud sin precedentes en la tradición anterior.

[34].- Una mirada similar de la génesis del objetivismo es la de M. Martínez (op. cit.): “(…) puede decirse que el problema parte de una interpretación cerrada y absoluta de la categoría del propio Trotsky, que definió firmemente el carácter obrero del Estado soviético (…) sólo por la permanencia de la propiedad estatal de los medios de producción. A partir de esta definición, tomada como genérica, la mayoría del movimiento trotskista relativizó casi absolutamente los factores subjetivos. La aplicación cerrada y genérica de la categoría de Trotsky, en efecto, sólo se basaba en un hecho objetivo: la propiedad estatal de los medios de producción, tomándola como propiedad estatal en sí supuestamente progresiva”.

[35].- H. Camarero, J. Dutra, A. Méndez y A. Romero, “Problemas de la revolución y el socialismo“, en Construir otro futuro, Buenos Aires, Antídoto, 2000, pp. 87-88.

[36].- C. Rakovsky, Los peligros profesionales del poder, en www.mas.org.ar.

[37].- En las condiciones de comienzos del siglo XXI, de mundialización del capital y derrumbe del aparato estalinista, no hay ninguna posibilidad que la tarea de la expropiación sea llevada a cabo por otra revolución que no sea la encarnada por la clase trabajadora, sus organismos y partidos, la revolución genuinamente obrera y socialista.

[38].- En Yugoslavia, el sujeto político de la revolución fue un partido-ejército de tipo estalinista, y su sujeto social, las masas explotadas rurales y urbanas. En China (como luego en Vietnam y Corea del Norte), el proceso fue igualmente dirigido por un partido-ejército estalinista al frente de una revolución campesina. En el caso de Cuba, la revolución fue hecha por un movimiento armado pequeño burgués –que sólo posteriormente se integró al aparato estalinista internacional– conduciendo una revuelta popular policlasista.

[39].- Virginia Marconi, China, la larga marcha, Buenos Aires, Antídoto, 1999, pp. 87-88. También podría decirse que el partido- ejército tenía la forma de “partido-movimiento”, en el sentido de que al administrar porciones de territorio y pequeñas urbes, incluyendo la organización de la producción, adquiría (aunque a escala mucho mayor) formas análogas a las de los movimientos sin tierra y de desocupados de hoy.

[40].- León Trotsky, Peasant War in China and the Proletariat, 1932. Tomado del Leon Trotsky Internet Archive (www.marxist.org), 2003.

[41].- El criterio metodológico de Trotsky debería servir de alerta a tantos teóricos del “piqueterismo” en el Argentinazo, así como de explicación del surgimiento de caudillos al frente de estos movimientos al estilo de Raúl Castells, que no casualmente se identifica con el pensamiento de Mao Tse Tung.

[42].- Citado en V. Marconi, op. cit., p. 71

[43].- L. Trotsky, Peasant War…, cit.

[44].- Sin embargo, considérese esta observación de Trotsky: “El centrismo burocrático, como centrismo, no puede tener un punto de apoyo de clase independiente. Pero en su lucha contra los bolcheviques-leninistas está obligado a buscar apoyo de la derecha, i.e., de los campesinos y la pequeño burguesía, contraponiéndolos al proletariado”, Peasant War…, cit.

[45].- V. Marconi, op. cit., pp. 77-8.

[46].- Le Monde diplomatique, versión en castellano, Nº 64, octubre 2004.

[47].- Peasant War..., cit. No casualmente, Peng Shuzhi (fundador del PC Chino y de la Oposición de Izquierda junto con Chen Tu Siu) enfrentó la capitulación al estalinismo de Michel Pablo en el III Congreso de la IV Internacional (1951): “El Congreso no votó un texto sobre la revolución china, y se limitó a escuchar el informe de la comisión presentado por el camarada Peng Shuzhi (…) Allí estuvo, sin ninguna duda, la mayor laguna del Congreso (…) El largo informe de Peng (…) evaluaba que China seguía siendo un Estado burgués incluso luego de la victoria revolucionaria de octubre de 1949; y que existía en China una dictadura jacobina pequeño-burguesa (…) A sus ojos, tres perspectivas eran posibles: 1) retorno a una dictadura burguesa; 2) posibilidad de un desarrollo hacia la dictadura del proletariado bajo ciertas condiciones especiales; 3) posibilidad de una situación semejante a la del ‘Glacis’ (excepto el ejemplo de Yugoslavia), esto así, de asimilación a la URSS; y esta tercera perspectiva es la más probable”. En Los Congresos de la IV Internacional, París, La Breche-PEC, 1989, p. 112. Ubicación más meritoria aún por venir de uno de los principales dirigentes de la oposición de izquierda en China y que sostenía la posición “oficial” de la URSS como Estado obrero.

[48].- Es el caso, especialmente, del PO de Argentina, que considera al movimiento piquetero, en tanto dirigido en algunas de sus expresiones por corrientes socialistas, como constituyendo por sí mismo un movimiento socialista, lo que es a todas luces un despropósito.

[49].- Nahuel Moreno diferenciaba entre revoluciones socialistas “inconscientes” y “conscientes” para diferenciar las revoluciones de la posguerra respecto de la de octubre de 1917. En el texto que sigue criticamos esta concepción, que constituye por otra parte una matriz común de corrientes como el PSTU de Brasil y el MST argentino, basada (aunque, justo es decirlo, vulgarizándola al extremo) en esa reelaboración equivocada de Moreno de la teoría de la revolución permanente. Por ejemplo, el MST vio en el Argentinazo lisa y llanamente una “revolución obrera y socialista”, y la misma evaluación hizo el PSTU del Octubre boliviano en 2003.

[50].- Moreno resumía esto, según una célebre expresión, diciendo que “la realidad había sido más trotskista” que las propias previsiones de Trotsky.

[51].- Es allí donde se hace notar la presencia de la clase trabajadora, con sus hábitos, métodos y tradiciones de lucha colectiva que vienen de la base material, esto es, determinados por las condiciones en que trabajan y forman su carácter ciertos elementos distintivos de la clase que, en ausencia de ésta, lógicamente, no entran en la escena histórica.

[52].- Osvaldo Garmendia, Crítica a Nahuel Moreno desde el trotskismo, 1991, mimeo, versión corregida en 1995.

[53].- Suele olvidarse que la visión de Preobrajensky tenía fuertes elementos objetivistas y economicistas. Cuando en su por otra parte valioso trabajo La nueva economía (1926) teoriza sobre una competencia casi objetiva entre la “ley del plan” y la ley del valor en la economía soviética, abre la puerta a que la burocracia aparezca como “agente objetivo” de las necesidades del Estado obrero. Esto se ha demostrado completamente equivocado: no hay “ley del plan” que por sí misma pueda expresar los intereses de la clase obrera en el seno de la economía de transición. Para que la planificación flexible esté realmente al servicio de la clase trabajadora, ésta debe tomarla en sus manos de manera efectiva y consciente.

Consideremos, en contraste, el punto de vista de Trotsky al respecto: “El análisis de nuestra economía desde el punto de vista de la interacción (tanto en sus conflictos como en sus armonías) entre la ley del valor y la ley de la acumulación socialista es en principio un enfoque extremadamente provechoso; más precisamente, el único correcto (…) Pero ahora hay un peligro creciente de que este enfoque metodológico sea convertido en una perspectiva económica acabada que prevea el ‘desarrollo del socialismo en un solo país‘. Hay motivos para esperar, y temer, que los seguidores de esta filosofía, que se han basado hasta ahora en una cita mal entendida de Lenin, van a tratar de adaptar el análisis de Preobrajensky convirtiendo un enfoque metodológico en una generalización para un proceso casi autónomo (…) La interacción entre la ley del valor y la ley de la acumulación socialista debe ser puesta en el contexto de la economía mundial. Entonces, quedará claro que la ley del valor que opera dentro del marco limitado de la NEP está complementada por la creciente presión externa de la ley del valor que domina el marcado mundial y que se está volviendo cada vez más fuerte”. León Trotsky: “Notas sobre cuestiones económicas” (1926), en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición. Compilación de escritos de León Trotsky, Buenos Aires, CEIP, 1999, p. 365. Evidentemente, fue el propio Preobrajensky quien se desbarrancó por la pendiente de esta “filosofía objetivista” que apuntara Trotsky.

[54].- Consideramos que esta especificidad de la segunda posguerra difícilmente se repita. La ubicación mundial de la burocracia en ese momento histórico era realmente excepcional en virtud del grado de independencia de que gozaba, al estar al frente de inmensos Estados sin tener a su lado una clase realmente propietaria. En el momento presente, en caso de reiniciarse una dinámica de revolución que apunte a la expropiación de la burguesía, sólo vemos posible esta tarea encarada por la clase obrera. No hay otro sector social que puede llevarla adelante, y menos aún en las condiciones del imperialismo en su fase de mundialización.

[55].- La realización distorsionada de estas tareas en manos de la burocracia replanteó a la postre, en otras condiciones, nuevas relaciones de opresión y explotación. Insistimos que este es el caso –por ejemplo– de la cuestión nacional en los países del Este europeo, pero también de los desastres provocados en el campo por la colectivización forzosa en Rusia o el “gran salto adelante” a fines de los 50 en China. De todos modos, el registro histórico-concreto de estas experiencias requeriría de otro tipo de abordaje que no estamos en condiciones de desarrollar aquí.

[56].- Le Monde diplomatique, ed. en castellano, Nº 64, octubre 2004.

[57].- “¿Qué modificar y qué mantener en las tesis del II Congreso Mundial sobre la cuestión del estalinismo?”. En Los Congresos de la IV Internacional, cit., p. 58.

[58].- Idem, p. 55. Queda claro que en Europa del Este (sin ningún tipo de revolución), así como en China, Yugoslavia, Vietnam y Cuba, donde las acciones de masas tomaron la forma de movimiento revolucionario, la revolución se hizo desde afuera y sin participación alguna de la clase trabajadora. El “criterio principal” que estamos señalando, el progreso en la organización y conciencia de la clase obrera, no se verificó en absoluto.

[59].- Rosa Luxemburgo, “¿Desgaste o lucha?”. En Debate sobre la huelga de masas, México, Pasado y Presente, 1975, p. 164.

[60].- Rosa Luxemburgo, “La teoría y la praxis”, idem, p. 244.

[61].- Ahora mismo tenemos el ejemplo de muchas fábricas cooperativizadas en Argentina, que aun de manera distorsionada son una inmensa conquista frente a la catástrofe económica en la que estuvo sumido el país, pero que van siendo reabsorbidas bajo una orientación absolutamente economicista.

[62].- “A un siglo del ¿Qué Hacer? de Lenin”. Roberto Sáenz, SoB 15. En un sentido similar dice Jorge Sanmartino: “Porque aunque la clase trabajadora sea capaz de elevarse muy por encima del sindicalismo, y lo demostró a lo largo de todo el siglo XX, no sólo en la experiencia del soviet de 1905 o 1917, sino en la experiencia de los consejos de Turín (…), el consejismo alemán, (…) o las experiencias de los años ‘70 (…), ninguna de estas experiencias de autoorganización puede reemplazar el papel centralizador de la experiencia histórica, el programa y la teoría marxista, de la que sólo pueden ser portadores los partidos revolucionarios. En última instancia, si algo caracterizó al pensamiento de Lenin y conserva hoy toda su vigencia es la distinción entre la clase trabajadora (…) y el partido revolucionario. Una distinción que implica también una separación –siempre relativa– entre el campo específicamente político y el campo social, incluida la lucha de clases que surge a consecuencia de la disputa espontánea por el reparto de la plusvalía (…) con todas las criticas que podamos hacerle, D. Bensaïd tiene razón cuando sostiene que las relaciones sociales de fuerza no tienen un traducción automática en el terreno político. De hecho, este terreno tiene su independencia relativa y es un campo específico”. En “Contribución al rearme teórico y político del PTS”, en el folleto “Debate al interior del PTS. Fundación de Socialismo Revolucionario”, Buenos Aires, 2004.

[63].- Por poner un ejemplo, ahí esta el desastre de la cuestión democrático-nacional en todo el Este de Europa, llevada hoy al paroxismo por la restauración lisa y llana del capitalismo, pero también por la desastrosa herencia estalinista.

[64].- Moreno definió equivocadamente y de manera reduccionista, durante los 80, que lo que caracterizaría al trostkismo sería la “democracia obrera”, la “revolución internacional” o la “centralidad de la clase obrera”. Entre otros, O. Garmendia criticó correctamente esta concepción, en la medida en que, tomados de manera aislada, estos elementos no hacen a una teoría específica de la revolución.

[65].- Expresión, que sepamos, acuñada por los compañeros de Socialismo Revolucionario de Italia.

[66].- En este sentido, tomamos la crítica de Pierre Naville a Bruno Rizzi, polémica desarrollada hacia fines de los 50 y principios de los 60: “Rizzi fue el primero en haber presentado una concepción sistemática de la ‘burocratización‘ de la economía, y en consecuencia de la apropiación orgánica del sobreproducto social por una clase de burócratas (…) la burocracia de Estado es una clase explotadora sui generis (…). mi objeción es que este análisis superficial deja sin explicación el mecanismo de la producción y apropiación de la plusvalía, e incluso el de la repartición de la ganancia (…). A pesar de los cambios en sus sucesivas exposiciones, Rizzi no ha explicado nunca en qué consiste la ‘explotación burocrática’ salvo por referencias históricas (analogía con la servidumbre feudal), o descripciones externas”. Naville, cit., volumen 3, pp. 263-4.

[67].- Construir otro futuro, p. 112.

[68].- C. Rakovsky, cit..

[69].- C. Rakovsky, “Declaración en vista al XVI Congreso del PCUS” (12-4-1930). En A. Romero, Después del estalinismo, cit.

[70].- León Trotsky, La revolución traicionada, pp. 233-4. Resulta palmario que fue exactamente éste el rumbo de los acontecimientos históricos a lo largo de décadas de dominio de la burocracia sobre estos estados hasta la caída del Muro.

[71].- Andrés Romero, Después del estalinismo, p. 121.

[72].- Idem. Agrega Romero, citando a Henri Lefebvre: “La burocracia ¿es o no una clase? Falso problema. No existen ‘clases ‘ definidas estáticamente (…) Considerada dinámicamente, la burocracia: a) se refuerza con el Estado, a costa de otros estratos y clases, incluida la clase obrera (…); b) deviene, como Hegel lo previera, no un simple ‘estrato ‘ en el edificio social y político, sino el soporte-producto del Estado moderno (…); c) se identifica con el núcleo central de la clase media, a la que fortalece y refuerza rodeándola con un denso tejido social; d) se diferencia en estratos y sedimentos, sin perder por ello su función global: soporte e instrumento, productos en cuanto tales, del Estado”. Y añade: “Puede afirmarse que la burocracia tiende a constituir una realidad socio-política propia, a autonomizarse respecto al conjunto de la sociedad. Pero no alcanza a constituirse en clase”. Cit., p. 122.

[73].- Paradójicamente, casi toda la “ortodoxia” pasó por alto la advertencia de Trotsky de que “(…) las relaciones de propiedad establecidas por la revolución socialista están ligadas indisolublemente al nuevo Estado, que es su portador. El predominio de las tendencias socialistas sobre las tendencias pequeño-burguesas está asegurado no por el automatismo económico, del cual estamos todavía lejos, sino por la potencia política de la dictadura. El carácter de la economía depende, pues, enteramente del carácter del poder”.

[74].- L. Trotsky, La revolución permanente, pp. 7 y 11.

[75].- Cabe subrayar que Nahuel Moreno tenía en alta estima el trabajo de Naville, más allá de que, hasta el final de su vida, permaneció fiel a la definición de la URSS y los países del Este como Estados obreros.

[76].- Trotsky, hasta su muerte, se negó a aceptar que en la URSS se estaban comenzando a desarrollar relaciones de explotación (por eso habla de “expoliación”), que fue a nuestro entender lo que finalmente ocurrió, por más que estas relaciones de explotación no fueron orgánicas y no dieron lugar a una nueva clase explotadora, como sostenían los defensores de las teorías del colectivismo burocrático y del capitalismo de Estado.

[77].- En la década del 20 se desarrolló una riquísima y muy educativa discusión acerca de este problema; para una profundización al respecto, remitimos a Naville, El nuevo Leviatán, vol. 3.

[78].- Construir otro futuro, p. 111.

[79].- P. Naville, El nuevo Leviatán, tomo 2, capítulo 5, pp. 7-8.

[80].- Sólo esta planificación flexible basada en la más amplia democracia de los trabajadores es la verdadera introducción del principio de “racionalidad” en la producción al que se refieren, por ejemplo, los compañeros del PTS. Sobran ejemplos ilustrativos de que en la URSS, ante la total ausencia de esta democracia de los trabajadores, la planificación, más que introducir elementos de racionalidad, generaba mecanismos absurdos e irracionales de gestión sólo para alcanzar formalmente las metas del plan burocrático.

[81].- P. Naville, cit., tomo 2, capítulo 3, pp. 150-152.

[82].- Trotsky, en su crítica al primer plan quinquenal, distinguía en las relaciones de producción de la sociedad transicional –aunque nunca desarrolló hasta el final este ángulo desde el punto de vista teórico– tres elementos: el dinero, la planificación estatal y la democracia de los trabajadores. Por supuesto, esto implica partir de reconocer el imperio de la ley del valor, que para Trotsky, en oposición al voluntarismo estalinista de los 30, operaba “no menos, sino más” que antes de la revolución. Y aunque su formulación no fuera tan sistematizada o taxativa, es indudable que para Trotsky la planificación consciente y la democracia de los trabajadores eran parte esencial de las relaciones sociales de producción.

[83].- El capital, tomo III, en El nuevo Leviatán, cit.

[84].- P. Naville, idem, p. 152.

[85].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 104.

[86].- P. Naville, cit., p. 156.

[87].- Idem, p. 159.

[88].- Aunque de manera descriptiva, en La revolución traicionada (capítulo IX) Trotsky mostraba las diferencias materiales y de hecho que subsisten entre el dignatario (para el que la propiedad jurídica es todo) y la criada, para la que, en el límite, no era nada. Porque la estatización sólo había cambiado su situación jurídicamente pero no realmente.

[89].- En el universo categorial de Trotsky para el análisis del estado soviético se habla constantemente de las relaciones del reparto y de las fuerzas productivas. Pero queda ausente en lo conceptual, si bien no en la descripción, el análisis de las relaciones de producción, que son las que necesariamente estructuran en toda sociedad la relación metabólica de producción material del hombre con la naturaleza. La combinación de fuerzas productivas y relaciones de producción constituye el núcleo del modo de producción, en tanto base material de la sociedad, si bien, en el sentido histórico del término, los países del Este no conformaron un tipo ideal de modo de producción, sino que constituyeron formaciones sociales no capitalistas híbridas y desigualmente desarrolladas.

[90].- Karl Marx, Introducción general a la crítica de la economía política (1857), pp. 45-50. México, Pasado y Presente, 1984.

[91].- Construir otro futuro, p. 115.

[92].- R. Astarita, cit.

[93].- León Trotsky, “Cuestiones del trabajo ruso”, 17-2-39. Oeuvres, Tomo XX, París, ILT, 1980, p. 135.

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