Por Patricia Pérez (Las Rojas), Revista SoB 23-24, diciembre 2009

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“Para cambiar las condiciones de la vida, debemos aprender a verlas con los ojos de las mujeres”. León Trotsky, Problemas de la vida, 1924.

 Introducción

Los delirantes golpistas hondureños publicaron en los diarios que los gobiernos comunistas de Chávez y Zelaya se proponían estatizar a los niños. Si esta vieja idea de que los comunistas le expropian los hijos a la gente se propagó alguna vez para provocar el horror de las buenas personas, apostamos a que hoy cualquier medida en ese sentido sería recibida con un gran aplauso por muchísimos niños del tercer mundo, necesitados desesperadamente de que la sociedad encuentre el modo de hacerse cargo de ellos.

Uno de los éxitos del capitalismo ha sido lograr que la reproducción de la fuerza de trabajo siga siendo realizada como trabajo esclavo por la mujer. Lo logra mediante una enorme presión cultural, y quitándole a la mayoría de las mujeres la posibilidad de independencia económica. Sobre esta base de desigualdad se instituye la familia. Pero cuando la crisis arroja a la miseria a capas cada vez mayores de trabajadores, con sus secuelas de descomposición social, violencia y abandono, esta desigualdad se vuelve la base del femicidio que recorre el planeta.

La familia se ha vuelto el lugar más peligroso del mundo. Esto quiere decir que, salvo situaciones de guerra, más personas son agredidas dentro de su casa por un miembro de su familia que por un extraño en un sitio público. De estas personas, 78% son mujeres y 18% niños.

Sin embargo, la ofensiva en defensa de la familia, contra los derechos de las mujeres y las minorías sexuales, liderada por la iglesia y sectores de la derecha política, va trascendiendo el ámbito de las misas y pasando a la lucha política directa[1]. Acuciado por la crisis mundial, el capitalismo intenta disminuir los gastos del Estado (empezando por el que tuvo que hacer en Latinoamérica para contener las rebeliones de comienzos de siglo) trasladando la responsabilidad por los efectos sociales de la crisis desde el Estado al ámbito privado, a la familia, así las lacras de la descomposición social, en vez de costar dinero, costarán sólo la vida de los más débiles y la ruina física y psicológica de los demás.

Los gobiernos progres de Latinoamérica facilitan esta operación. Sus políticas sociales no han modificado en nada la situación de las mujeres en la sociedad. La reactivación económica, mientras duró, no las sacó de la desocupación o el trabajo informal y peor remunerado; el derecho al aborto les fue negado y las políticas de salud reproductiva no han tenido efecto sobre la cantidad de muertes por aborto clandestino; los mecanismos policiales y judiciales se han demostrado absolutamente incapaces de combatir o prevenir la violencia contra las mujeres; ninguna estadística mide la desocupación de las mujeres; ningún plan de trabajo o vivienda las tiene como objetivo preferencial, y ningún plan estatal significativo incluye la creación masiva de guarderías.

Y en tanto no surja un movimiento de lucha de las mujeres capaz de imprimir su sello propio en el movimiento obrero y popular, las cosas seguirán así.

La situación del movimiento de mujeres en la Argentina

Esta falta de fuerza del programa propio del movimiento de mujeres entre los de las luchas populares, parece contradictoria en un mundo en que, a cualquier lado donde mires, hay algo “de género”: comisiones de género, secretarías de género, cátedras de género, ONGs de género, y un sector dedicado al género en todas las librerías.[2] Y aún más en la Argentina, donde miles de activistas sociales, gremiales y políticas se encuentran cada año en el Encuentro Nacional de Mujeres con las militantes de todas las corrientes del feminismo.

Este Encuentro comenzó a realizarse hace 25 años como un espacio de intercambio y debates de la militancia feminista. Alrededor del 2000, al calor de las luchas del Argentinazo, el Encuentro se llenó de mujeres de los movimientos sociales, jóvenes activistas estudiantiles y luchadoras gremiales. El encuentro entre la militancia feminista histórica y esta vanguardia de decenas de miles de activistas, era más que propicio para dar a luz un fuerte movimiento de lucha de las mujeres.

Desde ese momento comenzó una pelea política al interior del Encuentro. Los años de derrota y la cooptación por parte del Estado habían hecho su trabajo en las corrientes feministas históricas, que ya habían renunciado a la movilización como método para conseguir sus demandas; la ampliación de la vanguardia de lucha de mujeres provocada por el ascenso del movimiento popular, sólo les produjo temor a que “su” Encuentro fuera “copado por los partidos de izquierda”. Su pelea desde entonces consiste en mantener “el espíritu del Encuentro”, o sea mantenerlo como un espacio de reunión y debate, pero bloqueando la posibilidad (abierta objetivamente por la irrupción del Argentinazo) de que las miles de mujeres de todo el país que concurren allí puedan decidir una acción nacional permanente en común[3]. Esta negativa, en realidad, se extiende a todas las acciones del movimiento fuera del Encuentro, porque han llegado a levantar actos y asambleas convocados por ellas cuando concurrían las mujeres de la izquierda.

El PCR, que maneja mayoritariamente el aparato de organización de los Encuentros, adhiere a esta política: aunque ha construido un frente de masas en el movimiento de desocupados (la Corriente Clasista y Combativa), no tiene ningún interés en masificar la lucha feminista (como no lo tiene con ningún aspecto de la lucha política que tenga que ver con el desarrollo de la conciencia, según corresponde a todo buen partido estalinista) y sí mucho interés en mantener este aparato bajo su exclusivo control. Su gran aporte político a estos esfuerzos por evitar que los Encuentros se transformen en el congreso unificador de un movimiento de lucha de las mujeres, se relaciona con su histórica alianza con la iglesia católica. Con la excusa de que “damos la bienvenida a todas las mujeres, creyentes y no creyentes”, utilizan la participación de las militantes católicas en los talleres para darle cuerpo a esa “minoría a la que no hay que obligar”, minoría que sin las católicas sería prácticamente inexistente en cuestiones como el derecho al aborto y la anticoncepción, por ejemplo.

¿Cuál es la trampa de fondo del funcionamiento por consenso? Si se tratara, como al comienzo, de encuentros feministas, tendría más sentido (relativamente) funcionar por consenso, ya que damos por sentado que las asistentes tenemos alguna base ideológica y algún objetivo comunes. Pero cuando el Encuentro se masifica y se convierte en campo de lucha de todas las corrientes políticas del país, incluyendo el Estado y la Iglesia (es decir, incluyendo a mortales enemigos de los derechos de las mujeres), el consenso queda objetivamente bloqueado, y mantener la ficción del consenso sólo logra que una ínfima minoría imponga su voluntad a la enorme mayoría. Y la voluntad del Estado y la iglesia es, justamente, lograr la parálisis de un movimiento que, al calor del levantamiento popular primero y de la crisis capitalista ahora, amenaza con cobrar fuerza y gran legitimidad popular, y que si se radicaliza puede constituirse en un elemento revolucionario. La burocracia feminista se alía con los estalinistas en cumplir con esta voluntad de la clase dominante, a cambio de que le dejen un lugarcito donde medrar en las instituciones del régimen.

A esto vino a sumarse la corriente queer que analizamos en la primera parte de este trabajo, con su ideología de fragmentación de la mujer en infinitas identidades, cristalizada en infinidad de pequeños grupos que no pueden unirse en una lucha en común so pena de “diluir” su especificidad en el movimiento general.

Las Rojas venimos dando pelea para que en los Encuentros se decida un plan de lucha nacional por el derecho al aborto, denunciando la complicidad del Estado en la trata de mujeres y en la violencia llamada “doméstica”, por la unidad del movimiento de mujeres con las luchas obreras, todo en el camino de construir un movimiento feminista de lucha, independiente del Estado y aliado al movimiento obrero y popular.

Las Rojas se fue construyendo en esta pelea tratando de responder a dos necesidades. Una, más estratégica, tiene que ver con el relanzamiento de la lucha por el verdadero socialismo después de que éste ha sido tan bastardeado y ensuciado por los años de dominación estalinista, y oscurecido por las deformaciones del trotsquismo de la segunda posguerra. A nuestro juicio, el socialismo no tiene que ser visto como una mera transformación en las relaciones de propiedad, sino como un revolucionamiento de todas las relaciones de opresión, y entre éstas la opresión de género ocupa un primerísimo lugar, no sólo porque las mujeres somos la mitad de la humanidad, sino también porque a través de la institución familiar se reproducen y se naturalizan todas las relaciones de opresión del sistema.

La otra es una necesidad política, más inmediata pero muy importante. En los intentos de los ideólogos del capitalismo pos caída del muro por crear teorías opuestas al clasismo y al marxismo, la cuestión de género (como también el indigenismo y el autonomismo sindical) ha sido un “favorito”. Incluso el acceso de mujeres a los altos mandos de los Estados burgueses ha sido publicitado como un avance de la democracia, y la ONGización de la miseria femenina como un “empoderamiento” de las mujeres pobres. Si queremos contribuir a la recomposición del movimiento revolucionario, no podemos rehuir la pelea contra las ideologías posmodernas en todos los campos.

Esta lucha contra la burocracia feminista, que pugna por mantener al movimiento de mujeres fragmentado, aislado y despolitizado en tren de conservar sus propias alianzas con el Estado burgués, ha sido una verdadera escuela de lucha política y un importante medio de construcción partidaria durante nuestros cinco años de participación en el Encuentro Nacional de Mujeres y en las acciones y debates del movimiento durante el resto del año. Y tuvo un punto de inflexión en el último Encuentro en octubre del 2009, cuando Las Rojas impulsamos la unidad de acción de cientos de mujeres que junto a nosotras echaron a las militantes católicas de los talleres, a golpes con la guardia de choque del PCR y al grito de “PCR traidor”.[4]

Esta crisis en el Encuentro de Mujeres, que es el evento principal de reunión del movimiento en el país, demuestra que el movimiento de mujeres no ha quedado (no podía quedar) afuera de la situación de polarización general: la derecha burguesa, en sus intentos de imponer sus propios modos de dominación, arrasa con el “statu quo” populista representado por el gobierno K en el pos argentinazo, y el movimiento obrero y popular ofrece ante esos avances una fuerte resistencia. Las corrientes feministas tradicionales y posfeministas han quedado atrapadas entre estas fuerzas, y tendrán que definirse. Esta situación de “politización de hecho” que empieza a sufrir el movimiento, abre para el feminismo revolucionario una gran oportunidad de avanzar en su construcción.

Estrategia se busca

Luego de este necesario panorama del movimiento en donde Las Rojas nos estamos construyendo, pasemos a un plano más teórico. Más allá de las diferencias que mantienen entre sí, la incapacidad de las ideologías dominantes en el feminismo de hoy para configurar un movimiento de lucha tiene que ver, a nuestro juicio, con un “olvido” en cuanto al concepto de género[5]. Olvidan que si la sociedad le impone a la mujer ser de cierta manera, es para destinarla a hacer cierto trabajo. Y que esto constituye al género mujer, no como una suma de sujetos individuales con ciertas características, sino como un sujeto social: la mujer es la madre de la sociedad capitalista, es la que hace el trabajo de reproducción (crianza y tareas domésticas) como trabajo no pagado, en el ámbito privado de la familia.

Por supuesto que muchos individuos de sexo femenino, incluso multitudes de ellos en ciertos períodos, pueden elegir no ser mujer en el sentido de no aceptar el ser ni el hacer impuestos por la sociedad a su género, si cuentan con una serie de ventajas económicas y culturales. Pero el problema subsiste: ¿quién hace el trabajo?

Adam Smith decía que si la riqueza se repartiera entre todos por igual, nadie querría trabajar. Este es el sentido común con que la burguesía justifica la explotación, y también la búsqueda imperialista de nuevos contingentes humanos a los que explotar en los países dependientes: aunque la movilidad social (la posibilidad de las personas de escapar de la explotación) sea deseable para la democracia, siempre hay que mantener a un sector de la sociedad en situación de trabajar compulsivamente, o no hay trabajo ninguno y la sociedad muere[6]. Hubo que crear una teoría para una organización no clasista de la producción, el socialismo científico, para dotar al movimiento de los explotados de una estrategia superadora para toda la sociedad: abolir las clases acabando con la explotación en general.

En este terreno hay que situar el problema. La abolición de la opresión de género comienza por abolir la división del trabajo entre los géneros, que es lo que los constituye, promoviendo el pleno acceso de las mujeres a la producción social, y la absorción por el colectivo social de las actuales funciones económicas de la familia, como una rama más de la producción.

Este tipo de peleas son las que no quieren dar las corrientes dominantes en lo que hoy se llama oficialmente feminismo. Algunas de ellas, junto a sus hermanos del posmarxismo que decretaron el fin de la clase obrera y el nacimiento de múltiples identidades, han decretado el fin de la mujer y el nacimiento de múltiples géneros. Otras dicen que relacionar la opresión de las mujeres con la función de la familia en el sistema de clases nos sirve a los marxistas para negar la necesidad de una lucha específica por los derechos de la mujer, ya que estos serían resueltos en su momento por la revolución socialista[7]. Opinamos justamente lo contrario: la comprensión de que la opresión de la mujer es funcional al sistema, es condición para que exista movimiento de mujeres, porque ¿cómo se constituye un movimiento contra la opresión si no se toma conciencia de las razones de esa opresión, y de la relación de esa opresión con el resto del mecanismo social, identificando así enemigos y aliados?[8]

Las funciones de la familia en el capitalismo

“Las mujeres que trabajan en las fábricas reciben por lo general salarios muy inferiores a los de los hombres, y ha habido manifestaciones de lástima por ellas a este respecto, basadas en una simpatía tal vez poco juiciosa, ya que el bajo precio de su trabajo tiende a imbuirles de la idea de que cumplir con sus labores domésticas resulta más provechoso, y es además una actividad más agradable, con lo cual se evita que se sientan tentadas por la fábrica abandonando el cuidado de sus hijos y del hogar. De este modo, la Providencia consigue su propósito.” (Dr. Andrew Ure, Philosophy of Manufactures.)[9]

Más arriba decíamos que para abolir la división del trabajo entre los géneros, la mujer tenía que integrarse a la producción social y la sociedad debía absorber las tareas domésticas como una rama de la producción social. Con la revolución industrial, el capitalismo, a su modo brutal, empleando a millones de mujeres y niños en las fábricas, “cumplió” por un tiempo con la primera parte de este programa:

“Hacia 1840 la mayoría de los trabajadores en las fábricas británicas eran mujeres y niños. Las terribles condiciones de vida y trabajo que los asalariados sufrían destruyeron cualquier cosa que se pareciera a una vida familiar normal; y el acceso de las mujeres a sus propios ingresos les permitió escapar de la necesidad del matrimonio. Esto llevó a mucha gente (entre ellos Marx y Engels) a hablar de la muerte de la familia de clase trabajadora”;

aunque se detuvo antes de la segunda:

“De hecho, la familia no sólo sobrevivió, sino que floreció, aunque con una forma muy diferente. El capitalismo dependía de una aportación ininterrumpida de mano de obra. Aquellos que dirigían el sistema se daban cuenta progresivamente de que la familia era la mejor manera de asegurarse esa aportación con un coste mínimo para ellos. A partir de mediados del siglo XIX se hicieron intentos conscientes de recrear una vida familiar estable entre las clases trabajadoras. Ello conllevaba, en parte, la exclusión gradual de mujeres y niños de ciertas áreas de la producción y el pago de un salario familiar a los hombres. Se excluyó a las mujeres, en particular, de las industrias que amenazaban su capacidad de tener hijos”. [10]

Los consejos del simpático doctor Ure con que encabezamos este ítem reflejan muy bien este período, cuando el capitalismo se dedicó conscientemente a reconstruir una familia obrera donde la reproducción de la fuerza de trabajo (crianza de futuros trabajadores, más alimentación, vestido y alojamiento de los actuales) se realizara del modo más barato posible para el sistema.

A partir de allí, el capitalismo se ha movido siempre entre estas dos necesidades: utilizar a las mujeres como ejército industrial de reserva (por ejemplo, en épocas de crisis económica o guerra), y utilizar su trabajo doméstico gratuito para reducir al mínimo posible el salario del trabajador.[11]

Por eso, cuando la crisis o la guerra pasan, el sistema comienza a despedir a las mujeres de la producción y repone a los hombres. La idea de que el lugar de la mujer es el hogar, o de que “les quitan el trabajo a los hombres”, hace que provocar una gran desocupación femenina tenga menores costos políticos que la desocupación masculina.[12]

Hay otras funciones de reproducción que cumple la familia: una es la reproducción de la desigualdad social. Los bienes de un propietario, cuando éste muere, no se devuelven a la sociedad, sino que pasan a sus hijos. A través de la familia la burguesía se asegura la acumulación de riquezas en su propia clase. Los niños que nacen en familias desposeídas, al contar para labrar su futuro sólo con los recursos de sus padres, irán casi inevitablemente a engrosar las filas de los asalariados.

Otra muy importante es la reproducción ideológica de los valores de la sociedad de clases, mediante la represión de las nuevas generaciones. Los bolcheviques en el gobierno soviético, por ejemplo, hicieron ingentes esfuerzos económicos y culturales para reemplazar la organización familiar por otra más comunitaria, con el fin de liberar a la mujer del aislamiento y la explotación domésticas e integrarla a la vida política y social, y ofrecer a la nueva generación que crecía en el estado obrero un ámbito de crianza y educación menos opresivo y aislado. Entre las primeras medidas contrarrevolucionarias de la burocracia usurpadora estuvo el ensalzamiento de la “familia obrera” y el recorte de todos los derechos de las mujeres que el estado obrero había promulgado, como el derecho al aborto, ya que, al decir de la burocracia, “habiendo alcanzado el socialismo, la mujer soviética no tiene derecho a renunciar a las alegrías de la maternidad”.

“El retroceso reviste formas de asquerosa hipocresía, y va mucho más lejos de lo que exige la dura necesidad económica. El motivo más imperioso del culto actual a la familia es, sin duda alguna, la necesidad que experimenta la burocracia de una jerarquía estable de relaciones sociales y de una juventud disciplinada por cuarenta millones de hogares que sirven de puntos de apoyo a la autoridad y al poder.” (León Trotsky, La revolución traicionada, 1936.)

Maternidad compulsiva y disciplinamiento de la juventud fueron bases para la instalación de un régimen que, como hoy sabemos, no fue una transición al socialismo “detenida” o “degenerada” sino una transición a la restauración del capitalismo.

La abolición de la familia

“La actitud marxista frente a la familia (…), la idea de que el sistema familiar es una institución que fomenta la opresión clasista y sexista, puede dar a entender que los socialistas están intentando destruir el único refugio que le queda al ser humano. Esto es lo contrario de lo que defienden los marxistas. Nuestro objetivo es destruir aquella forma de vida ante la cual hay que refugiarse para poder sobrevivir. Nuestro objetivo es situar todas las relaciones humanas sobre la base del respeto mutuo, la igualdad y el afecto genuino, aboliendo el chantaje económico y la desigualdad sobre los que está construido el sistema familiar (…). Eliminar la dependencia económica que mantiene agrupada, a la fuerza, a esta unidad básica de la sociedad impidiendo que se desarrollen formas superiores de relación humana.”[13]

El acceso igualitario de las mujeres a todas las ramas de la producción social implica igual acceso que los varones a la independencia económica. Esto ya es un paso enorme en cuanto a la superación de la opresión de género: la pobreza tiene cara de mujer, y muchas soportan situaciones de violencia por no poder mantenerse a sí mismas y a sus hijos. Pero además, el acceso igualitario a la producción hace necesario su acceso a la educación, la sindicalización y la vida política, reforzando su capacidad material y psicológica de hacerse respetar por los demás, individualmente y como colectivo.

Pero para que esta transformación pueda realizarse sin significar la superexplotación de una doble jornada, el trabajo doméstico, o gran parte de él, tiene que convertirse también en producción social, en la forma de guarderías, lavaderos y comedores públicos, que presten sus servicios con igual calidad por lo menos que la que alcanzan actualmente como trabajo privado. Y lo más importante: el bienestar material y el desarrollo espiritual de todos los niños, tengan o no padres, deben ser responsabilidad y tarea del colectivo social. De todas las crueldades y absurdos del capitalismo, quizás el peor sea el hecho de que, en un mundo donde un lápiz o una taza se producen aunando el trabajo y el saber de muchísima gente, el destino de una persona recaiga en tan gran medida sobre la capacidad y la voluntad de solamente dos.

Como vemos, así como para el marxismo acabar con la explotación significa mucho más que “repartir la riqueza”, superar la opresión de género implica mucho más que un salario para el ama de casa o maridos lavando platos: significa garantizar que la participación de cada persona en la producción y reproducción no dependa en absoluto de su sexo, y que la vida sexual y afectiva deje de estar signada por las necesidades de la producción y reproducción sociales.

La lucha contra la heteronormatividad

Separar sexualidad de reproducción, le quita además toda razón de ser a la diferenciación entre hetero y homosexuales, y proporciona una base consistente para la unidad de la lucha de mujeres y “minorías”.

Por supuesto que los marxistas apoyamos el derecho democrático de matrimonio entre personas del mismo sexo que reclaman los movimientos gays en muchos países, pero no nos conformamos con que gays y lesbianas compartan con los heterosexuales las miserias de la familia en la sociedad capitalista.

Por ejemplo, las miserias de la mercantilización y la prostitución, siempre inseparables de la familia burguesa monogámica y patriarcal. El sistema capitalista se esfuerza por crear una apariencia de integración de los gays –junto con dispersar al movimiento de mujeres– ubicándolos como clientes del mercado: boliches, ropa, turismo, llegando incluso a hacer pasar los hoteles de lujo para burgueses gays con servicio de muchachos al cuarto como si fueran un avance en la igualdad de derechos.

“Rechazar la obligación del coito y las instituciones que esa obligación ha producido como necesarias para la constitución de una sociedad es simplemente imposible para la mente hétero (…). Así, cuando es pensada por la mente hétero, la homosexualidad no es otra cosa que otra heterosexualidad.”[14]

Las políticas de “integración” burguesas, a las que adhieren estusiastamente funcionarios de gobiernos que se niegan rotundamente a legalizar el aborto (como los del Inadi argentino[15]), hacen estragos en la conciencia colectiva y en la situación de los integrantes de las “minorías” sexuales, compelidos a intentar escapar de la discriminación por la vía de parecerse lo más posible a la “mayoría”, es decir, demostrando que son buenos para hacer lo que el capitalismo espera de las personas exitosas: casarse y producir ganancias. Se esteriliza así el potencial revolucionario de la lucha contra la heteronormatividad. No es de extrañar que el sistema patriarcal haya cooptado para esta operación de mercantilización/matrimonio al activismo gay de varones en mayor medida que al de lesbianas, donde hay más feministas.

La misma utilización de la palabra “minorías” es una operación engañosa. Los no heterosexuales integran una mayoría que sufre la represión sexual que rige en el sistema capitalista patriarcal. A la sexualidad de las mujeres, cualquiera sea su inclinación sexual, se le ha dejado un margen tan minúsculo de normalidad, que la mínima expresión libre de su deseo enseguida la arroja al territorio de lo diferente.

A riesgo de que nos acusen una vez más de querer diluir la lucha de las minorías (otro de los pecados de las feministas socialistas según el evangelio queer), consideramos que la lucha contra la heteronormatividad es parte de la lucha feminista, y abogamos por la unidad de ambos movimientos para pelear por las reivindicaciones de todos, en la estrategia común de abolición de la familia.

Lucha de género y lucha socialista

“Desgraciadamente, también de muchos de nuestros camaradas se puede decir aquello de ‘escarbad en el comunista y aparecerá el filisteo’. Escarbando, naturalmente, en el punto sensible, en su mentalidad acerca de la mujer.” (V.I. Lenin)

En la España de los años 30, antes de la Guerra Civil, una feminista reformista llamada Clara Campoamor emprendió una pelea parlamentaria por el voto femenino en su país. Lo consiguió, asombrosamente, apoyándose en los diputados de derecha contra los de izquierda: por esos días, el gobierno derechista de Primo de Rivera estaba necesitado de mostrar alguna apertura democrática para competir con el movimiento republicano, y los diputados republicanos –demócratas pero no fanáticos– no querían saber nada con que las mujeres votaran, porque las suponían muy influidas por la iglesia y temían que el voto femenino le diera la victoria a la derecha. Cuando la derecha monárquica efectivamente triunfó en las elecciones de 1933, todos le echaron la culpa a Clara, que fue expulsada de su partido (el Radical Socialista) y repudiada por casi toda la izquierda parlamentaria. El año siguiente volvió a haber elecciones, en las que obviamente también votaron las mujeres, y el Frente Popular ganó por un margen mayor del que había logrado la derecha un año antes. Pero esto no hizo que los demócratas españoles rehabilitaran a Clara, que terminó sus días exiliada por los franquistas y abandonada por sus correligionarios.

La soltura con que estos demócratas renegaron de su bandera de sufragio universal por conveniencias electorales del momento, pinta de cuerpo entero cómo la burguesía construye sus políticas: sea de derecha o de izquierda, la política burguesa es pragmática, no tiene principios. Y el primer signo de adaptación a la política burguesa de estalinistas, socialdemócratas y burócratas sindicales es la adopción de ese “practicismo” burgués: los principios están bien mientras no nos hagan la vida difícil.

La vida de los revolucionarios españoles era bastante más difícil que la de los diputados “de izquierda”, pero sin embargo empeñaron todas sus fuerzas en integrar a las mujeres a la vida política en un país donde el 80% de ellas eran campesinas analfabetas y el salario de las pocas trabajadoras que había lo cobraban sus maridos. Construyeron toda clase de organizaciones sindicales y culturales de mujeres, y defendieron sus derechos contra los fascistas, contra la burguesía republicana y contra el estalinismo, que al intervenir en la Guerra Civil para derrotar la revolución prohibió la participación de las mujeres en la lucha armada. Desarmar a las mujeres equivalía a debilitar a las milicias populares que no obedecían al mando burgués.

Ya Lenin y Clara Zetkin, quince años antes, habían chocado con la negativa de sus camaradas europeos cuando se propusieron promover la organización de las trabajadoras a partir de sus propias reivindicaciones, llamando a un “congreso internacional de mujeres sin partido” en el que participaran incluso las feministas burguesas, para levantar allí el programa revolucionario de emancipación de la mujer que el estado obrero intentaba llevar adelante.

Y desde los primeros tiempos del movimiento obrero, revolucionarios como Flora Tristán tuvieron que pelear contra la tendencia del movimiento sindical de expulsar a las trabajadoras por creer que su entrada en la industria bajaba el salario general, lo que hizo a Flora escribir su célebre consigna: “La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, y la liberación de las mujeres será obra de las mujeres mismas”.

No todos los procesos revolucionarios fueron acompañados, como la Guerra Civil Española, por un fuerte movimiento de mujeres. No todos los dirigentes que actuaron en esos procesos tenían la cultura feminista de Flora, Trotsky o Clara Zetkin. Pero en todos esos procesos, los revolucionarios más conscientes mostraron una gran preocupación por impulsar la lucha de las mujeres por sus propias reivindicaciones, y cuando no lo lograban, veían eso como una limitación del movimiento revolucionario general. Parece ser que en medio de la revolución los principios toman un cariz bien “práctico”. Muy lejos del prejuicio de algunos trotsquistas de antaño acerca de que “el feminismo divide a la clase obrera y une a la obrera con la burguesa”, se impone la idea verdaderamente marxista de que la unidad de la clase obrera sólo es posible en base a la lucha por liberar a los más explotados y oprimidos de la clase, como las mujeres y las etnias y nacionalidades oprimidas.

En cuanto a la “unidad de la obrera con la burguesa”, ese “peligro” existe en cualquier lucha democrática. A ningún marxista se le ocurriría, por ejemplo, decir que no hay que luchar por la liberación de las colonias del imperialismo porque eso “une a los obreros coloniales con los burgueses coloniales”. Nos parece que este prejuicio parte de desconocer que hay un programa obrero y socialista para la emancipación de la mujer, contrapuesto al programa feminista burgués, como hay un programa obrero para la liberación nacional contrapuesto al programa nacionalista burgués, y que esta contraposición no descarta, sino más bien exige, momentos de unidad de acción y una política de los revolucionarios hacia el movimiento en su conjunto.

Pero la lucha feminista no es sólo una lucha democrática. “La familia es el último reducto de la propiedad privada”, escribieron Engels, Marx, Trotsky, etc. La burguesía demuestra una gran sutileza al atacar al marxismo por el lado de la familia y la religión, cosa que ya viene haciendo desde la época del Manifiesto comunista. Cuando el cuestionamiento al capitalismo recorre el mundo, la burguesía, asustada, se refugia en “su último reducto” conservador, el lugar donde las relaciones de explotación y opresión siguen revestidas de una aureola moral, cuando esa aureola ya ha caído del rostro de la economía, las instituciones del Estado, etc.

Y en momentos de transición al socialismo, desde esos últimos reductos conservadores la burguesía acecha para rearmarse; dos de ellos preocupaban grandemente a los bolcheviques en el gobierno: la familia y la pequeña propiedad, que llevaban en sí el germen de la sociedad de clases aun cuando no conllevaran explotación asalariada.

Luchamos para que el movimiento revolucionario, luego de los años de deformación estalinista, recupere la “sutileza” de la lucha socialista como lucha contra toda opresión y violencia, pugnando por arrojar la opresión de género al mismo lugar que quería Engels para el Estado: al museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce.

Pero aún subsiste una pregunta. Si la emancipación de la mujer es una tarea socialista, o sea una tarea del movimiento obrero, ¿para qué se necesita un movimiento específico de lucha contra la opresión de género? Vayámonos de este artículo con la bella contestación de Trotsky:

“Ustedes podrían preguntarse qué sentido tiene el trabajo de vuestra organización, si la situación de la madre y el niño depende en primera instancia del desarrollo de las fuerzas productivas del país, y sólo en segundo lugar de la estructura social (…). Cualquier estructura social, incluso la socialista, puede verse enfrentada a la situación de contar con los medios materiales necesarios para lograr un determinado avance, y sin embargo no poder realizarlo. Las tradiciones serviles, la estupidez conservadora, la falta de iniciativa para destruir viejas formas de vida, también se encuentran en la estructura socialista como remanentes del pasado. Y la tarea de nuestro partido y de organizaciones sociales como la vuestra es extirpar las costumbres y la psicología del pasado, y evitar que las condiciones de vida se mantengan en un nivel inferior del que permiten las posibilidades socioeconómicas.”

“El desarrollo de las fuerzas productivas no es necesario en sí mismo. Es necesario para construir los cimientos de una nueva personalidad humana, consciente, que no obedezca a ningún amo en la tierra, que no tema a ningún señor que esté en el cielo; una personalidad humana que resuma en sí misma lo mejor de todo lo creado por el pensamiento en épocas pasadas; que avance solidariamente con todos los hombres, que cree nuevos valores culturales, que construya nuevas actitudes personales y familiares, superiores y más nobles que las que se originaron en la esclavitud de clases.

»Lenin nos enseñó a evaluar a los partidos de la clase obrera de acuerdo a su actitud hacia las naciones oprimidas. ¿Por qué? Si tomamos, por ejemplo, al obrero inglés, será relativamente fácil despertar en él la solidaridad con el proletariado de su propio país. Pero que se sienta solidario con un coolie chino, que lo trate como a un hermano explotado, será mucho más difícil, ya que ello implicará romper con una caparazón de arrogancia nacional solidificada durante siglos.

»De la misma manera, camaradas, se ha solidificado durante milenios, no durante siglos, la caparazón de los prejuicios del jefe de la familia hacia la mujer y el niño; tengamos en cuenta que la mujer es el coolie de la familia. Ustedes deben ser la topadora moral que arrase con este conservadurismo enraizado en la esclavitud, en los prejuicios burgueses, y en los de la misma clase obrera, que en esto arrastra lo peor de las tradiciones campesinas. Y todo revolucionario consciente se sentirá obligado a apoyaros con todas sus fuerzas.”[16]

[1] Además del recrudecimiento de la cruzada mundial contra el derecho al aborto, en Argentina los obispos la han emprendido contra la educación sexual pública tibiamente impulsada por el gobierno, por considerarla “neomarxista y basada en el concepto de género”. Además, invadieron con cientos de militantes católicas los talleres sobre Anticoncepción y Aborto del último Encuentro Nacional de Mujeres, con la complicidad de las dirigentes de ese evento (militantes del estalinista Partido Comunista Revolucionario, aliado a la iglesia y la Sociedad Rural). Católicas y estalinistas fueron arrojadas de los talleres a patada limpia por las participantes del Encuentro.

[2] El imperialismo ha gastado incontables millones en subsidiar todo esto. Pero no lo ha hecho, por supuesto, con la intención de fortalecer al movimiento de mujeres, sino para financiar su descomposición, como explicamos en la primera parte de este artículo.

[3] En los Encuentros está prohibido votar, porque no hay que obligar a ninguna mujer a plegarse a acciones que no comparte, y se funciona en talleres separados sin ninguna instancia de decisión conjunta. Las declaraciones políticas del evento corren por exclusiva cuenta de la comisión organizadora.

[4] Ver nota 1, y para un relato pormenorizado de los hechos ver periódico del nuevo mas Socialismo o Barbarie N° 162.

[5] Este concepto, impuesto por el combativo movimiento feminista de los años 60, es una gran conquista teórica de las mujeres. Consiste en separar los sexos biológicos de los atributos que se les imponen socialmente: hombre agresivo, racional y creador, mujer pasiva, emocional y maternal. Parte de lo socialmente impuesto es la elección de parejas del sexo opuesto.

[6] Un fenómeno muy comentado (que parece hecho para darle la razón a Adam Smith en el terreno del trabajo de reproducción) tiene preocupados a los estadistas imperialistas: los europeos no se reproducen. En cuanto a la reproducción de la fuerza de trabajo masiva, el imperialismo resuelve el problema utilizando otro sujeto social para realizarla: las mujeres pobres del tercer mundo. Pero subsiste la preocupación por la reproducción de la clase media europea, que aunque siempre es menor también es necesaria para el sistema. Por lo pronto, los intentos de algunos gobiernos, como el de Sarkozy, por cercenar derechos como el aborto legal fueron recibidos con un contundente repudio por parte de las mujeres que los hizo retroceder por el momento.

[7] Por nuestra parte, no confiamos en ninguna solución “de hecho” a la opresión de las mujeres. Creemos que en la transición del capitalismo al socialismo la conciencia lo es todo y el automatismo nada. Si no hay programa feminista consciente para llevar adelante la tarea de socialización del trabajo doméstico y la integración plena de las mujeres a todas las ramas de la producción social, estas no ocurrirán, y por lo tanto tampoco ocurrirá el socialismo. Por eso luchamos desde hoy por desarrollar la lucha feminista e integrarla a la lucha socialista.

[8] Un ejemplo típico de la falta de estrategia de muchas corrientes feministas es el de colocar como enemigo de las mujeres al “colectivo de varones” al mismo nivel que al Estado o a la iglesia, o referirse a “las iglesias” incluyendo allí a los partidos marxistas.

[9] Citado por Scheila Rowbotham en Hidden from History.

[10] Marçal Solé y Paso Gredilla, La lucha por la liberación gay y lesbiana.

[11] Recordemos que el salario, como el precio de cualquier mercancía, no puede reducirse más allá de lo necesario para lograr la reposición de esa mercancía: tiene que alcanzar para que el trabajador vuelva diariamente a su puesto alimentado y descansado. Y también para reponer la fuerza de trabajo a largo plazo, con la producción de nuevos trabajadores. Al realizarse como trabajo doméstico gratuito, esos servicios son más baratos que si el trabajador tuviera que comprarlos en el mercado, por lo que el salario se abarata.

[12] Aunque no siempre es así. La entrada masiva de las mujeres yanquis en la producción durante la II Guerra Mundial, y el posterior intento del gobierno por devolverlas a su casa, constituyó un campo fértil para el desarrollo del movimiento feminista de los 60.

[13] Mary Alice Waters, Marxismo y feminismo, Ed. Fontamara, 1989, pp. 81-83.

[14] Monique Wittig, La mente hétero, Nueva York, 1978.

[15] Instituto Nacional contra la Discriminación, cuya directora encabeza las Marchas del Orgullo con la consigna de matrimonio gay.

[16] Discurso dirigido a la Tercera Conferencia Sindical sobre Protección a las Madres y los Niños, diciembre de 1925. Citado en León Trotsky, Caroline Lund, Elizabeth Barnes, La liberación de la mujer, Ed. Elevé, 1971. Subrayado nuestro.

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