Por Inés Zadu (Las Rojas), Revista SoB 23-24, diciembre 2009

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Crítica a la des-construcción reaccionaria del movimiento de mujeres

El socialista que no es feminista carece de profundidad.

El feminista que no es socialista carece de estrategia.

Rosa Luxemburgo

La relativamente amplia vanguardia de género está cruzada por los debates planteados por la llamada teoría Queer, que ha desplazado en los últimos años a la teoría feminista y es presentada como una superación de esta última. Desde nuestro punto de vista esta teoría resulta un escollo en el camino de la emancipación de las mujeres porque persigue el objetivo de disolver todas las identidades oprimidas y por consiguiente esteriliza todo intento de organización de las mujeres para su liberación.

Los departamentos de estudios de género de las universidades norteamericanas adoptaron la palabra Queer (raro, enfermo, anormal, en inglés), que se utiliza en la lengua de la calle para señalar despectivamente a aquellas personas que viven una sexualidad diferente a la establecida en el modelo blanco, occidental y cristiano. La academia reconfiguró el término, al darle una connotación positiva que cuestionaría la imposición de identidades genéricas (hombre-mujer) hegemónicas y opresivas. De la mano de las teorías del fin de la historia, de los grandes relatos y de los sujetos, el posfeminismo se postula como la teoría destinada a iluminar sobre la multiplicidad de diferencias sexuales que cuestionan lo hegemónico. Dos libros editados en los años 90 del siglo XX son los fundadores de esta nueva teoría: Epistemology of the Closet, de Eve Kosofsky Sedgwick, y Gender Trouble, de Judith Butler. Butler cuestiona la identidad “mujer” de un feminismo al que critica por considerarlo heterosexista ya que excluye otras identidades.

En esta teoría las identidades incluyen una variedad de categorías: sexo, raza, clase, nacionalidad. A estas categorías se les asigna un valor equivalente, que cruzan a los sujetos (individuos) y les otorgan identidades cambiantes y múltiples.

Esta manera de ver la sociedad se aleja completamente del análisis materialista. Se trata de una categorización puramente ideal, que niega las relaciones sociales que estructuran a la sociedad capitalista, como si la sociedad fuera una miríada de individuos atravesados por diferentes identidades, que por añadidura el individuo elige para sí, configurándolos de manera particular: cada individuo es único en su especie.

La sociedad capitalista, como todas las sociedades fundadas sobre la propiedad privada y la explotación de unos sobre otros, ha perpetuado la opresión sobre las mujeres. Estas relaciones opresivas no son un producto original de este sistema. Sin embargo, el capitalismo ha sido capaz de subsumir formas anteriores de dominación, como en el caso que nos ocupa, la sujeción de la mujer a la familia patriarcal. La sumisión de la mujer tiene una base material de extraordinaria fuerza: la familia como reducto de la reproducción de la vida cotidiana, esfera separada de la producción social, a partir del trabajo no pagado que realizan las mujeres. Reducir la categoría “mujer” a una identidad puramente ideal niega toda la base material sobre la que se construye la dominación sobre la parte femenina de la humanidad. Más todavía, niega la posibilidad de construir un movimiento de mujeres capaz de rebelarse contra el sistema capitalista patriarcal.

El camino para la emancipación de la mujer se abre cuestionando las bases materiales de la opresión, encarando una batalla junto con el movimiento lgttbi, en estrecha alianza con la clase trabajadora, por terminar con el sistema de explotación, por la abolición de la propiedad privada como punto de partida para establecer relaciones sociales sobre nuevas bases, más justas e igualitarias. Al mismo tiempo, la conciencia socialista y feminista son fundamentales para encarar esa dura batalla, ya que tanto la opresión de género como cualquier otra forma de opresión sólo desaparecerán en la medida que la clase trabajadora adopte el programa del feminismo socialista y para ello acompañe e impulse la formación de organizaciones propias de las mujeres en esta tarea.

El feminismo surgió de los movimientos de lucha de las mujeres y tiene una larga historia que puede ser rastreada hasta las primeras contestatarias como Olympia de Gouges, Mary Wollstonecraft o Flora Tristán. Las diferentes oleadas del feminismo, que coinciden con las grandes alzas de lucha del movimiento obrero y socialista, saltó luego a las universidades con las primeras elaboraciones de Simone de Beauvoir y en los años 60 del siglo pasado con el movimiento feminista norteamericano y europeo. Como todo movimiento vivo, el feminismo alumbró diferentes corrientes teóricas en diálogo y debate con las diversas corrientes políticas y teóricas contemporáneas.

Los debates se centraron en identificar el origen de la opresión de la mujer, de dónde surge el hecho de que la mayoría de la humanidad (las mujeres) se encuentra oprimida; cuándo apareció esta opresión; cuál es la lucha política para superarla y quiénes serían los aliados de las mujeres en esta lucha.

Ya las precursoras del feminismo habían dado cuenta del rol de segunda que se les asigna a las mujeres. Por ejemplo, la Convención de Séneca Falls (Nueva York) de 1848 se propuso luchar por la abolición del matrimonio, el derecho de tener hijos sin estar casada, la protección de las madres solteras y sus hijos y el sufragio femenino. Por su parte, Federico Engels había declarado el trabajo doméstico y el encierro en el hogar como las tumbas de la mujer,[1] dando cuenta de que no se trata de un hecho natural e identificando el origen de ese mismo hecho.

La explicación sobre el origen social de la opresión fue muy bien desarrollada por la feminista Simone de Beauvoir, quien señaló “no se nace mujer, se llega a serlo”.[2] Es decir, el hecho de que las mujeres hubiéramos estado relegadas a lo largo de toda la historia humana no está fundado sobre una inferioridad natural, sino que se trata de una construcción social. La sumisión femenina es producto de la crianza, la educación en la familia, en la escuela y en la religión, es decir la socialización, que nos convierte en una creación cultural definida siempre a partir del otro, el padre, el marido, los hijos, nunca como una afirmación identitaria positiva.[3]

La categoría teórica que permitió dar cuenta de esto fue el llamado sistema sexo/género, aportado por la feminista norteamericana Gayle Rubin.[4] Para Rubin, a partir de las diferencias morfológicas externas (genitales masculinos/genitales femeninos), el patriarcado le atribuye determinadas características a hombres y mujeres que no son atributos naturales, sino que son construcciones sociales. Así mientras los hombres son presentados como fuertes, guerreros, aptos para la política y la vida pública; las mujeres serían en esencia seres amorosos, destinados al cuidado de los otros y cuyo fin en la vida es la maternidad y el cuidado del hogar. El sistema sexo/género construye toda una serie de atributos supuestamente inmutables cuyo resultado es la relegación de las mujeres al ámbito de lo privado mientras el hombre está destinado al ámbito de lo público. Supone además la llamada heterosexualidad obligatoria o heteronormatividad, que impone a todos los seres humanos el modelo de pareja hombre-mujer como única forma de relacionamiento sexual-afectivo. Una de las consecuencias más importantes de la conceptualización del par sexo / género fue la de separar la procreación de la sexualidad, lo que preocupaba enormemente a las mujeres y que permitió demostrar que el gran objetivo del patriarcado es mantener a las mujeres encerradas en el hogar, a la vez que explica por qué el sentido de la heteronormatividad es sostener la identificación obligatoria entre sexualidad y procreación.

Más adelante, hacia los años ’80 del siglo pasado, el viejo movimiento feminista sufrió un proceso de cooptación por parte del sistema. El extinto movimiento autónomo dejó de serlo para refugiarse en las universidades, en las ONGs y en las oficinas gubernamentales dedicadas a la política de “género”.

Junto con la teoría del fin de la historia, del fin de los grandes relatos y del fin de los sujetos, que comenzaron su reinado, apareció el posfeminismo y con éste la teoría Queer.

Existe hoy una pequeña pero valiosa vanguardia que emprende la lucha de género, cuestiona la institucionalización de la lucha de la mujer, critica al viejo feminismo cooptado por el sistema, pero que a la vez comparte lo que llamaremos el sentido común Queer. Desde nuestro punto de vista la teoría Queer es la hija política del posfeminismo, y es un producto de la derrota del viejo movimiento feminista.

Por nuestra parte, nos definimos como feministas socialistas y consideramos que la lucha contra la opresión de la mujer debe ser parte de las tareas para superar al capitalismo patriarcal como totalidad.

En este artículo intentaremos dar cuenta de los debates que atravesaron al movimiento feminista a lo largo de su historia y de sus conceptos. Ofreceremos una crítica a la teoría Queer por considerarla una visión reaccionaria respecto de la lucha por la emancipación de la mujer. Finalmente, expondremos nuestras posiciones respecto de cuáles son las categorías y los objetivos que debe proponerse un movimiento de mujeres de lucha, feminista y socialista, para superar la opresión a la que nos somete el capitalismo patriarcal.

Patriarcado, lucha de mujeres y lucha de clases

Toda la historia del feminismo estuvo marcada por el impulso de la lucha política de las mujeres en las calles, las rebeliones, las guerras y las revoluciones como así también por las derrotas, acompañando los vaivenes de la lucha de clases más general. El ritmo de la lucha de clases está dado por el enfrentamiento entre burguesía y proletariado, con sus variaciones en la relación de fuerzas entre esas dos clases, pero además en épocas de avance de la burguesía ésta descarga sobre la familia, y en consecuencia sobre la mujer, toda la brutalidad de la que es capaz. Al mismo tiempo, la energía liberada en las conquistas del proletariado permite una mejor situación para las mujeres. Por otra parte, las mujeres constituyen un sector que si adopta el programa revolucionario es capaz de cuestionar al patriarcado, que es uno de los bastiones de la estructura social capitalista. Este hecho es desconocido o directamente ignorado por el feminismo académico, que presenta siempre los avances y retroceso del movimiento de mujeres como hechos aislados.

Desde la llegada de la burguesía al poder, con el proceso de conformación del capitalismo, podemos considerar cuatro grandes etapas históricas de la lucha de las mujeres por su emancipación. Vamos a reseñar muy someramente estas etapas, dado que escapan al objeto de este artículo.

Una primera etapa que va de la Revolución Francesa a la Comuna de París, en la que encontramos a las pioneras del feminismo, como la escritora inglesa Mary Wollstonecraft que escribió la “Vindicación de los Derechos de la Mujer”, donde explicaba que las mujeres se encuentran en condición de inferioridad en la sociedad debido a la educación sexista que reciben, identificando la socialización como origen del atraso de las mujeres y cuestionando el supuesto origen natural de la diferencia sexual. Podemos mencionar también a Olympia de Gouges, una campesina analfabeta de la época de la Revolución Francesa que emigró a París y se unió a los revolucionarios, se convirtió en escritora y luego de redactar los “Derechos de la mujer y la ciudadana”, fue guillotinada en 1793.

Más adelante en el período de las primeras revoluciones verdaderamente obreras de mediados del siglo XIX, se destacó Flora Tristán, quien fundó la Unión Obrera y dedicó su vida a la militancia revolucionaria, organizando obreras y obreros en las puertas de los talleres y fábricas, imprimiendo su folleto “la Unión Obrera” y realizando mítines. Antes incluso de la aparición del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, Flora señaló que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos y la emancipación de las mujeres será obra de las mujeres”.[5]

Para la misma época se realizó en Estados Unidos la Convención de Séneca Falls (Nueva York), organizada por las mujeres que fundaron el llamado movimiento sufragista. Este movimiento recorrió distintas ciudades de ese país y de Europa, organizando mujeres por el derecho al voto, por el derecho al divorcio y por conquistar condiciones de igualdad para las mujeres. Se caracterizó por sus manifiestos, por sus movilizaciones y por los boicots a los actos electorales, muchos de los cuales terminaron con ellas presas.

Otro gran ejemplo lo dieron las mujeres de la Comuna de París (1871). Algunas de ellas, como Louise Michel, dieron vida a los “Club de Amigos de la Revolución”. Michel lideró un batallón femenino, que fue abatido junto con los demás comuneros. Ella logró escapar pero fue detenida y luego deportada a Nueva Caledonia (Oceanía). Fue la primera en enarbolar la bandera negra, que se convertiría en el símbolo del anarquismo. A su vuelta a París, fue ovacionada por el pueblo y continuó su trabajo militante a favor de la emancipación de los trabajadores y las mujeres, pasando gran parte de su vida en prisión.

Todo este período fue caracterizado por la revolución burguesa, con el definitivo ascenso de la burguesía al poder y, luego, con las incipientes rebeliones obreras, donde por primera vez la clase trabajadora empezó a tomar conciencia de su condición de explotada. En todo este largo proceso, las mujeres no solamente estuvieron presentes en las rebeliones, revoluciones y revueltas populares sino que también lucharon por sus propios derechos. A lo largo de este período el movimiento femenino se concentró en demostrar su situación de inferioridad respecto de los varones y en lograr conquistas formales de igualdad. La batalla ideológica ponía el acento en demostrar el origen no natural de la opresión, en cuestionar el lugar de segunda para las mujeres y en el caso de las socialistas y anarquistas, en organizar a las mujeres trabajadoras para incorporarse a los movimientos insurreccionales.

El segundo gran ciclo que marcamos es el de la Revolución y la Contrarrevolución de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. El movimiento sufragista y el movimiento de mujeres socialistas confluían en la lucha por los derechos democráticos, por obtener conquistas formales, pero se diferenciaban en que las socialistas formaban parte también de las organizaciones que luchaban por la revolución obrera. Debemos mencionar a la destacada militante de la socialdemocracia alemana Clara Zetkin, quien organizó la primera sección femenina de la Internacional Comunista y publicó el periódico “La Igualdad”, que llegó a tener una tirada de 100 mil ejemplares. En 1910 la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, proclamó el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de Zetkin. En la Argentina podemos mencionar la gran actividad de las mujeres socialistas, comunistas y anarquistas, de las que nos queda el periódico “La Voz de la Mujer. Ni Dios ni Patrón, ni Marido”, publicado en 1896 y 1897en varios idiomas por las obreras que se enfrentaban con los patrones y los curas.

Pero la Primera Guerra Mundial dividió las aguas, no sólo dentro del movimiento socialista de la época, sino también entre las organizaciones de mujeres. Mientras las sufragistas burguesas callaron frente a la guerra o manifiestamente se colocaron del lado del nacionalismo, adoptando posturas de apoyo a las burguesías en guerra, las socialistas se declararon por el internacionalismo proletario, rechazando la guerra imperialista y llamando a la clase trabajadora a unirse contra los patrones de todos los países. La Internacional de Mujeres se declaraba contra la guerra ya en 1904 y en la conferencia socialista por la paz de Basilea (Suiza) de 1912 Clara Zetkin daba un legendario discurso anti bélico. Las feministas burguesas se alineaban con sus “naciones” y adoptaron posiciones reaccionarias de apoyo a sus países en la guerra. Por su parte, la gran Rosa Luxemburgo, quien pasó más de la mitad de su vida en prisión y fue asesinada por la contrarrevolución alemana, fue un ejemplo aguerrido de clasismo, al enfrentarse nada menos que con el poderosísimo aparato del Partido Socialdemócrata Alemán en la célebre votación de los créditos de guerra. Mientras el Partido se colocó claramente del lado de la burguesía germana, dando un salto al vacío en la conciliación de clases, los espartaquistas con Rosa y Karl Liebnek a la cabeza, se mantuvieron incólumes en su posición de enfrentamiento a la guerra inter burguesa.

Extraordinario fue el rol de las mujeres en la Revolución Rusa, con sus destacadas dirigentes como Alejandra Kollontai, capaces de organizar reuniones en las peores condiciones de la represión zarista. Las mujeres obreras fueron, a decir de León Trotsky en su “Historia de la Revolución Rusa”, las que dieron el puntapié inicial de la revolución de febrero de 1917.

“El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifestaciones, etcétera. A nadie se la pasó por las mientes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. (…) Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil. (…) Manifestaciones de mujeres en las que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores querían pan, pero no querían, en cambio, la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña”.[6]

Las conquistas que la Revolución de Octubre trajo para las mujeres soviéticas fueron de tal amplitud que superaron las fantasías de la más aguerrida feminista. De un plumazo se barrieron todas las desigualdades formales, conquistándose el derecho al divorcio, el derecho al aborto, la protección de los niños y niñas huérfanos, el derecho a participar de cargos políticos, etcétera. Pero más aún, la Revolución se preocupó por combatir las cuestiones materiales y culturales que hacen a la opresión de las mujeres. Por una parte se desarrolló el programa de comedores, lavanderías y guarderías, para aliviar el trabajo doméstico, iniciando en la práctica el programa de socializar las tareas de la vida cotidiana, trasladándolas a la esfera de la producción social. Y por otra parte, se dieron toda clase de iniciativas para elevar el nivel cultural y brindar herramientas para la auto emancipación de las mujeres.

Estas conquistas fueron eliminadas de cuajo por la contrarrevolución estalinista, el sepulturero de la revolución bolchevique. Para 1931 Stalin lanzó una serie de decretos destinados a encerrar nuevamente a las mujeres en el hogar sacándolas de las fábricas y de los puestos de mando en el Estado, con el argumento de una supuesta abundancia que habría dado lugar a la “felicidad socialista”. Así se prohibió el derecho al aborto y otros derechos conquistados, además de perseguir a los homosexuales.

Capítulo aparte merecen las mujeres de la Guerra Civil Española (1936), quienes desobedeciendo a las conducciones estalinistas que las querían confinar a la enfermería y la cocina, dieron inauditos ejemplos de valor al empuñar los fusiles en el frente de batalla contra el franquismo, codo a codo con sus compañeros anarquistas y socialistas.

Esta etapa es flagrantemente silenciada en la literatura oficial feminista, que solamente menciona la aparición de Simone de Beauvoir, como una solitaria luminaria en una época oscura. Sin embargo, sostenemos que fue un período caracterizado por la gran participación de las mujeres en procesos de lucha extraordinarios de la clase trabajadora.

En tercer lugar se dio la oleada de ascenso de la lucha social y política de los años 60 y 70 del siglo XX, caracterizado por el movimiento contra la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, los movimientos anticoloniales del Tercer Mundo, el Mayo Francés, el Cordobazo y Tlatelolco, por mencionar los más destacados. Como consecuencia de la lucha del movimiento feminista se logró la legalización del aborto en casi todos los países de Europa y en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Una vez más los debates dentro del movimiento feminista caracterizaron a los movimientos de lucha. Un sector importante del feminismo, como la célebre Juliet Mitchell, sostenían la tesis de que el movimiento socialista omitía la cuestión de la emancipación femenina por ocuparse “solamente” de la revolución proletaria.

Mary Alice Waters, militante del Socialists Workers Party de Estados Unidos, expuso con solidez los debates y las líneas divisorias dentro del movimiento feminista de la época que, digamos de paso, constituyen la divisoria ideológica y política que recorre a todo el movimiento feminista hasta nuestros días. Citamos extensamente a Waters por considerar sus palabras de gran valor:

“Debo empezar exponiendo lo que considero la generalización más importante que debemos extraer de la historia del marxismo revolucionario en relación a la lucha contra la opresión de la mujer. Es ésta: desde el comienzo del movimiento marxista hasta hoy, durante cerca de 125 años, los marxistas revolucionarios han sostenido una lucha sin cuartel en el seno del movimiento de la clase obrera a fin de determinar una actitud revolucionaria hacia la lucha por la liberación de la mujer. Han combatido por situarla sobre bases históricas y materiales; y por educar a toda la vanguardia en la comprensión de la importancia de las luchas de la mujer por la plena igualdad y por la liberación de la degradación secular de la esclavitud doméstica. Este combate ha sido siempre una de las líneas divisorias entre las corrientes reformista y revolucionaria de la clase obrera; entre aquellos entregados a una perspectiva de lucha de clases y los seguidores de la línea de colaboración de clases. La opresión de la mujer y cómo luchar contra ella ha sido piedra de toque en cada punto de inflexión de la historia del movimiento revolucionario. Nuestros antecesores ideológicos y políticos, los marxistas revolucionarios, tanto hombres como mujeres, lucharon contra todos aquellos que se negaban a inscribir la liberación de la mujer en la bandera del socialismo, o contra quienes la apoyaban de palabra pero se negaban a luchar por ella en la práctica.”[7]

Mientras el llamado feminismo burgués mantenía en esferas separadas la lucha por la emancipación femenina y las luchas de los trabajadores, las feministas socialistas señalaban la estrecha vinculación entre la lucha por la liberación de la mujer y la lucha de la clase trabajadora por cambiar a la sociedad de raíz. Por su parte, el feminismo burgués acuño la llamada teoría del techo de cristal. Según esta metáfora, la sociedad impone un límite cultural al desarrollo de las mujeres, por el cual a las mujeres les está vedado el acceso a los puestos de importancia en las instituciones sociales y en los organismos del Estado. Una fiel representante de esta corriente fue Betty Friedan, quien publicó “La mística de la feminidad” en 1963, donde explica que la lucha de las mujeres se concibe en términos de obtener la igualdad. A estas alturas, la lucha por la “igualdad” no presentaba ningún cuestionamiento al funcionamiento del capitalismo mismo. Friedan destacaba la importancia de la lucha por la reestructuración de lo doméstico y familiar, la paridad económica y laboral y las mismas posibilidades de acceso a los más altos puestos en empresas, parlamentos y gobiernos. Es decir, se trataría de la conquista de la igualdad formal y de la redistribución de las tareas dentro del ámbito del hogar, lo que no cuestiona en absoluto las bases materiales de la opresión de la mujer, al no cuestionar el pilar sobre el que se sostiene el patriarcado, que es la resolución en forma privada de las cuestiones de la vida cotidiana y por lo tanto, uno de los sostenes del sistema capitalista.

En cuarto lugar, con la caída del muro de Berlín y el llamado socialismo real, se abrió una etapa de profunda reacción, donde se impuso el “fin de la historia”, de los grandes relatos, de las ideologías y de los sujetos. Las teorías posmodernas asumieron que el capitalismo había logrado demostrar su superioridad absoluta como sistema que, aunque fuera perfectible, sería el único capaz de organizar a la sociedad humana. Las versiones por izquierda de las teorías posmodernas son el posmarxismo y el posfeminismo.

La irrupción de los movimientos sociales junto con el movimiento globalifóbico y las rebeliones populares en América Latina puso en tela de juicio toda la palabrería del fin de la historia. En la Argentina la incorporación de miles de mujeres de los movimientos de trabajadores desocupados, oxigenó los Encuentros Nacionales de Mujeres, que se habían visto reducidos a foros de opinión.

La descomunal crisis capitalista global que empezó en 2008, con la reedición de golpes de estado en Latinoamérica (Honduras) dará nuevos capítulos en la lucha de las mujeres. La lenta pero tenaz recomposición del movimiento obrero, seguramente deparará apasionantes y heroicos ejemplos de la capacidad de resistencia y lucha de los trabajadores y trabajadoras. En ese marco, también el movimiento de mujeres, aunque todavía muy atrás en su recomposición, ha dado una nueva camada de jóvenes luchadoras, todavía muy atomizado y desorganizado, pero al que veremos dar grandes batallas. A eso apostamos.

El feminismo políticamente correcto

El feminismo de los años ’60 y ’70 del siglo XX se vio cruzado una vez más por los debates entre las corrientes que cuestionaban el rol asignado a la mujer, pero que no cuestionaban el status quo capitalista y las que encaraban la lucha socialista.

La teoría feminista, con sus debates y sus diferentes corrientes internas se fue nutriendo de la lucha viva de las mujeres. Con cada nuevo impulso y nueva conquista, el movimiento fue de la lucha política a la teoría. Las teóricas académicas eran a su vez activistas destacadas por los derechos de las mujeres, socialistas, anarquistas, anti guerra, sindicalistas y un largo etcétera. Las mujeres que luchaban en las calles a su vez hacían teoría, en una tradición que sólo se rompe en los años ’80.

En los años ’80 del siglo XX y con la caída del llamado socialismo real, se produce un cambio muy significativo en la relación entre la teoría feminista y el movimiento de lucha de las mujeres y por los derechos de gays y lesbianas. Como ya dijimos, el fin de la historia y de los grandes relatos, trajo consigo la crisis de los viejos movimientos, y el feminismo no fue la excepción.

Herederas del feminismo del status quo capitalista clásico, son las feministas institucionales de la actualidad. El feminismo de la igualdad había acuñado la teoría del “techo de cristal”, que no cuestiona al sistema capitalista y según la cual hay un cierto límite invisible, pero real, que les impide a las mujeres estar en igualdad con los hombres. Barriendo ese límite se irían ampliando los derechos de las mujeres en la sociedad, terminando con el patriarcado, dado que en esta postura el patriarcado es definido como la desigual distribución de poder entre hombres y mujeres. La lucha feminista estaría orientada a conquistar puestos de poder dentro del esquema capitalista. El objetivo sería que más mujeres lleguen a ser presidentas, diputadas, juezas y gerentes de grandes compañías multinacionales. Estas posiciones eran y son profundamente capitalistas y no ven ningún vínculo entre la lucha de las mujeres y la lucha de los oprimidos y explotados.

Las versiones más actuales de esta corriente proponen la radicalización de la democracia como objetivo. Amelia Valcárcel dice: “Por lo que toca a las sociedades políticas dentro del mismo marco de globalización, es evidente que las oportunidades y libertades de las mujeres aumentan allí donde las libertades generales están aseguradas y un estado previsor garantice unos mínimos adecuados. El feminismo, que es en origen un democratismo, depende para alcanzar sus objetivos del afianzamiento de las democracias. Aunque en situaciones extremas la participación activa de algunas mujeres en los conflictos civiles parezca hacer adelantar posiciones, lo cierto es que éstas sólo se consolidan en situaciones libres y estables.”[8] Vale decir, el gran objetivo del feminismo es profundizar la democracia burguesa, evitando los conflictos, evitando que las mujeres sean partícipes de la lucha de clases. Como mínimo es un consejo inútil, porque la virulencia del sistema que no escatima los golpes, como en el caso de Honduras, y cuya “estabilidad” es al menos puro cuento televisivo, hace inevitable que se den conflictos “civiles”.

Y agrega: “Del mismo modo la presencia y visibilidad de las mujeres en los organismos internacionales debe aumentarse, así como la capacidad de acción de las propias instancias internacionales de mujeres, ya sean partidarias o foros generales. Las experiencias habidas en conferencias internacionales, declaraciones y foros indican la voluntad de presencia en el complejo proceso de globalización, así como la capacidad de marcarle objetivos generales éticos, políticos y poblacionales. Por otra parte, la presencia del feminismo en las mismas instituciones internacionales asegura también la adecuación de los programas de ayuda en función del género, así como su eficacia. En un momento en que los estados nacionales no son ya el marco adecuado para resolver gran parte de los problemas porque estos se plantean a nivel mundial por encima de su capacidad de acción individual, el contribuir a la capacitación, mejora y empoderamiento de las instituciones internacionales contribuye a la causa general de la libertad femenina”.[9]

Con el retroceso general de los años ’80, el feminismo clásico se refugió en las universidades al calor de la creación de los departamentos de multiculturalismo, estudios de mujeres y estudios Queer y por el frío que reinaba en las calles. Por primera vez la teoría surge de una academia que tiene poca relación con la lucha en las calles. El feminismo clásico sufre la cooptación de las referentes del viejo movimiento feminista por parte de los Estados y los organismos internacionales de crédito, a través de ONGs europeas y norteamericanas. La Cumbre de Beijing (1995) marca un antes y un después. El tema de género o de las mujeres pasa a ser parte de la agenda del imperialismo y los Estados burgueses, que destinan millones de dólares a estudios académicos y a propiciar programas de “desarrollo” para las mujeres de los países pobres. El concepto de “empoderamiento” (empowerment, en inglés) tiñe todo el lenguaje del nuevo feminismo. Este es un concepto atroz, que se apoya en la desesperación de millones de mujeres sumidas en la miseria capitalista, y que supone que dándoles herramientas para desarrollar emprendimientos productivos insignificantes, lograrán salir de la pobreza. El imperialismo adoptó la política de “empoderar” a las mujeres pobres para apuntalar uno de los pilares fundamentales del capitalismo, que es la familia patriarcal burguesa. Ante la desocupación de masas y la precarización de la vida, las mujeres de los sectores más pobres son las que podrían cohesionar a la familia para salvarla de la hecatombe. De esta manera el supuesto empoderamiento no es otra cosa que un nuevo eslabón en la larga cadena de la opresión femenina. La cruzada cristiana para rescatar a la familia tradicional de su crisis empalma con los denodados esfuerzos de las agencias de financiamiento e ideología al servicio del capitalismo -una vez más. Y el aporte de las feministas hoy llamadas “institucionales” fue clave en este sentido. Las consecuencias políticas fueron tremendas porque desarmaron al ya raquítico movimiento de mujeres en todo el mundo, reduciéndolo a un puñado de funcionarias ocupadas en caminar los pasillos de los parlamentos, organismos de crédito y oficinas del imperialismo para conseguir subsidios y prebendas, con su cartera Louis Vuitton en un brazo y sus pasajes a congresos internacionales, monografías y libros de “empoderamiento” en el otro. Son las que festejaron cuando el fascista de Bush hijo nombró secretaria de Estado a la no menos fascista Condoleezza Rice.

Este feminismo se caracteriza también por el sectarismo respecto de los movimientos de lucha por los derechos de gays, lesbianas, travestis, etc. Muchas feministas derivaron de la teoría del par sexo /género la conclusión de que la heteronormatividad es sólo un adorno que puede ser ignorado y que más bien opaca la lucha feminista. La batalla de las lesbianas organizadas para que se incluyan sus reclamos específicos dentro de las demandas de las mujeres, sigue estando vigente. O como alguna vez escuchamos, la lucha de los gays no le compete al movimiento feminista, porque los gays son hombres y son parte del “colectivo de los varones que oprime al colectivo de las mujeres”.

Sexo/Género y la confusión del género

La teoría Queer apareció en las universidades norteamericanas a mediados de los años 80 del siglo pasado, fundamentalmente a partir de los estudios filosóficos y literarios pos estructuralistas, que se basan en la idea del descentramiento del sujeto. Esta teoría tiene su mayor influencia en Michel Foucault y Julia Kristeva.

El hecho de que la teoría Queer haya surgido de la academia para nosotras es un signo de que es hija de la derrota y solamente entendiéndolo así es como se comprende la polémica. Esta teoría caló tan hondo que parece haberse convertido hoy en lo que llamamos el “sentido común” del activismo de género. Queremos señalar sus limitaciones porque consideramos que sus consecuencias políticas le hacen un flaco favor a la lucha contra el capitalismo patriarcal, ya que resultan ser una teoría de la adaptación al sistema más que una armazón teórica para la liberación, al negarle toda materialidad a la opresión, concebirla como una cuestión puramente ideal y presentar como estéril todo intento por superar al capitalismo patriarcal.

En 1989 apareció Gender Trouble (El género en disputa) de la académica norteamericana Judith Butler. La corriente ideológica en la que se inscribe Judith Butler es la del pos marxismo, conocida fundamentalmente a través de la obra de Ernesto Laclau y Chantalle Mouffe.

El pos marxismo se caracteriza por intentar hacer una amalgama entre lo que  ellos consideran correcto del marco teórico marxista desechando los aspectos que se habrían demostrado incorrectos y caracterizando su propia obra como una superación de las taras y errores del marxismo tradicional. Por otra parte, tomando ideas y elaboraciones de otras corrientes no marxistas, Laclau presenta su teoría como una pretendida síntesis, que es en realidad una justificación para su definitivo alejamiento de toda teoría marxista y su apoyo a los nuevos populismos, como el de Hugo Chavez.[10]  Judith Butler comparte las posiciones de los pos marxistas, como lo demostró en el libro de autoría colectiva junto con Laclau y Zizek.[11]

Butler es una académica norteamericana de la Universidad de Berkeley, que dicta cursos sobre retórica y literatura comparada y escribe sobre teoría Queer. Antes de las elecciones presidenciales norteamericanas de 2008 hizo campaña por Barak Obama.[12] Mencionamos esto porque rechazamos la extendida creencia de que una cosa es la producción teórica y otra distinta las posiciones políticas. Nos parece políticamente feroz que Butler venga a un país de la periferia a hacer campaña y propaganda por el mandamás del imperialismo.

Judith Butler hizo una crítica del concepto de género partiendo de una revisión de Simone de Beauvoir. Filosóficamente el feminismo siempre se ha preguntado qué es ser una mujer. Para de Beauvoir, ser mujer es haber devenido mujer (no se nace mujer, se hace), la mujer se construye a partir de lo que la que la sociedad le impone apelando a la “naturaleza” de su sexo. Aunque la elaboración de de Beauvoir es anterior a la elaboración del concepto de género, Butler considera que es una visión voluntarista del género. Según Butler, de Beauvoir ve al sexo como un dato, un hecho que corresponde con los caracteres reconocibles del cuerpo, mientras que el género es una forma cultural que se deduce del sexo biológico.

Para Butler, el sexo se construye a partir de la imposición genérica y le atribuye al género un poder performativo. Es decir, los géneros femenino y masculino impuestos por la heteronormatividad informan al sexo y el sujeto “actúa” (performance) de manera de encajar en el modelo de la heterosexualidad obligatoria.

Cabe aclarar que Butler, como todos los posmodernos, habla del sujeto en un sentido individual. Cada sujeto (persona) interpreta el cuerpo a partir del género. Por lo tanto, el cuerpo se convierte en un campo de posibilidades interpretativas que el sujeto realiza y “su existencia debe interpretarse como el modo personal de asumir y de reinterpretar los mandatos de género recibidos. Siendo una situación cultural, el cuerpo natural concebido como sexo natural, cae bajo sospecha y los límites interpretativos de la anatomía diferenciada quedan restringidos al peso de las instituciones culturales”[13]. Entonces, la anatomía no dicta el género. Sino que el género es la repetición de actos y postulados por los cuales el sujeto se construye genéricamente y “elige” el sexo. Por lo tanto, lo que ha sido tomado como algo “interior” (el sexo) es en realidad una construcción voluntaria del sujeto en su interpretación libre del género.

De esto se deduce que el sistema binario femenino / masculino que es el hegemónico, impone la heternormatividad. Por lo tanto, para Butler, la categoría mujer reifica la norma heterosexual.

“El empeño (…) por ‘desnaturalizar’ el género tiene su origen en el deseo intenso de contrarrestar la violencia normativa que conllevan las morfologías ideales del sexo, así como de eliminar las suposiciones dominantes acerca de la heterosexualidad natural o presunta”[14]. Entonces, al elegir actuar uno de los dos géneros del par heteronormativo el sujeto perpetúa la violencia de las normas de género. Consecuentemente, los sujetos que eligen actuar otros múltiples géneros por fuera del par heteronormativo desestabilizan la heterosexualidad obligatoria y por lo tanto lo que sostiene al patriarcado. Al mismo tiempo el género-sexo es un resultado político del discurso heteronormativo. Al respecto, Butler define que “decir” es igual que “hacer”, porque decir algo es producir un efecto en uno mismo o en otros. Este decir no es lo dicho en único momento, sino que se produce por la iteración (reiteración ritual). Es la performatividad, es decir la reiteración de los actos del habla, la que instituye al sujeto, lo construye. Finalmente, una supuesta performatividad alternativa permite la desidentificación con los géneros hegemónicos, la diversidad de géneros-sexos paródicos (que actúen) en oposición a los géneros-sexos heteronormativos a partir de construir nuevos discursos, pueden definir nuevas identidades. Y por tratarse de identidades por fuera de la heteronormatividad estaríamos frente a la posibilidad de la emancipación de una forma individual y por los actos de nombrarnos de manera diferente a las opresivas del par hombre-mujer.

Bajo esta perspectiva, otras feministas elaboraron y cuestionaron el concepto de mujer, y encararon la tarea de reconstrucción de la identidad femenina. Estas filósofas feministas plantean la necesidad de recodificar y renombrar al sujeto femenino ya no como otro sujeto soberano, jerárquico y excluyente, no como uno “sino más bien como una entidad que se divide una y otra vez en un arco iris de posibilidades aún no codificadas”[15]. Proceden a construir una nueva subjetividad femenina, a resignificar el sujeto femenino, teniendo en cuenta que el término “mujer” no tiene un único significado, que las mujeres no son una realidad monolítica sino que dependen de múltiples experiencias y de múltiples variables que se superponen como la clase, la raza, la preferencia sexual o el estilo de vida. A la hora de reinventarse a sí mismas y de presentar nociones de subjetividad alternativas no recurren a conceptos como ser, sustancia, sujeto etc. sino a categorías conceptuales como fluidez, multiplicidad, inter corporalidad o nomadismo. Por lo tanto, el sujeto no puede ser definido de una vez y para siempre, sino que es múltiple, se transforma, y tiene un final abierto.[16]

Lo Queer sería superar la barrera de los dos géneros hegemónicos (hombre y mujer) que son funcionales al sistema y adoptar una identidad cambiante, nómade, que no puede ser encasillada o clasificada en forma permanente. De allí se deduce que adoptar una identidad Queer, es decir romper con el mandato heteronormativo, es lo único verdaderamente subversivo respecto del patriarcado. Profundizando, Butler señala: “Hablar de performatividad del género implica que el género es una actuación reiterada y obligatoria en función de unas normas sociales que nos exceden. La actuación que podamos encarnar con respecto al género estaría signada siempre por un sistema de recompensas y castigos. La performatividad del género no es un hecho aislado de su contexto social, es una práctica social, una reiteración continuada y constante en la que la normativa de género se negocia. En la performatividad del género, el sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la ‘performance’ que más le satisface, sino que se ve obligado a ‘actuar’ el género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona y excluye. En esta tensión, la actuación del género que una deviene es el efecto de una negociación con esa normativa”. Por lo tanto, para la teoría Queer el romper con esa norma impuesta, la posibilidad de cambiar de performance, es un acto de valentía individual, para “negociar” una salida de esa normativa. Es decir, cada persona puede devenir otro género en tanto rompa con la performatividad del género normativo y se construya a través de una nueva performatividad como un género nuevo.

Esta idea es para nosotras doblemente cuestionable. Por una parte, supone que es posible realizar una especie de revolución en soledad para dejar de ser oprimido, que es puramente ideal ya que sólo se trata de nombrarse de una nueva manera. Por otra parte, no hace más que colocar al oprimido en un lugar sumamente angustiante, culpabilizándolo de no salirse por sus propios medios de las trampas de la opresión. Además es una teoría espuria e inconducente, puramente idealista, que diluye el carácter social de la opresión y despolitiza la acción colectiva por la emancipación.

Monique Wittig, escritora y poetisa francesa, al final de su vida ocupaba una cátedra de Estudios de Género en la Universidad de Arizona, Estados Unidos. Wittig es considerada una precursora de la teoría Queer. En los años 60 y 70 del siglo pasado escribió obras en las que exponía su teoría acerca de que las lesbianas no son mujeres. En 1992 publicó una serie de artículos bajo el título de “La mente hétero”.

Wittig, señala que “Toda la sociedad está fundada en la prohibición de la homosexualidad. La sociedad está fundada en la división en dos géneros, masculino-femenino, que son hegemónicos. La sociedad patriarcal está basada en el par masculino-femenino que santifica la heterosexualidad obligatoria. La heteronormatividad moldea toda la ideología y naturaliza la relación hombre-mujer en una par binario y excluyente que moldea a toda la sociedad”.[17] “En esos conceptos incluyo ‘mujer’, ‘hombre’, ‘sexo’, ‘diferencia’ y toda la serie de conceptos que llevan su marca, entre ellos ‘historia’, ‘cultura’ y lo ‘real’. Y si bien en los últimos años se ha aceptado que no existe nada a lo que se pueda llamar ‘naturaleza’, que todo es cultura, sigue habiendo dentro de esa cultura un núcleo de naturaleza que se resiste a todo examen, una relación excluida de lo social en el análisis, una relación cuya característica es ser ineludible en la cultura así como en la naturaleza, y que es la relación heterosexual. A esto le llamo la relación social obligatoria ente ‘hombre’ y ‘mujer’… Con ese carácter ineludible, como conocimiento, como principio obvio, como algo dado previo a toda ciencia, la mente hétero desarrolla una interpretación totalizadora de la historia, de la realidad social, de la cultura, del lenguaje y de todos los fenómenos subjetivos al mismo tiempo. Apenas puedo subrayar el carácter opresor que reviste la mente hétero en su tendencia a universalizar inmediatamente todo concepto que produce como ley general y sostener que es aplicable a todas las sociedades, épocas y personas. Así hablan del intercambio de mujeres, de la diferencia entre los sexos, del orden simbólico, del inconsciente, deseo, cultura, historia, dándole un significado absoluto a todos esos conceptos que en realidad son sólo categorías basadas en la heterosexualidad, o sea el pensamiento que produce la diferencia entre los sexos como dogma político y filosófico.”[18]

Wittig parte de una concepción falsa sobre los fundamentos de la sociedad actual, al considerar que toda la sociedad está fundada sobre la prohibición de la homosexualidad. La sociedad burguesa actual está fundada sobre la posición de las clases sociales con relación a la posesión de los medios de producción. Está construida a imagen y semejanza de la clase propietaria, la clase burguesa, incluyendo todos los ámbitos de la vida, también la cultura, entendida como construcción social en oposición a la naturaleza, “moldeando” además el tipo de relacionamiento sexual-afectivo, imponiendo el mandato de la heterosexualidad. Analicemos el asunto más de cerca.

¿Qué es el patriarcado?

La teoría Queer parte de una definición errónea del patriarcado, al reducirlo exclusivamente a la heteronormatividad, concibiendo a la mujer como uno de los dos polos opresivos de esa heterosexualidad obligatoria. De esta manera patriarcado y heteronormatividad son sinónimos. Esta forma de ver el problema le quita al patriarcado toda una serie de responsabilidades que incluyen la heteronormatividad, pero que la exceden.

El fundamento del patriarcado, que es muy anterior al capitalismo, es el sostenimiento de la familia como institución que garantiza la reproducción de la vida, tanto en el sentido de la procreación como en el de garantizar las tareas para la vida cotidiana. La familia se fue transformando en su forma a lo largo de la historia desde la aparición de la propiedad privada, pero su sustento siguió intocado hasta nuestros días. El capitalismo es el primer sistema que logra independizar la producción de la vida de las relaciones de parentesco. Si en todas las sociedades anteriores el mercado era marginal y la producción de los bienes materiales para la subsistencia se garantizaban de una u otra forma a partir de la organización de las relaciones de parentesco, bajo el capitalismo el objetivo es la producción en masa para la venta en el mercado y no para satisfacer necesidades. Así el capitalismo logra una forma muy original de dependencia, bajo la ilusión de la igualdad y la libertad, donde los dominados venden o alquilan su capacidad de trabajar por un salario. Lo que a la vez la de la apariencia de una transacción “libre” y “justa”.

Sin embargo, el capitalismo mantuvo una esfera por fuera del círculo mercantil de producción-distribución-consumo que caracteriza el funcionamiento del sistema. Y este aspecto es el de la reproducción de la vida en los sentidos ya mencionados. El capitalismo tuvo la habilidad de incorporar al sistema patriarcal, resignificándolo, en una nueva totalidad. El mantenimiento del patriarcado es fundamental para el funcionamiento del capitalismo, ya que le garantiza que la reproducción de la vida se hace por cuenta y cargo de la mitad de la humanidad, las mujeres, que realizan gratuitamente ese “trabajo”.[19] “El trabajo doméstico tiene la propiedad, junto con otras formas de trabajo concreto, de transferir valor al transformar productos que son mercancías, y que por lo tanto contienen determinada cantidad de valor. Esto implica que el trabajo doméstico es necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, pero permanece como trabajo privado individual, no forma parte del modo de producción capitalista de mercancías, sino que es una de sus condiciones externas de existencia”.[20]

La heteronormatividad tiene por objetivo central el cumplimiento del mandato patriarcal por excelencia, que es el sometimiento de la mujer al ámbito doméstico. Para ello necesita legitimar la sexualidad como apéndice de la procreación, convertir a la maternidad en un destino incuestionable, aunque los medios masivos de comunicación proclamen la “libertad sexual”.

La heteronormatividad se asienta sobre la opresión de las mujeres. No es un par de igualdades (masculino-femenino) que subsumen al resto de las sexualidades. En eso Monique Wittig describe muy bien cómo lo normal es lo blanco, hombre, heterosexual, libre.

La heterosexualidad obligatoria produce la violencia hacia las mujeres, los niños y niñas, los gays, las lesbianas y las travestis.

Pero en la teoría Queer no hay crítica de la familia burguesa. Más aún, en muchos casos se reivindica la formación de familias de parejas del mismo sexo sin cuestionar la existencia de una de las instituciones más opresivas de la historia.[21]

Wittig reconoce que el patriarcado oprime no sólo a lesbianas y homosexuales, sino que a muchos y muchas otros. Ella señala que “constituir una diferencia y controlarla es un acto de poder, dado que es esencialmente un acto normativo. Todas las personas tratan de mostrar que la otra o el otro son diferentes. Pero no todas tienen éxito en su empresa. Hay que ocupar una posición social de poder para lograrlo”.[22]

Nos preguntamos, la posición social de poder que permite normar, ¿cómo se construye? En el capitalismo no es la “diferencia” el mecanismo principal que constituye a la clase dominante, sino justamente la “igualdad” aparente, que es la ideología que enmascara la explotación asalariada. Por eso la lucha por la liberación de las mujeres tiene su especificidad dentro de la lucha de “todas aquellas personas que están en posición de dominadas”: en el caso de la mujer, hay una expoliación (el trabajo doméstico) que sí está basada en la diferencia. Y también es específica respecto de la lucha de los no heterosexuales, porque en este caso no hay una expoliación económica basada en la diferencia.

Mujer y capitalismo

Como ya dijimos, el patriarcado utiliza toda clase de herramientas no sólo para que las mujeres continúen oprimidas, más aún, para que además se sientan “felizmente” oprimidas, el sistema aliena a las mujeres para convertirlas en dóciles sirvientas del trabajo doméstico, al naturalizar que son las mujeres quienes están destinadas a realizar esa tarea.

Constituye la negación de la mujer como ser pleno, porque su destino es el de ser guardiana del hogar y madre. Su realización personal vale menos que nada, que está al servicio de que otros se realicen. Para la gran mayoría de las mujeres, las que constituyen la masa de mujeres trabajadoras o trabajadoras desocupadas, la existencia es una combinación por un lado, de horas de explotación en las fábricas, talleres o maquilas con salarios miserables, cada vez más miserables y por más horas de trabajo, profundizado por la crisis capitalista. Y por el otro, a hacer malabares para alimentar a sus familias, vestirlas, educarlas y cuidar de los enfermos. Las horas dedicadas al trabajo doméstico y al cuidado de otros no son un mero detalle en la vida de las mujeres. Al contrario, son causa de embrutecimiento y alienación. Se estima que las mujeres destinan un total de 1.700 millones de horas laborales al año en una tarea incesante que no recibe retribución económica y tiene tan escasa valoración social.[23]

Junto con la maternidad obligatoria, mandato patriarcal, se produce la “deshumanización” de la maternidad, al dejar de ser una decisión libre. Genera la idea de que no se es mujer completa si no se tiene hijos. El aborto en la clandestinidad produce que cientos de mujeres mueran al realizarse la práctica de manera insegura. Este procedimiento, que realizado en condiciones seguras no conlleva riesgo de vida, aumenta dramáticamente las cifras de las muertes evitables, convirtiéndose en una amenaza para las mujeres más pobres. En Latinoamérica se realizan alrededor de 500 mil abortos anuales, y sólo en la Argentina mueren cerca de 800 mujeres por abortos mal realizados. Los datos recientemente presentados por la línea “Más información, menos riesgo”, que brinda asistencia sobre el uso del misoprostol, son elocuentes. En sus cuatro meses de existencia (entre el 1 de agosto y el 20 de noviembre de 2009), la línea recibió 1700 llamados de mujeres desesperadas por no tener medios para no continuar con embarazos no deseados.[24]

Por otra parte, la negación del deseo de la mujer, al ser parte de la propiedad privada de otro, la cosifica y la deja a expensas de la violencia. En un informe presentado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el porcentaje de mujeres que habían tenido pareja alguna vez y que habían sufrido violencia física o sexual, o ambas, por parte de su pareja a lo largo de su vida oscilaba entre el 15% y el 71%, aunque en la mayoría de los entornos se registraron índices comprendidos entre el 24% y el 53%.

Las mujeres en América Latina denuncian mayoritariamente haber sido:

-Abofeteada o le habían arrojado algún objeto que pudiera herirla.

-Empujada o le habían tirado del cabello.

-Golpeada con el puño u otra cosa que pudiera herirla

-Golpeada con el pie, arrastrada o había recibido una paliza

– Estrangulada o quemada a propósito

– Amenazada con una pistola, un cuchillo u otra arma o se había utilizado cualquiera de estas armas contra ella.

Además de los golpes muchas mujeres han sido víctimas de violencia sexual aguantando cosas como:

– Ser obligada a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad.

– Tener relaciones sexuales por temor a lo que pudiera hacer su pareja.

– Ser obligada a realizar algún acto sexual que considerara degradante o humillante.

La OMS asegura que las mujeres más jóvenes, sobre todo con edades comprendidas entre 15 y 19 años, corren más riesgo de ser objeto de violencia física o sexual, o ambas.

Entre el 20% y el 75% de las mujeres había experimentado, como mínimo, maltrato físico o psicológico, en su mayoría en los últimos 12 meses.

El maltrato psicológico también afectó a las mujeres, así:

-Son insultadas o las hacen sentir mal sobre ella misma.

-Han sido humilladas delante de los demás.

-Han sido intimidada o asustada a propósito (por ejemplo, por una pareja que grita y tira cosas).
-Han sido amenazadas con daños físicos (de forma directa o indirecta, mediante la amenaza de herir a alguien importante para la entrevistada).

Las expresiones extremas de la violencia contra las mujeres son los femicidios (asesinatos de mujeres) y la trata de mujeres y niños y niñas por las redes de prostitución y trabajos forzados. Los femicidios aparecen generalmente en la prensa burguesa como meros casos policiales o casos “pasionales”, presentados aisladamente, producto de la “locura” momentánea o permanente de un hombre violento. Sin embargo, la violencia sufrida por las mujeres, en su gran mayoría provocada por hombres cercanos a la víctima, dan cuenta de una violencia que es estructural. Los datos de las muertes de mujeres a manos de hombres violentos, tanto dentro del hogar como fuera de él, aunque son de difícil acceso, ya que no hay contabilidad oficial al respecto (y esto no es casual) son tremendos. Según un informe realizado por la Asociación Civil “La Casa del Encuentro”, un espacio de mujeres lesbianas feministas, a partir de noticias aparecidas en diarios nacionales, en Argentina sólo en el primer semestre de 2009 hubo 82 mujeres asesinadas y en el 60% de los casos el asesino fue un familiar directo o indirecto. [25] Ante esto, los casos son caratulados por la justicia como “crimen pasional” y en muchos casos los hombres violentos son sobreseídos o condenados con penas menores. Un ejemplo trágico fue la argumentación de un tribunal de la provincia de Río Negro, que consideró “que el crimen de una mujer de 22 años fue sin intención porque el asesino estaba borracho. Y tendría salidas transitorias ya en 2011. Le dio 75 puñaladas sin parar, pero para el tribunal que lo juzgó no tuvo intención de matar. Los jueces entendieron que, como estaba borracho, no actuó de manera premeditada y por eso sólo le dieron 5 años de prisión.”[26]

Según el Ministerio de Salud argentino, el 15% de los nacimientos se da en jóvenes que van de 10 a 19 años y esta maternidad precoz es 10% superior a la media mundial, que es del 5%. Entre el 35% y el 50% de las madres jóvenes no trabaja ni estudia. La educación sexual que se brinda en las escuelas está hecha a la medida de sostener la apariencia de que “todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada de las jurisdicciones nacional, provincial, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y municipal. A los efectos de esta ley, entiéndase como educación sexual integral la que articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos”.[27] Sin embargo, esta ley es una mascarada, que encubre la falta total de educación sexual en las escuelas, acompañada de la falta de reparto de métodos anticonceptivos en los hospitales públicos. Y más aún, oculta que la Iglesia católica ha tenido gran influencia en la redacción de la ley y en los contenidos que se supone se deben enseñar.

Según la OIT, hay en el mundo 218 millones de niños que trabajan, y dentro de esta cifra un porcentaje enorme lo hace en el trabajo doméstico, que mayoritariamente recae sobre las niñas, ya que se favorece el acceso a estudios por parte de los varones, y por la presión cultural de que a las niñas les toca adiestrarse para su futuro.

Según la CEPAL los pobres en América Latina aumentaron este año a 189 millones, mientras que los indigentes crecieron hasta 76 millones como consecuencia de la crisis económica mundial. Con alrededor del 60% de su población en situación de pobreza, Honduras es uno de los países más afectados

47.8% es el porcentaje aproximado de la población latinoamericana y del Caribe que vive en condición de pobreza.[28] Y, lo reconocen todas las estadísticas oficiales, la gran mayoría de los pobres del mundo son mujeres, niños y niñas.

Por otra parte, el patriarcado en su cruzada por mantener a las mujeres atadas al hogar y a la maternidad compulsiva, produce una tremenda opresión sobre la sexualidad humana. Las relaciones sexo-afectivas son también cosificadas y estigmatizadas. Una consecuencia de esto es la heterosexualidad obligatoria, que como ya dijimos presenta el modelo de relacionamiento sexual-afectivo monogámico entre hombre y mujer como el único posible, deseable y respetable. Esto provoca la persecución, discriminación e invisibilización de las sexualidades que se salen de esta norma. Aunque el sistema logra apropiarse de las luchas de los y las oprimidos, asimilando lo diferente de una manera aberrante o caricaturesca. En las series de televisión importadas de Estados Unidos, nunca falta un gay políticamente correcto, lo que da la apariencia de liberación y de falta de represión. Mientras tanto, la mayoría de las personas que viven su sexualidad por fuera de la heteronormatividad sufren la persecución, el desprecio de sus familiares, ocultamiento de su vida en el trabajo, estigmatización y burla.

En conclusión, consideramos como mínimo ingenuo, pero sobre todo teóricamente absurdo y políticamente reaccionario decir que las mujeres son simplemente un polo del par heteronormativo hegemónico. Los datos, hablan.

Por la emancipación de la mujer

Dice Wittig “Mientras tanto, los conceptos hétero se van socavando. ¿Qué es la mujer? Pánico, alarma general para una defensa activa. Francamente, es un problema que las lesbianas no tenemos porque hemos hecho un cambio de perspectiva, y sería incorrecto decir que las lesbianas nos relacionamos, hacemos el amor o vivimos con mujeres, porque el término ‘mujer’ tiene sentido sólo en los sistemas económicos y de pensamiento heterosexuales. Las lesbianas no somos mujeres, como no lo es tampoco ninguna mujer que no esté en relación de dependencia personal con un hombre”.[29]

Por nuestra parte, ningún pánico ni alarma: luchamos por la extinción de los géneros, y por lo tanto, de la “mujer”. El problema es que estos son mucho más que conceptos, son relaciones sociales materiales, que por ahora se las arreglan para sobrevivir al socavamiento cultural gradual. Po ejemplo, se adaptan al cuestionamiento de la heterosexualidad obligatoria convirtiendo (como bien dice Wittig) la homosexualidad en otra heterosexualidad.

“Podemos redimir las palabras esclava o esclavo. Podemos redimir nigger, negress (términos derogatorios para las personas negras). ¿En qué difiere ‘mujer’ de esas palabras?”, se pregunta Wittig. Nosotras respondemos: en que ha habido una abolición de la esclavitud en el ámbito de la producción social, pero no en el ámbito de reproducción de la vida cotidiana, la familia.

¿Qué es la mujer en el capitalismo patriarcal? La mujer es la madre. Es la única responsable de la buena marcha de la reproducción a costa de su trabajo esclavo, entendiendo por “buena” la medida de necesidad del sistema. Aunque no esté “en relación de dependencia personal con un hombre”, sí lo está con el “sistema económico y de pensamiento heterosexual”. Para que el concepto de mujer deje de tener sentido como polo genérico dominado, la sociedad tiene que realizar todavía la tarea de separar totalmente la sexualidad (vida emocional, identidad, inclinación individual, el deseo de tener hijos) como elemento del ámbito privado, de la reproducción de la vida cotidiana, como elemento del ámbito social. A nuestro entender, esto sólo será posible encarando la lucha contra el capitalismo como sistema total que incluye al patriarcado. En ese camino, la pelea contra todas las formas de violencia patriarcal es imprescindible para la emancipación de la humanidad. Promovemos la extinción del contrato heterosexual. Esta es una tarea social, no individual, porque este contrato va a permanecer mientras no se construya una forma mejor de realizar el trabajo de reproducción de la vida cotidiana. A nuestro juicio, sólo convirtiendo ese trabajo en una rama de la producción social terminará el contrato heterosexual y el patriarcado, para lo que hace falta un nuevo tipo de sociedad, la sociedad socialista.

En la concepción Queer, como ya habíamos dicho, el hecho de salir de la opresión es un acto individual. Adoptando la identidad Queer se podría salir de la opresión. Si el patriarcado se reduce simplemente a la heteronormatividad y la mujer es uno de los dos polos dominantes que sostiene la opresión, se concluye que adoptando la identidad Queer de forma individual se terminaría con el problema, en franco retroceso respecto del grito de guerra feminista de “lo personal es político”. Sin embargo, el patriarcado tiene una funcionalidad más allá de la heteronormatividad, que es la de mantener a las mujeres como garantes de todo el trabajo doméstico. Miles de millones de horas de las mujeres destinadas a sostener la vida cotidiana, millones de mujeres víctimas de violencia, millones de mujeres sumergidas en las tareas más degradantes son más que una cuestión ideal. Porque, reiteramos, la finalidad del patriarcado es garantizar la reclusión de la mujer en el hogar.

Las feministas socialistas, así como luchamos por la extinción de las clases sociales, es decir, por el fin de la explotación de la clase burguesa sobre la clase trabajadora y por la extinción de toda forma de explotación humana, luchamos también por la extinción de los géneros. No es una cuestión puramente lingüística. Para eliminar la categoría mujer hace falta superar todo un sistema de opresión que se monta sobre la alienación de la mujer para convertirla en una máquina de limpiar y reproducir.

Pero ese “arcoiris de posibilidades aún no codificadas” que da cuenta correctamente de una completa posibilidad de total libertad sexual no debe servir para disolver reaccionariamente al género mujer que en todo caso sufrirá un revolucionamiento completo cuando sea posible la extinción de la propiedad privada y por lo tanto de las clases sociales. No se trata de redistribuir el trabajo doméstico al interior de cada familia individual, aunque hipotéticamente se pudiera, cosa que está muy lejos de ocurrir. De lo que se trata es de socializar el trabajo doméstico, que las tareas cotidianas más rutinarias pasen a formar parte de la esfera de la producción social. De esta manera se podrán establecer relaciones afectivas totalmente inéditas, basadas en la afinidad y no condicionadas por contratos económicos ni relaciones opresivas entre las personas.

En ese camino, la pelea por mejorar las condiciones de vida de millones de mujeres, conquistando guarderías en los lugares de trabajo, el derecho al aborto libre, legal, seguro y gratuito, la educación sexual científica, laica y feminista, por el reparto gratuito de anticonceptivos en hospitales públicos, por la libertad de las mujeres como Romina Tejerina, por el castigo de asesinos y violadores de mujeres y niños y niñas, por el derecho a vivir la sexualidad de la manera que a cada persona le plazca, por el desmantelamiento de las redes de prostitución y trata y la aparición con vida de las mujeres apropiadas, por detener la epidemia de femicidios… son tareas urgentes, necesarias e ineludibles.

Como feministas socialistas, desde Las Rojas queremos aportar a la tarea más importante que creemos tienen por delante las mujeres oprimidas. Es necesario recrear un movimiento de mujeres dispuesto a luchar en las calles, lejos de los subsidios y la cooptación del Estado y los organismos internacionales de crédito, lejos de las oficinas gubernamentales de “empoderamiento”, por y para las mujeres jóvenes, trabajadoras, ocupadas y desocupadas, las mujeres de los barrios populares, un movimiento que adopte como propias las reivindicaciones del movimiento lgttbi, dispuesto a luchar contra todas las miserias del capitalismo patriarcal y conquistar mejores condiciones de vida para las mujeres.

Queremos un movimiento que reivindique la identificación de la mujer como oprimida que al ingresar en la lucha colectiva se carga de atributos positivos, muy lejos de la deconstrucción Queer, que disuelve a las mujeres oprimidas y las niega como sujeto capaz de producir algún tipo de cambio.

Necesitamos construir un movimiento de mujeres rebelde, de lucha en las calles, hermanado por mil lazos con todos los oprimidos y explotados, codo a codo con las minorías sexuales, afirmando la especificidad de la lucha de las mujeres en todos lados y confluyendo con la clase llamada a liderar el cambio social, la clase trabajadora mundial, por una sociedad donde no existan la propiedad privada, las clases sociales ni los géneros, una sociedad al fin libre de explotación y opresión.

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[2] Simone de Beauvoir, El segundo sexo. 1949

[3]Esta visión de la naturaleza como algo estático e inmutable responde a un esquema religioso. En rigor de verdad, la naturaleza se caracteriza por el cambio permanente.

[4] Rubin, Gayle. “El tráfico de mujeres: Notas sobre la “economía política” del sexo”, 1975.

[5] Tristán, F. 1993.

[6] Cap. 7 “Cinco días (23-27 de febrero de 1917)” en Trotsky, 1997.

[7] Waters, 1989.

[8] Valcárcel, 2000

[9] Valcárcel, 2000

[10] Ver Borón, Atilio.

[11] Butler, Laclau, Zizek, 2004.

[12] “Es verdad que voté a Obama en las primarias demócratas y en la elección final, pero tenía algunas dudas sobre sus posiciones. Es un demócrata centrista y es importante saber que la ‘izquierda’ consiste en movimientos sociales radicales que no siempre están bien representados por Obama o sus funcionarios. Mi esperanza es que surja una práctica de la crítica en la izquierda. Por supuesto que estamos aliviados ahora que Bush se fue y que Obama está en el poder. Pero hay que recordar que Obama nunca apoyó el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo y que tenía el poder para influenciar en la votación de California que anuló el matrimonio gay. Pero, por razones tácticas, eligió no hacer nada. Y estuvo dolorosamente callado durante el ataque a Gaza, incluso cuando debería ser claro para él que los judíos progresistas están preparados para criticar la violencia del Estado israelí. También eligió en su gabinete a gente que es muy conocida por su misoginia (…) Así que veamos cuán lejos está dispuesto a ir con respecto a decisiones más difíciles. Debo decir que luego de sus primeros tres meses en el gobierno estoy más contenta de lo que había pensado. Cuando fue electo, me preocupaba que tanta gente estuviera enamorada de él y lo idealizara y que luego se decepcionara por completo o que ‘disculpara’ sus numerosos compromisos con fuerzas más conservadoras. Pero creo que Obama hizo un buen trabajo al asegurarse de que la gente no lo viera como un Mesías. Ofrece esperanza, pero no redención, lo que para mí es un alivio. Ya veremos qué posición tomará su gobierno en cuanto al aborto. En mi opinión esta es una pregunta abierta” Suplemento Soy, Página 12, 8/5/09.

[13] María Luisa Femenías, p.34.

[14] Butler, J. Revista Mu, N° 26, Julio 2009.

[15] Braidotti, R

[16] Rodríguez Mayorbe, Purificación, 2006.

[17] Wittig, edición digital.

[18] Ídem.

[19] En realidad, no se trata de “trabajo” en sentido estricto, justamente por darse fuera de las relaciones asalariadas. Utilizamos el término por estar extendido en la literatura feminista respecto del tema.

[20] Uría, Pinead, Oliván, 1985

[21] En estos momentos hay un debate en curso sobre el matrimonio gay. Consideramos justa la reivindicación de conquistar derechos para las llamadas minorías sexuales, por conseguir derechos de salud y por no ser despojados de un lugar para vivir cuando muere uno de los miembros de la pareja, derechos que deben ser conquistados para todas las personas. Sin embargo, criticamos la pretensión de algunos sectores de presentar esta lucha como un intento por entrar en la “normalidad” burguesa, sin cuestionar a la familia patriarcal.

[22] Wittig. Ídem.

[23] Cimac noticias

[24] Página 12, 27/12/09

[25] http://www.lacasadelencuentro.com.ar/

[26] Clarín, 12/9/09

[27] Programa Nacional de Educación Sexual Integral, Ley 26.150, sancionada en octubre de 2006

[28] http://www.eclac.org/

[29] Wittig. Ídem.

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