Por Elías Saadi, Socialismo o Barbarie, 5/11/15

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La dictadura del general Al-Sisi que gobierna Egipto, es producto y símbolo de una de las peores derrotas sufridas por la llamada Primavera Árabe, la serie de rebeliones populares iniciada en diciembre de 2010 en Medio Oriente.

Tiene su importancia, entonces, que ese dictador, doblemente bendecido desde Washington y Tel Aviv, se haya ido al mazo ante una huelga de más de 17.000 obreros y obreras de la industria textil que duró once días.

Todo comenzó el 21 de octubre. Miles de trabajadores y trabajadoras de la Misr Spinning and Weaving Company en Mahallah –ciudad obrera en el centro del Delta del Nilo– iniciaron la lucha reclamando un bono mensual por el 10% de su salario. También participaron los obreros de la Kafr al-Dawwar Textile Company. Es que la brutal carestía que sufren bajo los planes del FMI que aplica el dictador, ha ido licuando sus ingresos.

La acción comenzó ese día con sólo 3.000 trabajadores, que organizaron asambleas y piquetes, e impusieron la paralización. Tres días después, la totalidad de los más de 17.000 obreros y obreras de la fábrica se habían plegado firmemente y con gran apoyo de la población de Mahallah. La lucha le pasó también por encima a la burocracia de los sindicatos oficiales, que la dictadura ha reconstituido.

La reacción inicial del gobierno fue la de lanzar rayos y centellas, multiplicando las amenazas. Pero se cuidó de desatar una represión brutal, como acostumbra. Finalmente, a los once días, tiró la toalla y anuncio públicamente que concedía el bono. Los trabajadores levantaron la huelga, pero exigen que además de esa declaración, el gobierno firme un compromiso con ellos.

Con eso, los activistas hacen un alerta más amplio de no bajar la guardia frente al gobierno, que tiene planes antiobreros mayores, en la perspectiva de privatizar la industria textil egipcia.

¿Qué pasó?

Esta victoria –si Al-Sisi no logra burlarla– tiene causas y posibles consecuencias de importancia. Aquí se entrelazan desde las tradiciones históricas de combatividad de ese sector, su papel destacado en las luchas antes y después de la rebelión de Plaza Tahrir, hasta los problemas que enfrenta hoy la dictadura para legitimarse.

En primer lugar, las luchas de la Misr (fundada en 1927) y de otras fábricas de la ciudad obrera de Mahallah son parte de la historia de Egipto, ya desde las épocas de la colonia británica.

En los años 30 comenzaron allí las huelgas por la jornada de 8 horas. En 1947, los obreros de la Misr y la población de Mahallah redoblaron los enfrentamientos con las tropas de la monarquía títere de Londres. Con la “revolución” de Nasser que nacionaliza la industria textil y da amplias concesiones, se abre un paréntesis. Pero, bajo sus sucesores, vuelven las luchas y las huelgas.

Finalmente, en el siglo XXI, en Mahallah, se planta la semilla de lo que sería luego la rebelión de Plaza Tahir que derribaría la dictadura de Mubarak en 2011. El 6 de abril de 2008, los trabajadores de Mahallah en huelga, inician duros choques con la policía que se generalizan en toda la ciudad, con barricadas, autos quemados, toma de plazas y edificios, etc.

A partir de allí, un grupo de jóvenes que habían ido a Mahallah a apoyar a los textiles, fundan el Movimiento Juvenil 6 de Abril, que luego en 2011 jugaría un papel de primera línea en Plaza Tahrir. Ese año, simultáneamente, en Mahallah los trabajadores de Misr cierran la fábrica y van a la huelga en apoyo al movimiento desatado en Tahrir. Esta confluencia obrera, juvenil y popular fue decisiva para derribar la dictadura de Mubarak en 2011.

Estos antecedentes explican que la dictadura de Egipto lo piense dos veces antes de ir al choque con los trabajadores de Mahallah.

Un dictador que busca legitimarse mediante un disfraz democrático

Sin embargo, no sólo influyeron los antecedentes históricos de la Misr y otras fábricas de Mahallah. A eso se suman los problemas actuales de un dictador que no logra un convincente maquillaje democrático que le dé legitimidad.

Los trabajadores iniciaron la huelga en momentos en que a Al-Sisi le está yendo muy mal en las elecciones parlamentarias que montó con ese objetivo. Éstas comenzaron el 17 de octubre y finalizarán el 2 de diciembre próximo.

Le va mal, no porque haya candidatos que le hagan competencia y puedan derrotar a su coalición, que se llama “Por Amor a Egipto” (¡no es una broma!). Preventivamente, Al-Sisi ya proscribió a medio mundo, desde los Hermanos Musulmanes hasta las posibles listas de izquierda independientes. Las coaliciones de “oposición” que dejó en pie, sólo están para darle una apariencia democrática a esa.

Pero Al-Sisi tiene un grave problema: casi nadie va a votar. En la primera fase de estas “elecciones” (votación en el Alto Egipto y Oeste del Delta, del 17 al 28 de octubre) los votantes oficialmente no llegaron ni al 25%. Y esas cifras por ser oficiales son dudosas. Probablemente la abstención alcanzó el 80% o más… Furioso, Al-Sisi lanzó una campaña de presiones que incluye multas a los que no voten… Trata que haya más votantes en la segunda fase, del 21 de noviembre al 2 diciembre, donde se vota en el Egipto Central y el Este del Delta, que incluye a El Cairo.

En medio de ese fracaso inicial del operativo de legitimación electoral, es lógico que el dictador haya evitado un choque violento con los textiles de Mahallah.

Al mismo tiempo, todo es muy contradictorio. Al-Sisi ha perdido el apoyo de sectores populares confundidos –incluso del movimiento obrero– que al principio, por rechazo a los islamistas de la Hermandad Musulmana, creyeron que era el “nuevo Nasser” y le permitieron dar el golpe de Estado de julio de 2013 contra el malherido gobierno de Mohamed Morsi.

Es que desde entonces, Al-Sisi ha demostrado ser una de las dictaduras más sanguinarias en la historia de Egipto. Ya van 3.500 opositores asesinados y unos 40.000 presos, desde Hermanos Musulmanes hasta luchadores laicos del 6 de Abril, de Socialistas Revolucionarios (trotskistas) y otras organizaciones de izquierda.

Pero esta decepción, que se expresa en el abrumador rechazo a la farsa electoral, aún es pasiva. Al no votar, le niega legitimidad a Al-Sisi y su dictadura. Pero todavía no se traduce en movilizaciones a gran escala ni otras acciones políticas relevantes.

Eso le da margen a Al-Sisi para continuar en el trono, pero con una debilidad que no puede remediar: se mantiene gracias a las proscripciones y la represión… que a su vez le arruinan el imprescindible maquillaje democrático. Y eso se expresa no sólo en las votaciones al parlamento. Habrá también elecciones en las organizaciones de estudiantes universitarios, y ya han sido proscriptas preventivamente las candidaturas de los Hermanos Musulmanes, del Movimiento 6 de Abril y de los Socialistas Revolucionarios… ¡Por las dudas que los estudiantes voten mal!