Por José Luis Rojo, Socialismo o Barbarie, 02/11/2012

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Una crítica a la práctica política de sectores de la izquierda argentina[1]

“Cualquier activista sabe muy bien que el ‘resultado’ específico bajo la forma de una conquista material no es ni puede ser de ningún modo el único punto de vista decisivo en una lucha económica (…); además del ‘resultado específico’ en conquistas materiales, y aun sin ese resultado, el efecto quizá más importante de las huelgas en Europa occidental consiste en servir de puntos de partida para la organización.”
(Rosa Luxemburgo, “La teoría y la praxis”)

La práctica política que viene desarrollando un amplio espectro de la izquierda argentina nos muestra un comportamiento regular que cada vez tiene menos connotación de una actividad revolucionaria de amplias miras y más de acción oportunista en función de objetivos limitados e “inmediatistas”.

El “qué no hacer” de grupos como el FPDS (Frente Popular Darío Santillán) acentúa esto en su reivindicación de una “diligencia economicista” y de un “necesario aprovechamiento de los espacios institucionales”, entre otras formulaciones del mismo cuño.

Otro ejemplo es el de las corrientes integrantes del FIT (Frente de la Izquierda y los Trabajadores), marcadas de manera creciente por una práctica política de extremo carácter “porotero”, que desliga la obtención de las parcialidades de los objetivos más generales de la lucha revolucionaria. “La vida por un poroto” podría ser la síntesis de esta conducta política.

Desde ya que parte importantísima del quehacer político cotidiano de la izquierda revolucionaria debe ser la obtención de reivindicaciones parciales donde sea posible, así como ganar cada vez más posiciones; sería de un “maximalismo” criminal no partir de la trinchera de la lucha de cada día.[2] No cuestionamos eso, sino la consolidación de una práctica cuya tendencia es al abandono de todo nexo explícito con las perspectivas generales de la lucha. De ahí el carácter “porotero” de esas prácticas, que todo lo subordinan a la obtención de algún cargo o beneficio parcial siempre a expensas de los intereses generales de la lucha de clases.

Etapa y reivindicaciones, o la adaptación a los límites del período

Los problemas parten siempre de algún lugar. Y aunque algunos analistas superficiales descarten la categoría de etapa en aras de no se sabe qué subjetivismo, es por el actual ciclo político que hay que comenzar, porque remite a una serie de rasgos y regularidades que, aun en su dinamismo, configuran las características centrales de un período.

En nuestra opinión, grosso modo, estamos en una suerte de ciclo político que dimos en llamar de “rebeliones populares”, y comporta un extraordinario recomienzo histórico de la experiencia de los explotados, a la vez que muestra todavía los estrechos límites de toda experiencia que inicia.

Una manera de distinguir esos rasgos y límites es ponerlos en correspondencia con los momentos clásicos del período de crisis, guerras y revoluciones del siglo XX, sobre todo de su primera mitad. Por entonces, la dinámica política se movía entre los polos de la revolución y la contrarrevolución, y que se caracterizaba por el hundimiento de la mediación de la democracia burguesa. Es evidente que hoy estamos todavía lejos de esto, que dio lugar a las situaciones revolucionarias “clásicas” en las que se planteaba el problema del poder de la clase obrera a partir de un escenario de violenta polarización entre las clases.

En las condiciones actuales, si llega a haber enfrentamientos sangrientos, como ocurre en el mundo árabe, en todo caso el hundimiento de la democracia burguesa no es todavía la norma (esto es válido, incluso, para el propio mundo árabe, donde la caída de los regímenes dictatoriales se canaliza vía regímenes justamente de democracia burguesa).

Lo habitual es más bien una dialéctica que se establece entre las rebeliones populares desde abajo y su reabsorción “reformista” por parte de un proceso de “pasivización”, “transformismo” y/o cooptación desde arriba; en el caso de Latinoamérica, por ejemplo, es visible cómo determinados gobiernos hacen una u otra concesión a modo de escamotear el sentido más general de la lucha, buscando inhibir toda posible dinámica anticapitalista e independiente.

Eso es lo que vivimos cotidianamente en la Argentina, y más agudamente en Venezuela y Bolivia. El mecanismo general ha sido otorgar concesiones o admitir conquistas logradas desde abajo pero persiguiendo el objetivo, en definitiva, de abortar una posible dinámica que eleve a una comprensión política revolucionaria.

En suma: maniobrar para que las conquistas que se obtengan sean fines en sí mismos, sin cuestionar el sistema capitalista como tal, en vez de que sean vistas como una parte integral e importantísima, pero parte al fin, de una pelea más general contra el orden social explotador.

Este escamoteo del contenido transformador de las reivindicaciones hace parte íntima de las características del período. Por varias razones: a) la dinámica no tan “catastrófica” todavía de los desarrollos; b) el hecho de que la democracia burguesa sigue siendo, a pesar de todo, el mecanismo de mediación político universal; c) las experiencias y luchas de los explotados parten de más atrás que en las situaciones del siglo pasado, y d) las corrientes consideradas como de “centroizquierda”, “autonomistas”, “populistas” o de la “nueva izquierda” se adaptan a un período caracterizado, para ellas, por la “inactualidad” de la revolución socialista, que estaría fuera de la agenda histórica. El sistema no puede ser desbordado, y para colmo se asume, explícita o implícitamente, que en el pasado el “error histórico” cometido habría sido “no reconocer en la democracia (burguesa) un valor universal”…

Lo que queremos tratar aquí es que esto no sólo es característico de las corrientes señaladas, sino que se expresa incluso –en todo caso de manera no explicitada o “consciente” – en la práctica política habitual de las corrientes revolucionarias en nuestro país.

Por ejemplo, las fuerzas integrantes del FIT muestran de manera creciente una adaptación total o parcial al carácter limitadamente reivindicativo del período, y pierden de vista las amplias miras que nos caracterizan como tradición política socialista revolucionaria: de ahí que los definamos como “izquierda porotera”. Un ejemplo flagrante de este comportamiento, y que acaba de hacer crisis, es cómo todas ellas habían abandonado el eje del aborto dada la negativa del gobierno kirchnerista a otorgarlo. Volveremos sobre esto más adelante.

La pelea por arrancarle al sistema todas las concesiones posibles sin adaptarse a los límites orgánicos del período y buscando mantener la amplitud de miras socialista se configura entonces como uno de los elementos principales de la práctica política de toda corriente que se considere revolucionaria en la actualidad. Si se abandona esto, sólo queda la lucha “porotera”.

Teoría y práctica del “poroterismo”

Parte de este proceder es la manera equivocada en que las corrientes de izquierda están abordando la pelea por las reivindicaciones. Cada una a su modo, parecen haber olvidado la sustancia del debate de Rosa Luxemburgo con Karl Kautsky a propósito de la huelga de masas a comienzos del siglo XX.

Recordemos que Kautsky señalaba que los trabajadores y sus organizaciones solamente podían plantearse “reivindicaciones que llevaran al triunfo” y no “desgastarse” poniendo en marcha acciones de masas que no condujeran a resultados “tangibles”.

Rosa no era una irresponsable ni perseguía quimeras. Pero en su defensa del método de la huelga de masas le señalaba a Kautsky que era un error flagrante el confiarlo todo a la capacidad “negociadora” de los dirigentes sindicales. Insistía en que no tenían cómo reemplazar “artificialmente” y desde arriba a la clase obrera y la experiencia que necesariamente ésta debía llevar a cabo. Y que muchas veces, aunque se perdiera la lucha, aunque no se obtuviera una reivindicación material tangible, lo que se ganaba en experiencia de lucha y organización mediante la práctica de la huelga de masas no tenía precio.

Rosa le espetaba a Kautsky que, en definitiva, su estrategia era “parlamentarismo y nada más que parlamentarismo”, confiando además en una línea evolutiva, sin rupturas ni acciones revolucionarias, buscando una mayoría parlamentaria como mecanismo para llegar al poder.

Se preguntará el lector: ¿qué tiene que ver este debate con el FPDS, o, a otro nivel, con las crecientes prácticas oportunistas del PO (Partido Obrero) y el PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas)? En nuestra opinión, mucho.

Es real que las prácticas de estas organizaciones difieren en muchos aspectos. El FPDS tiene una orientación casi abiertamente reformista, cualquiera sea el ámbito en el que actúe: desde los movimientos piqueteros a las universidades, su ubicación respecto de la pelea contra la burocracia sindical o, incluso, la manera de abordar el debate que están sustanciando en su seno acerca de un “instrumento político electoral”. Hay que subrayar que su estrategia no es de independencia política de clase sino de colaboración de clases; de ahí el apoyo acrítico a los gobiernos de Hugo Chávez y Evo Morales; o, en la Argentina, respecto de Cristina, la orientación de “apoyar lo bueno y rechazar lo malo”.

Pero los problemas son crecientes también en el PO y el PTS, más allá de que consideremos a ambas corrientes, en términos generales, como revolucionarias.

Respecto del primero, es conocido que tiene una inveterada tradición estrechamente reivindicativa que lo llevó a tener parte importante en la responsabilidad de conducir al movimiento piquetero al callejón sin salida de plantear, por todo programa, el subsidio a los desocupados y nunca jamás un programa transicional formulado alrededor del planteo de trabajo genuino, por poner sólo un ejemplo.

Lo que se pierde de vista en esta práctica reivindicativa estrecha –y, por añadidura, objetivista[3]– es el problema estratégico de la elevación política de la clase obrera. Veremos a continuación el análisis de algunos casos.

Una política de “rosca” en el movimiento estudiantil

Una circunstancia grave se da en el movimiento estudiantil. En la militancia juvenil del PO se ha establecido una práctica habitual de “rosca”, que las más de las veces se desentiende de las necesidades de la lucha. Todo se supedita al objetivo de “retener la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires)” en condiciones en que no ha habido gran ascenso en las luchas, lo que debería llevar, al menos, a evaluar el problema con un ángulo crítico.

Desde ya que acordamos en la importancia de que la FUBA no vuelva a caer en manos de los radicales o el kirchnerismo. De ahí que más de una vez, a pesar de nuestras críticas, desde el Ya Basta! actuamos en los congreso de la propia FUBA en ese sentido.

Sin embargo, la mejor defensa de la federación universitaria es la que el Partido Obrero nunca ha ensayado: intentar utilizarla como palanca para la movilización, organización y politización de al menos una parte de la base estudiantil.

La realidad es que ha hecho casi lo contrario. Se ha mantenido en la dirección incluso a expensas de inmensas concesiones en materia de desmovilización y acuerdos políticos poco claros con La Mella (una organización adaptada a la gestión de las facultades, si bien no puede ser homologada con las fuerzas burguesas) y otras prácticas por el estilo.

En la conservación del aparato de la Federación ha sufrido otra grave presión: se trata del hecho de que el PO tiene un verdadero ejército de “becarios” (rentados) en las fotocopiadoras de las facultades y el CBC; éstos viven materialmente de ese medio y meten presiones oportunistas y deformantes permanentes sobre el propio partido.

Como construcción revolucionaria se trata de una práctica absolutamente equivocada.[4] Un ejemplo reciente de las consecuencias políticas de esto se vio en la Facultad de Psicología de la UBA, donde los rentados del PO plantearon que el EPA (su agrupación histórica en dicha facultad) se presentara electoralmente con el DALE (la agrupación del MST y otras fuerzas oportunistas), sin más miras que conservar los ocho cargos rentados en la fotocopiadora, en un caso extremo de “poroterismo”. La “escuela” del PO en la FUBA (como la del Polo Obrero en el movimiento piquetero) no ha dejado de trasladar fuertes deformaciones a la práctica política de dicho partido.

Pero hay más ejemplos de la práctica política “porotera”. En la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, no sólo La Mella sino también el PO (con el aval del PTS) abandonaron la pelea por la administración independiente de una beca de apuntes estudiantil. Este abandono fue hecho en beneficio de una nueva beca llamada “Arturo Jauretche”, administrada desde arriba por el Estado y la gestión.

La justificación de esto fue “cómo se puede rechazar una beca estudiantil”. Esta posición se esgrimió aun cuando la Jauretche liquida la beca de apuntes administrada de manera independiente desde el centro de estudiantes, que es considerada como una conquista por un amplio sector.

Es evidente que la gestión hizo cuentas y llegó a la conclusión que era mucho mejor administrar el dinero de manera directa y apuntar a “cooptar” toda una franja de estudiantes necesitados, que dejar que esto fuera administrada por el centro de estudiantes en manos de fuerzas de izquierda. Aquí, a la limitación de un beneficio económico (porque la nueva beca es de poco monto y no alcanza a cubrir el costo de los apuntes, como si ocurría con la anterior) se le suma el hecho de acabar con la independencia política de un beneficio administrado por el movimiento estudiantil mismo.

En definitiva, esto remite a la práctica más general que venimos denunciando: la lucha por las reivindicaciones demasiadas veces se hace a expensas de las perspectivas generales y de manera inconexa con la elevación política general de los explotados y oprimidos contra el sistema.

El abandono del movimiento de mujeres

Veamos ahora el caso del PTS, que viene mostrando crecientes rasgos de Realpolitik, adaptando su práctica a unas necesidades de aparato hasta cierto punto independizadas de las de la lucha de clases.

Esto se manifiesta en una orientación de abandonar la lucha por las reivindicaciones reales en beneficio de una agenda interna que demasiadas veces se desentiende de los problemas que plantea la lucha de clases. En esta práctica, el cálculo partidario se impone por sobre las necesidades de la lucha independientemente de casi cualquier otra consideración.[5]

Un ejemplo reciente de esto es su orientación en relación al movimiento de mujeres. No se sabe en función de qué cálculo absurdo el PTS decretó que el movimiento de mujeres “ya no existe más en la Argentina”.[6] Y a partir de esa definición, a todos los efectos prácticos desmontó su agrupación con la consideración de que la construcción allí era puramente “táctica”. Aunque se trata de un debate que por su especificidad excede las posibilidades de este artículo, cabe efectuar algunos señalamientos

Primero, la supuesta “inexistencia” del movimiento de mujeres sólo se verifica en las cabezas de los dirigentes de dicho partido. No sólo se da de patadas con las decenas de miles de mujeres que participan anualmente en los encuentros nacionales, sino con el peso creciente que la pelea por los derechos de las mujeres viene cobrando en la agenda política del país, ahora alrededor del tema de los abortos no punibles.

Como si lo anterior fuera poco, la consideración reduccionista como “táctica” del emprendimiento constructivo en este terreno desconoce que la opresión de género no es un epifenómeno de la explotación capitalista, sino que el patriarcado y la familia tradicional son parte orgánica de ella. Y en ese sentido, la pelea contra la opresión de la mujer es parte constitutiva estratégica de la pelea por acabar con la explotación del hombre por el hombre.

Aquí lo que nos interesa es cómo el PTS opone mecánicamente la construcción del partido, como si fuera un factor en sí mismo, al sostenimiento de las reivindicaciones que plantea la lucha de clases. Y esto deriva, por otras vías, en la misma conducta del resto de las corrientes “poroteras”: el escamoteo de las perspectivas más generales en función del “beneficio” para el propio grupo o mini aparato.

Los casos del movimiento piquetero y Zanón

El problema general aquí es que lo que se pierde en el camino de las prácticas habituales del FPDS, o incluso del PO y el PTS, es lo más importante: la organización independiente de la clase obrera y su elevación política.

Desde ya, el PO y el PTS son parte de e incluso dirigen experiencias importantes, al igual que, en un nivel más “inorgánico”, el propio FPDS.

El PO parece pensar que su sola presencia resuelve las cosas. Ya hicimos mención que al movimiento piquetero lo consideraban “socialista” esencialmente porque ellos eran parte de su dirección. En su momento señalamos que el movimiento piquetero era un movimiento de trabajadores desocupados y popular con características más o menos independientes (independencia que luego perdió), pero de ninguna manera un “movimiento socialista” que tuviera un programa “anticapitalista”: su programa era muy mínimo y nunca se logró ir más allá de ello, en lo cual la política del PO tuvo responsabilidad.

También nos hemos referido a la actuación del PTS en Zanón: jamás señaló de frente y con franqueza que no era, finalmente, más que una cooperativa, con todas las presiones que entraña esta situación. Esa comprensión era y es imprescindible para darse una orientación revolucionaria a fin de evitar que la experiencia se degrade.

En síntesis: por una lógica de “socialismo de la miseria”, estrechamente “reivindicativa” o de Realpolitik, lo que se termina perdiendo de vista son las perspectivas generales de organización y politización de la clase obrera, decisivas para que se plantee ser la clase dominante.

Táctica y estrategia, o la lógica del vale todo

De lo anterior se desprenden los problemas de táctica y estrategia en la práctica habitual de estas corrientes. El caso del FPDS casi se podría caracterizar como liso y llano abandono de toda estrategia revolucionaria. Esto se justifica en aras de una supuesta “incertidumbre estratégica” donde se termina imponiendo una práctica reformista, de colaboración de clases y de hurras a Chávez por toda perspectiva.

Respecto de esta corriente cabe desarrollar una polémica mucho más global para la que carecemos de espacio aquí. Porque su “Socialismo Nuestro Americano” responde a una adaptación integral al chavismo, y constituye una estrategia cuyo punto de mira central es la consideración de que la perspectiva de la revolución socialista estaría ausente del horizonte histórico y que, en Latinoamérica, incluso la tradición misma del socialismo revolucionario no tendría “nada que hacer” dadas las “peculiaridades” de la región (ver, por ejemplo, los textos de Miguel Mazzeo).

Pero dejando de lado al FPDS para un trabajo ulterior, veamos qué pasa con la táctica y estrategia en el PO y el PTS, en el marco del debate que estamos sustanciando con esas corrientes alrededor del Frente de Izquierda.

El PTS incluso afirma que viene “discutiendo ampliamente” la cuestión de la “estrategia” en su organización. Pero, si entendemos bien, si el término tiene un significado es que todas las acciones parciales, para los socialistas revolucionarios, están presididas por la perspectiva más general, que no puede ser otra que la elevación política de la clase obrera en el camino del poder de los trabajadores y la revolución. Cada táctica, entonces, debe ser una manera práctica de ir avanzando en esa estrategia, y todos los pasos intermedios deben ponerse al servicio de esa perspectiva.

Dicho de otra manera: las mismas tácticas o reivindicaciones que perseguimos los revolucionarios nunca pueden concebirse como fines en sí mismos (esto es, transformando los momentos parciales en “estratégicos”), sino como parte de la perspectiva de fondo.

Pero esto no sucede. En el debate con el FIT nos enteramos de que, para el PTS, sería un acuerdo puramente “táctico”, y entonces no tiene ninguna importancia que frente a todos y cada uno de los hechos de la lucha de clases sus integrantes vayan por carriles separados. Todo vale porque, en definitiva, el FIT es “táctico”…

Sin embargo, la relación entre la táctica y la estrategia no puede ser una del “vale todo”: esto sería un puro oportunismo que reduciría la política a las tácticas del día a día, dejando los objetivos estratégicos para los días de fiesta, en la mejor tradición reformista.

Se trata, por el contrario, de una relación dialéctica, donde se supone que las tácticas deben perseguir un fin estratégico, como puede ser la pelea por la independencia política de clase del proletariado y su recomposición independiente, al servicio de la transformación socialista de la sociedad.

Es verdad que el FIT permanece como un frente de vanguardia político independiente (aunque no como un “hecho de masas objetivo”, como parecen creer alguno de sus integrantes). Es por esta misma razón que desde el Nuevo MAS discutimos con él, y estaríamos dispuestos a ingresar en el mismo bajo determinadas condiciones.

Sin embargo, esto no quiere decir que nada importen sus posiciones políticas y las opciones prácticas que se expresan en su seno, y que han derivado últimamente en una grave crisis que amenaza con transformarlo en un frente sin principios.

Es que la posición de IS (Izquierda Socialista) de apoyar con armas, bagajes y “teoría” un cacerolazo gorila como el del 13 de septiembre rompe con la independencia de clase y difumina los contornos independientes del FIT. Lo propio ocurre en el gremio ferroviario. Se supone que hasta cierto punto los integrantes del FIT impulsan una orientación sindical independiente con respecto a los agrupamientos en los que está dividida la burocracia sindical: las dos CGT y las dos CTA.

Pero resulta ser que en una elección de altísimo voltaje político como la de la Unión Ferroviaria tienen el comportamientos sin principios de dividir el frente clasista y preparar una grave derrota, que no dejará de tener consecuencias sobre el juicio por el asesinato de Mariano, independientemente de que éste parezca bien encaminado hasta el momento.

Las discusiones de táctica y estrategia deberían servir para establecer la justa dialéctica entre ellas y no para santificar un vale todo oportunista, que se parece a una suerte de caricatura de “razón de Estado” en miniatura para justificar el accionar del propio aparato.

La búsqueda de obtener parlamentarios a como dé lugar, con toda la importancia táctica que tiene esta tarea, es oportunismo y nada más que oportunismo, que socava la justa relación entre las peleas o planos parciales y la tarea más general de elevación política de la clase obrera.

Esto nos lleva a otra discusión: las relaciones generales entre fines y medios. En un reciente folleto señalábamos que para poder evaluar los medios a ser empleados no solamente había que ponerlos en correspondencia con los fines, sino también con el terreno material en que se lleva a cabo la acción.

Más allá del profundo finalismo del marxismo, no hay cómo llevar adelante una acción transformadora si se parte de un terreno “ideal” que se desentiende de las condiciones reales de la lucha. Esta cuestión está en el ABC de la política revolucionaria y no hace falta desarrollarla más aquí.

Sin embargo, sí debemos insistir en que esto no significa, ni justifica, un oportunismo de vuelo bajo. Todos los medios son lícitos –no puede haber ninguna moral abstracta respecto de esto–, ¡pero sólo en la medida que sirvan a los fines revolucionarios de emancipación del proletariado! Por eso Trotsky podía afirmar que “el fin justificaba los medios”. Y también formular la inversión dialéctica de este aforismo cuando advertía que “no todos los medios están justificados”.

Claro que no: ¡solamente lo están aquellos que conducen, efectivamente, a la revolución socialista, a la elevación de la clase obrera como clase dominante, a su organización independiente y su politización, diciéndole invariablemente la verdad, por amarga que sea!

Pero no es éste es el criterio del PO y el PTS. Su práctica está plagada de racionalizaciones (justificaciones en aras de criterios desligados de las necesidades de la lucha de clases), peticiones de principio (todo vale porque, por definición, somos “el” partido revolucionario), instrumentalismo (explotación de una lucha para fines distintos de la lucha misma), de “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago” (un comportamiento de vulgar doble estándar).

En definitiva: un comportamiento alejado de una práctica socialista revolucionaria auténtica.

El paralelogramo de fuerzas de la política revolucionaria y la construcción del partido

Esto nos lleva a un último problema: el de las relaciones generales entre la lucha de clases y la construcción del partido revolucionario. Aquí también aparecen rasgos de oportunismo al establecer una “escisión”, casi un abismo, entre ambos “factores”.

Inevitablemente, el partido está siempre sometido a una doble tensión. Por un lado, es o debe ser un instrumento al servicio del desarrollo de las luchas. Pero por el otro, como organización específica que es, como factor permanente de organización que es, debe proceder a su propia construcción porque no hay nadie que lo haga por él (su construcción es lo menos “objetivo” y “espontáneo” que hay).

Esto establece una tensión dialéctica inevitable en todo partido revolucionario que se precie de tal (o para todo pensamiento fuerte de partido que no sea el movimientismo economicista que defienden los intelectuales del “qué no hacer” vinculados a organizaciones como el FPDS).

Ahora bien, todo pasa por cómo se resuelve de manera efectiva esta tensión, so pena de caer ora en el movimientismo que no permite construir el partido, ora en el burocratismo que busca construirlo desentendiéndose de las necesidades que plantea la propia lucha. Si el caso del primero es típico de las organizaciones populistas tipo el FPDS, se podría decir que el PO y el PTS son exponentes del segundo.

En el PO la construcción tiene fuertes rasgos aparatistas, que lo confían todo en el desarrollo “objetivo” de las cosas y nada en la acción educativa del propio partido y el desarrollo de la conciencia socialista de la propia clase (reemplazado por el propio partido). La idea es que la lucha por las reivindicaciones conduce objetiva y mecánicamente a la elevación política de la clase obrera, y que el rol del partido es colocarse (burocráticamente) a la cabeza de ese curso objetivo. Punto.

Volvamos a recordar aquí la discusión de si el movimiento piquetero era un “movimiento socialista” porque una parte estaba dirigido por ellos. En todo caso, era un movimiento reivindicativo combativo dirigido por socialistas, lo que es una cosa muy distinta. Y por otra parte, mal dirigido por esos mismos socialistas, que no dieron la pelea contra el atraso que arrastraba ese movimiento. Por el contrario, se adaptaron a él para dirigirlo de manera oportunista, encuadrándose sin crítica en la mera reivindicación del Plan Trabajar y llevándolo a un callejón sin salida.

Por su parte, el PTS está desarrollando una práctica distinta que, lo admitimos, es muy peculiar de ese partido. Mediante un mecanismo que sólo se puede calificar de caprichoso y autoproclamatorio, que mide mal las verdaderas relaciones de las cosas, se dedica a una agenda de problemas que sólo tienen que ver con su propio ombligo y no con la que marca la realidad objetiva de la lucha de clases. ¿Acaso esta organización cree haberse transformado en un “factor objetivo de la realidad”, como lo sería un partido o dirección de masas?

Es cierto que las organizaciones de vanguardia tienen su ámbito de incidencia. Y que toda lucha política, cuando se logra un determinado “paralelogramo de fuerzas” (Engels), cuando se confía en la política revolucionaria apoyada o fundada en relaciones reales compuestas, mueve montañas. Pero ese “paralelogramo de fuerzas” no depende de nuestra sola voluntad, sino de la existencia de determinadas condiciones objetivas y materiales, en las cuales nos apoyamos para hacer política revolucionaria. Y además, no todos los días las organizaciones de vanguardia tienen esa capacidad de lograr una modificación de conjunto a partir de una decisión propia.

Pero incluso si el PTS fuera un partido de influencia de masas, su enfoque sería equivocado (y potencialmente más peligroso). Porque aun en ese caso es absurdo pretender avanzar en su construcción a partir de una agenda artificial, que no tuviera como centro las exigencias y peleas que plantea objetivamente la lucha de clases.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde la famosa definición de Marx que rezaba que los comunistas no perseguían otros intereses que los generales. Luego vino Lenin y, superando a Marx, demostró que para perseguir esos intereses generales hacía falta organizar a los revolucionarios de manera separada de los reformistas. Pero de estas clásicas discusiones el PTS no parece haber aprendido mucho, porque una cosa es darle una fuerte centralidad a la construcción del propio partido, y otra completamente distinta es pensar que esto podría hacerse desentendiéndose de las necesidades de la lucha.

Nuestra corriente se caracteriza por una concepción distinta: la tarea de construcción del partido está íntimamente ligada a la lucha por la elevación política de la clase obrera a partir de las exigencias reales que impone la lucha de clases. Para nosotros, no se trata de una construcción revolucionaria a expensas de las necesidades, luchas y politización de la clase obrera, sino al servicio de estas mismas tareas. Y esto implica superar tanto las derivas movimientistas como las “poroteras” de la izquierda argentina de hoy.

[1].- La expresión popular “contar porotos” alude en Argentina a la costumbre en los juegos de naipes de llevar la cuenta de los puntos ganados mediante porotos. (Nota de SoB)

[2].- En la Segunda Internacional de comienzos del siglo pasado, se llamaban maximalistas las corrientes que, a modo de equivocado antídoto a la deriva oportunista, despreciaban la lucha cotidiana por reivindicaciones en beneficio de un discurso altisonante y “radicalizado”.

[3].- Por práctica objetivista nos referimos a la unilateralización total de la idea de que por su sola movilización la clase obrera eleva su conciencia. Si no hay terreno de aprendizaje más importante que su propia práctica, en esa misma práctica existen límites frente a los cuales es imprescindible la colaboración del partido revolucionario para ayudar a esa elaboración; si así no fuera, el partido no sería necesario. Es la sustancia de esta colaboración lo que pierde de vista el PO y distorsiona el PTS. Su lógica es la de un “acoplamiento” mecánico de la movilización de los trabajadores al que se le “superpone” mecánicamente el partido como una suerte de factor “externo”. Una manifestación de esto es que para el PO todo movimiento de masas es necesariamente “progresivo”, no importa qué contenido social, programa y dirección real tenga, y en todo caso siempre está el PO para venir a “cambiar el contenido” del movimiento con su sola presencia, más allá de cualquier proporción.

[4].- La cantidad de rentados de una organización revolucionaria debe tener cierta proporción con su cantidad de militantes para no configurar una deformación. Y también se debe tener el cuidado de que esos rentados, cuando corresponden a cargos o puestos en organizaciones de masas, no sean aprovechados completamente a expensas de ellas. Ésta ha sido la práctica habitual, por ejemplo, del PSTU de Brasil en los sindicatos que controla.

[5].- Por ejemplo, es habitual que el PTS se presente en las asambleas estudiantiles o entre los docentes con una agenda de problemas totalmente ajenos al debate de éstas, o con consideraciones tan autoproclamatorias que suenan artificiales, si no lisa y llanamente, de “marcianos”.

[6].- Sobre el último encuentro de mujeres en Misiones, a modo de justificación de esta definición, informaron en su prensa que habría contado “con la participación de sólo 6.000 mujeres, de las cuales Pan y Rosas [colateral del PTS] había llevado una delegación de 1.000”. Si, por un lado, las organizadoras informaron de 12.000 inscripciones previas y se puede estimar en hasta 20.000 la asistencia real, por el otro, nadie vio en ningún evento esas 1.000 mujeres del PTS… La total distorsión de cifras (o la pérdida del sentido de realidad, elija el lector) está al servicio de demostrar una caracterización completamente errada del estado del movimiento de mujeres en la Argentina.