Revista SoB n° 11, abril 2002

Categoría: América Latina, Argentina, Argentinazo Etiquetas:

*El presente texto es parte editado del documento «Ha comenzado un proceso revolucionario», recientemente votado por mayoría en el 2º Plenario nacional de cuadros del MAS. Aclaramos que el punto «Crisis de alternativas y vuelco masivo hacia la izquierda» no fue sometido a votación.

«Generalmente, las creaciones históricas por completo nuevas están destinadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas e incluso difuntas de la vida social, con las cuales pueden presentar ciertas semejanzas» (Karl Marx, «La lucha de clases en Francia»).

Un inmenso laboratorio de la lucha de clases. En esto se ha convertido el país. Creativamente, desde abajo, de manera autodeterminada, los distintos sectores de los trabajadores están escribiendo la historia y concretando un proceso de construcción de nuevas organizaciones y experiencias que tiene una importancia difícil de exagerar. La riqueza de este proceso es inmensa y esto es lo que hace del Argentinazo en curso un «laboratorio de experiencias» de las que está planteado aprender y sacar lecciones desde todo punto de vista. En particular, desde el punto de vista de la estrategia y orientación revolucionarias.

Tres caras de la autodeterminación

Dentro de este proceso, es decisivo tener en cuenta las tres caras de la autodeterminación y/o recomposición de los sectores populares y obreros: las asambleas barriales, el movimiento piquetero y las experiencias clasistas entre los trabajadores ocupados.

En este artículo daremos algunas valoraciones más de fondo de estos «tres rostros» del proceso en curso de la autoorganización del movimiento de los trabajadores en el contexto del Argentinazo. Esto, a partir de la siguiente valoración: es un grave error contraponer un proceso contra el otro, o «elegir» uno de ellos, afirmando que sería ése el que más expresaría el «espíritu» del proceso en curso. Esto es lo que hacen, erróneamente, cada uno a su nivel, AyL, el MST, el PO y el PTS.

Es claro que estamos –metodológicamente- en contra de esta recaída. Todas las experiencias en curso, con sus alcances y sus límites, con sus desarrollos desiguales y combinados, expresan determinadas características político- sociales de los sectores de clase en acción, y en su desarrollo, tal cual son, es que deben intervenir los revolucionarios.

A las tres las consideramos expresión -más en general- del proceso de recomposición de los trabajadores. En particular, de una importante vanguardia de masas que ha surgido al calor del Argentinazo, y creemos que hay que pelear –estratégicamente- por su masificación, politización, democratización, convergencia y centralización, hacia su constitución en la expresión de un «doble poder» de la clase trabajadora, en el curso del actual proceso revolucionario.

Junto con lo anterior, queremos dejar sentado otro señalamiento. Durante el proceso en curso hemos podido observar cómo la percepción de fenómenos socio-políticos nuevos es analizada con esquemas viejos. Un «sociologismo» superficial puede alternativamente hacer desaparecer a la clase trabajadora o tener un concepto reduccionista de la misma, perdiendo de vista que en las condiciones de un proceso revolucionario, las clases se definen y se redefinen en el transcurso de su experiencia. Esto combina factores «estructurales», pero también políticos e ideológicos, porque no hay verdadera constitución de clase sin desarrollo de la subjetividad. Esto es más cierto aún en medio de un proceso revolucionario: una verdadera clase histórica es la que logra dar una salida para el conjunto de la sociedad explotada y oprimida.

Las «comunas» del Argentinazo

Pasado el primer «furor» de las acciones de lucha más espectaculares, un subterráneo pero profundo proceso de organización de los trabajadores se viene extendiendo a lo largo y ancho del país, en todos los diversos sectores de los explotados y oprimidos. Parte de esto, quizás su manifestación más visible y espectacular hasta ahora, es el desarrollo de las asambleas populares, no solo en la Capital, sino también en el Gran Buenos Aires y el interior.

No hay que confundirse. El hecho de que los «cacerolazos» centralizados en la Plaza de Mayo los viernes muestren un «agotamiento», o que incluso la última interbarrial de Parque Centenario haya sido la más pobre de toda la serie, no indica la desaparición de este proceso, el que, como ha venido siendo entre los movimientos de desocupados o aun entre las diversas experiencias independientes de los ocupados, necesariamente va a pasar por distintos momentos: de auge, de consolidación, de claro retroceso… solo para volver a surgir en cualquier giro de la crisis con más fuerza aún.

En este marco, creemos que la experiencia de las asambleas populares de trabajadores y vecinos ha llegado para quedarse, y en su masificación, politización, respeto al carácter democrático de las mismas, y -sobre todo hoy- confluencia con los distintos sectores de trabajadores y populares está hoy por hoy una de las tareas más importantes del proceso revolucionario en curso.

¿Pero qué son estas asambleas? Intentar una caracterización tiene su importancia. Surgidas desde abajo, desde la acción espontánea y directa de los vecinos y trabajadores de los distintos barrios, son expresión de una búsqueda de un ámbito independiente y popular de discusión política y resolución práctica de los problemas de su comunidad, por parte de los mismos habitantes de un determinado ámbito territorial. Por esta razón, muchos las están comparando con la experiencia realizada en 1871 por los obreros de París y su «Comuna», que fue la expresión de su poder social y territorial en el ámbito de esa ciudad. Por supuesto, la distancia histórica con esa experiencia no hace falta ni señalarla, entre otras cosas porque las actuales asambleas populares no son (aún) órganos de un «doble poder», ni menos que menos han destruido el estado capitalista existente. Pero, sin embargo, hay aspectos de la experiencia asamblearia en curso que recuerdan aquella gesta.

En este extraordinario proceso está planteada una dura batalla para que se desarrollen y superen sus límites. Batalla, en primer lugar, contra la pérfida actuación de las diversas corrientes burocráticas y políticas del «nuevo reformismo«: los casos de la CTA, del CCC, el ARI, etc, etc.

Su orientación, bajo el demagógico formato de «no aparatear» las asambleas, es llevarlas a transformarse en ámbitos «inofensivos» para el poder. Ámbitos meramente «recreativos», de «contención social» o claramente subordinados a la autoridad de las intendencias, cooptadas para discutir «participativamente» el presupuesto y otros temas, sin cuestionar la autoridad establecida. Es decir, subordinar la organización y acción independiente de trabajadores y vecinos a las instituciones del régimen.

Para justificar esto, el neorreformismo apela a diferentes ideologías y/o «teorizaciones», alrededor de las cuales hay que reflexionar (ver más adelante el artículo «Reforma o revolución en el siglo XXI»), y que tienen un punto en común: según ellos, las asambleas «pueden ser ámbitos de socialización», ámbitos de expresión de (a lo sumo) un «contrapoder» (unilateralidad en la que cae AyL), pero nunca, nunca, transformarse en ámbitos de un «doble poder», que es la perspectiva por la que creemos que hay que combatir.

En este camino, está planteado pelear por una dinámica creciente, en que tomen en sus manos las tareas que el deterioro creciente del estado de los capitalistas (en particular de las intendencias) deja de hecho «en el vacío», sin responder a las acuciantes necesidades obreras y populares de los vecinos y trabajadores de cada localidad. Buscando, al mismo tiempo, al calor de este proceso, el desarrollo de una politización paciente pero efectiva, en el sentido de darse un verdadero programa de salida frente a la catástrofe del país, al mismo tiempo que la decisiva confluencia con el resto de las expresiones de organización y lucha de los sectores afectados por la catástrofe nacional: el movimiento de los trabajadores desocupados, y de los trabajadores que aún tienen trabajo, sea docentes, estatales y de la industria.

Desde nuestro punto de vista, insistimos, las asambleas deben progresar, madurar, masificarse y politizarse en el sentido de construirse como «poder» alternativo frente al poder que ejercen territorialmente los aparatos de las intendencias del PJ y la UCR, que no casualmente desatan -de manera creciente- la represión por intermedio de sus patotas ante el cuestionamiento que determinadas asambleas comienzan a significar de hecho a su poder material, físico, efectivamente, territorial.

Pero, ¿cómo dar la pelea que planteamos más arriba? ¿Con qué orientación? En este desafío tenemos profundas diferencias con compañeros de la izquierda como el PO, el MST y el PTS, que tienen una actuación «aparatista» en el ámbito de las asambleas, sin respetar sus tiempos, la dinámica de su desarrollo o incluso poniéndoles a priori el sayo sectario de «ámbitos de la clase media pauperizada».

En primer lugar, se multiplican los ejemplos en los que las asambleas barriales se plantean tomar en sus manos múltiples tareas: desde tomar a su cargo el padrón de los compañeros desocupados, plantearse la reapertura de fuentes de trabajo de la zona, hacerse cargo de la construcción y/o administración de las «salitas» de salud de los barrios o de algún servicio del hospital del municipio, etc, etc. Esto es fundamental, porque cimienta a la asamblea en la asunción de tareas practicas que sirven a los trabajadores y vecinos de la localidad. Sin embargo, a nuestros compañeros de la izquierda nunca se los ve al frente de estas tareas. Van a las asambleas generales de discusión, pero luego desaparecen a la hora de llevar adelante las tareas planteadas. Esta actitud va de la mano de la subestimación que se observa, en general, de la

importancia que tiene la masificacion de las asambleas, el lograr una participación creciente de vecinos y trabajadores, condición absoluta para que logren de manera efectiva comenzar a cuestionar el poder de las autoridades locales.

Al mismo tiempo, al calor de este proceso, esta planteado el desafío de politización de la asamblea. Que asuman, reflexivamente, un programa de reivindicaciones antiimperialistas y anticapitalistas, es decisivo y central, porque hace a una verdadera dinámica popular y obrera de la asamblea. En este sentido, muchas veces se tiene «la presión» de creer que porque se hace un planteo político ya se estaría «aparateando». Creemos que todo esto es un grave error, que sería adaptarse a los aspectos más atrasados de la asamblea misma, en el actual estado de su maduración. Que «de nada sirve» si la asamblea solo toma tareas prácticas y no se va elevando hacia la perspectiva política general. Al mismo tiempo, todo este trabajo más estrictamente político no puede hacerse de manera superficial, contrapuesta al desarrollo democrático y paciente de la asamblea y de la experiencia de los compañeros que participan. En este aspecto, muchas veces contra las propias corrientes de la izquierda, hay que hacer valer que politización y democracia van de la mano.

Finalmente, es muy importante el desarrollo de las interbarriales y de la «asamblea de asambleas» de Parque Centenario, Olivos u otras en el resto del país. Debemos saber que esta importancia va a crecer, no en la coyuntura, pero sí en la medida de que el proceso en curso y/o la crisis se profundicen. Y que es desde la CTA y la CCC desde donde se esáa intentando «bombardear» estas instancias de coordinación y centralizacion. Este proceso de confluencia se debe pelear porque se haga a partir de la propia maduración y representación de la asamblea barrial: ésta es la base de toda esta experiencia en la actual coyuntura (1).

Piqueteros: movimiento social de los trabajadores desocupados

Diez años atrás, Argentina era exhibida como ejemplo mundial de los beneficios de la «globalización». Hoy está hundida en una de las más graves crisis de su historia. Esto ha causado una catástrofe social: alrededor de seis millones de trabajadores han sido arrojados a la desocupación total o parcial, en un país que prácticamente no había tenido durante más de medio siglo una alta tasa de desempleo.

Es en este cuadro que se está desarrollando el movimiento social de los trabajadores desocupados, probablemente el más importante movimiento de trabajadores desocupados en el escenario mundial. Este proceso –en su conjunto- es extraordinariamente progresivo. Se está desenvolviendo una riquísima experiencia, que se está potenciando y delimitando de derecha a izquierda: desde la FTV y la CCC (ausentes en el Argentinazo), pasando por el «Bloque nacional piquetero» (integrado por el MIJP, el «Polo Obrero», el MTR, el MTL y la FTC, de la cual somos fraternalmente parte) que ha reagrupado a prácticamente todos los movimientos de izquierda, hasta las expresiones más sectarias y divisionistas, como es el caso de la «Aníbal Verón».

Veamos algunas de las características generales del movimiento:

a- Los desempleados no pueden hacer huelga. Pero, si son suficientemente numerosos, organizados y decididos, pueden perturbar el «orden» del Estado burgués más que muchas huelgas. Acciones como los cortes de ruta (carreteras, avenidas principales, puentes, vías del ferrocarril, e incluso bloqueos al ingreso a plantas) cuestionan en varios sentidos ese orden. Ponen en tela de juicio los poderes del Estado sobre los canales por los que circulan las mercancías y riquezas del capital.

b- Estos movimientos son la expresión de una vanguardia de masas, que si bien no abarca aún a todos los trabajadores desocupados, tampoco expresa meramente a una vanguardia: sus movimientos son una referencia para amplios sectores de masas de los desocupados .

c- El corte de ruta por un piquete –de la misma manera que la ocupación de una empresa por sus trabajadores, la invasión de una finca por sus campesinos o una huelga general revolucionaria- se coloca objetivamente por fuera de la legalidad burguesa y es un desafío al poder del Estado, cuya función eminente es la defensa de la propiedad, incluyendo en este concepto el de las rutas y la «libertad de circular» por ellas. Se subvierte así no solo la autoridad burguesa sino también los canales tradicionales (sindicatos) por los cuales ha sido tantas veces «entubada» y canalizada la lucha de clases.

d- La burguesía está peleando por lograr la «regimentación» de los movimientos, convirtiéndolos en instituciones colaterales del Estado. En esa dirección, está logrando progresos importantes, sobre todo en relación con la FTV de D’Elía y la CCC de Alderete, sentados a la mesa de la «concertación» de Duhalde, la Iglesia y los grandes empresarios. Esto no es así con el resto de los movimientos, que en general conservan su independencia.

e- Este fenómeno de los nuevos movimientos de desocupados no se limita a los «cortes» y «piquetes»: detrás de ellos hay un rico proceso de entramado de solidaridad, resistencia a la disgregación social y avances en la conciencia de una vanguardia de masas que llega al movimiento por necesidad, pero que se politiza en el proceso de la lucha.

f- Hay una nueva clase trabajadora. Pero está –en primer lugar- fraccionada entre ocupados y desocupados, y también entre permanentes y contratados, estatales y privados, etc. Lo que nos interesa acá es que el cataclismo social ha generado una masa de trabajadores sin empleo o semiempleados que no tienen ya en las empresas y ramas su lugar «natural» de relacionamiento, organización y lucha. El «espacio social» donde se organizan ya no son las empresas, sino el territorio donde viven: el barrio en el Gran Buenos Aires u otras grandes ciudades, o determinadas poblaciones en el interior de las provincias.

g- el carácter territorial no significa que no tengan una referencia de clase más o menos clara. Esta aún no se ha roto ni olvidado. Es que gran parte de sus integrantes son trabajadores que perdieron su empleo regular o jóvenes y madres que nunca lo tuvieron, pero que provienen de familias trabajadoras. Y una buena parte de sus «referentes» han sido activistas del movimiento obrero.

Tenemos, entonces, un movimiento de clase, que se desarrolla territorialmente y no directamente alrededor de las estructuras laborales; es decir, de las relaciones directas de compra y venta de la fuerza de trabajo. Y que ante la catástrofe económico-social y el derrumbe del sistema estatal de administración de los servicios sociales comienza a tomar en sus manos estas tareas. Así, los movimientos de desocupados o las asambleas barriales se hacen cargo de garantizar las bolsas de comida y/o los comedores populares, los planes Trabajar y/o el reclamo de empleo efectivo, la administración de la salud, la construcción y/o recuperación de determinados ámbitos de «socialización» (escuelas, sociedades de fomento, salitas de salud, etc).

Y todo esto cuestiona –de hecho- el poder territorial y sobre la comunidad que normalmente está en manos del Estado, de las intendencias y del aparato de los partidos tradicionales, y que cumplen un rol fundamental en la dominación. El cuestionamiento a este «poder» y no otra cosa es lo que está haciendo poner nervioso al aparato del PJ, que ve así cómo se horada parte de base territorial y comienza a descargar la represión de sus patotas para asegurar su monopolio y liquidar estas expresiones independientes. Este rol de los movimientos de los desocupados –en conexión con el proceso de las asambleas populares- muestra otras de las vías del cuestionamiento al monopolio del poder por parte del Estado capitalista, expresando la enorme potencialidad y posibilidad de transformarse en otras tantas formas de un doble poder de los trabajadores en medio del actual proceso revolucionario, siempre y cuando no limiten su accionar al plano meramente reivindicativo, de las bolsas de comida o lo planes trabajar, tareas en las cuales, normalmente, están casi completamente «absorbidos».

Para esta perspectiva, es fundamental dar en estos movimientos una dura pelea: masificarlos, hacerlos confluir con el resto de los trabajadores, politizarlos, democratizarlos, elevarlos desde la perspectiva reivindicativa a una perspectiva de conjunto, evitar tanto su cooptación y subsuncion al Estado (orientación de la FTV y de la CCC, que reproducen una relación clientelar con la base de los movimientos), como su transformación en movimientos «sectarios», que toman vías de hecho, que se erigen en «aristocracia piquetera», que desprecian a los trabajadores ocupados y no buscan la confluencia con ellos (la «Aníbal Verón»).

La perspectiva de masificacion del movimiento está estrechamente relacionada con la pelea porque confluyan en un solo cauce trabajadores ocupados, desocupados y asambleas populares. Esto implica que los movimientos no se «cierren» en sus «propias» reivindicaciones, no se hagan «sectarios» con el resto de los trabajadores, sino que asuman las reivindicaciones del conjunto. Esto es, pongan sobre la mesa el reclamo y la perspectiva de «trabajo para todos», de la «reducción de la jornada laboral, sin reducción del salario», de la «nacionalización bajo control de los trabajadores» de toda empresa que pretenda despedir o cerrar sus puertas.

Esto depende, en ultima instancia, de cómo y en qué medida los movimientos se autodeterminen y se eleven a una perspectiva política global, que no se queden encerrados en los marcos burocráticos de sus direcciones. Esto no es algo «objetivo» u «automático». Solo podrá ser el resultado de una dura lucha revolucionaria al calor del proceso en curso, sin sectarismo, pero tampoco sin adaptarnos, sin «capitular» a la presión «populista» que de alguna manera viene de los movimientos.

Que logren autodeterminarse, democratizarse y politizarse no es una abstracción. Combina tres problemas distintos pero relacionados (de los cuales, varios de ellos, también, son en pugna con el Polo Obrero y el MTR): a) una amplia democracia y politización, que sea lo más directa y asamblearia posible; b) la independencia de cualquier variante de colaboración de clases; c) un programa no reducido a lo sectorial y corporativo, o a la condición de «desempleados», sino que confluya con las reivindicaciones de los ocupados y con una perspectiva global para la sociedad.

Y esto se hace más agudo aún, en momentos en que el proceso revolucionario abierto exige para su maduración y desenlace socialista, el que todo progreso y/o conquista parcial (casi imposible –más allá de paliativos- en el actual contexto de bancarrota) se hagan en la perspectiva de la transformación social, de asumir los intereses generales de la sociedad explotada y oprimida.

Los trabajadores ocupados y las nuevas experiencias clasistas

Hay que tomar nota de que entre los trabajadores ocupados, incluso de fábrica, se comienza a acumular una experiencia de enorme importancia. Poco habitual en la historia del movimiento obrero argentino, están en curso una serie de experiencias clasistas e independientes de la burocracia que se sostienen en el tiempo. Al mismo tiempo, está a la orden del día la puesta en funcionamiento de las empresas por sus trabajadores, lo que expresa un cuestionamiento efectivo y de hecho a la propiedad privada de los capitalistas y a su monopolio del control de la producción.

Los «casos» se multiplican: los docentes de la Unter, los mineros del Turbio, los ceramistas de Zanón, los trabajadores de la construcción de la UOCRA Neuquén, los metalúrgicos de la Enfer, las textiles de Brukman, los metalúrgicos de Río Grande, la seccional Haedo del ferrocarril Sarmiento, los docentes del Suteba Matanza.

Es verdad que acá entran procesos muy distintos que requieren un abordaje especifico. Pero queremos desde el vamos remarcar que se debe ser absolutamente conscientes de que sin el ingreso a la pelea de los trabajadores que aún tienen trabajo es imposible una maduración del Argentinazo hacia un escalón superior. De esto es muy consciente la burocracia de las CGT y la CTA, que si bien viene debilitada ni por un minuto se puede perder de vista que (aún en medio del proceso en curso y de los elementos de crisis que todas sus expresiones tienen) sigue controlando el núcleo central de los trabajadores ocupados. Ese control es el que hay que liquidar.

Desde esta perspectiva estratégica, desde la ubicación de que salgan a la pelea y confluyan los trabajadores ocupados con las asambleas populares y los movimientos de desocupados aparece como de suma importancia tener en cuenta que en el actual contexto inflacionario, de no pago de los salarios, de su baja brutal por medio del mecanismo de la devaluación, sumado al masivo proceso de despidos y/o cierres de plantas, es de esperar en los próximos meses importantes luchas de estos sectores. En todo caso, hay que prepararse desde ahora para esta perspectiva.

Desde esta ubicación, hay varios problemas de importancia, de los cuales queremos destacar solo dos. El primero, la necesidad de trabajar en la perspectiva de una verdadera lucha nacional, de una huelga general activa y unificada de todos los trabajadores del país, en la cual la clase trabajadora ingrese en la escena política nacional como tal, unida y con sus propios métodos. Parte de esta perspectiva es lograr que se autodetermine: rompa con la dirección tradicional y se sume masivamente al proceso de recomposición revolucionaria en curso.

En este marco, queremos señalar la importancia y las enseñanzas de algunas de las experiencias clasistas que están en curso. Hay que tener en cuenta que la dinámica de «afectación» del derecho de propiedad de la patronal o el cuestionamiento a su monopolio sobre el control del proceso de producción está presente en varias experiencias. El programa «transicional» en relación con la apertura de los libros contables o el paso a la administración obrera y/o control de los trabajadores de la empresa nacionalizada o provincializada por el Estado se está empezando a concretar. Esto está ocurriendo cuando, como en Zanón o Brukman, la patronal literalmente «abandona» la empresa. O, también, cuando, como en Turbio, está prácticamente planteado que sean los trabajadores mineros los que tomen en sus manos el presentar una perspectiva para toda la cuenca, esto es, para los demás sectores explotados y oprimidos de la sociedad. Este último aspecto es central, porque eleva a los trabajadores a dirección del conjunto de la sociedad, lo que no deja de tener un enorme significado potencial en el medio del actual proceso.

En este marco, creemos que para toda la izquierda revolucionaria está planteado retomar un aspecto de su tradición: comenzar a atender y darse una política hacia las estructuras laborales más importantes. Debemos retomar el trabajo gris y cotidiano de ir a la puerta de las fábricas y/o lugares de trabajo, y comenzar a «atenderlos«, como forma de ayudar a que los trabajadores ocupados salgan de su relativo «aislamiento».

Esto se puede hacer de varias maneras o desde varios lugares: por ejemplo, es una obligación llevar esta batalla por la confluencia del conjunto de los trabajadores, a las asambleas populares y a los movimientos de desocupados. El ejemplo de la marcha de la interbarrial de Parque Centenario a la Brukman va en este sentido. Lo mismo que está planteado buscar la confluencia, también desde las facultades u otros lugares de nucleamiento de la juventud.

Esta será la única posibilidad de llevar adelante una estrategia para que el movimiento obrero ocupado se sume a la pelea. Parte de este desafío es agrupar desde una misma perspectiva y hacer una campaña de difusión nacional (en relación con las importantes experiencias clasistas que están en curso) para ayudar a hacerlas jugar un decisivo papel en el proceso de recomposición/autoorganización en curso.

Para esta perspectiva, creemos que no alcanza con tener una orientación «sindicalista revolucionaria» como es el caso del PTS, sino que se trata de encarar este desafío desde la perspectiva de que los trabajadores den una salida hacia el conjunto de la sociedad. También, significa una respuesta concreta al PO, que considera que el único movimiento de trabajadores existente es el movimiento piquetero; o al MST, que sigue con toda una orientación fetichista de los sindicatos existentes, que sigue llevando adelante la vieja orientación sindicalista estrecha o «corporativa».

Crisis de alternativas y vuelco masivo hacia la izquierda

Simultáneamente con el proceso de movilización en curso, del surgimiento y desarrollo de las distintas formas de la autoorganización, hay una crisis de las masas trabajadores y de los sectores populares con sus viejas ideologías y sus representantes políticos tradicionales, en primer lugar con el radicalismo y el peronismo. El rechazo engloba también a las instituciones políticas y jurídicas del Estado, en las cuales la mayoría no se ve representada, sino que por el contrario son percibidas, junto con los partidos y los aparatos sindicales tradicionales, como cuevas de bandidos, que actúan siempre en contra del interés del pueblo. Lo mismo, aunque quizás más confusamente, sucede en relación con sistema socioeconómico, aunque no estén claras las definiciones de «capitalismo», etc. Hay un sentimiento profundo de que se está ante problemas globales, que abarcan desde el régimen político al sistema económico.

Sin embargo, este proceso ya iniciado de ruptura político-ideológica tiene un desarrollo extremadamente desigual. Se da esencialmente por la negativa –»que se vayan todos», etc-. Aquí la crisis de alternativas no solo al capitalismo sino al régimen «democrático» pesa con fuerza, aunque al mismo tiempo, es sobre el terreno de esta experiencia que no casualmente han surgido las asambleas populares y que se registran progresos en la conciencia político-ideológica: el rechazo al FMI, al papel de los bancos y de las privatizadas, el impulso a tomar en sus manos tareas independientemente del papel del Estado.

Sin embargo, a pesar de todos estos avances, no hay aún por la positiva un vuelco masivo hacia la izquierda. No hay aún nuevos movimientos políticos masivos hacia la izquierda, ni tampoco una masificación de todas o de alguna de las organizaciones o partidos de la izquierda existentes.

Esto es de una importancia capital. Es un factor esencial, junto con el desarrollo de la autoorganización como expresión de un doble poder, es una condición de posibilidad para que pueda plantearse en serio la lucha por el poder. Para esto hace falta que en la cabeza de millones se delinee la necesidad y la posibilidad de una alternativa. Y en esto hay una alternativa de hierro: el desarrollo de una real y orgánica masificación de las asambleas populares y demás movimientos sociales como alternativa de poder solo puede darse estrechamente entrelazada e interactuando con un proceso político-ideológico de las masas hacia la izquierda, que establezca un mapa político radicalmente diferente del que se estableció en el país desde 1945 (peronismo-radicalismo).

Entonces el interrogante es: ¿cómo facilitar que las masas se vuelquen hacia la izquierda revolucionaria, tratando de evitar que se encarrilen por vías populistas o neorreformistas?

Es un hecho que esto está dificultado porque no existen hasta ahora (en el terreno estrictamente «político») grandes procesos que vayan en este sentido. Pero precisamente por esto, hay que barajar una serie de hipótesis y propuestas, aunque sean «abstractas» y provisorias. Se debe salir a batallar por ellas, como uno de los grandes ejes del combate político.

Creemos que están planteados en la realidad tres niveles a los que hay que prestar atención, y que pueden dar lugar a todo tipo de desarrollos desiguales y combinados.

En primer lugar, está planteada la necesidad de la constitución de un movimiento de los trabajadores que enarbole un programa mínimo revolucionario. Este programa se puede tomar tanto de las asambleas populares, como de los programas piqueteros o de las experiencias clasistas. El del programa es un punto que está a favor: las distintas expresiones de la autoorganización se están dando un programa alternativo al orden actual, en un sentido general revolucionario, lo que constituye un factor de inmensa importancia potencial.

Para esta perspectiva de la constitución de un movimiento revolucionario de los trabajadores creemos que se debe «involucrar» a varios sectores o expresiones: a) las direcciones y activistas de los movimientos sociales, de las asambleas populares, del movimiento de los desocupados, de las experiencias clasistas entre los ocupados, a los que creemos, se debe privilegiar, b) el fenómeno «Zamora», tiene una importantísima y creciente llegada a sectores de masas, pero que por sí mismo no conforma ninguna relación orgánica con ellas, ni hasta ahora interviene significativamente en ninguno de los tres rostros de la recomposición, c) los partidos de izquierda y su militancia, que han crecido y que tienen influencia en el proceso de la autoorganización, d) los miles de compañeros y activistas sociales que se reclaman de izquierda, pero que no están en ninguna de las organizaciones existentes. Creemos que hay que trabajar en la perspectiva de proponer a todos ellos la constitución de un movimiento político-social revolucionario de los trabajadores, que pueda facilitar un vuelco político de las masas. Dentro de esto hay dos hipótesis o posibilidades: lo que sería a nuestro entender «mejor» es que el movimiento surja como «maduración» del propio proceso de recomposición de los trabajadores. En este caso, tendría algunas similitudes con la propuesta de «Partido de Trabajadores». Sería de clase y surgiría de un proceso «orgánico», aunque en su «forma» parece ser más adecuada a la actual realidad la de «movimiento». Al mismo tiempo, tampoco hay que descartar la hipótesis de que la conformación de este movimiento puede surgir más «desde afuera», para luego «fusionarse» con la recomposición en el terreno socio-político.

Junto con esto, en otro andarivel, y en el mismo marco del movimiento si éste resultara, creemos decisivo encarar la construcción de un gran partido socialista revolucionario, íntimamente democrático y que aspire a lograr la más amplia influencia entre las masas. Este partido, como tal, no existe hoy en el país, pero creemos que hay que estar completamente abiertos a las posibilidades de «frente único revolucionario», es decir, a la confluencia con otras organizaciones de izquierda revolucionarias –sobre todo, las que provienen del trotskismo- o con corrientes de las mismas que giren hacia la izquierda, y que permitan construir tal partido. Esta hipótesis no creemos para nada que deba descartarse, porque está abierta la posibilidad de que al calor del proceso revolucionario mismo las propias organizaciones de izquierda o sectores de las mismas también se «revolucionen», y que esto permita una confluencia democrática y revolucionaria.

Por ultimo, y en este marco, está planteado el desafió de «relanzar» el MAS, que es ampliamente conocido entre la vanguardia, e, incluso, en amplias franjas de las masas.

En este sentido, el MAS, tiene un capital especifico: hay en el activismo una cierta diferenciación entre nuestro comportamiento (menos de «secta») y el del resto de las corrientes, y una valoración de la tradición del partido, como una organización socialista y de lucha de los trabajadores. Este capital debe ser valorado en su justa medida, para pelear a brazo partido por aumentar cualitativamente la influencia de nuestra organización en el seno de la vanguardia y de sectores de las masas, poniendo todo este esfuerzo y su propia construcción, al servicio del proceso de recomposición social y político en curso.

Notas:

1- Ver en el periódico Sob nº4, el artículo: «Democracia directa y representación», que toca en particular este último aspecto que estamos desarrollando.