Por Roberto Sáenz e Isidoro Cruz Bernal - Revista SoB n° 13, noviembre 2002

Categoría: América Latina, Argentina, Argentinazo Etiquetas: , ,

En el momento en que se dió el proceso de caída de las experiencias burocráticas en la URSS y Europa del Este (llamadas «revolución-desmoronamiento» por François Fejtö) se produjo una intensa crisis de identidad en la izquierda mundial cuyo primer reflejo fue un inmediato corrimiento a la derecha y en favor del status quo por parte de la mayoría de ésta. Hoy día, a diez años de los sucesos del Este, sin que la crisis de alternativa haya sido superada, podemos decir que nos encontramos en otro tramo de este complejo proceso. Las consecuencias visibles de la imposición en todo el mundo de las políticas neoliberales ha abierto un intenso debate a nivel mundial. Un debate referido a cuál es la estrategia adecuada para superar los estragos del capitalismo actual.

Este debate está circunscrito a tres o cuatro corrientes políticas y de pensamiento que actúan en la izquierda: 1) La corriente neo reformista, expresada mundialmente por el PT de Brasil y los ideólogos de Le Monde Diplomatique, tiene su referente en la política argentina en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). 2) La corriente autonomista, que tiene como teóricos principales a Toni Negri, Michael Hardt y John Holloway, que en la Argentina tiene su variante piquetera en amplios sectores de la Coordinadora Aníbal Verón y en lo electoral en el agrupamiento nucleado alrededor de Luis Zamora, llamado «Autodeterminación y Libertad» (nombre que es muy significativo respecto de su programa implícito, «no escrito») 3) las corrientes agrupadas en el programa de la «revolución por etapas» y que buscan la alianza de los trabajadores y las clases populares con algún sector burgués, clásicamente representadas por el stalinismo (PC), el maostalinismo (PCR) o variantes populistas del castrismo (Patria Libre). 4) Las corrientes socialistas revolucionarias que, en general, reducen su tradición a la de Trotsky y el trotskismo, pero que en realidad es más amplia que este valioso legado.

De esta forma se puede decir que así como el Brasil que ha votado a Lula y al PT, se ha convertido en un test de importancia mundial para el futuro político del neo reformismo, en el proceso argentino se lleva a cabo otro test que va a mostrar la viabilidad -en la arena directa de la lucha de clases- de las corrientes enumeradas en el párrafo anterior. Estas tres o cuatro corrientes «de pensamiento», se encuentran en «competencia» entre sí, representándose –a su vez- en casi una docena de expresiones sociales y políticas organizadas. El proceso argentino es bastante distinto –por ejemplo-, al brasilero: muestra a la mediación democrático-burguesa bastante deteriorada y su escenario privilegiado de confrontación es la lucha social y política directa. Luchas cuyo conjunto va delineando un complejo proceso de recomposición de la clase trabajadora y del resto de las clases populares.

En este marco, opinamos que el desafío estratégico colocado, es reflexionar acerca de cómo hacer para que el argentinazo pueda sobrepasar sus limites. Este es el problema especifico que tenemos por delante en el actual momento. Y el problema especifico es justamente el pasaje del actual proceso revolucionario democrático general, en proceso revolucionario social, de signo socialista, haciendo de la clase trabajadora unificada, el sujeto efectivo y auto conciente del mismo.

Distintas metas, distintas estrategias

Existen, como venimos diciendo, una serie de teorías y estrategias en «competencia» al interior del proceso del «argentinazo». Hay una gran división de corrientes políticas y sociales. Pero, al mismo tiempo, al interior de la vanguardia existe una enorme democracia, en el marco del conjunto de corrientes en competencia. Este es un ángulo que –en general- no se considera cuando se habla de la «división de la izquierda», pero que es de enorme importancia y que no hemos visto señalado en otras reflexiones. Porque hace a las perspectivas de la vitalidad de las corrientes de la izquierda en general (y a las socialistas revolucionarias en particular). Y a las perspectivas de la «democracia socialista» (democracia obrera que los revolucionarios postulamos como método esencial para que avance la conciencia socialista entre los explotados), el hecho de que la existencia de esta serie de corrientes en competencia haga al contenido intangible y progresivo de la democracia entre los trabajadores. Esto no quita que –por supuesto- no dejemos de considerar a la pelea por la hegemonía política como absolutamente necesaria, obligatoria e implacable. El activismo obrero y popular deberá hacer su experiencia con estas concepciones estratégicas y ver cual puede responder mejor a los fines mas profundos del «argentinazo», que para nosotros no son otros que un cuestionamiento socialista global a la Argentina capitalista como tal.

Para los autores de este artículo, los socialistas revolucionarios nos encontramos en distintos grados de contradicción con cada una de éstas corrientes. El neo reformismo (CTA) es nuestro enemigo más serio dentro de este conjunto. Levanta luchar por una «regulación democrática» del capitalismo. Excluye del horizonte histórico la posibilidad de ir más allá de este sistema. Su horizonte se restringe a la «utopía democrática». Este perfil es su balance político implícito de las experiencias del llamado socialismo real. El único proyecto político «de futuro» que es posible solamente se puede dar dentro de los marcos de los actuales regímenes políticos de la democracia burguesa y se podrán proponer únicamente el aminorar los aspectos más injustos del capitalismo.

Las diversas corrientes «etapistas» se plantean la lucha por el poder. Su planteo estratégico termina -como horizonte de máxima- en la postulación de un «gobierno de unidad popular» como dice el PCR-CCC o «antiliberal» (el PC). En todo caso siempre se busca la alianza con sectores de la burguesía local que hayan sido perjudicados por la política neoliberal, que sin duda existen. Otra cosa es ver su entidad e importancia, pero que siempre, para «aliarse» con los trabajadores y las clases populares, imponen que el proceso deba auto limitarse a variantes políticas burguesas. Un reflejo de esto lo hemos visto hace pocos días en que Patricio Echegaray ha declarado que la alianza del PT brasileño con el empresario Alencar es una necesidad. Pronunciamiento que, aparentemente, contrasta con el cotidiano guevarismo iconográfico, habitual en la propaganda cotidiana del PC argentino, pero que es perfectamente coherente con su política de fondo.

El planteo de las corrientes «autonomistas» podría sintetizarse como «transformación sin revolución». Ponen el acento únicamente en los aspectos de «prefiguración» de una nueva sociedad a través de las prácticas autónomas que se desarrollan al interior de la vieja (es decir de la actual). Comparten con el neo reformismo la caracterización de que la revolución socialista está –en los hechos- excluida del horizonte histórico posible.

Todas éstas corrientes, de una forma u otra, buscan que el proceso político actual no supere sus límites puramente democráticos y / o antiimperialista generales. Ésta convergencia estratégica tiene como efecto el que, más allá de sus diferencias teóricas, los neo reformistas y pos marxistas ideólogos de la CTA, tengan una alianza permanente con la CCC-PCR, única corriente política argentina que reivindica explícitamente a Stalin. Otras variantes del «etapismo» como Patria Libre, tienen una política más a la izquierda, pero se mantienen firmes en cuanto a su posicionamiento estratégico frente populista. Su modelo actual es un proceso como el del chavismo venezolano que hace de evitar una confrontación de los trabajadores y el pueblo pobre con los ricos uno de los ejes de su política (sin duda por razones estructurales, la principal de ellas es tratar de no perder su posición de «árbitro» entre las clases sociales).

La grave auto limitación en el terreno puramente democrático también se da en las corrientes «autonomistas«. El «Espacio Ciudadano» (ARI, CTA, CCC, AyL) surgió sobre este terreno, y, aunque fue completamente efímero y fracaso rotundamente, no se puede descartar nuevas confluencias con el neo reformismo, dado este elemento de terreno común. Principalmente porque éstas corrientes hacen una virtud de su ciego «empirismo»: la renuncia a cualquier perspectiva estratégica de largo plazo.

Al interior de las corrientes autonomistas se dan sugestivas convergencias. Por ejemplo, dentro de la Coordinadora «Aníbal Verón» trabaja Quebracho, corriente populista, nacionalista y castrista, a la que sólo se puede diferenciar de grupos como Patria Libre, por diferencias bastante menores y énfasis momentáneos. También, en las posiciones del grupo de Luis Zamora pueden encontrarse aspectos similares de autolimitación democrática. Por ejemplo, cuando plantea que lo que ocurrió en diciembre es solamente «una revolución en la cabeza de la gente», es decir percibiendo correctamente un aspecto del fenómeno pero negando que éste tenga alguna clase de correlato con la crisis y las disfunciones cada vez más dramáticas de las relaciones de producción de la Argentina capitalista.

En resumen, todas éstas tendencias, más allá de sus diferencias (que conviene tener en cuenta, ya sea para combatirlas como para registrar los aspectos verdaderos de la experiencia que puedan reflejar deformadamente), se caracterizan por querer limitar el actual proceso a sus actuales formatos democráticos. Otra ubicación tienen las corrientes socialistas revolucionarias y / o trotskistas con las cuales tenemos diferencias de importancia, aunque sobre la base de un terreno de clase común. Esto lo veremos mas abajo.

De este planteamiento limitado de las tareas y los fines del argentinazo, se desprende una determinada concepción sobre las fuerzas sociales y de clase en pugna en el mismo. Nos interesa destacar -a continuación- la polémica acerca del «sujeto» social activo del proceso, donde en todos los casos nunca se busca «interpelar» a la clase trabajadora, sino a la «gente», a el «ciudadano», a la «multitud» o al «pueblo», volviéndose así al sujeto característico de las revoluciones puramente democráticas. Ya se trate del sujeto «multisectorial» que plantea la CTA-FRENAPO que reuniría a todos los afectados por las políticas neoliberales (que reuniría tanto a los trabajadores como a las PYMES que plantean que los trabajadores carezcan de todo derecho laboral) y que es teorizado en términos mas «serios» como la «sociedad civil» o la «multitud» propia de las versiones teóricas del autonomismo. Neorreformistas, autonomistas o etapistas radicalizados suelen apelar a la denominación de «excluídos», noción que a éstas corrientes políticas les sirve para borrar cualquier componente clasista que haga eje en el papel decisivo de los trabajadores en la vida social y material.

Clases sociales, hegemonía y «argentinazo»

Los marxistas revolucionarios hemos tenido que soportar en los últimos 25 años la insoportable cantinela cuyo primer mandamiento dice: «la clase trabajadora no existe más». Diversas han sido sus variantes. Desde el desánimo nostálgico de los planteos de André Gorz en su libro «Adiós al proletariado» hasta las variantes más o menos apologéticas del curso neoliberal de los 90 en que se hablaba del «fin del trabajo» o de la «nueva economía» (nombre pomposo que se le dió a la última burbuja económica basada en los recursos informáticos volcados a la inversión en los mercados financieros). Sin embargo, la clase trabajadora, del mismo modo que la importancia determinante de la producción material, estaban lejos de desaparecer.

La situación abierta con el «argentinazo» ha sido otro mentis más para éstas teorías. Un mentis más rotundo de lo acostumbrado. Porque cuando dos de los tres motivos del estallido del 19 y 20 se refieren de hecho a la centralidad del trabajo en la sociedad (la «rebelión del hambre» y la «rebelión por trabajo»). Cuando una parte sustancial de los cientos de miles que están en la calles desde esta fecha son trabajadores. Cuando las ocupaciones de pequeñas fabricas tiene el valor «simbólico» y real que tiene sobre la sociedad. Cuando la pelea por la jornada de trabajo de seis horas en los subterráneos adquiere el voltaje político que se ha visto. Cuando el proceso del argentinazo no solo es urbano, sino centralizado –de hecho- en la mayor concentración urbana del país (el Gran Buenos Aires y la Capital Federal) se cae todo el andamiaje de la «muerte» de la clase trabajadora.

Porque guste o no, en los hechos de la vida real, la condición laboral sigue siendo una condición estructurante de las relaciones sociales, la principal condición estructurante, se tenga trabajo o…no se lo tenga. Y esto es lo que hace –precisamente- a parte de los «motivos» mas importantes del «argentinazo», y a su «geografía social». Un proceso revolucionario urbano y de los trabajadores (y el pueblo pobre) por donde se lo mire.

Otra cosa muy distinta (pero también fundamental de reconocer) es que se trata de una clase trabajadora en condiciones muy distintas a la de hace ’30 años: con un desempleo de masas sin antecedentes históricos. Por esto, frente a ello es condición esencial para afirmar la perspectiva de los trabajadores en medio del «argentinazo», la pelea por la unidad de clase entre ocupados y desocupados.

En segundo lugar, junto con esto, se ha desarrollado un amplio debate alrededor del componente social de las asambleas populares: creemos que ellas son una expresión popular y de trabajadores. No hemos compartido las visiones que tendían a señalarlas como un mero «ámbito de las clases medias empobrecidas»(por ejemplo el PTS). Su riqueza social y su dinámica política, muchas veces ha trascendido con mucho esta visión sectaria de las mismas.

Sin embargo –en estos momentos- nos interesa referirnos a un error simétrico: el intento de quitarle todo contenido de clase diferenciado al segmento de «sectores medios» del «argentinazo», y que es uno de los componentes importantes de las asambleas. Porque decimos «sectores medios»: porque es un hecho que conjuntamente con la asalarización masiva de la población, subsisten sectores de clase media o de pequeña burguesía más clásica, ya sea por razones estructurales o, sobre todo, socio-culturales.

Creemos que esta compleja estructura social de clases y sectores de clase, no debe ser simplificada con confusos conceptos como «la clase que vive del trabajo», y que por obra de prestidigitación política hacen desaparecer a los sectores medios (trátese de la pequeña burguesía tradicional como de la clase media asalariada) al mismo tiempo que oculta el papel jugado por el neorreformismo y la burocracia sindical. Esto es visible en ciertos usos de las teorizaciones de Ricardo Antunes que hacen entrar con forceps a casi toda la población argentina adentro de la categoría citada y que reducen las luchas políticas y sociales a un enfrentamiento entre «la clase que vive del trabajo» contra un puñado de grandes empresas monopólicas. Por el contrario, debe ser puesta a la luz, porque además, las distintas corrientes político y sociales que actúan en el marco del «argentinazo», expresan estos diversos o distintos intereses de clase o de fracciones de clase. Nos explicamos: así como no opinamos que la clase trabajadora haya desaparecido, tampoco creemos que hayan desaparecido los sectores medios o pequeño burgueses, los cuales tienen representaciones políticas y sociales que expresan su universo de clase social y cultural (el neorreformismo del CTA tiende a hacerse vocero de muchas de sus expectativas, especialmente en lo que atañe a los planteos defensivos para la actual etapa o en azuzar a la vanguardia con el espectro de un retorno autoritario).

Sin embargo, esto plantea un desafío adicional: hasta ahora se ha dado, desde el comienzo del «argentinazo», un «frente único» social de hecho entre los trabajadores y los sectores medios. Sin embargo, pasado el momento de ascenso del «argentinazo», este frente único no se ha logrado afirmar políticamente.

Para que se dé esto ¿cuál podría ser su mecánica social y política? Desde nuestro punto de vista creemos que la clase trabajadora, ocupada y desocupada, debe afirmar su hegemonía sobre los sectores medios, tomando en sus manos el programa que los expresa a estos, y proyectándose como una alternativa para el conjunto de la sociedad. Arthur Rosenberg, en su ensayo «Democracia y socialismo» señala que tanto Marx como Lenin mantuvieron la relación dialéctica entre el proletariado y el resto del pueblo, en la cuál los intereses de todas las clases populares nunca llegan a adquirir una total identidad, pero la clase trabajadora debe buscar proyectar políticamente su hegemonía sobre el resto del pueblo. Esto es, la «proyección societal» y no meramente «corporativa» u obrerista sectaria. Rosenberg consideraba fundamental para el avance de la revolución el contacto con «las masas mas lentas» (formadas por los campesinos y los pequeñoburgueses en los procesos que estudia). Esto es similar a cuando Lenin decía -en el «Que hacer»- que había que «ir a todas las capas de la sociedad».

Porque nunca hay que perder de vista que en el momento oportuno, la burguesía buscará acentuar el contraste de los intereses de los grupos de esta aparente unidad social, poniendo en juego a sectores marginales presos del aparato del PJ contra los movimiento de trabajadores desocupados, buscando abrir una brecha entre las capas medias y los estratos de trabajadores, con hábiles manipulaciones del miedo colectivo, como ya intentaron hacer en los barrios populares en los días posteriores al 20 de diciembre.

Sin embargo, y en este marco, nos negamos como hacen diversas corrientes a «interpelar» solamente a «la gente», a las «multitudes» o a la «población» en general. Creemos que hace parte de la complejidad del «argentinazo» el desafío de una articulación de los explotados y oprimidos en la perspectiva de la revolución socialista. Y que esta articulación requiere de la unificación consistente de la clase trabajadora para proyectarse como alternativa. Esto es lo opuesto –por ejemplo- a practicas habituales del MIJD o del PO de hacer «pedir moneditas» en las rutas a los compañeros desocupados. Una clase que se presenta como «mendiga» difícilmente pueda proyectarse como alternativa para toda la sociedad. El camino pasa por otro lado: por la pelea por trabajo genuino, por afirmar la perspectiva de la unidad de clase, para proyectar desde allí su hegemonía sobre el conjunto de pueblo pobre e impulsar la confluencia de todas las experiencias de la recomposición: ocupados, desocupados y asambleas populares.

Porque los conceptos como «multitudes» o «sociedad civil», lo mismo que el concepto de «pueblo», son los «sujetos» de la revolución democrática (y por ende, burguesa), pero nunca lo podrán ser de la perspectiva de la revolución socialista (1). Porque la clase trabajadora cambió, pero sigue siendo la «mayoría social». No simplemente «la clase que vive del trabajo» (que era la clase de Blanqui y de las viejas revoluciones del siglo XIX) sino «la clase que vive de vender su fuerza de trabajo» o que «no puede vivir porque no puede venderla».

Así, el análisis de clase retoma toda su vitalidad en medio del «argentinazo», contra los que vienen postulando que este punto de vista teórico ya no tendría mas pertinencia, como es el caso compartido de intelectuales neo reformistas y autonomistas (ver el concepto de «sociedad civil» manejado por el neorreformismo a través de autores como Claus Offe y Manuel Castells o el de «multitud» de Negri y Hardt).

Porque la mecánica social del argentinazo no implica la utopía reaccionaria de la vuelta a relaciones sociales del pasado, sino la proyección política y social de la clase trabajadora tal cual es, al frente del conjunto de la sociedad explotada y oprimida. E –insalvablemente- esta afirmación pasa por el cuestionamiento del derecho de propiedad (2).

Reforma, transformación, revolución

El «argentinazo» en curso –tal cual venimos señalando- se esta dando en un contexto económico-social específico: el de una bancarrota del país sin antecedentes históricos; de desarrollo creciente de masivos elementos de empobrecimiento, degradación y descomposición social, elementos de barbarie capitalista. Esta realidad hace que la tarea especifica de millones sea cotidianamente como sobrevivir, como comer. Y este mismo problema marca la actividad cotidiana de muchos de los movimientos de trabajadores que se han puesto de pie al calor del argentinazo: los comedores populares, los roperos comunitarios, las marchas y cortes por los «planes trabajar», los «proyectos productivos» son parte de esta realidad. Esta misma realidad y reivindicaciones hacen que -invariablemente- muchos compañeros consideren que las luchas en curso son «defensivas» (3).

Sin embargo, esta realidad -que no es solo argentina sino continental-, ha dado lugar a variantes políticas que se apoyan en ella para tener una «común» perspectiva que no es «inmediatamente» revolucionaria socialista. Estas variantes son las de lisa y llana «humanización del capitalismo» y las «prefiguradoras».

Ambas tienen una grave consecuencia común: la separación de las reivindicaciones inmediatas y de las formas de la auto organización (cuando se las impulsa, como es el caso del «autonomismo»), de la perspectiva estratégica del poder y de la transformación social total de la sociedad (4). Esta separación se liga inmediatamente con el cuestionamiento acerca de la actualidad de la alternativa de «reforma o revolución» en el contexto del argentinazo, cuestionamiento que es explicito -por ejemplo- en el caso de John Holloway en su libro «Cambiar el mundo, sin tomar el poder» (5).

Y esta separación opera sobre la base de un doble argumento teórico: el primero, es la reaparición de un cierto «reformismo de la miseria«. ¿Qué quiere decir esto? Significa que se abre cierto espacio a partir de la tremenda miseria y crisis social en la que se vive, para colocar la lucha por «paliativos» como si fuera la lucha por las soluciones de fondo. Transformar lo que hacen millones de trabajadores y sectores populares por necesidad, en virtud. De aquí proviene toda una elaboración intelectual interesada –como es el caso del CTA y el neorreformismo- en el sentido de que lo que se trata es de «incluir» en el capitalismo a los «excluidos», en el sentido de que la pelea es «contra el hambre» y no contra la explotación, etc. Dicen esto apoyándose, al mismo tiempo, en la distancia real y la dificultad de establecer puentes (necesidad estratégica del «argentinazo») entre ocupados y desocupados. Sorprendentemente, en esta confusión entre «necesidad y virtud» caen tanto corrientes «reformistas» como «revolucionarias» (ver el caso del PO), cuando –por ejemplo- se exalta la lucha por los planes trabajar y las bolsas de comida.

En segundo lugar, junto con esto –proviniendo más de las filas de las corrientes autonomistas- se coloca otro argumento para separar la lucha por las necesidades inmediatas de la perspectiva de la revolución socialista. Este argumento se apoya en un hecho cierto, real y muy progresivo: el desarrollo de practicas de solidaridad, de reestablecimiento de vínculos sociales, de auto organización y democracia de base al calor del «argentinazo». Ejemplos sobran: las asambleas del movimiento de trabajadores desocupados o las populares en general, las fabricas ocupadas, los cortes de rutas, etc. Efectivamente estas experiencias son importantísimas y hacen al contenido inmensamente valioso de autodeterminación que viene desde abajo y que marca una de las características mas importantes del «argentinazo».

Sin embargo, lo que nos interesa acá, es el hecho de que se pierda de vista de que estas inmensas conquistas de conciencia y organización, son el subproducto de una lucha revolucionaria, y que de no triunfar el «argentinazo», difícilmente puedan sostenerse. Porque cuando la burguesía, su Estado, su «justicia» y su policía no pueden desalojar una fabrica o ni siquiera quitarle la lana a «Lavalan» (pequeño lavadero de lana, donde no trabajan mas de 30 compañeros) de lo que se trata no es de la relación de fuerzas de esa fabrica en particular, sino de la relación de fuerzas mas en general entre las clases en el contexto del «argentinazo». Y esa relación de fuerzas esta establecida sobre la base del desarrollo de una lucha de clases -de hecho- revolucionaria y no de la separación entre las perspectivas de reforma (o de «transformación») respecto de las perspectivas revolucionarias del proceso actual (6).

Esto nos remite a otro problema que también creemos de actualidad: en la tradición de la cual provenimos (el movimiento trotskista) mas allá de la letra escrita de sus diferentes programas (a la cual se atienen –la mayoría de las veces- dogmáticamente las distintas corrientes), se estableció una determinada manera de «hacer política» revolucionaria: la de las consignas y tareas «transicionales». ¿Qué quiere decir esto? Que cada tarea -por mínima que sea-, esta siempre «enganchada» a otra superior y al desarrollo de la organización independiente de los trabajadores. Cada tarea o consigna no la afrontamos «en si misma», sino «en la perspectiva y como parte de» una lucha de conjunto, única lucha que puede garantizar conquistar y sostener lo mínimo. Y esa lucha de conjunto es la del poder de los trabajadores.

Esto parte de un análisis muy concreto y sencillo: las conquistas elementales que hoy –mediante la dura lucha podemos obtener- son subproducto de la lucha –sea conciente o inconsciente- revolucionaria de los sectores populares en el «argentinazo», que en el medio de su desarrollo le imponen determinados limites a la dinámica bárbara y destructiva del capitalismo: por fuera de esta lucha, no hay conquista alguna, y esta lucha expresa una periodo siempre inestable donde por la fuerza le imponemos al capitalismo determinadas «concesiones» o «conquistas». Por fuera de esta lucha, o en su desenlace anti popular, perderemos todo lo conquistado.

Esta manera de hacer política revolucionaria (profundamente realista) esta enganchada también con la alternativa de «reforma o revolución» en el sentido de que el reformismo al dar por hecho del marco del capitalismo, siempre desarrolla sus tareas «en si mismas» y no en la perspectiva de la transformación social.

Por lo tanto, aquí se anuda la actualidad de la alternativa de «reforma o revolución» con la idea de que cada tarea por mínima que sea, la desarrollamos siempre, siempre, desde la perspectiva de la revolución socialista (7). Se establece así (ya lo dijo Rosa), una continuidad entre el viejo programa mínimo y el programa llamado «máximo», porque sin la clase trabajadora en el poder, sin la transformación completa de la sociedad, sin una dinámica de «revolución permanente» económica, social, política, nacional e internacional, no se podrán sostener ni resolver de manera persistente, ni siquiera las necesidades mas mínimas, como la lucha contra el hambre y el desempleo de masas.

Revolución democrática / revolución socialista

Partimos de definir con claridad la actualidad general de la ubicación de la teoría de la revolución permanente en lo que hace a la relación entre «revolución democrática» y «revolución socialista» y que fue el fondo histórico y aspecto central de la elaboración de Trotsky (en continuidad con Marx) sobre la teoría de la revolución (8).

Podemos comenzar diciendo que esta dialéctica entre «revolución democrática» (en el caso del siglo XVII y XVIII, se trataba de las revoluciones democrático-burguesas) y «revolución social», de alguna manera, clásicamente ha estado siempre presente. Aun como «espectro»: es el caso de los sectores radicalizados y plebeyos de la revolución inglesa de 1640/88 con los «Levellers» y los «Diggers»; o de los «Sans-culottes» y los «Enragès» en el caso de la revolución francesa de 1789/96. Esto hace a una cierta mecánica o lógica social de todas las verdaderas revoluciones, en el sentido del «traspaso» de los limites puramente «políticos» o «formales» y en la irrupción de los contenidos sociales, de clase.

A lo largo del siglo XIX, a partir de 1830, el sentimiento democrático se fue uniendo –entre las capas mas pobres y ya proletarias- a las esperanzas de revolucionamiento social, que debía llegar junto con la revolución política. La tradición de Babeuf y Bounarrotti ya había establecido un nexo entre la revolución popular y un comunismo plebeyo y utópico. Las cosas cambian, naturalmente, cuando un revolucionario democrático se declaraba -al mismo tiempo y de manera explicita- partidario de un cambio socialista en las relaciones de propiedad.

¿Pero que tiene que ver todo esto con el «argentinazo»?

Que precisamente el mismo ha vuelto a colocar sobre el tapete esta dialéctica (o falta de dialéctica en el caso del neorreformismo, autonomistas y etapistas) entre el cuestionamiento a las formas de representación y el contenido social implícito del «argentinazo» y que los marxistas revolucionarios debemos ayudar a explicitar.

Esto significa una dura batalla política. Porque tanto la CTA, como agrupaciones como «Autodeterminación y Libertad», tienen -de hecho- una estrategia «común» en este terreno: el circunscribir la pelea al terreno puramente democrático, implícitamente dentro de los marcos del capitalismo. Esta es una trampa en la que ha venido cayendo Luis Zamora desde el mismo inicio del «argentinazo»: se ha negado a considerar el proceso en curso como un proceso global, revolucionario, que cuestiona -en los hechos- no solo las formas de representación políticas, sino todas las relaciones sociales de la Argentina capitalista. Hace esto insistiendo contra las corrientes de la izquierda revolucionaria, que el proceso en curso se circunscribiría tan solo a una «revolución en las cabezas de la gente».

El propio Zamora no logra salir del discurso sobre las formas de representación política en abstracto, sin integrar operativamente en su análisis que la diversidad de formas de representación tiende a refractar distintos intereses sociales, otros contenidos de clase. La democracia representativa es burguesa. La democracia desde abajo, directa, tiende a expresar los intereses sociales de los trabajadores y el pueblo. Esto es lo que de hecho ocurre con las asambleas populares, con los movimientos de trabajadores desocupados, con las fabricas ocupadas. Todos estos movimientos no son solamente «más democráticos» en el sentido formal que expresan de forma menos indirecta una concreta voluntad política. Son cualitatitvamente distintos en tanto que articulan otra proyección social y de clase. Es por ambos motivos que son distintos pero el error central del planteo que criticamos es que borra las determinaciones de clase. O más bien las minusvalora al extremo, las puede reconocer pero como un saludo a la bandera, sin hacerlas entrar de verdad ni en su análisis ni en su política concreta.

Esto se liga a otro problema mas de fondo: la perspectiva por la cual se llama a luchar en el contexto del «argentinazo». ¿Estamos por la «utopía democrática» de la CTA? ¿Estamos por fundar una «nueva republica democrática» como dice Carrió? ¿Estamos por solo cambiar «las formas de presentación política» como dice Zamora? ¿O estamos por un verdadero cambio político y social?. O sea, ¿estamos por la «revolución» democrática o estamos por la revolución socialista? Porque incluso al levantar consecuentemente las reivindicaciones de la «democracia» (el «Que se vayan todos») podemos afirmar sin lugar a dudas que sin la destrucción revolucionaria del actual Estado capitalista, sin la perspectiva de la revolución social, de signo socialista, es imposible imponer esta reivindicación. Porque las simples condiciones de posibilidad de la «democracia política» pasan por transformar las relaciones sociales como un todo, por la revolución social..

Pero esto es imposible moviéndose sólo en el andarivel democrático. Porque así, lo único que se hace es interpelar políticamente los sectores mas pequeño burgueses y regalarle los sectores obreros y mas pobres a un partido burgués tradicional como el PJ, que si asume –a su manera suciamente burguesa- las motivaciones sociales de «la producción y el empleo». Las convierte en política cotidiana para integrar a sectores populares a su construcción clientelística, planteandoles a estos sectores la necesidad de «atraer» capitales para que haya inversiones y, por ende, trabajo. Un discurso político de este tipo oculta una verdad básica y cada día que pasa más evidente: el capital no da trabajo, lo quita, lo destruye.

Volviendo a lo que decíamos respecto al crimen político que es limitarse a los «motivos» puramente democráticos del actual proceso, creemos que, miope y mezquinamente, se pierde de vista que el cuestionamiento colocado por el «argentinazo» va mucho mas allá –una vez mas- que las simples «formas de representación». Su contenido real apunta a cuestionar todo, a la entera sociedad capitalista argentina tal cual esta constituida hoy, no sólo en el terreno democrático, sino económico-social y de las relaciones de propiedad.

Precisamente, este contenido, es lo que aun no se ha transformado en conciente para las mas amplias masas. Y por esto es por lo que -partiendo de cualquier reivindicación mínima- hay luchar: por transformar el proceso de lucha en curso, democrático y antiimperialista en general, en proceso revolucionario social, de signo socialista, de cuestionamiento conciente a las bases sociales capitalistas de este país, que son las responsables del desastre al que hemos llegado. Porque debemos ayudar a transformar el «que se vayan todos» en el grito de guerra por un verdadero cambio social: la revolución socialista.

Las corrientes revolucionarias, la autodeterminación y el socialismo

Como decía Rosa Luxemburgo, la elevación conciente y democrática de las mas amplias masas, en relación con sus tareas y sus métodos, es una condición histórica indispensable para el desenlace socialista de cualquier proceso revolucionario (9). El «argentinazo» no es una excepción. Justamente, esto es lo que no entienden las corrientes «trotskistas ortodoxas» de nuestro país: el PO, el MST y el PTS. No terminan de entender que lo mas rico y original del proceso en curso es el ingreso a la vida política de millones y las riquísimas experiencias de democracia de base a lo largo y a lo ancho de la vanguardia.

Sin embargo, nuestra lucha política al interior de las corrientes socialistas revolucionarias, la hemos dejado para el final (ultimo, pero no menos importante), porque su naturaleza es bastante distinta a los casos anteriores. En primer lugar, porque nos ubicamos dentro de un mismo terreno de clase (sobre todo, en general, con el PO y el PTS), más allá de las diferencias políticas. Las corrientes «trotskistas ortodoxas» tienen con nosotros una importante coincidencia respecto al carácter obrero de la revolución. Es decir, los compañeros que militan en éstas corrientes afirman la centralidad de la clase trabajadora en el actual proceso, aspecto que compartimos.

Es decir, estamos en el mismo terreno general (general decimos, porque como se sabe el PO es estrictamente «piqueterista» y el PTS expresa una distorsión obrerista) acerca de la «mecánica social» de la revolución. Pero su ubicación respecto al contenido concreto que ellos atribuyen a la perspectiva socialista nos resulta completamente insuficiente, por decir lo menos. Todas éstas corrientes (PO, PTS, MST y otras menores) tienen como rasgo común, el no haber llevado adelante ningún balance de las lecciones que dejaron -al movimiento obrero y revolucionario- las experiencias burocráticas del Este.

Su reacción acerca de este tema, se reduce a un reflejo puramente defensivo que se limita a reivindicar las caracterizaciones que sobre la Unión Soviética hiciera Trotsky en los años ‘30 (provisorias y de pronóstico alternativo según su autor). Como si el diagnóstico del revolucionario ruso pudiera sostenerse a la luz de los datos de hoy que mostraron que las relaciones sociales imperantes allí no reflejaban en grado alguno, aunque fuera mínimo (a partir de la década del ’30), el predominio social de la clase trabajadora. Ello fue comprobado cuando en los procesos de 1989/91 los trabajadores de esos países no reconocían ningún interés real y común con la propiedad estatizada. Incluso apoyó su privatización, más allá de que bastaron pocos años para que volviera a experimentar una nueva frustración.

De todos modos las relaciones sociales que existían antes del desmoronamiento de la URSS y los países del Este mostraban que en esos países existía explotación a través del acaparamiento del plusvalor por parte del Estado de la burocracia. El apego a las caracterizaciones de Trotsky (que hoy creemos superadas) adquiere rasgos grotescos cuando escuchamos que algunas de éstas corrientes plantean que aún hoy la Rusia de Yeltsin y Putin es un estado obrero.

Estas posiciones respecto al pasado se traducen en el presente en que estas corrientes (entre muchos otros elementos) no han reflexionado acerca de los limites que tenia la elaboración de Trotsky sobre la «mecánica política» de la revolución socialista. Porque es evidente que en su elaboración acerca de la teoría de la revolución (cuya mecánica social creemos plenamente actual y presente en la dinámica de clases del «argentinazo»), los aspectos de la subjetividad y conciencia de la clase trabajadora, ya aparecían, unilateral y erróneamente restringidos alrededor de uno solo (fundamental, sin duda) de los elementos que componen el aspecto conciente de la revolución socialista: el partido revolucionario. Y en el mismo sentido ha jugado el hecho de que en la experiencia revolucionaria del 17 al 23 en condiciones de aislamiento internacional, guerra civil y atraso secular ruso, muchas de las medidas de excepción que debieron ser tomadas por los bolcheviques, fueran transformadas en norma y virtud, tendiéndose a contraponer –erróneamente- la «dictadura del proletariado» con la «democracia socialista», la que para nosotros –como norma- son sinónimos y no opuestos.

Esto ha llevado a que en el trotskismo -en su actuación cotidiana posterior al mismo Trotsky- se tendiera y se tienda muy fácilmente a considerar la democracia de los trabajadores, como un factor meramente instrumental subordinable completamente a las «razones de la lucha» («el fin justifica los medios») y a la «razón de partido». De ahí que –por ejemplo- en medio del proceso abierto, las corrientes sean una maquina de dividir la vanguardia por motivos puramente mezquinos y de aparato, perdiendo siempre de vista «los intereses generales del movimiento en su conjunto».

Por eso, estas constataciones no se limitan a iluminar aspectos centrales de las experiencias revolucionarias del pasado siglo, sino que implican lecciones estratégicas a futuro. En opinión de los socialistas revolucionarios del MAS, un relanzamiento de la perspectiva auténtica del socialismo está necesariamente ligada a la autodeterminación conciente de la clase trabajadora, y no sólo a una reivindicación «abstracta» de su centralidad. A la luz del balance de las experiencias burocráticas, es necesario reafirmar la íntima conexión entre forma y contenido que debe ser el rasgo constitutivo de la revolución socialista, mucho más que en las revoluciones del pasado. La autodeterminación de los trabajadores como condición para que avance el proceso revolucionario quiere decir buscar una superación dialéctica que conserve el elemento democrático del actual proceso, y de los movimientos de masas en general, haciéndolo en el marco de una perspectiva de clase y no como un elemento únicamente democrático, sin determinación de clase.

Por éstas razones, que hacen a la esencia de una redefinición de una perspectiva socialista auténtica, nosotros decimos que estas corrientes son y actúan en el proceso del «argentinazo» como corrientes «revolucionarias sin socialismo». Limitan su visión política a la idea de una toma del poder por la clase trabajadora, pero sin reflexionar acerca de las «tecnologías» políticas y organizativas que traen necesariamente a colación la emergencia de un poder obrero y popular que desplace a la clase capitalista pero que además pueda ejercer su hegemonía y dar su impronta al conjunto de los explotados de una manera donde el poder que se afirme, sea el poder democrático y autoorganizado de capas siempre crecientes de las masas trabajadoras. Sus perspectivas son las de un socialismo sin contenido, sin elementos de «prefiguración». «Revolución sin socialismo» es lo exactamente inverso de las posturas autonomistas que plantean la pura «prefiguración o transformación sin revolución».

Democracia desde abajo, democracia burguesa y democracia socialista

Los problemas que venimos señalando, llevan en estas corrientes a una sub valoración general de los problemas de la «democracia desde abajo». ¿Que es la democracia desde abajo? Los elementos de búsqueda y aspiración de decidir de la mayoría de los trabajadores y el pueblo pobre, que vienen de la tradición de las revoluciones democráticas y para las cuales la tradición socialista no es una simple negación sino una superación dialéctica. El marxismo revolucionario es una síntesis de las mejores tradiciones de la democracia revolucionaria y del socialismo revolucionario (10).

Esta cuestión hay que verla con cuidado porque habitualmente se mezclan varios planos en los análisis. Existe un aspecto de la tradición democrática que tiene que ver con lo que Hannah Arendt llama «derecho a tener derechos» y que ha impulsado movilizaciones y movimientos de masas en todo el mundo. Este aspecto tiene, sin duda, una limitación importante que es su aspecto negativo, que simplemente plantea algo defensivo frente al orden establecido. Otro aspecto de la democracia desde abajo que está presente en lo anterior, aunque de un modo subterráneo y reprimido, es la exigencia a decidir de verdad y no limitarse a optar por supuestos males menores. Ambos aspectos forman parte de lo que se llama democracia sustantiva, revolucionaria o, mejor aun, democracia desde abajo. Pero la característica fundamental de la sustantividad democrática es que ésta es una exigencia de que la democracia sea tal y que ello pase a expresarse tanto en lo político como en lo económico y social. Concretamente, los socialistas revolucionarios del MAS opinamos que la democracia sustantiva hoy sólo puede concretarse a partir del autogobierno de la clase trabajadora y las masas populares. La articulación entre los motivos de la sustantividad democratica con una perspectiva de clase socialista e internacionalista es una necesidad de primer orden si queremos relanzar al marxismo revolucionario a la lucha de clases real.

Otro aspecto de la cuestión de la democracia (su costado negativo o reaccionario) es que, considerada desde un punto de vista histórico-concreto, la «democracia en abstracto» (esto es, no revolucionaria, no desde abajo, sino burguesa, basada en una igualdad ficticia que oculta las desigualdades reales en lo social) como régimen político burgués, ha sido el arma con que el capital ha golpeado a los trabajadores en todo el mundo en los últimos 20 años.

Hay una contradicción entre las exigencias democráticas sustantivas, radicales, desde abajo y el carácter de clase que tiene la democracia burguesa «representativa» para satisfacer esas aspiraciones. En todo el período histórico vivido de la década del ‘80 en adelante hemos asistido a una supuesta «extensión de la democracia política» que se ha combinado con las políticas de ajuste y desregulación a nivel mundial.

En eso podemos ver el meollo de la «democracia participativa» del CTA. Al no tomar un punto de vista anticapitalista, revolucionario, la «democracia participativa» se convierte en un planteo a llevarse a cabo dentro de la actual democracia y por lo tanto del actual régimen y estado.

Nosotros creemos que una parte (no toda) de la «utopía» (es decir de la sociedad deseada) es la democracia real, social y política. Pero únicamente en tanto democracia sustantiva y revolucionaria, de los trabajadores y el pueblo pobre, que se opone por el vértice a las limitaciones y al carácter de clase insalvable de la actual democracia. Esas limitaciones y carácter no son nada muy misterioso sino que son producto de la siguiente razón: por más que los regímenes democráticos o constitucionales tuviesen las «mejores intenciones» de satisfacer las demandas de las clases populares hay una circunstancia que ningún mecanismo «democrático» puede atravesar que es que el núcleo central de los mecanismos sociales y de clase coloca el poder de decisión en manos de los capitalistas. La «mejor» democracia burguesa no puede cambiar nada de esto: el destino de las mayorías populares está atado a las decisiones económicas, sociales y políticas de los capitalistas.

Las corrientes del «trotskismo ortodoxo»que estamos criticando no asumen este conjunto de problemas. Su delimitación política respecto a la «democracia en abstracto» como la llama Hal Draper se reduce a despreocuparse respecto a la sustantividad democrática, a la democracia desde abajo. Su preocupación de no capitularle a la democracia burguesa (11) los lleva a suprimir cualquier inquietud respecto al problema de la democracia. Los lleva a -lo que un amplio espectro de los activistas sociales ve como un rasgo constitutivo- a ser simplemente antidemocráticos. Cosa que no deja de reflejarse en una parte importante de su acción en el movimiento de masas. Las raíces teórico-políticas de ello estan ligadas a su visión a-critica acerca de la experiencia del bolchevismo en el poder, haciendo –como hemos dicho arriba- virtud y teorizacion de las necesidades perentorias que debieron enfrentar Lenin, Trotsky y sus compañeros en las condiciones terribles de la guerra civil contra los ejércitos burgueses e imperialistas.

En esos años se dió un debate acerca de la «dictadura del proletariado». Kautsky, en nombre de la «democracia en abstracto» (es decir, burguesa) encabezo una campaña mundial contra la «dictadura bolchevique». Y bajo esta presión, el propio Lenin (en «La revolución proletaria y el renegado Kautsky») y Trotsky (en «Terrorismo y comunismo) respondieron con sendos folletos, pero cometiendo el error de aceptar los términos del debate: esto es, la contraposición abstracta planteada por el teórico reformista entre «dictadura» y «democracia». Hicieron esto en vez de contraponer a la falsa democracia de los ricos -que no es mas que la dictadura del capital-, la verdadera democracia política y social de los mas amplios sectores de los trabajadores – la dictadura social de los trabajadores- que tendía e encarnar, potencialmente, el poder bolchevique (1917-23) mas allá de todas las deformaciones a la que se vio sometido en su momento. Las corrientes ortodoxas contemplan a éstas deformaciones como indudables virtudes proletarias, lo que tiene el problema de convertir a cualquier aspiración democrática en burguesa. Justamente este tipo de apreciaciones (más empíricas que explicitadas) reflejan los costados del armamento teórico trotskista que no pudieron escapar a la presión del stalinismo a nivel mundial.

Desde nuestro punto de vista, incluso tomando al propio Lenin del «Estado y la revolución», la «dictadura del proletariado» es sinónimo de «democracia socialista» (cosa que también puede verse, aun más enfáticamente, en Rosa Luxemburgo). De todas formas Lenin en este trabajo dice que la dictadura del proletariado significa una democracia de nuevo tipo: de la amplia mayoría para la amplia mayoría; y, también, una dictadura de nuevo tipo: de la mayoría sobre la minoría (los restos burgueses y el imperialismo mundial). Este gobierno es una democracia de clase y por lo tanto una dictadura sobre las clases enemigas, la contrarrevolución imperialista y los restos de la clase dominante. Esto implica medidas de dictadura de clase, de los trabajadores contra los burgueses, aunque siempre teniendo como norte la perspectiva de la reabsorción de la esfera política por la sociedad, es decir del autogobierno de la clase trabajadora y las masas populares y de la «extinción» del estado (aun obrero).

Por lo tanto, nuestra perspectiva normativa es la mas amplia democracia y autodeterminación entre los trabajadores y el pueblo pobre. A esto lo llamamos desde el punto de vista social, de clase, «dictadura del proletariado», y desde el punto de vista político, «democracia socialista». Democracia socialista para la cual se deben ayudar a crear las condiciones, no en un tiempo indeterminado después de la revolución, sino, por el contrario, desde antes de la misma, en el proceso revolucionario mismo. Democracia socialista para la cual se deben ayudar a crear las condiciones, no en un tiempo indeterminado después de la revolución, sino, por el contrario, desde antes de la misma, en el proceso revolucionario mismo. Y por esto, el cuidado que creemos se debe tener (y que las corrientes no tienen) cuando se trata del desarrollo, maduración y fortalecimiento de las experiencias de democracia de base, esto es de los embriones de democracia desde abajo.

Cuestión aparte es el hecho de que no se debe desarmar a la vanguardia acerca de las medidas de excepción que segura y necesariamente se deberán tomar en toda revolución y en todo gobierno revolucionario. El problema que aparece en el debate con las corrientes trotskistas ortodoxas es que a partir de este problema real que enfrenta toda verdadera revolución social se le resta importancia al perfil de autodeterminación obrera y popular en nombre de las necesidades prácticas que seguramente vamos a enfrentar. Luego se termina «haciendo ideología» respecto a ello y calificando como virtud lo que es pura necesidad. Así es cómo se dan hechos habituales como el conversar con militantes de grupos del trotskismo ortodoxo que declaran muy sueltos de cuerpo: «el socialismo es la negación de la democracia» (atención, no de la democracia burguesa, sino de la democracia a secas). No hablamos de ningún grupo en particular. Desgraciadamente la anécdota es lo suficientemente representativa para que el sayo le calce a todos o a casi todos.

El argentinazo, las revoluciones de post guerra y el marxismo revolucionario

Lo anterior, hace a un ultimo ángulo de importancia: la comparación de algunos rasgos del «argentinazo» con las principales caracteristicas de las revoluciones de la segunda post guerra. Porque en relación a ellas saltan a la vista una serie de elementos no menores. En la segunda post guerra se asistió a una serie de revoluciones –que no es el interés de este texto pormenorizar aquí- que tuvieron una serie de rasgos comunes: fueron procesos que a partir de iniciales motivaciones antimperialistas se terminó estatizando los medios de producción fundamentales, estos procesos tuvieron a su frente –casi invariablemente- a aparatos o corrientes pequeño burguesas o burocráticas y donde –por lo tanto- brillaron por su ausencia dos elementos: la centralidad de la clase trabajadora asalariada y los elementos de auto determinación y auto organización de las propias masas. Esas dos ausencias determinaron que éstas revoluciones tuvieran un fuerte carácter «desde arriba». Es decir el diseño social que resultó de ellas estuvo enormemente determinado por las direcciones políticas que esas revoluciones pudieron darse. De ahí que, desde su inicio, las políticas que llevaron adelante se asemejaron a gigantescos experimentos de «ingeniería humana» en los que se desplazaban poblaciones enteras de un territorio a otro o se decidía desde arriba un determinado tipo de industrialización, independientemente del costo humano que pudiera tener. Ejemplos de ello pueden verse en el llamado «gran salto hacia adelante» en China o el fracaso de la zafra de azúcar de los años 70 en Cuba, esfuerzo voluntarista que desarticuló la producción del país por varios años (especialmente en lo que tenía que ver con el consumo popular). Se podría decir en cierto sentido, tomando una fórmula del joven Marx, que fueron más revoluciones políticas que sociales. Con esto apuntamos al carácter totalmente desde arriba que tuvieron, en el que el único papel que les cupo a las masas trabajadoras fue justamante ése: trabajar solamente…y obedecer. En ningún modo su papel tuvo ningún rasgo que pudiese conllevar la experimentación colectiva para encontrar modos de convivencia distintos.

Por supuesto que éstos rasgos no salen de la nada: están relacionados con un contexto histórico: los procesos de desmantelamiento de los imperios coloniales tras la segunda guerra mundial y el fortalecimiento relativo del stalinismo posterior a ella. Esto último constituía un enorme bloqueo para todo lo que fuese una perspectiva auténtica de socialismo. La contradicción de ese período histórico estuvo dada por un contexto en el que los motivos antimperialistas constituían un impulso para los procesos revolucionarios que se encontraba mediado por la presencia del stalinismo como modelo societal alternativo (falso como se pudo ver posteriormente)

Luego de la caída del muro de Berlín, del «desbloqueo potencial de la alternativa del socialismo» que caracterizamos como elemento inmensamente progresivo en ese momento, el «argentinazo» tiene una serie de rasgos positivos en relación a estas revoluciones –así como también –es obvio-, enormes limites-, que queremos destacar y que creemos que hacen a una acumulación de experiencias latente a nivel de las mas grandes masas, mundialmente.

En primer lugar, saltan a la vista, precisamente los elementos de acción y organización democrática e independiente. Esto es inmensamente progresivo: las asambleas populares, los movimientos de trabajadores desocupados, las fabricas ocupadas, expresan elementos de democracia de base de un valor imposible de circunscribir y que expresan la recuperación de un elemento clásico de las revoluciones obreras y socialistas de principios del siglo XX.

Junto con esto, está también el hecho de que el argentinazo se da o tiene su sede no solo en un país urbano, sino en el centro de este país: esto hace que las masas urbanas y trabajadoras tengan una centralidad en el proceso que no tuvieron ni en China, ni en Cuba, ni en Vietnam. Este aspecto también hace a los progresivos contornos sociales clásicos de este proceso a los inicios del siglo XXI, facilitando los elementos democráticos y de autodeterminación.

Por el contrario, es obvia la actual ausencia de una dinámica anticapitalista en el marco de un «universo» general de crisis de alternativas, aunque al mismo tiempo, también es un factor inmensamente progresivo, la crisis general de las direcciones o mediaciones burocráticas, mediaciones que en el contexto de las revoluciones que estamos refiriendo, no pudieron ser superadas. Y que -sin embargo- marcan hoy un inmenso cambio, que es lo que mas nos interesa destacar en este final: el cambio real o potencial de las relaciones de fuerza entre corrientes reformistas y el socialismo revolucionario, lo que esta abriendo un desafío y responsabilidad histórica para sacar a nuestras corrientes de su marginalidad y transformarlas en un actor real y de peso en la lucha de clases.

Notas

(1) «Los demócratas atenienses, del mismo modo que los republicanos americanos y los patriotas franceses, bajo la dirección de Robespierre, se proponían llevar a cabo la lucha en pro del pueblo trabajador mas pobre y en contra del capital manteniendo la propiedad privada (…) Con la derrota de junio de 1848 termina la coalición de clase entre obreros, campesinos y pequeña burguesía que constituyo la esencia de la antigua democracia revolucionaria». Arthur Rosemberg, «Socialismo y democracia». Cuadernos de Pasado y Presente nº 86. Esto es, se termina la coalición del «pueblo en general», constituida bajo la dirección política de la pequeño burguesía.

(2) Y no por el objetivo de una «sociedad de pequeños productores» como ha dicho Luis Zamora en un reportaje otorgado al diario La Nación el domingo 27/10. Porque aun en medio del tremendo desempleo y del retroceso de las fuerzas productivas del país, el desafió es apropiarnos, e impulsar hacia adelante las fuerzas productivas del trabajo social, y no retroceder hacia una utópica sociedad de pequeños propietarios. En la teoría marxista a esto se lo denomina modo de producción mercantil. Marx habla de éste como una forma de relación social que nunca adquirió predominio sobre los otros modos de producción sino que los acompañó en forma subordinada, no pudiendo nunca convertirse en la forma dominante. En un contexto capitalista la pequeña propiedad, si bien nunca va a extinguirse, tiende estructuralmente a reducirse. Si bien suponemos que Zamora busca apelar al componente democrático general que tienen las aspiraciones de las clases populares a asegurar su libertad personal a través de un mínimo de propiedad, creemos que a un socialista (o un anticapitalista en el caso de Zamora) solo le queda el camino de «pincharle el globo» a esas ilusiones de los oprimidos, mostrando cómo la defensa del principio de la propiedad privada lleva, necesariamente, a que la mayoría social esté privada de propiedad, al mismo tiempo que muestra la imposibilidad de que en el actual estado de la vida social se retroceda al adaptar los requerimientos de la producción actual a la limitada escala de la pequeña propiedad. Ese tipo de agitación se la podía permitir una demagoga de derecha como Adelina de Viola cuando levantaba como consigna «un país de propietarios y no un país de proletarios» pero creemos que está excluída para alguien de izquierda.

(3) Considerar las luchas actuales, en medio del argentinazo, como «defensivas», hace a una visión equivocadamente «economicista» del proceso en curso, visión que no compartimos. Porque cuando lo que en muchas de ellas lo que esta puesto sobre el tapete es –objetiva y subjetivamente- el cuestionamiento al imperio de la propiedad privada o de la autoridad del Estado, evidentemente no se puede tratar de meras luchas «defensivas». Por el contrario, se trata del desarrollo de un proceso revolucionario, que hace que se combinen reivindicaciones económico-sociales muchas veces ultra mínimas (comer, no perder el empleo) con métodos de lucha, de organización y objetivos…ofensivos.

(4) «Yo tengo los pies sobre la tierra. En Quebracho queremos hacer la revolución, pero sabemos que la gente todavía no nos acompaña. Acá primero hay que dar de comer, hay que educar a la gente. Lo mas probable es que yo no vea como termina todo». Nicolás Lista, dirigente de «Quebracho» y de la «Aníbal Verón». Reportaje en Clarín 2/09/02.

(5) A diferencia de John Holloway que transita la perspectiva de «ni reforma, ni revolución…», creemos que el enfoque de los marxistas revolucionarios de principios del siglo XX, en el sentido de la oposición estratégica –al interior del movimiento obrero- entre «reformistas» y «revolucionarios» es plenamente actual en el contexto del argentinazo. Con Rosa Luxemburgo decimos: «Pero puesto que el objetivo final del socialismo es el único factor decisivo que distingue al movimiento socialdemócrata de la democracia y el radicalismo burgués, el único factor que transforma la movilización obrera de conjunto de vano esfuerzo por reformar el orden capitalista en lucha de clases contra ese orden, para suprimir ese orden, la pregunta ‘reforma o revolución’, tal como la plantea Bernstein es, para la socialdemocracia, el ‘ser o no ser». Rosa Luxemburgo, «Reforma o revolución», tomado de la SoB nº11, pagina 38.

(6) «(…) Todo obrero comprende que, con dos millones de desocupados y semi ocupados, la lucha sindical por los convenios colectivos es una utopía. En las condiciones actuales, para obligar a los capitalistas a hacer concesiones serias, es necesario quebrar su voluntad (…) La tesis marxista general: las reformas sociales no son mas que subproductos de la lucha revolucionaria, en la época de la declinación capitalista, tienen la importancia mas candente e inmediata. Los capitalistas no pueden ceder algo a los obreros mas que cuando están amenazados de perder todo. Pero incluso las mayores ‘concesiones’ de las que es capaz el capitalismo contemporáneo (…) seguirán siendo absolutamente insignificantes en comparación con la miseria de las masas y la profundidad de la crisis social. He aquí porque la mas inmediata de todas las reivindicaciones debe ser reivindicar la expropiación de los capitalistas y la nacionalización (socialización) de los medios de producción. ¿Qué esta reivindicación es irrealizable bajo la dominación de la burguesía?. Evidentemente. Por esto es necesario conquistar el poder». León Trotsky. «Una vez mas, ¿a dónde va Francia?. Fines de marzo de 1935. Editorial Juan Pablo Editores.

(7) Incluimos aquí el concepto de «transformación» porque expresa teóricamente esta idea de que lo que se impone ahora es «transformar» el espacio inmediato, el ámbito directamente inmediato de actuación del activista social, porque hoy por hoy «no se puede hacer la revolución». Como muchas veces esta practica se desarrolla –efectivamente- no bajo la vieja concepción «reformista», no desde un aparato, se lo considera (por sus propios actores) como actividad transformadora o «prefiguradora». A este respecto nos parece util dejar asentada, la ubicación teórica que da a esta cuestión un defensor de esta perspectiva: «Pero para la ‘Ética de la Liberación’, a diferencia de Luxemburgo, la acción ética contraria a la praxis funcional (…) no es la revolución, sino la transformación. Esto es de gran importancia estratégica (…), porque si la ética (…) intentara justificar la bondad del acto humano solo desde la revolución (…) habría destruido la posibilidad de una ética critica (…) de la vida cotidiana (…) transformar toda norma, acción, micro estructura o institución (…) las revoluciones, las reales e históricas, son el paroxismo del acto revolucionario (…) En estos momentos, a finales del siglo XX, en el tiempo de la hegemonía sin contrapartida de la pax americana (…), si la extrema izquierda (…) confunde reformismo con transformación (…) no revolucionaria, no podrá sino condenar al desaliento o a la inmoralidad a todas las mujeres y hombres honestos críticos que están comprometidos (…) en Frentes de Liberación, que no son ni pueden ser hoy revolucionarios, al menos en el sentido de la toma del Poder del Estado para cambiar las estructuras de fondo socio-económicas». Enrique Dussel, «Ética de la Liberación», pag. 528/535. Editorial Trotta, 1998

(8) «La revolución permanente, en el sentido que Marx daba a esta idea, quiere decir una revolución que no se aviene a ninguna de las formas de predominio de clase, que no se detiene en la etapa democrática y pasa a las reivindicaciones de carácter socialista abriendo la guerra franca contra la reacción, una revolución en la que cada etapa se basa en la anterior y que no puede terminar mas que con la liquidación completa de la sociedad de clases». León Trotsky. La «Revolución Permanente», pagina.30.

(9) «En todas las luchas de clases del pasado, llevadas adelante en interés de las minorías, y en las cuales, para usar las palabras de Marx, todos los desarrollos tenían lugar en oposición a las grandes masas de la población, una de las condiciones para la acción era la ignorancia de las masas en relación con los reales objetivos de la lucha, su contenido material y sus limites (…). Pero, como Marx escribió tan temprano como en 1845, en la medida que la acción histórica se profundiza, el numero de masas involucradas debe aumentar. La lucha de clases del proletariado es la mas profunda de todas las acciones históricas hasta nuestros días, ella involucra el conjunto de las capas mas bajas de la población, y, desde el momento en que la sociedad deviene dividida entre clases, es el primer momento en que (la revolución) esta en acuerdo con el interés real de las masas. Esta es la razón por que la elevación de las masas en relación con sus tareas y sus métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista, justamente como en los periodos anteriores la ignorancia de las masas, era la condición para la acción de las clases dominantes». Rosa Luxemburgo, citada por Tony Cliff en «Trotskismo después de Trotsky», pag. 26

(10) Hal Draper, «Las dos almas del socialismo». Publicado en la revista «Socialismo o Barbarie» nº10.

(11) Lo cuál no quiere decir que no le capitulen en ninguna circunstancia concreta sino solamente que la presión que va en contra de la autodeterminación -y a la que estos compañeros ceden fácilmente- se justifica de esta forma.