Por Ale Vinet, París, 1.40 de la madrugada, 17 de marzo de 2016

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Lucha contra la reforma laboral

Mi querida París me recibió de mi retorno de Buenos Aires de la mejor manera posible: con un gran proceso de movilización social en construcción. El punto de partida fue el anuncio de la reforma laboral El Khomri (del nombre de la ministra de Trabajo), que representa ni más ni menos que un cambio global y profundo de la relación entre trabajadores y patrones. Al liquidar el Código del Trabajo e imponer la supremacía de los “acuerdos por empresa”, se pretende retornar a una atomización de los trabajadores y a una relación de subordinación que la lucha de la clase obrera supo enterrar hace casi dos siglos. Este ataque sin precedentes despertó una fuerza y una acumulación que se encontraba dormida entre la juventud y la clase obrera desde al menos la derrota de 2010, cuando la huelga general contra la reforma jubilatoria…

No se trata de cantar victoria cuando la partida apenas comienza: una movilización general, de los estudiantes universitarios, de los secundarios, de trabajadores ocupados y desocupados es todavía una perspectiva en construcción. Nada garantiza la victoria y nuestros enemigos son fuertes y hábiles: el gobierno ya ha anunciado el abandono de los puntos más chocantes de la ley y los burócratas de la CFDT (una de las confederaciones obreras más a la derecha, que ya firmó reformas antiobreras del gobierno) aplauden estas migajas como una “victoria”, con el objetivo de reventar la movilización. Como se suele decir acá: el día que el gobierno restablezca la esclavitud, la CFDT se pondrá a negociar el peso de las cadenas…

Pero si nada está ganado por adelantado, si todavía el proceso tiene elementos de “potencialidad” o de apuesta, tal vez eso sea lo más significativo: que por primera vez desde la derrota de 2010, podemos hacer la apuesta, podemos ilusionarnos e ilusionar con la perspectiva de una victoria. Desde 2010, los trabajadores, los jóvenes, los desocupados, las mujeres sufrimos una serie de ataques sin precedentes, sufrimos una degradación de nuestras vidas, vemos de manera casi impasible cómo el mundo se dirige cada vez más hacia el abismo, con su cóctel vomitivo de guerras, de desplazamiento forzado de millones de personas que mueren a los pies de los muros de Europa, de crisis económica, climática, humanitaria. Desde 2010, no hacemos otra cosa que soportar, que aguantar, que sufrir, ataque tras ataque, golpe tras golpe, humillación tras humillación, pesadilla tras pesadilla…

Pero a partir de esta enésima, o milésima, o millonésima pisoteada del gobierno y de los patrones, toda esta bronca que venimos masticando durante años sale a la superficie, se convierte en discusión, en organización, en energía creadora, en perspectiva. Este texto no tiene vocación de ser un gran análisis de la reforma laboral, de la situación política abierta, con sus alcances y limites, de la táctica, la orientación y la estrategia para ganar la lucha. Se trata simplemente de expresar, a corazón abierto y desde lo más profundo de las tripas (aunque me salga una mezcla de política y poesía de bajo vuelo), la enorme experiencia y las enseñanzas que un tal proceso de movilización ya está dejando en sectores cada vez más amplios (por ahora en un sector reducido, para poner los pies en la tierra, aunque ese sector puede ser el comienzo de una bola de nieve o las semillas del próximo round de la lucha de clases). Se trata de poner sobre el papel algunas pinceladas de lo que sucede cuando los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, todos los explotados y oprimidos levantan la cabeza. Cuando se empieza a tener conciencia de que hay algo grande en juego, de que tenemos una oportunidad para darle un golpe enorme al gobierno y a los patrones. Cuando los jóvenes estudiantes van directamente a hablar con los trabajadores de base para transmitirles la combatividad que estamos construyendo y los trabajadores vienen a ver a los estudiantes con el mismo objetivo, el de construir la confluencia de las diferentes luchas, el de unir a nuestro campo social, el de los explotados y oprimidos, contra nuestros enemigos de clase. Cuando la idea y la perspectiva de la huelga general indefinida comienzan a sonar en cada vez más cabezas y más bocas.

En fin, lo que sucede cuando sectores crecientes de los explotados y oprimidos toman la determinación de tomar en sus manos su propio destino.

El 9 de marzo hace saltar por los aires el tablero pasivo de la burocracia

La gran “chispa” del proceso actual es sin duda alguna la movilización masiva del 9 de marzo. Como de costumbre, las grandes organizaciones sindicales se habían propuesto poner paños fríos: la primera fecha de movilización, frente a semejante ataque, estaba prevista para el… ¡31 de marzo! Sin embargo, la brutalidad del ataque y la bronca acumulada hicieron que comenzaran a expresarse elementos más espontáneos y otros más estructurales contra el mismo. Por un lado, una serie de elementos de, para hablar mal y pronto, la “generación 2.0”: una petición en línea que reunió más de 500.000 firmas en pocos días, diversos “eventos de Facebook” que llamaban a una movilización (¡e incluso a una huelga!) general para el 9 de marzo, una serie de videos impulsados por un grupo de youtubers de izquierda en torno al hashtag #onvautmieuxqueça (“valemos más que eso”). Por el otro, una reunión de organizaciones políticas y sindicales juveniles[1] que retomó la idea del llamado al 9 de marzo y convocó a una movilización nacional. Comenzaron a organizarse asambleas generales en las universidades para preparar la jornada del 9: 700 estudiantes en la facultad de Toulouse, 800 en París 8-Saint Denis, 400 en París 1-La Sorbonne, 300 en París 10-Nanterre. Todo este desarrollo comenzó a mostrar el vapor que se montaba en torno al proyecto de reforma laboral, y obligó a algunas confederaciones sindicales como la CGT o Solidaires a llamar también a la jornada de movilización (¡pero no hicieron llamado a la huelga!), aunque intentando desde el principio dividir. En París, la convocatoria que había circulado ampliamente llamaba a concentrar en la Plaza de la República a las 13.30, la CGT decidió llamar a concentrar en otro lugar a las 11…

Finalmente, la jornada fue un éxito total: más de 500.000 personas en todo el país, más de 100.000 en París. Se trata de la movilización más grande desde que asumió el gobierno “socialista” de Hollande. Había una importante composición juvenil, pero también de trabajadores, de desocupados. Muchos trabajadores decidieron tomarse un día “de descanso” o “de vacaciones”, para poder hacer huelga de manera indirecta y participar de la movilización, ya que ninguna confederación sindical llamaba a huelga el 9. El ambiente fue combativo, dinámico, con el motor de la juventud pero una cierta representatividad de otros sectores. Se sentía en el aire que algo cambió…

Efectivamente, así fue. Del calendario sin grandes olas de la burocracia, que apenas pretendía realizar un saludo a la bandera el 31 de marzo, se pasó a una situación cuyo ritmo depende cada vez más de los sectores más dinámicos, los estudiantes, y del impacto que su movilización tiene sobre otros sectores. Luego del 9, se decidió la realización de una jornada de movilizaciones el 17, otra el 24, otra el 31 que debería ser no el fin sino el comienzo de una lucha general, de la huelga general indefinida… Si la jornada del 9 cambió de tal manera el calendario, los ritmos y de manera general el estado de ánimo a amplia escala, es porque se trató de una jornada que escapó objetivamente a los grandes aparatos, que tuvo un rasgo de explosión, de autoorganización, que permitió romper con la normalidad. Desde el 9, muchas cosas cambiaron profundamente…

Cuando el curso “normal” de las cosas cambia su rumbo

Mi primera implicación en el movimiento fue la participación en el comité de movilización de la Universidad de Nanterre, el viernes 11. Para preparar el 9 de marzo, se realizó una asamblea general en la universidad, luego de la cual se movilizó colectivamente y que decidió la puesta en pie de un “comité de movilización”. El comité, abierto a todos los estudiantes, compuesto por gente organizada política y sindicalmente y por gente no organizada, es el ámbito que nuclea a todo el activismo, que decide de la actividad concreta del día a día, que organiza las asambleas generales, ámbito donde se votan las orientaciones y acciones que el comité se encarga de aplicar.

En el comité, unos 70 estudiantes discutimos la escritura de un volante para ampliar la movilización, la realización de intervenciones en las cursadas, la creación de un Facebook de la movilización, entre otras cosas. Se trata de una nueva generación que forja sus primeras armas en la lucha y en la organización. Uno de los puntos importantes de la discusión fue la creación de una “Comisión de convergencia con los trabajadores”, que discute y organiza actividades que apuntan a movilizar la energía que empieza a generarse entre los estudiantes hacia los sectores obreros de la región, para llevarles nuestra lucha e invitarlos a darla juntos. Tenemos claro que la única manera de derrotar al gobierno es bloqueando la economía y la marcha del país, poniendo en movimiento a los sectores claves de la clase trabajadora…

El lunes, entonces, mi despertador suena a las 5am, nos damos cita con estudiantes de la universidad en una estación de subte, para ir a discutir con trabajadores de correos; tenemos lazos con trabajadores y dirigentes sindicales del sector organizan la actividad con nosotros. Los trabajadores nos reciben calurosamente, estrechamos varias manos, hablamos sobre el frío glacial de la mañana. Después de algunos minutos para concentrar a todos los compañeros, los trabajadores cesan el trabajo y se acercan a escucharnos. Explicamos que estamos movilizados en la universidad, que exigimos que la reforma sea abandonada, que luchamos por nuestro futuro y por nuestro presente, porque la mayoría de los estudiantes encadenan laburo precario tras laburo precario para bancarse los estudios. Explicamos que solos no podemos ganar, que si venimos a las 6 de la mañana a visitarlos es para invitarlos a que se organicen, a que se movilicen, a que hagan huelga y vengan a las manifestaciones, a que construyamos la confluencia. Finalmente decimos algo que parece una evidencia, pero que solamente ahora, en este tipo de encuentros improbables, se hace carne: que estamos todos en la misma, que tenemos los mismos intereses y los mismos enemigos, que tenemos la oportunidad de cobrarle al gobierno y los patrones toda la basura a la que nos sometieron los últimos años. Sentimos que los trabajadores nos escuchan, que comparten lo que decimos, que están contentos de que estemos ahí…

Después de nuestra intervención, es el turno de los compañeros de correos, dirigentes sindicales del sector. Mientras el compañero interviene, una pequeña “visita” agita las aguas: seis policías, uno de ellos armado de un “flash ball”, una especie de gran pistola que tira balas de goma calibre 44. La policía se presenta explicando que recibieron un llamado notificando la presencia de “elementos exteriores al centro” y que los mismos se tienen que retirar. Hasta ahí, nada sorprendente: las empresas privadas son el feudo del patrón, que impone su dictadura y decide quién entra y quién sale. Lo sorprendente, lo maravillosamente sorprendente, fue que los trabajadores se interpusieron automáticamente entre los policías y nosotros, que defendieron nuestro derecho a venir a hablarles, que amenazaron con declararse en huelga en ese mismo instante si la policía no se retiraba. Finalmente, los seis cowboys que vinieron a intimidarnos se fueron con la cabeza baja, vapuleados por los gritos de “¡Resistencia!” de estudiantes y trabajadores. Logramos terminar nuestra nuestro intercambio alrededor de las perspectivas entre nosotros, entre estudiantes y trabajadores, entre miembros de una misma clase, luego de lo cual los laburantes nos acompañaron hasta la salida, para impedir que “a algún policía se le pase siquiera por la cabeza tocarle un pelo a un estudiante”. Un ambiente eléctrico se palpita en Francia…

Algo está empezando a cambiar, no solo en el ambiente, sino en todas nuestras cabezas. El mismo grupito de estudiantes que todavía teníamos lagañas en los ojos antes de empezar la actividad en el centro de correos, nos fuimos a la universidad con una energía imparable, con la certeza de estar viviendo una experiencia que no se vive todos los días, de poner fichas en una apuesta histórica. Rápidamente decidimos dividirnos para poder contar la experiencia a la mayor parte de estudiantes posible, para intervenir en el máximo de cursadas. De más está decir que a los estudiantes les brillaban los ojos cuando les contábamos cómo los empleados de correos, cómo nosotros los estudiantes, cómo todos juntos habíamos logrado echar a la policía de un centro de trabajo, en defensa de nuestra unidad, de nuestro derecho a discutir, a organizarnos y luchar juntos. Les brillaban igual o más que lo que nos brillaron a nosotros cuando ese “¡Resistencia! ¡Resistencia!” de los trabajadores empezó a retumbar en nuestros oídos, cuando nos envolvió hasta fundirnos en un solo puño.

Al día siguiente, una asamblea de 500 personas discute sobre la reforma laboral: “Ni modificable ni negociable, ¡por el abandono total de la ley!”. Se vota la exigencia del abandono de la ley, un calendario de movilizaciones: 17 de marzo, 24 de marzo, 31 de marzo. Se vota la huelga estudiantil (que está aún lejos de ser una realidad…) para la jornada del 17 de marzo; se vota también la realización de “piquetes de huelga”, para discutir con el conjunto de los estudiantes sobre las razones y las perspectivas del movimiento. Al final de la asamblea, un grupo de 40 estudiantes nos preparamos para la siguiente acción en dirección a los trabajadores: esta tarde elegimos ir a Saint Lazare, una de las principales estaciones ferroviarias de París, que “alimenta” toda la zona oeste del Gran París. Llegamos a la estación megáfono en mano y cantando por la unidad de todos los sectores: “Secundarios, estudiantes, trabajadores, desocupados/ es todos juntos que tenemos que luchar/ es todos juntos que vamos a ganar”. Nos reciben los compañeros ferroviarios, que organizaron para nosotros un pequeño “tour” por la estación para que nos dirijamos directamente a los trabajadores de base: el 9 de marzo, los ferroviarios realizaron la huelga más grande de los últimos diez años, contra una reforma del convenio colectivo que va en el mismo sentido regresivo que la reforma laboral contra la que nos movilizamos nosotros.

Nuevamente, algo se siente en el ambiente. Nos paseamos por la estación, de tres pisos y 24 andenes, cantando y agitando con el megáfono, entrando a los diferentes servicios, hablando con los trabajadores, pasándoles el volante que escribimos en el comité de movilización, invitándolos a venir el 17, el 24, el 31, a construir una lucha general contra los ataques que todos sufrimos. Si los ferroviarios paran, el país se bloquea… Se trata de una apuesta difícil: la CGT, sindicato mayoritario en el sector, se opone a la reforma laboral a nivel nacional, pero se niega a construir la huelga indefinida a partir del 31, solamente quiere una jornada de huelga aislada. No se puede contar con las direcciones burocráticas, solo con la propia organización de los trabajadores. Nuestro comité de movilización que se reúne diariamente y discute y organiza todo, un proto “comité de huelga” estudiantil, les servirá tal vez de inspiración… Sea como sea, los ferroviarios nos agradecen la visita, nos reafirman que tenemos que pelear todos juntos, que podemos ganarle al gobierno. Nos damos cita para el jueves 17, para armar una columna conjunta entre los estudiantes de Nanterre y los ferroviarios de Saint Lazare…

Nuestra última actividad de la semana se desarrolla en la fábrica de PSA (Peugeot-Citroen) de Poissy, la más grande del grupo en Francia: cuatro mil trabajadores realizan el ensamblaje del chasis de los autos, la pintura y los toques finales (cables, tablero, etc.). Nuevamente, somos una treintena de estudiantes que nos juntamos en la facultad para ir todos juntos a la fábrica que se sitúa a unos veinte kilómetros. En una de las puertas de la fábrica (que ocupa “solamente” 200 hectáreas, 2 kilómetros por 2 kilómetros), un grupo de 15 trabajadores de la CGT nos espera para realizar la acción conjunta. Durante una hora, aprovechamos el cambio de turno para agitar, para hablar con los trabajadores, para volantear: todo el mundo agarra el volante, logramos volantear más de 2000… La organización de la actividad tiene un objetivo bien claro: la CGT-Metallurgique llamó a la huelga el 9 de marzo, 200 trabajadores del sitio de Poissy participaron de la manifestación y la CGT-Métallurgique vuelve a llamar a la huelga el 17 y a la movilización; de lo que se trata es precisamente de dirigirse a los trabajadores directamente para calentar los motores hacia la jornada de mañana. El recibimiento es muy bueno: “Esto nos toca a todos”, “Nos vemos mañana en la marcha”. Durante el volanteo, un laburante que fue recientemente mutado a Poissy luego de pasar 24 años en el sitio de Aulnay, cerrado hace dos años a pesar de la heroica lucha de los trabajadores, me cuenta historia tras historia militante: las peleas con los pequeños capataces y líderes de sector, la lucha contra la burocracia en los sindicatos, las expresiones de solidaridad obrera. Me doy cuenta cómo la acumulación histórica de nuestra clase se hace carne y hueso, la suerte que tengo de vivir un proceso de movilización que me ponga en contacto con esa enorme riqueza militante. El compañero tiene dos pines en su campera: “Todos juntos contra el cierre de PSA-Aulnay” y “Vamos a luchar como leones – PSA-Aulnay”; le cuento que tengo los mismos en casa, que los compré hace dos años en sus movilizaciones, que después de dormir 4 o 5 horas por día desde el lunes lo último que se me cruzó por la cabeza fue traerlos, qué boludo. “Desde que llevamos adelante la lucha en Aulnay que no me los saco”; claro, cómo despegarse de 24 años de organización, de lucha, de resistencia, concentrados en esos dos pines enganchados a una campera… “Gracias por venir, vengan cuando quieran, nos vemos mañana y en la próxima”, nos dicen los compañeros de la CGT mientras volvemos a tomar el tren para volver a la facultad.

Y en la facultad, como en todos lados, las cosas se mueven. La gente volantea, pinta banderas, afiches, discute. Por ahora somos algunas decenas, mañana seremos más, lo que está claro es que se está forjando una nueva camada activista, militante, combativa, que no tiene ningún resquemor en ir a ver a los trabajadores porque vive ella misma cada día la explotación, la precarización y la falta de perspectiva a la que nos somete este sistema. Ya me pesan los ojos, la dejó acá, mañana me espera un día largo. A pesar de la fatiga, estaremos mañana temprano, megáfono en mano, volante en mano, para intentar discutir con miles de estudiantes de la necesidad de organizarse, de movilizarse, de discutir, de formarse, de confluir con los trabajadores, de construir la huelga general para pararle la mano al gobierno y a los patrones, para tener nuestra revancha. Tenemos una parada importante: hay que levantar las cursadas una tras otra, armar una gran columna de la facultad, confluir con los ferroviarios y que seamos miles en las calles para darle continuidad al 9 y preparar las próximas movilizaciones que ya se acercan. Me pesan los ojos pero no importa, me sobra la energía y la alegría de saber que estoy viviendo lo que uno vive cuando las cosas empiezan a cambiar, que tengo que aprovechar a fondo para vivir lo que casi nunca se vive: la posibilidad de intentar tomar, por una vez, nuestro destino en nuestras propias manos.

[1]Incluyendo a la UNEF, principal sindicato de estudiantes universitarios, ligado al PS y por lo tanto al gobierno actual.

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