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Jun - 17 - 2016

Las elecciones primarias estadounidenses están llegando a su fin. Por el lado republicano, ya está instalado como candidato presidencial el derechista Donald Trump[1]. En el Partido Demócrata, Hillary Clinton obtuvo ya una ventaja irreversible sobre su adversario Bernie Sanders.

Esto quiere decir que los ciudadanos norteamericanos deberán elegir entre dos grandes figuras del imperialismo, que representan los intereses del gran capital. En el caso de Trump(en el que ya nos extendimos en el artículo citado), en su forma más retrógrada y exaltada (aunque su retórica aparezca como “antisistema”). En el caso de Hillary, en su forma más tradicional y “liberal”.

Hillary Clinton es una figura de gran trayectoria en las cumbres del Partido Demócrata, siendo Secretaria de Estado durante el gobierno de Obama. Desde allí jugó un rol muy activo en la formulación y ejecución de la política exterior imperialista: apoyó al golpe de estado en Honduras, impulsó la continuidad de la ocupación en Afganistán, motorizó la intervención militar y política en Libia, sostuvo a Israel en sus constantes ataques contra los palestinos, entre otras delicias. En política interior, es sin duda una de las principales voceras de los intereses de Wall Street, una política corporativa absolutamente tradicional. Se trata, globalmente, de uno de los principales cuadros políticos del imperialismo norteamericano.

Esto pone en una difícil encrucijada a Bernie Sanders y a las millones de personas que simpatizan con él. La presión de los grandes medios de comunicación y del “sentido común” le exigen una política de “voto útil” a Hillary, con la lógica del “mal menor” frente al monstruo Donald Trump. Algunos llegan a plantear inclusive la necesidad de que Sanders integre la fórmula presidencial como vice de Clinton.

Esta presión es profundamente problemática, ya que intenta reabsorber un fenómeno enormemente valioso que surgió en la política estadounidense a lo largo de estos últimos años: un masivo (aunque todavía minoritario) cuestionamiento por izquierda al establishment político y económico imperialista, al puñado de multimillonarios que maneja el país.

Un enorme descontento

Detengámonos por un momento en este fenómeno para poder profundizar las conclusiones políticas de la situación.

Estados Unidos es parte integral (y uno de los principales epicentros) de la actual coyuntura política internacional. Uno de los rasgos más definitorios de esta situación es la persistencia, desde la crisis mundial de 2008, de un masivo y creciente repudio a los “políticos tradicionales”[2]. En el origen de esto se encuentran los profundos ataques que sufrieron las amplias masas de trabajadores como consecuencia de la crisis, y que llevó a una considerable caída en el nivel de vida y en las condiciones laborales. Ligado a lo anterior, la crisis parece haberle cerrado las perspectivas de progreso a millones de jóvenes, generando una enorme preocupación por el futuro.

En EEUU esto se combina con la percepción generalizada de que desde la crisis creció enormemente la desigualdad social, enriqueciendo a un 1 por ciento de la población a costa del 99 por ciento restante.

Además de los efectos de la crisis, operan tendencias más de fondo ligadas al proceso de globalización neoliberal, como la relativa desindustrialización que sufrió el país como consecuencia del “offshoring” (traslado de fábricas a países con mano de obra más barata, como China, México, etc.), y la caída delpeso relativo de EEUU en el mercado mundial por el aumento de la participación de sus competidores que poseen costos de producción mucho menores (especialmente China). El resultado es una tendencia a la pérdida de empleosque, en el mejor de los casos, son reemplazados por trabajo-basura precarizado y superexplotado.

Además de estos problemas económico-sociales, EEUU sufre todavía del “trauma” causado por su desastrosa política exterior. El país todavía no se recuperó del enorme costo (humano y financiero) provocado por la guerra de Irak, vista globalmente como inútil y contraproducente. El reciente regreso del terrorismo islámico al centro de la escena (de la mano de ISIS) pone en evidencia el fracaso completo de toda la política “antiterrorista” llevada a cabo por Estados Unidos en los últimos 15 años.

De conjunto, existe la percepción (con una fuerte base material) de que Estados Unidos está perdiendo el rumbo y su lugar en el mundo. En el mismo sentido se encuentra fuertemente instalada la idea de que la tradicional “clase media” norteamericana (pilar de la cosmovisión del “sueño americano” y de la “principal democracia del mundo”) se encuentra en franca decadencia. Se trata entonces de una crisis no sólo económico-social, sino también ideológica y de proyecto estratégico.

La combinación de todos esos factores produce un creciente descontento en amplios sectores de la sociedad, entre millones de trabajadores, de jóvenes y entre grandes franjas de la clase media. Este descontento se vuelca en el terreno electoral hacia las figuras que aparecen como desafiando al establishment. Entre los sectores de trabajadores blancos de menor nivel cultural y más conservadores, esto se manifiesta en un apoyo masivo a la candidatura de Donald Trump. Entre los sectores más progresistas y liberales –especialmente entre la juventud-, esto se expresa en un apoyo masivo a Bernie Sanders.

El fenómeno Sanders

Considerando lo anterior, se entiende por qué Bernie Sanders logró cosechar un enorme apoyo. Su campaña electoral entusiasmó a millones de personas (de las cuales decenas de miles participaron en ella de diversas maneras, fueron parte de sus actos,etc.), y llegó a poner realmente en jaque a la candidatura (apoyada por el establishment y por lo tanto casi invencible) de Hillary Clinton.

La campaña de Sanders se enfocó en la necesidad de priorizar las necesidades de las grandes mayorías populares, y no los intereses de las corporaciones. Se manifestó inclusive a favor de las luchas de los trabajadores, como los miles de huelguistas de Verizon que pelearon (y obtuvieron un triunfo) contra su patronal.

La propia materialidad de su campaña fue opuesta por el vértice a la de los grandes candidatos burgueses, ya que denunció el financiamiento corporativo y se financió en base a los aportes de decenas de miles de trabajadores (el aporte promedio a la campaña de Sanders era de 27 dólares por persona). Varios grandes sindicatos y una gran cantidad de dirigentes sindicales impulsaron su campaña.

La campaña generó además un efecto revulsivo al definirse Sanders como socialista[3], reabriendo el debate entre amplios sectores (especialmente juveniles) sobre el significado de “socialismo”y “capitalismo”, poniendo en cuestión lo que parecía incuestionable. En este aspecto, parece haberseabierto inclusive una brecha generacional, con una juventud bastante más a la izquierda que las generaciones mayores (aunque todavía sin elementos de radicalización, cosa que podría empezar a cambiar en una próxima etapa).

Por lo tanto, aunque no logró vencer al peso del enorme aparato del Partido Demócrata (uno de los principales pilares del imperialismo yanqui), sin duda alguna su campaña electoral tuvo un fuerte impacto en la conciencia de millones de personas. Este impacto podría dar lugar una importante recomposición política de la izquierda en EEUU[4] en caso de que se derrotara la trampa del “mal menor” y del bipartidismo, y se pusiera en pie un gran partido independiente  de trabajadores.

Notas:

1.- Ver artículo: “EEUU: El derechista Donald Trump ya es el candidato de los republicanos”, por Ale Kur, SoB n° 378 (Argentina), 05/05/2016.

2.- Este mismo fenómeno contradictorio es visible –a izquierda y derecha– en España con el crecimiento de “Podemos”, en Reino Unido con Jeremy Corbyn pero también con el UKIP, en Italia con el “Movimiento Cinco Estrellas”, en Francia con el derechista Frente Nacional, etc.

3.- Debe aclararse que se trata de un “socialismo democrático” al viejo estilo reformista, y no de un socialismo revolucionario o de ruptura radical con el régimen político, económico y social.

4.- En pequeña medida, esto ya parece estar ocurriendo, con el crecimiento numérico en las filas de la militancia de las organizaciones de izquierda, como reflejan algunas notas periodísticas.

Por un gran partido independiente de trabajadores

Bernie Sanders tiene una enorme responsabilidad en sus manos, por haberse convertido en el referente de millones de jóvenes y trabajadores que cuestionan al establishment por izquierda. Si acepta la trampa de convertirse en rueda auxiliar de la campaña de Hillary Clinton, estaría liquidando gran parte de las conquistas de su campaña, desaprovechando esta gran oportunidad y disolviéndose como factor de cambio.

Lo que hace falta es que Bernie Sanders y sus millones de simpatizantes rompan con los grandes partidos del imperialismo yanqui (Demócrata y Republicano) y pongan en pie un tercer partido, independiente de la burguesía, hecho por y para los trabajadores de EEUU. Un partido que se plantee defender los intereses de las grandes mayorías explotadas y oprimidas, de los trabajadores, las mujeres y la juventud, del movimiento negro y las minorías sexuales, de los inmigrantes latinos y musulmanes. Un partido que combata contra el poder de Wall Street y del 1% de multimillonarios que maneja Estados Unidos y el mundo entero. Un partido que rechace las intervenciones imperialistas de EEUU y se posicione junto a los pueblos oprimidos del mundo.

Un partido que debe contar con libertad de tendencias en su interior, en el cual los socialistas revolucionarios puedan difundir públicamente sus posiciones y debatirlas con miles de personas. Un partido así sería enormemente progresivo, un gran paso adelante en la conciencia de muy amplios sectores.

Esta es además la única manera de evitar que el descontento de grandes franjas de la población se termine expresando hacia la derecha, lo que fortalecería las posibilidades de Donald Trump de ganar la presidencia[1].

Esta es, por lo tanto, la tarea ineludible que deben tomar en sus manos Sanders y sus simpatizantes, para transformar los avances obtenidos en una gran conquista estratégica.

Nota:

1.- Esta perspectiva es apoyada por varias encuestas que indican que casi un tercio de los votantes potenciales de Sanders podrían terminar votando a Trump antes que a Hillary Clinton, por aparecer el primero como más “antisistema” y “antiestablishment”.

 

Por Ale Kur, SoB n° 384, 16/6/16

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