Por Roberto Ramírez, Revista SoB N° 25, febrero 2011

Categoría: América Latina, Debates, Revista Socialismo o Barbarie Etiquetas: , , , ,

Lo que está sucediendo en Cuba ha desatado un justificado debate en las filas de la izquierda mundial, con variedad de posiciones.

No vamos a examinar aquí los argumentos de los incondicionales de la burocracia cubana. Pretenden camuflar este plan de restauración capitalista, diciendo que “Cuba se interna en un proceso de cambios y de actualización del socialismo” (Atilio Boron, 24/11/10) o, como bendice Frei Betto (14/11/10), que “la revolución cubana se mueve críticamente sobre sí misma para salir adelante…”. Tales posiciones están contestadas en los artículos precedentes.

Aquí, entonces, sólo analizaremos tres puntos de vista representativos de posiciones distintas a ese alineamiento incondicional con la burocracia del PCC.

  • Primero veremos el de la llamada “IV Internacional” del SU (Secretariado Unificado), una corriente mayoritariamente europea, cuyo mentor fue Ernest Mandel (1923-1995) quien, junto con Nahuel Moreno (1924-1987) y Tony Cliff (1917-2000), fue una de las más destacadas figuras políticas y teóricas del marxismo revolucionario de posguerra. Hoy la principal organización orientada por la “IV Internacional” mandelista es el NPA (Nouveau Parti Anticapitaliste) de Francia.

La “IV Internacional” mandelista se caracterizó siempre por el apoyo (más o menos crítico según las circunstancias) a la dirección castrista. Esta línea de “apoyo crítico” –que combina objetivamente dos polos contradictorios) se ha tornado hoy una contradicción insostenible. El rumbo de la dirección castrista es tan escandaloso, que hacerle una crítica real impediría apoyarla… y, a su vez, darle un apoyo explicito, impediría criticarla. Entonces, la “IV Internacional” mandelista parece haber optado por un prudente silencio. En forma explícita ha decidido no tener una opinión, ni una política, ni un programa propios en relación a Cuba. Simplemente: “no sabe, no contesta”.

  • En segundo lugar, consideraremos los puntos de vista del PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas) de Argentina, que impulsa la corriente internacional FT (Fracción Trotskista). Estos compañeros son representativos de lo que estimamos un error: exageran desmedidamente lo que restaría aún en Cuba de las conquistas de la Revolución de 1959.

No se tratar de un más o un menos. Es una exageración cualitativa: consiste en creer que de esa revolución nació un “estado obrero” con “una economía de transición [al socialismo] aunque burocráticamente planificada”( “PTS Suplementos – Cuba en la encrucijada”, 2/10/10. No confundir con nuestro artículo “Cuba frente a una encrucijada”, revista Socialismo o Barbarie 22, noviembre 2008). Y que eso sigue esencialmente en pie, aunque muy deteriorado y amenazado ahora por el plan burocrático.

El centro del programa del PTS es, entonces, la defensa de conquistas que no existen ni existieron nunca: un “estado obrero” (aunque “deformado” por el régimen político burocrático) y una “economía de transición al socialismo”. Pero una política marxista seria debe partir de la realidad, por desagradable que sea. Lamentablemente, la realidad de Cuba está mucho más atrás que la imaginación de estos compañeros.

  • Finalmente, analizaremos los puntos de vista del PSTU (Partido Socialista dos Trabalhadores Unificado) de Brasil y su corriente internacional, la LIT-CI (Liga Internacional dos Trabalhadores – Quarta Internacional).

Aquí vemos un error opuesto pero simétrico al del PTS-FT. En efecto, el PSTU-LIT es el caso extremo de los que sostienen que ya se restauró el capitalismo, se ha perdido la independencia nacional (Cuba ha vuelto a ser una semicolonia) y no queda conquista alguna de la Revolución del 59. Por lo tanto, ya no hay nada que defender allí.

Para el PSTU-LIT, el gobierno de los hermanos Castro es una dictadura capitalista como la de Videla en Argentina. Por lo tanto, su política es “llamar a una amplia unidad de acción” con todas las “corrientes opositoras, incluidas las burguesas” (Boletín Electrónico LIT-CI 125, 15/3/10). Es decir, “amplia unidad de acción” con la burguesía “gusana” de Miami… que hasta ahora es la única burguesía opositora cubana existente.

  1. La “IV Internacional” mandelista: “Cuba no es un modelo y nosotros no tenemos un modelo para proponer a Cuba”

“Para la izquierda latinoamericana y mundial, para los movimientos antiimperialistas, Cuba es una referencia. Todo retroceso de la sociedad cubana será percibido como un fracaso. Nuestro fracaso. Con la publicación de los siguientes dos análisis críticos de las recientes medidas de la dirección cubana queremos abrir un debate que concierne a todos los anticapitalistas del planeta. Un debate que, más allá del futuro de la revolución cubana, concierne a todos los proyectos de transformación social. Cuba no es un modelo y no tenemos modelo a proponer en Cuba…” (Inprecor, N° 567-568, novembre-décembre 2010, traducción y subrayados nuestros).

Esta rotunda aclaración –”no tenemos modelo a proponer”– es la conclusión final de los escasos seis párrafos con que ese último número de Inprecor, órgano de la “IV Internacional” mandelista, presenta un “Dossier Cuba”.

En este caso, hablar de un “Dossier Cuba” es una exageración: se trata simplemente de dos artículos firmados por sendos autores que ni siquiera son militantes ni menos dirigentes de esa organización. Se trata de “¿Adónde va Cuba? – Entrevista a Samuel Farber” y “Un documento peligroso y contradictorio”, artículo de Guillermo Almeyra (ambos pueden leerse en español en www.socialismo-o-barbarie.org, edición del 13 de diciembre de 2010). Estos dos “análisis críticos” son bastante correctos en su pintura de la situación de Cuba y de la política que se va a votar en el VI Congreso del PCC.

Pero no es eso lo que aquí importa subrayar: lo notable es que una entidad que pretende ser una organización para la acción política (¡que además usa el nombre de “IV Internacional”!), declara que no tiene opinión, ni programa, ni política alguna para proponer ante lo que pronostica como un fracaso de consecuencias mundiales para la izquierda.1

Insistimos: ¡llama a todo el mundo a opinar, al mismo tiempo que confiesa no tener opinión alguna: “nous n’avons pas de modèle à proposer”!

Esto no es nuevo. En relación a Cuba, esta actitud viene desde hace tiempo. La última vez que oficialmente la “IV Internacional” mandelista emitió in extenso una opinión propia, fue hace 15 años, en la resolución “Sobre la crisis de Cuba”, de su XIV Congreso Mundial de 1995 (“On the Cuban crisis”, Documents of the FI – 14th World Congress, 1995, International ViewPoint, www.internationalviewpoint.org.). Después, sólo hay referencias fragmentarias en distintos documentos y/o “dossiers” del estilo que comentamos.

En enero de 2007, Inprecor publicó uno de esos dossiers sobre Cuba (“Dossier Oú va Cuba?”, Inprecor 523-524), aunque con más artículos que el reciente de diciembre del 2010. En su presentación, también evitaba expresamente dar opinión propia: “Sin pretender poder aportar respuestas definitivas, hemos decidido abrir el debate sobre el análisis de la sociedad cubana y las orientaciones que permitan preservar y desarrollar sus conquistas. Hemos reunido contribuciones de socialistas críticos referidas a Cuba, un informe escrito después de una larga estadía en Cuba y artículos de contribución al debate. Luego vendrán otros. Esperamos proseguir así un debate con el objetivo de armar mejor a quienes están comprometidos con la defensa de las conquistas de la revolución cubana” (introducción al dossier, cit.).

En este “debate con el propósito de armar mejor a los que estamos comprometidos con la defensa de las conquistas de la revolución cubana”, iniciado en este dossier de enero del 2007, hay una variedad de artículos firmados, pero ninguno de ellos expresa tampoco la opinión de algún dirigente de esta “IV Internacional”, para no hablar de algún documento o declaración votada en sus organismos. ¡Es un misterio saber lo que piensan! Y casi cuatro años después, en diciembre de 2010, la situación es igual o peor: concluyen que “no tenemos modelo a proponer”.

El mencionado dossier de 2007 tiene textos interesantes, con opiniones y conclusiones profundamente divergentes. Esto en sí mismo no es criticable, pero ¿cuál es la posición de la organización o, por lo menos, qué piensan al respecto los dirigentes de esta “IV Internacional”? ¡No se sabe!

Por ejemplo, el artículo de un militante de la entonces LCR francesa –Jean Castillo, un compañero con frecuentes estadías en la isla–, hace una pintura aterradora (y lamentablemente cierta) de la situación social y política de la isla:

“Para la última generación de adultos cubanos –comienza diciendo– el socialismo es sinónimo de penuria, de burocracia y de relaciones de poder verticales y autoritarias. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí después de la victoria de una revolution cuyas consignas de justicia social y soberanía nacional han sido tomadas y puestas en marcha por millones de cubanos durante más de medio siglo?

“Los últimos 15 años el proceso revolucionario ha debido marcar el paso. Con la caída de la URSS Cuba ha debido ajustarse a un contexto internacional sin barrera de protección. Esto ha dado lugar a una conmoción de ilas conductas, a una recomposición de las normas sociales, a la inversión de la pirámide social: con la aparición del turismo la prostitución ha regresado y los empleos como camarero o taxista han pasado a ser mucho más lucrativos que los de profesor o médico. Casi la totalidad de la población no puede vivir de su salario, salvo lo que reciben remesas del exterior, quedan pocas alternativas para sobrevivir en la penuria. Las expresiones cubanas ‘inventar, resolver, alcanzar’ se traducen hoy por robar, corromper, sobornar.

“¿Qué legitimidad puede aún tener el proceso revolucionario hoy en tanto el pedestal de valores sobre el que se apoya se desmorona a medida que la doble moral permea la sociedad cubana y que se observa el retorno de ciertos valores capitalistas? […] Cuando se camina por la calles de La Habana fuera de los barrios turísticos, lo primero que salta a la vista es el cansancio, el descontento, la decepción… […] La mayoría de los cubanos vive conforme al antiguo dicho nacional ‘el Estado hace como que me paga, y yo hago como que trabajo’.” (Jean Castillo, “La succession à la tête de la révolution sous le sceau de la continuité”, Dossier Cuba, Inprecor 523-524, cit.).

Junto a este texto puede leerse un largo artículo de la fallecida Celia Hart, cuya pintura de la situación cubana tiene poco que ver con esto: habría graves problemas y burocracia, pero por suerte Fidel Castro, emulando a Trotsky, se ha puesto al frente de la lucha antiburocrática y está combatiendo encarnizadamente a los burócratas que se esbozan como la “nueva clase”: “La burocracia, esa misma burocracia que Fidel atacó al hablar de ‘nueva clase’ o ‘nuevos ricos’”, dice en “Réflexions sur le discours de Fidel Castro du 17 novembre 2005 à l’Université de la Havane”, Inprecor 523-524, donde se presenta ese discurso como una declaración de guerra de Fidel Castro a la burocracia, similar a la que hicieron Lenin y Trotsky en los años 20.

Luego, otro artículo de un “intelectual cubano” que escribe con el pseudónimo de Manuel Paz Ortega y se reclama “socialista libertario”, describe, por el contrario, un proceso de “transformación capitalista del Estado cubano”, que estaría en curso bajo la conducción de los Castro y su burocracia (Manuel Paz Ortega, “La ‘Bataille des Idées’ et la transformation capitaliste de l’État cubain”, Inprecor N° 523-524, cit.).

Así de divergente es todo el dossier. Una vez más: ¿qué opinan de todo eso esta “IV Internacional” y/o sus dirigentes? Chi lo sa! ¡Vaya uno a saber!

Los dossiers sobre Cuba publicados en Inprecor no son entonces, un real escenario de debate marxista; es decir, con el objetivo de sacar conclusiones para la acción política revolucionaria. Son más bien una especie de estante de supermercado, con variados productos de distintas marcas, donde cada uno elige el que más le gusta. ¿Le agrada el “Castro es igual a Trotsky”, marca Celia Hart? ¿O más bien prefiere el producido por Manuel Paz Ortega, “La transformación capitalista del Estado cubano”? ¡Hay para todos los gustos!

Como dijimos, estos dossiers han ido acompañados, en estos 15 años, de algunas escasas referencias fragmentarias en distintos documentos. Citemos dos de ellas.

  • En marzo de 2008, Inprecor publica un “Informe sobre la situación internacional” de François Sabado (Olivier), uno de los principales dirigentes de esta organización, que dice lo siguiente:

“La retirada de Fidel Castro abre una nueva situación política. Existe siempre el riesgo de intervención directa o indirecta que nos lleva a recordar más que nunca nuestra solidaridad con Cuba contra el imperialismo. Pero, como dijo Fidel, el riesgo es que la revolución sea dvorada desde adentro, y allí se abre un debate: cuáles deben ser las relaciones con el mercado, seguir o no la vía china, cuáles deben ser los espacios democráticos revolucionarios… en suma, toda una serie de cuestiones que debemos seguir” (Inprecor 536-537, marzo-abril 2008).

Pero, evidentemente, esta importante “série de questions que nous devons suivre”… no fue seguida. ¡Sigue el misterio sobre las opiniones de Sabado-Olivier y del resto del equipo que dirige esta peculiar “IV Internacional”, que guarda silencio ante semejante tema!

  • El último Congreso Mundial de esta “IV Internacional”, realizado en febrero de 2010, tampoco despejó la incógnita. Por el contrario, la hizo más visible, porque la crisis cubana ya estaba poniéndose al rojo a principios del año pasado. El principal documento del XVI Congreso,”Rol y tareas de la IV Internacional”, no menciona prácticamente a Cuba. Por su parte, el “Informe sobre la situación mundial” se limita a decir:

“Los principales países de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) –Ecuador, Bolivia, Venezuela y Cuba– constituyen un tercer grupo de países [latinoamericanos], que a diversos niveles han tenido procesos de rupturas parciales con el imperialismo estadounidense, en términos de enfrentamientos políticos, medidas sociales progresistas y reformas constitucionales. […] Een cuanto a Cuba, que ocupa un lugar particular y que merece un tratamiento más profundo en nuestras discusiones, sigue siendo el blanco de EE.UU. y requiere de nuestra parte una defensa activa contra el imperialismo”.

Una vez más, no se explica en qué consiste ese “lugar particular” que ocupa Cuba. Y se vuelve a prometer “un tratamiento más profundo en nuestras discusiones”… que luego no apareció por ningún lado.

Estamos obligados a hacer este recuento algo fastidioso porque la “IV Internacional” mandelista constituye un caso insólito en el trotskismo y la izquierda mundial.

Acerca de Cuba se puede discutir con cualquier otra corriente, porque todas han dicho lo que piensan hoy sobre este candente tema. En cambio, el clamoroso silencio de esta “IV Internacional” –y los trucos que usa para disimularlo, como los dossiers donde siempre opinan otros– convierte al debate político con esa organización en algo fantasmagórico.

La IV Internacional mandelista parece haber hecho suyas las últimas palabras del moribundo Hamlet: “el resto es silencio”. Sin embargo, en este caso, como muchas veces sucede (también en Hamlet), el silencio es más elocuente que las palabras. Lo de Cuba es el episodio final de la bancarrota teórica y política de esta corriente del trotskismo en relación con temas capitales del curso de las revoluciones del siglo XX, los estados que de allí surgieron en particular luego de la Segunda Mundial, la política que se tuvo hacia ellos y sus burocracias gobernantes, y finalmente, las lecciones estratégicas que se derivan de su debacle.

No se puede relanzar en el siglo XXI la lucha por el socialismo sin pasar en limpio todo eso. El silencio de esta “IV Internacional” es también parte de una política de “barrer bajo la alfombra” esas cuestiones que siguen siendo candentes, no sólo respecto del pasado sino sobre todo del futuro de la lucha por el socialismo.

Cuando la “IV internacional” mandelista no había perdido el habla

“La última etapa en la toma de conciencia del movimiento obrero sobre el problema de la burocracia se sitúa en el marco de la revolución cubana … Los cubanos han leído mucho, incluyendo lo que el movimiento trotskista ha escrito desde hace décadas sobre el problema: ha habido un encuentro entre sus experiencias concretas y lo adquirido por el movimiento [trotskista] a través de su historia; ese encuentro los ha ayudado a formular con gran lucidez numerosos puntos fundamentales.

“En particular han sacado de la burocratización de la Unión Soviética y de los otros estados obreros lecciones importantísimas, que han formulado en términos extremadamente parecidos a los que utiliza el movimiento trotskista desde hace muchos años.

Las principales formulaciones dadas por los cubanos sobre el problema de la burocracia se encuentran en varios discursos de Fidel… […] En estos textos. Fidel desarrolla algunas ideas fundamentales:

“a. Después de la victoria de la revolución cubana dos amenazas están presentes para el proletariado: la contrarrevolución imperialista [y] los peligros de la burocratización.

Es algo fantástico ver a Fidel enunciar de forma tan neta una posición que no había sido tomada más que por el movimiento trotskista. Fidel agregaba, además, que de los dos peligros, la amenaza burocrática era la peor, porque aparece bajo una forma más insidiosa y bajo la máscara de la revolución, y que con ella se corre el riesgo de paralizar la revolución desde adentro.

“b. Oponiéndose de manera categórica a los métodos estalinistas y post-estalinistas, Fidel insiste sobre el hecho de que la base objetiva de la burocracia está en la existencia de un grupo de personas privilegiadas; él no utiliza el apelativo de ‘casta’, como lo hace el movimiento trotskista para la Unión Soviética y los demás Estados Obreros, utiliza la expresión ‘grupo de gente privilegiada’. Subraya así una comprensión bien nítida del papel fundamental que desempeña la noción de los privilegios para la formación de la burocracia.

“Así, la victoriosa revolución cubana marca, después de las revoluciones china y yugoslava, un salto adelante en la comprensión y, por lo tanto, en la lucha contra la degeneración burocrática” (Ernest Mandel, “La burocracia”, 1969, Marxists Internet Archive, http://www.marxists.org/espanol/mandel/1969/burocracia.htm).

Como vemos, en otros tiempos, la “IV Internacional” mandelista no era muda respecto de Cuba y la dirección castrista. Por el contrario, la presentaba como “un salto adelante en la comprensión y, por lo tanto, en la lucha contra la degeneración burocrática” de los (supuestos) “estados obreros”, y cuyas posiciones antiburocráticas se iban acercando cada vez más a las del trotskismo.

Este texto de apología delirante –donde se atribuye a Fidel Castro haber asumido las posiciones antiburocráticas del marxismo revolucionario aunque con otro vocabulario–2 nos remite a las mencionadas concepciones de la “IV Internacional” mandelista sobre el curso de las revoluciones del siglo XX, el carácter de las direcciones y de los nuevos estados surgidos de las revoluciones de posguerra como las de Yugoslavia y China, pero especialmente de la Revolución Cubana.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el puñado heroico de marxistas revolucionarios sobrevivientes se encontró en una difícil situación. Contra lo que esperaban, la guerra no había llevado en Europa a nuevas revoluciones obreras y socialistas (como la de Rusia en 1917), ni la sanguinaria burocracia stalinista había sido derrocada por los trabajadores soviéticos. Por el contrario, la burocracia del Kremlin había salido de la guerra extraordinariamente fortalecida. En los países de Europa del Este ocupados por sus tropas, estableció regímenes burocráticos a su imagen y semejanza, para lo cual debió expropiar al capitalismo aunque sin conceder a sus clases obreras el más mínimo derecho democrático. Sus pactos en Yalta y Postdam con el imperialismo yanqui diseñarían un reparto del mundo que se mantendría hasta el derrumbe de la Unión Soviética en 1989/91.

Asegurada así la “paz social” en Europa, los principales procesos revolucionarios se desplazarían a la periferia colonial y semicolonial, donde la clase trabajadora y el movimiento obrero como tales tenían en la mayoría de los casos un rol cualitativamente menor. Sin embargo, a pesar de eso, excepcionalmente, dos de esos innumerables procesos revolucionarios, los de China (1949) y Cuba (1959), llevaron a la expropiación del capitalismo. Antes, en Yugoslavia, al finalizar la Guerra Mundial, había sucedido algo parecido bajo el régimen del Mariscal Tito, caudillo guerrillero contra la ocupación nazi, que luego rompió con Stalin y la burocracia del Kremlin.

Bajo el enorme impacto de estos hechos, los dirigentes de un sector importante del movimiento trotskista –Michel Pablo (1911-1996)3 y Ernest Mandel– desarrollaron posiciones que implicaron diversos grados de adaptación política (y sobre todo de ilusiones) acerca de los aparatos burocráticos y sus direcciones (un amplio análisis y balance de los debates estratégicos del marxismo revolucionario, y de la situación y particularidades de esas revoluciones, está desarrollado por Roberto Sáenz en Socialismo o Barbarie 17/18. Para el caso de la corriente Pablo-Mandel, recomendamos especialmente “Las revoluciones de posguerra y el movimiento trotskista”). En el caso de Fidel Castro y la Revolución Cubana, al aparecer inicialmente como independientes de Moscú, esto fue llevado al extremo.

Dos pilares teóricos del pablo-mandelismo

Hubo dos pilares teóricos del pablo-mandelismo: la definición de los nuevos estados como “estados obreros deformados” y de la misma burocracia como un sector o capa particular de la clase obrera, que poseía además una “doble naturaleza”, con una cara reaccionaria pero con otra progresiva.

Haciendo una extrapolación abusiva y metafísica de la caracterización de la Unión Soviética sostenido por Trotsky en los años 30, de “estado obrero degenerado” por su burocratización, el pablo-mandelismo bautizó como “estados obreros deformados” a los países donde había sido expropiado el capitalismo luego de la guerra mundial.

La de Trotsky era una definición marxista; es decir, histórico-concreta. La expropiación del capitalismo había sido consecuencia de la más grande revolución obrera de la historia. La contrarrevolución burocrática encabezada por Stalin había liquidado el poder político de la clase trabajadora, pero de las conquistas de octubre restaba todavía, aunque muy deteriorada, la estatización de las fábricas y la tierra… ahora en manos de manos de una burocracia todopoderosa. La definición de Trotsky sintetizaba un curso histórico concreto: un estado inicialmente obrero había ido degenerando bajo el imperio de una burocracia incontrolada.

Por razonables motivos políticos –en primer lugar, la proximidad de la Segunda Guerra Mundial, donde finalmente las cosas se decidirían–, Trotsky no quería ya dar todo por perdido, aunque advertía que la caracterización de “estado obrero” en relación a la URSS estaba “al borde su propia negación”.

Desde otro ángulo, el de prever el resultado final de este proceso, Cristian Rakovsky –el principal dirigente junto con Trotsky de la Oposición de Izquierda– había dado otra definición también dialéctica: la URSS estaba “en tren de convertirse en un estado burocrático con restos proletarios y comunistas” (“Declaración en vista del XVI Congreso del PC”, 12/4/1930, Cahiers Leon Trotsky, Nº 6, París, 1980). Trotsky publica ese texto de Rakovsky en el Boletín de la Oposición de Izquierda sin hacer objeción alguna a esta definición, que en verdad era más bien un pronóstico. Luego utiliza gran parte de las elaboraciones de Rakovsky sobre la burocracia para escribir La revolución traicionada.

Pablo y Mandel se tomaron formalmente de la definición de “estado obrero degenerado” para inaugurar en la posguerra una fórmula metafísica, la de “estados obreros deformados”. Cualquier estado que hubiese nacionalizado todo o gran parte de las fábricas, comercios y tierras, ya era automáticamente declarado “estado obrero”, aunque ni la clase trabajadora ni el movimiento obrero tuviesen nada que ver con tales expropiaciones, ni menos aún ejercieran realmente el poder político.

Esto motivó en su momento discusiones surrealistas en la IV Internacional mandelista. En muchos de los países surgidos de la excolonias africanas, el nuevo estado poseía inicialmente gran parte de los (escasos) medios de producción. Entonces, algunos dirigentes mandelistas, como Livio Maitan, se preguntaban muy en serio si el Egipto de Nasser no era ya un “estado obrero”. A partir de allí se consideró la hipótesis del surgimiento “en frío” (o sea, sin revoluciones) de “estados obreros deformados”.

El otro pilar teórico fundamental del pablo-mandelismo fue el de considerar a la burocracia como una capa de la clase obrera, sólo que privilegiada; y que por ese motivo tenía una “doble naturaleza”.

Cerraron así los ojos a otro proceso histórico-concreto, también agudamente analizado por Rakovsky en “Los peligros profesionales del poder” (Boletín de la Oposición 6, 1929, en L. Trotsky, La revolución traicionada, Buenos Aires, Antídoto.Gallo Rojo, 2009, apéndice). Las burocracias “obreras” pueden nacer como capa privilegiada –en términos de ingresos y poder– de la clase trabajadora. Pero, a medida que el fenómeno se desarrolla, lleva a la ruptura con su propia clase.

La diferenciación comienza por ser funcional, decía Rakovsky, pero luego, si se profundiza, se hace social: es decir, la burocracia sale de la clase trabajadora, deja de ser una fracción de ella, y se establece como un sector social diferente. Y, efectivamente, tal fue la dinámica de las distintas burocracias “obreras”: salen de su clase de origen y se constituyen como sector pequeñoburgués… y finalmente en ciertos casos llega a ser parte de la misma burguesía. Más allá de todas sus variantes, ésa ha sido la órbita recorrida por todas las burocracias (inicialmente) “obreras” del siglo XX.

Contradictoriamente, las grandes luchas y revoluciones del siglo pasado, el desarrollo de inmensos movimientos obreros y sobre todo el hecho que en algunos países se expropiase al capitalismo, pusieron en primer plano un fenómeno que en el siglo XIX sólo se había esbozado.

Esta diferenciación social se hace cualitativamente superior y distinta si no se trata de una mera burocracia sindical en un país capitalista, sino de la burocracia que rige omnipotente un (presunto) “estado obrero”. En este caso, como advertía Trotsky, “no se puede negar que ella sea algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el pleno sentido de esos términos, en la sociedad soviética” (La revolución traicionada).

¡Subrayemos este punto! En las sociedades capitalistas, la burocracia sindical, por ejemplo, es una capa privilegiada, pero la clase dominante son los burgueses. Por el contrario, en la URSS (y luego en los demás estados donde se expropió a la burguesía, como Cuba) la burocracia fue algo más que una “simple burocracia”… aunque algo menos que una clase dominante orgánica como la burguesía.

Mandel fue impermeable a estos sutiles y dialécticos análisis de Trotsky y Rakovsky. Contra toda evidencia, sostuvo como dogma de fe el carácter socialmente inmutable de estas burocracias (presuntamente) obreras ciento por ciento. Era algo casi biológico, como el ADN de cada ser vivo, que no varía desde al nacimiento hasta la muerte.

Una de sus argumentaciones sobre el carácter “obrero” de la burocracia es que “no posee los medios de producción, ella participa de la distribución de la renta nacional exclusivamente en función de la remuneración de su fuerza de trabajo. Esto incluye muchos privilegios, pero son bajo la forma de remuneración que no difiere cualitativamente de la remuneración bajo la forma de un salario” (E. Mandel, Revolutionary Marxism Today, New Left Books, London, 1979, p. 142).

Sin embargo, era y es totalmente falso que la burocracia obtenga sus privilegios sólo y principalmente bajo la forma de un salario, como “remuneración de su fuerza de trabajo”. Además, este sofisma de Mandel implicaría que el gerente de una corporación que recibe también un “salario” como ejecutivo puede ser igualado socialmente al obrero que suda plusvalía en sus fábricas: ¡ambos son “asalariados”! Escudándose en una cuestión formal –la forma salario–, Mandel elude el contenido social absolutamente distinto de los sobres con el “salario” que reciben el obrero, el burócrata “socialista” y el ejecutivo de una gran empresa.

Pero además, en lo que recibe el burócrata (por dentro o por fuera del sobre “oficial”) no sólo va “la remuneración de su fuerza de trabajo”, sino también su cuota-parte en la apropiación del valor excedente que producen los trabajadores de verdad. ¡Esto no tienen nada que ver con la “remuneración de su fuerza de trabajo”!4 Es decir, recibe su parte en una explotación que no es “orgánica” (como la del capitalismo), pero que abrió la ruta a la restauración; o sea, el regreso a una explotación orgánica –la capitalista–, más segura y estable para los explotadores porque se basa en la sagrada e intocable propiedad privada de los medios de producción, y no en una insegura posición en la jerarquía burocrática.

Las burocracias “obreras” que administran los “estados obreros”, tendrían además –según Mandel– una “doble naturaleza”, un concepto falsamente atribuido a Trotsky: “El contenido social a largo plazo del centrismo burocrático se caracteriza por las dos tendencias contradictorias cuya fusión constituye lo que Trotsky llama la doble naturaleza de la burocracia.” (E. Mandel, “La burocracia”, cit., subrayado por el autor). En verdad, Trotsky habla de un “doble rol” de la burocracia, en el sentido que, por el momento, se veía obligada a defender la propiedad nacionalizada de la que extraía sus privilegios, pero por el otro lado la iba socavando. La resultante final de esto era, para Trotsky, indudable. ¡La burocracia stalinista es contrarrevolucionaria –sostiene Trotsky–, y si mantiene su dominio, si no es derrocada a tiempo, llevará tarde o temprano a la restauración capitalista! Tal es su conclusión y pronóstico en La revolución traicionada (ver capítulo IX, subtítulo “La cuestión del carácter social de la URSS no ha sido aún decidido por la historia”). Y esto fue lo que lamentablemente sucedió.

Impactados, primero, por las burocracias que expropiaban al capitalismo en Europa del Este, y luego por la del PCCh, que hizo lo mismo en China, Pablo y Mandel cambiaron todo esto. La “doble naturaleza” de la burocracia resultó ser una reedición política del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde la misma persona es buena en algunos momentos y mala en otros.

De esto, que se bautizó como “centrismo burocrático”, se dedujo una línea nefasta: el “apoyo crítico”. Es decir, apoyar a las burocracias cuando se portan bien, como el Dr. Jekyll, y censurarlas cuando actúan como el malvado Mr. Hyde.

En el caso de Cuba, Mandel llevó esto al extremo. Aquí el apoyo fue prácticamente sin críticas, aunque el castrismo no estableciese un régimen de democracia obrera sino también un aparato estatal burocrático, constituido a partir de su ejército guerrillero y de la fusión del Movimiento 26 de Julio con el stalinismo cubano. Este aparato se asimiló finalmente al “gran hermano” del Kremlin.5

La “IV Internacional” mandelista hizo así una confusión total entre el deber de defender incondicionalmente a Cuba frente al imperialismo y la burguesía “gusana” y el apoyo (escasamente) crítico a su dirección bonapartista y burocrática.

Mandel desarrolló varias teorías-justificación de esa política hacia las burocracias “revolucionarias” en general y hacia la de Cuba en particular. Para finalizar, veamos una de ellas:

“De la Comuna de París a la victoria de la Revolución Cubana, pasando por las victorias de las revoluciones de Yugoslavia, China y Vietnam, hemos visto a revoluciones socialistas derribar victoriosamente el poder del capital bajo la dirección de agrupamientos o partidos que tienen en común tres rasgos: 1) su naturaleza objetivamente proletaria; 2) su opción a favor de la revolución –y por lo tanto, su ruptura con estrategias y tácticas contrarrevolucionarias en momentos decisivos–; 3) sus insuficiencias programáticas clamorosas… Este fenómeno está a mitad de camino entre el stalinismo y el marxismo revolucionario” (Mandel, “La défaite impérialiste au Vietnam”, Inprecor, 20/7/1975).

Lamentablemente, los hechos demostraron que estos “agrupamientos o partidos” no estaban “a mitad de camino entre el stalinismo y el marxismo revolucionario”. Su rumbo no fue hacia el marxismo revolucionario –como creía Mandel–, sino hacia la restauración capitalista. Mr. Hyde se impuso por completo al Dr. Jekyll. La burocracia cubana quedó rezagada en ese camino y permaneció como una excepción en medio de la restauración capitalista en todos los (supuestos) estados obreros, por razones que analizamos en “Cuba en un encrucijada” Socialismo o Barbarie 22. Allí alertábamos que la situación se estaba volviendo insostenible, y que se aproximaba el momento de una definición. Es todo ese tiempo perdido el que la burocracia quiere recuperar hoy.

Una prueba de fuego: la “IV Internacional” mandelista frente a la restauración en la ex URSS y el Este europeo

“¿Adónde va la URSS de Gorbachov? Cuáles son los resultados posibles de las transformaciones actualmente en curso?

Excluyamos en primer lugar la eventualidad de una restauración del capitalismo en la URSS, sea ‘espontánea’, o sea por un designio oculto de Gorbachov…

“Creer que Gorbachov o el ala ‘liberal’ de la burocracia en su conjunto desean o podrían desear la restauración de capitalismo, es equivocarse absolutamente sobre la naturaleza, las bases y la extensión de sus privilegios y de su poder. El 90% de los burócratas perdería mucho más de lo que ganaría. Es suponer que esta casta es capaz de hacerse a sí misma un hara-kiri (…) Gorbachov y los suyos no representan la izquierda en el dispositivo de fuerzas políticas hoy presentes en la URSS. La izquierda es Boris Yeltsin… Gorbachov y su equipo representan el centroizquierda” (Mandel, Oú va l’URSS de Gorbatchev?, La Bréche, Montreuil, 1989, pp. 20 y 318).

Esta caracterización-pronóstico no fue dada por Mandel diez o veinte años antes de la restauración del capitalismo en la URSS y el Este europeo. Fue escrita en 1989, cuando ya la crisis de la URSS estaba al rojo vivo, la burocracia se había fragmentado y una parte sustancial de ella ponía ostensiblemente rumbo al capitalismo.

La concepción pablo-mandelista acerca de los “estados obreros deformados”, las burocracias que eran parte de la clase obrera y su “doble naturaleza”, tuvo finalmente su prueba de fuego en el proceso que se inició en 1985-86 en la ex URSS con Mijail Gorbachov al frente del partido y del gobierno, y el anuncio de la perestroika (reconstrucción, reforma) y la glasnost (apertura, transparencia) en el XVII Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética).

En un vertiginoso curso, esto culminaría en 1989-91 con la caída del Muro de Berlín, la disgregación del bloque de los países del Este europeo y la URSS y, finalmente, con la disolución de la misma Unión Soviética. En los distintos estados que resultaron de este estallido, todos los gobiernos –muchos de ellos conformados por sectores de la antigua burocracia– consumaron rápidamente la restauración del capitalismo. En Rusia, la coronación de esta tarea, después de la etapa “transicional” cumplida por Gorbachov, le cupo a Boris Yeltsin, ex miembro del Politburó del PCUS, que aplicó una política de neoliberalismo salvaje.

¡Poco antes, Mandel había caracterizado a Yeltsin como “la izquierda en el dispositivo de fuerzas políticas hoy presentes en la URSS”!

Esta increíble ceguera no se debió a que Mandel y su “IV Internacional” opinaran a miles de kilómetros del escenario político soviético. Por el contrario, la apertura de Gorbachov les había permitido operar en la URSS desde hacía tiempo. El mismo Mandel participó de cuerpo presente en esas actividades, en medio del febril clima político de la época. Esto no estaba nada mal. Pero, lamentablemente, lo hizo guiándose con la concepción de la “doble naturaleza” de la burocracia gobernante y la política que se deduce de ella: el “apoyo crítico” al Dr. Jekyll; es decir, a sus corrientes y/o acciones (supuestamente) “progresivas”.

“Si uno caracteriza correctamente la política de Gorbachov como una política de reformas más o menos radicales, ¿los marxistas revolucionarios deberían entonces oponérsele? Esa sería una posición ‘izquierdista’, simplista y contraproducente. So pena de perder toda eficacia política, toda ligazón con las masas… un revolucionario no puede oponerse a las reformas, vengan de donde vengan, desde el momento que mejoren las condiciones de vida de las masas trabajadoras” (ídem, p. 325).

Y añade más adelante: “Con la misma brújula, los marxistas revolucionarios juzgan las reformas puestas en marcha por Gorbachov. No es cuestión de aceptarlas o rechazarlas en bloque. Lo que corresponde hacer es apoyar o rechazar cada reforma considerada separadamente” (ídem, p. 327).

Por supuesto, sería idiota que si un gobierno decretase, por ejemplo, un gran aumento de salarios, los revolucionarios llamásemos a los trabajadores a no cobrarlo, a rechazarlo. Pero ésta es una cuestión puramente táctica. Lo de fondo, lo estratégico, es qué posición global, política, tenemos (y aconsejamos a los trabajadores) frente a ese gobierno.

Con la línea de apoyo crítico, se puede hablar en los días de fiesta y en los cursos de marxismo de la “revolución política antiburocrática”… Pero en los marcos de tal política, eso se trata de un ritual para dorar la píldora del apoyo global a tal cual sector de la burocracia “obrera” estimado “progresivo”: Gorbachov, Yeltsin, Fidel Castro… o quien fuere.

Uno de los tantos ejemplos de esta política del mandelismo fue participar personalmente, junto con Gorbachov, en la edición en Moscú de la revista política Socialismo del Futuro, publicación que simultáneamente era también auspiciada por varios partidos socialdemócratas de Europa occidental. Así, el 18 de enero de 1991, en Moscú, en el local central del CC del PCUS, Ernest Mandel dio ante la prensa un discurso de presentación de esa revista, en cuyo comité de redacción participaba junto a Gorbachov, que en ese momento también encabezaba el gobierno soviético.6 Además, en su discurso, Mandel subrayó de paso la caracterización de “obreras” de organizaciones tales como el PS francés, el PSOE y la socialdemocracia alemana. ¡La burocracia del Kremlin no estaba sola como “sector” peculiar de la clase obrera! ¡También le hacía buena compañía la socialdemocracia de Europa occidental!

Por supuesto, no tenemos dudas de la honestidad personal de Ernest Mandel al actuar así. Pero eso hace aún más destacada y patética la ceguera política que motivaron en él y su corriente las concepciones de los “estados obreros” donde la clase obrera no tiene poder alguno, y de las burocracias con “doble naturaleza”.

Del fatalismo optimista al fatalismo pesimista

Obviamente, el mutismo –hasta el momento– de la “IV Internacional” mandelista en relación con Cuba tiene una de sus raíces en lo que hicieron frente a la prueba de fuego histórica de 1989-91. Pero la otra raíz, no menos importante, es que ni Mandel (que falleció en 1995) ni sus sucesores supieron desarrollar un balance crítico del curso de la revoluciones del siglo XX, y de las elaboraciones teóricas y las posiciones políticas del trotskismo de posguerra (dentro del cual se inscribió su fenomenal incomprensión de lo que estaba pasando con la Unión Soviética).

Ernest Mandel, a diferencia de una legión de dirigentes políticos y de intelectuales de los partidos comunistas y la izquierda después del Muro de Berlín y el fin de la URSS, no renegó del socialismo. Por el contrario se ratificó firmemente como marxista revolucionario, en medio de la asfixiante ola reaccionaria y neoliberal de principios de los 90. Pero, al mismo tiempo, no desarrolló ese necesario balance crítico del trotskismo de posguerra.

Los últimos textos de Mandel, como El poder y el dinero. Una teoría marxista de la burocracia (1992; edición en español de 1994) son en gran medida un decepcionante y débil intento de justificación de sus antiguas concepciones. Allí, entre otros aspectos, sigue sosteniendo la existencia de esa Muralla China que la realidad había desmentido. Es decir, la de las burocracias “obreras” inmutablemente separadas y distintas de las burocracias burguesas, que administran los estados capitalistas, empresas, etc. Mandel siguió manteniendo ese sistema metafísico –burocracias obreras, por un lado, y burocracias burguesas, por el otro– incluso después de que, contra todos sus pronósticos, los burócratas “obreros” de la Unión Soviética restauraran tranquilamente el capitalismo y se transformaran en burgueses y/o en burócratas de un estado burgués.

Aunque los vientos del mundo fueron cambiando notablemente –lo que incluye hoy una profunda pérdida de legitimidad del capitalismo– sus sucesores al frente de la “IV Internacional” tampoco desarrollaron ese imprescindible balance crítico de las revoluciones del siglo XX y especialmente del trotskismo de posguerra.

Después de Mandel, fue principalmente Daniel Bensaïd (1946-2010) quien encaró la tarea de interpretar el cambio de etapa histórica que había significado la debacle mundial del “socialismo real”. No vamos a desarrollar esto aquí, puesto que fue tratado extensamente en otras oportunidades (ver especialmente de Marcelo Yunes “Una polémica con el Secretariado Unificado – Tareas, programa y estrategia para el actual momento histórico”, Socialismo o Barbarie 17/18).

Creemos que el curso teórico y político de la corriente mandelista fue empeorando gradualmente. Esquemáticamente, podríamos decir que se pasó del “fatalismo optimista” que caracterizaba a Ernest Mandel al “fatalismo pesimista” que tiñe especialmente la obra de Bensaïd.

Trostky ya había advertido cómo lo que llamaba el “fatalismo optimista” –la creencia en la omnipotencia de los “factores objetivos”– era la justificación de distintas variantes del oportunismo.

En el caso del Mandel, la creencia de que la omnipotencia de la lucha de clases, las crisis y demás “condiciones objetivas” llevarían inevitablemente a las burocracias a encabezar más y más revoluciones y constituir nuevos “estados obreros” fundamentó las ilusiones en la “doble naturaleza” de los burócratas… y justificó la adaptación a ellos.

Con Bensaïd, todo se fue al extremo opuesto. De la perspectiva de “siglos de estados obreros burocráticos” se pasó a la de siglos sin posibilidad de revoluciones socialistas. Pero las conclusión política de esto fue una deriva oportunista cualitativamente superior a la de Mandel. De las ilusiones en el Mariscal Tito, Mao Tse-tung y Fidel Castro, se pasó a la fe en Lula y el PT de Brasil, y actualmente en Hugo Chávez.

El episodio Lula-PT fue particularmente escandaloso y de graves consecuencias. Los principales dirigentes mandelistas terminaron siendo ministros, funcionarios y parlamentarios de ese gobierno burgués social-liberal y rompieron con el marxismo revolucionario. Así la “IV Internacional” mandelista perdió su sección brasileña, que era la principal de América Latina y la más importante después de la LCR francesa.7

Pero hagamos notar algo importante: el “fatalismo pesimista” que impregna esta corriente se manifiesta esencial y principalmente en lo que se refiere a las luchas y desarrollos independientes del movimiento obrero. En cambio, apuestan todo, con las ilusiones más pueriles, al electoralismo, por un lado, y a las esperanzas en la “radicalización” de fenómenos políticos como el chavismo, por el otro.

En todo ese contexto, hay que ubicar su silencio ante Cuba.

  1. Crítica al PTS-FT: La lucha contra la restauración capitalista y la defensa de las conquistas de la Revolución Cubana no pueden consistir en inventar un “estado obrero” que no existe

La corriente del PTS de Argentina y Fracción Trotskista ha publicado un conjunto de textos sobre la crisis de Cuba (PTS Suplementos; “Cuba en la encrucijada”, 2-10-10). A diferencia de la LIT, el PTS se coloca en una posición “defensista” respecto de Cuba, lo que en principio está bien. El problema es que exagera desmedidamente tanto la naturaleza de las conquistas de la Revolución de 1959 como lo que resta de ellas.

Esta exageración no es simplemente cuantitativa sino cualitativa. De la misma manera que los católicos creen que en la hostia y el vino consagrados están la verdadera carne y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, el PTS-FT cree a pie juntillas que tras las instituciones burocráticas del estado cubano existe nada menos que un “estado obrero”, aunque “deformado” por ellas.

Desde esa perspectiva, se deshace en alabanzas a las formas más extremas de la economía de comando burocrática, que ha sido sólo una de las variantes desastrosas entre las que se fue bamboleando la burocracia cubana, que ahora ha resuelto solucionar todo volviendo al capitalismo, como antes hicieron sus colegas de China.

Directamente relacionado con esto, el PTS subestima los niveles de pérdida de las conquistas reales de la Revolución, como el grado de igualdad, dignidad, salud, educación, alimentación, etc. Y, sobre todo, subestima los resultados de todo eso: el peligroso grado de descomposición, anomia y descreimiento al que el régimen burocrático ha llevado a la sociedad.

Coincidimos en que la restauración capitalista en Cuba sería una importante derrota para los trabajadores, y no sólo los de la región. Pero para “la defensa activa de las conquistas de la revolución cubana contra el imperialismo y los planes restauracionistas de la burocracia” hay que partir de la realidad tal cual es y no de un doctrinarismo alejado de ella.

Asimismo, defender lo que no existe lleva a confusiones que no contribuyen a la defensa de lo que realmente resta de la revolución de la revolución del 59, en primer lugar, la independencia nacional y, muy deteriorada, la propiedad nacionalizada, y otras conquistas como el empleo, etc. Además, el punto de qué queda para defender es inseparable del cómo defenderlo.

Hacer otra cosa no ayuda ni a la lucha contra la restauración en Cuba ni, menos aún, al relanzamiento de la lucha por el socialismo en este siglo, que obligatoriamente debe tomar en cuenta el porqué de los fracasos de las experiencias iniciadas en el siglo XX.

¿Dónde estamos parados?

El PTS-FT subestima el fenómeno que Trotsky había advertido tempranamente en la sociedad soviética bajo el stalinismo, y que décadas más tarde marcó la transición al capitalismo en la ex URSS, el Este y China. Hablamos del grado de anomia, descomposición y descreimiento a que el régimen burocrático ha llevado a la sociedad.

En su extenso “Suplemento”, el PTS dedica poco lugar a este fenómeno impactante, que viene en crecimiento desde hace años, y al que nosotros, en nuestros análisis, hemos dado importancia capital como prólogo a la restauración capitalista, por ejemplo en nuestro texto “Cuba frente a una encrucijada” (SoB 22). Han pasado más de dos años y la situación al respecto se ha agravado considerablemente.

Este fenómeno tiene múltiples expresiones. Una de las más vergonzosas es el retorno masivo de la prostitución. Su erradicación fue una de las conquistas más destacadas de la Revolución Cubana, teniendo en cuenta que bajo la bota del imperialismo yanqui la isla había sido convertida en el prostíbulo de EEUU.

Pero esa descomposición no se trata ni exclusiva ni principalmente de cuestiones “morales”, sino estructurales, que nos remiten a la propiedad nacionalizada, su naturaleza, cómo fue siendo administrada por el supuesto “estado obrero”, y sobre todo cuál es hoy la actitud hacia ella de los distintos sectores sociales. El análisis del PTS reduce esto a la “corrupción en las filas de la burocracia”, mencionando también al pasar la “apatía obrera frente al trabajo”. Pero la cosa es mucho más grave y profunda.

En ese sentido, Cuba no está en “una economía de transición [al socialismo] aunque burocráticamente planificada” (“Suplementos”, cit.) –una definición que salta a la vista como delirante confrontada con la realidad–, sino en una transición al capitalismo… que ahora la burocracia quiere consumar cuanto antes.

Para enfrentar eso, hay que mirar la realidad tal cual es, sin delirar con una fantasía que sólo existe en la cabeza de los “teóricos” del PTS-FT. En Cuba todo se está moviendo hoy en sentido opuesto: en transición hacia el capitalismo, no hacia el socialismo.

La verdadera situación la resume un refrán popular en boga en los ex “países socialistas” de Europa, y que hoy es plenamente aplicable a Cuba: “la propiedad de todos no es de nadie y se la roba el más pícaro”. Esta actitud ante la “propiedad estatal socialista de todo el pueblo” –definición tan falsa como grandilocuente de la Constitución cubana– abarca hoy, efectivamente, “a todo el pueblo”… aunque de distintas formas.

Para los burócratas, esto significa tratar de robar y hacer negocios a gran escala, para estar bien provistos cuando la transición al capitalismo llegue a su meta. Pero para los obreros esto no implica simplemente “apatía” en el trabajo, como cree el PTS. Además del robo a pequeña escala ampliamente extendido, implica también algo mucho más peligroso: que, como sucedió en los otros “países socialistas”, las privatizaciones masivas –paso fundamental al capitalismo– podrían no tener resistencia.

El descreimiento y descontento generalizado entre los trabajadores y sectores populares, especialmente en la juventud, es en buena medida la expresión en la conciencia de este fundamental hecho estructural: la relación de las masas trabajadoras con la (supuesta) “propiedad estatal socialista de todo el pueblo”… y, más ampliamente, de cómo son las relaciones de producción en el estado burocrático.

El “restaurómetro” del PTS y las alabanzas a la economía de comando burocrático

La venda sobre los ojos que significa definir hoy a Cuba como un “estado obrero deformado” con “una economía de transición [al socialismo] aunque burocráticamente planificada”, explica otros dos hechos: 1) el modo que tiene el PTS de medir el curso restauracionista; 2) sus alabanzas a las formas más extremas de economía de comando burocrático. Esto deriva en una incomprensión radical de las “relaciones de producción” existentes en Cuba tras la expropiación del capitalismo.

Ambos puntos están estrechamente relacionados. El PTS describe minuciosamente los vaivenes del curso restauracionista de los últimos 20 años. Pero los mide según el grado de centralización burocrática de la economía (cuya inversa sería su grado de descentralización y “mercantilización”). Significativamente, es el mismo “restaurómetro” que usa el PSTU-LIT, sólo que en este último la aguja marca ya el paso al capitalismo.

Brevemente: cuanta más centralización burocrática, habría más “socialismo”, y el estado “obrero” más avanzaría en la “transición al socialismo”.

Con esa concepción, el PTS hace el panegírico de una de las formas más extremas que adoptó en Cuba la economía de comando burocrático, la sostenida por el Che Guevara como ministro de Industria y que expuso en el famoso debate de 1963/64.

“En los primeros años de la revolución –sostiene el PTS–, la subordinación a la burocracia stalinista de la Unión Soviética fue cuestionada parcialmente por el Che Guevara… [Guevara] se opuso a la orientación conocida como “cálculo económico”… basada en los fundamentos de la reforma Liberman en la Unión Soviética… Contra esta orientación… el Che defendió la centralización y la planificación de la economía” (“Suplementos”, cit.).

Como sucedió en la URSS stalinista y luego en China y Cuba, los administradores burocráticos fueron bamboleando entre dos extremos: la economía de comando burocrática, ultracentralizada desde arriba, y lo que se ha llamado “socialismo de mercado”.

Lo que defendió el Che fueron las formas más exageradas de la economía de comando burocrático.8 Más allá de sus diferencias, Guevara y sus contradictores coincidían en algo fundamental: que no era la clase trabajadora la que debía decidir todo, organizada en una democracia obrera y socialista. Ambas partes sostenían la misma concepción verticalista, donde, en este caso, en la cúspide, estaba el “Comandante en Jefe” o “Líder Máximo”…

El Che sintetizaba así este mecanismo, de consecuencias económicas fatales para interesar a los trabajadores en la producción, elevar así la productividad, y avanzar en la transición al socialismo: “La masa realiza con entusiasmo y disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija… La iniciativa parte de Fidel o del alto mando de la revolución y es explicada al pueblo que la toma como suya (…) Sin embargo, el estado se equivoca a veces (!!!). Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo… y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes (…) Es evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas y que falta una conexión más estructurada con las masas. Debemos mejorarla durante el curso de los próximos años pero, en el caso de las iniciativas surgidas de estratos superiores del gobierno, utilizamos por ahora el [mecanismo] casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas…” (Che Guevara, “El hombre y el socialismo en Cuba).

Al Che, en la búsqueda de ese “mecanismo” aún desconocido de “una conexión más estructurada con las masas”, ni se le ocurre considerar la opción de la democracia obrera y socialista, algo que estaba totalmente por fuera de su horizonte de ideas. ¡Si hay que “intuir” lo que las masas piensan y sienten, es porque están mudas, porque no tienen modo de tomar la palabra en ese estado burocrático!

En vez de democracia obrera, el Che hablaba de incentivos “morales”. Pero esto, en manos de una burocracia de estado, finaliza siendo un discurso hueco en el que las masas trabajadoras creen cada vez menos. Es que no explica por qué, en el supuesto “socialismo”, las masas finalmente no mejoran su situación y además crecen las diferencias entre los de arriba y los abajo.

El Che era una variante empírica situada a la izquierda de la burocracia de Moscú. Pero esto no quiere decir que se opusiera a ella desde posiciones socialistas revolucionarias, que nada tienen que ver con la economía de comando burocrática ni con el socialismo de mercado.

La democracia obrera y socialista –que para Trotsky era componente fundamental del modo de producción en la transición– era algo que Guevara ni siquiera podía concebir.

Pero lo que aquí nos interesa es comprobar cómo el enredo del PTS con su imaginario “estado obrero deformado” (que aún hoy seguiría “en transición al socialismo”), lo conduce a un panegírico de la economía de comando burocrático, que implica la negación total de la democracia obrera.

Estado, democracia obrera y “relaciones de producción” en la transición

La concepción de Cuba como “estado obrero deformado” –que el PTS toma sin crítica alguna del pablo-mandelismo– minimiza la magnitud del problema de la transición y en especial de su economía.

En resumen, para el PTS existe primordialmente una “gestión burocrática de la economía”, que es “lo contrario de una planificación eficiente” (cit.). ¡En la cúspide del “estado obrero deformado” hay un gestor o gerente ineficaz que se mantiene allí gracias a un régimen burocrático! Si los cambiamos mediante una “revolución política”, todo se arreglaría en el “estado obrero”. Lamentablemente, esta “cajita feliz” del PTS tiene poco que ver con la realidad de Cuba y la gravedad cualitativamente mayor de sus problemas.

El capitalismo, al escindir las esferas de la economía y la política, puede con relativa facilidad cambiar de régimen político y de “gestores” –por ejemplo, pasar de una dictadura a una “democracia”– sin que eso signifique un cambio en las relaciones de producción, ni por lo tanto en el carácter social del estado. Bajo uno u otro régimen seguirá lo mismo: los patrones explotan a los trabajadores que producen mercancías, y punto. ¡El capitalismo funciona y se reproduce automáticamente!

Pero cuando en un país los capitalistas son expropiados, cuando las empresas, las fábricas y la tierra son estatizadas, se acabó el “automatismo” y la separación entre economía y política. Las relaciones de producción mismas son determinadas por el sujeto social que asume la conducción consciente del aparato productivo. Las relaciones superestructurales –quién manda– pasan a ser parte de la estructura: ¡se acaba la escisión entre “economía” y “política” propia del capitalismo!

En ese sentido, la experiencia y el saldo de las revoluciones del siglo XX indican dos modos de producción posibles después de la expropiación del capital. Como fue esbozado tempranamente por Trotsky, se pueden dar dos variantes:

1) Una burocracia situada por encima de los productores decide absolutamente todo, para lo cual es imprescindible negar la más mínima cuota de democracia obrera. Esta burocracia intenta funcionar –como advertía Trotsky– como “una mente universal… [capaz de] trazar a priori un plan económico perfecto y exhaustivo, empezando por el número de acres de trigo y terminando con el último botón de los chalecos” (“La economía soviética en peligro”, 1932).

2) El otro modo posible de organizar la producción después de la expropiación de los capitalistas, es absolutamente distinto al anterior. Consiste en la combinación “de estos tres elementos: la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética” (Trotsky, ídem), es decir, la democracia obrera y socialista.

Estas alternativas no son sólo de mero régimen político: indican también dos modos radicalmente distintos de encarar la producción después de la expropiación del capital. ¡Y también dos tipos de estado, de contenido social muy diferente!

En la primera alternativa, como lo vimos en la ex URSS, el Este europeo y China, la “transición” terminó yendo finalmente del capitalismo… al capitalismo. Y ahora en Cuba, si su clase trabajadora no actúa a tiempo, amenaza suceder lo mismo.

La segunda alternativa, la combinación de democracia obrera, planificación estatal (del auténtico estado obrero) y verificación del plan por el mercado, es la única que abre la posibilidad de iniciar, realmente, la transición al socialismo.

La democracia obrera para el PTS es sólo un elemento del régimen político, superestructural. Para nosotros, la democracia obrera es ante todo estructural: es parte imprescindible de las relaciones de producción para una verdadera transición al socialismo.

En relación a Cuba, esto significa levantar un verdadero programa de transformación socialista, que defienda las conquistas subsistentes frente al curso restauracionista de la burocracia, lo que exige una revolución que dé realmente el poder a la clase trabajadora.

Este programa, que desarrollamos en un texto anterior, parte de la defensa de las conquistas que aún existen, en primer lugar la independencia nacional y la propiedad nacionalizada, y se centra en la instauración de una democracia obrera y socialista.

El PTS, una versión “de izquierda” del “trotskismo de Yalta”

El PTS-FT inició su camino presentándose como una superación crítica del “trotskismo de Yalta”, expresión en la que engloba a las distintas corrientes del trotskismo de posguerra, principalmente las encabezadas por Ernest Mandel y Nahuel Moreno. Pero en ese intento positivo, el PTS-FT quedó mucho menos que a mitad de camino.

El doctrinarismo de las citas de Trotsky aisladas del contexto concreto de la lucha de clases en que fueron emitidas esas opiniones se combina con la adopción sin crítica de la categoría que fue la piedra fundamental del edificio teórico y político del pablo-mandelismo: los “estados obreros deformados”. Lo peor es que el PTS ha querido hacer pasar esto casi como una variante de vocabulario, cuando implicó una revisión abismal, tanto del análisis de Trotsky sobre la experiencia y trayectoria de la URSS como de la teoría de la revolución permanente, cuyo centro son los sujetos sociales y políticos. A partir de esa piedra fundamental, el pablo-mandelismo dedujo el carácter dual de estas burocracias y direcciones pequeñoburguesas que hacían revoluciones socialistas y que, además, sin la clase obrera, constituían “estados obreros”. De allí a una política oportunista y de adaptación, hubo un solo paso.

Por supuesto, no somos devotos de “ortodoxias” (que sólo pueden existir en las religiones, no en el marxismo revolucionario) ni del doctrinarismo de las citas fuera de contexto (algo igualmente religioso).

Por el contrario, creemos que la experiencia de las revoluciones del siglo XX, de los estados que surgieron de ellas, y de su retorno al capitalismo, exigen un balance marxista –es decir, materialista y crítico, de reelaboración teórica– y no el recitado de catecismos de citas, como acostumbran los compañeros del PTS-FT.

El hecho es que, con todos nuestros límites, Socialismo o Barbarie ha hecho un esfuerzo por desarrollar ese balance. Paradójicamente, los críticos del “trotskismo de Yalta” se han limitado a adoptar lo que fue el punto de partida del pablo-mandelismo: los “estados obreros deformados”.

  1. LIT-PSTU; No hay nada que defender en la isla: en Cuba habría una “dictadura capitalista como la de Videla”. Para derribarla, unidad con todas las corrientes opositoras, incluidas las burguesas

Según el PSTU-LIT, el proceso de restauración en Cuba “se diferencia bastante del que se dio en Rusia y en la mayoría de los países del Este europeo. En lo esencial, la restauración en Cuba ha seguido el modelo chino. Las similitudes entre el proceso chino y cubano pueden ser observadas, fundamentalmente, en cuatro planos. […] En primer lugar, las reformas procapitalistas se han ido haciendo de forma lenta y gradual. En segundo lugar, el capital externo ha jugado un papel central en el proceso de restauración. En tercer lugar, las empresas estatales en ambos países han jugado, y continúan jugando un papel muy importante, de respaldo, a las empresas particulares. En cuarto lugar, a diferencia de Rusia y la mayoría de los países del Este, la restauración no se está haciendo sobre la base de entregar a los obreros y a la población las acciones de las empresas”. [Hernández, “Cuba en debate”, Marxismo Vivo Nº 1, septiembre 2000]

Asimismo, Cuba “está en vías de transformarse en una semicolonia, o directamente en una colonia, del imperialismo”. [Hernández, cit.] En otro texto de la misma corriente se afirma que “Cuba está perdiendo su carácter de país independiente y marcha aceleradamente a transformarse en una semicolonia de los imperialismos europeo y canadiense”. Como este primer texto de Hernández fue escrito en el 2000 y según su entender la restauración se habría producido ya a mediados de los 90, es de suponer que esa marcha tan acelerada ya ha llegado a su meta. Cuba, entonces, ni siquiera es un país capitalista aunque relativamente independiente, sino una dependencia semicolonial de la Unión Europea y Canadá.

Creemos que los “teóricos” del PSTU están muy equivocados. Cometen un error peligroso: confundir el primer mes de embarazo con el noveno mes o, peor aún, con el niño ya nacido. Este error, tanto en medicina como en política, puede ser de consecuencias fatales.

Efectivamente, la burocracia cubana, presionada por el desastre del “período especial”, tomó medidas, tanto en relación con la economía mundial como hacia adentro de la isla, que en sus manos abren las puertas a un proceso de restauración capitalista. Además, la burocracia cubana ve con admiración los “éxitos” de la burocracia china… ya convertida en burguesía billonaria, y la presenta como el ejemplo a imitar.

¡No hay dudas de las intenciones de la burocracia ni del rumbo que ha tomado, algo que venimos denunciado desde hace tiempo y hoy plenamente expuestos en el plan económico que propone! La cuestión es si ya ha alcanzado esa meta o, por el contrario, aún le falta bastante. Ese “gran salto” hacia atrás es precisamente lo que propone llevar a cabo el “Proyecto” del VI Congreso.

Ése es el punto crucial que, no por causalidad, se les escapa a los increíbles “teóricos” del PSTU-LIT. Si el capitalismo ya está restaurado desde hace 15 ó 20 años, ¿para qué entonces el actual plan restauracionista?

El problema no es hacer la suma y resta de medidas económicas aisladas (que efectivamente en manos de la burocracia son peligrosas y han ido pavimentando el curso restauracionista), sino empezar por responder una simple pregunta: ¿dónde está la nueva burguesía cubana? ¿Vive en la clandestinidad? ¿Vive en Canadá y/o Europa?

Por eso, poner ya un signo igual entre Cuba y China es un disparate. ¡Un despropósito que además renuncia a la lucha por impedir una restauración “a la China”, porque la da por hecha!

La nueva burguesía china tiene domicilios conocidos, opera en la bolsa de Shanghai (una de las más importantes del mundo), preside empresas billonarias absolutamente privadas de las que no son meros administradores burocráticos que meten la mano en las sombras (como hacen los burócratas cubanos), sino que ya son sus propietarios legales en todo el sentido capitalista de la palabra. La nueva gran burguesía se originó principalmente de la misma burocracia maoísta (y sigue fusionada con ella), pero ya no son meros burócratas más o menos privilegiados y/o enriquecidos.

En Cuba, ni siquiera a la escala modesta de la isla, puede hablarse todavía de un fenómeno social semejante. ¿O sería el primer caso de un país semicolonial cuya burguesía no es nativa, sino europea o canadiense?

Eso no significa que el curso de la burocracia cubana no apunte hacia esa meta (además, los burócratas, robando a cuatro manos, están haciendo su “acumulación” en vistas a dar el salto a propietarios de los medios de producción y cambio). Pero esto aún no han llegado: en esa perspectiva se hace el VI Congreso. ¡Y este hecho es decisivo para tener una política revolucionaria en Cuba!

En verdad, la burguesía cubana existe… Pero, por ahora, vive en Miami (donde forma parte de la burguesía yanqui). Aún no vive en La Habana, ni en Ottawa, ni en París, ni en Londres. Y ése es uno de los principales obstáculos para llegar a un “arreglo” entre la burocracia de La Habana, por un lado, y Estados Unidos (con sus burgueses cubano-estadounidenses de Miami), por el otro.

Pelean por un punto crucial: ¿quién va a ser la nueva burguesía en la isla? ¿Los “gusanos” de Miami, recuperando sus propiedades, o un sector de los actuales burócratas que, al estilo chino, se hagan finalmente propietarios in toto?

La Iglesia Católica, con un pie en Miami y otro en La Habana, está gestionando abiertamente un acuerdo entre ambas partes. Pero esto no es fácil, porque además se combina con el problema del grado de dependencia hacia el imperialismo yanqui que resultaría finalmente.

Este es otro disparate muy peligroso del PSTU-LIT. La independencia nacional conquistada en la Revolución del 59 básicamente aún se mantiene, tanto en relación con EE.UU. como respecto de la Unión Europea. Frente a Cuba, EE.UU. y la UE hacen un juego bastante coordinado, en el que Washington esgrime el garrote y Bruselas la zanahoria de tender los puentes de negociación (junto con la Iglesia Católica) hacia la burocracia. Pero ese papel no ha impedido a la UE disponer una serie de sanciones paralelas a las de EE.UU. En cuanto a la hipótesis de Cuba como semicolonia canadiense, es tan ridícula que no vale la pena ocuparse de ella.

Por la unidad de acción… con los “gusanos” de Miami

El error del PSTU-LIT de que no hay nada que defender en Cuba –ni siquiera su independencia nacional– lo lleva a posiciones políticas aberrantes, directa y abiertamente proimperialistas.

Como Cuba sería ya un país capitalista (y además semicolonial), su gobierno sería entonces “una dictadura capitalista” como la de “Argentina en 1976-82” (Boletín Electrónico LIT-CI 125, 15-3-10).

A partir de igualar la dictadura de Videla con el actual régimen cubano, el PSTU-LIT llega a las siguientes conclusiones:

“Cuba no es más un estado obrero con un régimen burocrático, sino un estado capitalista gobernado por una dictadura. Hoy, el centro de nuestro programa de reivindicaciones para Cuba es de lucha frontal contra la dictadura y por las más amplias libertades democráticas…

“Todo revolucionario que lucha contra el capitalismo y por el poder a la clase obrera sabe que hay que diferenciar los distintos regímenes de un estado capitalista. Por ejemplo, una dictadura burguesa de un régimen democrático-burgués. Frente a las dictaduras burguesas, luchamos por las libertades para diferentes sectores sociales.

“Por ejemplo, en Argentina, en 1976-1982… había sectores burgueses opositores a los regímenes dictatoriales. (…) En esas situaciones, luchamos por las más amplias libertades democráticas para todas las corrientes opositoras, incluidas las burguesas… En esos casos, los revolucionarios llamamos a una amplia unidad de acción, incluso con esos sectores burgueses, para combatir a las dictaduras… En el caso actual de Cuba, estamos frente a una situación semejante” (Boletín, cit.).

Pero sucede que la única burguesía cubana que existe en el mundo vive en Miami… y además es parte orgánica de la burguesía imperialista de EEUU. Son los llamados “gusanos”.

Son ésos los únicos “sectores burgueses” opositores. ¡No hay otros! Pero además, los “gusanos” y sus descendientes no son hoy una burguesía “latinoamericana” cualquiera, común y corriente. Al fugarse a EEUU, terminaron adquiriendo la ciudadanía y asimilándose a la burguesía imperialista yanqui, de la que hoy forman parte con cierta influencia política.

La burguesía cubano-estadounidense se ha caracterizado por alentar posiciones de ultraderecha. ¡Son imperialistas rabiosos, que consideran a Obama un pusilánime (o un “comunista” encubierto) porque no manda ya mismo los marines a invadir Venezuela! Los “democráticos” burgueses cubanos fueron sostén fundamental de Bush –su hermano Jeb era el gobernador de Florida– y encabezaron en EE.UU. el apoyo al golpe gorila en Honduras.

Su programa en relación con Cuba no sólo es recuperar sus propiedades sino también volver al status de virtual protectorado colonial que tenía la isla antes de la Revolución.

La propuesta política del PSTU-LIT es hacer con esa gente “una amplia unidad de acción”. Esto es algo muy grave. Es una propuesta abierta y descaradamente proimperialista, como sólo personajes muy a la derecha, estilo Vargas Llosa, se atreven a hacer en América Latina.

Con toda razón, por un instintivo sentimiento antiimperialista, los sectores obreros y populares latinoamericanos no ven con buenos ojos a la gusanera de Miami. Por ese motivo, aunque la recolonización de Cuba no les importe, incluso gran parte de los políticos burgueses latinoamericanos se cuida de ser visto con esa desagradable compañía.

Pero los dirigentes del PSTU-LIT no tienen mayores inconvenientes: están dispuesto a marchar codo a codo con esos “sectores burgueses opositores”. ¡Hay que hacerlo saber a toda la vanguardia latinoamericana, para que haga su caracterización de esta corriente!

Los rebuznos de Martín Hernández 9

Por último, algunas comentarios críticos sueltos pero de alguna importancia. El debate con corrientes como las que consideramos antes –la del mandelismo, el PTS-FT y también otras– puede mostrar profundas diferencias pero dentro de un cierto nivel teórico y político.

Por el contrario, más allá de las diferencias, si hay algo chocante en las publicaciones de los compañeros de la LIT-PSTU –especialmente cuando pretenden hacer “teoría” o “crítica” marxista– es su bajísimo nivel, por decir lo más piadoso. Esto resalta sobre todo en los textos del “teórico” del PSTU-LIT y “especialista” en el tema Cuba, Martín Hernández. Y, como suele suceder, el bajo nivel o, directamente, la abismal ignorancia acerca de éste y otros temas trata de ser compensada haciendo lo que los franceses llaman “chicanes”.

Esto llega a extremos patéticos en el artículo “El debate con las organizaciones castristas”, de polémica con el PTS y el Nuevo MAS (la organización en Argentina de Socialismo o Barbarie), firmado por Martín Hernández (Marxismo Vivo nueva época, Nº 1, 21-12-10). Veamos algunas de sus incoherencias, chicanes… y rebuznos.

Ya el título resulta una chicane tan grosera que se vuelve contra su autor: “El debate con las organizaciones castristas”… aunque la polémica central es con el PTS y el Nuevo MAS. Todo el mundo en la vanguardia sabe que, desde distintas posiciones, somos muy críticos del castrismo y, sobre todo, políticamente independientes de él. Comenzar entonces un debate con semejante rebuzno no califica al PTS ni al Nuevo MAS sino al mismo Martín Hernández… y anticipa el nivel de lo que viene a continuación.

  • “La burocracia de los hermanos Castro se habría mostrado incapaz de conseguir lo que todas las burocracias restauracionistas del mundo consiguieron: la vuelta al capitalismo.”

Todo el enfoque es equivocado: las burocracias de los estados “socialistas” no compiten por “conseguir” la vuelta al capitalismo, sino por preservar sus privilegios y su posición dominante, porque eso es lo que les da unidad y razón de ser como grupo social. Sea que lo hagan sin volver al capitalismo, como los Castro hasta ahora, o si les resulta favorable y posible transformar las relaciones de propiedad, como en Rusia, China o Vietnam, esto no es algo que dependa simplemente de los esfuerzos de las burocracias por “conseguir” la restauración.

Además, es falsa la pintura de que “todas las burocracias restauracionistas” han sido exitosas en “conseguir” las nuevas relaciones de propiedad. Hernández simplemente ignora los hechos. El proceso fue muy desigual de país a país. En algunos, la burocracia de conjunto se reconvirtió como clase capitalista; en otros, sólo un sector pudo hacerlo y el resto se deshizo como sector social dominante. Los Ceaucescu, por ejemplo, no “consiguieron” mucho que digamos… sólo que los fusilaran.

En Cuba, si la restauración implicase que el poder y propiedad volverán a manos de la burguesía gusana de Miami, no sería ningún gran negocio para la burocracia. Ese grave problema ha sido una de las trabas fundamentales que ha retardado la restauración en Cuba, en comparación con los tiempos de Rusia, China, etc.

MH presenta la cuestión como si todas las burocracias hubieran tenido todo el tiempo el objetivo confeso de “volver al capitalismo”… y como son tan arteras y poderosas, todas lo “consiguieron”. Y, cuando alguien ve una excepción a este caricaturesco cuadro, se recibe de sospechoso de “aliado de la burocracia”. Más bien, la apología de la burocracia la hace MH, puesto que parece creer que basta que se propongan “volver al capitalismo” para que lo “consigan”… Tampoco se molesta en explicar por qué deberían ponerse ese objetivo.

  • “El principal argumento utilizado por el Nuevo MAS (…) es que en Cuba no existiría una burguesía nacional (…) Si hay algo que caracteriza a las colonias y a las semicolonias (y ése es el camino de Cuba) es justamente que su burguesía nativa es sumamente débil, y muchas veces prácticamente inexistente (…) El principal problema es que él (Ramírez) está convencido de que no existe burguesía nativa en Cuba.”

En primer lugar, sería bueno que MH finalmente aclarara si Cuba es una semicolonia o si sólo está “en camino” a serlo. Tampoco se entiende por qué es el “principal problema” de la posición del Nuevo MAS es que no exista burguesía nativa, si es coherente con su definición de semicolonia.

Además, MH mezcla dos categorías como si fueran casi indistintas, colonia y semicolonia. Pero la diferencia es importantísima. Una colonia puede tener o no una burguesía nativa. Por el contrario, una semicolonia debe tenerla. No puede ser “prácticamente inexistente”. En ese caso, no se sostendría ni siquiera la independencia formal; es decir, lo que la constituye como nación y estado formalmente independiente, aunque sea económica y políticamente dependiente del imperialismo. Dejemos de lado, además, la distinción entre burguesía nacional (con proyecto nacional propio, como la que sueñan los populistas) y burguesía local; tales sutilezas ya están totalmente fuera del alcance de Hernández. Vayamos a lo central: una vez más, ¿dónde está la burguesía cubana (aparte de los nuevos aliados de la LIT residentes en Miami)?

  • Sin embargo, MH, decidido a refutar al Nuevo MAS, va a “demostrar” que, después de todo, en Cuba sí hay burguesía nativa.

Uno espera que MH desgrane concienzudamente números, informes, hechos y más hechos, que sustenten esa tesis. Porque las diferencias aquí no son de “interpretación teórica” ni de política, sino en primer lugar de datos de la realidad, de hechos.

El Nuevo MAS dice que en Cuba aún no hay capitalismo ni burguesía, y MH sostiene que sí. Pero, sorprendentemente, MH no aporta ningún dato ni estadística referidos a Cuba. Después de explicar lo que pasó en China (¡con datos citados por nosotros!), nuestro “especialista” en Cuba se despacha con total ligereza: “En Cuba, aunque aún no disponemos de los datos suficientes, todo indica (!!) que ocurrió lo mismo que en China y en los restantes ex estados obreros.”

Aquí el rebuzno alcanza su clímax: “no dispongo de los datos suficientes, pero todo indica…” Sin embargo, la LIT dice que en Cuba reinaría el capitalismo desde hace unos 15 años. ¿En todo ese tiempo el “teórico” de la LIT no ha tenido modo de conseguir “datos”?

Cualquier discusión seria debe partir de hechos concretos que muestren una realidad incontrastable. Son realidades que es posible, desde hace años, señalar en Rusia, China, Vietnam y los demás países, donde entonces se puede afirmar categóricamente que se ha regresado al capitalismo.

Pero cuando a MH le toca el turno de exhibir las pruebas correspondientes a Cuba, ¡admite alegremente que no las tiene, que “aún no disponemos de los datos suficientes”, pero que “todo indica” que ya ha sucedido exactamente lo mismo que en los otros países! Esto equivale a decir que el lector debe creer como un acto de fe lo que “todo” le “indica” a MH, ya que él se siente eximido de presentar la menor prueba material. Quizá dentro de su iglesia o capilla –como otros predicadores– consiga que algunos tengan fe en lo que dice. Pero en el debate entre marxistas, las reglas son otras.

  • Más adelante, MH, para cubrir esa ausencia inexplicable de datos, da un argumento “concesivo” de sorprendente puerilidad: “Tanto el Nuevo MAS como el PTS tienen razón en que la nueva burguesía no está apareciendo a la luz del día (permanece escondida detrás de las empresas estatales o las empresas extranjeras), y es lógico que así sea”, porque “toda la burocracia castrista está haciendo (!) la restauración del capitalismo en nombre del socialismo”.

¡Esto es increíble! Durante largos años la burguesía de un país –es decir, su clase dominante– ha vivido y sigue viviendo en la clandestinidad. Pero además, suponer que los burócratas ya devenidos burgueses se puedan “esconder detrás de las empresas estatales” es absurdo, si esa situación irregular se prolonga por años y años. ¿Cuánto tiempo cree MH que una clase social –y además, clase dirigente– puede actuar de manera clandestina? ¡Otro rebuzno en la bemol!

En todos los casos anteriores de restauración burocrática, la “nueva burguesía” se reveló muy pronto como tal, aunque conservase la retórica “socialista”, como por ejemplo en China. Y no puede ser de otro modo, entre otros mil motivos porque ninguna clase dominante de la historia, y más aún en este caso de “nuevos ricos”, se autoimpone una vida gris, austera y recatada que le impediría gozar de sus riquezas. Porque otro hecho que evidentemente ignora el “experto en restauraciones” es el estallido exhibicionista, escandaloso y vulgar que los “nuevos ricos” protagonizaron en Rusia, China, etc. ¿La nueva burguesía tropical habrá sido más discreta y por eso nadie se enteró?

Por otra parte, la falta de precisión de MH es notable. ¿No sabe que los tiempos verbales son de capital importancia si se quiere definir algo con precisión? ¿La restauración del capitalismo en Cuba ha terminado o “se está haciendo”? ¡No es lo mismo! Son dos situaciones muy distintas, sobre todo si se quiere actuar políticamente sobre ellas. ¡Ni en el fútbol un partido que comenzó hace 5 minutos es lo mismo que uno que ya terminó!

  • A modo de “prueba definitiva”, MH cita una serie de mecanismos legales aprobados por la burocracia castrista, como el cambio en la Constitución en 1992 y la Ley de Inversiones Extranjeras de 1995 (pleno “período especial”). ¿Significa eso que Cuba es capitalista desde esa fecha? ¿La “nueva burguesía” está “escondida” desde hace 15 años?

MH observa, plausiblemente, que “hay que ser muy ingenuos para pensar que la burocracia restauracionista hizo todo ese andamiaje jurídico para no aprovecharse de él”. Correcto. Pero la cuestión que MH no contesta es si ya lo ha hecho o si ese “aprovechamiento” todavía es un proyecto. Porque esos instrumentos jurídicos plantearon efectivamente un esquema restauracionista que luego, por diversos motivos, no se concretó, como ocurrió por ejemplo con la “legalización de la existencia de empresarios nacionales”, citada por MH y prevista durante el “período especial”.

Por supuesto que eso puede reflotarse en cualquier momento, y tampoco hay dudas de que ahora la burocracia cubana quiere ir hacia allá, como hemos sido de los primeros en denunciar. Todo parece indicar que ahora no se trata de otro de sus tantos vaivenes. Pero eso es futuro, no presente y mucho menos pasado., y así hay que decirlo. Lo cual no implica “minimizar las medidas restauracionistas”, como se nos critica, sino ser escrupuloso y exacto con los hechos, una molestia que MH no parece tomarse.

  • Justamente, el escaso apego de MH a los hechos se manifiesta también a la hora de polemizar con otras posiciones. Así, hace la sorprendente afirmación de que “tanto el PTS como el Nuevo MAS dicen que en Cuba no se precisa hacer una revolución social, sino solamente una revolución política”.

Aquí, la mala fe y la ignorancia compiten con resultado incierto. El PTS, sin duda, sostiene la necesidad de una revolución política, no social, en la medida en que se aferra al esquema del “estado obrero deformado”. Pero adjudicar esa postura al Nuevo MAS es una falsedad y/o una ignorancia asombrosa, en alguien que se supone al menos debería conocer las posiciones que critica.

¿No se enteró MH que el Nuevo MAS abandonó ese esquema hace más de 15 años, y que considera que lo que PTS llama “estados obreros” fueron estados burocráticos? ¿No se enteró de que no consideramos las revoluciones de posguerra como socialistas, sino anticapitalistas, y que no dieron lugar, precisamente por eso, a “estados obreros”? ¿No tiene noticia de que esa elaboración se sustenta en una concepción del socialismo, de la revolución permanente y de la transición que se apoya en el marxismo clásico y en autores fundamentales del siglo XX como Pierre Naville?

En verdad, MH, en otro de sus rebuznos, menciona con desdén esa elaboración, a lo cual tiene derecho, pero a condición de que al menos tenga idea de qué se trata. Porque decir que somos “defensistas” de Cuba porque consideramos que se trata de un “estado obrero” y por ende creemos que los Castro son también una burocracia de alguna manera “obrera”, no es atacar una postura con la que no se concuerda. Es, sencillamente, no haber entendido nada. O simplemente ni haber leído lo que se pretende criticar. O, más bien, falsificarlo, para que resulte más fácil “refutarlo”.

Si semejantes despropósitos se deben a que el “teórico” toca de oído, a su incapacidad de entender lo que está escrito o a que tiene repulsa orgánica a debatir sin la chicane de atribuir al otro lo que no dice, es algo que dejamos a la piadosa consideración de los lectores.

NOTAS

  1. Anotemos al margen que la deriva posmoderna de esta corriente la lleva a hablar frecuentemente de “modelo” (en vez de “programa” o “política”), y más en general a refugiarse en la incertidumbre posmodernista, que hace pasar como antidogmatismo y no-sectarismo. Su mudez acerca de Cuba tiene en parte ese componente. Cuando el posmodernismo es hoy una moda intelectual apolillada, cuya hora de gloria no pasó de los años 90, las publicaciones de esta corriente, especialmente las del NPA, suelen ser una gelatina conceptual y política de evidente sello posmoderno. Digamos que esto no es sorprendente. La IV Internacional mandelista siempre estuvo marcada por dos rasgos: su impresionismo ante fenómenos políticos “impactantes” y su permeabilidad a las cambiantes “modas” intelectuales de París. Y, frecuentemente, estos dos ángulos reflejaban más o menos lo mismo.
  2. Este espejismo fue motivado por incidentes que culminaron en 1968 en una pelea de Fidel con la llamada “microfracción” de Aníbal Escalante, ex dirigente del viejo PSP (Partido Socialista Cubano), la antigua organización stalinista obediente a Moscú que se había fusionado con el Movimiento 26 de Julio de Castro. Como gran caudillo bonapartista que había encabezado la más importante revolución de posguerra después de la de China, consagrado además en Cuba con los títulos vitalicios de “Líder Máximo” y “Comandante en Jefe”, a Fidel Castro le resultó intolerable que semejante personaje, apoyado en sus añejas relaciones con Moscú, lo cuestionara, quizá con algún aval tácito del Kremlin. Fue una de las tantas peleas interburocráticas que matizaron la historia de la ex URSS, China, Cuba y demás estados. Pero Mandel, con una miopía política notable, sacó las conclusiones que citamos. Esa miopía fue muy significativa: Mandel ni se fijó si en Cuba había un giro hacia democracia obrera, esto es, si la clase trabajadora, en vez de corear el eterno “¡Comandante en Jefe, ordene!” y las alabanzas al “Líder Máximo”, ahora podía debatir y decidir libremente, si podía autodeterminase, con órganos de poder propios y libertad para todas las corrientes políticas socialistas y antiimperialistas. ¡O sea, una verdadera dictadura del proletariado o “estado obrero”! Entonces se hubiese podido hablar de un curso de Fidel hacia el trotskismo.
  3. Michel Pablo tuvo una deriva oportunista aun más extrema que Mandel, lo que llevó finalmente a una ruptura en 1963-65. Pero las concepciones fundacionales de esta corriente fueron elaboradas por ambos, por lo que es correcto hablar de “pablo-mandelismo”. Pablo sostenía que durante un período histórico que duraría siglos, serían los PCs stalinistas los que encabezarían revoluciones y establecerían nuevos “estados obreros deformados”. Parecidas ilusiones las depositó en los movimientos de liberación nacional de las ex colonias. Correctamente, mientras los PCs se cruzaban de brazos, la IV Internacional pablo-mandelista apoyó activamente a los argelinos en la guerra de independencia contra Francia, lo que le valió la persecución de los gobiernos europeos. Pero Pablo extendió esto a un apoyo político al FLN de Argelia, del que fue ministro en su primer gobierno.
  4. Como explicaba Trotsky en La revolución traicionada, el ingreso teórico de un ciudadano soviético estaba formado por dos partes: a) los “dividendos” que recibe de la propiedad estatal de los medios de producción (fábricas, tierras, etc.), lo que la Oposición de Izquierda había definido como “plusvalía estatizada”, y b) su salario; es decir, la “remuneración de su fuerza de trabajo”. Pero mientras el trabajador común recibe sólo b, el burócrata recibe a + b. Y, subiendo la pirámide burocrática, esto va también en ascenso: 3a + 2b, 10a + 15b, etc. La conclusión de Trotsky es, entonces, totalmente opuesta a la de Mandel: “La diferencia de ingresos está… determinada no por la sola diferencia del rendimiento individual [es decir, en otros términos, por la “remuneración de la fuerza de trabajo”], sino por la apropiación enmascarada del trabajo de otros” (Trotsky, cit., p. 165). ¡Para Mandel, esta “apropiación del trabajo de otros” no existe! ¡Sólo hay “privilegios”… pero que no se sabe bien de dónde salen!
  5. Esta fusión no significó sin embargo que el régimen cubano fuese una fotocopia de los estados vasallos del Kremlin en Europa oriental. Hubo más bien una “simbiosis”, donde fue central el rol de Fidel como caudillo-Bonaparte que, por encima de todos, incluso de las instituciones del estado, hacía de árbitro y tenía la palabra final. Parte de este juego bonapartista clásico era también ponerse a veces “del lado del pueblo” y así reprobar a algún sector de la burocracia que se hubiese extralimitado… Fueron incidentes como éstos los que confundieron a Mandel (y a muchos otros). Pero las “amonestaciones” de Castro a tal o cual burócrata nunca cuestionaron al régimen burocrático mismo. Contra los desbordes burocráticos, el “Comandante en Jefe” jamás propuso reemplazarlo por un régimen de democracia obrera y socialista.
  6. “El 18 de enero de 1991, en Moscú, en la sede del Comité Central del Partido Comunista, se presentó ante la prensa la edición rusa de la revista Socialism of the Future. Es una publicación teórica editada por los partidos socialdemócratas de España, Italia, Francia y Alemania, agrupando en un foro pluralista representantes de diversas corrientes del movimiento obrero internacional. Los directores y staff editorial incluyen en particular a Mijail Gorbachov; Zdenek Mylnar, ex secretario general del Partido Comunista Checoslovaco durante el período de la Primavera de Praga; Adam Schaff, marxista polaco expulsado del PC durante los 80; Ota Sik; Andre Gorz; Ralph Miliband y Ernest Mandel, representando a la IV International (…) En la conferencia de prensa, la revista fue presentada por Adam Schaff, por un miembro del Buró Político del Comité Central del PCUS, Ernest Mandel y Zdenek Mlynar” (Bulletin in Defense of Marxism, 84, abril 1991). Este Bulletin publica seguidamente el discurso de presentación de la revista dado por Mandel en esa conferencia de prensa en la sede central del PCUS.
  7. En el texto de M. Yunes citado hay un análisis exhaustivo de este grave hecho político y sus raíces en las posiciones generales adoptadas por el “postmandelismo”. Por su parte, los dirigentes de esta “IV Internacional” han tratado de barrer bajo la alfombra este episodio escandaloso. Anotemos que en esta ocasión se reeditó (ya no como tragedia sino como farsa) la teoría de las “dos naturalezas” de las burocracias. Esta vez fue presentada como “Las dos almas del gobierno Lula” (artículo de João Machado, dirigente de la sección brasileña del SU de la IV Internacional, 17-12-03)
  8. No vamos a tratar aquí la cuestión de la vigencia de la ley del valor en la transición, que estuvo en el centro de ese debate y que se examina extensamente en otro texto de esta revista. Guevara, con argumentos honestos e “izquierdistas”, llegó a sostener que las categorías mercantiles podrían ser “abolidas” por la sola voluntad “comunista” de los participantes de la producción. Pero su propuesta alternativa de “sistema de financiamiento presupuestario” revivía simplemente otra variante burocrática: la de los “precios administrativos”. Eso había sido un fracasado ensayo de Stalin de saltearse la ley del valor, analizado por Trotsky en su momento.
  9. Este apartado contó con la colaboración de Marcelo Yunes.