Por Rafael Salinas, SoB n° 401, 13/10/16

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Horas después de perder el plebiscito sobre el “Acuerdo de Paz”[1], el Comité Nobel de Noruega[2] le tiró un salvavidas invalorable al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. Le otorgó el “Premio Nobel de la Paz” del 2016. Esto genera algunas reflexiones.

En primer lugar, ratifica la insólita unanimidad de los “factores de poder” mundiales en acabar con la prolongada guerra civil colombiana que supera de lejos el medio siglo, y mucho antes de la fundación “formal” de las FARC. Tanto los gobiernos como las corporaciones, pasando por el Vaticano, la ONU, el FMI y demás instituciones, todos apuntan en el mismo sentido.

Que el Comité Nobel actuase a la velocidad de la luz para premiar a Santos no es más que el reflejo de esa coincidencia, que además encabeza el gobierno de EEUU. Esa unanimidad es algo que no se repite en otros conflictos y regiones, como por ejemplo, las guerras del Medio Oriente.

Pero esa unidad mundial contrasta con la fragmentación doméstica acerca de los “Acuerdos de Paz”. El Premio Nobel puso de  pie a Santos, que había quedado “groggy” luego de la trompada del “NO” en el plebiscito.

Por ese motivo, para no comprarnos este buzón, conviene recordar algunos hechos desagradables, tanto acerca del mismo Premio Nobel de la Paz, como sobre el personaje laureado este año, el presidente Juan Manuel Santos.

Una galería tenebrosa

Más allá de las intenciones de su creador Alfred Nobel –dar un premio a “la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes, y la celebración y promoción de procesos de paz”– la lista de los Premios Nobel de la Paz conforma una galería en la que se destaca un buen porcentaje de personajes siniestros…

Junto a figuras como Adolfo Pérez Esquivel –defensor de los derechos humanos perseguido por la dictadura militar de Argentina– o Malala Yousafzai –la joven pakistaní que el Talibán hirió gravemente por defender el derecho de la mujer a la educación–, hay multitud de figuras cuyo prontuario es muy diferente.

Por ejemplo, en 1906, lo recibió Theodore Roosevelt. Este prócer del naciente imperialismo yanqui se había apoderado de Panamá, exaltando la política nada pacifista del “Gran Garrote” (Big Stick) como método del flamante imperialismo.

Asimismo lo premiaron a Henry A. Kissinger, en 1973, Secretario de Estado yanqui que estuvo tras la organización de los sangrientos golpes de Pinochet en Chile y de Videla en Argentina, además de promover variedad de guerras. Junto a ellos vemos también a Menachem Begin (1978) y Yitzhak Rabin (1994), dos de los ejecutores de la sanguinaria “limpieza étnica” del pueblo palestino al proclamarse el Estado de Israel en 1948.

Obama logró también su Premio Nobel de la Paz en 2009. No sabemos si por promover el ingenioso sistema de asesinatos impunes a distancia mediante drones o por la continuidad de los genocidios iniciados por su predecesor George W. Bush en Iraq y Afganistán, hoy extendidos a Siria, Yemen, Libia, Pakistán y otros territorios.

Da la impresión de que el mecanismo político del Premio Nobel de la Paz, es el de premiar a personas u organizaciones que realmente pueden ser considerados “pacifistas” y/o “defensores de los derechos humanos”, para que luego, en otro año, sirva de cobertura y otorgue legitimidad a personajes de la calaña de Kissinger, Begin u Obama.

Hoy, el caso de Juan Manuel Santos, no hay duda que se ubica entre estos últimos.

Juan Manuel Santos, ministro de Defensa en una guerra atroz

Efectivamente, Santos, como figura política, no se hizo en ninguna actividad “humanitaria”. Fue ministro de Defensa del presidente Álvaro Uribe desde julio del 2006 hasta mayo de 2009.

Al asumir Santos el ministerio, la guerra contra las FARC (y, más allá de ella, la represión contra todo lo que fuese protesta política y social), estaba alcanzando los niveles más atroces.

Uribe, desde antes de ser presidente, había dado impulso a las bandas de paramilitares. Pero Santos, al convertirse más tarde en su ministro de Defensa, no tuvo por eso menos responsabilidad en sus atrocidades. ¡Entrar a su gobierno, era asumir la responsabilidad y el consenso no sólo de las futuras atrocidades sino también las del pasado!

La estrategia de guerra contra las FARC –que habría sido aconsejada por “asesores” yanquis e israelíes–, además de dar un papel relevante a los seguimientos mediante nuevas tecnologías, a la aviación, etc., establecía una “división del trabajo” entre las unidades regulares de las fuerzas armadas colombianas y las bandas irregulares de “paracos”.

Estos últimos no tenían como misión fundamental la de enfrentarse a la guerrilla, sino la de sembrar el terror entre la población civil, principalmente en zonas donde se suponía que las FARC podían tener cierto apoyo popular. Para eso, los “paracos” se lanzaban sobre las aldeas indefensas, violaban y asesinaban. Una de sus diversiones era degollar a los “sospechosos” y organizar con sus cabezas un partido de fútbol, que obligaban a presenciar a los sobrevivientes. Los descuartizamientos en vivo con motosierras a presuntos simpatizantes de las FARC frente a todo el pueblo, eran también habituales. Así se les advertía de las consecuencias de tener buenas relaciones con las FARC.

Un subproducto de estas atrocidades fue el éxodo masivo de campesinos. Esto fue aprovechado por los terratenientes –que solían estar tras la organización y financiamiento de las bandas paramilitares– para apoderarse masivamente de sus campos.

Pero el paramilitarismo resultó contraproducente. Y no sólo por el escándalo nacional e internacional de sus crímenes. Desde Washington comenzaron a llegar duras críticas, porque además los “paracos” se habían organizado en fuertes bandas de narcos. Obedeciendo la voz del amo, Uribe debió desmovilizarlos y extraditar a EEUU a los jefes más prominentes.

Los “falsos positivos” del Premio Nobel de la Paz

Pero la (relativa) desmovilización de los “paracos” dio paso a atrocidades no menores, la de los “falsos positivos”.

Bajo el ministerio de Santos, para “incentivar” el exterminio de la guerrilla, se establecieron premios y recompensas a los militares que matasen más guerrilleros. Estas bajas eran llamadas “positivos”.

Esto dio lugar a una ola de guerrilleros caídos, que Santos y Uribe presentaban como grandes victorias de las heroicas fuerzas armadas colombianas.

Pero luego comenzó a conocerse la horrible verdad. Agentes del Ejército engañaban a jóvenes desocupados de los barrios más pobres de Bogotá y otras ciudades. Les ofrecían trabajo en regiones alejadas. Al llegar allí los asesinaban, les ponía alguna ropa de “guerrilleros”, sacaban fotografías que la prensa publicaba dando testimonio de la victoria de los heroicos soldados de la Patria… y luego pasaban por la ventanilla a cobrar por los “positivos”.

Esto comenzó a revelarse a inicios del 2009, por testimonios y protestas de familiares de asesinados en Soacha, un barrio popular de la capital. Luego se fue verificando que la práctica criminal de los falsos positivos no sólo era generalizada en todo el país, sino que venía de mucho tiempo atrás. No se sabe aún con certeza cuántos miles y miles de jóvenes de los barrios pobres perdieron así la vida.

La indignación popular fue creciendo aceleradamente, acompañadas del escándalo internacional. El gobierno de Uribe y su ministro Santos entró en zona de turbulencia. Meses después, Santos renunciaría.

¿Cuál fue la actitud de nuestro flamante Premio Nobel de la Paz? La misma de Uribe. Negar los falsos positivos y defender a los heroicos militares, tan valientes en la tarea de secuestrar y asesinar a chicos pobres para después cobrar recompensas por “dar de baja en combate a guerrilleros y terroristas”.

Dijo Santos: “Hemos descubierto que hay muchas falsas denuncias. Mucha de esa gente quiere presentar las legítimas muertes en combate de terroristas y guerrilleros como ejecuciones extrajudiciales, con el fin de mancillar el buen nombre de nuestras instituciones militares.”[3]

Dijo Uribe: “Lo que primero debemos denunciar es que mucha gente, usando el escándalo [de los falsos positivos], hace acusaciones falsas, tratando de paralizar la acción de las fuerzas de seguridad contra los terroristas.”[4]

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1.- Acerca del fallido plebiscito ver: Rafael Salinas, “Un Brexit colombiano”, SoB n° 400, 06/10/2016 http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=8720.

2.- A diferencia de los otros Premios Nobel que se conceden en Estocolmo, Suecia, el de la Paz lo otorga un comité noruego.

3.- Jeremy McDermott, “Toxic fallout of Colombian scandal” BBC News, Medellin, 7 May 2009.

4.- Cit.