Por Roberto Ramírez, Revista SoB 30-31, noviembre 2016

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Prólogo post 8 de noviembre

“La caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 fue el momento en que se dijo que la historia había terminado. El combate entre el comunismo y el capitalismo había llegado a su fin. Después de una titánica batalla ideológica que abarcó las décadas de la segunda posguerra, los mercados abiertos y la democracia liberal occidental reinaban sin contestación. En la madrugada del 9 de noviembre de 2016, cuando Donald Trump cruzó el umbral de los 270 electores para pasar a ser el presidente electo de EEUU, esa ilusión quedó destruida. La historia ha vuelto… y cómo. Su victoria pone en riesgo antiguas certidumbres sobre EEUU y su rol en el mundo. ¿Qué va a quedar en su lugar?” (“America’s new president – The Trump era”, The Economist, 12-11-16)

 

Este artículo estaba prácticamente terminado cuando las elecciones presidenciales del martes 8 de noviembre en EEUU trajeron el bombazo del triunfo de Donald Trump. Eso hizo necesario este prólogo. Efectivamente, como reconoce The Economist, la ilusión del “fin de la historia”, de un orden mundial neoliberal que imperaría de aquí a la eternidad presidido por EEUU, ha recibido un golpe fulminante.

En verdad, esa ilusión ya venía muy deteriorada por las crisis económico-sociales sin soluciones ni final a la vista, la caída sin piso del nivel de vida y de empleo de las grandes mayorías y el contraste indignante con la concentración cada vez mayor de riquezas en el otro polo, para no hablar de las guerras interminables o de atrocidades como el éxodo mundial de refugiados. Pero este golpe ha sido dado desde la derecha, no desde la izquierda, aunque muchos trabajadores estadounidenses hayan votado por Trump a falta de alternativas visibles. Además, las nubes negras de la demagogia de Trump lanzan rayos y relámpagos contra la globalización y sus efectos, pero no indican con claridad y precisión la alternativa, más allá de un “proteccionismo” de contornos aún imprecisos y por definir.

Lo indudable en relación a Trump se da hasta ahora por la negativa: expresa la crisis de la globalización neoliberal –agravada desde la crisis del 2008–, pero no marca con exactitud los alcances y contornos de las alternativas y soluciones concretas que propone. Lo único seguro es su carácter archireaccionario. En ese sentido, no debe haber lugar para hacerse ilusiones.

Conmoción mundial

El triunfo de Trump ha implicado una conmoción política y geopolítica mundial. Y no porque los grandes medios estadounidenses (todos anti Trump) y/o las encuestadoras hayan dado por descontada la victoria de Hillary Clinton, cuya candidatura era sólo más de lo mismo. La conmoción se produce porque abrió la posibilidad (no la seguridad) de un rumbo proteccionista-autárquico de Estados Unidos, que aún es –pese a su decadencia y retrocesos relativos– la principal potencia imperialista, tanto a nivel económico como financiero y militar.1 Es decir, un giro (o, por lo menos un trastorno) en el camino de la globalización neoliberal, emprendido en verdad ya antes de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Unión Soviética.

Si su gobierno fuese a fondo en ese sentido –lo que no es de ninguna manera seguro– podría iniciarse a un cambio importante del orden económico mundial. El actual orden mundial neoliberal podría llegar a su fin, pero no para dar paso a algo mucho mejor. Lo que bosqueja confusamente el trumpism es un curso proteccionista-aislacionista que sería impuesto a las trompadas por EEUU a sus socios y/o competidores.

Y esos cambios –que aún está por verse– no implican que los trabajadores serían beneficiados. Una cosa es la demagogia que permitió a Trump ganar votos de la clase trabajadora, y otra es lo que hará desde el trono de Washington.

Conviene recordar que en la historia del capitalismo, libre cambio y proteccionismo se han ido alternando, pero como dos caras de la misma moneda capitalista. En muchos casos, el proteccionismo, por parte de los Estados imperialistas, ha sido la respuesta beligerante en períodos y situaciones de crisis. En el siglo XIX, que presenció el “big bang” del capitalismo y la conformación de los imperialismos modernos, el Imperio Británico, la principal potencia, fue sucesivamente “proteccionista” y “librecambista”, según sus conveniencias. Después de lograr una abrumadora superioridad industrial, el Reino Unido a mediados del siglo XIX pasó del proteccionismo a una cruzada mundial por el libre cambio.

Luego, en la época entre las dos guerras mundiales –las de 1914-18 y 1939-45–, se generalizaron el proteccionismo y los intentos de “autarquía”. Sobre todo después del estallido de la Gran Depresión en 1929, tanto los democráticos Estados Unidos como los regímenes nazi-fascistas de Hitler y Mussolini eran proteccionistas al extremo.2

Al finalizar la última guerra mundial, la brújula apuntó otra vez hacia el librecambio. Se reinició la llamada globalización de la economía mundial, interrumpida y en retroceso desde la Gran Guerra de 1914. Pero esto aún era gradual, y no implicaba la eliminación drástica de barreras en la producción, las finanzas y el comercio mundial. Esto sería impulsado por el neoliberalismo desde fines de los 70 y, sobre todo, en los 80, como respuesta a la crisis que puso fin a los “30 gloriosos”, los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial que fueron los de mayor crecimiento en la historia del capitalismo, por lo menos en los países centrales de Europa occidental, Japón y EEUU.

El gran interrogante es hasta dónde va a ir EEUU con Trump en este giro. Si va a implicar un giro importante que profundice pasos ya anunciados, como la revisión drástica del NAFTA (tratado de libre comercio con México y Canadá), la no aprobación del Trans-Pacific Partnership (TPP), proyecto de mercado común de EEUU con países del Asia-Pacífico, América Latina y Canadá, para enfrentar a China, y lo mismo en relación al Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) de EEUU con Europa. Hoy, estos interrogantes son imposibles de responder.

Además, hay que despejar cualquier equívoco en relación a la demagogia proteccionista de Trump, que se presenta como un remedio a la catástrofe social que el neoliberalismo implicó para EEUU, especialmente para su clase obrera y trabajadora. Sus lágrimas de cocodrilo por ese desastre de la clase obrera estadounidense –pero exclusivamente de la clase trabajadora blanca–, no pueden ocultar que Trump constituye un personaje ultra reaccionario, racista –en especial contra negros, latinos e “islámicos”–, machista repugnante y, en el fondo, como todos los demagogos de extrema derecha, enemigo mortal de los trabajadores.

Al mismo tiempo, lo de Trump expresa también el fracaso del “progresismo” en general y no sólo del Partido Demócrata de EEUU. Los “demócratas” estadounidenses, las variantes socialdemócratas europeas (incluso las que aparentaban ser más “radicales” como Syriza), y en América Latina corrientes como el chavismo, el PT brasileño o el kirchnerismo en Argentina, son muy distintos pero tienen un rasgo común. Desde el gobierno, jamás han tomado medidas de fondo, estructurales, que afecten a sectores del gran capital. Ni siquiera algunas reformas en serio, como intentaron en su momento ciertos gobiernos imperialistas (como el de Roosevelt) o algunos nacionalismos del “Tercer Mundo”. Hoy, sólo hacen parches y remiendos, y eso en el mejor de los casos. En Europa, fue el “socialista” Hollande quien liquidó gran parte de las conquistas históricas del movimiento obrero francés. En Grecia, el plan de austeridad más atroz lo aplicó Tsipras, que se presentaba como la “izquierda radical”. En EEUU, Obama ganó la presidencia en 2008 con la consigna “Change” (cambio)… y no cambió nada de nada. En todo el mundo, el reformismo posmoderno es el reformismo sin reformas.

Eso explica que Trump, un demagogo tan reaccionario como grotesco, haya podido irrumpir en el escenario político de descontento de EEUU y batir, primero, al establishment del Partido Republicano, y luego, a la corrupta candidata demócrata.

Hay que tener eso muy en cuenta, considerando lo que quizá se viene. Si lo de Trump se ratifica como un intento de reordenamiento económico y político ultra reaccionario en EEUU y con proyecciones mundiales, esto podría llevar a enfrentamientos mucho más duros, menos “descafeinados” que los que vimos en la era neoliberal en EEUU, Europa y América Latina. En última instancia, esto es lo más importante a considerar.

Debemos prepararnos para eso, construyendo alternativas políticas independientes de los tradicionales partidos del sistema, con programas revolucionarios que estén a la altura de esos nuevos desafíos. Es que una agudización de las contradicciones y los enfrentamientos sociales y políticos puede alumbrar no sólo a personajes como Trump sino también a alternativas a la izquierda.

Luces y sombras

 

En esa perspectiva, y sin subestimar la importancia de este triunfo archirreaccionario al interior del principal Estado imperialista, hay que subrayar que también hubo tendencias en sentido contrario.

En primer lugar, Trump será presidente gracias al sistema electoral más antidemocrático del planeta. Ganó la mayoría del Colegio Electoral, pero fue minoría en el voto popular. Este sistema fraudulento escandaloso se remonta a la fundación de EEUU, y fue dispuesto para dar una mayoría artificial a los pequeños estados, principalmente a los esclavistas.

Más importante aún, en el curso del proceso electoral la única sorpresa no fue Donald Trump. La otra gran novedad fue la irrupción de Bernie Sanders, un candidato que se proclamaba “socialista” en el país donde la demonización del socialismo ha traspasado todo límite. Como reveló Wikileaks, Hillary Clinton y el aparato del Partido Demócrata debieron recurrir a las maniobras más sucias y fraudulentas para derrotar al único precandidato que, además, habría podido medirse con Trump en la conquista de un “voto castigo” que finalmente acaparó la derecha.3

Sin embargo, lo más importante vino luego: las movilizaciones masivas –principalmente juveniles y con presencia destacada de mujeres– que se han registrado en las ciudades de ambas costas, encabezadas por Nueva York y Los Ángeles y también en Chicago, las mayores del país. En ellas participaron también, afroamericanos, latinos y LGTTB. Y la consigna principal de esas movilizaciones, “Not my president” (No es mi presidente), es también insólita en la historia de Estados Unidos. Y potencialmente muy peligrosa para la estabilidad del nuevo gobierno, si se llevase hasta sus últimas consecuencias. Cuando en una ocasión no se “reconoció” (aunque por la derecha) a un presidente electo, se llegó a una guerra civil.

Por supuesto, no decimos que ésta sea la situación actual. Además, pesa mucho la última canallada de Obama y el aparato demócrata, que ha sido la de llamar a la calma y la desmovilización, y ponerse al servicio incondicional de Trump para garantizar una transición sin sobresaltos. Obama, Clinton y Cía. pueden ser adversarios políticos de Trump, pero mucho más son defensores de la estabilidad del régimen.

Finalmente, como ya dijimos, este artículo estaba prácticamente escrito el 8 de noviembre. No hubo sin embargo necesidad de hacer cambios significativos, porque precisamente se iniciaba explicando la relativa decadencia del poder de EEUU, que a nivel geopolítico barrió con las ilusiones de un mundo “unipolar” y abrió el campo de juego para otras potencias mundiales –como China y Rusia– y también para potencias regionales, al estilo de Turquía, Arabia Saudita, Irán o la India.

También tomamos en cuenta como un factor fundamental de este debilitamiento relativo de EEUU, los efectos sociales contradictorios de la globalización al interior de la sociedad estadounidense. Ellos sentaron las bases del enorme descontento social que cristalizaría en el “voto castigo” a favor de Trump.

 

  1. El lugar de los conflictos geopolíticos

 

La actual coyuntura mundial podría definirse como un momento marcado (aunque no exclusivamente) por contradicciones y enfrentamientos “geopolíticos”; a saber, las tensiones y disputas (más o menos violentas o pacíficas) a nivel del sistema mundial de estados. No siempre ha sido así en los últimos años.

Considerando el lapso que va desde 2007-2008 –cuando se puso en evidencia una crisis financiera y económica que ha sido “emparchada”, pero de ninguna manera superada–, se han ido alternando distintos aspectos predominantes en el centro de la escena mundial.

En un primer momento, el actor principal fue esa misma crisis económico-financiera. La política central fue que los de abajo paguen los platos rotos. Para eso, se estatizaron las pérdidas de bancos, organismos financieros y corporaciones “too big to fail” (demasiado grandes para quebrar), para luego descargarlas mediante medidas de “austeridad” sobre los trabajadores y los pobres. Millones de familias perdieron sus viviendas en las estafas hipotecarias de EEUU y Europa, pero sobran los dedos de una mano para contar las corporaciones financieras de las dimensiones de Lehman Brothers que se derrumbaron.

Así, la crisis se “moderó”, pero no se solucionó en sus bases más profundas. Sigue presente, configurando un ciclo largo de bajo crecimiento o directo estancamiento, que impacta desigualmente en países y regiones, y que pone ahora en debate la tan alabada “globalización”.

Luego de las corridas del 2007-2008, el escenario mundial tuvo otros acontecimientos en su proscenio. Se sucedieron años cruzados por estallidos de movimientos de protesta político-sociales. Algunos de sus picos configuraron rebeliones masivas, incluso de extensión regional, que tumbaron gobiernos y regímenes. Algo así ya se había adelantado en Sudamérica, con los estallidos en Bolivia, Ecuador, Argentina, etc., y que fue el principal factor directo o indirecto que motivó el arribo de los gobiernos llamados “progresistas”, con el de Chávez como el más notorio.

Poco después, por diversos motivos –desde los costos de la crisis económico-financiera que comenzaban a pagar los trabajadores y sectores populares, hasta el odio a gobiernos y regímenes autoritarios–, el mapa de mundo se llenó con los numerosos puntos “rojos” de esos movimientos, protestas y rebeliones, de importancia muy desigual y extremadamente heterogéneos social y políticamente.

Entre esas variadas protestas y rebeliones –que durante ese tramo fueron el rasgo más destacado de la situación mundial–, podemos mencionar a los movimientos de los “Indignados” del Estado español, a Occupy Wall Street en Estados Unidos, a las masivas protestas obreras, juveniles y populares de Francia en 2010, a las luchas de los trabajadores y la juventud de Grecia contra el austericidio impuesto por la Troika, a los estallidos en serie de la “Primavera Árabe” que se iniciaron en Túnez también al finalizar 2010 y luego se extendieron a Egipto, Libia, Siria, Yemen y otros países de la región… Después, tuvimos el movimiento de Parque Gezi en Turquía (2013) y otras movilizaciones notables. Aunque más tardíos y contradictorios en sus iniciales contenidos y sus resultantes políticas, los estallidos de Ucrania en 2014, tanto en el oeste como en el este del país, también pueden encuadrarse en este fenómeno global.

En Extremo Oriente, recordemos, entre otros hechos, la rebelión de los “camisas rojas” (2010) en Tailandia o la primera huelga general de la India (2012). Pero, en esa región, lo que un día puede tener importancia mundial invalorable, es el curso más “evolutivo” de China. Allí, la inmensa y joven clase obrera generada por su revolución industrial viene despertando y realizando importantes luchas, a pesar del régimen dictatorial. Pese a las oscilaciones, descoordinación y sobre todo a la ausencia de organización y programa políticos globales, esa conflictividad en China se ha mantenido, y habría alcanzado un nuevo pico a fines del 2015. Además, en Hong Kong, en 2014, una rebelión democrática, encabezada por la juventud, puso en apuros en ese enclave a la dictadura de los burócratas billonarios de Beijing.

Pero estas protestas y rebeliones no están hoy en la primera línea de la escena mundial. Se han producido derivas a la derecha; la más terrible, la derrota de la “Primavera Árabe”. Simultáneamente, se ha dado la multiplicación de conflictos y crisis en el sistema mundial de estados. Aparecen en primera fila crisis “estatales” y/o enfrentamientos directos o indirectos entre estados, que en el caso de Medio Oriente han derivado en guerras. O sea, priman los acontecimientos que se denominan “geopolíticos”.

Esto tiene que ver –entre otros motivos– con el hecho de que esas luchas y protestas político-sociales a las que aludimos antes no lograron en general triunfos rotundos ni generar procesos progresivos o revolucionarios sostenidos. En estos momentos, más bien están predominando tendencias hacia la derecha, sin que eso constituya de ninguna manera un cuadro uniformemente sombrío, ni menos aún que no se expresen tendencias opuestas.

En resumen, sin que se hayan desvanecido las luchas sociales y políticas, ni mucho menos que se haya solucionado la crisis crónica de la economía capitalista mundial, lo que más se destaca son hechos de otra naturaleza, los enfrentamientos y conflictos geopolíticos. Así, desde los más diversos sectores académicos y/o políticos se elaboran esquemas y pronósticos en torno a las alianzas y rivalidades entre estados.

Aquí, en primer lugar, intentaremos una definición global de la presente situación geopolítica mundial, marcada por crecientes tensiones y crisis, donde ya no juega sola la principal potencia, EEUU. Dentro de ese cuadro global, consideraremos el carácter de China y Rusia como estados. Es que ambos son hoy protagonistas de primera fila en el escenario geopolítico mundial, curso que se ha dado paralelamente a los crecientes problemas geopolíticos e internos de EEUU y la Unión Europea. Asimismo, vemos doblemente necesaria una caracterización de su naturaleza como estados, dado que son considerados por diversos sectores como más “progresivos” que los tradicionales imperialismos de EEUU y Europa.

Por último, en un apéndice histórico, veremos sintéticamente definiciones sobre las anteriores etapas geopolíticas que han precedido al mundo actual, nacido en 1989-91 tras el fin de la Unión Soviética y la restauración capitalista en prácticamente todos los Estados que se reclamaban “socialistas”.

 

 

  1. Un sistema mundial de Estados “multipolar” con tendencias crecientes a la inestabilidad

 

“EEUU se tambaleó por los efectos de la guerra de Irak… La invasión de Irak en 2003 causó un daño permanente a EEUU en el mundo. Después de la caída de Saddam Hussein, la violencia sectaria desgarró a Irak, y el poder de EEUU comenzó a debilitarse. No sólo el gobierno de George W. Bush fracasó en su intento de cambiar el orden en la región a través de la fuerza, sino que los costos políticos, económicos y de poder de esa aventura finalmente socavaron la posición global de Estados Unidos. La ilusión de un mundo unipolar se desvaneció” (Frank Steinmeier, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, “Germany’s New Global Role”, Foreign Affairs vol. 85, no. 4, julio-agosto 2016).

 

El ministro de Relaciones Exteriores de Merkel tiene razón al alegar que “la ilusión de un mundo unipolar se desvaneció”. Y si se intenta caracterizar con una palabra el panorama del sistema mundial de Estados en la actualidad, habría que comenzar por definirlo como lo opuesto; o sea como “multipolar” o, quizá también, “policéntrico”. Aunque, por supuesto, existen enormes desigualdades entre esos múltiples polos. Y, además, una sola palabra no es suficiente para retratar un presente geopolítico complejo y contradictorio. Asimismo, es muy importante agregar que esos “polos” –grandes, medianos y pequeños– y sus relaciones cruzadas, muestran hoy cierta inestabilidad, desequilibrios y sobre todo tensiones crecientes y conflictos, algunos potenciales y otros que ya están en marcha.

Las tensiones se dan sobre el telón de fondo de un ciclo recesivo de larga duración en la economía global. En 2008 tuvo un pico de crisis serio. Pero luego las cosas no se solucionaron mediante el reinicio de un ciclo de crecimiento sostenido. Todo es “anémico”, aunque desigualmente: la “anemia” de China no tiene las mismas tasas que la de Italia. Pero, en todo el mundo, las consecuencias de esa “anemia” la pagan las masas trabajadoras y populares.

Esto se refleja, además en otro dato que sintetiza además el anquilosamiento de la llamada “globalización”: durante los casi 25 años antes de la crisis del 2008, el comercio mundial crecía el doble que el PBI mundial. Desde 2008, a duras penas llega a igualarlo. ¡Las supuestas “ventajas” del capitalismo globalizado se desacreditan cada vez más! Sólo han favorecido, en un extremo, la concentración más escandalosa de riqueza de la historia de humanidad… y, en el otro extremo, un crecimiento fenomenal de la desigualdad y la miseria: hoy, “el 1% más rico de la población mundial acumula más riqueza que el 99% restante”.4

¡Pero los gobiernos siguen jurando sobre la Biblia del capitalismo y los Evangelios de la globalización neoliberal, y continúan negociando “tratados de libre comercio”, aunque por abajo abren el paraguas tomando medidas proteccionistas todavía puntuales, pero que ya indican tendencias de que la cosa no va bien!

Es verdad que “la ilusión de un mundo unipolar se desvaneció” al poco tiempo de iniciar EEUU las aventuras de Irak y de Afganistán, de las que aún no ha terminado de salir por completo. ¿Pero por qué se reveló tan rápidamente como una ilusión ese “mundo unipolar”? ¿Sólo por Afganistán e Irak? ¿O porque esos fracasos dejaron al descubierto debilidades y problemas más serios de la “superpotencia”, al tiempo que entraba en escena China y retornaba Rusia?

Esa “ilusión de un mundo unipolar” tenía su razón de ser. Nació luego de 1989-91 al producirse el derrumbe y disgregación de la Unión Soviética. Es que, geopolíticamente, el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial era visto ante todo como “bipolar”: EEUU versus la Unión Soviética. Era el período de la llamada Guerra Fría.

Pero repentinamente uno de los polos de esa “bipolaridad” desapareció. Entonces, la definición parecía simplísima, aritmética: 2 – 1 = 1. Restaba un solo polo geopolítico, los Estados Unidos. ¡Dicho de otro modo, estábamos en el mundo unipolar!

Las cosas demostraron ser más complicadas. Eso tenía que ver con los procesos económicos, políticos y geopolíticos que se habían desarrollado en ese mundo relativamente “bipolar”, desde que nació al finalizar en 1945 la Segunda Guerra Mundial. En esa posguerra se inició luego la Guerra Fría, que en verdad siempre estuvo contenida y regulada en el marco de los acuerdos de Yalta-Potsdam, por los cuales Washington y Moscú se repartieron el mundo. La Unión Soviética, uno de sus polos, se había “disuelto”. Pero el polo triunfante, Estados Unidos, tras casi medio siglo de mundo bipolar, no era igual ni más fuerte que al inicio, en varios aspectos fundamentales que veremos a continuación.

Podríamos comparar esto con una carrera de larga distancia en que compiten dos corredores. Uno de ellos, la URSS, se derrumba repentinamente por un infarto. El otro corredor, EEUU, llega a la meta y es el triunfador, pero eso no implica que esté mejor o igual de salud que al momento de partir, 45 años antes. Efectivamente, durante ese largo período, EEUU, como Estado, había tenido sus “problemas de salud”… aunque no mortales, como fue el caso de la Unión Soviética. Veamos algunos de ellos.

 

2.1 Las guerras y sus consecuencias

 

En 1975, por primera vez en la historia, EEUU –superpotencia militar jamás derrotada– perdió una guerra, la de Vietnam.5 Para peor, este resultado no fue simplemente militar, sino el subproducto de una enorme movilización de masas juvenil y popular en EEUU, que abrió una crisis política y también de sus fuerzas armadas.

Es verdad que este movimiento de masas contra la guerra, así como el movimiento de los derechos civiles de los afroamericanos que lo precedió, fueron luego en gran medida “reabsorbidos” por el sistema, pero no sin dar concesiones y hacer cambios con ciertas consecuencias.

Uno de ellos, de importancia geopolítica, fue el giro a un ejército exclusivamente profesional, un cambio facilitado por los avances tecnológicos en materia militar. Esto intenta evitar que se repita el rechazo popular a las futuras guerras, que en el caso de Vietnam había sido agudizado por el servicio militar obligatorio que golpeaba a las familias.

La profesionalización de las fuerzas armadas fue eficaz para evitar, en los casos de Irak y Afganistán, la repetición de protestas masivas. Pero no ha solucionado la paradoja de una gran potencia imperialista que tiene que evitar los envíos masivos de tropas en sus intervenciones y debe reemplazarlas con aviación, drones y tecnología. Este problema no parecen tenerlo mayormente sus actuales rivales, Rusia y China.

 

2.2 Del “American Dream” a la pesadilla de la globalización

 

No hay que subestimar el tema de las guerras ni, concretamente, el fracaso de la ventura geopolítica de Bush de colonización casi directa del “Gran Medio Oriente”. Pero hay otro factor tanto o más importante que esas guerras en sí mismas para explicar las inesperadas debilidades del imperialismo más poderoso, luego de quedar solo en la escena después de 1989-91.

Nos referimos al progresivo deterioro de las condiciones de vida y de trabajo en EEUU, y el crecimiento paralelo de la desigualdad social. Esto ya se inicia a mediados de los 70 y se va profundizando cada vez más al compás de la globalización que en los 90 recibe otro impulso formidable, decisivo, por la caída de la Unión Soviética y la restauración capitalista en China y todo el (falso) “mundo socialista”. Luego, con la crisis de 2008, se presenta al mismo tiempo la oportunidad de dar otro mazazo para liquidar lo que quedaba de las concesiones y conquistas de los buenos tiempos de posguerra.

Recordemos que a mediados de los 70 finalizan los “30 gloriosos”, es decir, las tres décadas de la bonanza de posguerra. Fue el período de crecimiento económico más alto de la historia del capitalismo en los países centrales; a saber, EEUU, Europa (occidental) y Japón. Simultáneamente, las concesiones del Estado y las patronales –corporizadas en el “Estado de Bienestar”– fueron también sin precedentes en esas décadas. No sólo eran concesiones posibles en medio de esa bonanza, sino también ineludibles por la fuerza de los movimientos obreros y además la competencia con el “comunismo”.

Aunque con menos concesiones que los Estados europeos, EEUU en ese período fue el “mundo feliz” de la clase obrera y trabajadora, y también de los sectores de clases medias, pequeños comerciantes y empresarios… por supuesto, siempre que fuesen WASPs (White, Anglo-Saxon, Protestant).6

En el Manufacturing Belt (cinturón industrial) que se extendía por varios estados desde los Grandes Lagos al Atlántico, estaba lo que casi podríamos llamar la “fábrica del mundo”. Hoy esa región ha cambiado de nombre. Ahora se la conoce como el Rust Belt (cinturón de óxido): sólo quedan las ruinas de gran parte de esas fábricas y de las grandes ciudades industriales como Detroit.

Frente a la crisis que estalla a mediados de los 70, el capitalismo estadounidense encabezó un salto cualitativo en el proceso de globalización, que ya se había reiniciado al finalizar la guerra. Esto tuvo varios componentes, como, por ejemplo, la globalización financiera, que instaló sus dos principales capitales en Nueva York y Londres. Pero el más importante, que transformó la producción a escala mundial, fue la globalización de la producción, facilitada por la revolución de los containers en el transporte marítimo y otros avances tecnológicos.

Los productos industriales no se fabricaron ya en un solo lugar ni país. Los procesos productivos se realizan hoy en varios países, y sus partes convergen en algún punto del planeta donde se arma el producto final, desde un automóvil a una computadora.

Esta “deslocalización” mundial de la producción permitió al gran capital –cada más concentrado en oligopolios– poner a competir internacionalmente a los trabajadores entre sí, para explotarlos a todos más y mejor: el paria de la India, China o México contra el obrero “privilegiado” de EEUU, Gran Bretaña o Francia. Fue gran negocio pagar a un obrero chino o mexicano el 10% del salario de un estadunidense por hacer el mismo trabajo.

Sobre esos dos pies, la globalización financiera y los oligopolios productivos también globales, el capitalismo pisó el acelerador de la globalización neoliberal, en la que EEUU jugó un papel central y, en buena medida, conductor.

 

2.3 Internacionalización de producción y finanzas, pero con Estados nacionales

 

Sin embargo, simultáneamente, esto puso en marcha o agravó viejas y (sobre todo) nuevas contradicciones. Entre ellas, la contradicción creciente entre esos capitales que internacionalizan cada vez más su producción y finanzas, por un lado, y las consecuencias sociales y geopolítica en sus respectivos estados, que siguen siendo nacionales, por el otro.

La sociedad capitalista, desde sus orígenes, ha estado cruzada por la contradicción entre el carácter mundial de la economía y el carácter nacional de sus estados. La globalización no la resolvió –como creyeron algunos–, sino que, por el contrario, elevó esa contradicción a un nuevo nivel e hizo surgir nuevos aspectos.

Retomando el ejemplo de EEUU. Para el gran capital estadounidense globalizado fue un magnífico negocio cerrar las fábricas del Manufacturing Belt, convirtiéndolas en el Rust Belt, el cinturón de óxido, y, simultáneamente, abrir otras en China o México, con salarios incomparablemente más bajos.

Pero esto no sólo fue una catástrofe social, tanto para sus trabajadores como para las clases medias e incluso para los otros capitalistas que no huyeron a tiempo. También, desde el punto de vista geopolítico, para el Estado y el imperialismo estadounidense, tuvo consecuencias como mínimo contradictorias.

En primer lugar, la globalización económica y financiera ha proporcionado a la gran burguesía imperialista de EEUU –el famoso “1%”– ganancias sin precedentes, incluso en medio de las crisis. Pero, simultáneamente, debilita los imprescindibles cimentos de consenso del Estado y deteriora sus bases sociales. Eso es lo que han reflejado las recientes elecciones, a través de la mediación muy distorsionada de Trump. ¡El descontento crece cada vez más!

Es verdad que EEUU encabezó la “globalización” de la producción y las finanzas. Sin embargo, eso lo fortaleció en algunos sentidos, pero no en otros. En 1945, EEUU producía en su territorio el 50% del PBI mundial. Este año, según cifras del FMI, medido como PBI nominal, EEUU estaría en el 24,5% (World Economic Outlook Database, International Monetary Fund. October 2016). Y, medido como PPP (paridad de poder de compra), en el 15,6%. Mientras tanto, China –que en 1945 era la nada en comparación con EEUU– alcanza el 15,20%, medido como PBI nominal, y llegaría al 17,5%, medido como PPP (“Report for Selected Country Groups and Subjects-PPP valuation of country GDP”, International Monetary Fund, 13-6-16).

Y esto no se verifica sólo en Estados Unidos. También se aplica a Europa ¿Cuándo el Estado imperialista británico fue social e institucionalmente más sólido? ¿Cuándo concentraba en la isla la industria del Imperio Británico, que además se medía de igual a igual con Alemania? Ahora, que se ha desindustrializado relativamente (sólo el 14% del PBI es industrial), la principal “industria” son los servicios, incluida en primer lugar la ruleta financiera de la City de Londres. ¡Los “servicios” figuran hoy en las estadísticas con casi el 80% del PBI! ¿A quién se le hubiese ocurrido, además, en esas viejas épocas, proponer la secesión de Escocia del Reino Unido?

Hoy las islas británicas y su Estado están cruzados por una crisis social, con regiones industriales en ruinas, similares al Rust Belt de EEUU. Su voto fue decisivo para el triunfo del Brexit, que desató la crisis geopolítica más grave, tanto de la Unión Europea como al interior del Reino Unido, en relación a la posible separación de Escocia.

Y pasando al continente: el clima de descontento y deslegitimación de todo el edificio comunitario que está resquebrajando a la Unión Europea, ¿es obra de algún virus desconocido? ¿Sólo se debe a los inmigrantes? Y antes de que llegaran, ¿todos eran felices, las industrias florecían con trabajos estables y buenos salarios para todos? ¿O los refugiados sólo fueron la gota que desbordó el vaso del descontento preexistente?

 

2.4 El surgimiento de China como gran potencia: un imperialismo en construcción

 

Pero éstas no son las únicas consecuencias negativas o, como mínimo, muy contradictorias para los tradicionales Estados imperialistas. Las deslocalizaciones de la producción globalizada han generado en Centroamérica o México maquilas geopolíticamente “controlables”… por lo menos hasta ahora.

En Asia-Pacífico, las cosas han sido diferentes y más contradictorias. Es que la globalización productiva fue el mecanismo decisivo (aunque no el único) en la irrupción de China como gran potencia, que hoy le está pisando los talones a Estados Unidos. Las inversiones en China y/o la utilización de su industria proporcionaron ganancias colosales al capital estadounidense y europeo. Pero eso, simultáneamente, implicó un debilitamiento geopolítico relativo de sus Estados y crisis social a su interior.

Con China les surge un rival geopolítico cuya talla, sumada al “retorno” de Rusia, pone a EEUU cada vez más lejos del “mundo unipolar” gobernado desde Washington, ilusión que en los años 90 se daba como un hecho. Y no se trata sólo de China. También la India –que además es potencia nuclear– constituye otro “peso pesado” y un interrogante geopolítico.

En un punto específico sobre el escenario del Asia-Pacífico, analizaremos más adelante la expansión de la influencia económica y geopolítica de China, englobadas en las iniciativas de la “nueva ruta de la seda” y otros desarrollos, así como nuevas instituciones internacionales promovidas por Beijing, paralelas (y competidoras) de las fundadas por EEUU en la posguerra. También veremos los roces crecientes con EEUU y otros estados de la región, con amagos de confrontaciones militares, sobre todo después que Obama anunciara el “giro al Pacífico” para hacer frente al nuevo “peligro amarillo”.

Aquí sólo veremos una definición de China como Estado. Esto es importante, entre otros motivos, porque sectores de la izquierda, en América Latina y Europa consideran a China más “progresiva” o, por lo menos, más “benévola” que EEUU y el resto de viejos imperialismos. Algo parecido, aunque con distintos argumentos, se hace en esos u otros círculos en relación a Rusia.

En ese tema, una confusión geopolítica fue durante unos años la constitución de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que puso un falso signo igual entre Estados muy distintos.

Nos parece que la definición más correcta del Estado chino –y de su aparición como potencia capaz de medirse con EEUU– es la de Pierre Rousset: “un imperialismo en construcción” (ver su texto “China – Un imperialismo en construcción”, periódico Socialismo o Barbarie Nº 304, 11-9-14). En ese texto polemiza con razón contra la fábula de los BRICS y los famosos “Estados emergentes”, que tantas fantasías económicas, políticas y geopolíticas inspiraron en la década pasada. Se especuló con el proyecto de una asociación económico-comercial de las “cinco economías nacionales emergentes más importantes del mundo”. En verdad, casi lo único en común que tenían como estados era su gran extensión y población (aunque Sudáfrica mucho menos). Pero ni los BRICS, ni el BRIC (sin Sudáfrica) han confirmado esos sueños. El impacto de la crisis iniciada en el 2008 puso de relieve las diferencias.

Asimismo, a estos países se los ha caracterizado como “subimperialistas”, una categoría de cierta utilidad acuñada el siglo pasado por Ruy Mauro Marini –teórico de la “dependencia”– para caracterizar el rol de Brasil en Sudamérica bajo la dictadura militar en los 60, cuando era una especie de gendarme continental comisionado por Washington. Pero es evidente que hoy ni China ni Rusia ejercen el rol de subimperialismos regionales bajo comando de alguna otra potencia global.

La burocracia maoísta (reconvertida al capitalismo) que gobierna China aprovechó la colosal oportunidad que desde los 90 implicó convertirse en la “fábrica del mundo”, que desembocó en una verdadera revolución industrial. Bajo la consigna de Deng Xiaoping, “hacerse rico es maravilloso”, la burocracia se hizo billonaria, pero eso no implicó que se convirtiese en lacayo subimperialista de EEUU, como es el caso (histórico e irremediable) de la gran burguesía brasileña.

La clave principal de esta diferencia es la mediación de una gran revolución, la de 1949, una de las más importantes del siglo pasado. No fue una revolución obrera y socialista, y su burocracia la hizo desembocar finalmente en un capitalismo con estándares de explotación salvajes. Pero también consumó una transformación social que barrió a la vieja burguesía sirviente de EEUU y otros imperialismos, consumó una revolución agraria y sentó las bases de la independencia nacional. Es sobre ese terreno que la burocracia billonaria se apoyó para erigir a China como segunda potencia mundial.

La peculiar formación económico-social de China, donde una burocracia gobernante generada por una revolución se “reconvierte” en burguesía billonaria, es simultáneamente la fuerza y la debilidad de su régimen. El marxista chino Au Loong Yu, al polemizar con Giovanni Arrighi, en su libro Adam Smith en Pekín (2007), considera así a China y su régimen:

“Sobre la base de las experiencias de Occidente, la burocracia y la clase capitalista son considerados como dos grupos sociales diferentes e incluso opuestos. Por el contrario en China la burocracia es la clase capitalista […]. Si el Estado-partido conserva la propiedad de los comandos de la economía, no es en razón de cualquier adhesión al ‘socialismo’, como lo hace entender Arrighi. Es simplemente porque la elite dirigente no puede tolerar abandonar los sectores más rentables de la economía. […] Pero, por más hegemónica que sea, el Estado-partido funciona igualmente de manera contradictoria. Es eficaz para controlar a la población, pero pierde progresivamente el control sobre sí mismo. No puede controlar su propia voracidad, ni su corrupción ni sus dimensiones. El número de funcionarios no deja de crecer, a pesar de las directivas del gobierno central. Los escándalos son ejemplos de la importancia de la corrupción, que se traduce en una desconfianza y un odio profundo de la población por los funcionarios gubernamentales, y la desintegración del tejido social pone a un número creciente de ciudadanos al borde de la rebelión” (Au Loong Yu, “Fin d’un modèle ou naissance d’un nouveau modèle ?”, Inprecor, N° 555, novembre 2009).

Y, efectivamente, desde que Au Loong Yu escribió esto, los llamados “incidentes”, tanto obreros como populares, han tenido –con alzas y bajas– una tendencia a multiplicarse. Y un caso especial ha sido la “rebelión de los paraguas” de Hong Kong.

Asimismo, con Xi Jinping, que asume el mando del PCC en 2012, hay un intento de hacer frente a los desafíos internos y externos. Al interior, hay una limpieza anticorrupción, pero que dudosamente acabe con una cuestión que es estructural y que hace al modo de dominación y reparto de la plusvalía en un sistema simbiótico de burguesía-burocracia. Al exterior, se lanza la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, que veremos más adelante.

 

2.5 Rusia: ¿Un imperialismo en re-construcción?

 

La naturaleza de la Rusia actual es también un tema de debate importante como el de China. Y en esto, también varían mucho los puntos de vista que aparecen en la “izquierda” en general. Mientras algunos presentan a la Rusia de Putin como un imperialismo cabal, en el otro extremo se la describe casi como una inofensiva semicolonia, que hace todo lo que puede para defenderse de los pendencieros de la OTAN.

“¿Rusia en un poder imperialista, parte del ‘centro’ del capitalismo global? ¿O, dadas sus características económicas, sociales y político-militares la señalan como parte de la ‘periferia’ o ‘semiperiferia’ global; es decir como uno de la mayoría de países que, en mayor o menor grado, son blancos del acoso y del saqueo imperialistas?” (Renfrey Clarke and Roger Annis, “The Myth of ‘Russian Imperialism’: in defence of Lenin’s analyses”, Links, 29-2-16). Tal es la pregunta retórica que se hace uno de los tantos polemistas, que opina que Rusia no es “un poder imperialista”. Y nos remiten a Lenin –en “El imperialismo fase superior del capitalismo”(1916/17)– y la definición sintética que formula allí del imperialismo.7

En esa definición, evidentemente, la actual Rusia no entra totalmente. Pero tampoco le cabía a la Rusia zarista de la época de Lenin. Sin embargo, a nadie en esa época –tampoco a Lenin– se le ocurría decir que Rusia no fuese un imperialismo, aunque evidentemente no era como el Imperio Británico, Alemania, Francia o EEUU, y exhibía atrasos aún peores que los de la Rusia actual.

Es que la Rusia de los zares (y hoy también la Rusia de Putin) presentaba una combinación extrema de desigualdades, de rasgos económicos y sociales atrasados y avanzados. Tenían en algunas ciudades las más grandes fábricas de Europa, y en otras regiones un atraso de siglos, con relaciones serviles o hasta tribales en al campo. Financieramente, los zares eran una semicolonia de los banqueros de París, mientras al mismo tiempo imperaban sobre innumerables naciones no rusas, etc. ¡No es casual que haya sido un ruso –León Trotsky– quien formula la “ley del desarrollo desigual y combinado”, inspirándose explícitamente en la realidad rusa de extremados contrastes y de “amalgama de formas arcaicas y modernas”!

La Rusia que emerge tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, luego de más de seis décadas de stalinismo, no era por supuesto la Rusia de los zares, pero tenía poco que envidiarle en cuanto a “extremados contrastes”, por ejemplo, entre una industria militar y aeroespacial que se mide con, y en algunos aspectos supera a, EEUU, y una economía donde los hidrocarburos son aún la principal fuente de divisas, como si fuese Ecuador o Venezuela. Pero no nos confundamos: en el cuadro geopolítico del planeta, Rusia no es Venezuela ni tampoco Ecuador.

Los privatizadores y neoliberales extremos que gobernaron con Yeltsin llevaron a Rusia a la bancarrota de 1998. Es probable que en esos primeros años, el carácter de Rusia e, incluso, la posibilidad de su fragmentación estuviese entre signos de interrogación. Pero la reacción nacida de las entrañas del aparato del Estado –que se corporizó en Putin, que hizo su carrera específicamente en el aparato militar– impuso un giro bonapartista.

De ninguna manera liquidó a los oligarcas neoliberales que saquearon al Estado. ¡Putin no tiene nada de socialista ni anticapitalista! Pero les impuso obediencia, junto con nacionalizaciones de cierta importancia. Quienes lo desafiaron terminaron en la cárcel, el exilio o el cementerio. Claro que ese clima represivo también sopla hacia la izquierda…

La hostilidad creciente de EEUU, la OTAN y (desigualmente) la UE –con provocaciones como la guerra con Georgia (2008), Ucrania (2013-14) y los despliegues militares en el Báltico y Polonia– no hizo más que fortalecer su figura al interior de Rusia. Especialmente lo de Ucrania elevó la popularidad de Putin a cifras inalcanzables para sus colegas occidentales. La demostración de fuerza en la guerra de Siria, que contrastó con las vacilaciones de EEUU y las potencias europeas, completó este cuadro.

De alguna manera, la definición geopolítica de la Rusia de Putin la aporta el mismo Putin. Su proyecto parte explícitamente de la reivindicación histórica de las Rusias, sus imperios y sus zares, de los que se presenta como su continuación y reconstrucción. En ese sentido, para que no queden dudas, Putin acaba de erigir frente al Kremlin una estatua monumental de Vladimir I, fundador de la Primera Rusia en 988. “Vladimir pasó a la historia como el unificador y defensor de las tierras rusas, como un político visionario. Ahora nuestro deber es ponernos de pie y enfrentar juntos los retos y las amenazas modernas, basándonos en su legado”, dijo Putin al inaugurarla. Otros destacados zares constructores del poder imperial, como Pedro el Grande, también figuran en el santoral oficial.

En cambio, para Putin existe una figura abominable y culpable de todos los males en la historia de Rusia: Vladimir Lenin. En enero pasado, Putin llegó a hacerlo responsable post mortem de la disgregación de la Unión Soviética: “Puso una bomba atómica bajo la casa de Rusia que después explotó” (Isabelle Mandraud, “Putin y el desafío de Lenin”, Viento Sur, febrero 2016). ¿Cuál es esa maldita bomba leninista, que disgregó los dominios de Rusia? El principio defendido por Lenin (contra Stalin, al constituirse la URSS) de “autodeterminación de los pueblos” con “igualdad plena” y el “derecho de cada uno a abandonar la Unión” (ídem). Putin, con toda franqueza, explica que va en dirección opuesta.

En ese sentido, su proyecto reconstructivo, al tiempo que abomina de Lenin, reivindica no sólo la Rusia imperial de los grandes zares sino también la de Stalin, aunque en este caso esquiva prudentemente personalizar. Para eso se toma de un gran hecho histórico, la lucha heroica y la victoria de la Unión Soviética sobre el nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Los monumentales desfiles militares que organiza frente al Kremlin, están presididos por dos colosales escudos, el del águila bicéfala usado por los zares y el de la hoz y el martillo. Pero, al igual que hacía Stalin, este triunfo sobre el nazi-fascismo es vaciado de su contenido internacionalista: es “la Gran Guerra Patria”.

Esta reconstrucción o recomposición geopolítica encaminada por Moscú mira hacia Oriente y también hacia Occidente. Se expresó tanto frente a la cuestión de Ucrania como a los proyectos “euroasiáticos” que están en curso con China y diversos estados de Asia Central. Y es en función de ella que además Moscú interviene decisivamente en la guerra de Siria.

 

  1. Principales puntos de tensiones y conflictos geopolíticos en la actual escena mundial

 

Advertencia: Como aclaramos al inicio, este artículo fue terminado en vísperas de las elecciones en EEUU. El cambio del comando del imperialismo norteamericano que se expresó allí puede también cambiar en mayor o menor medida la situación en algunos o en todos estos escenarios. Entretanto, se esboza una especie de “limbo” geopolítico hasta la asunción de Trump, el 20 de enero de 2017.

En la actualidad, vemos cinco principales áreas de tensiones y conflictos geopolíticos que se despliegan mundialmente. La primera es la del Medio Oriente, con sus varias guerras y enfrentamientos directos o indirectos entre Estados. La segunda es la del Asia-Pacífico, cuyos principales protagonistas son China y Estados Unidos. La tercera es la del “frente europeo”, con dos expresiones: por un lado, el Brexit y la llamada “crisis existencial” de la Unión Europea; por el otro, el enfrentamiento EEUU-UE-OTAN versus Rusia, que hoy tiene en Ucrania una expresión militar. La cuarta, en América Latina, que se expresa en la crisis y naufragio casi total del bloque “progresista”. La quinta y última abarca los múltiples conflictos del África subsahariana y del Cuerno de África.

 

3.1. Guerras en Medio Oriente después de la Primavera Árabe ahogada en sangre

 

De esos conflictos geopolíticos, los más impactantes (pero quizá no los más decisivos a largo plazo) se desarrollan hoy en Medio Oriente. En primer lugar, la guerra de Siria (o, más bien de Siria-Irak). La derrota de la Primavera Árabe da paso en Siria, Irak, Libia, Yemen, etc. a guerras civiles combinadas con confrontaciones geopolíticas e intervenciones de otros Estados.

Por una combinación de factores, que van desde las operaciones de las diferentes fuerzas reaccionarias (tanto locales como de las potencias imperialistas) a las limitaciones sociales y políticas de los iníciales movimientos, la Primavera Árabe derivó en derrotas o retrocesos de diversa gravedad. Lo peor ha sido lo de Siria, relacionado también estrechamente con los procesos político-sociales en Iraq y Líbano.

En esa porción oriental del “Creciente” o “Medialuna Fértil”, las movilizaciones de masas que tomaron fuerza especialmente en Siria a lo largo del 2011, fueron sustituidas por lo que podríamos llamar “pluri-guerras” o “multi-guerras”, donde no hay simplemente dos bandos combatientes sino una trama compleja de actores directos o indirectos, locales o exteriores (que obran, estos últimos, como “sponsors” o patrocinadores). Hablamos de “pluri-guerras” o guerras “multifacéticas” porque en Siria-Irak especialmente hay una combinación fluctuante de diversos conflictos armados que es necesario diferenciar, aunque a veces no sea fácil. La principal de estas “pluri-guerras” se ha venido desarrollando centralmente en Siria-Irak, con enfrentamientos que se extienden o reflejan también en el Kurdistán turco, y el Líbano.

Una guerra parecida (aunque con otras complejidades) se inició también en Libia después de la caída de Gadafi en octubre de 2011. Luego, en Yemen, el derrocamiento del presidente al-Hadi en septiembre de 2014 desató un conflicto en el que no sólo intervienen Arabia Saudita y otros estados árabes (con apoyo de EEUU), sino donde también actúan por su cuenta y controlan territorios Al Qaeda y el Estado Islámico.

En Egipto, el otro gran epicentro de las rebeliones en Medio Oriente, el golpe de Estado militar y la dictadura de al-Sisi impusieron una dura derrota que seguramente no será eterna, pero que hasta ahora no ha sido remontada. El régimen militar pareciera estar hoy en un proceso de deterioro –tanto por motivos económicos como de pérdida de consenso político-social–, que da lugar de tanto en tanto a fuertes estallidos de protesta. Pero es difícil medir este declive, aunque es evidente que el apoyo inicial a al-Sisi de sectores de masas (incluso de la clase trabajadora) se ha ido desinflado. La dictadura trata de compensar esto con más represión.

En Siria (que es el epicentro, junto con Irak, de esas confrontaciones armadas y también de la situación geopolítica de Medio Oriente), la militarización de los enfrentamientos sacó de la escena a un movimiento de masas populares que no tenía modo de continuar en ese nuevo terreno su alzamiento en forma unida ni políticamente independiente. Esto se agravó cualitativamente porque, a diferencia de Egipto, la clase obrera y trabajadora como tal y sus organizaciones no jugaron ningún rol en la inicial rebelión siria. Todo fue exclusiva y excesivamente “popular”, con el agravante de que tanto Siria como Irak tienen un mosaico étnico y sectario como no existe en Egipto.8

En su momento, muchas corrientes de izquierda en Occidente exaltaron esa deriva a la militarización, como si fuese el salto a un nivel superior de lucha de la inicial rebelión. Pero la lección es que sin fuertes organizaciones políticas revolucionarias el paso a la lucha armada en una rebelión masiva, pero también caótica y sin la menor preparación político-militar en ese sentido, no es de por sí automáticamente progresivo. Puede dejar la puerta abierta a derivas y factores muy adversos.

Las masas movilizadas inicialmente por consignas democráticas elementales, fueron sustituidas por una caótica guerra de decenas de aparatos militares, que en su gran mayoría no son independientes sino patrocinados por diferentes Estados regionales (Arabia Saudita, en primer lugar, seguida de otros gobiernos del Golfo, Turquía, etc.) y/o por potencias imperialistas, con EEUU a la cabeza.

Las iniciales y dispersas fuerzas de autodefensa de las protestas democráticas, conformadas al principio por desertores del ejército de al-Assad, fueron desplazadas total o parcialmente por aparatos militares en su mayoría islamistas, con combatientes en mayor o menor medida importados y/o subvencionados desde el exterior por Arabia Saudita u otros Estados del Golfo, que en muchos casos tienen poco que ver con las poblaciones en las que operan. Una excepción notable en ese panorama han sido las milicias kurdas, operativamente importantes pero que no cambian el cuadro global.9

Este cuadro se hizo aún más complejo con la irrupción del Estado Islámico, originado en Irak pero expandido en Siria, y nutrido también de jihadistas del más variado origen, con una parte destacable de Europa occidental y Rusia. Se trata de una guerra que terminó abarcando abiertamente a dos países (Siria e Irak) y que ha ido involucrando cada vez más a otros estados.

Es que también, del lado del gobierno de Damasco, otras fuerzas y potencias regionales y mundiales fueron saliendo a la palestra. Irán –potencia regional enfrentada a Arabia Saudita– a través de su protegido en Líbano, el movimiento Hezbollah, fueron los primeros en intervenir principalmente contra los grupos jihadistas. Las derrotas infligidas al Estado Islámico, que parecía incontenible, por los combatientes kurdos a partir de la batalla de Kobane (enero de 2015) y operaciones posteriores, ya había producido cambios en el escenario de la guerra.

Pero el gran cambio militar lo determinó la intervención directa de Rusia a partir de septiembre de 2015. Sus operaciones principalmente aéreas determinaron un vuelco de la guerra favorable al gobierno de Damasco, sin que eso haya significado que el resultado de la contienda esté ya decidido.

En este giro (que aún no es categórico) a favor del régimen de al-Assad habrían pesado no sólo las acciones militares de Rusia. También opera, contradictoriamente, la magnitud y consecuencias de la barbarie islamista, que para muchos hace aparecer a la dictadura “laica” de al-Assad como el mal menor. Y no se trata sólo de la amenaza del Estado Islámico y el Frente al-Nusra (Al-Qaeda). Buena parte de la llamada oposición “moderada” ha terminado agrupándose oficialmente a la sombra de Arabia Saudita, lo que implica toda una definición política y programática de qué régimen alternativo sostienen frente a la dictadura de al-Assad.10

Este giro militar desfavorable a EEUU y sus amigos, y sobre todo la amenaza del Estado Islámico, fueron factores decisivos para que se iniciaran negociaciones, conformando el International Syria Support Group (ISSG)11, con Estados Unidos y Rusia como co-presidentes. Esto dio lugar a algunas semi-treguas en Siria, con negociaciones paralelas. Sin embargo, esta alternancia de negociaciones y combates no ha llegado hasta ahora a una definición. En estos momentos, principios de noviembre, la sangrienta batalla de Alepo es esboza como el terreno donde se decidirán las cosas.

En las dificultades para lograr una salida negociada se reflejan los diferentes intereses no sólo de los protagonistas sirios de esta guerra sino también, decisivamente, de los distintos estados mundiales y regionales, que intervienen directa o indirectamente Veamos más en detalle este intríngulis geopolítico.

En primer lugar, como señalamos, operan bélicamente, por un lado, Estados Unidos y dos de sus socios menores europeos, el Reino Unido y Francia; por el otro, Rusia. Esas intervenciones implican operaciones directas, como sus respectivos bombardeos aéreos en Siria e Irak, aunque todavía actúan sin tropas en el terreno o con un número limitado de “especialistas”, como Rusia y EEUU.

Pero, a su vez, sus intervenciones se entrelazan (o, más bien, se entrechocan) con las políticas (contradictorias) y los operativos de las diferentes potencias regionales, como Turquía, Arabia Saudita (y otros Estados del Golfo) e Irán. Cada una de ellas tienen intereses y políticas no sólo diferentes sino también en mayor o menor medida contradictorios en esa zona, y además desarrollan distintas relaciones con las potencias mundiales.12

Una vez más, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y los objetivos geopolíticos de cada una de esas potencias mundiales y regionales, están lejos de coincidir plenamente. ¡Cada una tiene su propio programa! Por lo tanto, cada cual hace su propia guerra. Veamos caso por caso.

Simplificando excesivamente, podemos decir que Estados Unidos quisiera derrotar al Estado Islámico pero también –¿en primer lugar?– sacar a al-Assad para imponer un gobierno pro occidental en Damasco que, además, desaloje a los rusos de sus bases naval y aérea. EEUU (y sus socios de la OTAN) reclaman la salida de al-Assad por ser un desalmado dictador… mientras sostienen la no menos bestial dictadura de al-Sisi en Egipto, la barbarie de la monarquía saudita y el genocidio de Israel contra los palestinos.

Rusia, por el contrario quiere mantener sus bases navales y aéreas, y, en general, su peso geopolítico en la región, hasta ahora ligados a la continuidad del régimen sirio. Esto incluye mantener a al-Assad (o por lo menos al Ba’ath) en el gobierno, y aplastar a los islamistas, que son también un problema, tanto al interior de Rusia como en las regiones del sur de Cáucaso y en Asia Central.

El panorama geopolítico regional se hace aún más complejo, por la mayor o menor pérdida de control del imperialismo norteamericano sobre dos potencias regionales, Arabia Saudita y Turquía, que hoy hacen en buena medida su propio juego, aunque sin ir a una ruptura abierta con Washington. Simultáneamente, Israel también diverge con las orientaciones de Washington bajo Obama, en primer lugar con los acuerdos con Irán.

Arabia Saudita patrocina en Siria y otros países a una variedad de grupos de islamistas “buenos”–que se presentan como menos salvajes que el EI o el Frente al-Nusra (al-Qaeda de Siria)– para reemplazar a al-Assad. Esto podría garantizarle el dominio de Siria y la extensión allí de la barbarie wahabita, variante del Islam sunnita consustancial con el poder de la monarquía saudí. Además, a Arabia Saudita le convendría el colapso del gobierno de Bagdad en Irak, por su estrecha relación y dependencia de Irán, su gran rival como potencia regional en una competencia convenientemente adobada de fanatismos religiosos: Riad, como capital del Islam sunnita, versus Teherán, capital política de la herejía chiíta. Ése ha sido uno de los pretextos del genocidio en Yemen a manos de la coalición encabezada por la monarquía saudí. Para complicar este embrollo, hay que agregar que los intereses y políticas de los otros estados del Golfo tampoco coinciden exactamente con los de la familia Saud.

En Turquía, el gobierno de Erdogan desea, en primer lugar, un genocidio de kurdos a ambos lados de la frontera con Siria. Con ese objetivo, ha roto las negociaciones de paz con el PKK, que es la principal fuerza política en la parte del Kurdistán bajo dominio turco. Desde entonces, sobre todo después del fallido golpe de Estado de julio pasado, Erdogan se ha embarcado en una deriva cada vez más autoritaria, desplegando una represión brutal contra amplios sectores políticos y de la intelectualidad que nada tuvieron que ver con ese golpe.

Esto se inscribe además en una concepción geopolítica más global llamada “neo-otomanista”, que pesa en su movimiento. Es decir, el sueño de la hegemonía regional de Ankara sobre los territorios que fueron parte del Imperio Otomano, como Siria e Irak. En aras de esos intereses y proyectos, Erdogan, descaradamente, dejó correr al Estado Islámico, por lo menos hasta hace poco. Facilitó sus exportaciones de petróleo a través de su frontera con Siria y permitió que por ella el EI recibiese armas y combatientes. Simultáneamente, operó contra los kurdos, una de las pocas fuerzas que se demostró capaz de derrotar al EI.

Al mismo tiempo, Erdogan ha venido jugando con otra alternativa geopolítica –contradictoria con el “otomanismo”–, la integración de Turquía a la Unión Europea, perspectiva que estaba en suspenso. La crisis europea de los refugiados la ha descongelado relativamente. Por 3.000 millones de euros, por una mayor apertura de las fronteras de la UE a ciudadanos turcos, y por la promesa de reabrir las negociaciones de ingreso, Erdogan hizo promesas de contención de los refugiados.

Tampoco ha sido una traba para los demócratas de Berlín y Bruselas que Erdogan, además de las renovadas masacres de kurdos, haya dado un vuelco dictatorial, con persecuciones crecientes y brutales a la prensa, a la intelectualidad y a los partidos de izquierda o derecha que se atreven a criticarlo. Su último paso hacia el establecimiento de una dictadura presidencialista ha sido el de tratar de despojar de sus fueros a los parlamentarios de izquierda para poder encarcelarlos “legalmente”.

Esos vaivenes de Erdogan sufrieron cambios bruscos tras el fracasado intento de golpe militar en julio. Además de redoblar su curso dictatorial y represivo, ha dado un giro a tejer acuerdos con Rusia, con la que venía teniendo choques graves, como el derribo de un avión que operaba en la frontera con Siria. Todo esto ha puesto en cuestión tanto esos acuerdos con la UE como sus relaciones con Washington. Sin embargo, al tiempo que se abraza con Putin, Erdogan restablece relaciones con Israel, rotas en 2010 luego del sangriento ataque sionista a los barcos turcos que llevaban ayuda humanitaria a Gaza. Y hace esto sin que Israel satisfaga su demanda expresa de levantamiento del bloqueo de Gaza.

Irán, por su parte, sostiene como potencia regional intereses contradictorios, en especial con Arabia Saudita. Apoyándose en su carácter de metrópoli de la otra gran corriente del Islam, el chiísmo, Irán ha extendido su influencia político-militar en Irak, Siria y Líbano. En Irak, tras la invasión de Bush en 2003 y el inicio de la resistencia, EEUU tuvo como eje de su política alentar los enfrentamientos sectarios de chiítas versus sunnitas, que de rebote favorecieron a Irán. Esto se agravó aún más luego de la “retirada” de las tropas de EEUU en 2011, dejando a un gobierno sectario-chiíta que profundizó ese apartheid con asesinatos, violaciones y despojos a la población sunnita. En ese horno se cocinó finalmente el Estado Islámico.

El desbande inicial del corrupto “ejército” iraquí frente al EI obligó a una recomposición política y militar, intentando una mayor inclusión, aunque en ella se conserva la hegemonía de los partidos y sectores confesionales afines a Irán.

Asimismo, en Líbano, la derrota en 2006 de la invasión de Israel por el partido-ejército chiíta Hezbollah fue otro triunfo de gran importancia geopolítica que favoreció a Irán. Ahora, en Siria, Hezbollah ha jugado un papel importante en la lucha a favor del régimen de al-Assad, sostenido por Teherán.

Finalmente, el acuerdo nuclear de Irán con las potencias del P5+1 (EEUU, Reino Unido, Francia, Rusia y China + Alemania) acabó con las sanciones que castigaban su economía y la fortaleció como potencia regional.

En resumen: ¿Cómo se pueden unir esos distintos actores geopolíticos, con intereses en mayor o menos medida opuestos (o por lo menos diferentes) para enfrentar en serio al Estado Islámico? El aspecto caótico del escenario de Siria, Irak y sus vecinos tiene que ver, en parte, con esas múltiples discordias.

Medio Oriente combina además otros problemas geopolíticos de gran importancia, aunque hoy aparezcan en segundo plano por lo de Siria-Irak. En primer lugar, el del enclave colonial que constituye Israel, que es otra bomba de tiempo geopolítica.

Las corrientes políticas hoy mayoritarias en Israel han abandonado hace tiempo la farsa de las “negociaciones por los dos Estados”. La política de “limpieza étnica” se aplica más que nunca en Jerusalén y Cisjordania, donde se han redoblado los desalojos por la fuerza de familias palestinas para traspasar sus viviendas y campos a los colonos sionistas. Y en Gaza, el bloqueo, custodiado además por la dictadura de Egipto, está llevando a la población a una situación desesperante desde todo punto de vista: alimentación, vivienda, sanidad, provisión de agua, etc.

Además, Israel es una potencia nuclear políticamente conducida por sectores caracterizados por un racismo tan demencial como provinciano (algo habitual en las experiencias coloniales, desde la Sudáfrica “blanca” a la Argelia “francesa”). Israel se ha habituado –ya como norma– a provocar periódicamente algún baño de sangre que alinee además al “frente interno”. Esto –potencialmente peligroso– se agrava por las relativas y crecientes dislocaciones del cuadro geopolítico mundial. Washington ya no es el inapelable árbitro, el “superimperialismo” que ponía orden en el mundo y también en su propio campo.

 

3.2. Tambores de guerra en Asia-Pacífico: China versus EEUU-Japón

 

Otra área del planeta en que los enfrentamientos geopolíticos están en primera fila –aunque todavía sin derramamiento de sangre– es la de Asia-Pacífico. Aquí, sin tanto estruendo como en Medio Oriente, está ya en juego la confrontación geopolítica más importante y de fondo en lo que va del siglo XXI. Esta confrontación –aunque tenga como epicentro el Asia-Pacífico– es mucho menos “regional” que las de Medio Oriente, y tiene consecuencias más directamente globales. Pero simultáneamente hace menos “ruido” que lo de Medio Oriente, porque este enfrentamiento es aún potencial a nivel militar. Hasta ahora no se ha disparado un tiro, ni menos un misil.

Los antagonistas principales son China y Estados Unidos (secundado, en primer lugar, por Japón). Cada uno de ellos tiene su cortejo de acompañantes con muy distintos grados de fidelidad y compromisos. ¡Incluso hay varios que intentan poner un pie en cada lado! Esto se ha visto agudizado tras el “giro al Pacífico”, la reorientación geopolítica anunciado por Obama a fines del 2011, que pretende hacer el relevo de la malograda aventura de los Bush y sus “neocons” de colonización directa del “Gran Medio Oriente” iniciada con las invasiones de Afganistán e Irak.13

El meollo geopolítico del “giro al Pacífico” de EEUU es el enfrentamiento a China, lo que puede derivar en conflictos de alcances más amplios y de consecuencias mucho más graves que los actuales de Medio Oriente. Esto abarca un conjunto de medidas, en primer lugar militares: más del 60% de la flota de EEUU se ha mudado al Pacífico, y hay construcción de más bases yanquis en Filipinas, Australia y otros países. Pero también hay medidas políticas y económicas, como el proyecto de acuerdo de libre comercio TPP (Trans-Pacific Partnership).

A nivel militar, esto implica un despliegue bélico por ambos lados, de dimensiones inéditas desde la Segunda Guerra Mundial, ya que incluye, como dijimos, el rearme del imperialismo japonés, en carácter de aliado número uno de EEUU. Bajo su actual gobierno de derecha, Japón ha abandonado la línea de “pacifismo” y de fuerzas armadas “defensivas”, que fue su política de Estado desde la posguerra.

Simultáneamente, China viene haciendo un giro no menos radical, que también constituye un abanico de operativos políticos, económicos y militares. Además de iniciar un vasto programa de reconversión militar que la transformaría de potencia terrestre-defensiva en potencia marítima-ofensiva (como lo es EEUU o lo fue el Imperio Británico), China se ha embarcado en varios gigantescos proyectos financieros y económicos globales.

Para extender sus brazos a todo el mundo –y en, primer lugar, a la región Asia-Pacífico-Índico apuntado hacia Europa–, ha comenzado por fundar nuevas instituciones financieras globales como el Asian Infrastructure Investment Bank (paralelo al Banco Mundial), el New Development Bank (donde está asociado con Rusia, India, Brasil y otros países) y el New Silk Road Fund (Fondo para la Nueva Ruta de la Seda). Este último atañe a un proyecto estratégico clave de expansión de su influencia, tanto económica y financiera como política y militar.

La antigua “ruta de la seda” era terrestre.14 La nueva combina distintos “trazados”, por tierra y por mar, que la ensanchan notablemente de Norte a Sur, abarcando desde Rusia hasta África, el Índico y el Pacífico. Esas rutas definen, respectivamente, dos operativos distintos de desarrollo: el del Silk Road Economic Belt y el Maritime Silk Road. El primero tiene que ver con las rutas por tierra; el segundo, con las vías marítimas, lo que incluye también bases, islas artificiales y puertos bajo su control. Así, en Grecia, COSCO, la colosal empresa estatal china de transporte de containers, se ha apoderado del estratégico puerto de El Pireo, desde donde puede llegar luego a toda Europa.

La “nueva ruta de la seda” apunta no sólo a comerciar con Europa (tiene derivaciones también hacia África y América Latina), sino a lograr, a lo largo de esas rutas terrestres y marítimas, clientes y/o socios en distintos negocios y proyectos productivos o de infraestructura, con diferentes grados de compromiso, tanto a nivel estatal como privado. Con Irán, por ejemplo, Xi Jinping firmó en enero pasado “acuerdos de cooperación” en 17 rubros distintos. Pero, al subir al avión, no regresó a China, sino que bajó en Arabia Saudita (el archienemigo de Teherán), donde hizo negociaciones similares, que además incluyeron a otros estados del Golfo.

En ese marco, China también viene desarrollando con Rusia lazos que parecerían ser crecientes, y no sólo económicos. Éstos van desde la construcción del monumental ferrocarril recién inaugurado de casi 6.000 km (para comparar, recordemos que la distancia de Nueva York a San Francisco es de 4.200 km) y Harbin-Ekaterimburgo (desde donde se conectan a las redes de ambos países) hasta diversos acuerdos (como la “Alianza Energética” desde el 2014). Esta Alianza es una alternativa frente a los mercados europeos, con problemas para Rusia después de las sanciones de Occidente por la cuestión de Ucrania. También China ha firmado acuerdos millonarios de compra de armamentos, especialmente caza-bombarderos y misiles, rubros en los que Rusia se mide de igual a igual con EEUU.

Rusia y China, tempranamente, en 1996, constituyeron la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Esta entidad también agrupa –con muy distintos grados de compromiso (miembros plenos, observadores, invitados, etc.)– a otros Estados, como las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, Irán, etc. La OCS tiene también una sección militar, aunque está a años luz de ser algo comparable a la OTAN. Rusia y China han realizado, por ejemplo, ejercicios militares conjuntos.

También, recientemente, la flota rusa del Pacífico y la de Beijing hicieron por primera vez ejercicios conjuntos en el Mar de China Meridional, la zona disputada donde además EEUU cuestiona la soberanía china y desata periódicamente incidentes.

Sin embargo, aunque las políticas internacionales de Rusia y China tienden a una convergencia aún no son exactamente las mismas. Mientras Rusia en Siria bombardea a los islamistas patrocinados en su mayoría por Arabia Saudita, Xi Jinping viaja simultáneamente a Teherán y a Riad para hacer negocios, en el proyecto de la “ruta de la seda”. El notable giro militar de China apunta centralmente en otro sentido: en primer lugar, al Asia-Pacifico, y en especial al dominio de los mares adyacentes a su territorio, por los que circula, además, más del 40% del comercio mundial.

En ese marco, China desea ante todo equilibrar o superar el poder bélico de Estados Unidos en la región. Para eso está fortaleciendo aceleradamente su marina y aviación y construyendo bases en el rosario de islas y arrecifes de los mares de China, cuyas soberanías están en disputa. Se trata, en el Mar de China Oriental, de las islas Diaoyu (reclamadas por Japón, que las denomina Senkaku), y en el Mar de China Meridional, las islas Spratly y las Paracelso, reclamadas por Filipinas y Vietnam. Esto no sólo ha alentado esos reclamos de países de la zona, sino también provocaciones militares sistemáticas de EEUU.15

El dominio militar de esos mares costeros o vecinos es el objetivo inmediato. Pero eso se inscribe, como antes señalamos, en una mutación militar radical: pasar de potencia militar terrestre a potencia marítima, lo que apunta a mucho más allá de sus costas.

Esto refleja cambios más globales en las relaciones de fuerzas. Inicialmente, en la época maoísta, la postura era defensiva, basada en las dimensiones del territorio de China –un país-continente– y el número de su población, que permitía poner en pie ejércitos inmensos, pero que no podían ir mucho más allá de su territorio. Esto sólo desalentaba a un hipotético invasor terrestre. Mientras tanto, los mares de China, desde el Mar Amarillo hasta el Mar de la China Meridional, eran lagos controlados por los portaaviones de la flota yanqui, y lo mismo sucedía en todo el Pacífico.

Esto es hoy intolerable para China, segunda potencia económica mundial, con planes de expansión global como los ya explicados. El giro a potencia marítima incluye desde la construcción de más portaaviones, junto con una flota de submarinos, hasta el desarrollo de ese rosario de islas artificiales y bases militares que están acordonando sus mares costeros.

Sin embargo, la distancia entre China y EEUU como potencias marítimas aún es colosal. EEUU no sólo lleva todavía una enorme ventaja en el número de portaaviones sino también, en general, en tecnología. Pero China estaría acortando distancias. Se ha anunciado, por ejemplo, un nuevo misil –el Dong Feng-21D–, llamado “asesino de portaaviones”. Supuestamente, desde 1.500 kilómetros, sería capaz de acertarles y hundirlos. Asimismo, ha desarrollado un caza de los llamados “de quinta generación”

Sin embargo, la presencia militar china ya no se reduce a sus propios mares. Simultáneamente, ha comenzado la instalación de su primera base militar en el extranjero, en Yibuti, en el Cuerno de África, que controla el estratégico ingreso al Mar Rojo y por consiguiente las rutas marítimas a Europa, y la ha instalado cercana a la antigua base de EEUU. Los aullidos de protesta de Washington no conmovieron al gobierno de Yibuti, que hoy es uno más de la extensa clientela de Beijing en África.

Por supuesto, esto es aún incomparable con los centenares de bases de EEUU y la OTAN en casi todo el planeta. Pero la expansión económica global desarrollada por China, así como los variados operativos de diferente naturaleza que incluyen los proyectos de las “rutas de la seda”, estarían acoplando elementos militares, sobre todo en regiones estimadas “inseguras”, como África o Medio Oriente.16

Acotemos que, desde hace unos siete años, China es el principal socio comercial de África. En 2014, sus intercambios llegaron a los 210.000 millones de dólares. Las inversiones directas chinas se multiplicaron por treinta en una década, y más de 2.500 empresas chinas hacen negocios en África en sectores como finanzas, telecomunicaciones, energía, manufacturas, agricultura y extracción de materias primas.

Por su parte, aunque EEUU ha respondido desde fines del 2011 con el “giro al Pacífico”, está por verse su efectividad y magnitud. Se cuestiona que EEUU no ha podido salir aún del pantano de Medio Oriente para volcarse de lleno al nuevo eje de enfrentamiento a China. Los acuerdos con Irán han ayudado, pero no han solucionado todo a EEUU en esa región. Además, es evidente que EEUU no ha logrado un sólido “frente único” antichino, comparable a la coalición de Occidente contra la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial.

El imperialismo japonés es, por razones obvias, el socio más fervoroso en la cruzada contra Beijing, pero hasta incondicionales de EEUU, como Corea del Sur, prefieren ser cuidadosos y estar simultáneamente en buenos términos con China.17 Otro caso aún más decepcionante para Obama fue la inmediata adhesión del Reino Unido –el más estrecho aliado histórico de Washington– al Asian Infrastructure Investment Bank, rival chino del Banco Mundial manejado por EEUU. Los alaridos de cólera en Washington por esa deslealtad de la “pérfida Albión” se oyeron en todo el mundo. Asimismo Australia, miembro importante del TPP, también optó por tener un pie en cada lado y adhirió al AIIB.18

Otro ejemplo de cómo ha variado el péndulo viene de Afganistán y Pakistán, región estratégica para la ruta de la seda y el dominio del océano Índico. Después de la retirada de la Unión Soviética de Afganistán (1989) y la invasión de Bush en 2001, la región Afganistán-Pakistán fue territorio bajo exclusiva e indiscutida hegemonía de EEUU, aunque también con esa imprudente invasión del 2001 inició su relativo declive. Ahora es China la que está pisando fuerte allí.

Esto se corresponde con algunos gigantescos emprendimientos chinos en ambos países, pero principalmente en Pakistán, en el marco de los proyectos de la “ruta de la seda”. Por ejemplo, la iniciativa de un “corredor chino-pakistaní” –compuesto de autopistas, trenes y oleoductos– que desde el este de China atravesará Pakistán hasta Gwadar, antiguo puerto sobre el Mar de Omán (en el Índico). Allí, China construye un nuevo e inmenso puerto.

Otros giros notables lo acaban de dar Filipinas y Malasia. Ambos países tienen reclamos en el Mar de la China Meridional, donde China construye sus islas artificiales y hay frecuentes incidentes navales y aéreos con EEUU. Pero, sorpresivamente, a fines de octubre y en noviembre, ambos gobiernos hicieron su “peregrinación” a Beijing y juraron amistad y fidelidad a China, dando ostentosamente la espalda a EEUU.

Lo más grave de esto –como hecho y como síntoma– es lo de Filipinas, dominio colonial de EEUU desde fines del siglo XIX, donde están varias de las principales bases militares de EEUU en el Pacífico. A su regreso de China, Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, exigió el retiro de las fuerzas miliares de EEUU en un plazo de dos años.

En resumen, con todas sus contradicciones y complejidades, la geopolítica del Asia-Pacífico está signada por el ascenso de China y la confrontación de EEUU a ese ascenso.

Hoy el gran interrogante es cuánto afectará al despliegue geopolítico chino la crisis que manifiesta hoy su economía. Es difícil pronosticarlo, tanto a nivel estrictamente económico-financiero como político y geopolítico. Los datos “oficiales” de la economía china son dudosos. Es muy probable que las cosas sean peores de lo que reconoce Beijing. Pero eso no implica, mecánicamente, que se desaceleren las iniciativas expansivas de las “rutas de la seda” ni otros planes audaces, incluyendo sus aspectos político-militares, que en última instancia son el componente número uno de las confrontaciones geopolíticas. Al contrario, pueden recibir más impulso.

Es que, muchas veces en la historia, las clases dominantes, con sus gobiernos y estados, han respondido a las crisis y problemas internos mediante operaciones económicas, políticas y militares de expansión en el exterior. Las dimensiones de China como segunda potencia mundial –con una economía para la que es imprescindible la expansión en dos sentidos, de ida y vuelta– hacen difícil de concebir un rumbo de cerrarse sobre sí misma. El gran obstáculo a eso sería si la crisis económica motivase estallidos y luchas sociales y políticas a gran escala, sobre todo del inmenso proletariado chino, el más numeroso y más joven del mundo.

 

3.3. El Brexit, Ucrania y las grietas en el proyecto de la Unión Europea

 

Europa presenta también una agudización de tensiones geopolíticas, inéditas desde la caída del Muro de Berlín y la disgregación de Yugoslavia, que además tuvieron signos distintos a las actuales. En la región, se destacan hoy dos contenciosos.

En primera fila está el Brexit, es decir, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que triunfó en el referéndum del 23 de junio pasado. Este hecho levanta el telón sobre una crisis que abarca al conjunto de la UE como tal. A esto se suman otras grietas que apuntan potencialmente a rupturas en los mismos estados europeos, entre ellas Escocia en relación con el Reino Unido, Catalunya respecto del Estado español, Flandes respecto de Bélgica, etc.

Además, en Europa hay otro frente de tensiones geopolíticas que se expresan en la crisis, secesión y guerra civil de Ucrania, y que están enmarcadas en una operación geopolítica más amplia, alentada principalmente desde Washington: el cerco militar EEUU-UE-OTAN contra Rusia. Esto involucra directamente –como “carne de cañón” actual o potencial– a una cantidad de estados menores, en un arco que va desde el mar Báltico al Cáucaso, y donde Ucrania viene siendo la víctima principal.

 

El Brexit y la crisis de la Unión Europea

 

El relativamente inesperado Brexit es un hecho de gran importancia. Pero, precisamente por eso, hay que marcar sus límites. Es que inicialmente motivó caracterizaciones “catastrofistas” y desmesuradas. Marine Le Pen –por ejemplo– lo definió como “de lejos, el mayor evento histórico que ha conocido nuestro continente desde la caída del Muro de Berlín”.

Definiciones como ésa se repitieron en Europa y el mundo. La caída del Muro en 1989 y su consecuencia casi inmediata, la disolución de la Unión Soviética en 1990-91, marcaron un cambio mundial de época. Finalizó allí todo un ciclo histórico, que el marxismo definió como de “crisis, guerras y revoluciones”, iniciado con la Primera Guerra Mundial de 1914-18 y la Revolución Rusa de 1917. Una de sus consecuencias gigantescas es que, a partir de allí, se produce la restauración del capitalismo en todos los Estados supuestamente “socialistas” del planeta19, incluyendo, por ejemplo, a China y Vietnam, que no habían tenido nada que ver directamente con la caída del Muro de Berlín. La otra consecuencia, no menos trascendental, fue la desaparición del Estado soviético, que durante toda esa época había jugado un papel mundial de primer orden, aunque extremadamente contradictorio.

Como decíamos, la separación del Reino Unido de la Unión Europa es indiscutiblemente un hecho de capital importancia. Y además, no es meramente un contencioso entre ese Estado y la UE. Indica una crisis grave, “existencial” de la UE, con una pérdida de legitimidad y consenso en Europa, pero sus consecuencias últimas (y sus dimensiones) aún están por verse.

Lo primero a tener en cuenta es que la campaña por la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea fue hegemonizada por los sectores de derecha y extrema derecha. El eje propagandístico de esa campaña fue la advertencia sobre las hordas de salvajes inmigrantes africanos, polacos y rumanos que invadirían el Reino Unido por culpa de la UE. Esas hordas no sólo quitarían los puestos de trabajo a los británicos, sino que además “pondrían a las mujeres británicas frente al peligro de violaciones masivas” (como dijo Nigel Farage, líder del UKIP, en vísperas del referéndum).

Se trató de una campaña demagógica, que explotó temores y percepciones vinculadas con el deterioro en las condiciones de vida de amplios sectores de trabajadores, atribuyéndoselo a los inmigrantes y no al verdadero culpable, el gran capital. También cuestiona la globalización, pero desde un ángulo nacional imperialista y proteccionista, que busca ensalzar la “gloria perdida” del Imperio Británico (un ángulo similar al que agita Trump en EEUU, en el sentido que el imperialismo yanqui recupere su “grandeza nacional”).

En síntesis: el Brexit es una ruptura con la Unión Europea… pero por la derecha, no por la izquierda. Es verdad que en el voto por irse de la UE (como también en el voto por permanecer) concurrieron otras motivaciones distintas a las que imprimieron las campañas oficiales del “Leave” y el “Remain”. Son motivaciones contradictorias y opuestas a esas campañas oficiales. Por ejemplo, el repudio a la austeridad y las privatizaciones, que son la “marca de fábrica” de la Unión Europea. También el rechazo al gobierno conservador de David Cameron, que era el jefe de la campaña por permanecer en la UE y que tiene un récord de ataques a los trabajadores. Pero esos motivos quedaron desdibujados.

Para entender mejor estas contradicciones, hay que comparar el referéndum del Brexit con el realizado en Grecia, en julio de 2015, que votó un rotundo rechazo al plan de austeridad que pretendía imponer la Unión Europea y su Troika. Un plan que además estableció abiertamente un protectorado colonial de Berlín-Bruselas sobre el país. Si a partir de allí se iba a un “Grexit”, hubiese sido también una ruptura con la Unión Europea, pero por la izquierda. O sea, opuesta por el vértice a la del Reino Unido. Habría tenido también un impacto sobre el conjunto de la UE, pero en otro sentido al del Brexit, un impacto hacia la izquierda.

La traición de Tsipras y Syriza, al capitular ante la Troika, no sólo impidió eso, sino que generó también internacionalmente desmoralización y desconcierto en la oposición a los planes de austeridad y miseria que venía creciendo por izquierda en Europa.

Es un hecho que el triunfo del Brexit ha provocado una conmoción europea y mundial. Fortalece las tendencias hacia la disgregación del orden mundial erigido en las últimas décadas. Y éste no es un mero problema británico: el Brexit es un bombazo continental. Es la Unión Europea en su conjunto la que es cuestionada. El Bréxit sólo refleja su crisis y deslegitimación global en dos aspectos claves.

El primer aspecto es que la UE es una institución esencialmente dedicada a aplicar las políticas neoliberales de privatizaciones y austeridad contra los trabajadores, las masas populares y la juventud. Trabaja exclusivamente en beneficio del capital financiero y las grandes corporaciones, en primer lugar los bancos alemanes y franceses. El segundo es el carácter profundamente antidemocrático de la UE. El “Parlamento” europeo es sólo una farsa sin el menor poder. Ese “Charlamento” existe para disimular que todo lo manejan discrecionalmente altos funcionarios nombrados a dedo por esos poderes.

Ya es visible una cada vez más irritante jerarquía de Estados: ordena y manda Alemania, asistida por Francia, que son los dos principales imperialismos continentales. En las mazmorras están naciones como Grecia, cuya relación con la UE es la de protectorado colonial. Y la distancia entre ambos extremos crece. Los de más abajo, además de estar en la miseria, han perdido sus soberanías nacionales, pero no para ser parte de una supuesta “soberanía europea”, sino para obedecer lo que dicten desde Berlín y Bruselas los políticos y banqueros alemanes y franceses.

Hoy estamos ante la deslegitimación y crisis más grave de ese engendro de los imperialismos europeos, desde la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1950-51, del Mercado Común Europeo (CEE) en 1957 y, finalmente, de su sucesora, la actual UE. Según encuestas, ya habría varios países en los que en un referéndum ganaría el voto de ruptura total o parcial.

Frente a esa crisis, es imperioso que la izquierda socialista y revolucionaria europea levante un programa independiente. Hay que desechar las utopías de “reformar” la UE, pero también enfrentar las alternativas de derecha, de retornar a la total fragmentación de estados nacionales. La crisis de la UE vuelve a poner de actualidad el programa de “Estados Unidos Socialista de Europa” o de federación socialista.

 

La guerra de Ucrania: EEUU, la UE y la OTAN contra Rusia

 

Otra cuestión capital es la del frente europeo del enfrentamiento EEUU-OTAN con Rusia. Aquí, la UE y sus Estados –incluso “los que mandan” sobre toda Europa, como Alemania– juegan un papel notablemente subordinado a Washington.

La confrontación creciente con Rusia ha sido calificada por algunos como la “nueva Guerra Fría”. Esta definición apunta a rasgos similares –por ejemplo, Washington vs. Moscú–, pero tiene el peligro de dejar de lado las siderales diferencias con la verdadera Guerra Fría de la segunda posguerra.20

Este enfrentamiento refleja ante todo que EEUU (acompañado con diversos matices por los imperialismos europeos, unidos en la OTAN) tenía y tiene como Norte impedir que Rusia vuelva a levantar cabeza, recobrando en mayor o menor medida el peso geopolítico de la antigua Unión Soviética.

Por supuesto, la actual Rusia de Putin está lejos de eso. Pero si la medimos no en relación con la ex URSS en sus momentos cumbres, sino con la ruina casi semicolonial que era en tiempos del alcoholizado Boris Yeltsin, hay que concluir que ha logrado una recuperación notable como potencia entre mundial y regional. De hecho, en Siria, EEUU ha debido tragarse varios sapos, y aceptar tratar de igual a igual con el Kremlin.

A nivel europeo, el caso de Ucrania marca el enfrentamiento más resonante en esa región. Pero es sólo un último eslabón en la cadena del cerco geopolítico y militar que EEUU y la OTAN fueron extendiendo alrededor de Rusia desde el Báltico al Cáucaso, inmediatamente después del derrumbe de la URSS.

Lo de Ucrania también ha sido un ejemplo de cómo dos rebeliones populares –la primera en Kiev y la segunda en el este–, ambas con motivos inicialmente legítimos, pudieron ser finalmente controladas y encuadradas desde arriba, a falta de otras alternativas, por fuerzas políticas afines al imperialismo yanqui y a Moscú, respectivamente.

Como antes señalamos, después de disolverse la Unión Soviética en 1991, fue burlada la promesa solemne de EEUU a Rusia de que no trataría de establecer un cerco militar de la OTAN a su alrededor. Fue política invariable de Washington montar y extender ese cerco, a pesar de que por largo tiempo no sólo con Yeltsin sino incluso inicialmente con Putin, el Kremlin trató de evitar enfrentamientos con EEUU, cediendo y cediendo. Sin embargo, ese cerco militar se fue extendiendo desde el Báltico al Cáucaso, en la mayoría de los casos mediante la incorporación a la OTAN de estados cercanos o fronterizos (como Polonia, Rumania, etc.), y la instalación de bases de misiles que apuntan provocativamente al corazón de Rusia.

Ni la buena letra que hicieron al principio los sucesivos gobiernos rusos ni los descalabros de las aventuras coloniales de Bush en Medio Oriente suspendieron ese operativo de hostigamiento. Así, en 2008, Washington alentó a Mijail Saakachvili –un aventurero corrupto georgiano-estadounidense que había logrado instalar como presidente de la ex república soviética de Georgia– a iniciar provocaciones bélicas contra Rusia. En pocos días esto terminó en una catástrofe militar para los georgianos.

Lo de Ucrania ha sido mucho más serio. La inicial rebelión popular en Kiev, de sectores principalmente juveniles y de clases medias de la capital, fue rápidamente copada desde abajo por la militancia de extrema derecha, y desde arriba, por los políticos subordinados a EEUU. Han quedado para la historia las difundidas grabaciones telefónicas de Victoria Noland (responsable de asuntos europeos del Departamento de Estado), dictando a sus títeres de Kiev la política y la composición del futuro gobierno “ucraniano”, y refiriéndose en los términos más obscenos y despectivos a la Unión Europea y sus gobernantes por vacilar en el enfrentamiento a Moscú.

Pero la política de esos títeres de Kiev –como el intento de proscripción de la lengua rusa y, en general, la hostilidad hacia Rusia– golpeó sobre la mitad o más de la población del país, que vive en el este de Ucrania, es ruso-hablante y deseaba más bien la unión con Rusia y no con la UE. Esto facilitó que Moscú, apoyándose en esos sectores, recuperase Crimea, y que en el este ucraniano se desencadenase una segunda rebelión por la ruptura total o parcial con Kiev y el acercamiento a Rusia. La guerra civil que siguió a esto no ha finalizado todavía, más allá de sucesivas negociaciones y “treguas”. Pero continúa en cámara lenta, prolongándose en una situación de “ni paz ni guerra”.

Simultáneamente, esto ha llevado no sólo a la partición de hecho de Ucrania sino también a la ruina de ambas porciones. Un economista ucraniano (pro occidental) resume en pocas palabras el panorama visto desde Kiev: “Desindustrialización, degradación y despoblación”, en un cuadro de corrupción escandaloso (“La corrupción y la crisis económica amenazan con colapsar Ucrania”, El País, 15-2-16).

Lo que aquí interesa subrayar son algunas consecuencias geopolíticas. La línea de cerco, provocaciones y finalmente sanciones, impulsada por EEUU y acatada por la Unión Europea, lejos de poner a Rusia de rodillas, fue llevando al Kremlin, bajo Putin a abandonar las políticas de conciliación a toda costa.21 Más bien, en medio de una grave crisis económica alentada por la caída de los precios de hidrocarburos, se ha fortalecido una línea de autoafirmación del Estado ruso, en un extraño cóctel donde se mezclan la exaltación del Imperio de los zares, de la Iglesia Ortodoxa Rusa, del régimen de Stalin (junto con el categórico repudio a Lenin) y del triunfo en la “Gran Guerra Patria” contra la Alemania nazi.

Por último, es probable que sin la colisión geopolítica de Ucrania Putin hubiese pensado dos veces antes de intervenir en Siria, donde ha obligado a EEUU a tratar de igual a igual una salida política.

Asimismo, las sanciones económicas aplicadas por Occidente no han impulsado la rendición de Moscú, sino un giro hacia China. La dependencia de la Unión Europea para la venta de los hidrocarburos rusos se ha revelado geopolíticamente peligrosa. Por eso, desde la crisis de Ucrania, Moscú viene cerrando con China acuerdos de venta que han desplazado a Alemania como principal comprador.

 

3.4 América Latina: crisis y naufragio del bloque “progresista”

 

En América Latina, en especial en Sudamérica, las crisis económicas y políticas de Venezuela y otros estados, el escandaloso proceso “destituyente” de Brasil y la asunción en Buenos Aires de un gobierno neoliberal rabioso que se proclama abiertamente siervo de Washington abren a EEUU la oportunidad de intentar restaurar el sometimiento de los 90. Esto no sólo atañe a las relaciones de cada uno de sus estados con el amo del Norte, sino que también pone en cuestión varios agrupamientos e instituciones latinoamericanas como el Mercosur, la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), etc., que expresaron –muy tímidamente– las pretensiones a una mayor independencia respecto de EEUU.

Es obvio que EEUU desearía liquidar el Mercosur –como en su momento intentó George W. Bush mediante el fracasado ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas)– y que sus miembros se incorporen al Trans-Pacific Partnership (TPP, que con Trump podría quedar liquidado). Lo mismo sucede en relación con la CELAC, nacida en 2010, en el cenit de la influencia del chavismo y los gobiernos “progresistas” latinoamericanos. Aunque la CELAC está lejos de haber enfrentado en algo serio al imperialismo yanqui, tiene un pecado de nacimiento: en ella no participan EEUU ni Canadá. Su sola existencia es un hecho “molesto”. Por eso, EEUU desearía volver a la “normalidad”: que quede sólo la tradicional OEA (Organización de Estados Americanos), con sede en Washington, que ha sido (bajo distintos nombres) su ministerio de colonias desde fines del siglo XIX.

Las crisis económicas y políticas que han derribado o debilitado en mayor o menor medida a los gobiernos “progresistas” se inscriben en algunos denominadores comunes. Éstos incluyen el fin del ciclo de bonanza de los precios de las materias primas (commodities) y, sobre todo, que ninguno de esos gobiernos, de Chávez a Lula, pasando por los Kirchner, aprovechó esa oportunidad para capitalizarse y revolucionar su matriz productiva típica de países dependientes. O, como mínimo, tomar medidas preventivas de una caída. Y, por supuesto, ni hablemos de un cambio real, revolucionario, de sistema social.

A nivel geopolítico, esto tiende ahora a agravar la dependencia y el sometimiento de esos Estados frente al imperialismo yanqui, en primer lugar. Sin embargo, el panorama no alcanza a ser totalmente monocolor, como en los 90. En algunas situaciones, el péndulo podría comenzar a moverse en sentido contrario. Es que todo es cualitativamente más inestable que los 90, la década de gloria de la contrarrevolución neoliberal. Tal podría ser el caso de Argentina, con Macri. Y es posible que Brasil vaya en el mismo sentido, dados los personajes que han depuesto a Dilma Roussef y las medidas económicas y políticas brutales que comienzan a aplicar.

Lo peor, lo más desfavorable y con repercusiones mundiales, es el caso de Venezuela. El régimen chavista –que apareció falsamente como el más “progresista”, “revolucionario” y hasta “socialista”– es el que ha conducido a la situación más catastrófica. Hasta ahora, con prudencia, el imperialismo yanqui lo está dejando pudrirse, aunque apoyando mediática y financieramente a la oposición de derecha, que hoy supera electoralmente al desgastado presidente Maduro. Es que un intervencionismo demasiado directo y abierto podría activar los anticuerpos antiimperialistas en Venezuela y el continente. Asimismo, a Washington, como también a los gobiernos y burguesías europeas, les viene muy bien el espectáculo tan trágico como grotesco del desastre del chavismo.

Gracias a Maduro, los imperialismos de Occidente han logrado montar en los medios un reestreno del “fracaso del socialismo”, la tragedia que a fines de los 80 e inicios de los 90 protagonizaron Gorbachov y Yeltsin, liquidando a la Unión Soviética. Pero el reestreno toma la forma de un esperpento de Valle-Inclán.

Ahora, lo de Venezuela –aunque de muchísima menos envergadura que el derrumbe de la URSS– trata de ser instrumentado en el mismo sentido. Así, en las reiteradas elecciones españolas, el desastre del “socialismo” en Venezuela ha sido uno de los temas de campaña principales de la derecha conservadora (PP y Ciudadanos) y social-liberal (PSOE).

 

2.5. África subsahariana y sus “estados frágiles”

 

Por último, el África subsahariana presenta un panorama geopolítico particular. Un especialista lo define diciendo que en esa región se concentran abrumadoramente los estados frágiles del planeta, que serían los estados en situaciones de “conflictos abiertos o larvados, post conflicto o reconstrucción”. Situaciones que, además, en esa región se plantean o degradan con mucha rapidez.

Lo primero a tener en cuenta, es que el mismo concepto de “subsahariano” es cuestionable. En África existen casi sesenta “entidades” estatales o paraestatales. La gran mayoría son estados reconocidos y formalmente “soberanos”.22 Pero de esos, sólo a cinco de ellos (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto), por dar al Mediterráneo, no se los clasifica como “subsaharianos”.

Efectivamente, esos países y estados son parte del mundo cultural y político árabe, y no es incorrecto considerarlos geopolíticamente parte de Medio Oriente, tomado en sentido amplio. Pero, al mismo tiempo, hay vasos comunicantes más o menos importantes entre ambas regiones de África. Así, en varios de los estados “subsaharianos” vienen siendo un grave problema las operaciones de organizaciones islamistas yihadistas, como Boko Haram en Nigeria, Camerún, Chad, Níger y Mali, que además se reivindica componente del Estado Islámico. Algo parecido sucede en Somalia y sus vecinos.

Asimismo, hay otra región geopolítica africana de cierta importancia que es dudoso incluir en la dos ya citadas. Nos referimos al llamado Cuerno de África, que da sobre el mar Rojo. Allí están Abisinia, Eritrea, Yibuti, Somalilandia y, parcialmente, Somalia. Hoy esta región está convulsionada por crisis políticas (Abisinia), recrudecimiento de conflictos armados (Abisinia vs. Eritrea); guerrillas y luchas de clanes (Somalia), etc.

Por otro lado, el conjunto “subsahariano” engloba a estados con diferencias tanto o más notables que las que existen con los países africanos del Mediterráneo. Sudáfrica, por ejemplo, en el extremo sur, fue considerada uno de los BRICS junto con Brasil, Rusia, India y China, es decir, uno de los llamados “países emergentes”. Aunque hoy Sudáfrica atraviesa una seria crisis económica, presenta un panorama muy diferente al de la faja de países que se extiende desde el Sáhara hasta más debajo de la línea ecuatorial (paralelo 0º). Es en esa faja donde han sido más notables y generalizadas la fragmentación estatal, las guerras y los conflictos tan largos como sangrientos. Asimismo, es en esa faja donde se presentan las mayores desigualdades y niveles de pobreza.

En esa “fragilidad” crónica de muchos de los Estados africanos –especialmente de los últimos que mencionados– se entrecruzan una combinación compleja de causas. En primer lugar, lo decisivo, está su prehistoria colonial, que la independencia formal no solucionó. La acción de Europa significó no sólo la más brutal explotación y sometimiento, que incluyó primero la “caza del hombre” (y la mujer) para ser exportados como esclavos a las Américas, y luego la explotación de los colonialismos europeos. En África, la depredación de esos colonialismos fue aun más atroz que en sociedades precapitalistas más desarrolladas como las de Asia y Medio Oriente.

Las independencias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que implicaban la constitución de estados propios, nacieron cargadas de problemas. En primer lugar, los nuevos estados se construyeron sobre las fronteras (y los cimientos) de las antiguas colonias, lo que ya revelaba que detrás de ese cambio había también una continuidad. Esto no sólo balcanizó al continente en un número absurdo de estados; lo peor fue que esta fragmentación generalmente tenía poco que ver con las reales diferencias etno-tribales, de lenguas, etc., de sus pueblos.

Sobre esas complejas estructuras sociales –en que el capitalismo se combina con formaciones económico-sociales precapitalistas– se impusieron superestructuras estatales copiadas en sus formas de los estados europeos. Hubo dos modelos, uno peor que el otro: o el de países europeos que habían colonizado allí o el de los regímenes stalinistas de partido único que aún pasaban por “socialistas”.

En la práctica, en ambos casos, por detrás del decorado democrático-liberal o pseudo-“socialista”, una elite civil y/o militar, inicialmente formada y educada bajo la colonia, generalmente separada por un abismo del resto, asumía la suma del poder. A partir de allí, bajo distintas etiquetas, incluso “socialistas”, se fueron sucediendo las dictaduras más atroces de presidentes cien veces reelectos… hasta que una guerra y/o golpe militar los derrocaba, sólo para reemplazarlos por personajes parecidos.

Si esto se mezclaba con diferencias y tensiones etno-tribales, más la intervención de estados y corporaciones extranjeras para el saqueo de materias primas, tenemos entonces horrores como la Guerra del Coltán o “Guerra Mundial Africana” que causó unos 4 millones de víctimas, directamente o por las hambrunas y enfermedades provocadas por ella. Esta guerra, que comprometió a nueve estados y a unas veinte facciones armadas distintas, se inició en 1998, y con intervalos de “paz” se fue prolongando en la primera década de este siglo.

La clave de la guerra más mortífera de la historia africana fue la disputa entre corporaciones de EEUU y la Unión Europea, a la que luego se sumó China, por el coltán, mineral imprescindible para la fabricación de equipos electrónicos. Este ejemplo ilustra por qué África, el continente más rico en recursos naturales del planeta, presenta los peores indicadores de desarrollo socioeconómico.

Desde el punto de vista geopolítico, en los últimos años el cambio probablemente más importante parece ser el desembarco y extensión de la influencia de China. Como dijimos, China se ha convertido en el principal socio comercial de África. Y los planes de la “ruta de la seda” contemplan también emprendimientos de puertos y ferrocarriles, en especial en los países que dan al Océano Índico.

 

  1. Un mundo bajo el signo del descontento y las crisis

 

Si hoy existe un matiz o signo común que bajo distintas formas cruza los más diversos países y situaciones, es el signo del descontento. El descontento habla hoy en todos los idiomas del planeta, más allá de las lógicas desigualdades de extensión, profundidad y consecuencias en cada país o región. Un descontento que, además, se proyecta hacia el futuro. En el horizonte, las masas no perciben amaneceres rosados… y con toda razón.

Si hay algo, en la mayoría de los países que los trabajadores y sectores populares advierten en esta era neoliberal es que hoy están peor que sus padres y que mañana sus hijos estarán peor que ellos. Sin embargo, esa situación no implica automáticamente el impulso a alternativas revolucionarias, socialistas o, por lo menos, progresivas.

El descontento estuvo detrás del “Brexit” en el Reino Unido. En Francia, el descontento ha impulsado a sectores masivos de jóvenes y trabajadores a la lucha contra la ley El Khomri de liquidación de más de un siglo de conquista obreras, pero también va a empujar a muchos a votar por el Front National de extrema derecha como voto castigo por esa incalificable traición del partido que se dice “socialista”. En EEUU, el descontento de amplios sectores alimentó simultáneamente dos expresiones políticas muy diferentes, las candidaturas de Sanders y en especial la de Trump. Y así podríamos seguir con más y más ejemplos.

En última instancia, la gran cuestión (y la gran lucha política) es cómo irá decantando y canalizándose este “clima” mundial: ¿hacia la izquierda o hacia la derecha? ¿En la perspectiva de la reapertura de la alternativa socialista al capitalismo o hacia abismos aún peores que la actual catástrofe neoliberal? Por eso también son previsibles una mayor polarización y dureza de las luchas políticas y sociales.

Eso tiene sus relaciones de “ida y vuelta” con los panoramas geopolíticos que describimos. Muchos caracterizan hoy la presente situación geopolítica como semejante al período de “Paz Armada”, que precedió a la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, hay ciertos parecidos… y no son tranquilizadores. Antes de 1914 existía –como ahora– una gran potencia mundial, el Imperio Británico, pero que venía en declive en relación con los nuevos imperialismos como Alemania, Estados Unidos, Japón, etc. También, como ahora, se multiplicaban los roces, tensiones y disputas, en un paralelo doblemente inquietante para el presente, porque en los años de la Paz Armada no había armas nucleares.

 

La crisis del capitalismo neoliberal globalizado

 

Hoy esto se da sobre el telón de fondo de la crisis del capitalismo neoliberal globalizado. Desde que a principios de los 80 se impuso como “modo de regulación” del capitalismo, ha tenido, además de múltiples bancarrotas nacionales y regionales, tres crisis recesivas mundiales, la de 1990-91 la de 2000-01 y la iniciada en 2008… que no se ha cerrado, sino que se prolonga. Esto ha sido bautizado “la nueva normalidad” de las economías de Occidente: bajo crecimiento, bajas inversiones y alto desempleo. Otros economistas, como Michael Roberts, caracterizan esto directamente como la Larga Depresión… y es probable que acierten.

Durante un breve período, China y otras economías aparecieron como un mundo aparte de esta realidad global. Pero hoy todo tiende a la nivelación… para abajo.

 

Crisis ecológica mundial: los problemas del Antropoceno

 

Pero la diferencia con la época de la “Paz Armada” no es sólo que muchos Estados tienen armas atómicas. Hay también otras realidades globales más que preocupantes. Por ejemplo, los riegos mortales que se esbozan en el terreno de la ecología.

La especie humana fue adquiriendo un poder de transformación (y destrucción) de la naturaleza y el planeta como ninguna otra. Por eso, varios científicos proponen que la actual época geológica dentro del período Cuaternario ya no es el Holoceno, sino el “Antropoceno”, por el dominio y consecuencias abrumadoras de las actividades de la especie humana en el planeta.

Estas actividades no han seguido ningún plan racional a escala planetaria, sino los intereses inmediatos de las clases dominantes y sus Estados. Entre las consecuencias acumuladas de esta explotación caótica de la naturaleza, se presentan las siguientes:

“1) Entre la tercera parte y la mitad de la superficie terrestre ha sido ya transformada por la acción humana.

“2) La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado más de un 30% desde el comienzo de la revolución industrial.

“3) La acción humana fija más nitrógeno atmosférico que la combinación de las fuentes terrestres naturales.

“4) La humanidad utiliza más de la mitad de toda el agua dulce accesible en la superficie del planeta.

“5) Aproximadamente una cuarta parte de las especies de aves del planeta ha sido extinguida por la acción humana.

“6) Las dos terceras partes de las principales pesquerías marinas se hallan sobreexplotadas o agotadas” (Florent Marcellesi, “¿Qué es la crisis ecológica?”, ecoportal.net, 15-1-13).

Y si hay un problema que los Estados han demostrado ser incapaces de encarar conjuntamente ha sido el de la ecología. Las conferencias mundiales sobre el tema terminan, en el mejor de los casos, votando aspirinas como remedio para curar un cáncer que puede extinguir la especie humana.

Ahora, la victoria de Trump lleva esto a un nivel mucho más peligroso. ¡Un “negacionista” del cambio climático va a gobernar el Estado más contaminador del mundo, junto con China!

 

Necesidad de un Estado mundial… que sólo podría ser socialista

 

El sistema mundial de estados nacionales ha demostrado hasta el hartazgo su incapacidad de encarar los problemas y desafíos globales de la humanidad. Pudo haber sido progresivo en el neolítico, pero hoy la humanidad necesita otra cosa.

Es que cada Estado representa en última instancia los intereses contradictorios de distintas burguesías. En épocas de bonanza pueden ponerse más o menos de acuerdo. Pero, en épocas de vacas flacas, prima la lucha de todos contra todos. La crisis actual de la Unión Europea –el intento más ambicioso de un grupo de burguesías de superación relativa de sus estados nacionales– materializa ese fracaso. Siglos atrás, ese mecanismo sangriento y su instrumentos, los Estados particulares, podían ser, al mismo tiempo, eficaces. Pero hoy, a la larga, eso amenaza supervivencia misma de la humanidad.

Es que hoy, más que nunca, la humanidad enfrenta retos mundiales, desde la economía, cada vez más globalizada, hasta las amenazas de los cambios que provoca la actividad humana en el clima y la naturaleza.

Pero un estado mundial no puede ser capitalista. Un Estado mundial implicaría para las burguesías abdicar de sus intereses particulares. Sólo los trabajadores tienen un grado de intereses comunes que permitiría la construcción un Estado de toda la humanidad.

Y sólo el socialismo, basado en la propiedad común de los medios de producción, daría la base para acabar con esa guerra de todos contra todos, y pasar a trabajar juntos.

 

 

  1. Para un análisis más amplio de Trump, su victoria electoral y sus perspectivas, ver José Luis Rojo, “Un demagogo llega a la presidencia de los Estados Unidos”, SoB 405, 10-11-16.
  2. Por supuesto, en cuanto al proteccionismo, esto tiene que ver también con el tipo de Estado y sus relaciones con los imperialismos y el capitalismo mundial. En un Estado obrero, como fue inicialmente la Unión Soviética, es imprescindible el monopolio estatal del comercio exterior y el más estricto proteccionismo ante las presiones de la economía capitalista mundial. Asimismo, con todas sus limitaciones, pueden ser progresivas las medidas proteccionistas que tome el Estado de un país atrasado y dependiente, frente a la competencia desigual del capital imperialista.
  3. Aunque finalmente las encuestas y estudios de opinión no resultaron ser muy confiables, Sanders aparecía en la mayoría de ellos como el único candidato demócrata capaz de derrotar por un buen margen a Donald Trump. Clinton aparecía también como ganadora, pero con cifras más bajas. Al defenestrar a Sanders, el establishment del Partido Demócrata le obsequió a Trump la totalidad del “voto castigo”.
  4. “La brecha entre ricos y pobres –dice el informe de Oxfam de 2016– está alcanzando nuevas cotas. Recientemente, el Credit Suisse ha revelado que el 1% más rico de la población mundial acumula más riqueza que el 99% restante. Al mismo tiempo, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la humanidad se ha reducido en un billón de dólares a lo largo de los últimos cinco años. […] La desigualdad en el mundo ha alcanzado unos niveles sin precedentes en poco más de un siglo. […] Existe una crisis de desigualdad que está fuera de control. […] En 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas… La riqueza en manos de esas 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 45% en apenas cinco años, algo más de medio billón de dólares (542.000 millones) desde 2010, hasta alcanzar 1,76 billones de dólares. Mientras tanto, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome del 38%” (“Una economía al servicio del 1%”, informe de Oxfam 2016, 18-1-16).
  5. Aunque se la menciona generalmente como la “guerra de Vietnam”, el conflicto finalizado en 1975 abarcó a toda Indochina, incluyendo Laos y Camboya. Asimismo, hay que recordar que la anterior Guerra de Corea (1950-53) –donde EEUU encabezó la coalición “occidental” contra Corea del Norte y China– terminó en un “empate” que aún se prolonga. EEUU no fue derrotado categóricamente, como en Vietnam, pero tampoco fue vencedor. Sin embargo, Corea no provocó una crisis política de tan largas consecuencias como Indochina.
  6. En un reportaje reciente, un anciano obrero estadounidense recuerda: “Cuando yo era joven, todo el mundo trabajaba y lo normal era que se quedara toda la vida en la misma empresa. Teníamos una casa, seguro de salud, una pensión y una familia. Ahora todo eso ya no existe” (Ricardo Mir de Francia, corresponsal en EEUU, “La revuelta de la América blanca”, El Periódico, 5-11-16).
  7. “1) La concentración de la producción y del capital se ha desarrollado hasta un grado tal que ha creado monopolios que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación sobre la base de ese capital ‘financiero’ de una oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere excepcional importancia; 4) la formación de asociaciones capitalistas monopolistas internacionales que se reparten el mundo; 5) ha culminado el reparto territorial de todo el mundo entre las más grandes potencias” (Lenin, El imperialismo, etapa superior del capitalismo).
  8. Además del peso social y político de la clase trabajadora en Egipto, las tensiones entre musulmanes y coptos, o entre distintas corrientes del Islam u otras religiones, son insignificantes comparadas con Siria e Irak.
  9. En ese cuadro tan complejo de Siria, el contendiente que aparece basándose en la movilización popular y con posiciones más independientes y progresistas, serían los kurdos, que ocupan allí un pequeño territorio… Pero esto no es novedad, sino la continuidad de una larga lucha de este pueblo en Turquía e Irak, principalmente. Digamos que, por una serie de luchas anteriores (muchas de ellas militares), que incluyen históricamente la guerrilla del KPD de Mustafá Barzani, desarrollada principalmente en el Kurdistán iraquí con apoyo inicial de la Unión Soviética, y luego el más radicalizado PKK de Abdullah Öcalan en Turquía, los kurdos tenían una preparación previa superior para hacer frente a este giro “militar” de la situación. Las YPG-YPJ de Siria están estrechamente relacionadas con el PKK.
  10. Arabia Saudita es un régimen retrógrado, donde en 2015 fueron condenadas a decapitación o lapidación 150 personas, varias por “delitos” tales como “brujería”, “adulterio” o escribir “poesías ateas” (como el caso del famoso poeta palestino Ashraf Fayadh). Las protestas y el escándalo mundial por esta última atrocidad obligaron a cierta indulgencia: al atrevido poeta le cambiaron la pena de muerte por ocho años de cárcel y 800 azotes. Y este régimen de barbarie no sólo es miembro del International Syria Support Group (ISSG), que estuvo negociando la paz, sino que también agrupa oficialmente en Riad a la oposición siria reconocida por el ISSG. Para no ser unilaterales, hay que añadir que la dictadura teocrática de los ayatolás chiítas en Irán tiene poco que envidiar en barbarie a la monarquía sunnita-wahabita de Riad. La gran diferencia entre Arabia Saudita e Irán consiste en que la sociedad iraní es cualitativamente más moderna e ilustrada, lo que pone en dificultades y obliga a hacer concesiones a los ayatolás.
  11. El International Syria Support Group (ISSG) incluye además a otros estados y a organismos internacionales: Arabia Saudita, Alemania, Emiratos Árabes, China, Egipto, Francia, Italia, Irán, Irak, Jordania, Líbano, Omán, Qatar, Reino Unido, Turquía, y los organismos Liga Árabe, Naciones Unidas y Unión Europea.
  12. Egipto e Israel aparecen más al margen de esta “multiguerra”, lo que no implica que no intervengan ocasionalmente, en especial el Estado sionista, por ejemplo con bombardeos a fuerzas de Hezbollah (milicia del Líbano) que combaten junto al gobierno de Damasco.
  13. Inspirados por las (dudosas) teorías de la geopolítica clásica sobre el “Heartland” y, sobre todo, por su sed de petróleo antes de desarrollar la alternativa del fracking, el imperialismo yanqui, con los Bush, se lanzó a imponer un poder más directo, más colonial, en el “Gran Medio Oriente”. Esto intentaba aprovechar el vacío geopolítico dejado por la disolución de la Unión Soviética en 1989/91. Así, Bush (padre) lanzó la primera guerra contra Irak (1991). Luego, su hijo G. W. Bush, después de ocupar Afganistán en 2001, invadió Irak en 2003. Los respectivos pretextos fueron la Torres Gemelas y la fábula de las “armas de destrucción masiva” que poseía supuestamente Irak. En verdad, esta orientación ya había sido expuesta públicamente en los 90 por los “neocon” (neoconservadores), en su manifiesto “Project for the New American Century”, firmado por quienes serían luego el equipo de gobierno de Bush (hijo). Sintetizando: EEUU debía ratificarse como el superimperialismo del siglo XXI, lanzándose a una política exterior “atrevida”, con intervenciones militares y sin tener en cuenta a la ONU ni a los pusilánimes imperialismos europeos. El primer paso sería la “remodelación” del Gran Medio Oriente, como decía Condoleeza Rice. Así se consolidaría el mundo “unipolar”, bajo el mando exclusivo de EEUU, esbozado tras el derrumbe de la Unión Soviética.
  14. La “ruta de la seda” fueron en realidad varias rutas comerciales, principalmente terrestres, que unieron a China con Europa desde antes de la era cristiana (hay muchas discusiones sobre fechas). A lo largo de la historia, la Ruta de la Seda se mantuvo, aunque con grandes oscilaciones, hasta que desde fines del siglo XV fue superada por las rutas marítimas dominadas por las potencias europeas, que daban la vuelta al África por el Cabo de Buena Esperanza y llegaban así a China y la India. En contraste, hasta la primera mitad del siglo XV, China habría sido una potencia naval con buques de dimensiones y técnicas muy superiores a las de Europa. Pero diversos factores, crisis y conflictos internos habrían llevado a China a retroceder y cerrarse sobre sí misma, liquidando su flota. Poco después, Europa iniciaba el desarrollo de una economía-mundo capitalista, facilitada por la circunnavegación de África y el “descubrimiento” y conquista de América, que fueron prácticamente simultáneos.
  15. Es política de Washington provocar regularmente “incidentes” que dejen claro que desconoce la soberanía de China. En octubre pasado, envió un buque de guerra a las islas Spratly, en el Mar de China Meridional, que sobrepasó las 12 millas de mar territorial. Antes, en mayo, había despachado un avión militar con periodistas de la CNN a sobrevolar sin autorización territorio chino. Poco después, Beijing respondió enviando cinco barcos de guerra a Alaska que traspasaron también las 12 millas. ¡Una advertencia a Obama, que ese día estaba de visita en Alaska!
  16. África Subsahariana, por ejemplo, es gran proveedor de materias primas para China, y Beijing es su principal socio comercial. En ese marco, China iniciaría la construcción de un colosal puerto en Namibia (el de Walvis Bay), estratégico para el control del océano Índico. Se da por descontado que exigirá ser custodiado, por tierra y por mar.
  17. Otro aliado de EEUU para conformar el bloque antichino es… Vietnam, aunque no está claro si esto se extenderá al terreno militar. La visita de Obama a Hanoi en mayo pasado apunta a profundizar un acercamiento que viene de lejos. Esto puede parecer sorprendente, dadas las atrocidades cometidas por el imperialismo yanqui en la guerra que acabó con su derrota humillante en 1975. Pero recordemos que, poco después, en febrero de 1979, las burocracias de Beijing y Hanoi se enzarzaron en una guerra fratricida que terminó en una semiderrota de China. Además, hoy Vietnam es uno de los actores principales en la pelea contra China por las islas Spratly y Paracelso, que antes comentamos.
  18. Una de cal y otra de arena. Australia firmó con Washington en 2014 un acuerdo para instalar una base de los marines en Darwin, estratégica ciudad-puerto al norte del país, que jugó un papel importante en la Segunda Guerra Mundial. Pero como estamos en épocas posmodernas, se estipula que los marines sólo la utilizarán para –no reírse– “labores humanitarias”. ¿Como en Guantánamo?
  19. Cuba siguió ese curso con más retraso, por la política inicial de Washington de pretender al mismo tiempo un cambio de régimen que devolviese el poder a la burguesía “gusana” de Miami.
  20. En la segunda posguerra, la Unión Soviética y otros estados (del Este europeo, luego China, etc.), aunque no eran realmente “socialistas”, habían expropiado al capitalismo. Esto establecía diferencias radicales con el resto, pese a que de conjunto –considerada como una totalidad– la economía mundial era capitalista. Hoy, después de las restauraciones de los 90, no sólo de conjunto la economía mundial es capitalista, sino también cada una de sus partes, incluyendo a Rusia, los países del Este, etc.
  21. Esto alimenta las fabulaciones de algunos sectores de izquierda, tanto europeos como latinoamericanos (por ejemplo, el castrismo y el chavismo), que ven a Rusia y también a China como potencias más “benévolas” o “progresivas” que el imperialismo yanqui.
  22. Pero también hay otros tipos de “entidades”, como enclaves europeos (por ejemplo, Ceuta y Melilla), territorios de soberanía cuestionada (como la República Saharahui), secesiones de hecho, etc.
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