Por José Luis Rojo, Revista SoB 30-31, noviembre 2016

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Meses atrás realizamos la reunión anual de nuestra corriente internacional. Su apertura estuvo signada por un informe acerca de la coyuntura mundial, que abordamos en el siguiente texto, que es una revisión de un adelanto publicado en abril pasado. Lo haremos sin perder de vista que dar una panorámica de los asuntos mundiales es una tarea compleja, tanto por la magnitud de los problemas a evaluar como por el tamaño limitado de las corrientes revolucionarias.

A modo de síntesis de lo que sigue, podemos señalar que la coyuntura mundial está dominada por un giro a la derecha en un contexto en que la economía mundial parece encaminarse a mediano plazo hacia una nueva recaída recesiva, y sigue presente la crisis hegemónica relativa de los Estados Unidos. La coyuntura es desfavorable, pero los problemas del capitalismo tienden a agravarse y el ciclo mundial está caracterizado por el reinicio de la experiencia de los explotados y oprimidos.

  1. Una larga depresión de la economía mundial

Lo primero a subrayar es el trasfondo general de los desarrollos internacionales: la crisis económica mundial abierta en el 2008, y que no se ha cerrado. Por el contrario, han retornado últimamente las preocupaciones acerca de una posible recaída recesiva en las economías del norte del mundo en un plazo de un par de años.

De ocurrir una nueva crisis recesiva en el centro del mundo, configuraría un desarrollo paradójico. Convergerían, por así decirlo, dos crisis: la más estructural, abierta en el 2008 y no resuelta, y una crisis de coyuntura, cíclica, como las que ocurren cada 8 o 10 años, sólo que en este caso superpuesta o sobreimpresa a la crisis general, lo que podría potenciar sus consecuencias adversas.

Es lo que sostiene, entre otros analistas, Michael Roberts (economista marxista norteamericano), que subraya el aumento del riesgo de una nueva recesión global en los próximos años (“Predicciones para el 2016”, 5-1-16). De ahí que no llame la atención que Christine Lagarde, jefa del FMI, hable de “la nueva mediocridad” que acecha a la economía mundial: el “riesgo de un crecimiento débil persistente”, un rasgo característico de la economía mundial en la actualidad.

En este contexto, las principales preocupaciones se cifran tanto en el crecimiento de los Estados Unidos como de China, primera y segunda economías mundiales. Arranquemos por el gigante oriental. El caso de China, luego de dos décadas y media de crecimiento de dos dígitos, y de ser la “locomotora sustituta” de los Estados Unidos desde el inicio de la crisis, China se va acomodando a índices de crecimiento menores: la propia burocracia del PCCh habla de una “nueva normalidad” en torno de un 6% de crecimiento anual.

Más abajo nos referiremos a las causas estructurales de esta reducción en el ritmo del crecimiento chino, aunque adelantamos que remiten a los límites de una economía orientada hacia las exportaciones, la presión al alza de las condiciones de vida, salario y empleo de los propios trabajadores del país y la sobreinversión que no encuentra salida en materia de valorización. En todo caso, ella renueva los interrogantes sobre la dinámica del crecimiento mundial, recordando que China fue el país que ayudó al fenómeno del “desacople” económico en el apogeo de la crisis (que los países emergentes no se vieran arrastrados a la caída recesiva), y que ese desacople ha finalizado hace tiempo ya. Así lo indican la crisis recesiva, la caída del precio de las materias primas y las devaluaciones en los países BRIC y emergentes (multiplicadas por el fortalecimiento del dólar tras el triunfo de Trump).

En este cuadro de situación, un lugar de relevancia lo tiene la crisis en curso Brasil, crisis que desplazada Dilma Rousseff y asumido Michel Temer, impeachment mediante, no encuentra respiro, con una brutal caída del producto industrial del orden del 10% en 2015, algo sin antecedentes en las últimas décadas. Se verá, ahora, luego la asunción del reaccionario gobierno de Temer (aún más duro que el de Macri en la Argentina) y su riguroso paquete de medidas de ajuste si ello posibilita un rebote económico del gigante latinoamericano. Una medida de la dureza de las medidas la da la votación en el parlamento del congelamiento por 20 años del presupuesto del Estado, a lo que se agregarían la extensión de la jornada de trabajo y el aumento de la edad de retiro.

Con la reducción del ritmo del crecimiento chino, el interrogante se dirige hacia los alcances de la recuperación de Estados Unidos y si podrá retomar su lugar de “primer motor” del crecimiento mundial (uno de los objetivos de la política económica que adelante Trump). Es verdad que ha sido el país imperialista de desempeño más vigoroso de las economías desarrolladas. El otro ha sido Alemania, pero el “motor europeo” sigue siendo exportador neto y no consumidor. En general, “Alemania pertenece a ese pequeño grupo de países que disponen de una productividad del trabajo relativamente elevada y de un aparato productivo excepcionalmente diversificado, particularmente en los dominios de la construcción de máquinas y herramientas, y en general en la producción de medios de producción, y que por esta razón se coloca en una posición internacional dominante” (Thomas Sablowsky, “Le capitalisme allemand, un vainqueur dans la crise?”, revista Contretemps). Sin embargo, muchos analistas destacan que su actual recuperación, aunque sostenida, es la más modesta en términos de crecimiento desde la Segunda Guerra Mundial.

Esto plantea interrogantes acerca del desarrollo futuro de la economía norteamericana. Concretamente, están en debate los alcances de las ganancias de productividad logradas al calor de la “revolución digital”: la llamada “tercera revolución industrial”. ¿Podrá su “efecto de arrastre” ser comparable a las primeras y segundas revoluciones industriales? Es una cuestión a la que ya nos hemos referido y que retomamos en esta edición: “Gordon ha sostenido que las innovaciones en materia de investigación y desarrollo e Internet, así como la elaboración de datos automatizados y a gran velocidad, y el comercio electrónico, resultan muy inferiores en comparación con los avances de la Revolución Industrial, incluidos el motor a vapor, la electricidad y las instalaciones sanitarias domésticas (…). Las señales recientes de aminoración del aumento de la productividad, tanto en EEUU como en China, subrayan esta realidad. Para un mundo que podría caer en un estancamiento persistente, se trata de una noticia preocupante, por no decir algo peor” (“EEUU, China y la paradoja de la productividad”, Stephen S. Roach, Proyect Syndicate, 25-6-15). En todo caso, la resolución de esta contradicción no dependerá solamente de la evolución económica, sino de los desarrollos de la lucha de clases en los próximos años y décadas.

Pero lo que sí parece evidente es que esos desarrollos deberán sustanciarse en un escenario de mediocridad económica, que tanto pueden “apocar” las tendencias a la lucha como potenciarlas; no hay nada mecánico en ello. Es sintomático al respecto lo que dice Harold Meyerson, uno de los pocos periodistas “socialistas” de renombre en los Estados Unidos: “Un crecimiento lento será la norma para lo que resta de este siglo todavía nuevo. Y debido a que la desigualdad económica ralentizará nuestro progreso aún más, todo el mundo, salvo el 1% más rico, verá el crecimiento de su consumo ralentizado (…). Una Norteamérica sin crecimiento será un país diferente, en el que el conflicto de clase será más abierto, duradero… y necesario (…). El estancamiento a largo plazo (…) podría transformar esta guerra de clases unilateral en una guerra de clases con dos bandos” (“La guerra de clases en un futuro sin crecimiento”, 22-10-12, Sin Permiso). Cuestión que, agregamos nosotros, vista la elección de Donald Trump y los elementos de polarización social y política que se están expresando en EEUU, podría concretarse en los próximos años.

En todo caso, en un escenario en el que por añadidura la Unión Europa (con excepción de Alemania) y Japón siguen sin crecer, se entiende que emerja una grave preocupación y debate acerca del “estancamiento secular” que está afectando a la economía mundial, en el que tallan Larry Summers, Paul Krugman, el ya citado Robert Gordon y otros. Concomitante con esto es la preocupación por la creciente desigualdad engendrada por el capitalismo en estos comienzos del siglo XXI, que la crisis del 2008 no ha hecho más que profundizar. De ahí trabajos como la del economista francés Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI), que alertan que el mundo se estaría deslizando a niveles de desigualdad similares a los de finales del siglo XIX, circunstancia en la cual se forjó esa “era de los extremos” que fue la primera mitad del siglo pasado.

Si está claro que entre desigualdad económica y revolución social no hay ninguna relación mecánica, la creciente preocupación por la desigualdad que está generando el sistema es un síntoma de que algo muy grave estaría procesándose en las entrañas del capitalismo mundializado, configuración puesta ahora en cuestión nada menos que por el nuevo presidente yanqui.

En síntesis: es un hecho que la Gran Recesión de 2008 no llegó a transformarse en una Gran Depresión como la de los años 30 debido a la masiva intervención de los Estados para rescatar el capital en quebranto. Sin embargo, tampoco estamos frente a un escenario de recuperación vigorosa. La circunstancia que venimos describiendo es la de una Larga Depresión: una situación de mediocridad y estancamiento duradero, de falta y/o agotamiento de zonas dinámicas de valorización de capital: “Un año y medio atrás, los que esperaban que en 2017 se alcance un retorno a la senda de la producción potencial [concepto que se refiere a la recuperación de todo lo que se perdió en materia de crecimiento por la crisis] estimaron que la Gran Recesión en última instancia cuesta a la economía del Atlántico Norte alrededor del 80% del PBI de un año, es decir 13 billones (millones de millones) de dólares en pérdidas de producción. Si tal recuperación a cinco años comenzara ahora (mediados de 2014. JLR) –un escenario altamente optimista– significaría pérdidas de alrededor de 20 billones. Si, como parece más probable, la economía va a tener un desempeño similar durante los próximos cinco años al que tuvo durante los últimos dos, la recuperación tomaría otros cinco años, lo que significaría que se perdería una cifra masiva equivalente a 35 billones de riqueza (el PBI mundial ronda los 55 billones. JLR). ¿Cuándo vamos a admitir que es hora de llamar a lo que está sucediendo por su verdadero nombre: una Grandísima Depresión?” (J. Bradford Delong, “La Grandísima Depresión”, 28-8-14).

Esta tendencia podría agravarse en caso de que Donald Trump lleve a efecto, aun limitadamente, lo que predica en materia económica: un giro al proteccionismo (fenómeno que definimos como una “crisis del impulso mundializador” y que tratamos aparte en esta edición).

  1. EEUU y China: el principal problema geopolítico del siglo XXI

Junto con las tendencias a una nueva crisis de la economía mundial, están los problemas de orden geopolítico (que se tratan de manera exhaustiva en esta edición). Se vive un declive relativo de la hegemonía norteamericana. Este debilitamiento hunde sus raíces en la economía: Estados Unidos ya no fabrica el 50% del producto mundial como lo hacía a la salida de la Segunda Guerra Mundial, sino algo en torno del 20%. El sheriff del mundo no tiene capacidad de resolver por sí solo los problemas del mundo. Sigue siendo la primera potencia (y la primera potencia militar), pero necesita del concurso de otros para afrontar los problemas del mundo. De ahí que el declive de los Estados Unidos fuera afrontado exitosamente como consigna central de campaña por Trump: “Make America great again”.

El desafío hegemónico que plantea China se afirma como el principal asunto geopolítico del siglo actual; cuestión que hace parte, por lo demás, al traslado del centro de gravedad de la economía mundial al Pacífico. Es un cambio económico y geopolítico mayor cuando se considera que, a lo largo de más de doscientos años, el centro gravitatorio pasó por el Atlántico; esto ya no es más así, por lo menos en materia económica. Obama intentó dos años atrás trasladar el centro de sus preocupaciones a esta región, pero no pudo hacerlo. Ahora, un simple llamado de Trump a la actual presidenta de Taiwan amenaza con desatar una crisis política con China, y no es para menos: plantea el interrogante de en qué medida el nuevo presidente yanqui tendrá una política más “beligerante” hacia el gigante oriental.

Lo anterior no niega que la agenda geopolítica se haya complejizado y enriquecido con otros actores: desde Rusia, que bajo Putin le puso un freno al proceso de semicolonización que se anunciaba en los años 90, pasando por países con arsenales atómicos como Pakistán e India; Alemania, que es la gran potencia de la UE (aunque sigue siendo un “enano” militar, contradicción si la hay para un país imperialista de semejante peso), y las varias potencias regionales emergentes, tema que se trata en estudio aparte en esta edición.

Se plantean, así, una serie de problemas de definición en lo que hace a la jerarquía de países e imperialismos. Hay sectores de la izquierda que creen ver en el ascenso de China el de una “potencia benigna” que vendría a “emancipar a los pueblos” (caso del fallecido geógrafo marxista Giovanni Arrighi). Nada más alejado de la realidad. China, una sociedad devenida en un capitalismo de Estado (o capitalismo burocrático, según la definición de Au Loong Yu), por un curso original, tiende a moverse en la arena internacional como un “imperialismo en construcción” (Pierre Rousset). Si hace alguna concesión es en aras de esta evolución: sus patrones de relacionamiento y la matriz de sus inversiones e intercambios en el terreno del comercio internacional son similares a los del resto del imperialismo.

Es verdad que China no logra aún la suficiente autonomía en materia de investigación y desarrollo, aunque daría la impresión de que está acercándose. Acceder al nivel de potencia imperialista “hecha y derecha” dependerá, entonces, de un conjunto de circunstancias: entre ellas, solucionar su relativamente frágil estabilidad social interna. Los últimos informes indican que los “incidentes laborales” crecieron en 2015 y probablemente en 2016. La “Rebelión de los Paraguas” en Hong Kong aparece reabsorbida (sus figuras jóvenes son críticas del régimen chino, pero, ante la crisis de alternativas a izquierda, con elementos de xenofobia). Sin embargo, los informes de su situación social hablan de que sigue en ascenso la dinámica de la conflictividad obrera. Es sabido que esa conflictividad y el grado de organización de los trabajadores siguen siendo muy incipientes. No sólo no tiene traducción política, sino que incluso siguen muy restringidos los derechos a la organización sindical. De todas maneras, la conflictividad se duplicó en 2015, si bien los conflictos fueron, sobre todo, por el cobro de lo que les adeudan sus patronos luego de despidos. Por lo demás, el mayor foco de la conflictividad social sigue estando en el campo, en la pelea por la titularidad de las tierras.

En todo caso, en China el nivel de productividad de su economía, así como el ingreso per cápita, están todavía muy por detrás de los de EEUU y la totalidad de las economías imperialistas. Además, en términos de potencia económica real, China permanece subordinada a Estados Unidos en muchos aspectos. Pero esto no puede ocultar la radical novedad: relegadas Inglaterra y Francia a potencias de segundo orden, Alemania cruzada todavía por el síndrome de su papel en las dos guerras mundiales, al igual que Japón (aunque allí el gobierno está intentando avanzar en su remilitarización, derogando las clausulas pacifistas de su Constitución), con Rusia demasiado dependiente de la producción de recursos naturales y la industria armamentística, todas las miradas se focalizan en China. Su ascensión parece imparable, pero su dinámica está en debate debido a los desequilibrios dramáticos que entraña su crecimiento; entre ellos el necesario cambio que deberá hacer en el patrón de su acumulación: de exportador a algo más balanceado con el mercado interno.

China se destaca por lo paradójico de su evolución. Cuna de una gran civilización histórica que se mantuvo al margen del curso central de los acontecimientos en Occidente, sometida de manera creciente por las potencias imperialistas partir de su derrota en la Guerra del Opio (mediados del siglo XIX) que instituyeron las oprobiosas “ciudades bajo tratado” (las principales urbes costeras, bajo administración directa de los distintos imperialismos), su unidad e independencia nacional fueron conquistadas con la revolución anticapitalista de 1949. Fueron esas conquistas las que, paradójicamente, crearon las condiciones para la revolución industrial tardía y la extensión universal de la producción de mercancías a partir del giro al capitalismo instrumentado por Deng Xiao Ping a finales de los años 70. La inmensa reserva de mano de obra campesina del multitudinario país oriental es lo que posibilitó esa verdadera revolución industrial, que aunada al bajo costo de la mano de obra fabril llevó a la transformación del gigante asiático en el “taller del mundo” en las últimas décadas.

El dinamismo de su crecimiento, amén de un comportamiento más “asertivo” en los asuntos en su propia región (ver el litigio por las islas artificiales que está construyendo en el Mar de la China Meridional) y aun más allá, como en África, es lo que plantea el debate del carácter (pacífico o violento) de su ascensión: “En Asia oriental, China ha emprendido una puja con Japón (…) y con ello desafía a EEUU: puesto que ya es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y posee oficialmente el arma nuclear, reclama el pleno reconocimiento como potencia” (Pierre Rousset, “China: un imperialismo en construcción”, en www.socialismo-o-barbarie.org).

Es evidente que el orden geopolítico internacional está mutando. Pero también es verdad que en el último período EEUU logró triunfos diplomáticos significativos que, de todas maneras, lo obligaron simultáneamente a hacer concesiones: la reapertura de relaciones diplomáticas con Cuba y reconociendo a los hermanos Castro como interlocutores en la restauración capitalista en la isla; el acuerdo con el gobierno de Irán por su plan nuclear, aunque aceptando su uso para objetivos pacíficos. Triunfos diplomáticos que, paradójicamente, y en vista de sus concesiones, ahora vienen a ser cuestionados por Trump, queda por verse hasta qué punto.

En todo caso, nunca se debería perder de vista que las modificaciones geopolíticas profundas jamás fueron pacíficas. Esto es lo que repropone, en el largo horizonte, el fantasma de las guerras y conflagraciones. No de manera mecánica: nadie espera una “guerra mundial” en el futuro próximo. Pero sí es un hecho que se están viviendo conflictos “localizados” –una suerte de “estado de guerra permanente”– que marcan la coyuntura mundial: Siria, Irak, Afganistán, Ucrania, etcétera. Conflictos en los cuales se entrecruzan reivindicaciones y demandas desde abajo, así como los intereses de las distintas potencias con su “guerra contra el terrorismo”, desde arriba, y también organizaciones de corte semifascista como ISIS y otras. De ahí que en muchos casos no sea fácil orientarse desde un punto de vista de clase, y que sea un esfuerzo de apreciación saber de qué lado de la barricada combatir ante la difuminación de los contornos sociales y de clase en muchos de estos conflictos. Casos como Siria, Irak o Ucrania se transforman en un verdadero “laberinto” que desafía a la izquierda revolucionaria a no perder su independencia política.

En síntesis: una conflictividad internacional creciente, y que con Trump abre el interrogante de si no se verá agravada como subproducto de una combinación particular de “aislacionismo” y beligerancia.

  1. Un recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos

Sobre el trasfondo de la mediocridad económica mundial y del debilitamiento hegemónico de Estados Unidos, es importante reafirmar la definición del ciclo mundial por el que estamos atravesando. Nuestra corriente viene manejando una hipótesis de trabajo que nos delimita de dos visiones opuestas pero simétricas: las definiciones objetivistas, catastrofistas, que ven siempre el “derrumbe” del sistema y las “revoluciones” a la vuelta de la esquina, así como también aquellas marcadas por una suerte de “pesimismo histórico” que sólo ve derrotas, que no establece ninguna inflexión entre los retrocesos históricos de los años 80 y 90 y la situación actual (caso de la mayoría del Secretariado Unificado).

Nuestra visión se apoya en la idea que el actual ciclo de rebeliones populares (que no significa que haya rebeliones todo el tiempo, ni vulgaridades por el estilo) está marcado por un retorno general de las luchas sociales. Retorno que señaliza, históricamente, un recomienzo de la experiencia de los explotados y oprimidos, y que se expresa en los cuatro puntos cardinales del globo: desde las nuevas clases obreras de China e India, pasando por los sentimientos “socialistas” que anidan en una amplia franja de la juventud menor de 30 años en Estados Unidos e Inglaterra, hasta los movimientos de indignados y “mareas” expresadas en puntos tan disimiles como Brasil, España, Egipto, Túnez y un largo etcétera.

Es un hecho que a finales del siglo XX se vivió una profunda “desacumulación” en materia de conciencia y organización entre los trabajadores. La caída del Muro de Berlín y de los países no capitalistas del Este europeo fue vivido como una derrota cuyos antecedentes, en verdad, se remontan a momentos muy anteriores, en las profundidades del siglo XX. Nos referimos a la derrota de la clase obrera rusa en los años 30, cuando fue desalojada del poder por el stalinismo, liquidándose así el carácter obrero del Estado soviético. Hubo retrocesos generalizados en materia de conquistas sociales y laborales de los explotados y oprimidos en todo el mundo. Nuevas regiones fueron sometidas a la mercantilización y valorización directas del capital. Toda una generación obrera quedó fuera de los lugares de trabajo, y una nueva ingresa en condiciones de precariedad.

Y, sin embargo, a medida que fueron asentados nuevos núcleos y lugares de valorización del capital, fue emergiendo una nueva generación trabajadora, una nueva clase obrera, al tiempo que con el retorno de las luchas a partir de Seattle (noviembre 1999) emergió una nueva generación luchadora, juvenil, trabajadora, obrera, del movimiento de mujeres y militante, que es la protagonista de las luchas en las más diversas partes del globo. Una generación que comienza a hacer su experiencia y de la que se nutren las corrientes revolucionarias hoy: ahí está el ejemplo de la reciente huelga general en India, el 2 de septiembre pasado, considerada la más grande de la historia (“The World’s Largest General Strike”, Vijay Prashad, www.internationalviewpoint.org).

Perder de vista el surgimiento de esta nueva generación, el punto de inflexión que significa respecto de las derrotas de las décadas anteriores, es un grave error y una grave ceguera político-estratégica. Al mismo tiempo, también es verdad que al calor de este ciclo de rebeliones populares todavía no se han vivido verdaderos procesos de radicalización política: no han ocurrido nuevos “Mayo Francés” y, además, el nivel general de actividad de la clase obrera permanece bajo respecto de los estándares de la mayor parte del siglo XX. El proceso es un recomienzo aún inicial de la experiencia, marcado por la continuidad de una grave crisis de alternativas socialistas y una falta de radicalización. El peso de los aspectos “epocales” sobre las nuevas generaciones, el posmodernismo que anida entre amplios sectores, es algo que no se puede desestimar: es el reflejo subjetivo de los tiempos que corren, pero no por ello dejan de tener consecuencias en materia de falta de compromiso, dificultad de asumir responsabilidades, etcétera. De ahí que nuestra definición sea la de un ciclo de rebeliones populares en el que todavía no se observa el retorno de revoluciones propiamente dichas.

Pero, de todas maneras, si se perdiera de vista la inflexión más estratégica que está en curso, se cometería un crimen político: no es lo mismo el ciclo anterior de durísimas derrotas que el actual, que exhibe un refrescante reinicio de la experiencia cualesquiera sean sus desigualdades y mediaciones: ¡una nueva generación comienza a pedir la palabra!

Por esta razón, no hay manera de abordar la actual coyuntura mundial sin las definiciones que señalamos arriba: una, que el contexto material de los desarrollos es el de una larga depresión económica que no tiene visos de terminar, una larga depresión que no está caracterizada por desarrollos catastróficos, pero que da lugar a una mediocridad económica persistente y que abre interrogantes sobre la dinámica de conjunto de la economía capitalista. Dos, que vivimos un nuevo ciclo de recomienzo de la experiencia de los explotados y oprimidos, caracterizado, evidentemente, por los dolores de parto de todo recomienzo, con todas las dificultades de su falta de radicalidad, la falta de un mayor protagonismo del proletariado, pero que de todos modos no es el ciclo de derrotas históricas vividas en la etapa anterior sino un lento despertar: “Veinte años luego de la derrota del movimiento de 1989 y el debut de una restauración de amplios alcances, las masas laboriosas y los intelectuales han atravesado por un período de profunda desmoralización y despolitización raramente vista en la historia de la China contemporánea. Este período alcanzará seguramente su fin en un futuro próximo, dadas las contradicciones acumuladas y el aprendizaje de la población. Es tiempo de que nos sirvamos de la observación hecha por Marx en la época del gran retroceso político de 1863: ‘Veinte años son más que una jornada, pero pueden venir jornadas que resumen veinte años de historia’” (Au Loong Yu, cit.).

Es que el período actual se caracteriza por la emergencia de una nueva generación que hace las veces de materia prima de la que se nutren nuestras corrientes, sobre todo en los países del centro imperialista y Latinoamérica. Pero que también se comienza a expresar en países insospechados como los Estados Unidos: “El largo declive en la identidad de clases entre los adultos jóvenes puede ayudar a explicar la sorprendentemente poderosa performance en la interna demócrata del insurgente candidato Bernie Sanders, que ha prometido eliminar las cuotas universitarias y elevar el salario mínimo” (“US millennials feel more working class tan any other generation”, The Guardian, 15-3-16). Una mayoría de la nueva generación se siente integrante de la clase trabajadora y no de las clases medias como el pasado, a lo que hay que agregar cómo entre los menores de 30 años la palabra socialismo cobra una relevancia positiva, junto con la connotación negativa del capitalismo (volveremos más abajo sobre esto).

De ahí, por otra parte, que el estudio del siglo XX, el correcto abordaje de sus enseñanzas, el balance del período realizado desde la perspectiva estratégica del relanzamiento de la lucha por el socialismo tenga semejante importancia, que resaltamos en esta edición: hace a la forja de la conciencia revolucionaria de las nuevas generaciones militantes en momentos en que recomienza la experiencia de lucha. Sólo nuestra corriente internacional ha llevado adelante esta tarea en Latinoamérica.

  1. El triunfo de Trump consagra el giro a la derecha de la coyuntura mundial

Es dentro de las coordenadas señaladas que debe definirse la coyuntura mundial. Sin embargo, el marco general no debe servir para diluir la especificidad de la coyuntura política mundial, marcada por un evidente giro a la derecha, aun si esto no significa necesariamente el cierre de ciclos políticos o anular los elementos de polarización social y políticos hacia la izquierda que también ocurren. Este giro a la derecha político que acaba de ser consagrado mundialmente con el triunfo de Trump.

Como antecedente obra que los desarrollos políticos en las regiones que venían siendo más dinámicas han ido para el lado reaccionario, conservador. Si las herramientas del análisis marxista sirven para algo es porque son flexibles: valen para leer la realidad tal cual es, no son “milenaristas”, no se pueden mantener sin modificaciones por años (la corriente morenista se caracterizó por este tipo de elaboraciones, que extendían las categorías de análisis por años hasta perder toda funcionalidad analítica y transformarse en otras tantas fuentes de desorientación). Deben ser elásticas ante los cambios de frente para poder dar las respuestas revolucionarias dinámicas que correspondan en cada caso.

Varios son los desarrollos hacia la derecha que se vienen observando en la coyuntura: la “guerra contra el terrorismo” desencadenada por el imperialismo con la excusa de los atentados en Francia y Bélgica; la internacionalización de la guerra civil sin fin en Siria; la dramática crisis de los refugiados en Europa generada por la degeneración reaccionaria de la primavera árabe; el contenido conservador de la votación por el Brexit en Gran Bretaña; la ajustada derrota del Sí al referéndum por la paz con las FARC en Colombia y, obviamente, el triunfo de Trump en las elecciones yanquis. Todos elementos que han estado en el centro de los acontecimientos internacionales, desplazando del lugar de privilegio que llegaron a ocupar las rebeliones populares años atrás.

Veamos el drama de los inmigrantes. Se trata de un fenómeno mundial subproducto de las tendencias generadas por la acumulación capitalista en la actualidad. Ya Marx había señalado, en El capital, que los flujos migratorios siguen como la sombra al cuerpo a los de la acumulación. Es el caso de México y Centroamérica, por ejemplo, que alimentan el flujo continuo que va hacia los “Estados” (Estados Unidos) en condiciones de verdaderos “países fallidos” caracterizados por una inconmensurable descomposición social (algo que nuestra corriente conoce de cerca por la experiencia de nuestros compañeros hondureños).

De todas maneras, el centro de la crisis migratoria ha estado el último período en Europa, aunque ahora la promesa de levantar un “muro” contra los mexicanos y expulsar a los indocumentados de Estados Unidos, podría levantar un polvorín de incalculables consecuencias en Latinoamérica y los propios EEUU. En Europa el tema se transformó en una verdadera crisis humanitaria, alimentando el giro a la derecha político en la Unión Europea. Esto se agravó con el reciente acuerdo reaccionario de la UE con Turquía para que ésta opere de filtro de refugiados. En esta dinámica hubo un giro a la derecha muy marcado cuando recordamos que a comienzos del 2015 la recepción de los refugiados en Alemania había sido muy favorable. Pero luego de una serie de desarrollos, la opinión pública europea en general, y la alemana en particular, fue poniéndose cada vez más a la derecha, concluyendo en lo que se vive hoy: giros a la derecha electorales en casi todos los países, motorizados en parte importante por esta cuestión, así como la literal expulsión de inmigrantes del suelo europeo.

La crisis migratoria europea tiene un origen bastante claro: la proyección de la crisis en Siria e Irak al centro de la coyuntura internacional, herencia de la desastrosa intervención imperialista en la región. La expectativa es que luego de varios años haya una “reabsorción” de la guerra civil en Siria. En lo inmediato, sin embargo, está recrudeciendo, con la recuperación de Al-Assad de parte del territorio y las ciudades perdidas por su régimen (Alepo, entre otras), tarea en la que cuenta con la ayuda inestimable de Putin y cierto giro de las potencias imperialistas (“bajo protesta” por así decirlo) a volver sus ojos sobre él como “mal menor” ante el Estado Islámico.1

La degeneración reaccionaria de la primavera árabe y su impacto en los asuntos internacionales es otro de los factores importantes en el giro reaccionario internacional. Recordemos que a la hora de las “mareas” y movimientos de indignados en España y Turquía, el ejemplo de la Plaza Tahrir (Egipto) fue de enorme importancia. Esto ocurría cuando el apogeo de las rebeliones populares en 2011 y 2012. Hoy en Egipto, Siria, Libia y Turquía (el caso de Túnez parece distinto, manejándose bajo patrones de democracia burguesa), los desarrollos dominantes han ido para el lado reaccionario, por toda una serie de razones que es complejo desarrollar aquí, pero que tienen que ver en última instancia con la enorme complejidad para la maduración de los factores subjetivos en esta región, donde los problemas de clase, tribus y religión están tan entrelazados.

En el propio mundo árabe se registran, de todos modos, contratendencias que no llegan a anular la tendencia conservadora principal, pero que están ahí marcando el carácter más complejo de los procesos. En Turquía domina con puño de hierro Erdogan. Sin embargo, a mitad del año pasado, el Partido Democrático de los Pueblos, una organización de centroizquierda vinculada al pueblo kurdo, se alzó con el 13% de los votos (el reflejo en dicho país de las votaciones de Syriza y Podemos en Grecia y España). También en Turquía, Siria e Irak tiene sus raíces el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, marcando por experiencias comunales, de armamento popular y de las mujeres. Esto muestra el otro polo de los desarrollos: los elementos de radicalización, políticos y sociales, que también comienzan a hacerse presentes en la situación mundial como un todo y en cada una de sus regiones.

De todas maneras, no es el único fenómeno que se observa en este sentido. Ocurre que la crisis de la Unión Europea como tal (con un elemento central en el Brexit británico), sumado al colapso reaccionario del populismo en Latinoamérica o el giro a la derecha electoral ahora en Estados Unidos, son otros tantos fenómenos de esta coyuntura girada a la derecha internacionalmente.

  1. El giro reaccionario en Europa occidental

Corresponde abordar entonces, someramente, la situación en Europa occidental, sobre todo Francia y Grecia, y como contrapeso España (aunque relativo, porque finalmente se impuso Rajoy para la presidencia, aunque en medio de una gran crisis política, como gobierno de minorías). Podríamos decir que con una situación política y social tan estable en Alemania2, el fiel de la balanza en Europa occidental está en Francia, a la que le podemos sumar la desmoralización causada por la traición de Tsipras en Grecia. Una experiencia que había levantado todo tipo de expectativas de un curso “anti austeridad” de su gobierno, y ha terminado desvergonzadamente como un fiel aplicador de los ajustes de la Troika.

Francia ha sido la sede de dos atentados terroristas en 2015: contra la revista Charlie Hebdo a comienzos del año pasado y en el teatro Bataclan a finales del mismo año. Ambos atentados no podían tener otra consecuencia que un giro a la derecha de la coyuntura y el “estado de excepción” que todavía hoy domina el país (reforzado con los atentados en Bélgica). Esto se da pese a que la lucha contra la ley El Khomri abrió una suerte de “contracoyuntura” de lucha social ascendente en la primera mitad del 2016.

Respecto de la reacción contra ambos atentados, se verificó una regresión. Cuando el ataque a Charlie Hebdo hubo una reacción espontánea activa muy progresiva los primeros días; incluso, si posteriormente se encauzó el repudio por la vía de una movilización por la unidad nacional encabezada por Hollande (y en la que participó el premier israelí Netanyahu), esa movilización inicial sentó las bases para ponerle un freno al giro reaccionario.

Ya en el segundo atentando la movilización popular no ocurrió y el giro reaccionario de la coyuntura fue mucho más marcado, lo que le permitió al gobierno de Hollande poner en práctica una agenda de derecha. Es verdad que posteriormente se vivió el reanimamiento de las luchas a propósito del rechazo a la contrarreforma laboral presentada por la ministra de Trabajo de Hollande, que terminó finalmente en derrota, como se analiza en esta edición.

En todo caso, no debe perderse de vista que en medio de esta coyuntura adversa, el Front National logró quedar como primera fuerza en la primera vuelta de las elecciones municipales francesas de finales del 2015: un peligro que alimenta los rasgos reaccionarios de la coyuntura. Es muy difícil que el FN gane una elección presidencial: tiene el 30% de los votos y el repudio del otro 70%; esa votación es, previsiblemente, su piso y su techo. Además, no es una formación fascista sino de extrema derecha, que opera hoy por hoy dentro de los marcos de la democracia patronal. Sin embargo, esto no le quita gravedad al hecho de que una franja de la clase trabajadora lo vote hoy, ni que una porción de la juventud menor de 30 años haga lo propio, lo que expresa otro polo de la juventud mundial por oposición a la que forma filas entre los indignados o se considera “socialista” en Estados Unidos.

En todo caso, el ascenso del FN no deja de ser grave sobre todo cuando recordamos que Francia siempre ha estado marcada políticamente por dos tendencias polares muy fuertes y contrapuestas: las revolucionarias provenientes de la Revolución Francesa, de la Comuna de Paris, de la huelga general de 1936, del Mayo Francés de 1968, por un lado, y las reaccionarias originadas en los nostálgicos de la restauración borbónica, los antidreyfusianos, la Acción Francesa de Charles Mauras, la Francia de Vichy, que el FN viene a representar.

Si de Francia pasamos a Grecia, se debe señalar que la situación política cambió radicalmente a partir de la capitulación de Tsipras a las instituciones de la Unión Europea, a su ajuste brutal y sus memorándums. El apogeo de la movilización ocurrió en 2011 y 2012. Posteriormente, ante los límites de una inmensa movilización que no lograba ir a un escalón superior, el movimiento de masas vio en el terreno político-electoral una vía de salida: de ahí la votación masiva a Syriza a comienzos del 2015.

La esperanza duró poco. Hicieron el ridículo aquellas corrientes que, como la mayoría del Secretariado Unificado, esperaron en vano que Tsipras tomara el camino de la ruptura con el capitalismo, una ilusión que solamente podía estar en sus cabezas. El gobierno de Syriza demostró mucha menos capacidad de “resistencia”, por así decirlo, que sus pares latinoamericanos, capitulando en forma ignominiosa en menos de seis meses de gestión. Lo que siguió fue una ola de desmoralización no sólo entre los trabajadores griegos, sino en amplios sectores de masas en Europa. No es casual que el péndulo haya rebotado y que el momento político esté marcado ahora por el auge de populistas demagogos de derecha por toda Europa.

De todos modos, quizá todavía no esté dicha la última palabra en Grecia. Se verá si el pueblo griego consigue volver a las calles y sacarse de encima las consecuencias de la desmoralización. Por ahora no se habría fortalecido Alba Dorada, una formación de corte fascista antiinmigrante que expresa el peligro de una radicalización hacia la extrema derecha en el país heleno; en todo caso, es un dato a verificar.

En la situación europea, uno de los contrapesos es España. Si bien el derechista Partido Popular finalmente ha logrado formar gobierno luego de una crisis política de un año, se trata de un gobierno en minoría que se vería obligado a gobernar casi por decreto, al no tener mayoría propia en las cámaras. El tradicional bipartidismo español se ha visto desbordado por la derecha con Ciudadanos, pero sobre todo por la izquierda reformista con Podemos, similar en sus rasgos a Syriza, pero con una base originada en el movimiento de los indignados que es diversa respecto del caso griego.

Pablo Iglesias, su líder, se ha ido desplazando hacia la derecha rápidamente, abandonando en gran medida las aspiraciones originales del movimiento. De todas maneras, la mera existencia de Podemos y la importante votación obtenida (quedó como tercera fuerza pisándole los talones al PSOE, sumido en una crisis gravísima luego de la renuncia de Pedro Sánchez, su presidente, y de haber posibilitado la formación del nuevo gobierno de Rajoy) expresan que si el proceso de indignación no ha ido a un salto en materia de radicalización, España persiste como uno de los países europeos continentales a la izquierda del espectro político.

  1. La debacle del populismo en Latinoamérica

Vayamos ahora a la situación en Latinoamérica. Es evidente que se está frente a un fin de ciclo de los gobiernos progresistas y que la región ha girando hacia la derecha. ¿Acabará esto con el “santuario” de la lucha de clases que viene siendo Sudamérica? No está claro. El giro conservador es evidente, y sólo con los lentes de aumento del objetivismo se podría negar, además de una falta completa respecto del análisis de clase de los fenómenos.

En medio de este giro a la derecha regional no hay que olvidar, de todos modos, que la región está caracterizada por una serie de rasgos estructurales que hacen las veces de contrapeso: un relativamente elevado nivel cultural, aunado a una base económica más endeble que la de los países centrales (lo que dinamiza los procesos) y una rica vida política y de sus movimientos obreros y sociales, al tiempo que sus delimitaciones se juegan, esencialmente, en términos de clase, sin combinación con las complejidades del factor religioso que tanto daño hacen en regiones como el mundo árabe.

Es este conjunto de determinaciones lo que ha hecho de la región una de las más dinámicas en materia de lucha de clases en la última década. De ahí que sea todavía demasiado prematuro para definir qué pasará con las relaciones de fuerza, lo que dependerá de las luchas que se den.

Otra cuestión es la evaluación político-concreta de la coyuntura. Hay corrientes que señalan absurdamente que “no hay giro a la derecha”. Son tan ciegas que llegan a afirmar que votaciones como las de Macri serían “progresivas”…3 Un disparate monumental: ¡no es lo mismo un desborde electoral por la izquierda que uno por la derecha! Claro que la fuente de cualquier voto castigo al progresismo es el justo malestar sufrido por los trabajadores, en la medida en que todo gobierno de signo populista no deja de ser 100% capitalista, y que por lo tanto no resuelve las lacras estructurales del país ni los reclamos de los explotados y oprimidos. Los trabajadores se terminan cansando de que su rutina de la explotación siga sin cambios trascendentes, y votan otra cosa.

Pero que la votación vaya para la izquierda o la derecha no es indistinto. Para que fuese masivamente hacia la izquierda, para que significara lo que esperamos durante años (es decir, una ruptura hacia la izquierda que desborde las representaciones burguesas), haría falta un ascenso de la lucha de clases, una radicalización política que todavía no está.4 Esto no quita que, sobre todo en la Argentina, existan frentes y partidos de la izquierda que acaparen parte del voto que rompe por la izquierda: es el caso del FIT y, a partir de ahora, el del Nuevo MAS y el MST en la Argentina, así como del PSOL en Brasil.

Pero habría que ser idiotas para no ver que la votación a Macri en la Argentina, o a un Aécio Neves en Brasil, no configura un factor de progreso, sino de confusión, donde sectores de los trabajadores van a la rastra de las reaccionarias representaciones de las clases medias giradas a la derecha. Progreso es lograr una ruptura por la izquierda con estos gobiernos, que repiten en un nivel político más bajo el ciclo populista del siglo XX y terminan generando desmoralización en su base social. La gestión “capitalista de Estado” sólo puede tener el epílogo desastroso que se está observando hoy en Venezuela, Brasil y la Argentina (ver al respecto los dramáticos casos de corrupción que se han ido destapando).

Claro que hay grados y grados de bancarrota. La del chavismo en Venezuela parece llegar a niveles de verdadero escándalo: cuando se promete el “socialismo del siglo XXI” y hay que hacer colas interminables para comprar papel higiénico u obtener agua potable porque en 16 años no se ha llevado a cabo una sola modificación estructural, las consecuencias son las que se pueden observar cotidianamente allí. Lo que, de todas maneras, aún no explota desplazando el chavismo, lo que sólo puede tener una explicación en el repudio que generan los burgueses escuálidos entre amplios sectores.

También está la tremenda bancarrota del PT en Brasil, un partido transformado en carrerista: toda una camada social enriquecida al calor del gobierno de las intendencias, de los estados y el Estado nacional. Porque eso es lo que se reflejó desde Lula hasta el último funcionario del PT. El impeachment a Dilma pudo imponerse sobre la base del alejamiento de la base social del PT, subproducto de las políticas de ajuste, y también de la desmoralización causada por la extrema corrupción. Si la Bolivia de Evo Morales parecía un bastión más sólido, la derrota en el referéndum por la reelección en el 2020 vino a ponerle fecha cierta a su salida del gobierno, abriendo la incertidumbre de si con otro candidato el MAS boliviano podrá mantenerse en el poder.

En la Argentina, la llegada del nuevo gobierno de CEOs y empresarios resultó en un inmenso agrado para los de arriba, lo que no significa que las cosas le sean fáciles a Macri. Cumpliéndose un año de su mandato, y con una orientación hacia el libre mercado y el ajuste de la economía, de todas maneras el gobierno de Cambiemos no ha logrado aún hacer la “cirugía mayor” que espera la patronal; de ahí que ésta haya retomado el reclamo de que Macri baje el gasto estatal y liquide un déficit fiscal que sigue alto.

A lo largo del año hemos desarrollado el debate acerca de que si los nuevos gobiernos derechistas son iguales desde el punto de vista de clase a los del progresismo, esto no quiere decir que políticamente sean similares. Si los iguala el ser gobiernos capitalistas, perseguir el ajuste, la base social que legitima a unos y otros es diversa: para llevar adelante el duro ajuste brutal que se les impone (y que no es fácil de concretar en la Argentina y ni siquiera en Brasil), es más coherente hacerlo con las clases medias giradas hacia la derecha que con una base social “progresista” que, aun en crisis, propone otras exigencias.

En síntesis: más temprano que tarde, los gobiernos progresistas enfrentan su final de ciclo; sin modificaciones de fondo en el capitalismo regional, con la caída de los precios de las materias primas de las cuales fueron tributarios, reabsorbiendo los fervores populares dentro de las instituciones, pierden su razón de ser. La patronal y el imperialismo vuelven por sus fueros: reclaman gobiernos agentes directos de ellos que pongan las exigencias del mercado por encima de las de la “política” y que se retiren las concesiones que ya no se consideran necesarias, y que horadan la productividad general de la economía en términos de ganancias capitalistas.

Otra cuestión distinta, todavía no clarificada, es hasta dónde darán las relaciones de fuerza. Es verdad que han dado mucho de sí: el ciclo regional ha venido siendo incomparablemente largo, y ahora parece estar terminándose. De todos modos, en casos como el de Argentina, donde se está frente a una “sociedad movilizada”, conviene no apresurarse en sacar conclusiones definitivas, como señalamos más arriba.

Se trata de enfrentar a estos gobiernos con la movilización lo más unitaria posible, al tiempo que se mantiene la independencia política de clase más intransigente; lo que salga de esta lucha dará el tono real de las relaciones de fuerza.

  1. La revalorización del “socialismo” entre los jóvenes del mundo anglosajón

Paradoja si las hay, entre las novedades en materia de polarización política durante 2016 estuvo el caso de EEUU e Inglaterra. Desde ya, en EEUU se impuso Donald Trump (si bien por colegio electoral, no por mayoría en el voto popular), y en el caso británico el Brexit, el cuestionamiento a la Unión Europea, se sustanció por la derecha. Sin embargo, lo anterior no puede esconder las performances de Sanders y Corbyn entre los demócratas y los laboristas respectivamente, performances “izquierdistas” con pocos antecedentes en las últimas décadas.

La gran elección interna que hizo en el Partido Demócrata Bernie Sanders como candidato “socialista” y la elección de Jeremy Corbin al frente del Partido Laborista en Inglaterra configuraron un fuerte llamado de atención de que algo se está moviendo en esos países (los más afectados por la contrarreforma neoliberal de los años ’80), aun si en ambos casos la situación político-electoral de conjunto acaba de decantar hacia la derecha.

Se trata, sin duda, de figuras reformistas dentro de partidos establecidos del sistema. De todas maneras, algo deben estar reflejando. Que en EEUU una mayoría de la juventud menor de 30 años se incline por el “socialismo” debe tener un significado.

Es verdad que en la elección presidencial se terminó imponiendo Donald Trump, marcando así cómo el polo derechista es el dominante hoy en los asuntos mundiales. Pero Sanders, y Corbyn en Inglaterra, expresan elementos de un malestar que madura desde abajo y que, potencialmente, podría procesarse también por la izquierda. Un malestar nacido de la tremenda desigualdad social a la hora de la distribución de la riqueza, de la precarización laboral de las nuevas generaciones, del altísimo costo de los estudios universitarios, de la falta de perspectivas de progreso que pone en tela de juicio el “sueño americano” e inclina entre muchos las cosas hacia el proteccionismo. De ahí que muchos de los votos que fueron a Sanders en la interna demócrata hayan terminado apoyando a Trump en la elección general.

No se trata de que en EEUU haya habido –hasta ahora– un gran reanimamiento de las luchas. Luego de la crisis del 2008 no se verificó un ascenso; sí ocurrió un voto joven por Obama, forma muy distorsionada de expresar un descontento y que el primer presidente negro se encargó de defraudar. Pero sí se expresó el movimiento de los indignados, ganando relevancia la consigna de “somos el 99%”, por oposición al 1% opulento. La expresión político-electoral de esto fue durante la primera mitad del año Sanders, que lamentablemente terminó luego apoyando a Clinton.

No deja de ser paradójico, en todo caso, que en el momento en que dominan los elementos reaccionarios en la coyuntura mundial, en dos países insignia de la contrarrevolución neoliberal de las últimas décadas comiencen a expresarse este tipo de tendencias a la polarización, con desplazamientos hacia la derecha nacional imperialista de Trump así como potencialmente hacia la izquierda.

Estas tendencias reenvían a los fundamentos más profundos de la estabilidad de la situación mundial, donde el rebote de la coyuntura reaccionaria podría devolver el péndulo –y con fuerza incrementada– hacia la izquierda en las nuevas revueltas, mareas y rebeliones populares del porvenir, y que podrían ser más radicalizadas que lo que hemos visto hasta el momento, precisamente por ocurrir como respuesta al giro reaccionario actual.

  1. Demos en salto en la construcción de nuestra corriente

Para concluir, resumamos las tendencias en obra en la situación internacional: una crisis económica que no se ha resuelto, una creciente crisis geopolítica, el surgimiento de una nueva generación militante, el reinicio de la experiencia histórica de la lucha de clases.

En este contexto, una coyuntura mundial girada hacia la derecha plantea en su centro tareas democráticas y reivindicativas para parar la ofensiva capitalista. Esas tareas mínimas y democráticas, como señalara Trotsky, pueden tener el efecto de abrir un amplio cauce que genere una movilización de masas que, derrotando los zarpazos reaccionarios, lleve el péndulo de la lucha de clases hacia el otro lado, hacia una radicalización.

Los fundamentos de esa radicalización están en los problemas que minan la estabilidad capitalista, y que en algún punto del camino pueden llegar a desbordar los límites de la democracia burguesa, que, de momento, es el lugar obligado donde se sustancian los asuntos políticos, la forma de mediación política general. Pero esto mañana podría comenzar a cambiar, en la medida en que se radicalicen los desarrollos.

Esta realidad es la que nos lleva a insistir en la importancia de las tareas democráticas y reivindicativas, aunque sean mínimas, en la actualidad. Ocurre que cuando una coyuntura es reaccionaria, cuando la legitimidad está unilateralmente de parte de las autoridades (sea como producto de los atentados, sea por cuenta de la bancarrota del populismo), cuando se vive un giro a la derecha de sectores de las clases medias, estas tareas y reivindicaciones son, muchas veces, las únicas que permiten frenar y acorralar a los gobiernos. De ahí que sea fundamental combinar las tareas democráticas con las mínimas, las reivindicaciones económicas: esta combinación le dará mayor potencialidad al conjunto.

Al mismo tiempo, el impulso a la más amplia unidad de acción en las calles no debe perder de vista nunca la perspectiva de clase e independiente, la combinación de las tareas democráticas con los objetivos más generales de la política revolucionaria, el privilegio de la lucha de clases como terreno central de nuestro accionar, la apuesta estratégica por el poder de los trabajadores.

Es fundamental que la militancia de nuestra corriente estudie textos como “Cuestiones de estrategia. Reivindicaciones, partido y poder”, apuntando a los interrogantes de la hora. ¿Cómo pasar de manera revolucionaria por la experiencia parlamentaria? ¿Cómo construir partidos que conquisten un peso orgánico entre los trabajadores y la juventud? ¿Cómo combinar las tareas democráticas, la más amplia unidad de acción en la lucha, con las perspectivas más generales del poder y la transformación social? ¿Cómo evitar las derivas oportunistas y sectarias? ¿Cómo concretar la necesidad de poner en pie frentes de izquierda que impulsen la independencia de clase de los trabajadores y la alternativa del socialismo? Son desafíos a responder en el próximo período en la construcción de nuestra corriente internacional y de nuestros partidos.

Nuestra corriente se encuentra en un momento extremadamente favorable, caracterizado por un gran entusiasmo militante. Muchas de las corrientes del trotskismo se encuentran atravesadas por fuertes crisis. Socialismo o Barbarie aparece sólida política y estratégicamente, así como en medio de un salto constructivo que se sustancia a partir de un nivel de acumulación todavía inicial como corriente. En todas partes, el desafío es ir a un escalón superior en tanto organización para desarrollar desde una plataforma más amplia nuestro aporte a los combates que están por venir.

Abril 2016

Revisado y actualizado en Noviembre 2016

  1. Para el debate acerca del carácter de ISIS ver nuestros textos “Surgimiento y expansión del Estado Islámico”, de Elías Saadi; “Terrorismo, Estado Islámico y marxismo”, de Marcelo Yunes, y el texto de Ale Kur sobre Siria en esta edición.
  2. Sería demasiado largo desarrollar aquí el conjunto de problemáticas que caracterizan Alemania; sólo digamos que en un contexto de estabilidad económica duradera y profundo consenso social-liberal, la burguesía alemana ha avanzado cualitativamente en reforzar las condiciones de explotación del trabajo: alcanza con señalar que millones están hoy bajo el régimen de los “minijobs” (trabajos precarios y eventuales que no tienen horario: hay que presentarse cuando uno sea llamado.
  3. Nos vemos tentados a citar a la LIT: “Esta ruptura es un gran avance en su conciencia (…) no es un avance lineal, pero si altamente contradictorio (…) pero esa ruptura de los trabajadores y las masas con el kirchnerismo, el chavismo, el PT o Evo es el proceso más importante que está ocurriendo en la conciencia de las masas porque, sin él, no hay posibilidades de construir una fuerte alternativa obrera, revolucionaria y socialista para la crisis del capitalismo. Esta ruptura política es el proceso que esperamos durante años” (“¿Hay una derechización política en América Latina?”).
  4. Un análisis similar al del PSTU brasileño es el que lleva adelante el PO de Argentina, cuya política conservadora de negarse a enfrentar de manera consecuente el gobierno de Macri se excusa con el argumento del “kirchnerismo residual”.
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