Victor Serge, El año 1 de la Revolución Rusa, 1930

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Las masas

Trotski acababa de explicar en la tribuna del Preparlamento las razones que movían a los bolcheviques a retirarse de la asamblea. Su voz metálica había lanzado a la más elevada autoridad de la República el desafío de los proletarios y de los campesinos. Al salir, pasó por delante de los marinos que hacían guardia, velando por la seguridad de la asamblea. Las bayonetas se estremecieron. Rostros de expresión dura se volvieron hacia el tribuno. En aquellos ojos ardía una llama. Algunas voces le preguntaron, mostrando con un gesto las bayonetas:

-¿Cuándo va a llegar el momento de que hagamos uso de ellas?

Era el día 6 de octubre. A mediados de septiembre se había abierto en Moscú la conferencia democrática especie de sucedáneo de un parlamento revolucionario, organizada por los socialistas-revolucionarios y los mencheviques. La expulsaron de allí a fuerza de huelgas, porque los mozos de hotel y de restaurante se negaban a servir a sus miembros. Entonces se trasladó a Petrogrado, donde deliberaba protegida por marinos, que habían sido elegidos entre los más seguros. Y he aquí que las bayonetas de aquellos guardianes se estremecían al paso de un tribuno bolchevique:

“¿Cuándo va a llegar el momento de que hagamos uso de ellas?”

Este estado de espíritu era general en la marina. Quince días antes del 25 de octubre los marinos de la escuadra del Báltico, que se hallaba entonces anclada en la rada de Helsingfors, exigían que no se perdiese ya más tiempo y que la insurrección viniese “a santificar la destrucción, que nos parece inevitable, de la marina por los alemanes”.

Consentían en perecer; pero querían perecer por la revolución. El Soviet de Cronstadt se negaba a reconocer el gobierno provisional desde el 15 de mayo. Después de los acontecimientos de julio, los comisarios a quienes había dado Kerenski el encargo de proceder, a bordo de los barcos, al arresto de los “agitadores bolcheviques”, habían escuchado esta única respuesta lacónica: “¿Agitadores? ¡Si lo somos todos!” Y era verdad. En aquel entonces pululaban entre las masas los agitadores.

Llegaban al Soviet de Petrogrado delegados que venían de las trincheras y que empleaban un lenguaje conminatorio: “¿Hasta cuándo va a durar esta situación insostenible? Los soldados nos han designado a nosotros para que os anunciemos que: Si de aquí al 1º de noviembre no se toman medidas enérgicas, quedarán vacías las trincheras y todo el ejército regresará a sus hogares. ¡Os olvidáis de nosotros! Si no encontráis una salida a esta situación vendremos nosotros mismos a echar de aquí a nuestros enemigos, y lo haremos a bayonetazos. ¡Pero os echaremos a vosotros con ellos!” Ésta era, según relata Trotski, la voz que llegaba del frente.

A principios de octubre surgía la insurrección por todas partes, espontáneamente; los disturbios agrarios extendíanse por todo el país. “Las provincias de Tula, Tambov, Riazan, Kaluga, se han sublevado. Los campesinos, que esperaban que la revolución les trajese la paz y la tierra, están decepcionados, se rebelan, se apoderan de las cosechas de los propietarios rurales, incendian las residencias de éstos. El gobierno de Kerenski reprime allí donde tiene fuerza. Por suerte, su fuerza es muy limitada. ‘Aplastar la insurrección de los campesinos -le advierte Lenin- sería matar la revolución’.” Los bolcheviques, que antes se encontraban en minoría dentro de los Soviets de las ciudades y de los ejércitos, alcanzan ahora la mayoría. En las elecciones de las Dumas (municipalidades) de Moscú obtienen 199.337 sufragios sobre un total de 387.262 votantes. De los 710 elegidos, 350 son bolcheviques, 184 cadetes, 104 socialistas-revolucionarios, 21 mencheviques, y 41 de diversos partidos. En estas vísperas de guerra civil, los partidos moderados, los del centro, se hunden, mientras crecen los partidos extremos. En tanto que los mencheviques pierden toda influencia real y que el partido socialista-revolucionario, partido gubernamental, que parecía poco tiempo antes disponer de una influencia inmensa, pasa al tercer lugar, los constitucionales demócratas, o sea los cadetes, partido de la burguesía, vienen a alinearse, muy reforzados, frente a los revolucionarios. Socialistas-revolucionarios y mencheviques, que habían obtenido en las elecciones precedentes, celebradas en el mes de junio, el 70% de los votos emitidos, caen ahora al 18%. De un total de 17.000 soldados que han sido consultados, 14.000 votan por los bolcheviques.

Los Soviets se transforman. Ciudadelas hasta entonces de los mencheviques y de los socialistas-revolucionarios, se bolchevizan. Se forman en ellos nuevas mayorías. El día 31 de agosto en Petrogrado y el día 6 de septiembre en Moscú obtienen mayoría por primera vez las mociones que presentan los bolcheviques en los Soviets. El 8 de septiembre presentan su dimisión los consejos directivos mencheviques y socialistas-revolucionarios de aquellos dos Soviets. Trotski es elegido presidente del Soviet de Petrogrado el día 25 de septiembre. Noguin sube a la presidencia del Soviet de Moscú. El 20 de septiembre se hace cargo oficialmente del poder el Soviet de Tachkent. Las tropas del gobierno provisional se lo arrebatan. El 27 de septiembre resuelve en principio el Soviet de Reval la trasmisión de todos los poderes a los Soviets. Pocos días antes de la revolución de octubre, la artillería democrática de Kerenski hace fuego contra el Soviet de Kaluga, que se había insurreccionado.

Hagamos resaltar aquí un hecho poco conocido. La insurrección de octubre triunfó en Kazán aún antes de haber estallado en Petrogrado. Uno de los que actuaron en los acontecimientos de Kazán ha relatado este diálogo entre dos militantes:

“-¿Y qué hubieran hecho ustedes si los Soviets no llegan a adueñarse del poder en Petrogrado?

“-Nos era de todo punto imposible renunciar al poder; la guarnición no lo hubiera tolerado.

“-Pero ¡Moscú os hubiera aplastado!

“-De ninguna manera. Está usted equivocado si tal cree. Moscú no habría podido dominar a los 40000 soldados que había en Kazán.”

Por todo aquel país inmenso, las masas de las clases trabajadoras, labradores, obreros y soldados, van a la revolución. Es una crecida elemental, irresistible, de una potencia comparable a la del océano.

El partido del proletariado

Las masas tienen millones de caras; no son homogéneas; están dominadas por los intereses de clases, variados y contradictorios; no llegan a alcanzar la verdadera conciencia -sin la cual no es posible ninguna acción fecunda- sino mediante la organización. Las masas sublevadas de la Rusia de 1917 se elevan hasta alcanzar la conciencia neta y clarividente de la acción que se impone, de los medios a emplear y de los objetivos a conseguir, sirviéndose del partido bolchevique como de un órgano. No se trata de una teoría; es simplemente el enunciado de un hecho. Las relaciones entre el partido, la clase obrera, las masas laboriosas, se nos presentan aquí con un relieve admirable. El partido expresa en términos claros -y lo realiza- todo aquello que anhelan confusamente los marinos de Cronstadt, los soldados de Kazán, los obreros de Petrogrado, de Ivanovo-Voznesensk, de Moscú y de todas partes, los campesinos que saquean las residencias señoriales; en suma, lo que quieren todos, sin que puedan expresar con claridad sus aspiraciones, confrontarlas con las posibilidades económicas y políticas, señalar los fines más razonables, elegir los medios más apropiados para alcanzarlos, señalar el momento más favorable para la acción, ponerse de acuerdo de un lado a otro del país, informarse los unos a los otros, disciplinarse, coordinar sus esfuerzos innumerables, constituir, en una palabra, una fuerza única e inteligente, instruida, voluntaria, prodigiosa. El partido les revela lo que ellos piensan. El partido es el lazo que los une entre ellos, de un extremo a otro del país. El partido es su conciencia, su inteligencia, su organización.

Cuando los artilleros de los acorazados del mar Báltico, llenos de ansiedad por los peligros que amenazan a la revolución, buscan un camino, allí está el agitador bolchevique para indicárselo. Y no hay otro camino que aquél; eso es la evidencia misma. Cuando algunos soldados que se encuentran en las trincheras quieren dar expresión a su voluntad de acabar con aquella matanza, eligen para formar el comité del batallón a los candidatos del partido bolchevique. Cuando los campesinos, hartos ya de las dilaciones de “su partido” socialista-revolucionario, se preguntan si no ha llegado ya la hora de actuar ellos mismos, llega hasta ellos la voz de Lenin: “¡Labrador, coge tú mismo la tierra!” Cuando los obreros sienten que la intriga contrarrevolucionaria ronda por todas partes a su alrededor, el diario Pravda les suministra el santo y seña que presentían ya y que es la que imponen las necesidades de la revolución. La gente que pasa por la calle, en estado lastimoso, como un rebaño, se detiene frente a los cartelones pegados por los bolcheviques, y exclama: “¡Justo! ¡Eso mismo!”. Eso mismo. Aquella voz es la suya propia.

De ahí que la marcha de las masas hacia la revolución se traduzca en un gran hecho político: los bolcheviques, que eran el mes de marzo una pequeña minoría revolucionaria, pasan a ser durante los meses de septiembre-octubre el partido de la mayoría. Es ya imposible distinguir entre las masas y el partido. Se trata de una sola marca. Hay también, sin duda, entre la muchedumbre, otros revolucionarios dispersos, socialistas- revolucionarios de izquierda -los más numerosos-, anarquistas, marximalistas, que también quieren la revolución: puñado de hombres arrastrados por los acontecimientos. Agitadores empujados por la agitación general. Tendremos ocasión de ver en varios detalles cuán confusa era su conciencia de la realidad. Los bolcheviques, por el contrario, merced a su exacta comprensión teórica del dinamismo de los acontecimientos, se identifican a la vez con las masas de trabajadores y con la necesidad histórica. “Los comunistas no tienen otros intereses que los del proletariado en su conjunto”, dice el Manifiesto de Marx y Engels. ¡Qué exacta nos parece ahora esta frase, que se escribió el año 1847!

A partir de las algaradas de julio, el partido, que acababa de salir de un período de ilegalidad y de persecución, es solamente tolerado. Se forma en columna de asalto. Pide a sus miembros abnegación, fervor y disciplina: como compensación no les proporciona otra cosa que la satisfacción de servir al proletariado. Véase, sin embargo, cómo crecen sus efectivos. En abril contaba con 72 organizaciones, que alcanzaban un total de 80.000 miembros. A fines de julio sus efectivos alcanzaban la cifra de 200.000 afiliados, distribuidos en 162 organizaciones.

En el camino de la insurrección

A decir verdad, el partido bolchevique camina hacia el poder con una firmeza, una lucidez y una habilidad sorprendentes, a partir de la caída de la autocracia. Para convencerse de ello basta leer las Cartas de lejos, que escribió Lenin antes de salir de Zurich, en el mes de marzo de 1917. Pero esta afirmación de un hecho histórico es algo estrecha, como todas las que aspiran a ser precisas. El partido camina hacia el poder desde el día en que su Comité Central de emigrados, casi desconocido (Lenin y Zinoviev), afirmaba que “es necesario transformar la guerra imperialista en guerra civil” (1914); desde el día, más lejano aún, en que se formaba para la guerra civil (congreso de Londres de 1903). Lenin, que llegó a Petrogrado el 3 de abril de 1917, después de haber rectificado la posición política del órgano central del partido, concreta inmediatamente los objetivos del proletariado y recomienda incansable a los militantes la conquista de las masas obreras por medio de la persuasión. En los primeros días de julio, cuando la furiosa marea popular revienta por primera vez alrededor del ministerio Kerenski; los bolcheviques rehusan seguir el movimiento. Sus agitadores -en el verdadero sentido de la palabra- no son gente que va impulsada. No quieren una insurrección prematura; la provincia no está preparada, la situación no ha madurado. Sirven de freno, resisten a la corriente, desafían a la impopularidad. La conciencia del proletariado, encarnada por el partido, entra un momento en pugna con la impaciencia revolucionaria de las masas. ¡Peligroso conflicto! Si el enemigo fuese más viril, más inteligente, se aprovecharía de la impaciencia de las masas para obtener una fácil victoria. “Ahora -decía Lenin a sus amigos después de las algaradas de julio- van a fusilarnos a todos.” Teóricamente, la apreciación de Lenin era exacta: constituía tal vez para la burguesía la única probabilidad de infligir al proletariado una gran sangría preventiva, decisiva, que dejase sentir sus efectos durante meses, si no durante años. Por fortuna, la burguesía tuvo una visión menos clara que Lenin de su propio juego. No se atrevió (con seguridad no le faltaban ganas). Sus elementos enérgicos se preocupan por corregir aquella, debilidad, después de julio. Anhelan un poder fuerte. Nos encontramos entre dos dictaduras: el régimen de Kerenski no es más que un interregno. El golpe de Estado fallido de Kornilov (con Kerenski y Savinkov entre bastidores) trae como consecuencia una nueva movilización del proletariado. De allí en adelante se hace más áspera la situación y amenaza con llegar a ser desastrosa para el proletariado, que veía crecer cada vez más sus privaciones y que se hallaba convencido, con mucha razón, de que, si no vence, se hará con él un duro escarmiento; se agrava también la situación para los labradores, que ven cómo se retrasa sin cesar la revolución agraria, prometida por los socialistas-revolucionarios, que se encuentran en el poder, mientras llega la hora de que esa revolución les sea escamoteada brutalmente por algún Bonaparte derrotista; se agrava también para el ejército y la marina, obligados a continuar una guerra desesperada que sólo beneficia a las clases enemigas; se agrava para la burguesía, comprometida cada día más por el desastre de los transportes, el desgaste del utillaje industrial, los reveses sufridos en los frentes, la crisis de la producción, el hambre, la imposibilidad de contener a las masas, la falta de autoridad del nuevo régimen y la debilidad de su organismo coercitivo.

Lenin escribe a V. Bonch-Bruevich: “La insurrección es absolutamente inevitable. Dentro de algún tiempo se convertirá en obligatoria. No puede no ser así.” A partir de mediados de septiembre empieza el partido a orientarse resueltamente para la batalla. La conferencia democrática, que va a constituir el Preparlamento, delibera desde el 14 hasta el 22 de septiembre. Lenin, que vive entonces fuera de la ley, exige impetuosamente que la fracción bolchevique se retire de la conferencia, en la que habría cierto número de camaradas que podrían mostrar una tendencia a aceptar el papel de oposición parlamentaria, aunque fuese de una oposición resuelta. Se impone la opinión de Lenin, compartida por la mayoría del partido. Los bolcheviques se retiran dando un portazo. Trotski lee en la conferencia su declaración: “La palabra inflamada de L. D. Trotski, que acababa de apreciar las dulzuras de la prisión bajo el régimen de la burguesía y de los mencheviques, corta de un tajo todas las tramas urdidas por los diversos oradores del centro. En términos claros y contundentes dice que no nos es posible ya retroceder; que los obreros no están dispuestos a ello, que no ven otro camino que el de una nueva revolución. Se hace un silencio completo; por los escaños y por los palcos en que estaban sentados los jefes de la burguesía pasa un estremecimiento… En las tribunas y en la sala truenan los aplausos… Aquí se afirmó definitivamente la voluntad de insurrección, y fue necesario todo el tacto, toda la autoridad del Comité Central para que el deseo general, claramente expresado, no se tradujese en acción directa, porque era todavía demasiado pronto y hubieran podido repetirse las jornadas de julio, con mayor derramamiento de sangre.”

El Comité Central del partido bolchevique -Lenin, Troski, Stalin, Sverdlov, Iakovleva, Oppokov, Zinoviev, Kamenev- se reunió en Petrogrado, en los últimos días de septiembre o en los primeros días de octubre, en el domicilio del menchevique Sujanov. Se discute el principio mismo de la insurrección. Kamenev y Zinoviev (Noguin y Rikov, que eran poco más o menos de la misma opinión, no asistían a dicha reunión) opinaban que era posible que la insurrección saliese victoriosa, pero que sería luego casi imposible conservar el poder, a causa de las dificultades económicas y de la crisis de los abastecimientos. La mayoría se pronunció por la insurrección y se llegó incluso a fijar la fecha para el día 15 de octubre. Insistimos a este respecto en un punto. Esta manera de ver las cosas que tenían algunos hombres que habían hecho su aprendizaje durante muchos años de lucha y que más adelante, en el transcurso de toda la guerra civil, habían de mostrarse ajenos a todo desfallecimiento, no denotaba seguramente una tendencia al oportunismo ni a la debilidad menchevique. En aquellos decididos revolucionarios equivalía a una especie de apreciación excesiva de la fuerza del adversario, a cierta falta de confianza en las del proletariado. La insurrección no es un juego. El deber de los revolucionarios consiste en escudriñar por adelantado todas las probabilidades y todas las posibilidades. Cuando barruntan la derrota de la revolución, su inquietud no tiene nada de común con el miedo a la revolución de los oportunistas, cuyo mayor temor es la victoria del proletariado. Dedúcese, sin embargo, que, cuando estos legítimos temores se fundan en una apreciación equivocada de las realidades, constituyen para la política general del partido un enorme peligro; pueden desviarla de una manera irreparable. Los acontecimientos que trabajan en favor de la revolución en determinadas épocas, pueden laborar contra ella una vez pasado el momento; una acción que se retrasa puede ser muy bien un combate que se pierde. El proletariado de Italia ha pagado muy caro su desfallecimiento del año 1920; la ocasión que se ofreció al proletariado alemán del año 1923 puede, sin duda, volver a presentarse; pero, ¿cuándo? El error de los adversarios de la insurrección era, por consiguiente, grande, grave, y ellos mismos lo han comprendido posteriormente.

El Comité Central del partido bolchevique (se hallaban presentes: Lenin, Zinoviev, Kamenev, Stalin, Trotski, Sverdlov, Uritski, Dzerjinski, Kolontai, Bubnov, Sokolnikov, Lomov) aprobaba el día 10 de octubre por diez votos contra dos, la preparación inmediata de la insurrección. Esta preparación había sido encomendada a una Comisión Política compuesta por Lenin, Trotski, Zinoviev, Stalin, Kamenev, Sokolnikov y Bubnov.

Los jefes del proletariado

En el seno del partido, entre el conjunto de los militantes y sus jefes, existe una relación comparable a la que hemos observado entre el partido y las masas obreras.

El partido es el sistema nervioso -y el cerebro- de la clase obrera. Los jefes y los cuadros del partido representan en este sentido el papel del cerebro y del sistema nervioso dentro del organismo. No vaya a tomarse a la letra esta comparación figurada: la diferenciación de funciones en un organismo viviente es muy distinta de la diferenciación de funciones en una sociedad. Por muy conscientes que sean, no es posible que los militantes de un partido conozcan la situación en conjunto. Carecen inevitablemente, a pesar de todo su mérito personal, de los informes, de los enlaces, de la instrucción, de la preparación teórica y profesional del revolucionario, a menos de pertenecer a los cuadros del partido, de haber sido seleccionados al cabo de años de lucha y de trabajo, de ser secundados por las buenas voluntades de todos los que toman parte en el movimiento, de manejar todo el mecanismo del partido y de estar acostumbrados al pensamiento y a la acción colectivos. De la misma manera que el soldado que se encuentra en una trinchera no ve más que una ínfima parte del campo de batalla y no puede, cualesquiera que sean sus capacidades, darse cuenta de la batalla que se está librando; al igual que el mecánico que se encuentra atento a su máquina no puede abarcar de un vistazo el funcionamiento de toda la fábrica, tampoco puede el militante, entregado a sus propios medios, guiarse más que por ideas generales, por intuiciones, por el conocimiento de ciertos hechos parciales. Los verdaderos jefes proletarios son al mismo tiempo guías, pilotos, capitanes y directores de empresas: se trata, en efecto, de una formidable empresa de demolición y de edificación social. Tócales a ellos descubrir, mediante el análisis científico de los procesos históricos, las líneas de fuerza de los acontecimientos, sus tendencias, las posibilidades que en ellos se encierran; correspóndeles la tarea de idear lo que el proletariado “puede y debe hacer, no a impulso de su voluntad y de sus aspiraciones del momento, sino empujado por la necesidad histórica;[1] en una palabra, el jefe proletario debe conocer la realidad, entrever las posibilidades, concebir la acción que ha de constituir el puente entre lo real y lo posible; al hacer esto, se coloca indefectiblemente en el punto de vista único de los intereses superiores del proletariado; de manera que su pensamiento es el mismo del proletariado, pero armado de una disciplina científica. De esta manera alcanza la conciencia de clase del proletariado su más elevada expresión en los jefes de la vanguardia organizada de la clase obrera. La grandeza de su personalidad está en relación con la medida en que encarnan a las masas. En este sentido, es la suya una personalidad de gigante, aunque anónima. Son los jefes del proletariado una manifestación del sentimiento de todos y tienen una virtualidad que es también, para el proletariado, una necesidad: ¡la terrible impersonalidad! Sin duda alguna. Pero su mérito -el genio de un Lenin- proviene de que el desarrollo de la conciencia de clase no tiene nada de fatal; el sentimiento de todos puede muy bien permanecer en un momento dado latente, sin manifestarse; es posible que no sean percibidas las posibilidades que encierra una situación determinada; cabe que nadie conciba la acción a desarrollar para la salvación o para la victoria del proletariado. La historia reciente del proletariado de la Europa occidental nos ofrece sobrados ejemplos de acontecimientos que han abortado como consecuencia de los desfallecimientos de la conciencia de clase. Acabemos de definir al jefe proletario, hombre de los nuevos tiempos, en contraste con los jefes de las clases directivas de otras épocas y de las clases posesoras contemporáneas. Estos últimos son los instrumentos ciegos de la necesidad histórica; el revolucionario es su instrumento consciente.

La revolución de octubre nos ofrece el ejemplo de un partido proletario que pudiéramos calificar de ideal. Poco nutrido relativamente, es cierto; sus militantes viven con las masas, en el seno de las masas; largos años de dificultades -una revolución, el estar fuera de la ley, el destierro, la prisión, las incesantes luchas de ideas- han contribuido a la formación de cuadros admirables de jefes auténticos que han cimentado en la acción común la unidad de su pensamiento. La iniciativa de todos y el relieve de algunos hombres de fuerte personalidad se armonizan dentro del partido con una centralización inteligente, una disciplina voluntaria y el respeto hacia aquellos que están reconocidos como guías. Este partido, provisto de un excelente mecanismo de organización, no tiene la más pequeña deformación burocrática; no se observa en él fetichismo alguno por lo puramente formal; no está sometido a tradiciones malsanas, ni siquiera equívocas; su tradición dominante es la guerra a los oportunismos; es revolucionario hasta la médula de sus huesos. Por eso mismo es todavía más notable el que se dejasen sentir en su seno, en vísperas de la acción, ciertas vacilaciones profundas y tenaces, y que algunos de sus más influyentes militantes se pronunciasen enérgicamente contra la toma de posesión del Poder.

Lenin

Hemos dicho ya en otro lugar qué poder de unidad tuvo Lenin, hombre hecho de un solo bloque, entregado en cuerpo y alma, en todos los momentos de su vida, a una obra única. El partido y Lenin eran una sola cosa, y, por el partido, se identificaba Lenin con el proletariado; en ciertas horas decisivas formó un solo ser con todo el pueblo trabajador de Rusia y, por encima de las fronteras cubiertas de sangre, con los proletarios y oprimidos de todos los países. Por esto surge en octubre de 1917 como el jefe por excelencia, el jefe único de la revolución proletaria. Ya conocemos cuál es el espíritu de las masas en los meses de septiembre y octubre. A mediados de septiembre, en una carta muy apremiante, conjura Lenin al Comité Central del partido a que se haga cargo del poder sin más tardanza. Sigue casi inmediatamente a ésta otra carta que trata Del marxismo y de la insurrección. Todavía no ha sido conquistado el poder y ya Lenin, sabiendo que en ocasiones es más difícil guardarlo que tomarlo, y que lo esencial es el revelar a los portadores de la revolución su propia fuerza, escribe su folleto titulado: ¿Conservarán los bolcheviques el poder? (fin de septiembre). El 7 de octubre publica un nuevo artículo, un nuevo llamamiento: La crisis está madura. Desde aquel momento lo posee una impaciencia sacra. Se suceden sus epístolas al Comité Central, al partido, a los militantes: persuasivas, autoritarias, apremiantes, hostigadoras. Por encima del Comité Central se dirige a los comités de Moscú y de Petrogrado: ¡Contemporizar es un crimen! (principios de octubre). El 8 de octubre aparecen sus Consejos de un espectador, acerca de la insurrección. Los días 16 y 17 de octubre, una larga carta, que se ha hecho memorable: A los camaradas, en la que refuta con energía las objeciones de los adversarios del levantamiento. Quedan vencidas las últimas objeciones. Lenin, el jefe, formado en veintitrés años de lucha (desde 1895), actuando al unísono con los campesinos, los obreros, los soldados, los marinos, el inmenso pueblo trabajador, ha señalado la hora y ha dado la señal de la actuación decisiva.

Fue necesaria toda su energía -y la de algunos otros- para sobreponerse a ciertas vacilaciones que amenazaban ser funestas.

Sus escritos de esta época han sido reunidos en un volumen bajo un título muy apropiado: En el camino de la insurrección. Forman un libro palpitante, cuya importancia es difícil medir. Modelo de dialéctica revolucionaria, tratado de teoría y de práctica insurreccional, manual del arte de vencer en la guerra de clases, representa, en nuestra opinión, al igual que el Manifiesto comunista, al que aporta un complemento necesario, una fecha histórica en el umbral mismo de la era del proletariado.

La doctrina de Lenin acerca de la insurrección puede resumiese en estas pocas líneas: “Para que la insurrección se vea coronada por el éxito, ha de apoyarse, no en un complot, ni en un partido, sino en la clase avanzada. Esto en primer término. La insurrección debe hacer pie en el ímpetu revolucionario del pueblo. Esto en segundo lugar. La insurrección debe hacer palanca en un recodo de la historia de la revolución creciente, en el momento en que la actividad de las masas populares alcanza su más alto nivel, y que coincide con el instante en que también alcanzan el suyo las vacilaciones de las filas enemigas y las de los amigos débiles de la revolución, equívocos e indecisos. Esto en tercer lugar. El marxismo se diferencia del blanquismo por esta manera de plantear las tres condiciones de la insurrección.” (Marxismo e insurrección.)

Y en este precepto de Marx: “No jugar jamás a la insurrección; pero, una vez iniciada ésta, saber avanzar, con resolución hasta el final.”

¿Por qué es Lenin el jefe único en aquel momento, aunque haya a su lado tantos hombres de valía que quieren, al igual que él, la revolución proletaria, y entre los cuales hay algunos que ven el camino con tanta claridad como él mismo? Son muchos los militantes responsables que, en Moscú y en Petrogrado -para no hablar más que de las capitales y de los círculos dirigentes del partido, lo que no deja de ser una molesta restricción-, caminan deliberadamente hacia la insurrección. Trotski, presidente del Soviet, no ha tenido, desde su llegada a Rusia, la menor vacilación acerca del camino a seguir; si exceptuamos ciertos detalles de ejecución, su identidad de miras con Lenin es absoluta.[2] En el Comité Central del partido la mayoría los militantes votan por la acción. Pero no hay ninguno, entre aquellos revolucionarios, que goce de un ascendiente que se pueda comparar con el de Lenin. La mayoría de ellos, discípulos suyos, lo reconocen como su maestro. Trotski, cuyas condiciones de organizador de la victoria se revelan esplendorosas en aquel momento, ha sido durante mucho tiempo, dentro de la socialdemocracia rusa, un solitario, que se ha mantenido equidistante de los bolcheviques y de los mencheviques; a decir verdad, nunca pareció tener talla de jefe de partido. Son muchos los bolcheviques que se acuerdan de él como de un adversario. Ingresó en el Comité Central a fines de julio (durante el VI congreso del P.C.R.), pocos días después de haberse inscrito en el partido, y en aquel Comité es un gran recién venido. Ahora bien, quien hace a los jefes es precisamente el partido; sin partido, no hay jefe: primera verdad. Y, precisamente por haber sido el creador del partido del proletariado, Lenin se convierte en el jefe de la revolución.

[1] “No se trata de lo que representa como finalidad, en un momento dado, tal o cual proletario, o el proletariado entero. Se trata de lo que es el proletariado en sí, y de lo que por su misma condición intrínseca, tendrá que hacer, por fuerza, en el curso de la historia.” Karl Marx. La sagrada familia.

[2] Trotski, que en el momento de llegar Lenin a Rusia se encontraba internado en un campo de concentración, en Amhurst (Canadá), llegó a Petrogrado hasta los primeros días del mes de mayo. Los artículos que publicó en América, acerca de la revolución rusa, dan una nota idéntica a la que se observa en los artículos que publicaba Lenin por la misma época. Ya en los días 5-6 de mayo se concierta con la redacción de Pravda y con el Comité Central bolchevique, con vistas a una acción común. Por aquel entonces pertenecía a la organización social-demócrata llamada de los unionistas, a la que también estaban afiliados Volodarski, Lunacharski, Manuilski, Karajan, Ioffe, Uritski, y que se fusionó con el partido bolchevique en julio de 1917.

Trotski tomó por primera vez la palabra en el Soviet de Petrogrado el 5 (18) de mayo, al día siguiente de su llegada de América. Exhortó al Soviet: “1. A desconfiar de la burguesía; 2. A controlar a sus propios jefes; 3. A sólo confiar en su propia fuerza revolucionaria. Creo –concluía- que nuestra próxima acción trasmitirá el poder a los Soviets.”

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