Por Ale Kur, SoB 421, 13/4/17

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Donald Trump llegó al gobierno con una serie de propuestas “innovadoras” en relación a la política exterior de EEUU. Entre ellas, destacaban las que referían a la relación con Rusia.

El “statu quo” (es decir, el estado tradicional de las cosas) existente entre ambas potencias era hasta ahora el de una creciente tensión,  luego de casi dos décadas de “coexistencia tensa” entre el gobierno nacionalista de Putin y los gobiernos occidentales.

En todo el período que se inicia con la disolución de la Unión Soviética, la línea invariable de todos los gobiernos en Washington –demócratas o republicanos– fue de impulsar “aprietes” a Moscú. Esto violaba las solemnes promesas hechas a la burocracia soviética por intermedio de Gorbachov, que la disolución de la URSS no iba a ser aprovechada por EEUU para “pisarle la cabeza” a Rusia.

Por supuesto, ni EEUU (ni sus socios menores europeos), respetaron eso. Desde el primer momento gestionaron el desarrollo de un cerco que trató de extenderse desde los países bálticos hasta el Asia central pasando por el Cáucaso, donde llegaron incluso a incentivar acciones de guerra, como fue el caso de Georgia en el 2008, bajo la presidencia del títere de Bush, Míjail Saakashvili.

Bajo el gobierno de Putin comenzó darse un giro, por un lado, de renovación y fortalecimiento notable del aparato militar y, por el otro, de “cerrar filas” tanto en el “frente interno” como a nivel geopolítico. Al interior, esta política exalta las glorias del viejo Imperio de los Zares, y hacia el exterior implica acciones e intervenciones que se justifican por sus necesidades defensivas.

Los roces con EEUU –y en medida más desigual con sus socios europeos– dieron un salto con el conflicto en Ucrania y, luego, la guerra civil en Siria.

En ambos conflictos, Rusia se mostró como un actor geopolítico fuerte, anexando la península de Crimea en el primer caso (y apoyando a las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk… aunque imponiendo un férreo control), y desplegando su Fuerza Aérea y equipamiento terrestre para defender al régimen de Al-Assad en el segundo.

Ambas intervenciones fueron vistas con enorme preocupación por la Casa Blanca, en ese momento ocupada por el presidente demócrata Barack Obama. Si bien la “guerra fría” se acabó a comienzos de los 90 con la desintegración de la URSS y la caída del así llamado “socialismo real”, Rusia conservó el segundo arsenal nuclear más grande del mundo, y una de las Fuerzas Armadas más grandes y mejor equipadas para la guerra. Además de lo anterior, el gobierno de Putin, como señalamos, se dedicó sistemáticamente a modernizar su arsenal y perfeccionar su capacidad bélica, poniendo a Rusia en primerísima línea en cuanto a desarrollo de nuevas tecnologías militares.

Y aunque en Rusia se restauró el capitalismo (en una versión fuertemente neoliberal y globalizada, vale aclarar), su establishment político-militar nunca admitió una “re-colonización” que vuelva a colocar a Rusia como peón de los intereses occidentales. Por el contrario, mantiene una fuerte autonomía, con un perfil nacionalista que intenta inclusive recuperar las viejas esferas de influencia del antiguo imperio ruso y luego de la URSS. En los asuntos mundiales actúa intentando contrapesar a Estados Unidos mediante la apuesta a una “multi-polaridad”, fortaleciendo ejes como los BRIC en alianza con la superpotencia china.

Por estas razones, el establishment político-militar estadounidense corporizado en sus instituciones clásicas (el Pentágono, la CIA, el FBI, etc., junto a los dos grandes partidos Demócrata y Republicano y los grandes medios de comunicación) mantuvo siempre el consenso de una línea política “dura”, que consiste en intentar aislarla lo más posible a Rusia a través de sanciones, del aumento de la presión militar en sus fronteras (mediante los países de la OTAN de Europa Oriental) y de un ajedrez geopolítico donde se compite por los intereses en su esfera de influencia tradicional.

Trump inicialmente en disidencia – Hacia un acercamiento a Rusia

Es precisamente esa línea de consenso la que vino a cuestionar Donald Trump. Por diversas razones, propuso una innovación de cierta radicalidad: un acercamiento estratégico a Rusia, que permita una gestión “amigable” de los asuntos en disputa y una colaboración en varios terrenos (como el combate contra el jihadismo en Medio Oriente). Esto además favorecería los negocios petroleros de EEUU con Rusia, y le permitiría meter una cuña entre esta última y China, que es la verdadera gran amenaza estratégica de EEUU.

La propuesta “innovadora” de Trump con respecto a Rusia era favorecida, entre otros, por dos figuras muy destacadas de su entorno. El primero de ellos es Steve Bannon, el “jefe de estrategia” del presidente y director del portal de noticias “Breitbart News”. En este caso, existe entre otras cosas una fuerte motivación ideológica: Bannon encarna un proyecto nacionalista, racista, conservador, anti-liberal e islamófobo, que entra en perfecta sintonía con el perfil político-ideológico de Putin en Rusia. Y por sobre todas las cosas, el proyecto de Bannon y el de Putin tienen (por lo menos en los papeles) un enemigo en común: la “élite globalizada” que encuentra su expresión, entre otras instituciones, en la Unión Europea.

El otro gran partidario del acercamiento a Rusia era el general Michael Flynn. Se trata de una figura muy importante en el aparato militar estadounidense, que llegó a ser director de inteligencia del Pentágono. Es uno de los pocos casos de figuras militares de alto nivel que apoyan a Trump. En su caso, las motivaciones son menos claras que las de Bannon. A diferencia de este último, proviene del Partido Demócrata y de un entorno “liberal”. Es posible que intervengan aquí negocios en común y lazos construidos entre servicios de inteligencia. Pero también la perspectiva estratégica de ir hacia una nueva geopolítica, en función de la orientación nacional-imperialista de “hacer a América grande de vuelta”.

Michael Flynn había sido designado por Trump como asesor de seguridad nacional, un cargo de gran importancia en el terreno geopolítico y militar. Desde allí, Flynn se proponía poner bajo la órbita de Trump al aparato de inteligencia y de guerra. Pero esto encontró desde el comienzo una enorme resistencia del “establishment” de dichos organismos.

Al poco tiempo de asumir el cargo, el Poder Judicial, el Partido Demócrata y los medios de comunicación lanzaron una campaña orientada directamente a tirar abajo a Flynt. El centro de la misma era la acusación de haber mantenido contactos diplomáticos informales con Rusia antes de que asumiera cualquier cargo público, lo cual es ilegal. Esto se agravaba además por la denuncia hacia Rusia de haber interferido en las elecciones yanquis para perjudicar a Hillary Clinton, principalmente mediante la revelación de sus sucias triquiñuelas contra el “socialista” Sanders.

Reacción y crisis política

Este cóctel amenazó por varias semanas con hacer estallar una gran crisis política en Estados Unidos. Potencialmente, esto podría haber terminado en un impeachment a Trump y su destitución.

Esta campaña, asumida por prácticamente todos los grandes medios, incluso los de “derecha”, puso a  Flynn contra las cuerdas. Finalmente debió renunciar a mediados de febrero. Fue el primer gran revés de la era Trump y de su caudillo.

El “Deep State” –el “Estado profundo”, como se denomina a los núcleos de poder dentro del aparato estatal que se continúan a través de las presidencias–, logró imponerle así a Trump sus propias consideraciones geopolíticas. Finalmente, Trump designó como asesor de seguridad nacional a H.R McMaster, una figura militar tradicional sin ningún ribete innovador.

El siguiente gran golpe a las aspiraciones “heterodoxas” de Trump fue pocos días atrás. Consistió en la salida de Steve Bannon del Consejo de Seguridad Nacional… Más en general, esto significó su final en papel del hombre que aparecía como el factótum, el poder detrás del trono de Donald Trump.

Su despido se dio precisamente luego de que chocara con McMaster y con otras figuras del establishment tradicional, que consiguieron su retirada.

Si bien, al día de la fecha, Bannon permanece como “jefe de estrategia” del gabinete, ya no tiene ninguna incidencia formal ni directa en los asuntos militares y geopolíticos. En los hechos, esto apunta al fin de todo proyecto de realineamientos y cambios radicales en el plano exterior.

Las bajas de Flynn y Bannon, y el afianzamiento de McMaster precedieron de manera instantánea el giro de Estados Unidos en relación a Siria… y los consiguientes bombardeos a la base aérea de Al-Assad.

Una semana atrás, la posición oficial de EEUU era que “el futuro de Siria debe ser decidido por los sirios”, en consonancia con la línea de Trump de colaborar con Rusia (y con Al-Assad) contra los jihadistas.

Pero esta última semana, en el mismo sentido que los reacomodamientos en las alturas, la posición norteamericana volvió a dar un giro de 180 grados: con el lanzamiento de misiles contra Siria y el primer ataque directo al régimen de Al-Assad, el gobierno de Trump se ubica en el enfrentamiento contra Rusia, aunque todavía no frontal y directo a nivel militar.

Esto se agrava además con la acusación –que ha suscitado muchas dudas– al gobierno sirio de haber utilizado armas químicas contra la población civil. Esto reviste una enorme gravedad y es conocido motivo de guerra (por ejemplo, este fue el caso de la invasión a Irak en 2003, que tuvo el mismo pretexto de las “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein). Si EEUU desarrolla esta línea hasta el final, podemos estar en la antesala de un enorme agravamiento del conflicto sirio, con la intervención directa del imperialismo yanqui (que puede traer consecuencias incalculables).

Por último, es importante señalar otro aspecto. Curiosamente, con el ataque a Siria el presidente Trump está llevando a cabo un calco de la política que Hillary Clinton proponía en su campaña presidencial… aunque con retórica más “agresiva”. Esta era precisamente la línea de los “think-tanks” demócratas: usar misiles de larga distancia para dañar a Al-Assad sin entrar en los escollos de un despliegue militar directo.

Ahora los chinos serían buena gente

Simultáneamente, se inició otro cambio “simétrico” no tan ruidoso, pero no menos importante. Mientras Trump y su equipo político-ideológico –encabezado por Bannon– hacían guiños a Moscú, lanzaban rayos y centellas contra China. Ahora eso parece invertirse.

Trump mantuvo la semana pasada extensas reuniones con Xi Jinping. Luego, Trump proclamó “los tremendos progresos en nuestras relaciones con China…” (Asia Times-Reuters, 08/04/2017). Por supuesto, es una exageración… Aún no hay un acuerdo amplio… pero esto indica otra cara de la moneda del giro de Trump. Antes, los malos de la película estaban en Pekín, no en Moscú.

Los signos de interrogación sobre Trump no han desaparecido en su totalidad. Pero los últimos acontecimientos muestran la “domesticación” de Trump por el establishment político-militar yanqui. Si esto se corrobora y se mantiene, Trump quedaría reducido a un mero gobierno ultraconservador de derecha, sin capacidad (por lo menos por el momento) de desarrollar ningún “gran giro histórico” en el terreno de la geopolítica mundial. El proyecto “nacional-imperialista”, por lo pronto, quedaría guardado en el baúl de los recuerdos, sacrificado en el altar del “statu quo” tradicional.

Los próximos acontecimientos revelarán en qué medida ese cambio de rumbo se ratifica.

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