Por Ale Vinet, SoB 423, 27/4/17

Categoría: Europa, Francia Etiquetas: ,

Las elecciones presidenciales del pasado 23 de Abril han significado un terremoto político en Francia. Por primera vez desde la instauración de la V República por el General De Gaulle, los dos partidos que han estructurado la vida política francesa de los últimos cuarenta años fueron eliminados desde la primera vuelta. Se trata de una crisis de gravedad de la representación política, y también del régimen en su conjunto, ya que plantea problemas de gobernabilidad en el futuro o en todo caso la acentuación de las tendencias a la deslegitimación del régimen actual.

La votación del domingo es tan sólo el puntapié inicial de esta tormenta. El terremoto continuará de cara a la segunda vuelta, que verá enfrentados a dos “outsiders” del régimen actual, Emmanuel Macron y Marine Le Pen, redoblando las presiones sobre los partidos tradicionales y también sobre la izquierda. Además, luego vendrán las elecciones legislativas que podrían cristalizar aún más la fragmentación actual.

La crisis de la V República y de sus partidos

Uno de los elementos determinantes de la elección es que las mismas constituyen un quiebre histórico respecto al régimen de dominación clásico que permitió una fuerte estabilidad política en las últimas décadas. La irrupción de la crisis de 2008 y los subsiguientes planes de ajuste y de austeridad que fueron desatados han ido mellando la legitimidad de los grandes aparatos políticos, que vienen destruyendo conquistas históricas de los trabajadores contra la posición mayoritaria de la población, acentuando en el caso de Francia el carácter autoritario del régimen.

Si ambos partidos clásicos han sido eliminados, es precisamente porque han sido identificados por la gran mayoría de la población como la continuidad de estas políticas antisociales de los últimos años: frente a la degradación constante de las condiciones de vidas de las amplias masas, es la necesidad de un “cambio” la que ha prevalecido, incluso si el mismo se expresa de manera contradictoria en candidaturas como la de Le Pen (que ha logrado hacerse pasar por “antisistema”) o por Macron (que ha logrado aparecer como una “renovación”). La voluntad de una ruptura con el ciclo político previo, con el discurso de profundizar las políticas llevadas adelante como única manera de salir de la crisis (cuando ya hace casi diez años que estamos sumidas en la misma sin que se avizore una salida…) es la que explica este deterioro de los partidos tradicionales.

En el caso de la derecha, los escándalos de corrupción que embarraron a Fillon aparecieron ante los ojos de amplios sectores como la prueba más cabal de la íntima dependencia del personal político de los favores de la burguesía y del enriquecimiento al calor de la política profesional y del Estado. Pero su campaña también se hundió a causa de su discurso brutalmente antisocial: el desmantelamiento de la seguridad social, el despido de cientos de miles de trabajadores estatales, que permitieron a Macron aparecer como un “liberal moderado” y a Le Pen posar como defensora del “pueblo”. El “tatcherista” Fillon fue incapaz de leer precisamente la relación de fuerzas actual, se pasó de la raya con sus proyectos ultraliberales y además se convirtió en la expresión más acabada de la podredumbre de los políticos profesionales.

De parte del Partido Socialista, paga la factura de cinco años de gobierno que implicaron los ataques más profundos contra la clase trabajadora y los sectores populares, la profundización del carácter represivo y autoritario del régimen, la utilización de un discurso cada vez más a la derecha contra el “peligro terrorista”, las intervenciones militares imperialistas. Benoît Hamon, del ala “crítica” de PS, fue incapaz de desvincularse del balance de un gobierno con el que rompieron sus bases electorales históricas a causa de esta política social-liberal. También sufrió el abandono de su propio partido, ya que el grueso del aparato partidario y de los principales dirigentes se pronunció públicamente, incluso antes de la primera vuelta, por Macron, ya que era el “único freno a Le Pen” y que Hamon había llevado adelante una campaña “ultraizquierdista”.

Pero además del cachetazo electoral que ambos partidos vienen de sufrir, el problema es que las presiones a derecha e izquierda sobre los mismos van a redoblarse, poniendo en tela de juicio su capacidad de mantener la unidad. Aunque por ahora parece primar el llamado unánime al “Frente Republicano” contra Le Pen, la realidad es que ambos partidos están cruzados por fuertes contradicciones internas. En ese sentido, un sector de Los Republicanos llama abiertamente a votar por Macron, plantea incluso la posibilidad de participar a su próximo gobierno, mientras que otro se encuentra cada vez más seducido por el Front National, como dirigentes del Partido Demócrata Cristiano que llaman a votar por Le Pen o los sectores que organizaron las manifestaciones contra el matrimonio homosexual que llaman a “oponerse a Macron”. Las mismas tensiones atraviesan al PS, presionado por la izquierda por la muy buena elección de Jean Luc Melenchon, pero cuya mayoría apoya abiertamente a Macron y podría ver en él la posibilidad de ver realizado su proyecto (como defendía el ex Primer Ministro Manuel Valls) de abandonar toda referencia socialdemócrata construyendo una especie de Partido Demócrata estadounidense con una delimitación únicamente “progresista”.

Alcances y límites de la elección del Front National

El segundo elemento determinante de la elección del domingo es el pase a segunda vuelta de Marine Le Pen, candidata del Front National. Los sondeos anunciaban este resultado desde hace meses, incluso augurando una votación mayor que la finalmente obtenida, lo cual ha contribuido en cierta medida a “naturalizar” esta situación. Sin embargo, no hay que perder de vista que se trata de una victoria de importancia para este partido, que logra así aumentar aún más su legitimación institucional, pudiendo lograr eventualmente más representación parlamentaria, cristalizando alrededor de un programa una base electoral que en otras ocasiones podía ser más el reflejo de un “voto castigo”.

El Front National se ha convertido así en un actor político central de la vida política francesa, lo cual objetivamente contribuye a girar hacia la derecha el conjunto de la situación política. Por un lado, porque le da una tribuna fenomenal para desarrollar su discurso xenófobo y racista, para destilar su veneno entre los trabajadores y los sectores populares, para dividir a nuestra clase social y hacer pasar sus ideas reaccionarias. Por otro lado, porque la perspectiva de su victoria le da un sustento a un discurso de “unidad republicana” en torno a Macron, legitimando así las políticas antisociales que el mismo llevará adelante.

Este ascenso del Front National es particularmente preocupante cuando miramos de cerca la composición social de su voto. Según estudios realizados luego de las elecciones, Le Pen cosechó el voto del 32% de los empleados, del 37% de los obreros, de 27% de los trabajadores públicos, alzándose como la principal candidata en estos sectores. Cuando vemos la distribución geográfica del voto, el FN es el partido más votado en las regiones del norte de Francia, regiones históricamente obreras fuertemente golpeadas por la crisis en los últimos años, sufriendo un proceso de desindustrialización y de pauperización.

Es significativo que el FN ha logrado hacerse hegemónico en lo que históricamente eran los bastiones del Partido Comunista y de la izquierda. Por un lado, a causa de la política cada vez más derechista del mismo, que durante los últimos años fue furgón de cola del Partido Socialista, presentando listas comunes para las legislativas; es más, el PCF se ha pronunciado inmediatamente por el voto a favor de Macron en segunda vuelta. Por otro lado, porque son precisamente las políticas antisociales llevadas adelante tanto por la derecha como por la izquierda, las que han llevado a la destrucción del tejido industrial de estas regiones, a la descomposición social creciente y a una falta de perspectivas que es el caldo de cultivo de las ideas reaccionarias. Por eso, no es de extrañar que Marine Le Pen haya multiplicado los llamados a la base electoral de Melenchon a votar por ella, como la verdadera candidata de la ruptura, de los trabajadores y los sectores populares, que haya profundizado el costado “social” de su discurso.

Sin embargo, no puede dejar de señalarse que, contrariamente a los pronósticos y a lo que él mismo esperaba, el Front National no ha logrado el primer puesto en la primera vuelta: es por esto que el resultado del domingo, aunque haya sido histórico, le deja un sabor amargo. Esto es un reflejo del grado de rechazo que aún genera el Front National en amplios sectores de la población, particularmente en los grandes centros urbanos: en Paris, por ejemplo, obtuvo menos del 5%. Pero en la medida en que las clases dirigentes francesas sigan adelante con sus proyectos de destrucción social, la audiencia potencial del Front National seguirá aumentando.

Un candidato de la gran patronal apoyado en la crisis del régimen y en el “todos menos Le Pen”

Quizás el elemento más contradictorio de la elección haya sido el pase a segunda vuelta de Emmanuel Macron. Ex banquero y Ministro del gobierno de Hollande, figura casi desconocida hace un año, lanzado a la carrera electoral casi sin aparato, el mismo parece dirigirse de manera casi segura a devenir el presidente de Francia.

La primera explicación de este fenómeno es la profunda crisis de los partidos tradicionales. Frente a la descomposición del personal político que viene gestionando la crisis desde el 2008 con medidas antisociales y sin lograr relanzar seriamente una dinámica económica positiva, Macron ha aparecido como un candidato “nuevo”, que representaría una “renovación” frente a la “vieja política”. El hecho de presentarse como candidato por fuera de los grandes aparatos tradicionales se convirtió en un punto fuerte en el marco del grave desprestigio de los mismos, y le permitió además abrirse paso en el “centro político” recibiendo apoyos por izquierda y derecha, desde las grandes figuras del PS hasta el de François Bayrou, presidente del centrista “Movimiento Democrático”.

El segundo elemento a señalar es el enorme peso que jugó la perspectiva de una segunda vuelta con Marine Le Pen. Desde semanas antes de la primera vuelta, los sondeos evaluaban todas las posibilidades de enfrentamientos, y una parte importante de la discusión política se estructuró en torno a quién tendría mayores posibilidades de vencer a la candidata del Front National. Así, la dinámica del voto útil operó fuertemente, y Macron fue capaz de aglutinar una parte importante de votantes que tanto desde la izquierda como de la derecha se movilizaron para frenar el avance del FN.

La gran contradicción es que la “renovación”, el “cambio” que encarna Macron no es más que la continuidad más acabada de la política social-liberal del gobierno de Hollande, ampliamente repudiado por amplios sectores de la población. Sobre la base de la crisis de los partidos tradicionales, de la voluntad de “dar vuelta la página” de la política de los mismos, lo que termina reafirmándose es una alternativa que continuará con la misma receta neoliberal aplicada tanto por la derecha como por la “izquierda”: se trata de cambiar algo para que no cambie nada. Es interesante señalar a este respecto que, frente a opciones como el “tatcherista” Fillon que hubieran marcado una ruptura más profunda, más cualitativa con la situación anterior, el gobierno de Macron parece marcar más bien una “continuidad”: no termina de implicar un giro reaccionario en regla que modifique profundamente las relaciones de fuerza.

Sin embargo, no se puede perder de vista que Macron llegará al gobierno con el proyecto de profundizar aún más los ataques de los últimos años: flexibilización cada vez mayor del mercado laboral, supresión de 120.000 puestos de trabajo en el Estado, reforma del sistema de jubilaciones. Incluso en las últimas semanas subrayó su voluntad de avanzar en la reforma laboral por decreto para poder “ir rápidamente”: apoyado en un gran consenso burgués detrás suyo (las Bolsas tuvieron una jornada de fiesta el lunes luego del resultado electoral), se trata de llevar adelante las reformas estructurales necesarias para recuperar competitividad sobre la base de destruir las conquistas de los trabajadores. Es por esto que lejos de constituir un “freno” al Front National, Macron sólo reforzará la situación de regresión social que constituye su caldo de cultivo.

¿Hacia un gobierno de gran coalición?

El problema que se plantea luego de las elecciones presidenciales, que por el momento todo indica que las ganaría Macron con relativo margen, es el de cómo formar una mayoría de gobierno estable que le permita a un candidato sin aparato político propio llevar adelante su programa. Frente a una dispersión del electorado tan grande, las elecciones legislativas se anuncian tan fragmentadas como las presidenciales y podrían dar lugar a un parlamento sin una mayoría política clara.

En este marco, hay que destacar que precisamente la apuesta de Macron, y al parecer de sectores crecientes del personal político, es la de apoyarse en el carácter centrista de este movimiento, en el hecho de que esté “por fuera de los partidos”, para lograr constituir una mayoría transversal que vaya “desde la derecha de la izquierda hasta la izquierda de la derecha”. Esto es lo que parecen reflejar las declaraciones de dirigentes de peso tanto del PS como de Los Republicanos respecto a la posibilidad de participar de un gobierno de Macron. En el caso del PS, del cual proviene Macron, Manuel Valls ha declarado explícitamente la voluntad de formar parte de la próxima mayoría gubernamental; los dirigentes de Los Republicanos son por el momento más cautos y hablan de la posibilidad de “trabajar en común” o en todo caso de “apoyar las medidas que vayan en el buen sentido”.

Se trataría de una modificación profunda en el funcionamiento político-institucional del régimen, que se apoyó históricamente en uno de los dos partidos tradicionales que una vez ganada la presidencia obtenían el envión necesario para constituir una mayoría estable en las legislativas. Una modificación en línea con la que representaría la victoria de Macron: una presión redoblada hacia el centro político, atrayendo a los sectores más moderados de ambas formaciones clásicas que, con el argumento de la “gobernabilidad” o de la “unión republicana” contra el Front National, podrían aliarse para llevar adelante las reformas que exige la burguesía. Un modelo directamente inspirado del caso alemán, que ha visto la alternancia de la socialdemocracia y los conservadores pero donde la “gran coalición” ha sido la norma de gobierno, algo que es visto por sectores de la burguesía y de su personal político francés como una de las fuentes de la estabilidad y el desarrollo económicos alemanes.

Esto podría a su vez acelerar el proceso que señalamos previamente de delimitación interna e incluso de explosión de esos partidos, que se reflejaron en las divergencias no menores expresadas en las primarias de ambos. La necesidad de otorgarle una mayoría parlamentaria a Macron implicaría una determinada decantación de las diferencias entre las alas más moderadas y las más duras de estas formaciones, proceso que ya comienza a expresarse, principalmente en Los Republicanos, en torno a la consigna de voto de cara a la segunda vuelta.

Pero esta solución que podría dar una cierta estabilidad al gobierno de Macron, no resolvería los problemas de fondo del régimen político: al contrario, podría profundizar aún más sus tendencias a la descomposición. Elegido sobre la base del desprestigio de los partidos tradicionales y del temor de una victoria del Front National, Macron se dedicaría a gobernar de la mano de estos mismos partidos tradicionales, y a llevar adelante las mismas políticas antisociales que alimentan al FN. Además, la presión hacia el centro político de las alas moderadas de ambos partidos también provocaría un efecto centrífugo: arrojar en manos del Front National por derecha, y de Jean Luc Melenchon por izquierda, a los sectores que rechacen esta colaboración con Macron.

Esto reforzaría aún más las tendencias a la polarización que ya se expresaron en esta elección, con dos candidatos exteriores al establishment tradicional y en particular a las políticas pro-europeas, Le Pen y Melenchon, que obtuvieron alrededor del 20% de los votos cada uno. La perspectiva de una segunda vuelta entre ambos, que le puso los pelos de punta a los grandes medios y a los sectores industriales y financieros pro-europeos (como lo demostró en su momento el retroceso de las Bolsas) podría volverse una realidad en 2022, si la respuesta del régimen político a su crisis es la de una fuga hacia adelante organizada alrededor de los partidos y de las políticas que fueron masivamente rechazadas en las urnas.

Construir la movilización contra Le Pen y Macron

De cara a la segunda vuelta, la presión hacia el “todo menos Le Pen” aumenta, presentando al ultraliberal Macron como el mal menor frente a la candidata racista y xenófoba. La gran mayoría de los dirigentes políticos tradicionales, los grandes medios, diversas personales llaman a votar por Macron o contra Le Pen, que sin duda es vista por amplios sectores como la expresión más concentrada de lo peor que tiene para ofrecernos esta sociedad y que votarán tapándose la nariz por su opositor, también ampliamente detestados.

Pero, como señalamos, la victoria de Macron no puede ser un freno durable al Front National: al contrario, las políticas que llevará adelante son la mejor garantía de que el partido de extrema derecha siga ganando terreno, en particular si es de la mano del conjunto del sistema partidario decadente que millones rechazan y que Le Pen denuncia hipócrita y demagógicamente como la “elite política”. La única manera de combatir al Front National verdaderamente es con la organización y la movilización independientes, apoyando la lucha de los inmigrantes, los refugiados, de las mujeres, de todos aquellos que son el blanco del discurso reaccionario del Front National; defendiendo nuestros derechos sociales y obteniendo nuevas conquistas que permitan hacer retroceder la situación de desesperación social que abre paso a este discurso reaccionario.

Aunque la presión del “frente republicano” sea enorme, entre aquellos que se movilizaron los últimos meses y años contra las políticas antisociales de Hollande, entre aquellos que sufrieron en carne propia la represión y el giro autoritario impuesto para aprobarlas, entre los que de una u otra manera expresaron con su voto (a Melenchon o a Poutou) o por la abstención la voluntad de romper con este sistema en descomposición, la posición de rechazar la imposición de elegir “entre la peste y el cólera” se hace fuerte y se cristaliza. “Ni patria ni patrón; ni Le Pen ni Macron” se hace eco entre amplios sectores de la vanguardia que se niegan a contribuir a legitimar como “mal menor” una nueva ofensiva contra los trabajadores y las clases populares.

La primera tarea, entonces, es la de construir las movilizaciones no solamente contra el Front National, sino también para preparar la resistencia contra los futuros ataques de Macron. Cristalizar esta política independiente que se expresa entre sectores sindicales, de la extrema izquierda organizada o autonomista e incluso de una parte importante de la base de Melenchon, en las próximas movilizaciones como la del Primero de Mayo, constituyendo bloques de independencia de clase que se planten por igual contra ambas alternativas burguesas.

Además de esta respuesta en el plano social y de las movilizaciones, hay que construir una alternativa independiente en el plano político. Mientras Jean Luc Melenchon no da una consigna de voto clara sino que hace una “consulta a sus adherentes” y se reserva de “dar su opinión personal” (aunque hay que señalar el dato no menor de que por el momento resiste a la presión de apoyar a Macron), es esencial que desde el NPA se realice un claro llamado a la abstención en la segunda vuelta, para darle una expresión a esta posición independiente.

Por otra parte, aunque la tarea inmediata sea la de tomar las calles contra ambas alternativas, hay que plantearse desde ahora la necesidad de una intervención electoral independiente en las legislativas. La campaña de Philippe Poutou, a pesar de su modesto resultado, demostró la posibilidad de construir una alternativa política de ruptura con el sistema, independiente de todos los candidatos burgueses, pero también del reformismo institucional de Melenchon y de su peligrosa deriva chauvinista. En el marco de una profundización de los ataques contra los trabajadores, de una posible agudización de la crisis del régimen político y una mayor polarización, las oportunidades para la izquierda revolucionaria pueden verse redobladas: es nuestra responsabilidad aprovecharlas para construir una fuerte organización revolucionaria y evitar que sea la derecha reaccionaria la que capitalice la crisis del sistema.