Por Ale Kur, SoB 424, 4/5/17

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El conflicto en la península de Corea[1] viene ocupando un lugar muy importante en los medios de comunicación en las últimas semanas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, subió la temperatura del mismo cuando decidió un giro en la política norteamericana: “se acabó la era de la paciencia estratégica con Corea del Norte”.

Lo que desencadenó este giro es el intento, por parte del régimen nor-coreano (encabezado por Kim Jong-Un), de desarrollar misiles balísticos con capacidad intercontinental. Esto significaría, en caso de éxito, la capacidad de lanzar ataques contra la costa oeste de Estados Unidos. Esto se suma a la comprobada capacidad nuclear de Corea del Norte: desde la década pasada que viene realizando ensayos exitosos de explosiones atómicas. Es posible que Corea del Norte ya cuente con la capacidad de pulverizar con estas armas importantísimas ciudades de Corea del Sur o de Japón. Si además adquiere misiles intercontinentales, podría usarlas también contra EEUU. Demás está decir que esto provoca fuerte preocupación entre los medios militares y de seguridad norteamericanos, por más que no sea un escenario demasiado probable.

En ese marco, Corea del Norte avanzó en las últimas semanas con ensayos de sus nuevos misiles (que hasta ahora parecen haber fracasado), y amenazó con realizar nuevas pruebas nucleares en cualquier momento. Esto produjo una fuerte escalada ya que Trump declaró que EEUU iba a impedir nuevas pruebas militares por parte del régimen norcoreano, y anunció que un portaaviones norteamericano se estaba dirigiendo hacia Corea del Sur para garantizarlo. Luego resultó que esto era solo una bravuconada, ya que el portaaviones tenía en realidad otra destinación. Sin embargo, esto elevó fuertemente el tono de la confrontación.

En este clima caldeado, esta semana ocurrió un nuevo hecho que provocó una enorme polémica. Estados Unidos desplegó en territorio de Corea del Sur (y volvió operativo) el sistema THAAD de defensa antimisiles. Su instalación ya había sido acordada previamente entre la administración Obama y la presidenta surcoreana Park, pero recién se implementó en la actualidad. Paradójicamente, ninguno de sus dos suscriptores fue quien lo llevó a la práctica: Trump reemplazó a Obama, y la presidente Park fue destituida por el congreso nacional de su país tras un escándalo de corrupción e influencias indebidas.

El “timing” de la puesta en operaciones del escudo antimisiles se debe a dos cuestiones: por un lado, la necesidad del gobierno de Trump de mostrar “gestos de autoridad” amenazantes que lo reafirmen en el plano internacional y frente a su propia población. Pero por otro lado, se relaciona con la política interior de Corea del Sur: el 9 de mayo habrá allí elecciones presidenciales para reemplazar a la expresidenta Park. El candidato con mayores chances de ganar, Moon Jae-in, tiene un perfil bastante diferente a la anterior. Mientras que Park era una representante directa del imperialismo con un perfil conservador y autoritario, Moon tiene un perfil “liberal” (algunos medios lo definen como “de izquierda”, aunque esto es mucho más dudoso), con mayor autonomía hacia EEUU y con una propuesta de política exterior más conciliadora hacia Corea del Norte. El candidato Moon cuestiona (o por lo menos lo hacía hace algún tiempo) la instalación del escudo antimisiles: es muy probable que la misma hubiera sido más difícil o imposible luego de que este asumiera la presidencia. Por lo tanto, Trump se apuró a generar un “hecho consumado” en Corea del Sur que difícilmente vaya a intentar revertir cualquier futuro presidente local.

El escudo THAAD suscita una fuerte oposición de China y de Rusia, ya que altera el balance militar entre el bloque EEUU-Corea del Sur-Japón y los anteriores. No solo “inclina la cancha” en favor del imperialismo norteamericano, sino que el poderoso radar que incluye el sistema llega a penetrar profundamente en el territorio chino y ruso, lo que vulnera la seguridad de ambos países. Por lo tanto se trata de una provocación geo-política, que agrega fuertes tensiones a la región. A esto hay que agregar las protestas locales de la población de las zonas donde se instala el escudo: los campesinos y residentes de la región ya realizaron manifestaciones y bloqueos de rutas (llegando a chocar con la policía), denunciando el enorme peligro en que los pone –ya que sería un objetivo obligado en cualquier conflicto militar en la zona-. Y por si todo esto fuera poco, el propio Trump se encarga de hacer más impopular al escudo al sostener que Corea del Sur debería pagar el costo del mismo: mil millones de dólares.

Además del escudo antimisiles, parece que esta vez el portaaviones Carl Vinson de EEUU sí estaría realmente dirigiéndose a Corea del Sur para realizar maniobras militares, junto a un submarino con capacidad nuclear y toda una flota. Este despliegue aumenta fuertemente el riesgo de una guerra con Corea del Norte, que sería enormemente grave: puede incluir el uso de armas atómicas por cualquiera de ambos bandos (con sus consiguientes millones de muertes) e implicaría la movilización de cientos de miles de soldados, la destrucción sistemática de ciudades, etc.

Sin embargo, aunque este riesgo existe y es de una enorme gravedad, no es tampoco el escenario más probable. Como ya dijimos, Trump está (al menos por el momento) más preocupado por realizar gestos simbólicos de autoridad que por iniciar guerras de verdad. Hasta el día de hoy, la situación se asemeja más a dos perros ladrando (sin morderse) que a una auténtica escalada militar. Por otro lado, mientras se despliega todo el espectáculo del equipamiento de guerra, el conflicto se gestiona por las vías diplomáticas: Trump apuesta firmemente al rol de China para contener a Corea del Norte, e inclusive planteó que quisiera reunirse personalmente con Kim Jong-Un.

Así es como el “centro de gravedad” del conflicto pareciera haberse trasladado momentáneamente a la relación entre China, Corea del Norte y todos sus vecinos. El gobierno chino amenazó a su par norcoreano con cortar la colaboración económica en caso de que este último realice nuevas pruebas nucleares. Corea del Norte respondió a través de sus medios de comunicación estatales acusando a China de “traición” y negándose a dar el brazo a torcer. En este marco, Trump intenta consensuar con el Consejo de Seguridad de la ONU la aplicación de nuevas sanciones.

No está nada claro cómo va a desenvolverse el conflicto a partir de ahora: si bien nadie parece jugarse a fondo a un enfrentamiento real, la propia lógica de las cosas puede hacer que se “salga de control” y terminar desembocando en un choque directo. En cualquier caso, es de una importancia enorme que la izquierda y los sectores antimilitaristas y democráticos en todo el mundo denuncien la reaccionaria escalada bélica. Las maniobras del imperialismo yanqui y sus títeres de Corea del Sur y Japón, así como las bravuconadas de Kim Jong-Un y el régimen norcoreano, ponen en un gran peligro a la vida de millones de personas. Es necesario derrotar la amenaza bélica y alejar definitivamente el fantasma de una guerra nuclear.

[1] Este conflicto tiene una larga data: una guerra iniciada en 1950 terminó cristalizando la división de Corea en dos partes: la Corea del norte “comunista”, alineada a China y la URSS, y la Corea del sur capitalista, alineada a EEUU y Japón. Las dos Coreas nunca firmaron un tratado de paz, por lo cual formalmente se mantiene desde entonces una situación de hostilidad, aunque sin enfrentamientos desde que en 1953 se alcanzó el cese de fuego.

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