Por Marcos Duch, diciembre 2016

Categoría: Historia y Teoría Etiquetas: ,

Índice

Introducción……………3

¿Existe una “racionalización totalitaria”? ……………4

Zona gris……………6

Dialéctica entre fines y medios……………8

La destrucción de la individualidad como rasgo común……………10

Conclusión……………11

Introducción

Parte de la historiografía referida al “siglo XX corto” (siguiendo la periodización ensayada por Hobsbawm), en particular la liberal, anuda al stalinismo –y, por elevación, al comunismo- con el fascismo y el régimen nazi. Según esta concepción, entre cuyos impulsores se puede contar a Friedrich, Arendt, Furet y Nolte, existirían fuertes elements de solapamiento entre el Tercer Reich y la Unión Soviética. Uno de los principales paralelismos subrayados por estos “teóricos del totalitarismo” consiste en la existencia de sendos regímenes concentracionarios: los Lager nazis y los gulags stalinistas.

Este hecho es suficiente para ensayar una revisión crítica y comparativa de los “universos concentracionarios”, que se elevan en la historia del siglo XX como condensación de una “era de los extremos” –recurrimos aquí nuevamente a la aguda terminología acuñada por Hobsbawm. Más aún, teniendo en cuenta que el concepto de “totalitarismo” ha sido y es una de las armas más filosas de parte del liberalismo, particularmente para llevar adelante la tarea de desprestigiar y desechar cualquier visión alternativa al sistema occidental (Traverso, 2005). Y, agregamos nosotros, al mundo globalizado.

Con la finalidad de realizar dicha evaluación crítica, y tomando como fuentes de primera mano a Primo Levi y Aleksandr Solzhenitzyn, comenzaremos por hacer un análisis sobre las racionalizaciones subyacentes a cada uno de los sistemas (nazi y soviético), y proyectando las mismas a los relatos de los prisioneros. Luego, haremos algunas precisiones sobre la “estructura social” desarrollada en las situaciones concentracionarias. Posteriormente, siempre en diálogo con los testimonios de los sobrevivientes, realizaremos algunas apreciaciones sobre la dialéctica entre medios y fines (prestando especial atención a los mecanismos de “deshumanización” aplicados a los prisioneros). Por último, retomaremos el concepto de “totalitarismo” a la luz de las conclusiones de este trabajo, destacando los aspectos diferenciales entre  un sistema concentracionario en una economía estatizada y los que surgen a partir de un estrecho vínculo, aunque con identidades separadas y definidas, entre el Estado y el sector privado (para lo cual resulta de relevancia el análisis de Ian Kershaw en su obra “La dictadura nazi”).

¿Existe una “racionalización totalitaria”?

Según lo expuesto en la introducción, analizaremos las motivaciones y “racionalizaciones” profundas de los regímenes estudiados, es decir, los fundamentos de su accionar y de la planificación/transformación social que llevaron a la práctica.

Como señala Jacques Attali (2005), una de las aspiraciones fundamentales del nazismo desde sus orígenes fue la eliminación del pueblo judío. Naturalmente, a lo largo de más de una década de desarrollo de la ideología hitleriana, dicha idea atravesó un proceso de desarrollo y radicalización, pasando por distintos matices de expulsión, exilio y recolocación hasta llegar a su forma última de “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee (1942). No podemos desarrollar aquí los rasgos nacionalistas y antisemitas que muchos autores observan en la conformación de la identidad nacional germánica, desde épocas previas al nazismo. Simplemente nos interesa destacar que el Holocausto constituyó para los ideólogos nazis, comenzando por el propio Hitler, un fin en sí mismo y, por lo tanto, un parámetro para racionalizar y medir los alcances de su actividad política y de la transformación de la sociedad alemana.

Esto no excluye, desde luego, que la persecución a los judíos haya traído aparejada una acumulación material y un plusvalor repartidos entre los estratos poderosos dentro del gobierno nazi y los empresarios asociados a aquel. Por una parte, las expropiaciones a los judíos que eran enviados al campo de concentración representaron una verdadera “acumulación originaria” para un régimen que brotó en un país golpeado por largos años de crisis –de la cual se hizo en gran medida culpable, precisamente, al pueblo judío. Por otra parte, como señala Primo Levi a lo largo de su testimonio, aquellos hombres y mujeres aptos para el trabajo físico eran literalmente exprimidos en los Arbeitslager. El ejemplo más claro de esto se puede encontrar en la obra del italiano, quien fue explotado según un régimen de trabajo esclavo y de permanente degradación en beneficio del conglomerado IG-Farben, a cuyo cargo se encontraba la planta de Buna-Monowitz. Pero no debemos olvidar que la función central del sistema concentracionario nazi fue la exterminación de los individuos “asociales” y, con muy especial énfasis, del pueblo judío en masa. Su aniquilación, en sí misma, era el fin al cual eran aplicados los medios “industriales”.

Por otro lado, la racionalización soviética -incluso en el marco de la contrarrevolución stalinista, es decir, habiéndose despojado de la mayor parte del contenido emancipador de octubre de 1917, preservando un sistema ideológico “superficial”, dislocando el sentido original del ideario y las aspiraciones de los bolcheviques y las masas revolucionarias rusas- estaba fuertemente vinculada a determinado desarrollo de las fuerzas productivas. Indudablemente, la muerte era un resultado previsible de las durísimas condiciones del trabajo forzado. Pero esta no constituía el fin último, ni estaba predestinada contra un sector particular y definido de la sociedad, ni contra una nacionalidad en particular, etc. Son reveladoras las cifras enunciadas por Primo Levi en el “Apéndice de 1976” de su obra Si esto es un hombre, cuando señala que la mortandad en los gulags oscilaba en torno al 30% del total de prisioneros, mientras que esta cifra ascendía en Auschwitz y en otros campos nazis al 98%. En el mismo sentido echa luz la comparación que realiza Traversa (2005) entre el jefe de Ozerlag, Evstignev, y el jerarca de Auschwitz-Birkenau, Hess. En resumen, el primero de ellos cuantificaba el éxito de su tarea en la cantidad de kilómetros de vía férrea tendida por los prisioneros, mientras que el segundo lo hacía tomando como parámetro las (millones) de vidas segadas en las cámaras de gas.

Esta diferencia resulta evidente al comparar los testimonios de Primo Levi y de Aleksandr Solzhenitzyn. Sin justificar en lo más mínimo el régimen de terror stalinista, podemos notar que la vida en el gulag era una sucesión interminable de días grises, cada uno idéntico al anterior y al siguiente, durante el período (en muchos casos extensísimo) que durara la condena. La jornada relatada en Un día en la vida de Ivan Denisovich es una muestra de esta existencia cotidiana, de una jornada de trabajo prolongada, extenuante, pasando frío y hambre, pero en la cual la muerte no parece estar permanentemente al acecho. Por el contrario, la vida en un campo de concentración nazi –cuyo relato no puede ser contenido en un solo día- se encuentra continuamente salpicada por acontecimientos singulares y decisivos, y por una organización muchísimo más compleja: la Selekcja, el recambio permanente de los prisioneros, una estructura “social” muchísimo más diversificada, una estratificación de los prisioneros en función de su origen y el motivo de su reclusión.

En el vértice de la ideología propia de cada uno de los regímenes, podemos encontrar que el nazismo se vertebraba según un principio racial, mientras que el stalinismo heredó (aunque de manera totalmente deformada) el enfoque de la lucha de clases. Esto generará un reflejo en el terreno de los aparatos concentracionarios, que detallaremos al referirnos a la dialéctica entre medios y fines.

En definitiva, no podemos encontrar una racionalización común a ambos regímenes identificados como “totalitarios”, lo cual repercute naturalmente en la fisonomía de sus “universos concentracionarios”. La reclusión en condiciones terribles e insoportables, si bien es tangible en ambos casos, resulta en este sentido un aspecto secundario y superficial, totalmente insuficiente para realizar un análisis profundo y esclarecedor. Por el contrario, contribuye a la confusión entre la forma y el contenido, dejando de lado una profunda diferencia en la racionalidad subyacente a cada uno de los sistemas –lo cual, insistimos, no puede ser en ningún caso utilizado para exculpar al stalinismo no sólo por sus métodos deshumanizantes, sino particularmente por haberlos utilizado en nombre de la emancipación de la humanidad.

Zona gris

Mediante este término, Primo Levi explica en Los hundidos y los salvados (2011) que “(…) la maraña de los contactos humanos en el interior del Lager no era nada sencilla; no podía reducirse a los bloques de víctimas y verdugos” (p. 34). De esta forma, surge un aspecto llamativo y revelador para la comparación entre los sistemas concentracionarios que aquí estudiamos: su “régimen” de jerarquías, de premios y castigos, la existencia de todo tipo de matices o “escala de grises” en los contornos de la humanidad… y de la deshumanización.

Desde “La iniciación”, es decir el ingreso al Lager, Levi relata los mecanismos empleados por las SS y el “personal” de Auschwitz para llevar adelante un proceso científico y meticuloso de destrucción de la subjetividad del prisionero: los golpes, las órdenes gritadas en un idioma incomprensible, la desnudez en el frío, las vejaciones de todo tipo, la clasificación de los Häftlinge según su origen y el ensañamiento contra los judíos, lo cual nos remite nuevamente al exterminio de este pueblo como un fin en sí mismo del Tercer Reich, aspecto destacado de por Attali (2005) y Vidal (1995).

Ya en esta instancia, el prisionero recién ingresado comenzaba a vislumbrar una densa estructura, fríamente planificada por los jerarcas del Lager, que plantea problemas morales de difícil solución. Por poner un ejemplo, los Sonderkommando fueron una parte necesaria en las tareas de exterminio (si bien no eran los encargados directos del asesinato en masa). Luego de pocos meses eran, ellos mismos, eliminados, y en el transcurso de ese tiempo gozaban de algunas (ínfimas) condiciones de supervivencia por encima de la media. También es destacable que, al menos en una ocasión, dichas condiciones fueron aprovechadas para un intento de levantamiento, como narra el autor en el capítulo “El último” de Si esto es un hombre.

El aspecto que queremos destacar aquí, llevado a su forma más extrema y cruda dentro del Lager pero como rasgo extensible a la propia ideología nazi, es un rebajamiento a la animalidad. Rebajamiento que tenía sus consecuencias letales para los prisioneros, pero que era común a toda la “comunidad” del campo, incluso a los propios SS. Para salvarse, no había más alternativa que la adaptación a estas “reglas”, lo cual implicaba frecuentemente superar límites éticos o morales. La fuerza y la destreza eran la única diferencia entre la vida y la muerte, siempre y cuando esta última no sobreviniera de manera totalmente “arbitraria”, por ejemplo, por bajar del lado “equivocado” del tren que transportaba a los prisioneros hasta el campo.

En el relato del gulag también se hacen visibles los contornos de una jerarquía y aparece un aspecto completamente compartido con los campos de exterminio nazis: el gran valor que anidaba en la capacidad de “organizarse”, de obtener pequeños beneficios realizando algún oficio o violando sutilmente alguna de las reglas del campo –recordamos aquí el episodio narrado por Solzhenitzyn cuando ingresa de contrabando una sierra, en la perspectiva de remendar zapatos y aumentar en algunos gramos su ración de pan. Sin embargo, existe una mayor identificación dentro de la “comunidad” concentracionaria: a fin de cuentas, la mayoría de ellos son rusos, muchos acusados falsamente de espionaje o víctimas de distintas formas de persecución por parte del régimen. Sólo en un momento se deja ver el rasgo del nacionalismo panruso, en el episodio del moldavo (p. 87), nacionalismo destacado por Bialer (1988) como otro mecanismo de racionalización. Pero lo que en el gulag aparece como episódico y contra un individuo, en el Lager es un aspecto sistemático y dirigido contra una mayoría.

Indudablemente, todo sistema concentracionario precisa de un cuerpo capaz de hacer cumplir las órdenes y los “objetivos” dispuestos por los superiores. En ambos casos, el terror y la miseria se encuentra en cantidades extraordinarias, aunque lo que es claramente ensañamiento en Auschwitz (con la finalidad de destruir hasta la subjetivid de la colectividad judía) es algo más parecido a la desidia en las estepas siberianas.

Siguiendo con la línea hasta aquí expuesta, hay un hecho que resulta obvio pero que debe ser considerado en su justa medida: en Auscwhitz y el conjunto de campos nazis, existía una predestinación más o menos fija en cuanto a la “jerarquía” a la cual cada Häftling podía aspirar. Como producto de un Estado antisemita y racial, los judíos eran considerados menos que humanos, y estaban sometidos a las órdenes de Kapos que eran de otro origen étnico (frecuentemente criminales comunes y corrientes). Se constituye incluso una especie de “burocracia” estratificada del Lager, promovida desde los SS a cargo y con todo tipo de ramificaciones imaginables. En la otra mano, el gulag se caracteriza por un ordenamiento identificado con una terminología militar, aunque mucho más sencillo, en algún sentido “igualitarista”.  Desde luego que esto también es revelador sobre la sociedad stalinista: la burocracia (del Estado o del gulgag) es el gendarme que se encarga de repartir la miseria.

Aunque el relato de Primo Levi resulta más sistemático a la hora de caracterizar y “tipificar” algunos de los rasgos de personalidad comunes en los prisioneros, sí se puede trazar cierto paralelismo entre ambas experiencias en lo que se refiere a las posibilidades de sobrevivir, de “resistir” las condiciones impuestas. La deshumanización, que corre por distintas vías pero también tiene aspectos en común que salen a la luz en los testimonios, implica también en ambos casos un desplazamiento de las preocupaciones a las cuestiones más cotidianas. Los prisioneros dejan de proyectar sus vidas hacia un futuro al cual no saben si accederán (sea por la inminencia de la muerte o por una perspectiva de prisión demasiado larga). La vida se reduce, en ambos casos, al aquí y ahora, aspecto característico de los animales.

Dialéctica entre fines y medios

Previamente desarrollamos las “racionalizaciones” inmanentes a cada uno de los sistemas aquí estudiados. En cada caso, se trata de mecanismos que establecen determinados fines y una forma de llevarlos a cabo. Aquí nos detendremos en el examen de estos procedimientos.

La lógica racial y antisemita característica del nazismo, sumada al alto grado de tecnificación desarrollado en el Tercer Reich, condujo a la industrialización del genocidio. Como señala Traverso (2005), se trató de poner la civilización –es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas- al servicio de un fin totalmente irracional como es el exterminio de un pueblo. Fin irracional incluso desde el punto de vista capitalista más clásico, que ve en las poblaciones oprimidas la potencialidad de convertirse en mano de obra hiperexplotada. La limpieza étnica se sobreimpuso a esta racionalidad más “clásica”, destinando grandes recursos a la consecución de este objetivo incluso en las condiciones del esfuerzo de guerra.

Como narra el Häftling italiano, en octubre de 1944 tuvo lugar una Selekcja. Prácticamente un día entero de trabajo fue resignado en el altar del exterminio racial y del objetivo de “limpiar” al campo de concentración de los individuos más débiles. Esta tecnificación a la hora de aniquilar a seis millones de judíos contrasta fuertemente con la ineficacia de la explotación del trabajo forzado en los Arbeitslager: basta recordar que la fábrica Buna ni siquiera llegó a operar. En este sentido se reafirma que el objetivo racial de la “Solución Final” se contraponía al desarrollo de la productividad. Incluso deja planteada la hipótesis de que el trabajo forzado, antes que perseguir un fin económico o material, era un eslabón más en la cadena de deshumanización a la cual eran sometidos los desgraciados habitantes del “universo concentracionario” nazi.

Podemos rastrear la dialéctica entre medios y fines de este sistema en un aspecto puntual: tras la Conferencia de Wannsee (enero de 1942), la tecnificación del Holocausto exigió el desarrollo científico y la producción industrial del gas Zyklon-B. Hasta aquel momento, las pocas cámaras de gas en funcionamiento (por ejemplo en Buchenwald o Sobibor) funcionaban mediante la producción de monóxido de carbono generado por combustión. Insistimos una vez más: la racionalidad y la relación entre medios y fines generada por un objetivo barbárico dio lugar a la peculiaridad histórica de que un Estado en pie de guerra destinara recursos humanos, técnicos y económicos a un objetivo que poco tenía que ver con el triunfo en la conflagración. Los efectos de dicha contradicción deben ser estudiados, de manera coordinada con la planificación militar y estratégica de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Estudio que no podemos desarrollar aquí.

Por otro lado, el stalinismo planteaba otros fines. Particularmente a partir del giro a la colectivización forzosa y la industrialización, el eje fue el desarrollo de las fuerzas productivas –aunque, siguiendo una lógica cada vez más burocrática, este objetivo se divorció paulatinamente de cualquier mejoramiento en el nivel de vida de las masas. Como señala Bialer (1988): “El establecimiento de ambiciosas metas y la planificación –o, mejor dicho, la orden- de su cumplimiento en el plazo más corto posible (…) conducen al máximo gasto de esfuerzo y energía”. El fin, que superficialmente se podría considerar como el desarrollo de la civilización (fuerzas productivas, capacidad técnica de transformar la naturaleza) se ve totalmente distorsionado por los medios empleados, por una explotación irracional de la mano de obra que se encuentra incluso por detrás del mundo capitalista. Como ocurría en la mayoría de las esferas sociales y productivas, el objetivo tenía una cuota importante de arbitrariedad, desvinculada de la satisfacción concreta de necesidades materiales. La industrialización se dio, en muchos casos, de manera fragmentaria y desarticulada.

Pero aquí también corresponde destacar otro elemento: así como en el régimen nazi el exterminio racial era el fin privilegiado, el terror estalinista también era un objetivo “en sí mismo”, perseguido por el régimen. No el único, claramente, pero sí uno de importancia. Aplicando la misma lógica burocrática y proyectándola sobre una concepción formal de que el desarrollo de la lucha de clases se podía cuantificar en virtud de la consolidación del régimen stalinista (aspecto señalado por Bialer), la intensificación del terror con la supuesta finalidad de consolidar dicho régimen se transformó en un parámetro del éxito del mismo. Los juicios de Moscú, el asesinato de Trotsky y la elevación del sicario Ramón Mercader a héroe nacional de la URSS son ejemplos concretos de cómo el terror, el relato y la eliminación de adversarios políticos se imbricaron profundamente en el desarrollo del régimen soviético stalinista. La misma cuantificación se desarrolló en función de los cientos de miles o millones de reclusos en los campos de trabajo forzado.

La destrucción de la individualidad como rasgo común

Queremos destacar aquí brevemente un aspecto llamativo de ambos testimonios. Ya nos hemos referido a la destrucción de la subjetividad que se hace patente en ambos relatos, pero mucho más presente en el texto de Primo Levi que en el de Aleksandr Solzhenitzyn. Ahora haremos hincapié en un elemento derivado de lo anterior: la fusión de los prisioneros en una masa sin contornos claros, como herramienta de disciplinamiento.

Es sabido que tanto el nazismo –el cual recibió algunos rasgos del corporativismo fascista- como el stalinismo –aplicando de manera deformada la concepción marxista, que defiende una relación dialéctica entre el desarrollo del ser humano genérico y la individualidad como parte integrante de la sociedad- fomentaron la idea de una colectividad, en cierto modo, asfixiante. Este rasgo se vio potenciado en los campos de concentración.

Significativamente, y sin caer en la posición liberal de equiparar el nazismo al stalinismo, se puede establecer un fuerte punto de contacto entre ambos testimonios en lo que respecta al tiempo que los prisioneros podían hacer propio. Durante el día, marcado por los ritmos del trabajo forzado, salpicado por las chimeneas humeantes de los hornos crematorios, el hambre y el frío, la individualidad pertenecía al Lager/gulag. La noche, breve, interrumpida por el llamado a la jornada de trabajo, es el único momento en el cual el recluso puede dedicar algunas horas a la reflexión, antes de caer abatido por la jornada extenuante. El disfrute de estas horas se convertía, entonces, en uno de los aspectos más preciados por la población concentracionaria, y constituía uno de los principales mecanismos de defensa de la subjetividad avasallada por el régimen.

Pasando a un plano más general, este aspecto de destrucción es uno de los que más facilitan la reducción liberal de ambos sistemas a la categoría de “totalitarismo”. Finalidad reaccionaria, puesta al servicio de disolver cualquier tipo de iniciativa colectiva, incluso cuando esta puede y debe estar puesta al servicio de objetivos emancipatorios –finalidad que, como ya señalamos, nada tuvo que ver con el nazismo ni el stalinismo.

Conclusión

Los relatos de Levi y Solzhenitzyn son una ventana abierta a las oscuras profundidades del siglo XX, período marcado por guerras, revoluciones y, en el caso estudiado, contrarrevoluciones brutales. Tomando cierta distancia, teniendo como hito la caída del bloque soviético, una buena parte de la academia resignificó el concepto de “totalitarismo” para denotar todo aquello a lo que la humanidad no debe volver. De esta forma, y mediante un procedimiento de identificación del stalinismo con el nazismo y con el socialismo en general, buscan deslegitimar cualquier intento de transformar la sociedad superando las enormes limitaciones y la barbarie dosificada de la sociedad capitalista.

Reduciendo el análisis de la cuestión al aspecto concentracionario de ambos regímenes podemos encontrar similitudes, pero también diferencias en cuanto a la “racionalidad” perseguida en cada uno de los sistemas, y también en cuanto a sus fines y sus medios. Cualquier mecanismo que se sustente en el encierro y el trabajo forzado de millones de personas presentará rasgos inhumanos y paralelismos evidentes, pero a la hora de realizar un análisis serio de la cuestión la mirada debe ser mucho más penetrante y alcanzar las motivaciones profundas que subyacen a los “universos concentracionarios”.

En definitiva, trascendiendo los aspectos descriptivos de cada uno de los testimonios trabajados y la bibliografía utilizada (en especial la obra de Enzo Traverso), partiendo del repudio que debe generar la implementación de los mecanismos del Lager y el gulag, sostenemos que el concepto de “totalitarismo” debe ser profundamente revisado e incluso descartado, ya que no aporta ninguna claridad sobre la convulsionada historia del siglo XX. Muy por el contrario, cae en un grave error para la historiografía y la ciencia política: sobrevaluar mucho más de lo necesario ciertas cuestiones “procedimentales”, sin tener el menor reparo en el contenido social de los proceso. No queremos decir con esto que sea lícito aplicar cualquier medio para llegar a determinado fin, y sostenemos que entre este y aquellos existe una relación determinada mutuamente. Allí apunta precisamente la crítica que hacemos a la escuela liberal de los “totalitarismos”, esencialmente conservadora y de defensa del statu quo.

En sus vertientes más vulgarizadas, esta teoría llega incluso a proponer como un rasgo del “totalitarismo” a la propiedad estatal, aspecto diferencial entre el régimen nazi y el soviético. Remarcamos que “propiedad estatal” no es sinónimo de “socialismo”, ya que la acumulación derivada de dicha forma de propiedad no estaba puesta al servicio del desarrollo armónico de la sociedad soviética (aspecto que hemos abordado al hablar sobre la “racionalización”). Pero ocultar este hecho difumina las profundas diferencias en cuanto al carácter de clase del Tercer Reich y la URSS, en un intento por borrar el enorme impulso transformador que tuvo esta última experiencia histórica en la etapa previa al ascenso de Stalin.

Bibliografía

-Attali, J. (2005): “La economía de la Shoa” en Los judíos, el mundo y el dinero. México: Fondo de Cultura Económica.

-Bialer, S. (1988). “El sistema estalinista maduro” y “Stalin y la elite política soviética”. En Stalin’s successors. Leadership, stability and change in the Soviet Union (cap. I y II).  New York: Cambridge University Press.

-Kershaw, I. (2013). “Política y economía en el Estado nazi” y “Hitler y el Holocausto”. En La dictadura nazi (cap, III y V). Buenos Aires: Siglo Veintiuno.

-Levi, P. (2011). Si esto es un hombre  y Los hundidos y los salvados. Barcelona: Océano

-Solzhenitzyn, A. Material subido por la cátedra.

-Traverso, E. (2005). “El totalitarismo. Usos y abusos de un concepto”. En Feierstein, D. Genocidio. La administración de la muerte en la modernidad. Buenos Aires: Eduntref.

-Zemskov, V. (3 de junio de 2001). Todos los muertos de Stalin. La Vanguardia.

Filmografía

– Millennium Films (producción) y Tim Blake Nelson (director). (2001) The Grey Zone. Estados Unidos: Millennium Films.

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