Por Ale Kur, SoB 428, 8/6/17

Categoría: Cambio climático, Estados Unidos Etiquetas: ,

La semana pasada el presidente Donald Trump impactó al mundo con un anuncio de gran importancia: EEUU se retira de los llamados “Acuerdos de París”. Estos acuerdos, firmados en diciembre de 2015 por 195 países (entre ellos todas las economías más industrializadas del mundo), tienen por objetivo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: se trata de partículas que retienen el calor en la atmósfera terrestre, aumentando enormemente la temperatura global. Dichas emisiones son producto centralmente de la utilización de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas.

El problema de fondo es que la actividad humana bajo el actual sistema capitalista es terriblemente destructiva en relación al medio ambiente. Según la comunidad científica, si no se toman medidas para reducir las emisiones de dichos gases, la temperatura global promedio para fines del siglo XXI podría estar aumentando en 4,5 grados con respecto a la que existía en tiempos preindustriales (ahora mismo la temperatura global ya está por lo menos en un grado más con respecto a ese periodo). Tal aumento sería catastrófico para el planeta: subiría enormemente el nivel del mar por derretimientos de los polos (haciendo desaparecer ciudades enteras), todo el sistema climático se vería alterado, provocando terribles sequías, inundaciones y todo tipo de fenómenos devastadores. La agricultura se vería también terriblemente perjudicada, poniendo en cuestión la producción de alimentos. Es inclusive posible que se desate una reacción en cadena incontrolable, que directamente convierta a la Tierra en un planeta muerto como Venus[1].

Los Acuerdos de París son una reacción, tibia, insuficiente e inconsecuente pero real, frente a este panorama catastrófico. Su objetivo es que para fines de siglo la temperatura global no aumente en promedio más que 2 grados centígrados (y preferiblemente no más de 1,5). Si esto pudiera lograrse, igualmente traería graves consecuencias para el planeta, pero relativamente más manejables que el escenario anterior. El mecanismo establecido por los acuerdos de París es muy limitado: cada país se compromete voluntariamente a reducir sus emisiones en un determinado porcentaje para una determinada fecha. Los países desarrollados colaborarían también con un fondo de al menos 100 mil millones de dólares para ayudar a los países atrasados a lidiar con el cambio climático y sus consecuencias (los países con un fuerte peso de la agricultura son los más perjudicados por aquél).

Los Acuerdos de París no establecen mecanismos (como pueden ser sanciones económicas o de otro tipo) para controlar a los países que no cumplan con los objetivos propuestos, ni para los que no adhieran (o dejen de adherir) a ellos. Por otro lado, los planes son voluntarios: cada país propone el número que quiera, sin ninguna obligación externa. De hecho, los planes presentados por los países quedan muy por detrás inclusive de los (ya modestos) objetivos planteados por los Acuerdos: aun si se cumplieran esos planes, la temperatura todavía podría aumentar hasta unos 3,4 grados para fines de siglo (aunque algunas fuentes son ligeramente más optimistas). Así y todo, los Acuerdos de París son el único marco general que existe hoy en día para regular el cambio climático, por lo cual la salida de EEUU de ellos tiene directamente un carácter criminal y genocida al desentenderse por completo del problema potencialmente más grave de la humanidad.

Estados Unidos es hoy el segundo mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero, responsable del 15% de dichas emisiones a nivel mundial. El primer lugar lo ocupa China, con el 30%. Más lejos, en el tercer puesto, viene la Unión Europea con el 9%. A través de los Acuerdos de París, EEUU se había comprometido a reducir su nivel de emisiones en un 28% para 2025 (en relación a 2005). Por su parte, China recién comenzaría a reducir las suyas después de 2030. La UE se puso objetivos ligeramente más ambiciosos: reducir las emisiones en un 40% para esa misma fecha (con respecto a los niveles de 1990).

El reaccionario Trump, contra el planeta y la especie humana

Donald Trump es un “negacionista” del cambio climático: rechaza la misma existencia del fenómeno de calentamiento global producido por el hombre. Esta concepción está puesta al servicio de su apuesta por conservar la plena utilización de combustibles fósiles. Como parte de lo anterior, se apoya políticamente en lo más atrasado de la burguesía norteamericana, poniendo en todos los puestos de gobierno relacionados a la energía y protección ambiental a gerentes de las grandes petroleras, como Rex Tillerson de la petrolera Exxon en la Secretaría de Estado (encargada de la política exterior de EEUU).

Esto tiene una lógica. Por un lado, las energías fósiles son al día de hoy las más baratas: su utilización en masa permite abaratar costos de producción para la industria, y por ende hacerla más competitiva a nivel internacional. Por eso Trump considera que toda medida que atente contra el uso de los combustibles fósiles en EEUU, como los Acuerdos de París, “desbalancea la cancha de juego” al favorecer en términos relativos a competidores como China. Esto a su vez atentaría contra puestos de trabajo en EEUU en general, y en especial en los directamente relacionados como la minería del carbón. Trump utilizará demagógicamente este argumento para ganarse el apoyo de su base electoral, los trabajadores de los pueblos y ciudades del interior de EEUU golpeados por la larga crisis de la industria tradicional norteamericana. En cualquier caso, se trata de excusas: el Estado podría garantizar otros empleos para esos trabajadores, entre ellos, los que se generarían en la producción de energía limpia y renovable.

Sobre la base de los justificativos recién señalados, Trump no solo decidió retirarse de los Acuerdos de París, sino que hace rato viene desmantelando o desfinanciando una por una las agencias gubernamentales que se crearon para estimular las energías sustentables. Se trata, como dijimos, de una política que empuja el mundo hacia una mayor barbarie, y que por ende requiere un rechazo rotundo del mundo entero.

Trump y la burguesía imperialista

Alrededor de la retirada de EEUU de los Acuerdos de París se presenta un hecho bastante paradójico: pese a que Trump es un burgués multimillonario y que tomó la decisión en función de su perspectiva de clase, la enorme mayoría de la burguesía mundial (incluida la de EEUU) rechaza su decisión y mantiene su apoyo a los Acuerdos, por lo menos en las palabras.

Más aún, los Acuerdos de París siguen estando vigentes, y al día de hoy casi todo el resto de los países del mundo se mantienen en su interior. Por el momento, sólo EEUU, Siria y Nicaragua estarán afuera de ellos. Las otras dos grandes potencias económicas mundiales, China y la Unión Europea, no sólo no se plantean hasta la fecha revisar los Acuerdos, sino que se proponen “reemplazar a Estados Unidos en su liderazgo mundial” en relación al tema climático. Es decir, Estados Unidos quedó aislada y marginada en el escenario global en relación a un asunto de enorme importancia estratégica[2].

Dentro de Estados Unidos ocurre algo similar. Prácticamente toda la burguesía norteamericana, con la excepción de las compañías mineras del carbón (y el mismo Partido Republicano de Trump), repudiaron la medida. Este es el caso, en primer lugar, de los empresarios del “Sillicon Valley” (la industria tecnológica de EEUU que se encuentra radicada en California, en la costa oeste): este sector viene apostando al desarrollo de energías limpias y es opositora a Trump en general. Uno de sus mayores referentes es el emblemático empresario Elon Musk (director de Tesla Motors, compañía vanguardista en la producción de autos eléctricos, y de otros emprendimientos de energías renovables como los “techos solares”). Musk abandonó el puesto que ocupaba como consejero asesor del gobierno de Trump en protesta a la retirada de los Acuerdos.

Pero paradójicamente, hay también otros sectores inesperados que se oponen a la retirada: se trata del propio sector petrolero, con emblemas como la Exxon, Shell y Chevron. Estas compañías también plantearon la necesidad de mantenerse dentro de los acuerdos.  Para esto existe una explicación. Por un lado, los acuerdos de París no son tan “duros” con ellas, permitiéndoles una perspectiva de transición muy gradual a las energías limpias, que no afectan sus beneficios inmediatos. Al quedarse afuera de la “mesa chica”, los Acuerdos podrían ponerse más duros y afectar su participación en el resto de los países.

Por otro lado, es un hecho incontestable que en los últimos años viene creciendo con mucha fuerza el mercado de las energías renovables (es el caso, por ejemplo, de los automóviles eléctricos que se encuentran frente a un potencial “boom” de ventas), lo que es facilitado en gran medida por los subsidios estatales que otorgan los Estados de las grandes potencias. Retirarse de los Acuerdos de París significa que EEUU queda por fuera de ese mercado, perdiendo su cuota de ganancias y quedando a la zaga en la competencia capitalista en una rama que puede llegar a ser muy dinámica.

Así es como Trump consiguió aumentar su aislamiento no sólo frente al resto del mundo, sino también frente al propio “establishment” norteamericano, afectando su propia estabilidad que ya se encuentra muy cuestionada.

Socialismo o barbarie capitalista

La decisión de Trump agrava fuertemente el terrible problema del cambio climático provocado por el hombre[3]. Pero el problema de fondo es la propia lógica capitalista, que produce exclusivamente para la ganancia empresaria y deja de lado todo el resto de las consideraciones.

Acabar con las emisiones excesivas de los gases de efecto invernadero exige romper con la lógica de la ganancia capitalista, por lo menos en el corto plazo. Esto ocurre porque al día de hoy, no existe ninguna otra forma de energía que tenga la misma relación costo- eficiencia que los combustibles fósiles. Es decir: es necesario que los Estados se hagan cargo de la producción energética empleando exclusivamente energías limpias, lo que implica una enorme inversión. Esto ya sea por la vía del desarrollo científico-técnico que permita mejorar la eficiencia de dichas formas de energía (así como la retirada del carbono ya existente en la atmósfera), o por la subvención masiva del consumo de las mismas para que su costo no se traslade a la población en general. Tales niveles de inversión sólo pueden darse sobre la base de afectar la ganancia de los grandes empresarios, mediante impuestos y expropiaciones.

Al no querer tomar estas medidas, ni siquiera los Acuerdos de París y sus medidas de transición pueden afectar realmente la esencia del modelo productivo capitalista.  Las energías renovables y limpias pueden crecer lentamente dentro del sistema, pero a un ritmo mucho más lento que el necesario para evitar una catástrofe planetaria. Hacen falta medidas mucho más drásticas, incluida la prohibición completa de apertura de nuevas plantas generadoras basadas en combustibles fósiles, así como la obligación a las automotrices de que migren toda su producción a los autos eléctricos que no utilizan gasolina.

Se trata de medidas de una gran urgencia que es necesario tomar para que el mundo no avance hacia un auténtico apocalipsis climático, para que pueda existir un futuro. Es necesaria una transformación social y económica completa que nos lo garantice. Es necesario construir un mundo socialista.

[1] Científicos consideran que Venus pudo haber sido un planeta apto para la vida hace muchísimo tiempo atrás, pero que sufrió un proceso de calentamiento global por efecto invernadero que destruyó por completo esas condiciones. Hoy su temperatura está por encima de los 450° Celsius.

[2] Párrafo aparte merece la actuación de Putin, el único mandatario del mundo que apoyó a Trump en su medida. Se trata de un gobierno reaccionario que apoya toda su economía en la explotación de los combustibles fósiles, poniendo a Rusia a la retaguardia del mundo como lo era en tiempos del zarismo.

[3] Inclusive desde el punto de vista de los Estados, no sólo EEUU debe hacer un profundo cambio: lo debe hacer el mundo entero, empezando por supuesto por China que es el mayor emisor de gases invernaderos del mundo. Ninguna excusa puede servirle a su clase gobernante para evadirse de la enorme responsabilidad histórica que tiene en este momento.

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