Por Roberto Sáenz, SoB 431, 29/6/17

Categoría: Argentina, Debates Etiquetas: , ,

La lucha por arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular es imposible sin luchar contra los prejuicios oportunistas en lo concerniente al Estado”. (El Estado y la revolución, Lenin)

La impugnación del nombre de Izquierda al Frente por el Socialismo ante la justicia burguesa por parte del FIT (impugnación derrotada de manera aplastante) nos llevó a escribir esta reflexión sobre la trayectoria de dicho frente y los partidos que lo integran.

Pidiendo la escupidera ante la justicia patronal

Lo primero es volver sobre el significado de la apelación ante la justicia patronal. Pasados los días dos rupturas de los principios socialistas han quedado evidenciadas.

La primera es el intento de dirimir ante los tribunales burgueses la representación política de la izquierda. Frentes electorales de la izquierda se han armado muchos y se seguirán armando: el FIT no será, seguramente, ni el primero ni el último[1].

Nuestro partido integró algunos de ellos antes del propio FIT (con el PO en el 2001, con el PTS y con el PTS e IS en los años subsiguientes), así como integra hoy la Izquierda al Frente con el MST y seguramente vendrán otros frentes electorales de la izquierda en el futuro próximo (ojalá una unidad entre nuestros dos frentes de la izquierda).

¿Cuál es el problema principista aquí? El intento de apropiarse de una denominación universal no en la experiencia directa de la lucha de clases, no en función de una decisión soberana de los propios trabajadores, sino consagrando un monopolio artificial de la representación de la mano de una institución del Estado patronal: la justicia burguesa. Se trata de instituciones que, según las enseñanzas del marxismo, nuestra tarea estratégica es destruir y no apelar a ellas de modo reformista para que arbitren o resuelvan en litigios que tienen que ver con el terreno de los trabajadores y la izquierda.

Una segunda pretensión no tiene antecedentes y configuró también una ruptura con nuestros principios: intentar apropiarse de palabras como trabajadores, frente, izquierda, socialismo, etcétera, que son patrimonio de todas las organizaciones de la izquierda; que hacen parte de los nombres de nuestros partidos.

Salta a la memoria la experiencia de los bolcheviques y mencheviques. Ambas fracciones eran parte del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Sin embargo, no recordamos que Lenin haya ido ante el Zar a reclamar por el monopolio del nombre del partido (¡imagínense semejante cosa!)…

En el congreso de abril de 1917 donde impuso sus famosas Tesis de Abril, Lenin falló en cambiarle el nombre al partido adoptando el de Partido Comunista (cosa que sí logró en 1918 luego de la toma del poder).

Lenin perdió esa votación porque el resto del partido no quiso abandonarle ese nombre con tanta tradición histórica al ala reformista del viejo partido (los mencheviques). Por lo menos no en el momento en que se disputaba la hegemonía sobre los trabajadores de toda Rusia.

Los bolcheviques conquistaron la hegemonía con la revolución. Y luego, sí, tiraron al traste el viejo nombre del partido y colocaron uno nuevo: Partido Comunista.

La capitulación del FIT en materia de principios la podemos resumir en el profundo significado que ha tenido apelar al Estado burgués, a una institución enemiga de los trabajadores, para que dirima un problema de los trabajadores: por cuál opción electoral de la izquierda se inclinarán.

Muchos más reflejos principistas tuvieron amplios sectores que repudiaron casi instantáneamente el accionar proscriptivo del FIT. Es que los principios de clase no son muchos, son sencillos. Entre ellos uno fundamental: que los revolucionarios no apelamos al Estado burgués para dirimir cuestiones que atañen a los trabajadores. Entre otras cosas, porque esto maleduca en relación al propio carácter de clase del Estado. Y porque busca sustituir y/o proscribir la propia decisión voluntaria de los trabajadores; reemplazar su propia experiencia respecto de cuál representación político-electoral de la izquierda prefieren en determinado momento.  

Un proceso de adaptación al Estado

Es importante entender cómo el PTS y el PO llegaron a semejante ruptura con los principios[2].

La generalidad de sus argumentos son tramposos. Por ejemplo, la impugnación de nombres de listas ante los centros de estudiantes; un accionar que no tiene nada que ver con el recurso del FIT ante la justicia patronal, porque los centros de estudiantes son organizaciones de masas (de clase).

Otro argumento podría ser el resguardo legal del nombre PST (Partido Socialista de los Trabajadores) por parte del viejo MAS. Pero tampoco es apropiado porque dicho nombre era el nombre propio de un partido con una larga trayectoria y su militancia tenía derecho a hacer lo que quisiera con él.

Con la Izquierda al Frente por el socialismo ocurre algo distinto. Es imposible poner en pie otro frente de la izquierda sin que el nombre sea semejante al que ya existe. El FIT sostiene la pretensión de ser el “único frente de la izquierda”. Pero desde el vamos dicha pretensión fue burocrática, sostenida en una maniobra de aparatos ajena del desarrollo real de la lucha de clases, en la medida que otros partidos de la izquierda (en forma excluyente nuestro partido), fueron dejados por fuera de dicho frente.

Y esto reenvía al problema que señalamos al comienzo de la nota: la apelación a la ley proscriptiva del régimen, la apelación a la propia justicia patronal para dirimir relaciones de fuerzas que deben procesarse en la experiencia de la lucha de clase, en la relación con los trabajadores: ¡una cuestión que roza dramáticamente los principios porque educa en la confianza en el Estado patronal que debemos combatir!

En la experiencia cotidiana entre los trabajadores se habla de la izquierda en general. Es verdad que en épocas electorales el FIT venía ocupando un lugar de privilegio. Pero eso no puede decidir las cosas porque dicha construcción es puramente electoral, sometida a la experiencia; no una imposible construcción “final”. Un frente que es menos que una cooperativa electoral, que bajo ningún concepto debe ser aceptada –¡porque no lo es!-como una “representación consumada” de los trabajadores; representación que sólo se podrá lograr con un peso orgánico combinado con circunstancias revolucionarias.

De ahí que la aparición de otro frente de la izquierda, la Izquierda al Frente por el Socialismo, le provocara semejante conmoción; simplemente porque la representación aún no está ganada, la experiencia de los trabajadores no está hecha, los vínculos orgánicos son todavía muy iniciales para todas las organizaciones y porque, en todo caso, son los trabajadores los que deben decidir en su experiencia qué expresión de la izquierda consideran preferible.

Pasar por arriba dicha experiencia, afirmarse ultimatista y burocráticamente como la “única izquierda”, intentar salvar esto apelando al Estado burgués contra un competidor surgido desde la izquierda, sólo podía llevar a lo que hemos visto: una grave ruptura con los principios que para bochorno del PTS y el PO se les volvió en contra provocándoles una profunda derrota política.

Gendarmes de la proscripción

Es un clásico que cuando la izquierda saca votos los “humos” se le suben a la cabeza. Hasta para grupos que se presentan como el sumun de los principios ocurre este fenómeno –¡porque las presiones son bien materiales!-, y si se es autoproclamatorio (como lo son hasta el hartazgo el PTS y el PO), el efecto es mil veces peor.

En muchos aspectos parciales se iba apreciando una creciente adaptación. Pero la apelación ante la justicia patronal contra nuestro frente fue el remate de un curso oportunista que esperamos no sea sin retorno.

¿Cuál es el dispositivo que ha estado detrás de esto? Viene de larga data: se inscribe en el mecanismo que le criticáramos al FIT desde el 2011: que se valió de nuestra falta de legalidad nacional para hacernos propuestas que a todos los efectos prácticos significaron dejarnos afuera del FIT.

Desde el primer día señalamos que el FIT no había hecho una crítica principista a la ley proscriptiva; y no podían hacerla –no estaba en su programa fundacional, a pesar de nuestra insistencia- si es que iba a valerse de ella de manera no principista contra el resto de la izquierda (en primer lugar contra el Nuevo MAS).

La inscripción de la Izquierda al Frente vino como a revelar (develar) este grave déficit en materia de principios que estaba desde el inicio: hace a la constitución misma del FIT. Porque al ir a la justicia del 2 x 1 a impugnar a nuestro frente, solamente llevaron hasta el final la falta de principios que estaba desde el comienzo de la experiencia.

Nada de esto quita que el FIT tuviera –y siga aún teniendo- elementos progresivos como el criterio de independencia de clase; de ahí que los seguiremos llamando a la unidad. Siempre reivindicamos esto marcando, también, la contradicción de que estuviera cruzado por esta práctica oportunista expresada en varios terrenos. En primer lugar: en su manera no principista de intentar dirimir las relaciones de fuerzas en la izquierda.

Tomemos ahora el proceso de involución del PTS y el PO para luego colocar unas líneas de síntesis.

La reducción de la política a “maniobrística”  

El PTS vive una involución. Han crecido sus filas y posiblemente se sienta en uno de sus “mejores momentos” (sobre todo por cómo obligó al PO a arrodillarse ante él). Sin embargo, el “mundo” recién comienza con las peleas por la hegemonía en la vanguardia entre las organizaciones de la izquierda.

Ocurre que es muy difícil resolver las relaciones de fuerzas en una situación como la actual en la Argentina donde existen varias corrientes en competencia. Hoy se puede haber arrodillado el PO, pero surge otro frente de izquierda (como el comandado por nuestro partido) que resulta en un nuevo desafío…

También el PO creyó haber resuelto su “disputa histórica” con el “morenismo” (un criterio sectario e irreal de evaluar las relaciones entre tendencias) y luego le surgieron varios “forúnculos”.

La pelea por la hegemonía es totalmente válida: hace al carácter mismo del partido que busca hegemonizar y dirigir, que agrupa bajo su bandera a los que tienen un mismo proyecto y quieren llevarlo adelante; de ahí se desprende una dura lucha de tendencias, una verdadera “guerra de guerrillas” entre las mismas.

Pero hay que perder de vista toda perspectiva para no tener en cuenta que se trata de relaciones que sólo se pueden resolver, de manera categórica, al calor de la lucha de clases. Y de una lucha de clases histórica, que coloque a la orden del día situaciones revolucionarias de magnitud, sino revoluciones hechas y derechas.

Todas estas relaciones críticas aparecen adelgazadas en el PTS. Más grave aún: aparece adelgazada la propia política revolucionaria reducida a un “juego de maniobras”.

Hemos escrito que el PTS ha desarrollado una reflexión alrededor del problema de la guerra (ver el folleto “Polémica con el Frente de Izquierda”). Pero quizás se le ha perdido que así como la guerra y la política tienen relaciones íntimas, la segunda no se puede reducir a la primera.

Las maniobras, los enfrentamientos, la guerra misma son, como decía Clausewitz, la continuación de la política por otros medios. Trotsky señalaría lo mismo cuando resaltaba el fracaso al que estaba condenado el estalinismo cuando pretendía reducir la política revolucionaria a “maniobrística” (Stalin, el gran organizador de derrotas).

Quizás la dirección del PTS se sienta muy “revolucionaria” cuando suscita el debate sobre el arte militar. Suscitarlo tiene su importancia sobre todo cuando tomamos nota a partir de la experiencia del siglo pasado, que toda lucha de clases aguda se transforma, inevitablemente, en guerra civil.

Sin embargo, hay delimitaciones que establecer. El arte militar toma en cuenta el problema “moral” de la confianza de la propia tropa en la causa. El Ejército Rojo comandado por Trotsky era un ejército “especial” en la medida que sus tropas estaban imbuidas con la convicción de que su lucha era justa.

Pero de todas maneras en un punto la guerra mueve “volúmenes”, pone en juego maniobras marcadas por “artefactos”, etcétera; no tiene que ver directamente con el procesamiento de la experiencia de las masas.

Muy distinto es el caso de la política. La política revolucionaria es una ciencia y un arte más complejo que se basa, de manera primordial, en la evolución de la conciencia de las masas: en la relación política antes que militar entre el partido y las masas.

Con sólo leer La Historia de la Revolución Rusa se tendrá presente que no se trata de un tratado militar sino de un “manual” de política revolucionaria, cuyo punto de referencia central es la experiencia de las masas en la revolución y su relación –¡a partir de su propia experiencia!- con el partido revolucionario.

La reducción de la política a “maniobrística” puede hacer perder de vista estas relaciones. Lleva a la despolitización. A no contar con los argumentos reales. A valerse de cualquier argucia. A cualquier medio. Al criterio estalinista de que si tal maniobra beneficia al que es considerado EL partido (¡que siempre es el partido propio como un a priori previo a la experiencia!), cualquier cosa esta bien.

Se trata de un método cloacal, despolitizante, que se puede observar en las redes sociales: argumentar cualquier cosa menos la verdad. Porque si la Izquierda al Frente por el Socialismo surgió es por entera responsabilidad del FIT. Sencillamente, nuestro partido se negó a aceptar el método ultimatista de no dar ninguna respuesta a una exclusión burocrática no basada en ninguna justificación de orden político: en el puro capricho estalinista de pequeñas organizaciones autoproclamadas[3].

Si a la “maniobrística” se le suma la autoproclamación, lo que se tiene es una secta que, por lo demás, se vuelve cada vez más inofensiva[4]. Porque aquella corriente que reduzca la política revolucionaria sólo a maniobras –que deben servir para llevar adelante la política, pero no para sustituirla- sólo se empobrecerá cada día, sólo perderá los puntos de referencia principistas fundamentales terminando en un vale todo despolitizante que lleva de cabeza a deslizarse en el oportunismo.

Cuando la política no vale nada

Ya la deriva del PO es como más “clásica”; si se quiere a “cielo abierto”. Su dirección aceptó la hegemonía del PTS con las encuestas en la mano (encuestas son una fotografía estática; sólo un momento de una realidad siempre cambiante).

Sorprende la genuflexión de la dirección del PO. No sólo ni primordialmente porque hayan retrocedido ante el PTS; sino sobre todo porque lo hicieron luego de presentar una serie de “argumentos políticos” que si bien eran forzados (no los compartimos), eran sus argumentos.

Si el otro grupo con el cual se está en un frente es “democratizante”, “socialdemócrata”, “kirchnerista”, lleva adelante “una campaña lavada a lo Podemos”, etcétera, cómo puede luego concedérsele la dirección del frente del cual se es parte en función de que de esa manera “se obtendrán más diputados”…

Se trata de una impactante renuncia a la política por los porotos; ninguna otra definición puede caber aquí. Es como una regla de tres simple, un juego de niños: si se pretendía entregarse así al menos se hubiera disimulado el cargamento de argumentos de “principios” lanzados. Si, por el contrario, se creía en los propios argumentos, entonces se tendría que haber ido hasta el final en la batalla política.

El PO no hizo una cosa ni la otra; sometió a su base a una dramática humillación de la cual todavía no están las verdaderas consecuencias, pero que podría llevar a un abandono de dicho partido por parte de amplios sectores como consecuencia de un proceso de desmoralización[5].

Las páginas de una historia no escrita

El alejamiento de los principios por parte del PTS y el PO no ha terminado; su curso dependerá de cuestiones tácticas (pero importantes) acerca de cómo le irá a la izquierda en las PASO (el FIT y la Izquierda al Frente).

Por nuestra parte somos conscientes que se trata de elecciones, y que el MST es un aliado inestable; que hemos construido un frente en el que sin duda alguna las presiones aumentarán si tiene éxito.

En definitiva, la realidad es que todavía están por delante muchos capítulos hasta que se resuelva la fisonomía de la izquierda revolucionaria en nuestro país, izquierda revolucionaria que adquirirá su verdadera forma frente a los acontecimientos revolucionarios que seguramente pondrán a prueba nuestras corrientes.

Sin infantilismo alguno, jugándonos con todo en estas elecciones, apreciando con alegría que la campaña de Manuela Castañeira comienza a levantar un vuelo “objetivo”, nunca vamos a perder de vista que se trata de un evento táctico, muy importante pero táctico, insistimos, el que todo lo que eventualmente logremos lo pondremos al servicio de avanzar en lo que sigue siendo una cuenta pendiente: transformar nuestra joven organización en un verdadero partido revolucionario con lazos crecientes entre las masas.

[1] Recordemos que fue salvado in extremis, que sólo semanas atrás se barajó su ruptura por las inercias acumuladas de un frente que ya es menos que una cooperativa electoral.

[2] Señalemos que, al parecer, el instigador más decidido de la acción judicial parece haber sido el PTS. Demás está decir que se llevaron un redondo fracaso táctico y estratégico además del bochorno principista: porque la justicia les dio un rotundo mentís en su impugnación, al tiempo que sólo lograron instalar con más claridad que en la próxima elección participarán dos frentes de la izquierda.

[3] Por estalinista nos referimos al criterio burocrático del partido único, de hacerse valer en exclusión a una experiencia desarrollada con las masas trabajadoras, el perder de vista la importancia estratégica que tienen los criterios de democracia socialista.

[4] La construcción de secta se sale por fuera de lo mejor de la tradición del socialismo revolucionario porque en sus relaciones con las masas, con la vanguardia, con el resto de las tendencias, pierde todo tipo de proporciones y construye un mundo a imagen y semejanza que difícilmente deje de adquirir rasgos artificiales.

[5] Sumemos aquí la finalización sin pena ni gloria del conflicto de AGR-Clarín.

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